lunes 28 de diciembre de 2009

Doscientos años hablando de nada en particular

Real de plata de 1809 con la efigie de Fernando VII de venta en eBay. 150 euros al tocotoco.

El Nacimiento de Un beso de buenas noches de mil demonios

Estimados inflapapas:
Parece mentira…
-Es que es mentira –dijo uno que estaba pidiendo a gritos ser agredido con una tostadora.
-Jean Claude, ¿de dónde ha salido ese imbécil? –pregunté a mi sagaz mayordomo, que había salido esa mañana a captar público para mi conferencia.
-Cuando lo encontré, estaba recogiendo ropa en la parroquia, milord.
-Jean Claude, ¿qué entendiste exactamente cuando te dije “Tráeme gente con altas miras intelectuales”?
-Oiga, ¿es aquí donde dan la metadona? –preguntó uno con aspecto de haber pasado la noche en una charca.
Como iba diciendo, parece mentira que Un beso de buenas noches de mil demonios haya cumplido ya la friolera de doscientos años. Fue allá en las Navidades de 1809 cuando mi antepasado Ramiro de la Sangre y Besos inició una tradición que ha pasado de tíos abuelos a sobrinos nietos, y así será hasta que el cuerpo del último Sangre y Besos sea encontrado en un maizal a cierta distancia de su aparato digestivo, tal y como predijo a principios del siglo XX Ignacio de la Sangre y Besos, apodado “el Majara”, que desde que metió un pie en el orinal dedicó el resto de su vida a intentar desarrollar la facultad de ver en la oscuridad.
El primer número de Un beso de buenas noches de mil demonios tuvo una repercusión muy limitada, más que nada porque Ramiro lo redactó a mano con lo que creyó era tinta invisible, pero que en realidad se trataba de aire. “Y yo mojando la pluma en un tintero vacío, como un imbécil”, relata Ramiro en sus Memorias, que él creía haber escrito cuando en realidad había olvidado hacerlo. “¿Has recibido mis Memorias?”, le dijo su editor en su lecho de muerte. “Te las envíe por correo”. “Lo que me has enviado es un calcetín”, contestó su editor. “Ah, ya decía yo que tenía un par cojo”. “Pues lo he tirado a la basura”. “Valiente faena”. Y así hasta que murió.
Según Ramiro, Un beso de buenas noches de mil demonios nació en respuesta a la invasión de las hordas napoleónicas, que se pasaban todos los días por su casa a las nueve de la mañana para despertarlo.
-Oiga, que somos las hordas napoleónicas, así que a ver si hace el favor de levantarse.
-Ay, no, un ratito más.
-Que estamos en plena invasión, oiga. A ver si ahora lo vamos a invadir todo menos su casa. Estaríamos buenos, hombre.
La intransigente actitud de las hordas inflamó la cólera de Ramiro, que escribió el número dos de Un beso de buenas noches de mil demonios en uno de los lados de una caja de cartón. El ejemplar en cuestión (que acabó en la chimenea esa misma noche, ya que el padre de Ramiro estaba harto de la afición de su hijo a amontonar porquerías que encontraba en la basura) constaba básicamente de una feroz arenga contra los ejércitos napoleónicos, a los que se atrevía a llamar “moñas” y “gaznápiros” a sabiendas de que la primera palabra carecía de correspondencia directa en francés y la segunda podía interpretarse fácilmente como el nombre de un ave. Temiendo represalias, Ramiro redactó a continuación un poema de su invención, titulado Volverán los oscuros gaznápiros, para alimentar la confusión (los Sangre y Besos nunca hemos sido conocidos por nuestro arrojo. En 1945, Jacinto de la Sangre y Besos trató de atentar contra la vida de Franco lanzándole un manojo de rosas, lo cual no fue tomado por el Régimen como un atentado en absoluto. De hecho, ningún Sangre y Besos ha estado jamás en la cárcel, a pesar de la loable actitud antisistema que ha motivado a nuestra familia. Tampoco hace falta decir que ningún Sangre y Besos ha pasado jamás a la posteridad, a pesar de la elogiosa mención que se hace de nuestro linaje en el número 1.563 de la voluminosa publicación semanal Idiotas de España). Ramiro completó esta segunda entrega de Un beso… con la desafortunadamente