lunes 26 de octubre de 2009

Recomendaciones cinéfagas para Halloween por parte de un indocumentado

Los Plátanos (The Bananas, Albert Hugecock, 1963)

Sinopis… Sinotis… Nisoptis… ¡Ejem! Resumen de la película: Janice (interpretada por Pippi Liendren) es una frutera que observa alarmada que los plátanos de su tienda están empezando a comportarse de manera poco ortodoxa, cuando antes no le daban ninguna guerra. Al principio decide no contárselo a nadie e intenta por todos los medios que sus clientes compren melocotones, mejor; pero un buen día, harta de una situación que está a punto de acabar con sus nervios (es famosa la tensa escena donde un plátano se cae al suelo sin motivo aparente), contacta con el profesor Atticus Flanders, catedrático de Agricultura y Ciencias Hortícolas de la Universidad de Wisconsin, y le expone el caso. El profesor Flanders le explica que su especialidad son las chirimoyas (es el autor del extenso ensayo Todo lo que sé sobre las chirimoyas, considerada la obra más completa y mejor documentada sobre el mundo de las chirimoyas, además de ser colaborador habitual de la prestigiosa publicación bianual Cherimoya Life & Times), pero de todas formas accede a echar un vistazo con la esperanza de llevarse a Janice al huerto y de camino comprar dos kilos de pomelos. Para desesperación de Janice, Atticus dictamina que los plátanos de su frutería siguen a rajatabla el patrón de comportamiento estándar de la fruta, que consiste básicamente en no moverse por sí sola. El profesor intenta tranquilizar a la frutera diciéndole que un problema que se puede solucionar con una licuadora no es realmente un problema. A pesar de todo, Janice deja de solicitar plátanos a su proveedor habitual, conocido como El Jacinto (Jack en la versión original). Una vez a salvo de la frutal amenaza, Janice se deja agasajar por Atticus, que consigue llevársela al huerto. Desgraciadamente, una vez en el huerto Janice cree estar siendo espiada por la platanera de Atticus, por lo que sale corriendo, pisoteando los nabos en su huida. A continuación llega la que quizá sea la escena más célebre de la película: Arrepentida de su comportamiento, Janice se acerca a una cabina telefónica y llama a Atticus para disculparse por su huida y por lo de los nabos, pero, inesperadamente, un camión que transporta varias toneladas de plátanos derrapa y esparce su contenido por toda la calle, provocando resbalones masivos con las consiguientes contusiones y fracturas de cadera. Janice se cree a salvo dentro la cabina… y realmente lo está, porque, por mucha velocidad que llegue a alcanzar un plátano, lo más que va a hacer cuando se tope con una mampara de cristal es espachurrarse. Janice, conmocionada, va a ver a Atticus y trata de convencerle de empezar una nueva vida juntos en Alaska, mundialmente famosa por su escasez de plátanos e higos chumbos (El personaje de Janice en ningún momento hasta ahora había demostrado excesiva aversión por los higos chumbos, así que la referencia podría deberse a una aportación personal del propio Albert Hugecock. En el célebre libro de entrevistas que le dedicó Francine Trugnot, al ser preguntado respecto al tema de los higos chumbos, el genial gordo cabrón respondió enigmáticamente: “A los higos chumbos que se las pique un pollo”). Por respeto a los espectadores que aún no la han visto, no vamos a destripar el final; sólo añadiremos que las posibilidades escalofriantes de una compota jamás habían sido tan profundamente exploradas como en esta película…

Comentario (fuera de tono): Tras el estreno de esta película, el mundo no volvió a mirar a los plátanos de la misma manera. Rodada después de una abrumadora sucesión de éxitos de público y crítica, como Vahído (Faint, 1958), El Hombre que no se Enteraba de un Pimiento (The man who didn’t notice a pepper, 1959) y Disuria (Dysuria, 1960), Los Plátanos suscitó división de opiniones entre los críticos. Mientras algunos especialistas quisieron ver en ella una mal disimulada parábola sobre la represión sexual, otros se equivocaron de sala y asistieron a la proyección de un western. De ahí la reseña que hizo el temido Paulie Kent en el Delaware Post: “El señor Hugecock debería haber titulado su película Los Frijoles. No sé a que viene esa tontería de Los Plátanos. He visto muchas películas con pocos plátanos, pero ésta se lleva la palma”. Otros fueron más moderados en su valoración: “La película tiene una primera mitad excelente”, dijo un crítico del Idaho Globe que solía quedarse dormido en medio de las proyecciones porque se levantaba muy temprano para llevar a sus chiquillos a la natación. Como casi siempre, fueron los críticos franceses quienes colocaron esta obra maestra en el lugar que le corresponde: “Los Plátanos representa la más prístina sublimación de la angustia finisecular”, dijo Jean-Luc Kojak justo antes de cortarse cuatro dedos de la mano izquierda con un hacha.
Por supuesto, en esta película no podía faltar el habitual cameo de Hugecock haciendo un calvo; si se fijan bien, podrán ver al gran director con los pantalones bajados en la puerta de la frutería.
Fotograma de la película

jueves 22 de octubre de 2009

¿Conoce usted su ojete? Capítulo 42: El Evangelio según se mire (Versículo 3)

Y aquel que iba diciendo por ahí con dos cojones que era el Nuevo Mesías, al ser preguntado por la azafata si iba a cometer la imprudencia de transigir con otro vasito de un zumo de naranja cuya comercialización estaba prohibida desde 1981 en países como Dinamarca, Suecia y Reino Unido, contestó:

-Bueno.

Y ya no dijo nada más por espacio de veinte minutos.

Aprovechando que se había quedado roque en su asiento, eché un vistazo al bloc de notas que el Narrador Omnisciente llamaba caritativamente “El Testamento Definitivo” (a buen seguro el único evangelio con un dibujo de Spiderman en la portada) y comprobé que Pasar a la Historia iba a ser una tarea más complicada de lo que imaginé en un principio. El manuscrito abundaba en anotaciones de tipo costumbrista como “Y el Nuevo Mesías sacó de la nevera el papelón de la mortadela y vio que aún estaba buena, alabemos al Señor”, lo cual me hizo dudar de la capacidad selectiva de mi evangelista. Más me valía empezar pronto con los sermones y los milagros si no quería que los supervivientes del Apocalipsis me recordaran como el Mesías que Rara Vez Tiraba de la Cadena.
Miré a mi alrededor para comprobar qué andaban haciendo mis fieles. Al otro lado del pasillo, el demonio Pandulfo Condenación Explanada, que había solicitado asiento de ventanilla y que, dada su condición de habitante del Inframundo, estaba poco acostumbrado a mirar hacia abajo, contemplaba extasiado el panorama.
-¡Eh, Uriel! ¡Mira! –dijo excitado-. ¡Estamos sobrevolando las nubes!
-Ya, ya –repuso con desinterés Uriel, que, debido a su anterior cometido como arcángel, tenía las nubes muy vistas.
Mi otrora alado amigo se mostraba más interesado en la infumable comedia familiar que la compañía aérea había seleccionado con la probable intención de instigar un suicidio colectivo. Uriel, que acababa de descubrir su pasión por el cine, era él único pasajero que reía a carcajadas en todo el avión. Estaba armando tal escándalo que la azafata, que seguramente me tomó por el monitor de alguna asociación de recreo para enajenados mentales, se acercó para preguntarme si mi amigo requería algún tipo de atención especial.
-No, no se preocupe –contesté-. Es la primera vez que sale de la granja, ¿sabe? Ayer estaba asistiendo el parto de una vaca y hoy se encuentra volando a diez mil metros de altura. Un cambio socioespacial de tal envergadura resulta difícil de asimilar –ahí queda eso.
-Ya –dijo la azafata-. Es que, verá, un pasajero de ahí atrás se está quejando.
-Oh, qué contrariedad –dije falsamente consternado-. Le presentaré mis excusas. ¿De quién se trata?
-Del caballero del traje gris que se dirige al lavabo.
-¿Adónde vas? –me preguntó el Poli Cabrón, que se encontraba en el asiento de atrás.
-¿Te apetece intimidar a un mamón que se está metiendo con Uriel?
-Estoy tan aburrido que no me importaría intimidar incluso a alguien que se estuviera metiendo contigo –dijo soltando sobre las rodillas de Jean-Claude el periódico de tendencia filofascista que estaba leyendo.
Sin abundar mucho en el asunto, diré que el caballero en cuestión defendió valientemente sus argumentos, aun con lo poco fluido que resulta mantener una discusión con la cabeza metida dentro del inodoro. De todas formas, la inquebrantable convicción de la que hizo gala el Poli Cabrón, que gastó el suficiente agua como para acelerar la migración de las aves, achantó a nuestro molesto contertulio en menos de dos minutos.
-¿Debo suponer que han procurado minimizar las posibles consecuencias legales de su pequeña vendetta, señores? –preguntó Jean-Claude cuando volvimos a nuestros asientos, deduzco que vagamente esperanzado.
-¿Acaso demandaron a Jesús-El-Cristo cuando le dio una pájara y se lío a latigazos en un mercadillo de no sé dónde? –dije tratando infructuosamente de recordar las clases de religión que impartía la señorita Virtudes, la mujer que inspiró mi primer éxito en el ámbito de la masturbación.
La presencia de Jean-Claude me tranquilizaba. Lo cierto es que lo eché mucho de menos durante mi periplo por el Infierno. Siendo juicioso, nunca viene mal tener al lado a alguien que te haga sentir un poquito culpable después de follarte a lo perro a Lucifer.
-Jean-Claude –dije mirando hacia atrás-, ¿te encuentras cómodo sin tu uniforme? Te veo raro en chándal.
-A decir verdad, y aunque no lo advierta debido a mi sereno semblante, percibo un conato de combustión espontánea en la boca del estómago, milord.
El Espíritu Santo había insistido en la necesidad de no llamar mucho la atención a nuestra llegada a Ibiza (Por si alguien se lo está preguntando, la Santa Sede se trasladó a las Islas Baleares sólo un año después de que lo hiciera la NASA y siete meses después del Ku-Klux-Klan). En el aeropuerto nos esperaba nuestro contacto, un serafín de las huestes celestiales que el Espíritu Santo calificó como “tu nuevo asesor de imagen, que falta te hace”, y del que Uriel no me había aportado muchos datos.
-Ya lo verá, señor –me dijo-. Es el mejor en lo que hace.
Lamenté que el Espíritu Santo no se estuviera entre nosotros. De hecho, se encontraba en la bodega del avión, junto a las mascotas del resto de pasajeros. Se empeñó en no acompañarnos, pero no hay nada que un Valium mezclado con el alpiste no pueda hacer.

