sábado, 15 de agosto de 2015

Traumatólogo afirma que el 95% de las lesiones se producen por hacer el gilipollas

Impresión diagnóstica: Tú estás fatal de la cabeza

“Que ninguno de mis colegas lo haya dicho antes no significa que no sea verdad”, dice Ramiro Turpin, antiguo Jefe de Traumatología y Medicina Deportiva del Hospital Virgen del Boquete. “Yo ya estoy jubilado y me suda la polla todo, pero resulta comprensible que un médico en activo no quiera jugarse su prestigio profesional admitiendo en público que la mayoría de sus pacientes son subnormales”, afirma. “Las lesiones no son siempre culpa del lesionado, naturalmente. Si un trozo de meteorito te produce un traumatismo cráneo-encefálico, tú y tu incompetencia no habéis tenido nada que ver, pero estos casos son los menos frecuentes. Los más frecuentes son aquellos en los que te haces daño por gilipollas”. Según el doctor Turpin, la crisis económica es un factor determinante en el actual aumento de la precariedad ósea de la población. “La gente no tiene un puto duro para salir a cenar y pegarse viajes, así que le ha dado por matar el aburrimiento practicando deporte al aire libre. Te has pasado la juventud bebiendo litronas en el parque y a los treinta años te entra la picada de apuntarte a una maratón campo a través. Así nos luce el pelo”. La situación económica no es lo único que mueve a la población a despegar los huevos del sofá y calzarse las zapatillas de tenis, aclara el doctor. “En algunos casos, el llamado ‘afán de superación’ es un factor importante a la hora de decidirte a hacer el soplapollas, pero no en todos; a veces lo único que el deportista aficionado pretende, sobre todo si es joven, es impresionar a una pibita mostrando su imaginaria destreza con el monopatín o la bicicleta. Lo que pasa es que, en la mayoría de las ocasiones, en vez de novia, lo que acaba consiguiendo es un desplazamiento del tabique nasal”. Señalamos al doctor Turpin que lo médicos siempre nos han insistido en los beneficios para la salud que acarrea el deporte. “Si estás preparado”, matiza el doctor. “A mi consulta han llegado pacientes que se han roto tres dedos del pie por pegarle una patada a un bordillo sin querer. Esa clase de gente debería huir del deporte como de la peste”. Le preguntamos al doctor qué deberíamos hacer para mantenernos en forma y a la vez evitar lesiones graves. “Camina. Sé que suena patético… y, bueno, es que es patético, pero mírate: No es que lleves entrenando desde crío, ahí, sudando la gota gorda, como esos cracks del baloncesto o esos fenómenos del patinaje artístico; eres un adulto fondón que, después de echar una pachanguita con los amigos, acaba desguarnecido y echando las túrdigas por la boca, y, a lo mejor, con un bien merecido esguince. Y otra cosa: no hagas el capullo si estás rodeado de rocas”, aconseja. “Y no solo de rocas; los troncos de los árboles también duelen. Parece una perogrullada, pero, por lo visto, no lo es, a tenor de la cantidad de aspirantes a escalador con las piernas partidas que he tenido que atender a lo largo de mi carrera”, dice el doctor. “Así que hazme caso y camina. ¿Te has fijado en esos imbéciles que cogen el coche hasta para ir al gimnasio? Después se pasan tres horas machacándose lo músculos cosa mala, pero, eso sí, hasta allí llegan en coche, que andando se cansan. Valiente panda de flojos”. Nosotros hemos visto gente que coge el coche hasta para ir a echar gasolina, aunque les pille la gasolinera al lado de casa, apostillamos.

sábado, 1 de agosto de 2015

El desconocido que llamó a mi puerta a unas horas que vaya, vaya (Cuento de Navidad Cutre)

La prima Mary Jo a punto de ponerse cerda

INT. SALÓN. NOCHE.
El salón de un piso pequeño, mal iluminado por una lámpara barata y con una mesa y una silla en el centro de la habitación como único mobiliario. Un TIPO de treinta y tantos está sentado leyendo el periódico, visiblemente aburrido. Alarga la mano distraídamente hacia una lata de aceitunas abierta que hay encima de la mesa y rebusca en su interior, pero no saca ninguna aceituna. Aparta la vista del periódico y agarra la lata para mirar en su interior. Está vacía. Suelta la lata, disgustado. Alguien pega a la puerta, situada a su izquierda. Perplejo, levanta la vista del periódico.