inconclusa pieza titulada “Vendo palangana en buen estado”, que, según el historiador familiar Alfonso de la Sangre y Besos (mi predecesor), de haberse finalizado podría haber supuesto un punto y aparte en la Historia de las Letras Hispánicas, teoría que le valió una bochornosa expulsión de la cafetería de la Real Academia de la Lengua, institución en la que nunca llegó a ingresar a pesar de haber publicado dos obras: “Mi mamá me mima” y la mucho más ambiciosa “Ese señor tiene un sombrero amarillo”, donde había incluido muchos adjetivos calificativos. Según un interesante estudio realizado por Alfonso con la colaboración de una maceta de geranios, “Vendo palangana en buen estado” y su también inconclusa continuación (publicada en el número 5 de Un beso…) “Vendo palangana con ligeros desconchones”, formaban parte de una proyectada trilogía completada por “Vendo palangana seriamente abollada”, proyecto del que el propio autor original no tenía ni idea.
El tercer número de Un beso de buenas noches de mil demonios fue escrito por Ramiro en varios crucigramas (pasatiempo que no fue inventado hasta 1913, varios lustros después del deceso de Ramiro; si algo tenemos en común todos los componentes de la dinastía Sangre y Besos es nuestro absoluto desprecio por la línea temporal y nuestra alarmante facilidad para dar con la suela del zapato en una boñiga fresca, aunque eso, como casi todo lo demás, no venga al caso. Se dice que, a finales del siglo XIX, Esteban de la Sangre y Besos juraba haber inventado la máquina del tiempo, y a tal efecto publicó, en su último número de Un beso… la siguiente esquela: “Esteban de la Sangre y Besos. 1853-1714”, maniobra con que confundió a sus detractores hasta que estos se lo encontraron al día siguiente comprando el pan y dos bollos de hamburguesas). El primero de los Sangre y Besos aprovechó de los crucigramas incluso las casillas negras, razón por la cual su artículo principal lleva por título “T dos l s fr nce es s n u os mamones”, palabra esta última escrita en la segunda línea horizontal, que mostraba alegremente una inmisericorde abundancia en materia de casillas blancas. El misterio que envolvía el artículo de relleno de este número, “V ndo p langana co lgu as anchas d óxi o”, resultaba indescifrable incluso para Alfonso y su maceta de geranios, cuya única aportación al equipo de trabajo, en honor a la verdad, consistió en un poco de polen.
El número 4 de Un beso de buenas noches de mil demonios disfrutó de dos ediciones: una en papel de envolver churros y otra escrita con el dedo en el vaho de una ventana. Ni que decir tiene que la edición del papel de churros tuvo una repercusión ligeramente mayor, y además causó gran impacto en mi predecesor Alfonso. “Esta edición hace gala de un diseño postmoderno un siglo adelantado a su tiempo, por lo menos”, dijo refiriéndose al particular grafismo de la edición, posteriormente identificado como manchurrones de aceite. Un incendio en la churrería acabó con la mayor parte de la tirada (que constaba de ocho ejemplares manuscritos, uno de ellos con la mano izquierda debido a una imprevista tendinitis en la muñeca), así que sólo uno ha sobrevivido hasta nuestros días, muy deteriorado por culpa de un veterinario amigo de Alfonso, que utilizó el ejemplar para manipular los excrementos de un caballo enfermo.
Al fin, Ramiro sopesó la conveniencia de publicar su panfleto en papel del normal y llevarlo a una imprenta, pero para entonces los franceses ya se habían largado de España y no le quedaba nada por lo que protestar, y así, inaugurando un sistema de trabajo que fue imitado por todos sus sucesores, se enfrentó a la página en blanco y exclamó: “Ah, a tomar por culo”. Y con el artículo titulado “Por qué los hombres decimos que si fuéramos mujeres nos haríamos lesbianas”, nació el verdadero espíritu de Un beso de buenas noches de mil demonios, que a punto estuvo de llamarse a partir de entonces “Todo lo que sé sobre nada en particular”.