-¡¡¡Yo lo mato!!! –exclamó el Espíritu Santo al despertar.
-¡Guau! –exclamó en tono de protesta un fox terrier, molesto por ver súbitamente interrumpido un sueño erótico en el que estaban involucrados él y la pata de una mesa.
-¡Tú te callas, mamón! –exclamó el Espíritu, que se sintió crecido por la seguridad que le ofrecía su jaula.
-¡Grrr…! ¡Guau! –argumentó un dachshund que decidió unirse a la protesta después de una corta deliberación.
-¡Miau! –dijo otro bicho que al parecer no estaba de acuerdo con la postura de los dos anteriores.
El Espíritu reparó en la jaula de un ave que reposaba en el suelo de la bodega.
-¡Eh, tú! Sí, tú, el de las plumas verdes. Tú y yo somos primos, por lo menos. Somos de la misma especie… o familia… y, em… Vamos, que deberíamos unir fuerzas contra estos cabrones en nuestra, eh, pajaridad –a pesar de su condición, el miembro menos conocido de la Santísima Trinidad nunca había mostrado excesivo interés por la ornitología.
-¡Prrr…! ¡A tomar por culo! –repuso el loro.
-Estás siendo muy poco razonable…
-¡Hijoputa! ¡Prrr…! ¡Caracartón!
-¡Serás desgraciado!
-¡Muuuu! –opinó otro parroquiano.
-¡¿Qué clase de demente lleva de viaje a una vaca?!
Al poco rato la bodega albergaba un bullicio solo comparable al de una tertulia literaria.
-¡Callaos! ¡Cerrad el pico! –exclamó el Espíritu hasta que se le secó la garganta.
Afortunadamente, fui lo bastante previsor como para llenar el bebedero de ginebra.

-Hrrmm… –masculló el Narrador a mi lado, que incluso al desperezarse se expresaba correctamente-. ¿Ha ocurrido algo interesante mientras dormía la mona?
-Nunca ocurre nada interesante cuando estás dormido.
-Pues yo he tenido un sueño muy extraño. El Espíritu Santo estaba en la bodega y abría su jaula, y luego organizaba a los animales…
-¿Tienes sueños premonitorios?
-¿Por qué no? Soy el Narrador Omnisciente. Digo cosas del tipo “pero nada de aquello le había preparado para lo que estaba a punto de ocurrir”.

El caso es que el Espíritu Santo había agarrado una turca del quince.
-Esta jaula la abro yo con la punta de mis genitales internos. ¡Hics!

-Disculpe, señorita –le dije a la azafata-. ¿Se han escapado los animales de la bodega?
-Creo que no, señor. Me parece muy improbable que eso ocurra.
-Ya. Verá, es que tengo abajo a mi paloma mensajera, ¿sabe? Es un animal muy ingenioso. Cuando me metieron en el talego por fraude fiscal y no le daba la gana pasarme personalmente los resultados de la bolsa a través de los barrotes de la ventana de mi celda, enmarronaba a algún periquito y lo enviaba de su parte. Mi paloma ha destrozado más hogares de periquitos que ninguna otra que yo conozca. “¿Adónde vas a estas horas?”, preguntaba la Sra. Periquito; “A hacer un mandado, ahora vuelvo”, respondía el Sr. Periquito. Total, que al final el Sr. Periquito volvía a las tantas y la Sra. Periquito lo castigaba durante un mes sin hacer periquitos. Una liante, mi paloma.
-Por eso no podrías ser narrador –dijo el ídem-. Te haces la picha un lío.
-Me hago cargo, señor –dijo la azafata, que tenía poco aspecto de hacerse cargo y mucho de estar cagándose en mi calavera-. Pero tengo serias razones para dudar de que los animales de la bodega se hayan amotinado.

-Colegas, amigos, hermanos todos en nuestro, eh, animalismo –dijo el Espíritu Santo a modo de preámbulo una vez hubo liberado a todos los animales de sus jaulas-. ¡Hics! Perdón. Creo que hablo en nombre de todos cuando digo…
-¡Muuu! –intervino la vaca, poco acostumbra a esperar al turno de preguntas.
-Sí, sí, mejor será que hable en nombre de todos –murmuró el Espíritu-. Creo que todos nosotros estamos hartos del trato vejatorio que sufrimos a manos de nuestros dueños. Porque, por mucho que digan por ahí, no nos parecemos a ellos, y no pueden pretender que nos comportemos como tal y acatemos sus normas sin rechistar. ¡Hics! Coño con el hipo. Ellos ahí, bebiendo unos cubatas y disfrutando del vuelo y nosotros aquí, encarcelados y conviviendo con nuestros propios excrementos. Por eso yo digo: ¡subamos allá arriba y reclamemos el lugar que nos corresponde!
-¡Guau! –dijo un pastor belga, bien porque las palabras del Espíritu habían enfervorecido su ánimo, bien porque el poni que estaba a su lado le había pisado una pata.
-¿Alguna pregunta?
-¡Beee!
-Eso parece más una afirmación que una pregunta, querida amiga.

-Azafata –llamé-. ¿Ha revisado la bodega de los animales?
-No señor, no… -la azafata pareció arrepentirse de no haber escondido un espray de pimienta en el carrito de la bollería-. Le digo que no hace falta. No se preocupe por su mascota; seguro que está sana y salva.
-Es que usted no la conoce.
-Señor, me da igual que su mascota sea la reencarnación del puto Houdini –aclaró-. Y, ahora, si es tan amable de abrocharse el cinturón, que vamos a aterrizar…
-Oye, déjalo –dijo el Narrador-. No te obsesiones con eso.
-Es que a mí los sueños premonitorios me dan mucho yuyu, ¿sabes? Yo una vez tuve uno de esos. Se me apareció en sueños alguien que se identificó como el Archiduque Francisco Fernando y me dijo muy serio: “Desconfía del aluminio”. Y dos días después pisé una boñiga que para qué te voy a contar. No una mierda seca, no; una bien fresquita, de esas que se meten en las ranuras de la suela de las botas…
-¿Qué tiene que ver eso con el archiduque y el aluminio?
-Hombre, yo veo la simbología muy clara. Verás…
Y, cuando el avión empezó a inclinarse para tomar tierra, al Poli Cabrón le cayó en el regazo una criatura que en otras circunstancias más acordes con la ley de la probabilidad habría resultado adorable.
-¡¡Me cago en la leche puta!! ¡¡¿Pero qué es esto?!!
-Parece una cría de foca, señor –contestó el impasible Jean-Claude.
Y los inquilinos de la bodega se deslizaron en tropel por el pasillo de la cabina, debido a la inclinación del avión, según las incontestables leyes físicas que promulgan los dibujos animados. El Espíritu Santo voló hasta mi reposabrazos, con un ala echada por encima del loro.
-Hey, colegas –estaba como una cuba.
-¿Quién es éste? –pregunté señalando al loro.
-Os presento a mi primo. Es un tío de puta madre y lo quiero un montón.
-¡Prrr! ¡Basura! –replicó el loro.
-Te he dicho que los problemas personales los discutamos en privado.
-¡Que te follen! –insistió el loro.
-No sé por qué está tan enfadado –nos dijo el Espíritu confidencialmente-. Debo haberle ofendido en algo, pero no me lo quiere contar.
-Espíritu, ¿has sacado tú a los animales de sus jaulas?
-Sí, sí. Se podría decir que estoy encabezando una rebelión sin precedentes.
-¡Azafata! ¡Una vaca me está lamiendo la cabeza! –dijo un pasajero que seguramente hasta ese momento creía haberlo visto todo.

Después de aterrizar y de que llegaran las ambulancias para atender alrededor de treinta casos de soponcio, tres de coces, ocho de de mordeduras, quince de arañazos, once de contusiones varias y un intento de violación interespecie a cargo del fox terrier, nos dirigimos a la salida en busca de nuestro misterioso contacto. El Espíritu Santo estaba echando la papa con la cabeza fuera de su jaula.
-¿Puedo añadir este episodio al evangelio? –me preguntó el Narrador Omnisciente.
-No –dije rotundamente-. Es una peripecia bochornosa que no tiene nada que ver con la historia principal.
-Vale –pero quiso decir “Los cojones”.
-Uriel –dije cuando salimos del aeropuerto, ¿quién es nuestro contacto?
-Pues…
-¡Yuu-huu! –gritó un tipo de mediana edad delgado y con un fino bigotillo. Portaba un cartelón que rezaba “Los que traen el Apocalipsis”-. ¡Muchaaaa-chooos!
-Hala, hala, hala; a tomar por culo la discreción –dijo el Poli Cabrón.
-Uriel, ¿este tópico andante es…? –empecé a preguntar.
-Su… estilista, señor.
-Chicos, chicos, chicos, que alegría me da veros –dijo el tópico. Después de calzarnos dos besos a todos, se volvió hacia mí y añadió-: Tú debes ser el Mesías. Qué pelos, qué pelos, qué pelos. Pero tú no te preocupes. Ya verás cuando acabe contigo; a la Humanidad se le van a caer las bragas al suelo cuando des tu primer sermón.
-Mire, caballero…
-Puedes llamarme “querido” si quieres, cielo. ¿Quiénes son tus amigos?
-Bueno, a Uriel y al Espíritu Santo ya los conoces. El resto son Jean-Claude, mi mayordomo; el Sargento Jerónimo Castaña, mi guardaespaldas; el Narrador Omnisciente, mi evangelista; y el demonio renegado Pandulfo Condenación Explanada, que se ha ofrecido a sufragar los gastos del viaje.
-Es que hoy es mi santo –dijo del demonio Pandulfo.
-Pues yo soy Ramone, tu peluquero mariquita –y se echó a reír.
Para mí horror, comprendí que la hermandad conocida como “Los que traen el Apocalipsis” ya estaba completa.

