lunes, 4 de agosto de 2014

Un post del blog de viajes de Nicasio Mortero

Hausenboldt, por ahí fuera de España.

09:21, hora local. Llego al aeropuerto muerto de sueño y con los huevos congelados. Después de recoger la maleta busco instintivamente el McDonald´s, pero resulta que no lo abren hasta las diez. Tengo demasiado apetito como para esperar, así que tomo nota mental de poner una hoja de reclamaciones a la vuelta y me dirijo a la cafetería del aeropuerto. El camarero me saluda en inglés. Me pregunto por qué todo el mundo me habla en inglés cuando estoy de viaje en un sitio extranjero. ¿Parezco acaso un puto guiri? Aunque chapurreo algo de inglés, es algo temprano para calentarme el tarro, así que le señalo al camarero la máquina de café y le pido un bocadillo de zurrapa, porque no sé quién me dijo una vez que zurrapa se pronunciaba igual en todos los idiomas menos en chino. Hago el gesto de comer y lo acompaño de las palabras “Ñam ñam”, por si no le ha quedado claro al pobre chaval, que tiene pinta de becario. Se le ha debido acabar la zurrapa, porque me trae unas asquerosas galletitas saladas con el café. Le pido una hoja de reclamaciones.

10:19. Salgo de aeropuerto, me meto en un taxi y le enseño al conductor un papel donde tengo apuntados el nombre y la dirección del hotel. Me cobra nueve con ochenta por un trayecto bastante corto. Trato de explicarle que no soy guiri, así que no debería sentirse obligado a intentar timarme. Incluso le enseño los pies para que vea que no llevo chanclas y calcetines blancos. El tiparraco no entra en razones y le pido una hoja de reclamaciones, que relleno sobre el capó.

10:44. Nada más llegar al hotel solicito la hoja de reclamaciones, por ir adelantando. El conserje se muestra extrañado cuando le señalo el cartel que dice lo de “tenemos hojas de reclamaciones a disposición del consumidor” (cartel que he aprendido a distinguir instintivamente, venga en el idioma que venga). Cuando cae en la cuenta de que no voy a dirigirme a él en ingles, intenta saber el motivo de mi queja moviendo los hombros hacia arriba. Finalmente se da por vencido y me da la hoja de reclamaciones. Me ha puesto a huevo el motivo de la queja: “El conserje se ha mostrado reticente a entregarme la hoja de reclamaciones”. Arranco otra hoja del libro para luego y subo a mi habitación.

11:56. Salgo del baño de la habitación con menos ganas de poner hojas de reclamaciones. Me meto otra vez en el baño; se me ha olvidado ducharme.

12:40.  Decido ir a ver con mis propios ojos la mundialmente famosa estatua de la localidad que estoy harto de ver en fotos. Es idéntica. No sé por qué me molesto siempre en visitar los monumentos locales. 

Vete tú a saber a quién coño representa la estatua esta.

13:01. Me meto en un típico restaurante de la ciudad para probar alguna roña local. Digo típico porque está decorado con madera barnizada, y si algo he aprendido en mis viajes es que no hay nada más típico en cualquier parte del mundo que un local de restauración decorado con madera barnizada. El menú viene sin fotos, así que no sé qué coño voy a pedir. Se acerca el camarero y, cuando se percata de que no soy un parroquiano habitual, establecemos el siguiente diálogo:

CAMARERO: Do yo speak english?
YO: Fuck you.

Yo solo quiero darle a entender que sí, que tengo nociones de la lengua del Bardo, pero el tío se muestra ofendidísimo. Anda y que se joda. Esto último me gustaría habérselo dicho, pero en ese momento no me sale el equivalente en inglés.

14:22. Finalmente almuerzo en un McDonald’s, donde todo el mundo es siempre muy amable conmigo y parece saber lo que quiero. De todas formas, pongo una hoja de reclamaciones por el horario de apertura de su establecimiento del aeropuerto, que esa mañana se me había olvidado.

Típico comistrajo de la localidad.

15:06. Vuelvo al hotel y me tumbo en la cama para echarme una siestecita, no sin antes poner el despertador del móvil para levantarme a las cinco; a las cinco y media tengo una visita guiada por la ciudad.

19:15. El móvil está estropeado o yo no sé poner bien el despertador. No solo me he perdido la visita guiada; el móvil, en vez de encima de la mesita de noche, donde lo dejé, está en el otro extremo de la habitación, partido por la mitad. Cojo la hoja de reclamaciones que me subí por si acaso y la relleno. Si hubiera querido que me asignaran una habitación embrujada, lo habría especificado.

19:24. Bajo a recepción para exigir que me cambien de habitación. Al poco rato un tipo nervioso que debe de ser el gerente se me acerca y mantenemos la siguiente conversación:

GERENTE: What’s the matter, sir?
YO: Fuck you.

20:40. En comisaría me requisan el pasaporte. El agente me pregunta algo en inglés y yo intento explicarme lo mejor que puedo.

22:06. Me despierto en el calabozo con un terrible dolor de cabeza. Al principio ando un tanto desorientado, pero no tardo en recordar lo ocurrido: En algún momento del interrogatorio alguien sacó un táser. Creo que fui yo, pero todavía no le tengo cogido al tranquillo al cacharro y seguramente me apliqué a mí mismo una descarga eléctrica de mil pares de cojones. Al cuarto de hora aparece un intérprete. Suspiro aliviado; por fin alguien con quien poder comunicarme.

INTÉRPRETE: Señor, mucho me temo que las autoridades locales se están planteando deportarle.
YO: Anda y que te jodan.

jueves, 31 de julio de 2014

El Presidente del Gobierno en: ¡Pues sí que es voluble el electorado, cojones!

Imaginativa reproducción de la criatura mitológica conocida como "Politicus Honradus".
-Oiga. eso es un dodo.
-No me caliente el tarro, joven.

1. INT. DESPACHO DEL PRESIDENTE DEL GOBIERNO. DÍA.
El PRESIDENTE está en su mesa leyendo el Marca del día anterior, visiblemente aburrido. Ya ha firmado todo lo que tenía que firmar, pero le da vergüenza que lo vean marcharse a casa a las cuatro y media de la tarde. La puerta se abre como una exhalación y aparece CEFERINO, jefe de su nutrido gabinete de asesores.