TIPO (malhumorado, como si hubieran interrumpido una labor de suma importancia): ¡Lárguese! (Vuelve al periódico).
(Vuelven a sonar golpes en la puerta. El tipo se hace el sordo. Insisten. El tipo suelta el periódico en la mesa y se levanta a regañadientes).
TIPO: Hay que joderse… (Llega hasta la puerta y mira por la mirilla). ¿Quién es?
SEÑOR (con voz calmada y profunda): Un amigo.
TIPO: ¿Un amigo que se planta a las once de la noche en mi rellano a oscuras?
SEÑOR: La luz no funciona.
TIPO (cayendo repentinamente en la cuenta): Ah, sí. Llevamos una semana esperando al electricista de la comunidad.
SEÑOR: Entiendo.
TIPO: ¿Podría encender un mechero o algo para que pueda ver su cara por la mirilla?
SEÑOR: Eh… Pues déjeme ver… Creo que no llevo ninguno encima…
TIPO (aparta el ojo de la mirilla): ¿Qué quiere?
SEÑOR: Verá, traigo un regalo para usted.
TIPO: No me lo diga. He ganado un concurso, ¿verdad?
SEÑOR: Pues… no. No, que yo sepa.
TIPO: Mierda. Bueno, de todas formas, no recuerdo haber participado en ninguno.
SEÑOR: No lo pongo en duda.
TIPO: A no ser que lo haya hecho mientras andaba sonámbulo. A veces me ocurre, ¿sabe? Una noche entré en un bar y recuperé la conciencia a las tres de la tarde del día siguiente en un polígono industrial. A lo mejor en ese lapso de tiempo participé en un concurso. Quizá me conoce usted de aquella vez.
SEÑOR: No, mire…
TIPO (interrumpiendo): ¿Tiene su empresa una división para captar sonámbulos que participen en sus concursos? Seguro que todas la tienen. Comerciales que esperan en la calle en mitad de la noche, esperando a que un pobre inocente que anda dormido pase a su lado y cogerle los datos. Astutos hijos de puta… ¿Qué vende usted?
SEÑOR: Nada. Oiga, me parece que ha habido un malentendido… muy raro. No ha ganado usted ningún concurso, y tampoco pretendo venderle nada.
TIPO: No, claro; al principio, no. Al principio iniciará una charla cordial y distendida, y luego, poco a poco, desviará sibilinamente la conversación hacia las magníficas prestaciones de un robot de cocina. Ya sé cómo va esto, ¿sabe? Yo también he sido comercial. No en la división de sonámbulos, pero… Licuadoras Megamax. ¿Se acuerda de ellas?
SEÑOR: Oiga…
TIPO: Eran fantásticas. Podían hacer puré dos plátanos de una tacada. Dos plátanos verdes; ni siquiera hacía falta que estuvieran maduros. Imagínese, ¡dos plátanos a la vez! Ahorraban tiempo y, además, eran muy fáciles de limpiar. Se desmontaban enteras. Me dieron una, ¿sabe? En concepto de finiquito, cuando la empresa quebró. Mire, se la dejo a buen precio. Está casi sin usar. No tomo mucha fruta últimamente. Sí, sé que está mal; que la fruta es esencial para una correcta alimentación y está a reventar de antioxidantes y todo eso, pero…
SEÑOR: Escuche, considere mi regalo como un gesto de buena voluntad, ¿de acuerdo?
TIPO: Ay, joder. No vendrá a predicar, ¿verdad? ¿Pertenece a una iglesia o algo? Si es así, pase el folleto por debajo de la puerta y piérdase. Ya les avisaré yo con lo que sea.
SEÑOR (con un deje de impaciencia en su tono de voz): Escuche… ¿Ha cenado ya?
(El tipo guarda silencio durante unos segundos).
TIPO (interesado): ¿Trae algo de comer?
SEÑOR: Sí.
TIPO (frotándose la manos, nervioso): Eh, mire, no se moleste. La verdad es que soy de cenar poco y, y… Ya he picado algo (vuelve su mirada hacia la lata de aceitunas vacía que reposa encima de la mesa). Anchoas. Me he hinchado de anchoas. Y no debería, porque tengo el ácido úrico por las nubes. No crea que tengo la conciencia tranquila… Tanta gente pasando hambre en el mundo, y yo aquí con la enfermedad de los reyes.
SEÑOR: ¿Debo suponer que ya no tiene apetito?
TIPO: Estoy completamente saciado, créame (traga saliva).
SEÑOR: Guarde la comida para mañana. Puede meterla en el frigorífico, si quiere, que no le pasa nada.
TIPO (echando un vistazo a su desnudo piso): En el frigorífico, claro…
SEÑOR: Porque tiene frigorífico, ¿verdad?
TIPO: ¡Naturalmente! Sí, que tengo frigorífico, sí… No aquí, pero…
SEÑOR: ¿Cómo que no aquí? ¿Dónde lo tiene?
TIPO (improvisando): En el… taller.
SEÑOR: ¿En el taller?
TIPO: Sí, sí… Se le estropeó el… el cacharro ese… lo que enfría… y lo llevé a arreglar.
SEÑOR: Al taller.
TIPO: Sí al… al taller de frigoríficos. Al, ¿cómo le dicen? Frigotaller. No…
SEÑOR: ¿Servicio técnico?
TIPO: Ahí estamos.
SEÑOR: ¿Y por qué no vino el técnico a su casa, en vez de llevar usted el frigorífico?
TIPO: ¡Ah! ¿Eso se puede hacer?
SEÑOR: ¿En serio tiene usted frigorífico?
TIPO: ¡Oiga, amigo! ¿A qué viene este interrogatorio? ¿Acaso me intereso yo por su… lavadora?
SEÑOR: Bueno, bueno; no se ponga así.
TIPO: Pues claro que me pongo así. ¿Cómo se pondría usted si me presento en su casa y empiezo a preguntarle por su frigorífico? Porque tendrá usted frigorífico, ¿verdad?
SEÑOR: Sí, claro.
TIPO: ¿Y licuadora? No todo el mundo tiene licuadora. Mire, le diré lo que vamos a hacer. Le cambio mi licuadora por su frigorífico… ¡Mierda! ¿Pero qué coño hago yo hablando de electrodomésticos con este tío? Ha empezado a tirarme de la lengua y me ha sacado lo que tengo y lo que no. ¡Coño, pero si ya sabe más que mi propia familia! (Nervioso) Oiga, amigo, hágame un favor, ¿quiere? No se lo cuente a mi madre.
SEÑOR: ¿Que no lo cuente qué?
TIPO: Que no tengo frigorífico. Ella no lo sabe. Me manda comida para toda la semana, ¿comprende usted? Y no me da tiempo a comérmela toda antes de que se ponga mala y… y bueno, me da pena tirarla, y al final la comparto con un mendigo amigo mío. Bueno, entre usted y yo, a él le doy lo que menos me gusta… la coliflor con bechamel y cosas así. Los callos, no, por ejemplo. Los callos es lo que me como primero. Pero… pero no siempre es así. No siempre comparto la comida con este mendigo que le digo. A veces es él quien me invita a comer a mí. Pero sospecho que hace lo mismo que yo; me invita a lo que menos le gusta, como a ese jamón cocido… ese del normal, el que no va horneado a la leña, ¿sabe a cuál me refiero? El horneado a la leña seguro que se lo guarda para él solo, el muy cabrón.
SEÑOR: Oiga, para empezar, yo no conozco a su madre.
TIPO: Ni yo a la suya, ya que estamos. Cuénteme, ¿es tan indiscreta como usted?
SEÑOR: Quiero decir que no podría decirle a su madre que no tiene usted frigorífico, porque no sé quien es.
TIPO (como si fuera obvio): ¡Ah! La Loli de Carretera de Cádiz.
SEÑOR: Me temo que no tengo el gusto.
TIPO: ¿Cómo que no? ¡Si es muy conocida! Así bajita, con el pelo corto teñido de negro, que habla por los codos… Esa expresión, la de hablar por los codos, no la entendía yo de niño… Me imaginaba a gente con bocas en los codos, y me daba un repelús… Siempre me han dado asco las partes del cuerpo que no están donde se supone que deben estar. Es una especie de fobia. A lo mejor tiene un nombre técnico, no sé, nunca lo he consultado con un psicólogo. Escribí un cuento sobre el tema en el instituto, ¿sabe? Iba sobre una mujer de mediana edad que se levantaba una mañana y descubría que la boca le había desaparecido de la cara y le había salido una boca chiquitita en cada codo. El profesor de literatura se sorprendió de que a mi edad hubiera leído a Kafka. Yo no sabía aún quién era Kafka. A mí Kafka me sonaba a marca de mayonesa. Mayonesa Kafka. Coño, con tanto hablar de Kafka, se me ha abierto el apetito…
SEÑOR: ¿Le apetece cenar, entonces?
TIPO: Sí, no sé… ¿Y dice que es gratis?
SEÑOR: Totalmente.
TIPO: Venga, ¿cuál es el truco? Porque alguno tiene que haber. Nadie se presenta en mitad de la noche a ofrecer comida gratis a un desconocido. ¿Qué quiere a cambio? Porque si lo que pretende es lo que yo pienso… No vendo mi cuerpo a cambio de un plato de canelones, ya los haya traído usted de la mejor trattoría de Nápoles.
SEÑOR: ¡Pero, oiga! ¿Qué está insinuando?
TIPO: Usted ya me entiende.
SEÑOR: Lo que yo entiendo es que tiene usted el cerebro muy sucio.
TIPO (repentinamente alarmado): ¡Un momento! Viene de parte de Marcelo, ¿verdad?
SEÑOR: ¿Quién cojones es Marcelo?