¿Recibirá el Papa a nuestro héroe, o lo dejará para otro día? ¿Se tomará bien su destitución como jefe de la Iglesia o se cagará en todo lo que se menea? ¿Es justo un Dios que le pone Ramone a un componente de sus coros angelicales?

-¡Menudo vozarrón que tienes, machote!

Haga el favor de no tocarme. ¡Todo esto y cuidado con los pies, que la botella está al revés, en el Capítulo 43 de ¿Conoce usted su ojete?!

domingo 11 de octubre de 2009

Cualquier excusa es buena para emborracharse



Estimados true believers:
¡¡¡Me han concedido un premio!!!
-¿A usted? ¡Pero si es un ceporro! –dijo un seguidor mío al que tengo en alta estima por ser el que en menos ocasiones ha pretendido atentar contra mi vida.
-Bueno, bueno; no nos chupemos las pollas todavía, que tenemos restos de sobrasada entre los dientes –dije citando al rey Lear.
-¡Tarugo! –dijo otro que rara vez sabía lo que decía, aunque en esta ocasión dio en el clavo.
-¡Jean-Claude! ¡Jean-Claude! –mi leal sirviente apareció como si hubiera estado siempre allí-. Jean-Claude, ¿de dónde has sacado al público de hoy?
-Debo reconocer que no recuerdo el nombre de la taberna, milord –dijo Jean-Claude-. Sólo sé que todos los caballeros aquí presentes se encontraban en un estado de ánimo altamente sugestionable.
-Ah, bien. Qué raro es encontrar gentes de buena fe en estos días de laxitud moral.
-Perdone, señor –alzó la mano uno que no me importaría no haber conocido nunca-. ¿Me permite una pregunta para el boletín de la Asociación de Amigos del Aguardiente? –publicación comarcal de periodicidad salvajemente irregular.
-Será un placer para mí atender a un distinguido miembro de la prensa –contesté al periodista, que a todas luces necesitaba un lavado de estómago como el comer.
-¿Se puede saber por qué motivo, razón o circunstancia le han concedido un premio? Creo que hablo en nombre de todos cuando digo que lo único que indudablemente usted merece es un par de hostias bien dadas.
-Bueno, ésa es sólo su opinión –siempre he sabido aceptar de buen grado una crítica, aunque en ese momento lamenté no tener a mano un cenicero de mármol.
-No, no lo es –dijo otro que debería plantearse los inconvenientes de una alimentación exclusivamente intravenosa-. Yo también le pondría en su sitio de un buen galletón.
-Jean-Claude –le dije confidencialmente a mi mayordomo-. Vamos a tener que cambiar la estrategia de embaucar borrachos para que asistan a mis conferencias; la próxima vez a ver si me puedes conseguir diez o quince heroinómanos.
-¿Va a dar un discurso de agradecimiento, o qué? –dijo un incauto.
-Por fin alguien que muestra algo de respeto –dije aliviado.
-No, si a mí me da igual. Usted hable, hable; de todas formas, estoy a punto de caer inconsciente…

-Pues me gustaría agradecer a El Señor de las Moscas, propietario del excelente blogarito El porqué de una mosca encerrada en un bote, el tener a bien concederme el bonito galardón que puede ustedes ver justo debajo del título de este post. Es un orgullo para mí que el premio venga dado por un bloguero que despliega un admirable uso de esa cosa llamada léxico, un extraordinario sentido del humor, y un asombroso ritmo de publicación. Nos deja estupefactos que el Sr. De las Moscas se haya acordado precisamente de nosotros, que hacemos gala de un parco manejo del vocabulario (de ahí la alarmante reiteración de vocablos como “Cojones” o “Cipote”), un sentido del humor discutible (ver paréntesis anterior) y una periodicidad que suele coincidir con el fin del ciclo lunar y el florecimiento del acónito en la estepa. Por no hablar de nuestra molesta costumbre de hablar en plural en un desesperado y probablemente vano intento de repartir los escupitajos entre el autor y sus amigos imaginarios.
-No nos venga ahora con falsa modestia –dijo uno que, según todos los indicios, se encontraba en la fase inicial de la resaca-. Le vamos a arrancar la cabeza de todos modos.
-Y antes de que la estancia se llene de humo y casquillos me complace anunciar las reglas de premio, que consisten básicamente en decir algo de la persona que te lo ha entregado, y entregar a su vez el premio a tres blogueros que se lo merezcan. Jean-Claude, el sobre.

Ejem. Y mis tres premiados, a los que debo gratitud, respeto y una cantidad no indecente de dinero, son:

Mi amada Silderia, porque, decididamente, todo esto del blog es culpa suya. Si no fuera por ella, yo seguiría escribiendo en servilletas atroces versiones obscenas de canciones del momento. Por no hablar de lo bien que van a quedar nuestros premios gemelos al lado de mi Doctorado Honoris Causa en Nada en Particular y su Máster en Estrategias de Guerra de Guerrillas.
Josito Montez, un cronopio de escribe sobre el chouvinsnes como nadie en la blogosfera, y uno de los primeros en pasar por aquí sin necesidad de sobornos.
RFP, cuya pareja de blogs (Pasiones y otros desmanes y En medio de ninguna parte) me han dado más alegrías que el vino tinto.

-Jean-Claude, ¿cuánto tiempo me sobra?
-Treinta segundos, milord.
-Ejem, ejem. ¡Obí! ¡Obá! ¡Cada día te quiero má! ¡Obí, obí, obá, obá…!

martes 6 de octubre de 2009

¿Conoce usted su ojete? Capítulo 41: El Evangelio según se mire (Versículo 2)

Y aquél que sería conocido como Nuevo Mesías en breve, dos semanas a lo sumo me calculo yo, tiró de un hilo que le colgaba de la manga de su camiseta de Faith No More (que compró porque le gustaba que la gente lo tachara de inclasificable) y proclamó:

-¡Los cojones te vas a venir tú! –le dije al demonio Pandulfo mirándole fijamente a los ojos.
De hecho, intenté por todos los medios restringir mi campo visual a sus ojos, porque el resto de su jeta me causaba el mismo efecto que la visión del cadáver de un babuino putrefacto, decapitado y con los intestinos asomando por el ano. Se podría decir que era tan feo que ni el abismo le devolvía la mirada.
-¡Pero, hombre, sé razonable! ¡Soy un demonio, os puedo ser de mucha utilidad! –afirmó Pandulfo.
-Sí, resultaría de lo más razonable pedir audiencia al Papa acompañados de una criatura del Averno. Razonable que te cagas –dictaminé-. Además, no sé por qué te ha dado esa perra de repente. ¿Tú no pretendías matarnos a todos?
-¡Es que no os dejáis! –su tono de voz me dio la impresión de que estuvo tentado a rematar la frase con un “¡Jo!” y un zapatazo.
-Ahí el muchacho tiene razón –dijo el Narrador Omnisciente-. Debe sentirse muy frustrado, el pobre.
-Que hubiera estudiado otra cosa –respondí-. O que se apunte a Engendros Anónimos; su presencia no aporta nada a Los que Traen el Apocalipsis.
-¿Los que Traen el Apocalipsis? –preguntó el Poli Cabrón-. ¿Qué cojones es eso?
-El nombre de nuestro equipo –aclaré-. ¿A que mola?
-Es horroroso. No voy a pertenecer a ningún grupo que se haga llamar “Los que Traen el Apocalipsis”.
-Sé a qué te refieres –concedí-. “Los que Traen el Apocalipsis” no es un nombre de guerra excesivamente atractivo, pero algunos no estamos en esto sólo para follar…
-¡No estoy hablando de eso! –exclamó nuestro amable Poli Cabrón-. ¡Qué equipo ni qué polla en vinagre! ¡Esto es un despropósito!
-Me gustaría solicitar formalmente un examen de acceso –dijo Pandulfo.
-Ah, no, ni hablar –dije-. ¿Yo a ti qué te he dicho?
El Narrador Omnisciente tomó la palabra, me cago en sus riles.
-Yo tengo un nombre mejor, “El Equipo A”. ¿Lo cogéis? “A” de “Apocalipsis” –dijo en un alarde de ingenio probablemente inducido por dos horas escasas de sueño y un persistente colocón de absenta-. ¿Votos a favor?
El demonio Pandulfo levantó la mano.
-¡Que tú no te vienes! –grité.
-Pero, jefe… -suplicó Pandulfo.
-¡No me llames jefe! –aunque debo reconocer que mi ego experimentó una erección-. ¿No tienes otra cosa que hacer, como, no sé, como poseer a una niña de trece años?
-¡¿Por qué clase de pervertido me has tomado?! –parecía realmente ofendido-. ¡Eso es ilegal! ¡¡Joder, qué daño nos ha hecho esa puta película!! ¡¡Por su culpa, todo el mundo cree que los demonios somos unos degenerados!!
-¿Y no es así?
-¡Claro que no! –negó Pandulfo- ¡A mí me gustan las maduritas jamonas, para que veas!
-¿Y alguna vez has poseído a alguna? –pregunté con un interés que iba más allá de la simple cortesía.
-¡Es que no se dejan! –esta vez hizo un amago de zapatazo, pero se contuvo.
-Pero, hombre, cómo se van a dejar, con lo mal que os lo montáis –allá iba yo otra vez-. Un demonio posee a una tía y la deja llena de costras y ronchas y con los ojos de color amarillo. Ya sé que sois una manifestación del Infierno y tal, pero si, yo qué sé, si les aumentarais la talla del sujetador o el volumen labial seguro que más de una no le haría ascos a una posesión diabólica –mi añorada Marcia me habría clavado la lengua a la mesa con una estaca por ese comentario.
-“Los Cirujanos Plásticos del Inframundo” –dijo el Narrador Omnisciente-. Anda que no estoy fino ni nada hoy con los nombres. Jean-Claude, ¿me traes ibuprofeno?
-¿Cuántas píldoras calcula que va a necesitar, señor?
-Vamos a empezar con seis. Si no funciona, probaremos con todas las que quepan en una cabeza nuclear.
-Señores, lamento profundamente interrumpir esta trascendental conversación, pero creo que deberíamos ir tirando, sobre todo si pretendéis visitar al mismo Papa que actualmente ostenta el cargo. Sólo nos faltaba llegar allí en medio de una puta fumata blanca –dijo el Poli Cabrón.
-Qué razón tienes, Cabrón.
-¡¿Que qué?!
-Disculpa; como en mis pensamientos siempre me refiero a ti como Poli Cabrón, a veces olvido que el apelativo te molesta ligeramente.
-¡¡Sargento Jerónimo Castaña para ti, bazofia!!
-Sí, eh, Espíritu Santo, vas a venir con nosotros, ¿verdad? –ese toro enamorado de la luna…
-Bueno, hijo mío, sé que te gustaría que compareciera ante el Papa en calidad de Representante de la Santísima Trinidad, pero…
-En realidad había pensado que vinieras en calidad de Pájaro Parlanchín que Cuando se Pimpla Gusta de Contar Chistes Verdes, que nunca vienen mal para amenizar una excursión.
-Nunca dejo de preguntarme qué ha visto Dios en ti –remarcó el Espíritu Santo.
-¿Te vienes o no?
-No. Eres el Mesías y tienes que currártelo un poco.
-Ajá. Entonces, pretendes que me plante en la Santa Sede con mi chupa de cuero y mis patillas y convenza al Papa de que desmantele la Iglesia Católica.
-Tú eres el Mesías, él es el Papa. Si su fe es verdadera, te creerá.
-No me va a creer.
-Claro que no.
-¿Entonces?
-Te pondrá a prueba, supongo.
-¿Un milagro?
-Seguramente.
-Ah, bueno. Eso lo puedo hacer. Le puedo demostrar que soy el Elegido. Anda que no.
-Lo cuál no quiere decir que acceda a tu petición.
-¿Y qué va a hacer? ¿Quitarme de en medio?
-No lo descartes –dijo el Espíritu Santo-. Escucha, hijo; ser el capo de la Iglesia es un chollo. Tienes que tener en cuenta que Su Santidad se va a agarrar como una lapa a su puesto; ni él ni ninguno de sus predecesores ha querido oír hablar jamás del Apocalipsis ni de la Segunda Venida; les entran sudores fríos nada más pensar que algo así pueda ocurrir durante su mandato. Porque, sinceramente, el Fin del Mundo es un marrón para un Papa. No importa que le expliques a tu rebaño que el Apocalipsis es voluntad de Dios; se van a cagar en tu estampa igualmente. Así que no esperes que por ser el Redentor te van a recibir en la Santa Sede con los brazos abiertos, un jabalí asado, cinco gramos de farlopa y un par de putas. Ten por seguro que vas a ser el epicentro de una conspiración desde el mismo momento en que plantes allí tus sucias botas militares.
-Me lo temía –afirmé.
-¿Ah, sí?
-Lo decía mi horóscopo: “Serás objeto de celos y envidias en tu entorno laboral”.
-Con todo el respeto, Espíritu –dijo el Poli Cabrón-, mis expectativas de futuro no contemplaban encontrarme en medio de una monstruosa intriga de carácter apocalíptico. De hecho, a estas alturas ya debería haberme prejubilado, así que te puedes imaginar la ilusión que me hace todo este pifostio.
-Sargento, sólo te puedo decir que eres una pieza insustituible de este engranaje cósmico.
-Aquí nadie me explica nunca una mierda –se quejó el Poli Cabrón.
-Tranquilo, Poli Cabrón –dijo Pandulfo-, saldremos de esta si trabajamos en equipo.
-¡¡¡Jerónimo Castaña, cabronazo!!!
-Ah, disculpa, como todo el mundo te llama Poli Cabrón…
-¡¡¡El único que me llama así es este desgraciado!!! –el Poli Cabrón me lanzó una mirada tan incendiaria que temí por la integridad de sus pestañas.
-¡¡Que te vayas a tomar por culo!! –le grité a Pandulfo cambiando convenientemente de tema e insultando de paso al pobre mamón.
-Si me deja ir –me dijo Pandulfo confidencialmente-, le proporcionaré una información que le resultará jugosa en grado sumo.
-Dudo que tú sepas algo que me interese lo más mínimo –afirmé-. A no ser que conozcas algún sitio donde arreglen cremalleras por un precio módico.
-Mejor que eso –dijo tras superar un breve momento de perplejidad, como si de verdad dudara de que hubiera algo mejor que un mecánico cremallero económico-. Sé cómo sacar a Marcia Hellstrom del Infierno.
-¿Por qué… por qué crees que me interesa Marcia Hellstrom?
-Porque me lo dijo usted anoche.
-No te creo. Me conozco como si me hubiera parido, y no soy el tipo de Salvador de la Humanidad que le confesaría a un demonio su intención de sacar a Lucifer del Infierno. No doy tantas confianzas a nadie.
-Estaba muy borracho.
-Ah. Eso explicaría por qué tienes escrito el número secreto de mi tarjeta de crédito en la frente.
-Me agarró por los hombros y me dijo “¿Sabes? Eres un demonio asesino sanguinario de puta madre y te quiero un montón”.
-¿En serio puedes sacar a Marcia del Averno?
-Y no se enteraría nadie –aclaró-. Bueno, a lo mejor Dios sí que se da cuenta. Como lo ve todo y tal…
-Claro. Solamente podría percatarse de ello el único ser que conozco que puede convertirme en un bote de desodorante lavanda nada más pensarlo. Pandulfo, eres un fenómeno.
-Creía que te gustaba asumir riesgos.
-Ten por seguro que no me importaría enfrentarme a Dios si no fuera por el asunto de la Omnipotencia.
-¿Qué estáis cuchicheando? –preguntó el Poli Cabrón.
-Eh… Cremallera rota. Arreglar. Barato –dije atropelladamente.
-¿Alguno de los presentes sabe cambiarle el procesador a un androide?
-Se me ha atascado la cremallera de la portañica, sargento –informé.
-Sería intolerablemente humillante que se le saliera la chorra justo cuando la Tierra se partiera por la mitad, milord –dijo mi insolente mayordomo Jean-Claude-. ¿Cree conveniente que prepare otro bidón de café, señor?
-Mejor ve arriba a despertar a Uriel, que ya va siendo hora de que nos vayamos moviendo. Y, ya que te pilla de camino, métele una patada en las costillas al Narrador, si no te importa. Creo que ha vuelto a caer inconsciente.
-Sólo a ti se te ocurre montar una bacanal la noche antes de una audiencia papal –recalcó el Espíritu Santo.
-¿Unas palabras de aliento antes de partir, Espíritu?
-Ahora mismo el único aliento que te puedo proporcionar apesta a ginebra, pero te daré un consejo –dijo Aquél que una Vez se Cepilló a la Virgen-. Deja de pensar con la polla y olvídate de esa fulana de la Hellstrom. Esa chica no te conviene.
-Sí, bueno, ya sé que es Satanás y todo eso, pero ya cambiará cuando estemos casados.
-¿Sabes? En cierta forma, tu actitud es admirable, aunque sea más propia de un deficiente mental profundo.
-Sí, gracias.
-Y, ya que estamos, podrías cambiarte de ropa, que por una vez que te pongas corbata no se te van a caer los huevos al suelo.
Me pareció que mi sigiloso lacayo se materializaba a mis espaldas.
-Amo, el señorito Uriel me ha solicitado que le preguntara si no podría quedarse en la cama un ratito más.
-¡Ni hablar! Tenemos que comparecer ante el Papa. ¿Has reservado el vuelo a Ibiza?



-Ejem.



-He dicho “¿Has reservado el vuelo a Ibiza?”
-Naturalmente, señor.
-No te hablo a ti, Jean-Claude. Se supone que era el punch-line que iba a dar la entrada al Narrador.
-Con todo el respeto, señor, como punch-line deja bastante que desear.
-Sí, ya. Pretendía que los lectores dijeran “¿Ibiza? ¿Pero la Santa Sede no estaba en el Vaticano?” y tal.
-Por no hablar de que el Narrador se ha perdido la mayor parte de la peripecia, señor.
-Sí. Valiente mierda de evangelista que me he buscado, que ni siquiera está consciente cuando su Mesías dice cosas enjundiosas.
-Mmm… ¿Qué ha ocurrido? –musitó el Narrador, que se había mantenido ocupado mermando con su peso la nutrida población de ácaros que residía en mi alfombra desde tiempos inmemoriales (en honor a la verdad, mi alfombra era ampliamente reconocida como el único ecosistema habitado por el raro ejemplar denominado Ácaro Sapiens. Hace unos años Jean-Claude y yo nos llevamos un susto de muerte cuando la alfombra empezó a arder de repente, por lo que creí encontrarme ante un caso único de combustión espontánea en objetos inanimados de felpa; más tarde un científico amigo mío llegó a la conclusión de que los ácaros de mi moqueta habían descubierto el fuego).
-Después te lo cuento, buena pieza. Anda, despídenos por hoy.
-Sí, sí –dijo el Narrador incorporándose a duras penas-. Ejem, ejem.

¿Qué pasará cuando hagamos lo que tengamos que hacer ahora? ¿Qué dirá la gente cuando lleguemos allá donde vamos? ¿Saldremos airosos de nuestra misión, consista en lo que consista? Espero que todo se resuelva positivamente. ¡Todo esto y lo que quiera que esto sea en el Capítulo 42 de ¿Conoce usted su ojete?!

-Anda, macho, que te has lucido.
-Calla, calla, que estoy fatal de la alergia.

lunes 28 de septiembre de 2009

Confesiones de un poltergeist güeno güeno de verdad auténtico del Líbano

Como nuestro archivo no dispone de imágenes de un poltergeist auténtico, les dejamos con una instantánea de Pin.
Detrás podemos observar a Pon.