CEFERINO: ¡Señor Presidente!
PRESIDENTE: ¡Coño, Ceferino, qué susto me has dado!
CEFERINO: Señor Presidente, después de comer he estado un rato en el sofá viendo el canal National Geographic...
PRESIDENTE: Ah, menos mal. Qué injusto he sido al pensar que estabas tocándote los huevos.
CEFERINO: ...y he visto que el índice de popularidad de Ronald Reagan creció ostensiblemente después de su intento de asesinato en mil novecientos ochenta y uno.
PRESIDENTE: Bueno, no sería solo por eso. Seguro que también se debía a su política visionaria, tan parecida a la mía...
CEFERINO: Eso yo no los sé. El caso es que el día después de que le calzaran una bala la gente lo quería un montón.
PRESIDENTE: ¿A dónde quieres llegar, Ceferino?
CEFERINO: Que digo yo que si no había pensado en dejarse disparar. Haría mucho por su imagen.
PRESIDENTE: Sobre todo si me dan en la jeta, no te jode.
CEFERINO: No, hombre, pero cómo se le ocurre. Le diremos al terrorista que apunte a otro sitio que no salga en los carteles de propaganda. La estética tiene una influencia decisiva en la intención de voto; una reciente encuesta ha demostrado que el ciudadano medio jamás depositaría su confianza en un candidato con una sola oreja, aunque tenga un programa electoral de puta madre.
PRESIDENTE: ¿Has dicho “terrorista”? ¿En serio estás sugiriendo que contratemos a un terrorista? Claro, cómo no. Eso es precisamente lo que le hace falta a esta administración; otro inútil chupando del bote público.
CEFERINO: No haría falta destinar una gran partida presupuestaria. Yo creo que con un millón va que arde.
PRESIDENTE: ¡Coño, pues sí que se ha puesto caro el terrorismo! ¿Dónde han quedado los tiempos en que delataban a uno de los suyos a cambio de pagarle un chapero?
CEFERINO: No me refiero a un terrorista de los nuestros. Estaba pensado en un mercenario internacional.
PRESIDENTE: ¿Y darle trabajo a un extranjero? ¿Me estás diciendo que este país no produce criminales de calidad, Ceferino?
CEFERINO: No como el que tengo en mente. Ha sido nombrado Mejor Francotirador del Año dos veces consecutivas por El Magazine del Rifle.
PRESIDENTE: ¿Te lo estás inventando?
CEFERINO: Créame, señor Presidente; es muy bueno en lo suyo, y tiene una larga experiencia. Ha participado en tres guerras que hemos apoyado en secreto y en otras tres que hemos condenado públicamente.
PRESIDENTE: No recuerdo haber opinado sobre seis guerras durante mi mandato.
CEFERINO: Eeeeeh, bueno, no. Son las mismas. Solo pretendía engordar un poco el currículum de nuestro hombre.
PRESIDENTE: Ceferino, a mí no intentes venderme la moto, que no soy uno de mis electores.
CEFERINO: En realidad sí lo es. ¿O acaso vota usted a la oposición?
PRESIDENTE: Las guasitas te las metes por el culo. ¿Crees que no sé que algunos van diciendo por los pasillos que me equivoqué de papeleta en las últimas elecciones?
CEFERINO: Nadie del partido cree que sea cierto, señor.
PRESIDENTE: Sí, ya, los cojones.
CEFERINO: ¿Qué me dice, presidente? ¿Se lo va a pensar?
PRESIDENTE: No me presiones.  (Se pasa la mano por la cara). Tú y tus ideas… ¿De verdad crees que servirá para algo?
CEFERINO: Créame, señor; funcionará. Al votante medio le gusta más un mártir que a un tonto un picaporte.
PRESIDENTE: Joder, para lo que he quedado… Votos por pena… Apúntatelo por ahí, Ceferino; ese va a ser el eslogan de nuestra próxima campaña.
CEFERINO: Señor, según las últimas encuestas, su popularidad está cayendo en picado…
PRESIDENTE: ¡Encuestas, encuestas! ¿Quién es el cabrón que encarga esas encuestas? ¿Y a quién coño le preguntan?
CEFERINO: ¿Accede o no accede?
PRESIDENTE (derrotado): Accedo, accedo… ¿Y qué parte de mi anatomía has pensado que podría ser un buen blanco? Que no sea una pierna, por favor, que la rampa del Congreso todavía está en obras.
CEFERINO: ¿Le parece bien un hombro?
PRESIDENTE: Si puedo elegir, que sea el izquierdo. A ver si ahora voy a estar dos meses sin poder pelarme un mango.
ASESOR: ¿Lo llaman así ahora? ¿"Pelarse el mango"?
PRESIDENTE: Ceferino, Ceferino...
ASESOR: Entonces, todo arreglado.
PRESIDENTE: Ceferino, ¿crees que podemos aplazar lo del atentado hasta después de las vacaciones?
ASESOR: Eso está hecho, señor.

2. INT. DESPACHO DEL PRESIDENTE DEL GOBIERNO. DÍA
El Presidente tiene un montón de periódicos desordenados encima de la mesa. Se encuentra ojeando uno, con el rostro desencajado.

PRESIDENTE: ¡Me cago en mi puta calavera!
(Entra Ceferino, en estado de shock)
CEFERINO: ¿P-presidente?
PRESIDENTE: Ah, Ceferino, qué agradable, sorpresa. Por favor, toma asiento… ¡¡Soplapollas!!
CEFERINO: Parece que las cosas no han salido como esperábamos, señor…
PRESIDENTE: ¿Por qué lo dices? ¡¿Quizá porque, en vez de a mí, el subnormal de ese mercenario tuyo con tan buena puntería le ha pegado un tiro al líder de la oposición?! ¡¿Lo dices por eso?!
CEFERINO: Señor…
PRESIDENTE: Todos los medios de comunicación están poniendo por las nubes a ese hijoputa. ¡Incluso los que nos chupan la polla a diario lo están tratando de “lúcido hombre de estado” y de “político visionario”! ¡Mira qué adjetivos, Ceferino! ¡Los mismos que yo quería que grabaran en mi lápida! Y no te pierdas esto: el gacetillero que hoy se atreve a destacar su “gran labor al frente de la oposición” es el mismo que ayer le llamaba “corto de miras” y “patizambo”. Y mira, mira la foto que han puesto aquí a doble página… Ahí, tumbado en el suelo, tapándose el agujero con la mano… El ángulo hasta le hace parecer un puto héroe de guerra. Y yo al lado, mirándolo con una cara que… que… ¡que tengo pinta de capullo, cojones! ¡La madre que me parió!
CEFERINO: Admito que no es el mejor de los escenarios posibles…
PRESIDENTE: Es una cagada sin paliativos, Ceferino (Se pasa las manos por la cara). Bueno, ya seguiré vomitando bilis sobre ti y toda tu estirpe más tarde, que ahora tengo que ir al hospital a hacerle una visita. ¿Has avisado a los periodistas para que estén allí cuando yo llegue?

3. INT. HABITACIÓN DE HOSPITAL PÚBLICO. DÍA.
El LÍDER de la oposición está solo, tumbado en cama con el brazo izquierdo en cabestrillo. Sonríe de oreja a oreja mientras repasa uno de los periódicos que tiene amontonados encima de la cama. El Presidente entra a la habitación.