miércoles 23 de diciembre de 2009

¿Conoce usted su ojete? Capítulo 46: El Evangelio según se mire (Versículo 7)

Y aquel que respondía al nombre de Sargento Jerónimo Castaña pero era conocido por unos pocos hijos de puta como Poli Cabrón descolgó su teléfono móvil y preguntó:

-¿Quién es?
-Buenos días, señor. Le llamo de PhoneStar para ofertarle un móvil con un montón de polladas. GPS, Bluetooth, MP5, Wifi y no sé qué más.
-No, gracias; yo, con que llame y reciba llamadas y me sirva como despertador, voy que ardo -contestó el Sargento-. Todo lo demás me trae por culo.
-Que el que le estamos ofreciendo tiene rayos X, también.
-No le veo la utilidad. ¿Por qué querría llevar yo una mierda de artefacto radiactivo pegado a los huevos?
-No, hombre; no rayos X de verdad. Tiene rayos X, pero rayos X de los guays; de esos de ver las tetas a la gente.
-Ya. Oiga, ¿y no tienen uno con rayos láser? De los de hacer boquetes en las paredes, quiero decir; no de esos que proyectan un punto rojo y se utilizan para poner de los nervios al gato y a los que pasan debajo de tu ventana –explicó el Poli Cabrón-. Que no lo critico, entiéndame; cada uno puede hacer con su puntero láser lo que le salga de la punta de la minga, pero como que a mí esas soplapolleces me soplan la polla –que, por otra parte, es el cometido habitual de las soplapolleces.
-Veo que es usted un hombre eminentemente práctico. Verá, el modelo que usted solicita lo teníamos antes, pero ese tipo de tecnología la prohibieron por ilegal.
-No la pueden prohibir por ilegal –afirmó el Poli Cabrón-. Si algo es ilegal, está intrínsecamente prohibido, no sé si me entiende.
-¿Y a mí que me cuenta? A ver si se ha creído que soy Perry Mason.
-Oiga, le voy a colgar, ¿vale? Porque veo que si sigo hablando con usted voy a tener que salir a comprar una pomada antiinflamatoria para los cojones –y el Poli Cabrón colgó. Y, medio minuto después…
¡¡¡Dame veneno, que quiero morir, dame veneeeeenooooo…!!! –el mismo número.
-¡Me cago en la sota de bastos! –gritó el Sargento al teléfono- ¡Que estoy razonablemente satisfecho con mi compañía telefónica, hostia ya!
-Ah, jaja, si serás pringado –dije al otro lado de la línea.
-¿Eras tú? No había reconocido tu número con el prefijo. ¿Dónde te metes?
-En Arabia Saudí.
-¿Y me llamas desde Oriente Medio para gastarme una puta bromita telefónica?
-Pregúntale si come bien y si se está abrigando –oí decir a Pandulfo.
-Y ya que estamos –siguió diciendo el Poli Cabrón-, ¿qué cojones estás haciendo allí? ¿Tú no estabas en Egipto?
-Hasta hace un rato, sí –contesté-. Pero me apetecía andar, y, bueno.
-¿Debo deducir que el milagrito de los huevos ha salido bien?
-Ni te lo imaginas. Es lo más emocionante que me ha pasado desde que vi a aquellas dos lesbianas enrollándose a lo lejos.
-Si, bueno, casi lamento habérmelo perdido –confesó el Poli Cabrón-. Que las aguas del Mar Rojo se partan por la mitad no debe ser algo que se vea todos los días.
-Creo que el Papa lo ha grabado con el móvil. Lo mismo a estas horas ya está colgado en Internet.
-Yo de esas cosas no entiendo. A mí que me lo grabe en una cinta y a tomar por culo.
-Pues la última vez que lo vi estaba echando espuma por la boca y creo que tenía la pretensión de torturarme hasta la muerte en una brutal sesión de exorcismo, así que esperaré un par de semanas a llamarle, si eso.
-No se ha tomado bien lo de tu prodigioso falo, ¿eh?
-No, hombre, se ha alegrado un montón. Creo que le ha dado una angina de pecho, de la emoción.
-¿Y ahora qué vas a hacer?