TIPO: ¡No se haga el tonto conmigo! Mire, dígale que pagaré, ¿de acuerdo? La cantidad que me prestó más los intereses. Todavía no sé nada de la indemnización por lo de las licuadoras, pero yo creo que, en dos meses, tres a lo sumo… Y… y sigo en paro, ¿sabe? Pero a lo mejor pronto me llaman. Hice una entrevista la semana pasada. Creo que fue un puto desastre, pero solo es una opinión subjetiva. La entrevistadora se asustó un poco cuando le arranqué la falda al ponerme de rodillas. Yo solo quería implorarle, pero me temo que se llevó una impresión equivocada. La culpa la tienen esos cinturones que hacen ahora, que no agarran nada. Es lo que yo digo: si es solo para adornar, no le pongas un cinturón, ponle un moño, o…
SEÑOR (interrumpiendo): Yo no sé nada de ningún Marcelo ni de ningún préstamo… Solo vengo a traerle la cena.
TIPO: ¿Me jura que no me va a partir las piernas?
SEÑOR: No le voy a partir las piernas.
TIPO: Júremelo.
SEÑOR: Le juro que no le voy a partir las piernas.
TIPO: ¿Ni los dedos de la mano poco a poco y con delectación?
SEÑOR: ¿Qué?
TIPO: Júremelo.
SEÑOR (suspira): Ni los dedos de la mano poco a poco y con delectación.
TIPO (después de unos segundos de agitado debate interno): Mire, no me fío.
SEÑOR: ¡Joder!
TIPO: Compréndalo; se escucha cada cosa por ahí… ¿Cómo sé que no es un asesino en serie?
SEÑOR: ¿De qué esta hablando ahora?
TIPO: ¿Trae la comida en una fiambrera?
SEÑOR: Sí, sí; completamente hermética, para preservarla de…
TIPO (altisonante, marcando en el aire un titular imaginario con las manos): El asesino de la fiambrera. A mí me suena convincente. Parece algo que pueda leer en los periódicos. (De nuevo marcando un titular imaginario con las manos) Otra nueva víctima del asesino de la fiambrera…
SEÑOR (impaciente): ¡¿Acaso ha visto en las noticias algo sobre un asesino de la fiambrera?!
TIPO: No, aún no. Pero, quién sabe, a lo mejor soy la primera víctima. El pionero. Y llámeme delicado si quiere, pero no me gustaría pasar a la historia solo por eso. Que el en futuro me recuerden únicamente por ser la primera víctima del asesino de la fiambrera, pues… No sé, no le veo ningún mérito. Si además de eso, no sé, inventara algo… (marcando otro titular) “Inventor del teletransporte, hallado muerto cerca de una fiambrera de procedencia desconocida”. Mucho mejor, dónde va a parar... A usted lo empezarían a llamar “El Asesino de la Fiambrera” ya a partir del segundo asesinato.
SEÑOR: Mire, ya no sé cómo decírselo. Lo único que quiero es entregarle la comida, esperar a que se la coma y después marcharme. Si lo desea, no abriré la boca en todo el rato.
TIPO: Ah, bueno. Es usted un fetichista de esos, ¿verdad?
SEÑOR: Oiga, amigo, me está usted poniendo enfermo.
TIPO: Le pone cachondo ver cómo otros se comen lo que usted ha cocinado. Le va ese rollo, ¿verdad?
SEÑOR: Usted está fatal, eh.
TIPO: Le diré lo que vamos a hacer. Abro la puerta con la cadena echada, me pasa la fiambrera y usted se queda fuera, escuchando cómo disfruto de la comida. ¿Eso no le excita?
SEÑOR: Pero, hombre…
TIPO: Si no es suficiente, puedo dejar la puerta entreabierta, y luego enseñarle la comida a medio masticar. ¿Le da morbo eso?
SEÑOR: ¡¿Quiere dejar el tema de una puñetera vez, que me están dando arcadas?!
TIPO: Mire, no voy a dejarle entrar. Lo toma o lo deja.
SEÑOR (después de unos segundos): Está bien. Abra la puerta.
(El tipo echa la cadena y después abre la puerta. El Señor le pasa la fiambrera a través e la rendija).
SEÑOR: Que aproveche.
TIPO (cogiendo la fiambrera): Y usted que lo escuche. (Se queda mirando la fiambrera unos segundos). Ahora que nos conocemos un poco, ¿puedo ser sincero con usted?
SEÑOR: Como le parezca.
TIPO: En realidad no he cenado. Es viernes; ya no me queda comida de la que prepara mi madre. Estaba picando aceitunas. Sin anchoas. (Traga saliva, desolado) Estaban completamente vacías por dentro.
SEÑOR: Eh… Lo lamento.
TIPO: Así que… bueno, lo cierto es que su regalo es como maná caído del cielo… (Abre la tapa de la fiambrera) ¡Coño, croquetas! (suelta una risilla).
SEÑOR: ¿Qué le pasa ahora?
TIPO (cogiendo una croqueta): Nada, se me ha ocurrido que habría sido muy extraño que Dios hubiera hecho llover croquetas sobre el pueblo elegido durante su travesía por el desierto. Imagínese… Cuarenta años comiendo croquetas (muerde la croqueta).
SEÑOR: Impensable.
TIPO (con la boca llena): Hum. Tengo una teoría al respecto, ¿sabe?
SEÑOR: ¿Sobre qué?
TIPO: Todo ese asunto del maná y los israelitas. Creo que, en realidad, eran las sobras del día anterior.
SEÑOR: No me diga.
TIPO: Le digo. Imagínese las perolas de potaje tan grandes que tiene que hacer en el Cielo, porque allí todo es a lo bestia. Va un ángel y dice, “Señor, su pueblo elegido está cruzando el desierto y no tiene nada que llevarse a la boca”. Y el Señor, “A ver, ¿qué cenamos ayer?”. Y el ángel, “Sopa de puchero, Señor”. “¿Con pollo?”. “Con pollo y papas gordas, Señor”. “Pues haced unas croquetas y se las tiráis abajo”. ¿Entiende lo que le quiero decir? Ahí, como el pan duro a los cerdos. Porque… porque, ¿sabe usted que el ser humano comparte con el cerdo exactamente… el noventa y tantos por ciento o algo así de ADN?
SEÑOR: Oiga, ¿le gustan las croquetas?
TIPO: Ay, sí. Casi lo olvido, disculpe. (Se lleva una croqueta a la boca y empieza a mascullar exageradamente, intentando parecer libidinoso). Hum. Hummmm. Qué ricas, pirata.
SEÑOR: ¡Oiga, ¿quiere dejar eso de una vez?!
TIPO: Vale, vale. Es que no sé cómo satisfacerle.
SEÑOR: Me conformo con que le gusten, Jesús.
TIPO (dejando de comer): ¿Jesús?
SEÑOR: Jesús de Haro Montilla, natural de Algarrobo, el menor de cinco hermanos, estudió auxiliar administrativo en un instituto público… Eso es lo que tengo aquí apuntado.
TIPO: No ha dado usted ni una (sigue comiendo).
SEÑOR (después de unos segundos): Mierda.
TIPO (alarmado): ¿Se ha equivocado de destinatario? No pretenderá que le devuelva las croquetas, ¿verdad? Ya quedan pocas. Y no se va a presentar en la puerta del tal Jesús con cuatro… (muerde una croqueta)… con tres croquetas y media… Quedaría usted como un tío muy cutre.
SEÑOR: No, no… No pasa nada. Es que…
TIPO: Qué.
SEÑOR: Que creo que hoy era su cumpleaños, pero, bueno, da igual.
TIPO: Oiga, me está usted dando cargo de conciencia.
SEÑOR: No es mi intención.
TIPO: Ya verá que al final me van a sentar mal las croquetas (se echa otra a la boca). Joder, qué buenas están.
SEÑOR: No, no. Está bien, no se preocupe. Mientras usted se ajuste a mi perfil, que parece que sí… Quiero decir, si realmente es usted una persona con pocos recursos y no ha cenado todavía… Por lo que me ha dado a entender, es usted una persona humilde.
TIPO: ¡Huy, sí! Un mierda.
SEÑOR: Bien, bien; con eso me basta.
(El tipo sigue comiendo. Durante unos segundos, ninguno de los dos habla).
TIPO: ¿Por qué lo hace?
SEÑOR: ¿Eh?
TIPO: Esto, lo de llevar croquetas a mier… a personas humildes como yo.
SEÑOR: No tiene mayor importancia. Me da por ahí de vez en cuando.
TIPO: ¿Es una especie de… obra de caridad?
SEÑOR: Eh… Sí, algo así.
TIPO: ¿Le sale de dentro, o es una forma de acallar su conciencia? (El señor guarda silencio). Disculpe, no pretendía ofenderle…
SEÑOR: No pasa nada.
TIPO: ¿Cómo se llama, señor?
SEÑOR: Bueno… qué importancia tiene el nombre. La gente me llama de diferentes maneras. Podría decirse que tengo muchos nombres.
TIPO: Ah, bien. Yo le llamaré, si no le importa (piensa mientras mastica)… “Lisensiado” Carlos Alfonso. ¿He acertado? Son muchos nombres.
TIPO (sécamente): Como quiera.
TIPO: Bueno… (se chupa los dedos) Ya he terminado. ¿Quiere que le lave la fiambrera, “Lisensiado” Carlos Alfonso?
SEÑOR: No, no; no se moleste. Quédesela.
TIPO: Vaya, gracias. Hoy es mi día de suerte.
SEÑOR: Eh, bueno, tengo que irme.
TIPO: Bien, muchas gracias, “Lisensiado”. Creo que sería justo que al menos le diera la mano (Tarda unos segundos en decidirse. Finalmente, quita la cadena y abre la puerta). ¡Coño! ¡Ha desaparecido como un fantasma!
SEÑOR (su voz suena más lejana): Eh… No; estoy bajando las escaleras.
TIPO: Ah, claro. Vaya con cuidado, ¿de acuerdo? El rellano de abajo sí tiene luz.
SEÑOR: Sí, sí. Lo sé.
TIPO: ¿Volverá a visitarme algún día? No tiene por qué traerme nada. La próxima vez invito yo. Venga un lunes, que mi madre me acaba de preparar la comida de la semana y todavía no la he repartido. ¿Le gusta la coliflor con bechamel?
(El tipo no obtiene respuesta. Después de unos instantes, cierra la puerta, un tanto decepcionado. Se dirige hacia la mesa con la fiambrera en la mano. Suelta la fiambrera, se sienta y vuelve a su periódico).
FIN.