LÍDER: ¡Hombre! ¿Pero a qué viene esa cara de vinagre, si el damnificado soy yo?
PRESIDENTE: No me hables, que me has jodido pero bien. ¿Cómo te encuentras?
LÍDER: Aaah, bueno, no me quejo. ¿Has visto las noticias?
PRESIDENTE: Vete a la mierda.
LÍDER: ¿De verdad creías que te iba a salir bien?
PRESIDENTE: ¿Qué?
LÍDER: Lo de dejarte disparar.
PRESIDENTE: ¡¿De qué cojones estás hablando?! Ah, olvídalo. No estoy de humor para hacerme el sueco. ¿Cómo te has enterado?
LÍDER: Nos lo contó nuestro topo.
PRESIDENTE: ¿Cuando dices “nuestro”, a cuál te refieres? ¿Al que tenemos infiltrado en vuestra sede, o al que tenéis infiltrado en la nuestra?
LÍDER: Al que tenemos en la vuestra.
PRESIDENTE: Será mamón. Y yo que creía que lo habíamos comprado… ¿Y por qué nuestro topo no nos contó que lo sabíais?
LÍDER: Le dimos vacaciones.
PRESIDENTE: Pues ya lleva dos meses, el cabrón, que el mes pasado se las dimos nosotros.
LÍDER: Mira, cuando me ponga bien, a lo mejor tendríamos que reunirnos para regularizar todo este asunto de los topos.
PRESIDENTE: Sí, sí… Oye, ¿le hicisteis una contraoferta a nuestro francotirador, o qué?
LÍDER: Se la doblamos.
PRESIDENTE: ¡¿Le pagasteis dos millones?! ¡¿De dónde habéis sacado vosotros tanta pasta?! ¡Si sois de izquierdas!
LÍDER: Ah, no fue nada. Desviamos una partida destinada a cursos de formación y…
PRESIDENTE: Cabrones.
LÍDER: Habló el gran estratega.
PRESIDENTE: Esta vez te has salido con la tuya, pero la próxima…
LÍDER: ¿La próxima, qué? ¿Cómo vas a mejorar esto?
PRESIDENTE: Pues mira, estoy pensando en dejarme secuestrar.
LÍDER: ¿Perdona?
PRESIDENTE: No ahora; cuando toda esta mierda de tu intento de asesinato se haya olvidado un poco, naturalmente. Te lo cuento  porque, bueno, no creo que seas tan imbécil como para robarme el plan. ¿Primero te disparan y luego te secuestran? Eso no se lo va a creer nadie.
LÍDER: Bastardo.
PRESIDENTE: Ah, se siente. Ahora a lo mejor ganáis las elecciones, pero ya nos tocará otra vez luego. Pero, bueno, a ti qué te voy a contar, si ya sabes cómo va esto.

sábado, 19 de julio de 2014

Un día cualquiera en el Otro Barrio

El pase de prensa

-Valiente pérdida de tiempo –dijo el respetado crítico de cine nada más salir de la sala de proyección-. Es la mayor basura que he visto en años. Qué digo; es la peor película que he visto jamás. Pedante, pretenciosa, vacua, innecesariamente larga, carente de emoción, con unas escenas eróticas de vergüenza ajena, y, para colmo de males, protagonizada por un tipo absolutamente desprovisto de carisma… ¿Qué demonios ha querido decir su autor con este bodrio?
-Probablemente nada –contestó la Muerte, que había acompañado a regañadientes al pobre tipo a ver la película de su vida.

Falsas expectativas

-La vida es una mierda –dijo el suicida a modo de justificación-. Por eso me la quité.
-Eh, bueno –respondió Satanás apartando la vista, un tanto abochornado-. No sé lo que le han contado, pero me temo que esto no es mucho mejor.

Caronte, barquero del río Aqueronte, en: Otra jornada en la oficina



La sesión de espiritismo

Después de una tensa espera, Manolo habló a su mujer a través de la médium.
-Coño, Reme, ¿qué quieres, que eres más pesada que una vaca en brazos?
-Manolo, ¿eres tú? –preguntó Reme, casi sin aliento.
-No, soy Jim Morrison, no te jode. This is the end...
-¿Cómo es el más allá, Manolo?
-¿Qué dices? No te recibo bien aquí. Es que estoy de camping con unos amigos, ¿sabes?
-Vaya. Cuando estabas vivo no me llevabas a ningún lado.
-No te entretengas, Reme, que seguro que la tiparraca esta cobra por horas.
-Mira, necesito que me digas la contraseña del ordenador. Es que están ahí las fotos de la comunión de la niña de mi prima Paqui, y quiere que se las pase.
-El coño de tu hermana.
-Espera que me la apunte. El-coño-de…

miércoles, 9 de julio de 2014

La notificación que vino del más allá


EXT. MANSIÓN QUE DA ASCO VERLA DE LO DECRÉPITA QUE ESTÁ. DÍA.
La fachada de una mansión que recibió su última mano de Titanlux hace por lo menos siglo y medio. Un DIABLO con poca pinta de diablo y mucha de notario bajito, con traje, bombín y maletín en la mano derecha, pega a la puerta con la mano izquierda, con la que además sujeta una serie de papeles, discreta proeza malabar a la que, acertadamente, no parece concederle ninguna importancia. A los pocos segundos sale a abrir un FANTASMA de avanzada edad en camisón y gorro de dormir con borla en la punta.