Estimadas víctimas de la incredulidad:
Que sí, hombre, que esta vez va en serio. Que el investigador jefe de nuestro Departamento de Investigaciones sobre Esto y Aquello nos dijo el lunes durante el almuerzo “He conseguido una piscofonía de esas de un porterguei auténtico, canijo”, y después añadió “Pásame la salsa Goloñesa”, sin que viniera a cuento. La escalofriante psicofonía registra claramente una voz masculina diciendo “¡Coñocoñocoño!” y, acto seguido, un gran estruendo. Nuestro investigador nos aseguró que la voz provenía de una presencia incorpórea. “Os juro por mi madre que allí no había ni Dios. Inequívocamente, se trata de la voz de un ente de ultratumba”. Desgraciadamente, tras un concienzudo examen posterior, descubrimos que el sonido registrado por la grabadora no provenía del más allá, sino de la habitación contigua. “Me encontraba arrastrando un armario”, explica el jefe de albañiles Marcial Escómbrez, “pero no reparé en la caja de herramientas que reposaba sobre él, y vi que se me venía encima. De ahí el enfático Coñocoñocoño que puede escucharse, y el pifostio posterior”, aclara con sorprendente desenvoltura. Pero, como no hay mal que por bien no venga, el escándalo despabiló al señor Fausto Capelotas, espectro residente de la Mansión de las Sombras. “Hay dos formas de despertar a un muerto”, explica el difunto Capelotas una vez se hubo lavado la cara y quitado los ectoplasmas de los ojos. “Una es robarle algo que le perteneció en vida: Un grimorio, una efigie exótica, unos pantalones bombachos, o alguna otra cosa que ya no se estile. La otra forma es que alguien abra un armario de la cocina y se le caiga al suelo la perola del puchero. Las dos nos ponen de una hostia que para qué”. Le preguntamos si ése era el origen de las infames maldiciones de ultratumba. “Ya le digo. Al contrario que los seres vivos, las maldiciones de los muertos tienen la cosa de que se hacen realidad. Usted no le dice a alguien “¡Ojalá te caiga encima una gramola!” esperando que tal cosa vaya a ocurrir. Con nosotros es muy diferente; basta que uno se levante diciendo “¡Me voy a cagar en todo!” para que se arme la de Dios es Cristo: manos cercenadas que persiguen a la gente, retratos que te siguen con la mirada, espejos en los que te ves la coronilla, antenas parabólicas que sólo reciben la señal de cadenas locales, frascos de pepinillos que no se abren ni a la de tres…”. Al preguntarle por qué nosotros no nos hemos llevado un rapapolvo de ultratumba, el señor Capelotas, que llevaba siete meses durmiendo, responde, “Ya le digo que el tema de las maldiciones depende del improperio que sueltes al despertar. Si te levantas diciendo, por ejemplo, “¡Su puta madre!” es probable que tu cortadora de césped acabe persiguiéndote por todo el living; pero en este caso yo sólo he dicho “¡¿Pero qué cojones…?! y lo único que ha pasado es que un tipo ha venido a explicarme qué estaba ocurriendo para después enseñarme los genitales. Y, de todas formas, siete meses de sueño para un muerto es una siestecita. Estaba viendo un documental cuando me quedé traspuesto”, revela. Y continúa, “El nivel de cabreo al despertar de repente es directamente proporcional al tiempo que el fantasma lleve durmiendo. Yo conocí a una momia que volvió de entre los muertos después de cuatro mil años de descanso, y que ya en vida tenía mal despertar, así que imagínese. Se lió a zapatazos con los profanadores de su tumba, con eso se lo digo todo”. ¿Se considera el señor Capelotas un poltergeist? “Nosotros preferimos que nos llamen ‘Fenómenos Extraños’, porque estamos hartos de tanto germanicismo en el ámbito de lo sobrenatural”. Hostia, que bien habla este fenómeno extraño. “A ver si se creen ustedes que el acopio de conocimientos termina con la muerte”, revela. “Ahora mismo formo parte de una comisión de investigación constituida por eminentes científicos del más allá que está estudiando una forma satisfactoria de resucitar a los muertos sin que se les caiga la picha a cachos”. No nos joda. “Lo que les digo”, afirma. “Nuestro objetivo es crear un zombi que huela un poquito mejor y que coma más variado, que una ensaladita de vez en cuando no está de más. Un poquito de rúcula, unos canónigos… Los cerebros y la carne cruda van fatal para el ácido úrico. Lo ideal es comerlos uno o dos veces en semana, a lo sumo, acompañados de un huevo y unas papas fritas, si se quiere”. Hicimos notar al señor Capelotas que nos estábamos desviando del tema, y quisimos saber si lo retenía en la Mansión de las Sombras alguna tarea inconclusa. “Un sudoku”, contesta cípticamente. “Qué momento tan estúpido para morir, ¿verdad? Aunque peor fue lo de un amigacho mío, cuyas últimas palabras fueron ‘Y tiro porque me toca’”, revela. “En fin, que no me puedo mover de aquí hasta que termine el puto sudoku. Debo reconocer que, a veces, las reglas para acceder al plano astral me resultan incomprensibles. El espíritu de un antepasado mío estuvo veinte años atrapado en el mundo de los vivos porque murió antes de pagar el último plazo del piano. Estuvo casi la mitad de ese tiempo apareciendo todas las noches a los pies de la cama de su viuda, repitiéndole, “El piano, el piano”. Hasta que un día su mujer, harta de su difunto marido, se mudó por sorpresa. Mi antepasado fue a visitarla aquella noche y se quedó con un palmo de narices. Como su señora no dejó señas y puso en venta la casa, mi antepasado estuvo dándoles la murga con el jodido piano a los nuevos inquilinos a diario, que, claro, no tenían ni idea de lo que les estaba hablando. ‘¿Pero qué dice éste? ¿Qué piano?’, le preguntaba el propietario a su esposa, y así todas las noches. Total…”. Ejem. “Lo siento”. A continuación quisimos saber qué diferencia a un poltergeist de otros tipos de fantasmas menos destructivos. “La habilidad psicomotora”. Ah, qué bien. “A ver”, explica, “la gente se cree que los poltergeist somos unos cabrones porque vamos tirando la porcelana al suelo por la puta cara, y no es así. Es que somos torpes. No es nuestra intención asustar a nadie; la mayoría de los ruidos extraños que se oyen en una casa encantada está provocada por nuestra impericia. Los últimos propietarios de esta mansión la abandonaron despavoridos después de oír un gran estruendo que no fue intencionado. Lo que pasa es que tropecé con la alfombra y me caí rodando por las escaleras. La gente cree que hacemos ruidos por la noche para incordiar. ¡Nada más lejos de la realidad! ¿Cómo no vamos a hacer ruido si no vemos un pimiento y dejan las sillas en cualquier sitio? ¿Piensan que los fantasmas disponemos de visión infrarroja, o qué?” Entonces, ¿los fantasmas no son intangibles? “Cuando tenemos el día bueno, sí. Pero cuando estamos de bajón, nos vamos tropezando con las esquinas de las mesas y metiendo el pie en el cubo de la fregona”. Para finalizar, le preguntamos al señor Fausto Capelotas por sus futuros proyectos. “Estoy escribiendo el guión de una película”, afirma. “Es un thriller psicológico donde, a causa de una apuesta, un fantasma se va a pasar la noche a una casa supuestamente habitada. Creo que va a quedar muy bien, porque al principio no se sabe si de verdad hay alguien viviendo allí o el protagonista se está volviendo loco”.

martes 15 de septiembre de 2009

¿Conoce usted su ojete? Capítulo 40: El Evangelio según se mire (Versículo 1)

Y aquel al que llamaban Nuevo Mesías contempló su viejo hogar tiempo atrás abandonado y proclamó:

-Vaya tela.
-¿Como que “Vaya tela”? –se quejó el Narrador Omnisciente-. ¿En qué parte de los Evangelios has visto tú que Jesús-El-Cristo dijera algo parecido a “Vaya tela”?
-Oye, a lo mejor es que Jesús-El-Cristo jamás pisó una boñiga delante de San Mateo o de alguno de esos –me defendí mientras me limpiaba la suela de la bota con un aviso de recogida de ropa usada [Nota del Autor: Efectivamente, Jesucristo se cuidaba mucho de pisar un mojón delante de ningún apóstol. Desafortunadamente, una vez cometió el lamentable error de hacerlo en presencia de Judas, incidente que será narrado con todo lujo de innecesarios detalles en el capítulo especial de ¿Conoce usted su ojete? que lleva por título “El Evangelio secreto de ese @#$%&! de Judas”]-. Y eso que veo harto improbable que en Galilea los parroquianos se preocuparan de recoger los excrementos de sus bueyes de la vía pública. Además –proseguí-, ¿qué te he dicho yo acerca de censurar mi Palabra?
-Bueno, bueno, no me calientes el melón. Es que me parecía importante mantener una continuidad estilística con las dos primeras partes –razonó el Narrador-. Que esa es otra; a lo mejor sería conveniente cambiar el nombre al embolado este.
-¿Qué quieres decir?
-Imagínate la nueva edición de las Sagradas Escrituras: Antiguo Testamento, Nuevo Testamento, y ¿Conoce usted su ojete?
-Ya he pensado en eso –confesé-. Se llamará “La Biblia 2”. Y debajo del título, en chiquitito, “Dios ataca de nuevo”, o algo así.
-Debajo, en chiquitito… Te refieres al subtítulo, ¿no?
-¿Qué? No, no. ¿Para qué necesitamos subtítulos? Yo creo que “Dios ataca de nuevo” se entiende perfectamente. A no ser que le pongamos, no sé, “Dios Forever” –seguí divagando-. Que, oye, no está mal. Aunque lo mismo quedaría mejor para la tercera parte. “La Biblia 3. Dios Forever”. Suena de la hostia. Debajo, así en chiquitito. Y nada de letras doradas sobre tapas negras; una foto del Creador retocada con Fotochops de ése, para que no se le transparenten los pezones a través de la túnica.
-Sí, sí, muy comercial todo –convino el Narrador-. ¿Tú has hablado con el Altísimo de todo esto?
-No te preocupes, le encantará. Ya verás lo contento que se pondrá cuando se vea firmando ejemplares del libro en El Corte Inglés rodeado de fans, como a Él le gusta.
-D-disculpen la interrupción, señores –dijo Uriel-. Pero es que siento una presión aquí, en el bajo vientre… Si pudiéramos entrar en la casa…
-Anota eso, Narrador. “Uriel, primer apóstol del Nuevo Mesías y antiguo arcángel, se estaba meando la pata abajo”.
-¿Te importaría no interferir en mi trabajo? –dijo el Narrador-. Tú dedícate a salvar almas, que es lo tuyo, y déjame a mí el Evangelio.
Mientras nos acercábamos a mi vieja mansión señorial reparé en una escena sorprendente: Un tipejo con gafas y tirantes salió de detrás de un seto y rompió la ventana que da al comedor de una pedrada.
-¡Salid, cabrones! ¡No escaparéis de la ira del Infierno!
Antes de que pudiera decir nada más le metí un cogotazo que por poco me lo cargo.
-¡Coño! –dijo mientras caía al suelo.
Proseguí con un surtido de patadas en las costillas.
-¡Oiga! ¡Oiga! –protestaba el tipejo-. ¡Esto es un atropello!
-¡Hijoputa! –insulté al tipejo levantándolo por las solapas- ¿Qué pretende rompiendo las ventanas de mi casa?
-¡Quítame las manos de encima, apestoso encubridor!
-Ah, señor. Es usted –dijo Jean-Claude asomándose por la ventana.
-Jean-Claude, ¿has visto antes a este tipo? –dije soltando al nota.
-Me temo que sí, milord. Lleva toda la semana pegando al timbre para después salir corriendo –explicó mi leal mayordomo.
-¡Temblad ante la insoportable insistencia de mi asedio! –berreó el tipo.
-¿Pegar al timbre y salir corriendo es tu idea de un asedio? –pregunté.
-¡Terminaréis suplicando clemencia! –gritó el tipejo, al que propiné otra colleja-. ¡Pero, coño, qué manos tan largas tiene usted!
-Anda, tira p’alante, que me tienes contento –y empujé al tipo hacia la puerta.
-¡Ja! ¡No sabes lo que haces metiéndome en tu casa! ¡Soy un demonio! ¡Os voy a arrastrar a todos al Infierno!
-Que sí, hombre, que sí.
Jean-Claude nos abrió la puerta. El tipejo se introdujo en la casa de un salto.
-¡Aja! –dijo señalando al Poli Cabrón, que llevaba una de mis batas-. ¡Aquí está mi presa!
-Hombre, el tonto del timbre –dijo el Poli Cabrón.
-¡Tú no sabes quién soy yo! ¡Te voy a sodomizar! ¡Te voy a poner la piel del revés! ¡Te…!
-¡¡¡Tú!!! –exclamó el Poli Cabrón al verme aparecer.
-¿Y a quién esperabas, viejo amigo? ¿A Walter Devonshire? –un herrero inglés del siglo XVII al que no conocía ni su puta madre-. Yo también me alegro de verterrrrrrrgggggglllll…
-Oiga, ¿le importaría dejar de estrangular a su compadre mientras le amenazo con terribles tormentos? Que esto no es serio, hombre.
-¡Ya te enseñaré yo a largarte al Infierno y dejarme aquí tirado! –dijo el Poli Cabrón con las manos en mi gaznate-. ¡Cabronazo!
-Argggggllll… -argumenté.
-¡Sargento, que te pierdes! –dijo el Espíritu Santo posándose en el suelo junto a mi cabeza.
-¿Dónde está el baño? –preguntó Uriel.
-“¿Dónde está el baño? –preguntó Uriel” –anotó el Narrador Omnisciente.
-Si me disculpan, voy a ver como va el soufflé –dijo Jean-Claude.
-¡Eh! ¡Que estoy aquí! –dijo el tipejo.
En fin.
-¡Cof! ¡Cof! –tosí cuando se restableció el orden al cabo de unos minutos-. ¡Uaaargh! ¡Cof! ¿Alguien tiene tabaco? Me pongo muy nervioso cuando intentan estrangularme.
-¡Ah! Qué bien se siente uno cuando desfoga –señaló el Poli Cabrón-. Y bien, ¿qué has averiguado de lo mío, mamón?
-¿A qué te refieres? –pregunté cándidamente.
-¡¿Cómo que a qué me refiero?! ¡¿No bajaste al Infierno para averiguar por qué me persiguen los demonios?!
-Hostia.
-¡¡¿Hostia qué?!!
-Que, con todo el fregado, se me olvidó preguntar.
-¡¡¡¿Que qué?!!!
-Perdona, colega. Qué cabeza tengooooorrrrrggghhhhh…
Otro intento de estrangulamiento más tarde…
-¡Argghhh! ¡Cof! ¡Uaaaargggg! –onomatopeyé.
-Venga, venga, que no es para tanto –opinó a la ligera el Poli Cabrón una vez se hubo tranquilizado-. Y empújate un poco los ojos hacia dentro, que estás muy feo.
-Ay, qué malito estoy.
-No puedo creer que estemos como al principio –dijo el Poli Cabrón con las manos en las sienes.
-¿Por qué no le preguntamos al tipejo este? –dijo el Espíritu Santo, que reposaba sobre el poyete de la chimenea.
-¿Éste? –preguntó el Poli Cabrón-. ¿Te parece que éste tiene pinta de saber algo?
El tipejo, que estaba en el sofá mirando al techo, dio un respingo.
-¿Estáis hablando de mí?
-El Espíritu Santo tiene razón –dije una vez hube recuperado más o menos el cincuenta por ciento de mi capacidad pulmonar-. A lo mejor podemos sacarle a hostias algo de información al pringado éste.
-¡¡Ja!! –el tipejo se levantó de un salto-. ¡Estáis todos apañados! ¡Mi presencia aquí significa vuestra ruina! ¡Mi segundo nombre es condenación!
-¿Y cuál es el primero? –pregunté-. Quiero decir, en el caso de que pueda ser pronunciado por labios humanos –se me ocurrió que el tipejo podía ser primo hermano del demonio Celedonio.
-Sí, claro que puede ser pronunciado -contestó el demonio-. Me llamo Pandulfo. No creo que sea especialmente difícil de pronunciar. A no ser que seas disléxico, claro. Entonces me llamarías Danpulfo o Fanpuldo.
-¿Pandulfo Condenación?
-Pandulfo Condenación Explanada, para sacarle las tripas a usted, y lo que haga falta –dijo Pandulfo inclinando educadamente la cabeza.
-Espero que no te importe que te sometamos a un pequeño interrogatorio.
-¿Podré sacaros los ojos con una cucharilla de café luego?
-¿Desea que traiga cuerda para retener a nuestro invitado, amo? –preguntó Jean-Claude.
-No creo que haga falta, lacayo. ¿Tú has visto la cara que tiene?
-¡Ah! ¡No me subestimes, escoria humana! ¡Te aseguro que no te gustaría ver el alcance de mis poderes!
-¿No?
-¿Ves ese florero de ahí? –señaló un florero en el poyete de la chimenea, junto al Espíritu Santo.
-Sí. Es horroroso.
-¡Pues mira! –y Pandulfo se acercó al florero y lo tiró al suelo de un empujoncito-. ¡¡Ja!! ¡¡Tiembla ante mi furia desatada!!
-Lo has empujado con la mano –observé sin mucho mérito.
-¡¿Y qué?! ¿Lo he roto, o no? ¿Qué importancia tienen los medios si el fin es plenamente satisfactorio?
-Sí, bueno, pero…
-¡¿Pero qué?!
-Bueno, que no da mucho miedo.
-¡Sí que da! ¡Es un acto aberrante de violencia sin sentido!
-Ay, qué difícil va a ser esto…
-¡Ya veréis cuando lleguen mis colegas! ¡También os andan buscando!
-¿Tres tipos en un todoterreno? –dije después de repasar mentalmente el capítulo 8.
-Sí, tres cabrones del Infierno. ¡Os vais a cagar! –aseguró Pandulfo-. Seguro que están al caer. Deben de haber tomado el camino largo, o algo.
-Volaron en pedazos –aclaré.
-¿Ah, sí? Bueno, así somos los demonios. Imprevisibles. Un día estamos tan bien, y el otro volamos en pedazos, así, pim pam –dijo chasqueando los dedos-. ¡Que estamos muy locos, hostias!
-Oye, deja de intentar parecer peligroso y amenazante –dije-. Que cogemos entre todos y te metemos una manta de palos que para ti se queda.
-¿Ah, sí? –Pandulfo se puso farruco-. ¿Vosotros y quién más?
-Pues nosotros solos, joder. Que somos cinco maromos, y tú un mierdecilla.
-Ejem –carraspeó el Espíritu Santo.
-Cinco maromos y un palomo –pareé.
-Me la sopla –dijo Pandulfo sin intimidarse ni nada, con los cojones bien puestos-. Yo me basto y me sobro. ¡Os voy a matar horriblemente uno a uno!
-S-señor –interrumpió a Uriel-. D-de verdad que no aguanto más…
-Ah, sí, sí. ¿Te importaría seguir interrogando a este tipo, Poli Cabrón?
-¡¡Sargento Jerónimo Castaña!! ¡¡Cojones!!
-Ay, que sí, joder –y me llevé a Uriel al fondo a la derecha.
-Gracias por acompañarme, señor.
-De nada, Uri, lo que sea por quitarme un rato de en medio.
-¿Va a entrar conmigo?
-Claro que no –le pellizqué la mejilla-. Ay, vergonzosillo.
-Pues preferiría que lo hiciera. Es que, verá, es mi primera vez.
-Venga, no me jodas, Uriel.
-Por favor, señor. Apelo a su caridad.
-¿Tengo que enseñarte a mear? –una idea enfermiza pero no del todo repugnante.
-Señor, siempre he sido un ángel. No... no tengo experiencia en estos menesteres –dijo agachando la cabeza-. Pero aprendo rápido, señor. Usted sólo dígame cómo hacerlo y yo…
-Vale, vale –y nos metimos en el aseo-. Lo primero, acércate al inodoro… No, Uriel, no; eso es el bidé. Algunos nos lavamos las nalgas ahí… A tu izquierda. Un poco más; no me vayas a dejar la escobilla llena de meados. Ahí. Levanta la tapa. Ésa también, que ahí se sienta la gente… Levántate la túnica hasta la cintura… ¡Coño! No, nada; que el Señor te ha provisto de un badajo bien prominente… Ahora, relájate… No hace que falta que empujes… ¿No puedes? Está bien, ya me doy la vuelta… Joder, qué delicado nos ha salido… Apunta bien, ¿eh? Eso es, deja que fluya… Qué gustito, ¿eh? Coño, sí que tenías ganas. Pareces una vaca… Ah, ya va decayendo… ¿Me puedo volver ya? Ahora, sacúdetela un poco… ¿Cómo que cómo? Pues te agarras la punta del prepucio con el índice y el pulgar y… El prepucio, la piel que recubre el glande… El glande es lo que está recubierto por el prepucio… Oye, no sé explicarme mejor. ¿Tengo pinta de… de profesor de pollas o algo así? Eso es, pellizca suavemente… Eh, eh, ya es suficiente, que se te va a poner morcillona… Morcillona, ya sabes, ni lacia lacia, ni enhiesta del todo. Así como a media asta, ¿entiendes?... Oye, ya te he dicho que no sé explicarme mejor. ¿Me has tomado por el puto Petete, o qué? Un pingüino rosa que salía en la tele y escribía enciclopedias… No, coño, en serio… Un puto crack… Ahora me parece un engendro, pero antes lo admiraba… ¿Quieres que te compre calzoncillos en el rastro, o prefieres ir todo el día con el mondongo suelto y dando bandazos?
-Y si me pudiera conseguir algo de ropa decente, señor… -añadió Uriel.
-Creía que te encantaba tu inmaculada túnica blanca.
-Sí, bueno, supongo que estaba bien para el Uriel pretestosterona –aclaró el exarcángel.
-¿Vas de listillo ahora que eres el orgulloso poseedor de un flamante nabo nuevo?
-Gracias por enseñarme a utilizarlo, señor.
-Ah, eso no ha sido nada, mi sagaz jovenzuelo; el capítulo uno de “Picha para principiantes”. Con la segunda lección te ríes más, pero ya te la impartiré otro día –prometí-. Anda, vamos a ver que está pasando en el salón.
Pues poca cosa, la verdad.
-Vengo de descubrir que el Buen Señor ha obsequiado a Uriel con al menos veinte centímetros en reposo –dije sobre todo para molestar al picajoso del Espíritu Santo-. ¿Qué habéis descubierto vosotros?
-Que el Pandulfo este jala como una lima –dijo el Espíritu Santo.
-Tranquilos, que ahora os mato a todos ¡Grompf! ¡Ñam! –dijo el demonio Pandulfo-. Coño, que buenas están estas bratwurst recalentadas. ¿Qué salsa llevan? ¿Alioli?
-Salsa tártara, su excrecencia –informó Jean-Claude.
-¿Con alcaparras? Normalmente no me gustan las alcaparras, pero así, mezcladitas…
-Se ha negado a confesar hasta que llene el buche –me dijo el Poli Cabrón-. Porque vas a confesar, ¿verdad, subnormal?
-Sí, sí. ¡Groamf! Primero confieso y después os masacro.
Media hora después estábamos todos disfrutando de unos licores frente a la chimenea.
-¿M-me traes otra cervecita, Jean-Claude? –preguntó tímidamente Uriel.
-Sólo si el amo lo aprueba –dijo prudentemente mi leal mayordomo.
-Sírvesela, Jean-Claude –accedí-. A veces la mejor manera de familiarizarse con los efectos perniciosos del alcohol es acabar echando las astúrdigas por la boca.
-Siempre he opinado que el mundo ha perdido un gran pedagogo con usted, milord.
-Como iba diciendo… -dijo Pandulfo después de exhalar el humo de uno de mis habanos- ¿Qué iba diciendo? Ah, sí; que os voy a aniquilar ahora dentro de un rato.
-No, no –dijo el Poli Cabrón-. Estabas diciendo que el demonio Plutón os envió a ti y a tus colegas a la Tierra para darme caza.
-Ah, sí. Plutón quería tu cabeza, no sé por qué. ¡Burp! –eructó Pandulfo-. Perdón. No soy de los preguntan cuando le mandan exterminar a alguien. Si al jefe le parece importante que la espiches, él sabrá. Yo sólo hago el trabajo sucio, y me gusta.
-Y… ¿has matado a mucha gente ya? –pregunté con un escepticismo que me pareció razonable.
-Uy, a un montón. ¿Las alcachofas son gente?
-No –aseguré-. Quiero decir, no desde el prisma kantiano de la existencia, ni desde ningún otro.
-¿Y los puerros?
-Tampoco.
-¿Ni siquiera algunos de ellos?
-No, no. Los puerros, no.
-Mmm… ¿Existe alguna verdura que sea gente?
-Oye, no has matado nunca a nadie, ¿verdad?
-¿Las albóndigas son verduras?
-Eh… no. La división de opiniones es unánime al respecto.
-¡Ah! Pues me he cargado a un montón de albóndigas.
-Tú llevas poco en esto de la destrucción, ¿verdad, chaval? –dijo el Poli Cabrón-. Me da la impresión de que estás un poco verde.
-Sí, bueno, me alisté en el ejército de Plutón hace unas semanas –admitió Pandulfo-. Antes me dedicaba al negocio del esparadrapo. No mataba yo mucho por aquel entonces, no.
-Total, que eres un manta –resumí.
-¡No opinaréis lo mismo cuando os mate! ¡ Os voy a… os voy a matar! Ahora cuando me acabe la copa. Y, si no, mañana. Pero mañana fijo, ¿eh?
-Bueno, seguimos sin saber una mierda de nada –dijo el Poli Cabrón-. Y ahora, ¿qué?
-Pues no sé –dije-. ¿Sabéis jugar al póker?
-¿Tú no tenías que ir a ver al Papa? –dijo el Narrador.
-Hostia, es verdad –miré mi reloj-. ¿Alguien sabe a qué hora se acuesta el Papa? Ya estará frito, seguro. A esa gente le gusta levantarse temprano. Como Dios les ayuda y eso… Aunque eso de “A quien madruga, Dios le ayuda” no es algo que se haya demostrado jamás empíricamente. No sé vosotros, pero yo no tengo noticias de que el Señor le haya echado nunca a nadie una mano para meter la cómoda en el camión de la mudanza.
-¿Al Papa? ¿Para qué? –preguntó el Poli Cabrón.
-Para desmantelarle el chiringuito –respondió el Espíritu Santo.
-¿A qué chiringuito te refieres? –inquirió el Poli Cabrón, un tanto alarmado.
-Al Papa’s Pub, no te jode –dijo el Espíritu Santo-. ¡Pues a la Iglesia, hombre, qué va a ser!
-¡¡¿Vamos a acabar con la Iglesia Católica?!! ¡Eso es…! ¡¡Eso es inaudito!!
-Tranquilo, hombre –dije al ponerme en pie-. Siempre hay una primera vez para todo.