domingo, 5 de julio de 2015

Algunas notas dispersas acerca de la brochabilidad

Ya a la venta en Carrefour

       En los últimos años, el concepto de brochabilidad ha traído de cabeza a algunos de los más eminentes eruditos del planeta, y a un puñado de los menos eminentes también. De hecho, algunos de los eruditos más subnormales han estudiado el tema con fruición. Tomemos, por ejemplo, el caso del profesor en Metafísica y Otros Asuntos Complicados de Poner en Práctica Nemesio Guisadillo, que afirma que la brochabilidad, o cualidad de Lo Potencialmente Brochable, es la medida de la incertidumbre ante un conjunto de botes de pintura, de los cuales solo se va a utilizar uno. “Esto desde un punto de vista entrópico, naturalmente”, concluye el profesor, y se queda tan pancho. “Para que unos zopencos como vosotros lo entendáis”, continúa el profesor cuando creíamos que ya había concluido y estábamos recogiendo los bártulos, “imaginad al Ser ante la Cosa y su Puta Madre; en este caso, digamos que el Ser en liza es Paco Jesús Camacho, pintor de brocha gorda, la Cosa un muro que se extiende hasta el infinito y que necesita una mano de pintura como el comer, y su Puta Madre un muestrario de botes de pintura que Paco Jesús jamás ha utilizado antes, porque, no sé, porque la marca que está acostumbrado a usar la han retirado del mercado por la alta toxicidad de alguno de sus componentes, yo qué sé. Dejadme en paz”, dice Guisadillo. “Digamos que Paco Jesús se a acercado a su proveedor habitual para hacer acopio de material y encuentra el local cerrado, con un folio escrito a mano y fijado con celofán a la persiana metálica que dice ‘Cerrado por comunión de mi chiquillo’. Paco Jesús se caga en todo lo que se menea porque quiere empezar cuanto antes con la mierda esa del muro que se extiende hasta el infinito, y…”. Interrumpimos al profesor para preguntarle si el muro que se extiende hasta el infinito tiene gotelé. “No sé. Sí, podría ser. Sería una putada si así fuera. Pero es probable, sí”, concede Guisadillo. “Total”, sigue, “que Paco Jesús se encuentra en la disyuntiva existencial de volver al día siguiente por la mañana, lo cual supondría no empezar a pintar por lo menos hasta mediodía, o buscar el material en otro sitio y empezar el trabajo a primera hora del día siguiente. Elige la segunda opción porque, bueno, es un muro que se extiende hasta el infinito y que, en el peor de los casos, tiene gotelé y, a causa de ello, requiera extremo cuidado para no acabar parcheado”. Y quizá necesite dos manos, añadimos. “Bueno, yo eso lo veo como una ventaja”, asegura el profesor. “Porque, al ser un muro tan largo, al llegar al final, podemos estar seguros de que el principio del muro estará seco del todo”. Señalamos que, si el muro es infinito, Paco Jesús jamás llegará al final por mucho que corra. “Bueno, es teóricamente imposible, en efecto”, dice Guisadillo. “Pero Paco Jesús es un pintor español, de Vélez Málaga, concretamente, y, cuando se la planta algo en los cojones… A él, que se trate de un muro infinito le suda la polla. Tiene que terminar el trabajo y punto. Anda que no es nadie el Paco Jesús”, afirma el profesor. Insistimos en que sería una tarea absolutamente inabarcable, incluso desde el punto de vista de la física teórica. “¿Quién está contando la historia, vosotros o yo?” Usted. “Entonces, dejad de tocarme los huevos. ¿Por dónde iba?”, nos pregunta. Le decimos que Paco Jesús está esperando su turno en la cola del puesto de castañas asadas. “Ah, sí, pues eso; Paco Jesús está allí, todo ufano con su cucurucho de castañas asadas… Un momento, yo no he dicho nada acerca de un puesto de castañas asadas. ¿Me están prestando ustedes atención?”. Sí, sí.  “Eeeeh… Ah, ya; encuentra la tienda cerrada, sí. Entonces decide acercarse a una gran superficie en busca de la pintura, aunque no le agrada en exceso la forzada cordialidad que desprenden los vendedores de semejantes comercios, pero bueno, no le queda otra. Cuando llega al centro comercial encuentra el pasillo de la pintura contiguo a ese donde están expuestos los neumáticos, porque, desde un punto de vista cosmológico, la disposición armónica de los centros comerciales es solo aparente. Superficialmente, puede parecer que la cercanía entre la sección de cosmética y la parafarmacia guarda cierta relación lógica, pero esta relación es solo una entelequia de tres pares de cojones”. Disentimos educadamente. El Ser puede comprar un maquillaje con efecto bronceado para resultarle atractivo a su Ser-Pareja y luego dirigirse al pasillo paralelo para elegir unos condones que se adapten a la particular idiosincrasia de su pene. En ese caso, la relación lógica resulta aplastante. “Puede ser, pero su ejemplo abarca solo el minúsculo porcentaje de orden que invariablemente persiste en un sistema abocado al caos”, explica Guisadillo. Asentimos como si lo hubiéramos entendido, y continúa: “Si cambiamos los parámetros de la Cosa o Cosas, su relación lógica dejaría de funcionar; por ejemplo, tomemos una barra de labios y un bote de agua oxigenada. Resulta complicado encontrar la correspondencia lógica de manera inmediata. Bueno, a no ser que te vaya el rollo sado-maso, claro”. Le rogamos a Guisadillo que continúe, pues a nosotros el rollo sado-maso nos va cantidad. “Imaginemos que el Ser, esto es, el usuario de la barra de la labios, pretende utilizar esa barra de labios, esto es, la Cosa, para resultar libidinoso y pegarle un mordisco como un demonio al Pene Idiosincrático, esto es, su Puta Madre, y… Otra vez nos hemos desviado del tema.” No, qué va; vamos bien. “No, no, ¿de qué estábamos hablando? El pasillo de la pintura, sí. Bueno, pues imagínense un pasillo infinito cuyos expositores están repletos de bidones de pintura, ninguno de los cuales resulta familiar a Paco Jesús”. Preguntamos si el pasillo de los neumáticos es también infinito. “Hombre, yo no lo he visto, pero me calculo yo que sí”. Coño. “Sí. Hasta ruedas de tractor, debe de haber allí. En fin, que Paco Jesús se encuentra ante una inacabable variedad de marcas de pintura desconocidas para él. Está ante lo que algunos con pelos de loco como yo conocemos como Incerteza Absoluta. ¿Cómo reacciona Paco Jesús ante semejante dilema?”. A nosotros que nos registren. “Preguntándole al vendedor”. Ah, claro. “Lo que pasa es que el vendedor lleva allí dos días trabajando, y encima ese preciso día está sustituyendo al encargado de la sección de pinturas”. ¿Para qué sección fue contratado originalmente? “Enseres de jardín, a mí qué coño me cuentas. Como os iba diciendo, Paco Jesús no encuentra ningún indicativo que le confirme cuál, de entre toda esa infinidad de pinturas, posee las mejores prestaciones en materia de brochabilidad, aunque en alguno bidones se pueda leer claramente ‘Excelente brochabilidad’, ya que Paco Jesús no sabe si, en efecto, la pintura contenida en esos bidones es óptimamente brochable o solo se trata de un reclamo comercial. Porque Paco Jesús, aunque se encuentra en una situación desconocida, sí que posee cierta experiencia en su terreno. Por ejemplo, sabe que los productos en cuyo recipiente se puede leer ‘Calidad Extra’ son en realidad una porquería”. Asentimos, tratando de que nuestra mirada no delate que guardamos en el lavadero un bote de aguarrás calidad extra. “Dicho esto, a Paco Jesús solo le queda, o bien fiarse de la sabiduría precognitiva conocida como instinto o bien asumir una elección arbitraria, lo cual a escala cósmica significa la misma mierda. Añadamos a la ecuación el hecho de que la variedad es infinita, sí, pero el centro comercial cierra a las diez y ya son las nueve menos cuarto. Así que Paco Jesús se ve obligado a elegir una pintura al azar, nombre científico dado a la Divina Providencia, y pasa por caja, no sin antes añadir a la cesta dos tarros de rodajas de piña en almíbar que le ha encargado su parienta”, dice el profesor. “Debo aclarar que cuando hablo de un solo bidón de pintura estoy haciendo una reducción al absurdo, naturalmente. Para transportar el número de bidones de pintura necesario para pintar un muro que se extiende al infinito, Paco Jesús precisaría, como mínimo, de un Contenedor Transversal de Antimateria, pero solo dispone de una mierda de furgoneta desguarnecida de la que le quedan aún dos letras por pagar”. Guisadillo hace una pausa, pensativo. “Miento; tres letras, porque la última le vino devuelta al banco”. ¿Qué es un Contenedor Transversal de Antimateria?, preguntamos. “Un chisme revolucionario cuyo funcionamiento nadie entiende”. ¿Tan sofisticado es? “No solo es sofisticado”, afirma Guisadillo, “sino que su inventor, el egregio profesor Joseph Von Bastich, guardó el folleto de instrucciones en un cajón y ahora no lo encuentra. Ya saben ustedes que, a día de hoy, los folletos de instrucciones siguen siendo uno de los misterios más puñeteros de la ciencia. Te llevas meses, o años, viendo el puto folleto de la lavadora cada vez que abres el cajón, y, cuando de verdad te hace falta…”. No lo encuentras, finalizamos la frase del profesor. “En efecto. El mismo Von Bastich lleva años estudiando este molesto fenómeno, y ha formulado una hipótesis según la cual los folletos de instrucciones han logrado por medios desconocidos provocar la formación de microagujeros negros a través de los cuales acceden a una dimensión paralela repleta de folletos de instrucciones”. Y de calcetines desparejados, probablemente, añadimos nosotros. “Sí, bueno, eso habría que verlo”, dice Guisadillo mientras nos lanza esa familiar mirada desafiante que nos han dedicado tantos y tantos hombres de ciencia a lo largo de nuestra extensa trayectoria divulgativa cada vez que proponemos una teoría insensata. “¿Qué iba diciendo antes de que se me fuera otra vez la perola?”, pregunta Guisadillo. Ni puta idea, confesamos cuando hemos comprobado que llevamos tres años sin cambiarle las pilas a la grabadora. “Ah, sí. Paco Jesús se dirige al sitio del muro que se extiende hasta el infinito asaltado por las dudas. La posibilidad de que la pintura que ha elegido sea idealmente brochable es de una entre un millón, aunque él calcula que es de una entre dos millones porque, bueno, es pintor, no un experto en estadística, y además ese día se ha levantado un poco depre y lo ve todo muy negro. Entonces llega al sitio y, ¿qué se encuentra?”. ¿Qué?, preguntamos, ahítos de expectación. “Que el muro ha sido derribado”. Coño, qué bajón. “No, que va”, dice el profesor. “A nivel particular este hecho arroja un resultado no concluyente acerca del asunto de la brochabilidad, pero, a la larga, y desde un punto de vista global, es lo más conveniente. Tengan en cuenta que las partes que el muro separaba se han reunificado. El sistema funciona”. Todo eso está muy bien, pero Paco Jesús se ha quedado sin cobrar, no te jode. 