DIABLO: Buenos días. ¿El Vizconde de Penegord?
FANTASMA: Así me conocían en vida. ¿Y usted es…?
DIABLO: Mi nombre es Eugenio Astaroth, de las huestes infernales.
FANTASMA: ¿Es usted un demonio? Quién lo hubiera dicho, con la pinta de… de…
DIABLO: Sí, me lo dicen muchas veces.
FANTASMA: …de soplapollas que tiene.
DIABLO: ¡Pero, oiga! ¡Cómo se le ocurre tamaña descalificación!
FANTASMA: Me va usted a disculpar, pero no se ajusta usted a la idea que tenía yo de un siervo de Satanás.
DIABLO: Mire, que sea un demonio no significa necesariamente que tenga que ir por ahí despeinado, sacudiendo un tridente de manera burlona y arrastrando el pene por el suelo.
FANTASMA (mirando al diablo de arriba abajo): ¿Usted, arrastrando el pene por el suelo? Ya le gustaría.
DIABLO: ¿No me cree? Pues tendrá que confiar en mi palabra, porque no pienso sacarme la chorra aquí en medio. Sepa usted que ser expulsado del Cielo también tuvo sus ventajas. Antes éramos asexuales, ¿lo sabía usted? Pero fue caer al Infierno y bam, allí que nos creció un miembro viril de proporciones gargantuescas.
FANTASMA: No sé qué puede tener de bueno ir todo el día barriendo el suelo con la minga.
DIABLO: Hombre, al principio tenía más inconvenientes que ventajas, para qué le voy a mentir. Solíamos tropezar un día sí y otro también, con las nuestras propias y con las de los demás. Cuando íbamos en autobús estábamos todo el rato, “Me está usted pisando la picha”, “No sabe cuánto lo siento” y tal. Y, bueno, la verdad es que tampoco era muy higiénico. Acumulábamos mucha porquería bajo el prepucio. Arena, gravilla, chicles, estiércol del Cancerbero, chapas de coca-cola… Esas a veces estaban bien. No es que resultara placentero que una chapa con la parte dentada para arriba te partiera el frenillo, pero a veces traía premio. Yo tuve suerte; me tuvieron que echar puntos en el glande, pero me canjearon la chapa por un llavero. Las pasamos canutas hasta que Lucifer inventó los pantalones. Desde entonces, la metemos en una tinaja con hielo con mucha menos frecuencia.
FANTASMA: Y, oiga, ¿ha subido del Infierno solo para presumir de cipote ante un alma en pena?
DIABLO: No, naturalmente que no. (Alcanzándole al fantasma los papeles que lleva en la mano). Vengo a entregarle esta notificación donde se le comunica el cese de su actividad sobrenatural.
FANTASMA (ojeando los papeles, sin comprender): ¿Que qué?
DIABLO: Mire, este caserón lleva cien años deshabitado, y según la Ordenanza General de Inmuebles Encantados, artículo vigésimo cuarto, cualquier propiedad encantada, embrujada o poseída desprovista durante un siglo de seres humanos vivos a los que asustar, enloquecer o hacer salir por patas, será automáticamente desalojada por el fantasma residente encargado de ejercer la actividad sobrenatural en cuestión.
FANTASMA: ¿Qué quiere decir eso? ¿Que me desahucian?
DIABLO (alarmado): ¡Chst! Baje la voz. No, eh, esto no es un desahucio. Es un cese definitivo de sus actuales funciones. Una jubilación, si lo prefiere. (Mirando a su alrededor, inquieto) Nosotros no desahuciamos a nadie. Eso es trabajo para un exorcista.
FANTASMA (pasando las hojas rápidamente, perplejo): Un momento, amigo; yo no recuerdo haber firmado nada de esto.
DIABLO: Créame que lo hizo. Estaba usted bajo los efectos de una gran conmoción. Se acababa de colgar de la barandilla de la escalera, ¿recuerda? Andaba usted un tanto desorientado al principio, pero firmó el contrato en seguida. “Cualquier cosa por librarme del Castigo Divino”, dijo mientras consignaba su rúbrica.
FANTASMA: Sí, vale, vale, es posible; hace mucho tiempo de eso. Pero, mire, creo que ha habido un error. La casa no está deshabitada, ¿sabe?
DIABLO (confuso): Nosotros no tenemos constancia de que haya nadie viviendo aquí.
FANTASMA: Bueno, vivir, vivir, lo que se dice “hacer vida”,  pues no hace. Es un pordiosero que por las noches viene a dormir.
DIABLO (molesto): Querrá decir un sin techo.
FANTASMA: Vaya, disculpe si mi denominación le ha resultado ofensiva. Fallecí en el siglo diecinueve, ¿sabe?
DIABLO: Cuando, como todo el mundo sabe, las palabras “minga” y “cipote” estaban a la orden del día.
FANTASMA: Se está desviando del tema.
DIABLO: Sí, bueno; el caso es que no sé si esa situación está contemplada por la ley. Quiero decir, ese… sin techo… no se puede considerar un inquilino fijo, ¿no?
FANTASMA: Hombre, fijo… No es que esté todo el santo día aquí metido. Digo yo que el hombre tendrá que salir a mendigar, como todo hijo de vecino.
DIABLO: Ya. ¿Y vuelve todas las noches?
FANTASMA: Casi todas. Aparece apestando a tintorro barato cosa fina y duerme de un tirón hasta mediodía.
DIABLO: ¿Y ha cumplido usted sus funciones con diligencia? Quiero decir, ¿ha intentado asustarlo?
FANTASMA: ¿Ha intentado usted alguna vez asustar a un borracho?
DIABLO: ¿Complicado?
FANTASMA: Imposible. He arrastrado muebles, he proferido aullidos desgarradores, le he tirado de la pernera del pantalón… Todo sin resultado. Es más; una vez me asustó él a mí. Estaba tan tranquilo y de repente se puso a delirar. No se imagina las necedades que soltaba por esa boca. Empezó a gritar “¡Hijoputa, te voy a arrancar la cabeza!”, mirando hacia mi dirección. Como si me estuviera viendo, ¿entiende? Me quedé blanco.
DIABLO: Se dará cuenta de que eso no dice gran cosa de su labor profesional.
FANTASMA: ¿Qué quiere que le cuente? Yo nunca dije que se me diera bien esto de hacer el mal. Cuando estaba vivo poseía una plantación de chirimoyas. ¿Qué podía saber yo de actividades sobrenaturales? Deberían ustedes haberme dado un cursillo o algo.
DIABLO: Sí, sí, ya, y… ¿se encuentra el mentado caballero ahora mismo en casa?
FANTASMA: Sí, todavía no ha salido a trabajar. Está abajo, en el sótano. Que no sé cómo puede dormir tranquilo ahí; a mí ese sitio me da escalofríos.
DIABLO: ¿Puedo entrar a echarle un vistazo?
FANTASMA: Claro, está usted en su casa. Examine lo que quiera.
(Se produce un terrible estruendo en el interior de la mansión).
DIABLO (sobresaltado): ¡¿Qué ha sido eso?!