-Pues no sé; voy a ver si puedo teleportarme de vuelta –confesé sin rubor-. ¿Está el Espíritu Santo por ahí? A ver si me puede echar una mano…
-No, no. Suele quedarse en su habitación y esperar a que le subamos la bebida del bar. Además, ahora mismo está corrigiendo tu borrador de sermón con el Narrador Omnisciente.
-¿Qué cojones le pasa a mi sermón? Yo creo que está bien como está.
-Sí, bueno; eso mejor lo hablas con él. A mí no me calientes la cabeza.
-Pues pásame con Ramone, si está por ahí.
-Ramone ha ido a concertar el sitio para el sermón.
-Joder. Bueno a ver si encuentras a Uriel para que me diga cómo coño salgo de aquí.
-Pandulfo quiere hablar contigo.
-No, déjalo…
-Oye –dijo Pandulfo.
-Pandulfo, me quedan menos de tres euros de saldo y estoy llamando desde Arabia Saudí, así qué…
-¿Qué tiempo hace por allí?
-Ha estado lloviendo toda la mañana, pero ahora parece que está aclarando… Oye, pásame al Sargento Castaña, ¿quieres?
-¿Me vas a traer algo? ¿Algo del tipo “Estuve en Arabia Saudí y me acordé de ti”?
-No, si acordarme de ti me estoy acordando, y de todos tus muertos. ¿Me quieres pasar al Poli Cabrón de una puta vez?
-Por alusiones: ¡¡¡Cabrón tu puto padre!!! –exclamó el Sargento.
-Acabo de poner el manos libres –dijo Pandulfo.
-No, ya.
-Bueno, que tengas cuidado y que no llegues tarde –se despidió Pandulfo-. Y que no te fíes de nadie, ¿eh? Si uno se acerca y te dice que quiere enseñarte una cosita, tú no le hagas caso.
-Que sí, hombre, que sí, que te jodan.
-Aquí viene Uriel –dijo el Poli Cabrón desactivando el puto manos libres.
-¿Sí? –dijo el exarcángel.
-Uriel.
-¿Señor?
-Eh, Uriel, ¿nos vemos luego en el spa? –preguntó a lo lejos una de esas voces femeninas que te dejan como lacio.
-Claro, Verónica –contestó Uriel.
-¿Quién es Verónica? –inquirí.
-Una amiga, señor.
-¿Una amiga? ¿Y cómo es?
-Muy simpática, señor.
-¿Muy simpática? ¿De esas que te dicen “introdúceme el puño en la vagina” con una sonrisa?
-Pues no lo sé, señor. Todavía no hemos llegado a ese punto en nuestra relación.
-¿Todavía no habéis llegado al punto de introducirle el puño en la vagina?
-Bueno, las relaciones con el sexo opuesto todavía son un terreno inexplorado para mí. ¿Cree que debería hacerlo?
-¿Introducirle el puño en la vagina? Naturalmente. No de golpe, claro. Plantéale el tema con mucho tacto.
-Ah. Algo así como “Verónica, ¿me dejarías introducir mi puño en tu vagina?”
-¡¿De qué cojones estáis hablando?! –bramó el Poli Cabrón.
-No estoy muy seguro, Sargento –contestó Uriel-. Creo que de sexo.
-¡¿Y, en vez de eso, por qué no le ayudas a teleportarse de una vez?!
-Hasta luego, Uriel –dijo otra voz femenina-. Te veo luego en la terraza.
-Claro, Noemí.
-¿Quién es Noemí?
-Otra amiga. Debe ser más amiga que Verónica, porque a ésta le he visto las tetas en la playa.
-Es la primera vez que te oigo decir “tetas”.
-¿Lo he dicho mal?
-No, no; que va –suspiré-. Nuestro Uriel se nos está despabilando. Y pensar que hasta hace unos días no tenía ni polla…
-¿Quería teleportarse, señor?
-Eh, sí, sí. ¿Puedes ayudarme?
-Lo intentaré. ¿Se encuentra muy lejos?
-Huy, en el quinto coño.
-¿Dónde queda eso?
-En Arabia Saudí; allá por Oriente Medio.
-Vale. Mmmm… A ver cómo era… Cierre los ojos con fuerza y apriete las mandíbulas.
-Ñieeeeggggg…
-¿Se está desvaneciendo?
-Pues no; pero me acabo de tirar un cuesco que para qué te voy a contar. Ay, qué a gusto me he quedado.
-¿No ha cambiado de lugar?
-No. A no ser que me haya teleportado a otro lugar de Oriente Medio con un montón de árabes tapándose la nariz a mi alrededor y mirándome como si me quisieran eviscerar. Y yo que creía que aquí un pedo no se iba a notar mucho… -el año que viene me pago un Máster en Relaciones Internacionales sin falta.