martes, 7 de abril de 2015

La Hermandad de Cristo Abrazado a un Alcornoque: El origen

Como no se conocen imágenes de la cofradía a la que hacemos referencia en este artículo, la Administración de este blog les ofrece esta foto de un miembro de la banda de música de otra cofradía diferente. 
Estimados hijos de un chacal sarnoso:
En estos pasados días de fervor religioso y curdas bajo palio, el Departamento Católico Para Lo Que Le Conviene de Un beso de buenas noches de mil demonios salió de puente, perdón, del puente bajo el cual está ubicado su cuartel general y se lanzó cual kamikaze con el culo en llamas a investigar uno de los mayores enigmas de la Semana Santa,  La Hermandad de Cristo Abrazado a un Alcornoque, fundada por una misteriosa orden de monjes cerveceros en el año 1915 y clausurada dos días después, cuando, una vez evaporados los efluvios del alcohol,  cayeron en la cuenta de que la imagen de Cristo que habían tallado se asemejaba poco al clásico retrato del Redentor de la Humanidad ofrecido por la ortodoxia cristiana.
“La figura, básicamente, consistía en un oso panda tocando las maracas”, nos contó un conocido semanasantólogo y Hermano Mayor de una de las más venerables cofradías de la ciudad, aunque no pisa la misa del domingo desde su primera comunión y no da una limosna así lo maten.
Este eminente erudito, al que conocimos en la puerta de un puticlub, prefiere mantener su verdadero nombre en el anonimato para evitar críticas y escupitajos en el cogote por parte de la Agrupación de Cofradías, así que nos referiremos a él con el sobrenombre de Ramón Pichacórtez. Ramón nos juró por su anciana madre (que prefiere mantener su verdadero nombre en un cajón de la cómoda, porque cuando se le habla del anonimato dice invariablemente “¿Anominato? ¿Eso qué es lo que es?”); Ramón, decíamos, nos aseguró que la prematuramente desaparecida Hermandad de Cristo Abrazado a un Alcornoque tiene su origen en un bochornoso capítulo el Evangelio Apócrifo de San Rufo situado justo después del episodio de La Última Cena.
“El de San Rufo es una pieza codiciadísima por los coleccionistas de evangelios apócrifos”, continúa el señor Pichacórtez.” Actualmente, solo se conocen dos copias en buen estado: una la tiene un anticuario de Túnez y la otra se encuentra en el desván de mi prima Manoli, la de Archidona. Bueno, no sé si seguirá en el desván”, matiza Pichacórtez. “La última vez que hablé con ella me dijo que estaba pensando colocarla en el aparador del comedor, al lado de la porcelana buena”. En seguida le preguntamos si sería posible que su prima Manoli, de Archidona, nos prestara su copia para estudiarla a fondo. “No creo que haya ningún problema”, nos asegura Ramón, “mientras le devuelvan el evangelio en buen estado. Hace dos años lo cedió al Obispado para una investigación y se lo devolvieron con manchas de aceite y oliendo a churros”.
A continuación, tenemos el gusto de ofrecerles una transcripción del capítulo del Evangelio de San Rufo que dio origen a la infame Hermandad de Cristo Abrazado a un Alcornoque.

Extracto del Evangelio Apócrifo según San Rufo.