FANTASMA (sin inmutarse): Ah, se habrá derrumbado alguna parte de la casa. Está en un estado lamentable, ¿sabe? El Ayuntamiento quería tirarla abajo para construir un polideportivo o alguna tontería por el estilo, pero al concejal de urbanismo y obras públicas se le cayó encima una cornisa cuando estaba inspeccionando el terreno y ahora el proyecto está en estanbai, que no tengo ni puñetera idea de lo quiere decir.
(Aparece en el quicio de la puerta un MENDIGO que da la impresión de haber aprovechado a fondo un bono de diez sesiones de roñaterapia).
MENDIGO (perplejo): ¿Qué pasa aquí? ¿Quiénes son ustedes?
FANTASMA: Yo soy el espíritu del Vizconde de Penegord y este señor es Eugenio Astaroth, demonio del Infierno.
MENDIGO: Serafín Trinquete, encantado. ¿Sería tan amable alguno de ustedes de decirme qué pinto yo aquí?
FANTASMA: Según todos los indicios, y a riesgo de sacar conclusiones precipitadas, mucho me temo que el techo del sótano se le ha venido encima.
MENDIGO: Oiga, amigo, ¿qué quiere decir con eso? ¿Que he muerto y ahora soy un ente incorpóreo?
FANTASMA: Hombre, si no, iba usted a estar hablando con un fantasma y un demonio por los cojones.
DIABLO: Es un alivio, la verdad.
MENDIGO (al demonio): Oiga, su madre bien, ¿no?
DIABLO: No me ha entendido. Lamento mucho su situación personal, pero lo cierto es que este nuevo giro de los acontecimientos simplifica mucho las cosas.
MENDIGO: Hable por usted. A mí morirme hoy me viene como el culo. Esta tarde había quedado con una chavala, ¿sabe? No es que sea un bellezón, pero al menos conserva más dientes que todas las mujeres con las que he salido en los últimos tres años juntas. ¿De qué se sorprenden? Un hombre en mi posición no puede aspirar a mucho más. ¿Acaso creen que sujetarme los pantalones con una cuerda de tender la ropa es una excentricidad mía?
DIABLO: No le estamos juzgando.
MENDIGO: Oiga, amigo, usted parece un tipo influyente. ¿Con quién hay que hablar para retrasar el momento de mi partida? Entiéndame, no soy un iluso; sé que una edad avanzada no es la causa de defunción más común entre los de mi gremio, pero ¿cómo podía saber yo que iba a morir de una manera tan miserable?
FANTASMA: Quizá el cordón policial y el cartel “Cuidado. Peligro de derrumbe” deberían haberle servido de indicativo.
MENDIGO: Mire, quizá no sea mi cualidad personal más admirable, pero soy un alcohólico; tal vez haya oído usted hablar alguna vez de nuestra comunidad. Entre nuestras particularidades más destacadas se encuentra la tendencia a infravalorar las situaciones de riesgo.
FANTASMA: Oiga, amigo, ya está hecho, ¿verdad? ¿Por qué no piensa en positivo? Alégrese de que no haya sido peor; un hombre como usted podría haber muerto en llamas.
MENDIGO: ¿Ha terminado ya de pisotear mi dignidad?
DIABLO: ¡Ejem! Escuche, caballero, el proceso es irreversible.
MENDIGO: La madre que me parió. Quién me mandaría a mí mudarme a esta mierda de caserón. Si ya me lo decía mi hermano: “Vaya, ahora al señorito no le basta con estrenar una caja de cartón nueva todas las noches”. ¡Mierda! Y pensar que ahora el cabrón estará durmiendo tan tranquilo debajo de una barca en la playa… Aah, lo tengo bien merecido. Siempre me han considerado el pijo de la familia, ¿saben?
FANTASMA: ¿Quiere dejar de quejarse de una puñetera vez? No es el único que lo está pasando mal. A mí pretenden echarme de aquí y mandarme… (al DIABLO) ¿A dónde se supone que tengo que ir ahora?
DIABLO: De momento, a seguir cumpliendo su condena en el Infierno. Pero podemos trasladarle al Purgatorio por buena conducta en un par de siglos.
FANTASMA: El Infierno, el Purgatorio… ¿Cuál es la diferencia?
DIABLO: Para empezar, en el Purgatorio no le verterán plomo fundido por el ojete a las tres de la tarde.
FANTASMA: ¡¿A las tres de la tarde?! ¡¿Qué mierda de hora es esa para derramar plomo fundido por el ojete de nadie?!
DIABLO: Mire, los demonios no estamos para hacer más placentera la estancia de sus inquilinos en el Infierno; seguro que lo entiende.
MENDIGO: ¿Y yo qué tengo que hacer? Bien sabe Dios que no he sido una criatura ejemplar, pero si pudiera evitarme un mal trago… Soy muy quisquilloso con todo lo que se refiere a mi conducto anal, ¿sabe?
DIABLO: Eeeh, bueno, en realidad su situación no es asunto mío, pero ha muerto de una manera violenta, y supongo que tendrá que esperarse por aquí un rato hasta que llegue un agente de las huestes celestiales, que acto seguido lo acompañará a Tribunal Superior de Justicia Divina.
MENDIGO: ¡Pero, hombre, deme un respiro! ¡Que acabo de morir de una forma horrorosa y ahora va y me dice que me tienen que llevar a no sé qué juzgado!
DIABLO: Como ya le he dicho, ese no es mi problema, señor mío.
(Baja volando del cielo un ÁNGEL que aterriza junto al DIABLO con singular donaire).
ÁNGEL (consultando unos papeles): Buenos días. ¿Quién de ustedes es Serafín Trinquete Rebolledo?
MENDIGO: Un momento, que voy a avisarlo. (Se da la vuelta hacia el interior de la mansión). ¡Serafiiiiiiiín! ¡Preguntan por ti! (Se vuelve hacia el ÁNGEL) No se impaciente, que en seguida sale. (Se vuelve hacia el interior de la casa) ¡Serafín, coño, que un tipo con alas te anda buscando!
ÁNGEL: ¿Es usted Serafín Trinquete Rebolledo?
MENDIGO: Eeeh, sí, sí. Lo que queda de él.
ÁNGEL: ¿Y acaba de morir de una manera trágica y repentina?
MÉNDIGO: Sí, ha sido muy trágico y repentino todo. Todavía estoy de los nervios. No tendrá usted a mano un ansiolítico, por casualidad.
ÁNGEL: Soy un ángel. Mi sola presencia debería bastar para tranquilizarlo.
MÉNDIGO: Oiga, amigo; no lo he visto a usted en mi vida. ¿Quién me dice que no va a intentar violarme de camino al Cielo o a donde cojones me lleve?
DIABLO: Oh, no se preocupe por eso; es asexual.
ÁNGEL (fulminando al DIABLO con la mirada): ¡¿Y eso a él qué coño le importa?!
MENDIGO: Pues, mire, da la casualidad de que me interesa muchísimo.
ÁNGEL: Mire, no tengo todo el día, ¿sabe?
(Aparece un intertítulo en blanco sobre fondo negro con el lema “Dos horas después”, mientras suena una musiquilla de ascensor tipo bossa nova: Pi-piribi-pipi… o así. Volvemos al exterior de la mansión, donde a los cuatro actantes anteriores se les ha sumado DIOS, un tipo con túnica y larga barba blanca).
DIOS (a nadie en particular): Total, que le dije: “Adán, macho, la has cagado”…