¿Cómo van a arruinar nuestros héroes dos mil años de tradición? ¿El Espíritu Santo lo tiene todo planeado, o ya se le ocurrirá algo por el camino? ¿Descubriremos alguna vez por qué quieren los demonios del Infierno destruir al Poli Cabrón? ¡Todo esto y no somos muchos, pero somos machos, en el Capítulo 41 de ¿Conoce usted su ojete?! -dijo el Narrador Omnisciente antes de caerse de su silla y derramar el contenido de la botella de absenta en la alfombra.

miércoles 26 de agosto de 2009

Entrevista con un poltergeist de esos

Carol Aaaaaaanne, cómete el pollo

Estimados amantes de los intríngulis, que, como haber, hay gente pa tó:
El Departamento de Investigaciones sobre Esto y Aquello de Un beso de buenas noches de mil demonios se complace en presentar un documento espeluznante no apto para personas con afecciones cardiacas y/o recién salidas de la peluquería, que no es nuestra intención que la gente vaya diciendo de usted “Mira ése, con taquicardia y encima despeinado”. Y es que nuestros investigadores han llevado a cabo una entrevista en exclusiva con el señor Fausto Capelotas, poltergeist titular de la infame Mansión de la Sombras, que se encuentra orientada al norte, y en veranito muy bien, pero en invierno hace un biruji que no veas. A continuación les ofrecemos la transcripción íntegra de este acongojante documento.