CAPTÍULO 14, VERSÍCULO 1: Y he aquí que después de la cena Jesús salió de la fonda haciendo eses y parándose un ratito cada varios pasos para no caerse. 2: Y viendo que ya se había caído dos veces y que la última le había costado levantarse, Jesús salió del camino y se internó en el bosque, donde corría menos riesgo de romperse la crisma. 3: Y he aquí que Jesús vio en el bosque un robusto y orgulloso alcornoque y pensó que su presencia era una señal de su Santo Padre, y se acercó al alcornoque y orinó sobre él, y vio que esto era bueno. 4: Y Jesús se sintió muy aliviado pero después sufrió un vahído y se agarró al alcornoque para no escoñarse. 5: “Vaya tajada que llevas, Hijo Mío”, bramó una voz salida del alcornoque. “Padre, ¿eres tú?”, preguntó Jesús. 6: “No, soy tu prima Juana la de Judea, que hace ventriloquía con árboles, no te jode”. 7: Y Jesús se disculpó diciendo: “Perdona que dude, Padre. Creo que no estoy en condiciones de discernir qué es real y qué no lo es”. 8: “¿Cuántas ramas ves aquí?”, preguntó el Padre. 9: “Ocho”, respondió Jesús. 10: “Pues sí que has abusado de tu sangre, caramba”. “Quizá se me ha ido la mano multiplicando el vino, Padre”. “¿Quizá, dices? En mitad de la cena te has levantado a lavarle los pies a todo el mundo. Si eso no es una cogorza como un piano, que baje Yo y lo vea”.  “No a todo el mundo, Padre”, dijo Jesús. “No, claro. Porque el resto de comensales se ha apresurado a pedir la cuenta en cuanto te ha visto enjabonar los pies de Santiago. Hijo Mío, eso no es de estar normal”. 11: “Y también te has pasado multiplicando el pan, ya que estamos”, se quejó el Creador. “Es que había mucha salsita”, dijo Jesús bajando la cabeza. “Y ya sabes cuánto me gusta el mojeteo”. 12: “Anda que la perra que te ha dado con eso de multiplicarlo todo; como si no supieras más milagros. Vergüenza ajena he pasado con la cara que ha puesto el camarero cuando habéis pedido solo dos menús para trece personas”. 13: “Uno de carne y otro de pescado”, dijo Jesús. 14: “Lo dejo pasar porque ayer curaste a tres leprosos y le prestaste dinero a tu primo Juan”, dijo el Padre, misericordioso. “Pero déjate ya de multiplicaciones, por los Clavos que te van a poner de aquí a nada”. “No volverá a ocurrir, Padre”, dijo Jesús, sinceramente arrepentido. 15: Y viendo que su Hijo, que anteriormente había caminado sin dificultad sobre las aguas, estaba haciendo un considerable esfuerzo por mantenerse erguido, dijo: “Alguno de tus amigotes debería haberte acompañado a casa”. A lo que Jesús contestó: “Se lo pedí tres veces a Simón, al que llaman Pedro, y las tres veces me dijo que no, que a lo mejor cuando terminara la conga, si eso”. 16: Continuó Jesús: “Al salir se lo pedí a un tal Pedro, al que llaman Simón, pero resulta que era el mismo Simón, al que llaman Pedro, que había salido a tomar el fresco y al que yo confundí con Pedro, al que llaman Simón, porque estaba oscuro y no enfocaba yo muy bien la vista, y me dijo que dejara de preguntarle de una puñetera vez y que me buscara la vida. Poco después se lo pregunté a otro Simón, el herrero, pero me dijo que no se llamaba Simón, sino Pedro a secas, y que no podía acompañarme porque tenía que terminar unas herraduras para su hermano Simón. Después me puse a gritar en medio de la calle, ¡Simón!, ¡Pedro!, porque estaba convencido de que alguien volvería la cara, y he aquí que apareció Simón, al que con muy buen criterio llaman solamente Simón, pero me dijo que no podía acompañarme porque tenía que levantarse temprano para ir al registro a cambiarse el nombre por el de Pedro, que le gusta más. Así que por eso voy regreso solo a casa”. 17: Y el Padre dijo: “Bueno, pues ve despacito y al llegar te tomas algo calentito”. 18: Y Jesús hizo caso a su Padre y volvió a casa despacio y al llegar se tomó un caldo de gallina y se sintió reconfortado pero de repente se acordó de que uno de sus apóstoles iba a traicionarle y le dio la bajona.

martes, 27 de enero de 2015

El último pichatriste


Casi todos los especialistas menos unos pocos coinciden en que, de entre todos los poetas de ultimísima hornada, Georges Lastimere es quizá el que más grima da. Máximo exponente de la corriente conocida como pichatristismo, su tercer libro, Suicidémonos juntos, pero empieza tú, ha causado una auténtica conmoción en los círculos literarios europeos, la mayoría de los cuales se ha echado a la bebida después de que la Editorial Chienne et Fils anunciara una segunda edición. Esta colección de poemas en prosa de métrica beoda ofrece un nuevo recorrido por las obsesiones de Lastimere: la desesperación cotidiana (“Pues nada, aquí, en el fondo del abismo. ¿Y tú, qué tal?”),  los recuerdos de infancia (“Mami querida, suelta despacio ese soplete”), el desamor (“A solas con tu enfermedad venérea”), el bloqueo creativo (“ ”), entre otras no menos deprimentes. El Departamento de Estudios Poéticos y Mierdas de Esas de Un beso de buenas noches de mil demonios tiene la satisfacción de compartir con ustedes una de las creaciones contenidas en el citado libro, titulada “El Infierno es un restaurante italiano muy chungo”, en sospechosa traducción de nuestro colaborador Ganímedes Pisto, experto en Lenguas Vivas, Lenguas Muertas y Lenguas a las que les Quedan Dos Telediarios. Ah, se joden.

            La Muerte
            disfrazada de repartidor de pizzas
            pegó al portero electrónico
Su pedido, susurró con voz ominosa
A mí tú no me engañas
Tú eres la Muerte. ¡La Muerte!
Que no, hombre, que no, mintió ella.
Que le traigo una pizza
con un huevo frito en medio,
como a usted le gusta
¿Tiene aceitunas negras?
Porque si tiene aceitunas negras
la devuelvo
Espere, que lo compruebo…
Aaaah, mierda
No la quiero
Pero, hombre, dijo la Muerte,
Quítele las aceitunas
y a tomar por culo
Ni hablar
Que aunque se las quite
dejan el regustillo
Joder, que tío tan delicado
¡Ya voy, Juliette! ¡Ya voy!
¿Está hablando conmigo?
Con mi mujer…
¡Coño, Juliette!
¡Que no es uno de mis amigotes!
¡Es la Muerte, que me quiere llevar con ella!
¡La Muerte!
Oiga, no tengo toda la noche…
¿Cómo que no vuelva tarde?
¿Adónde crees que vamos?
¿A jugar al chinchón?
¡Es la Muerte, Juliette!
Quiere que la acompañe
a ese lugar
del que nadie vuelve jamás
¡No, no me estoy refiriendo a Perpignan!
¡Golfa!
¿Quiere las alitas de pollo, al menos?
¡No! ¡Aléjate!
Vuelve con tu guadaña y tus alitas de pollo
bañadas en sabrosa salsa barbacoa
a la ciénaga a la que perteneces,
bestia inmunda
Sus muertos, oiga
¿Mis muertos?
¿Acaso tienen un mensaje para mí?
¡Habla, Muerte, habla!
¿Qué desean decirme mis ancestros desde el Otro Lado?
Que le folle un pez
¡Oh, aciago, enigmático mensaje,
que trae a mi mente fatídicos augurios
y la molesta imagen de dos atunes
entregados al carnal refocile!
Quizá necesite dos vidas
para descifrarlo
¿Qué más, Muerte?
¡Yo necesito saber!
¿Muerte?
¿Muerte?
¿Qué es lo que oigo, Muerte?
¿Son las tenebrosas voces de mis antepasados,
que reclaman mi presencia desde el Otro Lado?
¿O eres tú arrancando un ciclomotor?
            Eh… ¿Muerte?

lunes, 15 de diciembre de 2014

La luz al final del túnel y toda la marimorena


1. CALLE CIUDAD. EXT. NOCHE.
Está lloviendo. Un CURA anciano deambula por la calle notablemente inquieto, casi jadeante. Mira hacia todos lados, como buscando algo. Sus ojos se posan en un bar abierto. Se dirige hacia allí.

2. BAR. INT. NOCHE.
El local, de tonos ocres, está tenuemente iluminado. Hay unos pocos clientes en la barra y otros en las escasas mesas que hay junto a la pared. El cura se santigua y se queda en la puerta mirando a su alrededor, empapado. El BARMAN lo observa con curiosidad.