lunes, 30 de junio de 2014

Prólogo a ¿Dónde vas con la tostadora?

"Esto no es una tostadora, es un salchichón. A mí no me la cuela usted", célebre obra de Rene S'appuyer à la Tomate. 


Por Quintín Caralho

Cuando la Editorial Vasectomizado e Hijos me llamó para ofrecerme prologar este libro, mi primera reacción fue cortarme con la maquinilla de afeitar. No esperaba ninguna llamada a esas horas, y lo primero que pensé fue que mi madre se había caído por las escaleras. Afortunadamente, se trataba de mi viejo amigo Mario Pucherillo, editor visionario, conciudadano tolerable y novelista perezoso (Las farolas y las piezas dentales [1995], Súbete a la acera, que te va a pillar un coche [2003]). No creo que sea preciso recalcar la tremenda satisfacción que supone para mí escribir el prólogo de esta nueva edición de ¿Dónde vas con la tostadora?, una de las obras mas inclasificables de Clotildo Tamboril. Como es de conocimiento público, la publicación de su primer libro de relatos (El perro que me miró como si me conociera de algo y otros cuentos) pasó bastante desapercibida al principio, sobre todo porque salió a la venta el mismo día que estalló la Guerra Civil Española. Tamboril culpó al Bando Nacional de la escasa repercusión de su libro; llegó incluso a escribir una carta dirigida al mismísimo Franco en la que se mostraba indignadísimo (“Ya podía haberse esperado un mesecito para sublevarse, que me ha hecho usted la puñeta”, llega a espetar en la cuarta página de la misiva). Esta recriminación sentó como un tiro al Generalísimo, que en seguida emitió una orden de fusilamiento. Como la carta venía sin remitente, la Guardia Civil tardó dos meses en localizar el domicilio de Tamboril, pero, para entonces, el escritor ya había huido a Francia. Los detalles de su fuga han pasado a la Historia y son dignos de una genuina novela de espías: El autor consiguió que un piloto anarquista amigo suyo accediera a llevarlo como pasajero en su avioneta a condición de que, una vez cruzada la frontera, Tamboril lo invitara a desayunar alguna especialidad de la tierra (este episodio inspiró un de los relatos contenidos en el presente libro, “…y una baguette de foie barato para mi amigo”). Creyéndose a salvo de la persecución fascista, el destino jugó a Tamboril una mala pasada: una vez instalado en la cabina y rumbo a Francia, Tamboril se acomodó descuidadamente en su asiento, con tan mala fortuna que pulsó sin querer el botón de eyección. Los que fueron testigos de su aterrizaje en Tarragona recordarían el episodio durante años. Era la primera vez que algunos veían a un paracaidista; otros, en cambio, habían visto a un paracaidista con anterioridad, pero jamás a uno tan abochornado. Finalmente, Tamboril realizó lo que le restaba de trayecto escondido en las alforjas de una mula. Una vez en Francia, el autor no tardó mucho en causar estupor entre la élite de las vanguardias artísticas europeas, tanto por su talento literario como por sus costumbres exóticas, entre las que sobresalía la de orinar en un portal a plena luz del día sin mostrar signos de vergüenza o arrepentimiento. Los surrealistas acogieron con entusiasmo en su seno a Tamboril y le dejaron elegir litera, para disgusto de Louis Aragon, que llevaba meses durmiendo en la de arriba y ya le había tomado el gustillo. De estos primeros años en el exilio destacan el poemario Esta noche, las estrellas brillan (por su ausencia), dotada de un descorazonador patetismo; las obras de teatro Al General no le sienta bien el sombrero, La vida sería bella si estuviera mejor alicatada y Aquella croqueta en concreto (conocidas en su conjunto como la Trilogía con Poco en Común); su única novela, Tócame los hematomas (la desgarradora historia de un masoquista tímido), y, por supuesto, esta ¿Dónde vas con la tostadora? que tiene usted entre sus manos. Cénit literario de Clotildo Tamboril, ¿Dónde vas con la tostadora? reúne una aparentemente caótica selección de poemas, relatos, ensayos, obras teatrales de un acto, disertaciones filosóficas, cartas y hasta una hoja de reclamación (la despiadadamente mordaz “¿Pilas incluidas? ¿Incluidas, dónde?”). Entre las joyas de esta colección no precisamente escasa de ellas, podemos encontrar el que quizá sea el relato más conocido de su autor, “Mademoiselle Francine se encuentra en casa”, donde el innominado protagonista visita cada tarde a la Francine del título, creando en ella (y en el lector) la falsa impresión de que su amigo alberga algún tipo de interés romántico, cuando en realidad lo único que le interesa es el excelente queso de bola que Francine guarda en su alacena y que saca en contadas ocasiones. Este brillante cuento ha suscitado diversidad de opiniones entre los estudiosos de la obra de Tamboril: Para el crítico Leocadio Colgandero, “Mademoiselle Francine se encuentra en casa” es una parábola sobre la Guerra Civil, opinión que encaja a la perfección con su afamada teoría según la cual toda la literatura escrita por españoles en el exilio durante los años de la Guerra Civil, trata sobre la Guerra Civil.  Sin embargo, el catedrático Elíseo Cataplínez desecha la teoría de Colgandero y expone que el relato deja traslucir la nunca demostrada inclinación homosexual de su autor, opinión que se ajusta a su teoría según la cual todos los escritores son homosexuales. Por otra parte, una gran mayoría de analistas coincide en que, seguramente, el día que Tamboril escribió el cuento no tenía un triste trozo de pan duro que llevarse a la boca y, a lo mejor, hasta le dio un poquito de fiebre. Lamentablemente, poco más dio de sí la obra de un hombre llamado a convertirse en un grande de las letras hispánicas; las musas todavía lloran al recordar aquel aciago día, en plena Plaza Pigalle, en que un rinoceronte confundió a Clotildo Tamboril con un sofá de dos plazas.

PESADILLO Por Clotildo Tamboril

Se levantó de la cama con dificultad, se dirigió al baño y se miró al espejo. Las ojeras le llegaban hasta la barbilla. Aquella noche, cuando se quedó dormido, soñó con un desconocido que se paró delante de él y le gritó “¡Despierta!”. Acto seguido el tío le arreó un sopapo, momento en el que despertó sobresaltado. Cada vez que lograba conciliar el sueño, aparecía el mismo tipo que le gritaba y le arreaba. No había pegado ojo en toda la noche. Se echó a llorar delante del espejo, corroído por la angustia.

ENCONTRÉ UN PICAPORTE BAJO EL SILLÓN Por Clotildo Tamboril

            -Tú sigue, sigue tirando patatas fritas al suelo –me espetó Marcel.

Me quedé perplejo. Aquella tarde estaba muy susceptible a causa del desplante de Juliette. Todo por su mala cabeza; si se hubiera dado cuenta de lo arrugados que estaban los faldones del chaqué, quizá…

jueves, 19 de junio de 2014

¡¡El Agente 0’05 llama a su mujer desde Estambul!!


INT. HABITACIÓN DE HOTEL. DÍA.
Una elegante habitación de hotel, preparada para recibir a un nuevo huésped. El inodoro está precintado, aunque nosotros no lo podemos ver; crean en nuestra palabra. Se abre la puerta y entra ¡CEROCOMACEROCINCO, el más discreto de los agentes del Servicio Secreto! El agente arrastra sus maleta con ruedas hasta el centro de la habitación y suelta su chaqueta sobre la cama. Tiene la camisa empapada de sudor y se nota que se acaba de aflojar la corbata en el ascensor. Se dirige hacia el teléfono y marca un número. La línea suena unos segundos hasta que alguien descuelga al otro lado.