POLTERGEIST: Dame veneno, que quiero morir, dame veneeeenoooo…
INVESTIGADOR: Oiga.
POLTERGEIST: …que antes prefiero la muerte que vivir contigo, dame veneeenooo…
INVESTIGADOR: Ejem, señor.
POLTERGEIST: …ay, para morir. ¡Coño!
INVESTIGADOR: Disculpe…
POLTERGEIST: Que susto me ha dado, caballero.
INVESTIGADOR: No era mi intención.
POLTERGEIST: ¿Qué? Espere, que me quito lo auriculares.
INVESTIGADOR: Sí, eh, buenas noches.
POLTERGEIST: Buenas. ¿Qué se le ofrece?
INVESTIGADOR: Verá, soy un investigador paracientífico.
POLTERGEIST: Ah, pues mira qué bien. ¿Y a qué se dedica?
INVESTIGADOR: Investigo fenómenos paranormales y esas tonterías.
POLTERGEIST: Ya. Qué contentos deben de estar sus suegros con usted.
INVESTIGADOR: ¿Le importaría contestarme unas preguntas?
POLTERGEIST: ¿Quién, yo? Uy, si yo no sé nada de fenómenos paranormales. Nunca me ha sucedido nada raro. Bueno, miento. Una vez se me apareció el fantasma de Alejandro Magno y me quitó una pestaña que se me había metido en el ojo. Al principio me dio un susto de muerte, pero después no vea usted qué alivio.
INVESTIGADOR: ¿No es usted un portergüei de esos?
POLTERGEIST: ¿Un qué?
INVESTIGADOR: Un portergüei. Como el de la película.
POLTERGEIST: Me va a disculpar…
INVESTIGADOR: No, discúlpeme usted a mí. Es que soy del sur y, como sabe, en el sur nos comemos las ezes.
POLTERGEIST: ¿Que en el sur se comen ustedes las heces? Pues no, no lo sabía. Pero no se las comerán así al natural, ¿verdad? Les echarán orégano o algo.
INVESTIGADOR: No, jaja, creo que me ha entendido. Las eses. Nos comemos las eses. Coño, qué difícil de pronunciar.
POLTERGEIST: Oh, qué bochorno. Había entendido que a ustedes les gustaba comer mierda. Jaja, qué susto me he llevado. Como la dieta mediterránea está en expansión, ¿sabe? Cualquier día se pone de moda y estamos todos comiendo boñigos, yo qué sé, a la boloñesa. Boloñiguesa, podrían llamarlo. O hamburguesas de boñigos, boñiguesas. O bollos de boñigo, bollogos. O, rizando el rizo, bollos de higo con boñigos, bolligos. Que digo yo que a lo mejor no va mal para el tránsito intestinal. ¿No dicen que lo que se come, se cría? Ahí lo tiene. Pero, en fin, cosas más raras se han visto. Si hay gente que come hormigas fritas y saltamontes cubiertos de colacao y no le da un cólico en el frítico ni nada. Que no critico sus gustos culinarios, quiero decir. Por mí como si revientan todos ustedes.
INVESTIGADOR: ¿Un cólico dónde?
POLTERGEIST: En el frítico. Un órgano que tenemos por aquí, que te duele cuando te da un cólico. No sé si sirve para algo más, no soy anatomista. ¿Por qué no me deja en paz?
INVESTIGADOR: Un cólico nefrítico, querrá decir.
POLTERGEIST: Sí, eso, un cólico en el frítico. Lo que pasa es que ustedes se comen las eles. Entonces, usted lo que quiere saber es si yo soy…
INVESTIGADOR: Un poltergeist. ¿Lo he dicho bien? Es que la palabra tiene tema.
POLTERGEIST: Desde luego. Es que es un término alemán y, como la mayoría de los términos alemanes, tiene muy mala pipa.
INVESTIGADOR: O mala follá, también se dice. Desaborido, para entendernos.
POLTERGEIST: Claro, claro. Fíjese en otras palabras alemanas, fíjese. Achtung, por ejemplo.
INVESTIGADOR: Uf, Achtung, qué palabra tan antipática. Es la primera vez que la escucho y ya me cae mal. Y eso que no me ha hecho nada, pero es que yo soy muy de primeras impresiones. ¿Sabe usted que significa Achtung?
POLTERGEIST: Sí, es algo así como “Cuidado, no vayas a tropezar con esa cacerola”.
INVESTIGADOR: ¿Todo eso?
POLTERGEIST: Los alemanes es que son muy sintéticos, como el poliéster. Es una palabra que se suele utilizar mayormente en la cocina. Note que la terminación “tung” tiene una connotación muy cacerolesca. Nadie suele utilizar “Achtung” lejos de los fogones.
INVESTIGADOR: Ahora que lo dice, no creo haber escuchado jamás a un alemán exclamar “Achtung” mientras se rasca la espalda, o lo que sea que le pique a un alemán.
POLTERGEIST: ¿Insinúa que a los alemanes no les pican las mismas partes del cuerpo que al resto de la gente?
INVESTIGADOR: Sí, bueno; entre usted y yo, siempre evito sacar ese tema en público.
POLTERGEIST: Me hago cargo. Un asunto polémico, el de los picores.
INVESTIGADOR: No lo sabe usted bien. Estoy haciendo un estudio sobre el tema.
POLTERGEIST: ¡Qué me dice! Cuénteme usted algo, hombre, no me deje con la intriga.
INVESTIGADOR: Cómo no. ¿Sabía usted, por ejemplo, que durante la Dinastía Edo los japoneses evitaban rascarse la entrepierna delante de las tumbas de sus parientes? Les parecía una falta de respeto para con sus difuntos más cercanos.
POLTERGEITS: ¡Oh! ¡Qué anécdota!
INVESTIGADOR: Eso no es nada. Los noruegos, por ejemplo, sólo se rascan los sobacos en presencia de un notario.
POLTERGEIST: ¡Caramba! ¿Y a qué se debe tal comportamiento?
INVESTIGADOR: Vaya usted a saber. Anda, que menudos son los noruegos. Cualquiera les pregunta nada. Los noruegos es lo que tienen.
POLTERGEIST: ¿Que son muy reservados?
INVESTIGADOR: Que se pasan el día hablando en noruego. Y yo no entiendo ni papa de noruego. El noruego se parece mucho al alemán, ¿sabe? Ninguno de los dos se entiende si no se conoce.
POLTERGEIST: ¿Y el sueco? ¿Conoce usted el sueco?
INVESTIGADOR: No lo sé. ¿Eso qué es?
POLTERGEIST: Otro idioma que tampoco se entiende si no se conoce.
INVESTIGADOR: ¿Otro? Vaya por Dios. Hay más idiomas que no conozco de los que yo imaginaba. A ver si a alguien le da por inventar idiomas que conozcamos. Uno con palabras como “encimera”, “falacia” o “retornable”.
POLTERGEIST: Interesante. ¿Y cómo llamaría usted a ese nuevo idioma?
INVESTIGADOR: No sé. Lo llamaría… “Mindungo”, a lo mejor. ¿Hay algún idioma que se llame Mindungo?
POLTERGEIST: No sé. Me parece harto improbable, de todas formas.
INVESTIGADOR: Mindungo, entonces. ¡Ja! Ya verá cuando se me acerque un noruego y le empiece a hablar en Mindungo. Se va a cagar. Él me va a preguntar cualquier cosa en noruego, y yo le voy a decir “La encimera retornable es una falacia”. Se va a quedar de una pieza.
POLTERGEIST: ¿Qué quiere decir?
INVESTIGADOR: De una pieza, así, no de dos ni de tres piezas, ni de doscientas treinta y siete, pongamos por caso. De una sola, vamos.
POLTERGEIST: No, no. “La encimera retornable es una falacia”. ¿Qué quiere decir?
INVESTIGADOR: Ah, disculpe. Creí que usted entendía el Mindungo.
POLTERGEIST: ¿Yo? No, no. ¿Le he dado esa impresión?
INVESTIGADOR: Sí, bueno; como parece usted un hombre de mundo…
POLTERGEIST: Oh, no crea; los poltergeists salimos muy poco. Coño, sí que es difícil pronunciarlo en plural. Poltergeists.
INVESTIGADOR: Hum, sí. Le diré lo que vamos a hacer. Vamos a crear una palabra que signifique portergüei de esos en Mindungo.
POLTERGEIST: ¿Haría usted eso por mí?
INVESTIGADOR: Faltaría más, hombre. Quiero decir, poltergeist.
POLTERGEIST: ¿Y qué palabra podía ser?
INVESTIGADOR: ¿Qué le parece, no sé, “Estengcrackensk”?
POLTERGEIST: Uy; muy complicada me parece ésa. Imagínese que doblan la película “Poltergeist” al Mindungo. “Dos entradas para Estengcrackensk para la sesión de las diez menos cuarto”. La gente no iría a verla por miedo a quedar en ridículo delante de la taquillera. Preferirían ver una película con un título más fácil de pronunciar, como, no sé, “El apio”, por ejemplo.
INVESTIGADOR: No sé usted, pero yo no iría a ver una película titulada “El apio”. Digamos que como título tiene una fuerza dramática más bien limitada. ¿De qué podría tratar una película titulada “El apio”? De poltergeists seguro que no. O estengcrackensk, como se les conoce ahora.
POLTERGEIST: Yo veo el argumento muy claro. Un hombre va a comprar apio, ¿vale? Digamos que ese día hace frío y a nuestro protagonista se le apetece una sopa de verduras bien calentita. Eso es lo que se conoce en el lenguaje cinematográfico como “motivación del personaje”.
INVESTIGADOR: No, si tiene su lógica, pero de todas formas, ¿por qué querría nadie hacer una película sobre un tipo que va a comprar verduras?
POLTERGEIST: ¿Por qué no? ¿Acaso no hicieron una trilogía sobre un pintor de brocha gorda? ¿Cómo se llamaba?
INVESTIGADOR: Ah, sí. “Pintor de Brocha Gorda”, “El Regreso del Pintor de Brocha Gorda” y “El Pintor de Brocha Gorda Ya No Vive Aquí”.
POLTERGEIST: No, no. Me refiero a Poltergeist 1, 2 y 3.
INVESTIGADOR: Permítame sacarlo de su error, caballero. La saga Poltergeist no trataba sobre pintores de brocha gorda en absoluto. Lo remarcan en los créditos finales. “Cualquier parecido con cualquier pintor de brocha gorda…”, etc. “Ningún pintor de brocha gorda ha resultado herido…”, etc.
POLTERGEIST: Considéreme sacado. ¿Debo deducir que el término “poltergeist” no significa “pintor de brocha gorda” en alemán?
INVESTIGADOR: Eeeeeh, no, creo que no. No sé lo que significa. Ah, sí. “Fenómenos extraños”, me parece. Oiga, me he dado cuenta de que estoy empezando a entender el alemán.
POLTERGEIST: Entonces supongo que ni soy un poltergeist ni nada.
INVESTIGADOR: Ahora que lo dice, ya me parecía a mí raro encontrar a un portergüei encalando una pared.

Próximamente: Una entrevista con un poltergeist güeno güeno de verdad auténtico del Líbano en el post titulado “Entrevista con un poltergeist güeno güeno de verdad auténtico del Líbano”. Coming soon: An interview with a truly gud gud poltergeist authentic from Libano in the post entitled “Interview with a truly gud gud poltergeist authentic from Libano”.
Además: La verdadera historia detrás de la realización de “El Apio”, una de las joyas recientes más desconocidas de la cinematografía nacional, y con razón.