BARMAN: ¿Puedo hacer algo por usted, padre?
El cura duda antes de responder.
CURA: Estoy buscando a…
El cura hace una pausa. Los presentes lo miran en silencio.
CURA: ¿A… alguno de ustedes ha visto… a Dios?
Los parroquianos ríen quedamente. El cura está desconcertado.
BARMAN: Bueno, padre, lamento decirle que el Buen Señor no es precisamente uno de mis clientes habituales.
CURA (después de unos segundos): Pero… ¿no sabe dónde está? Alguien tiene que saberlo. Yo… (traga saliva) …llevo toda la vida esperando este momento y… y…(agacha la cabeza, con los ojos humedecidos).
BARMAN (amablemente): Ande, acérquese, que le sirvo algo.
Desde una mesa, dos hombres observan al cura. MANOLO, de poco más de 50 años, de cabello más bien escaso y con bigote, bebiéndose un gin-tonic, y RAMÓN, rondando los 40, rubio y bien peinado, con un botellín de cerveza en la mano.
RAMÓN (mirando al cura): Pobre mamón.
MANOLO (molesto): Eh, eh. Un respeto, que es un sacerdote, y además el pobre se acaba de llevar un palo muy gordo.
RAMÓN: Ya te digo. Toda la vida rezando a un Dios que se hace el tonto, y cuando por fin se muere…
MANOLO: Oye, Ramón, me da igual que seas ateo, pero me toca mucho los cojones que hables así de Nuestro Señor.
RAMÓN: Agnóstico. Soy agnóstico.
MANOLO: Sí, bueno, lo que sea.
RAMÓN: No. Lo que sea, no. Que yo no digo que no haya Dios, ojo. Lo único que digo es que, si existe, cuánto le cuesta ser sociable, cojones.
MANOLO: Ya empezamos. Mira, Ramón, tú no tienes ni idea de cómo es Dios.
RAMÓN: ¿Y tú? Oye, Manolo, ¿cuánto tiempo llevas muerto?
MANOLO: Yo qué sé. Lo mismo cuatro años, o cinco. El tiempo es relativo, ¿no dicen eso? Sobre todo aquí. Aquí el tiempo es relativo que te cagas (da un trago a su gin-tonic).
RAMÓN: ¿Y tú has visto al Creador alguna vez en todos estos años? ¿O conoces a alguien que lo haya visto?
MANOLO: Ya sabes que no. Pero eso no quiere decir que no se encuentre en alguna parte.
RAMÓN: ¿Dónde? ¿En su residencia de la costa?
MANOLO: Mira, Ramón. Estamos muertos, ¿verdad? A mí me pegaron un tiro. Y tú… tú saltaste por el balcón de un décimo piso. Lo recuerdas, ¿verdad?
RAMÓN: Cómo olvidarlo. Mi psicoanalista lo menciona cada día. “A ver, Ramón, ¿usted por qué se quitó la vida? Si la vida era bella”. Hay que joderse.
MANOLO: ¿Estás yendo al psicoanalista?
RAMÓN: Sí, sí. Empecé a ir hace dos semanas o tres, no sé. A uno especializado en suicidas.
MANOLO (no sale de su asombro): ¿Y… y de qué te sirve ahora?
RAMÓN: Bueno, en algo tendré que entretenerme. La muerte es muy larga.
MANOLO: Volviendo al tema… ¿Qué te estaba contando?
RAMÓN: A ti te habían pegado un tiro, yo había saltado por el balcón…
MANOLO: Ah, ya. Total, que nos hemos muerto y aquí estamos. ¿Entiendes lo que te quiero decir?
RAMÓN: ¿Que esto es el Cielo? ¿A eso te refieres?
MANOLO: ¿Qué si no?
RAMÓN: ¿Cómo que qué si no? Oye, ¿sabes dónde desperté después de matarme y de la luz al final del túnel y toda la marimorena? En una cuneta. Y allí no apareció para recibirme ni San Pedro Bendito ni la madre que lo parió.
MANOLO: ¿Y qué esperabas? Te quitaste la vida. Rechazaste el regalo más preciado del Señor. A Él le sientan mal esas cosas, hombre.
RAMÓN: Precisamente. Me suicidé, así qué, ¿no debería estar en el Infierno? ¿O es que el Creador ha modificado su código penal y no nos hemos enterado?
MANOLO: ¿A ti esto te parece el Infierno?
RAMÓN: ¿Y a ti el Cielo?
MANOLO: Bueno, no puedo decir que me lo imaginara así, pero...
Un borracho acodado en la barra se desliza y cae al suelo.
RAMÓN (mirando hacia el borracho): Hala, a dormir junto a los leones y las gacelas.
MANOLO: Entonces, según tú, ¿dónde estamos? ¿En el Purgatorio?
RAMÓN: Podría ser. ¿O es que no has entrado al lavabo de este antro? 
MANOLO: Mira, no me calientes el tarro. Lo único que sé es que aquí nadie sabe nada. Dejémoslo estar.
RAMÓN: Oye, ¿tú no eras detective?
MANOLO (enfatizando): Inspector de policía. Detective… No hay detectives en la policía. ¿Tú en qué mundo vives?
RAMÓN: Eso mismo es lo que me gustaría saber. ¿Nunca has intentado…?
MANOLO: ¿Seguirle la pista al Señor? Sí, claro que estuve investigando cuando llegué aquí, pero… (niega con la cabeza)
RAMÓN: Ya. Tus pesquisas te llevaron a un callejón sin salida. ¿No es eso lo que decís vosotros?
MANOLO: Yo no he dicho eso en mi puta vida. Oye, tú estás muy mal, ¿eh?
RAMÓN: Así que ni rastro de Dios.
MANOLO: Ni de Dios, ni del Espíritu Santo, ni de San Pedro Bendito.
RAMÓN: Y, a pesar de su reticencia a dejarse mostrar, sigues creyendo en Él porque…
MANOLO: Porque tengo fe. ¿Nunca te han explicado qué es la fe? La fe es… creer en algo, pero de verdad, ¿me entiendes? Sin medias tintas. Creer en algo a saco.
RAMÓN: Ajá. ¿Eso es lo que le vas a decir si te encuentras con Él alguna vez? (Golpeándose el pecho con el puño cerrado) “Señor, creo en ti a saco”.
MANOLO: Si alguna vez lo veo… no sé, le daría las gracias por darme la vida, supongo. Ya sé que tú no lo harías, porque crees que la que te dio a ti era una mierda, pero…
RAMÓN: Y la vida después de la muerte también es una mierda. ¿Sabes qué me gustaría? Me gustaría que alguien me invocara en una sesión de espiritismo, y que me preguntara por el Más Allá. Me encantaría eso. “Ramón, ¿puedes decirnos cómo es el Más Allá?”. ¿Sabes qué le contestaría? “¿El Más Allá? El Más Allá es una puta mierda, hombre”. Qué asco, joder. Si pudiera matarme otra vez, lo haría.
MANOLO: ¿Te estás escuchando? No puedes morir otra vez. El alma es inmortal.
RAMÓN: Inmortal, sí. Inmortal e intangible, dicen. Pues a mí me ha salido un forúnculo. Un forúnculo en el alma, hay que joderse. Y al segundo o tercer día de llegar pisé una piedra y me torcí el tobillo. Estuve una semana cojeando. Así que intangible, los cojones. Seguro que al final ni es inmortal ni nada.
MANOLO: Oye, aquí no te sirve de nada pensar de una manera lógica y racional. Los caminos de Dios es lo que tienen. Que son inescrutables.
RAMÓN: ¿Conoces a alguien que haya muerto estando aquí?
MANOLO: No. No de viejo, ni de enfermedad, ni por accidente, ni nada de eso. ¿Adónde quieres ir a parar?
RAMÓN: Escucha, ¿y si tu Dios se encontrara en el siguiente nivel?
MANOLO: ¿Pero tú qué te has creído que es la otra vida? ¿Un puto videojuego?
RAMÓN: Oye, no voy a quedarme aquí el resto de la eternidad sin hacer nada. Estoy muerto, y exijo una explicación (decidido). Voy a matarme otra vez, hombre.
MANOLO: Mira que dices gilipolleces cuando estás borracho.
RAMÓN: No estoy borracho. ¿Guardas tu vieja pistola?
MANOLO: Claro, siempre la llevo encima. Pero, oye, ¿por qué no te olvidas de la pistola y pruebas a ahorcarte? Si después de unos minutos vemos que no pasa nada, te descuelgo y apenas te quedarán marcas.
RAMÓN: ¿Sabes cómo he deseado morir siempre, que no lo puede hacer la primera vez? Aplastado por un piano. Aunque soy consciente de la dificultad de todo el embolado. Tendríamos que enterarnos de alguien que se mudara y que tuviera un piano, y que lo metiera por la ventana de su piso con una polea.
MANOLO: ¿Qué me has dicho, que no estás borracho, o que sí?
RAMÓN: Oye, ¿por qué no lo intentamos? Anda, pégame un tiro.
MANOLO: ¿Ahora?
RAMÓN: Sí, ¿qué pasa? ¿No estás de humor?
MANOLO: Oye, oye, a mí no me metas. Si quieres matarte, ya eres mayorcito, pero apáñatelas tú solo.
RAMÓN: (alarga la mano hacia Manolo): Anda, dame la pistola.
MANOLO: Ramón, esto es absurdo.
RAMÓN: Que sí, hombre, que sí. Dame la pistola.
Manolo suspira. Saca la pistola y se la pasa a Ramón, que quita el seguro y se la pone en la sien.
BARMAN (a Ramón): ¡Oiga! ¿Qué coño está haciendo?
RAMÓN: Tranquilo, Bartolo. Es solo un experimento; será un momentito.
BARMAN: ¿Y después quién lo va a limpiar? ¿Tu amigo?
Ramón mira a Manolo.
MANOLO: A mí no me mires, que mañana quiero levantarme temprano para ir a misa.