ANGIE (off): Residencia del agente secreto Cerocomacerocinco y su esposa Angustias Míguez.
CEROCOMACEROCINCO: Angie, soy tu marido. ¿Te has parado a estudiar con detenimiento alguna vez el nombre de mi profesión? “Agente secreto”. La clave está en la palabra “secreto”.
ANGIE (off): Ay, hijo, perdóname por ir por ahí presumiendo de ti. ¿Qué quieres que le diga a la gente que eres? ¿Agricultor?
CEROCOMACEROCINCO: Funcionario. Ya lo hablamos la última vez.
ANGIE (off): Eso ya se lo dije el mes pasado a la Ramona, la de la frutería. ¿Te lo conté? Creo que te lo conté. Y la Ramona dijo, “¿Qué clase de funcionario? Porque hay muchas clases de funcionarios: Policías, médicos, maestros, esos que repintan los pasos de cebra y le cambian las bombillas a las farolas…”. Me puse nerviosa y le dije que de esos últimos. Ahora todo el barrio cree que te dedicas a repintar pasos de cebra y a cambiar las bombillas de las farolas. Y me da mucha rabia, por eso al teléfono digo tu verdadera profesión. Lo malo es cuando estás de viaje. Hace dos semanas, cuando atrapaste a ese líder terrorista, ¿te acuerdas? Virtudes la del quinto vino a cobrar la comunidad y me preguntó por ti. “Está repintando pasos de cebra en Kazajistán”, le tuve que decir. Ahí estuve rápida; le conté que formabas parte de un tratado internacional de intercambio de repintores de pasos de cebra. ¿Se dice “repintores” o “repintadores”? Porque si el que pinta es un pintor, y no un pintador, el que repinta será un repintor, vamos, digo yo.
CEROCOMACEROCINCO (masajeándose con dos dedos el tabique nasal): Angie, mira, acabo de llegar al hotel…
ANGIE (off): ¿Qué tiempo hace en Estambul?
CEROCOMACEROCINCO: Mucho calor. Estoy chorreando de sudor. Oye…
ANGIE (off): Ahora te quitas los zapatos y metes los pies en agua con sal, que si no se te hinchan que da susto verlos. ¿Tienen bidés en Estambul?
CEROCOMACEROCINCO: Cariño, ¿me quieres escuchar?
ANGIE (off): Ay, hijo, qué ciezo te pones. Dime.
CEROCOMACEROCINCO: Mira a ver si me he dejado el cargador del móvil en la mesita de noche.
ANGIE (off): ¿El del móvil tuyo o el del trabajo?
CEROCOMACEROCINCO: El del trabajo. No he mirado en la maleta, pero me da la impresión de que se me ha olvidado meterlo.
ANGIE (off): Espera que lo mire, que tengo el ilalámbrico… ilarámbrico…
CEROCOMACEROCINCO: Inalámbrico.
ANGIE (off): Iralámbrico.
CEROCOMACEROCINCO: I-na-lám…
ANGIE (off): Ah, mira, sí, aquí está. Te lo has dejado aquí, sí.
CEROCOMACEROCINCO: Mierda.
ANGIE (off): ¿Te hace mucha falta?
CEROCOMACEROCINCO: Pues claro que me hace mucha falta.
ANGIE (off): ¿Y no le sirve el cargador de tu móvil?
CEROCOMACEROCINCO: No, no le sirve. El móvil de empresa es un nuevo modelo de prueba desarrollado por nuestro Departamento de I+D+i.
ANGIE (off): ¿Y el italiano ese no te puede mandar otro cargador por correo certificado?
CEROCOMACEROCINCO: ¿Qué italiano?
ANGIE (off): El italiano ese del departamento. ¿Cómo has dicho que se llama? ¿Ildemassi?
CEROCOMACEROCINCO: ¡Qué Ildemassi ni qué cojones! ¡Yo he dicho Departamento de I-más-De-más-i!
ANGIE (off): ¿Y eso qué es?
CEROCOMACEROCINCO: Pues… (Suspira) El laboratorio.
ANGIE (off): Los que construyen los cacharritos.
CEROCOMACEROCINCO: Equilicuá.
ANGIE (off): Pues vaya plan. Y, oye, ¿el móvil tuyo no te hace el avío?
CEROCOMACEROCINCO: Pero cómo me va a hacer el avío, mujer. Si el móvil de empresa tiene rayos X, infrarrojos, ultravioleta, láser…
ANGIE (off): Uy, el láser; no me lo recuerdes.
CEROCOMACEROCINCO: ¿Qué pasa?
ANGIE (off): No te lo iba a contar, pero es que me cuesta mucho guardar un secreto.
CEROCOMACEROCINCO: No me jodas.
ANGIE (off): El otro día te cogí el móvil del trabajo para llamar a mi madre.
CEROCOMACEROCINCO: ¿Qué?
ANGIE (off): La batería del mío se estaba cargando, y cogí el tuyo. Salí a hablar al balcón, ¿sabes? Para fumarme un cigarrito, porque como no te gusta que la casa huela a tabaco…
CEROCOMACEROCINCO: Abrevia, Angie.
ANGIE (off): Total, que cuando terminé de hablar con mi madre fui a colgar, y no sé a qué le di, que le pegué fuego al toldo.
CEROCOMACEROCINCO: ¡Me dijiste que había sido un tío con una bengala!
ANGIE (off): No. Fui yo con el láser. Perdona, Cerocoma.
CEROCOMACEROCINCO (se pasa la mano por la cara): Bueno, no pasa nada. Lo hecho, hecho está. Pero no vuelvas a toquetear mí móvil de empresa, ¿de acuerdo? Es un arma ultratecnológica peligrosísima.
ANGIE (off): Te juro que yo no he estado toqueteando el móvil. Solo aquella vez del toldo. Y, bueno, cuando me descargué la aplicación esa que suena como un pedo.
CEROCOMACEROCINCO: ¡¿Fuiste tú?!
ANGIE (off): Uy, qué alto se te escucha ahora.
CEROCOMACEROCINCO: ¡No se me escucha alto! ¡Estoy gritando!
ANGIE (off): ¿No te hizo gracia?
CEROCOMACEROCINCO: ¡Uy, una gracia que te cagas! Estaba intentando pillar a un importante traficante de armas cerrando un trato con un político corrupto y, en vez de una foto acusadora, les tiré un cuesco. No veas qué risa.
ANGIE (off): ¿Estás disgustado?
CEROCOMACEROCINCO (suspira): No, no estoy disgustado… Bueno, sí estoy disgustado, pero no por lo del toldo, ni porque me hayan prohibido la entrada a la Embajada de Ruanda por culpa del puto pedo. Es por mi mala cabeza. Necesito el móvil para infiltrarme en la guarida secreta de Octavius Starkweather.
ANGIE (off): ¿Ese quién es?
CEROCOMACEROCINCO: Octavius Starkweather. Mi archienemigo. Te he hablado de él cientos de veces.
ANGIE (off): ¿Ese que es calvo?
CEROCOMACEROCINCO: El calvo, sí.
ANGIE (off): ¿Y por qué no te compras un mono?
CEROCOMACEROCINCO: Angie, ¿te has vuelto loca, o estás manteniendo una conversación paralela con un organillero?
ANGIE (off): No me has entendido; me refiero a un mono de trabajo. Te compras un mono, te plantas en la guarida secreta, y les dices a los guardas que vienes a cambiarles las bombillas. Cómprate también si eso un bigote postizo, para que no te reconozcan. Se me acaba de ocurrir.
CEROCOMACEROCINCO: Sí, como estratega te vamos a contratar en el Servicio Secreto, no te jode.
ANGIE (off): Ay, hijo, es que nunca estás conforme con nada. Te he metido el pijama de algodón en la maleta, ¿lo has visto? Como, según tú, el de franela te da picores…
CEROCOMACEROCINCO: Sí, bien, mira, Angie, te llamo luego, ¿vale? Voy a deshacer el equipaje, meterme en la ducha, y después voy a llamar a Arbogast, que se va a poner hecho un verraco cuando le cuente lo del cargador.
ANGIE (off): Bueno, cena ligerito, ¿eh? Y nada de martinis con vodka, que al principio muy bien, pero luego te sientan como un tiro.

martes, 17 de junio de 2014

El Sr. X y el sitio del piano

Algunos de sus conocidos aseguran que rastrear la pista de algún tipo de aspiración temprana en el periplo vital del Sr. Fulano Equis supondría una tarea abocada al fracaso, y, a todas luces, mortalmente aburrida. Aspiración, Ambición, incluso Inspiración, son conceptos demasiado grandes y blindados para el Sr. X, que además siente cierto recelo por las palabras acabadas en “ón”, terminación que invariablemente trae a su excitable cerebro imágenes de columnas de mármol lloviendo del cielo para clavarse en el asfalto. Sin embargo, existió una época en que podían hallarse unas manidas migajas de inquietud en su interior, migajas que con los años serían fácilmente sacudidas del mantel de sus pretensiones con la ayuda de una mesa de despacho y varios kilos de albaranes. Durante un breve periodo de tiempo (demasiado breve como para permitir la germinación de una semilla de ilusión en esa tierra baldía que el Sr. X llamaba caritativamente “años de juventud”), el Sr. X mostró cierto interés por los pianos; no en tocarlos, ya que sentía una visceral aversión por las notas musicales desde que una vez a los tres años de edad pisó sin querer una bocina afinada en clave de fa, sino en moverlos. El Sr. X tenía la impresión de que estuviera donde estuviera colocado un piano, siempre quedaría mejor en otro sitio. Quizá unos centímetros a la izquierda, quizá más cerca de la pared, quizá más alejado del sofá; por norma general, estaba convencido de que la ubicación de un piano siempre era susceptible de mejorar. El Sr. X vio su primer piano a los diez años de edad, en casa de su tía Carlota. Nunca del todo consciente de la existencia de otros seres vivos a su alrededor, sin embargo el Niño X tenía a bien tratar con condescendencia a su tía Carlota, porque se decía a sí mismo que un niño como él merecía tener una tía llamada Carlota (un nombre intolerable para una madre), y porque su tía y él tenían una manera de pensar con algunos puntos en común: los dos coincidían en que el chocolate no aportaba nada digno de mención al correcto desarrollo de un infante y en que las corbatas no eran incompatibles con los pantalones cortos. Pero había un asunto sobre el que el Niño X  y su tía discrepaban, asunto que sería conocido en años venideros como La Polémica de la Sala del Piano. Para empezar, al Niño X le irritaba profundamente la denominación “Sala del Piano”. Solo se llamaba “La Sala del Piano” porque había un piano dentro, y el Niño X sabía de buena tinta que, antes de la llegada del piano, en la misma estancia reposaba un clavicordio, y que la sala era llamada en ese pasado remoto “La Sala del Clavicordio”. Según la particular organización mental del mundo del Sr. X, el nombre de las habitaciones de un hogar debe determinar para siempre su uso. Cuando compras una casa vacía, opina el Sr. X, y dices “Este será el cuarto del niño”, ese debería ser para siempre el cuarto del niño, y detesta cuando los hijos de sus conocidos se independizan y “El Cuarto del Niño” pasa a ser “La Salita”, “El Despacho” o “La Habitación de Planchar”. Para el Señor X, son tales incongruencias las que conducen sin remedio a la Humanidad hacía la entropía y, finalmente, al derrumbe de la civilización tal como la conocemos. Por otro lado, el piano que ocupaba la mal llamada “Sala del Piano” estaba demasiado cerca de la ventana, según el criterio del Niño X, y así se lo trasladó a su tía Carlota. Su tía Carlota le dijo que fuera a jugar con los hijos de los vecinos, respuesta que el Niño X tomó por un intento de desviarse del tema y, por lo tanto, como una silenciosa pero inequívoca asunción por parte de su tía de su incapacidad para colocar con acierto un piano dentro de una habitación. El Niño X volvió a la sala y contempló el piano con algo parecido a la repugnancia. El instrumento hacía gala de la típica arrogancia del piano medio, esa insoportable altivez del piano que sabe que no va a ser trasladado, ese “Hacen falta por lo menos tres adultos para arrastrarme siquiera unos centímetros”. La memoria del Sr. X es un terreno admirablemente acondicionado para todo tipo de resquemores que deseen echar raíces, así que La Polémica del Sitio del Piano se acomodó en la zona sin mayor dificultad. El día después de finalizar sus estudios de enseñanza secundaria, el Sr. X se acercó a la oficina de empleo y pretendió postularse como demandante de un puesto de trabajo llamado Asesor de Ubicación de Pianos. La funcionaria que atendió al Sr. X le dijo que tal oficio no existía, pero que les acababa de llegar una oferta que solicitaba a un Técnico Especialista en Soplar Detrás de las Orejas. Como tantas otras veces en su vida, el Sr. X fue incapaz de dilucidar si su interlocutora estaba hablando en serio, y se marchó de la oficina desolado. Mucho tiempo después, ya instalado en su cómodo puesto de anexo a un archivador, y casi completamente olvidada su virulenta disposición a mover pianos de sitio, el Sr. X estuvo a punto de sufrir un vergonzoso arranque de nostalgia cuando contempló a un equipo de mudanzas subir un piano al ático de un edificio con ayuda de una polea. No era el único transeúnte que había detenido en seco su errático deambular para observar tan inusual espectáculo, pero seguro que era el único que se preguntaba si sus propietarios sabrían encontrarle al instrumento la ubicación adecuada. ¿Estaría lo suficientemente centrado dentro de la habitación? ¿En el ángulo correcto respecto de la puerta? ¿Fuera del alcance de los miserables rayos ultravioleta cuando el sol se encontrara en su cénit? “No, por supuesto que no”, dijo para sí el Sr. X, aunque en su fuero interno sabía que nunca podría saberlo con certeza, pensamiento fugaz que rescató en exclusiva para su alma el eco de un escozor lejano, como el dolor que a veces sienten los amputados en el miembro que les falta. Por su parte, la multitud que se arremolinaba en la calle esperaba que de un momento a otro el piano se desprendiera de la polea y cayera a la acera como si fuera un gigantesco e inmisericorde “ón”. El Sr. X, algo cabizbajo, dirigió sus pasos hacia la panadería, porque siempre había pensado que lo mejor que se puede hacer con una multitud es alejarse de ella.