3. CALLEJÓN. EXT. NOCHE.
Ha dejado de llover. Ramón tiene la pistola en la sien y los ojos fuertemente cerrados. Traga saliva. Manolo se encuentra a cinco metros frente a él.
MANOLO (un tanto nervioso): Apunta al pecho, mejor.
RAMÓN (abriendo un ojo): ¿Eh?
MANOLO: Imagínate que falla. ¿Qué te hace pensar que quiero cuidar de un puto tío inmortal con media cabeza el resto de la eternidad?
RAMÓN: Ah (coge la pistola con las dos manos y se apunta al centro del pecho).
MANOLO (impaciente): Un poco más a la izquierda, joder.
RAMÓN: Oye, ¿qué quieres? Es solo la segunda vez que me suicido. Y la primera no precisaba tanta técnica.
MANOLO: ¿Quieres acertar en el corazón, o no?
RAMÓN: Manolo, hazlo tú.
MANOLO: ¿Qué? Ni hablar.
RAMÓN: Venga, Manolo, tú sabes cómo va esto.
MANOLO: ¿El qué? ¿Lo de pegarle un tiro en el pecho a un amigo? Pues no.
RAMÓN: Siempre hay una primera vez para todo.
MANOLO: No me hagas esto, Ramón.
RAMÓN: Lo que pasa es que no tienes huevos.
MANOLO (levantando el dedo): No me calientes, Ramón, no me calientes.
RAMÓN: Cagón.
MANOLO: ¡Oye, que no tengo dieciséis años!
RAMÓN (ofreciendo la pistola a Manolo): Venga, Manolo. Hazme ese favor. Será lo último que te pida.
MANOLO: Ni siquiera eso me puedes asegurar.
Ramón mira a Manolo con ojos suplicantes y con la pistola tendida. Manolo suspira y coge la pistola a disgusto. Apunta a Ramón, que cierra los ojos y alza la cabeza.
MANOLO: Ramón… (Ramón  vuelve a abrir un ojo). Que… que para ser un hereje que sólo merece la hoguera, no eres mal tipo.
RAMÓN (conmovido): Gracias, Manolo. Tú tampoco (vuelve a cerrar los ojos con fuerza, temblando).
Manolo aprieta los labios y dispara. Ramón se desploma. Manolo baja lentamente la pistola, horrorizado. Ramón está agonizando.
MANOLO (corriendo hacia Ramón): ¡Ramón! ¡Ramón! (se arrodilla junto a Ramón). Ramón, dime algo. ¿Cómo estás?
RAMÓN (sin resuello): Ahí andamos (tose).
MANOLO: ¿Qué sientes? ¿Ves algo?
RAMÓN: Hay… hay una luz al final de un túnel.
MANOLO: Coño, ¿otra vez?
RAMÓN: Me huele a mí que esto va a ser otra mierda (gime).
MANOLO: ¡Ramón! ¡ Ramón! (Ramón muere). Ramón…

4. CAMPO ABIERTO. EXT. DÍA.
Ramón despierta como de un sueño, apoyado contra el tronco de un árbol. El día es radiante; el silencio, absoluto. Cierra los ojos e inspira profundamente, con una leve sonrisa en los labios. Parece en paz consigo mismo. Entonces, recibe una pedrada en la frente.
RAMÓN (llevándose las manos a la frente): Pero… ¡¡Coño!!
Abre los ojos y ve a escasos metros de distancia a un NIÑO de unos 10 años con pantalón corto parado frente a él.
RAMÓN: ¡Niño! ¡En tu puta madre me cago!
NIÑO (a todas luces escasamente arrepentido): Perdone. No sabía si estaba…
RAMÓN (levantándose): Ya, ya. Joder. Oye, niño, ¿tú sabes dónde estamos?
NIÑO: En… ¿el campo?
RAMÓN: Cojonudo.
Manolo aparece detrás de Ramón, un tanto soliviantado.
MANOLO: ¡Ramón!
RAMÓN (se lleva un susto de muerte): ¡Hostia! (ve a Manolo). ¡Manolo! ¿Qué coño haces tú aquí?
MANOLO: No sé, me entró pánico y, bueno, me… me volé la cabeza.
RAMÓN (molesto): Ah, conque la cabeza. Tu sí, ¿no? Yo no puedo volarme la cabeza, pero tú sí. Yo tengo que recibir un disparo en el pecho. ¿Tú sabes el mal rato que he pasado, lo que duele eso, cojones?
MANOLO: Hombre, ya que he visto que funcionaba, he ido a lo seguro.
RAMÓN: A lo seguro, a lo seguro… ¡Contento me tienes!
MANOLO: Bueno, ¿dónde estamos?
RAMÓN: Y yo qué sé (al niño): Chaval, ¿Dios está por aquí?
NIÑO: ¿Quién?
RAMÓN: Dios. Uno así con barbas.
El niño encoge los hombros.
MANOLO: Pero, hombre, dale más datos.
RAMÓN (no muy convencido): Así, con una túnica blanca… que siempre va en sandalias… vamos, digo yo…
NIÑO: No me suena. Vivo en un pueblo pequeño, y allí se conoce todo el mundo.
RAMÓN (para sí): Anda que estamos aviados.
MANOLO: ¿Y ahora qué hacemos?
RAMÓN: ¿Tienes la pistola?
MANOLO: Pero, hombre, ¿otra vez?
RAMÓN (suspira): Niño, ¿queda muy lejos tu pueblo?
NIÑO: Que va. Aquí al lado.
RAMÓN (a Manolo): Vamos a tomar algo y luego ya veremos. (Al niño) ¿Nos llevas allí?
El niño asiente y echa andar. Manolo y  Ramón lo siguen.
RAMÓN (mientras se alejan): Así que un tiro en la cabeza. ¿Sentiste algo?
MANOLO: No, que va. Fue algo instantáneo.
RAMÓN: Serás cabrón.