-Mmmm… Ah, claro. Falta algo. Hágalo otra vez, pero esta vez concéntrese en el lugar donde le gustaría estar.
-Vale. Ñieeeeegggg… -esta vez funcionó.
No, woman, no cry…
-¿Lo ha conseguido?
-Sí. Coño, qué fácil. No se me ha ido ni la cobertura.
-Pues no le veo por ningún lado. ¿De dónde sale esa música?
-De un altavoz en la playa.
-Ah, espere, que me asomo al balcón –y, después de unos segundos-: Sigo sin verle.
-Yo a ti tampoco. Y la vegetación no me deja ver el hotel.
-Descríbame su posición.
-Pues… hay palmeras, y rastafaris.
-¿Qué es un rastafari? ¿Otro árbol?
-No; un seguidor del rastafarismo.
-Ah –dijo Uriel-. Y… ¿y cómo se les reconoce, señor?
-Por los dreadlocks.
-Señor, llegué a la Tierra hace sólo unos días y esta conversación no resulta esclarecedora en absoluto.
-Mierda. He venido a parar a Kingston.
-Vaya por Dios.
-¿Qué pasa? –preguntó Pandulfo.
-Está en Kingston.
-Dile que me traiga algo.
-¿Eso queda muy lejos de Ibiza, señor?
-Hombre, espiritualmente hablando, creo que no.
-¿Y geográficamente hablando?
-Huy, a tomar por culo.
-¿Y qué está más lejos, A tomar por culo o El quinto coño?
-Ya sé lo que ha pasado –afirmé-. Estaba ahí yo muy concentrado, ¿sabes? Y se me ha ocurrido “Anda, que no hace tiempo que no fumo porros ni nada”. Ha sido un pensamiento peregrino, ¿entiendes? De esos que te pasan por la cabeza sin saber por qué.
-Pues ese pensamiento le ha desviado de su trayectoria. La teleportación es un sistema de transporte muy delicado, señor.
-Bueno, no te preocupes. Ahora ya sé cómo se hace. En un minuto estoy allí –y colgué.
Dos horas después, llegué al bar del hotel borracho y algo fumado.
-¿Dónde te habías metido? –preguntó el Poli Cabrón.
-Pues nada, es que unos colegas me han liado y… –me senté a su lado.
-¿Unos colegas? ¡Estabas en Jamaica! ¿A quién coño conoces tú en Jamaica?
-¿Me has traído algo? –dijo Pandulfo.
-Sí, sí. Te he comprado costo.
-¡¿Has parado en Jamaica para pillar grifa?!
-Espero que sea mejor que esa mierda de agua bendita que tienen en el Vaticano, que ni coloca ni nada –dijo Pandulfo.
-¿Intentaste emborracharte con agua bendita? –pregunté.
-Hombre, como soy un demonio y eso, pues me dije “voy a beber un poco de agua bendita, a ver si tengo suerte y me sienta mal”, pero nada.
-Estoy rodeado de subnormales –esta es la idea que tiene el Poli Cabrón de una crítica constructiva.
-¿Sabéis que en Jamaica creen que la segunda venida de Cristo se produjo hace un montón de años? Por lo visto era un rey de Etiopía o no sé qué –expliqué.
-¿Eso te lo han contado tus amiguitos drogadictos? –preguntó el Poli Cabrón.
-Señor –se acercó Uriel-. El Espíritu Santo reclama su presencia.
-Mierda. ¿Tengo los ojos muy colorados?
-Y te canta el aliento cosa fina –observó el Poli Cabrón.
-¿Se me nota mucho que he estado bebiendo y fumando porros?
-Hombre, yo creo que si te lavas la cara y te limpias los restos de vómito de la camisa…
-Ah, bueno; a tomar por saco –me levanté tambaleante-. Los mesías van siempre hechos un asco.

-¡¿De dónde vienes así?! –bramó el Espíritu Santo una vez llegué a mi habitación.
-El Papa me quiere matar –dije a modo de excusa.
-¡No cambies de tema! ¡Desecho! ¡Yonqui!
-Es que me ha debido sentar mal el porro.
-¡Basura! ¡Piltrafa!
-¿Me has oído? El Papa cree que soy un enviado de Satanás.
-¿Y qué esperabas, con la pinta de… de enganchado que tienes? ¡Drogata! ¡Tío mierda!
-¡Eh! ¡Eh! ¡No te pases! –“Tío mierda” es el insulto que más rabia me da del mundo.
-Anda, date una ducha, que estás… que estás… enyonkadito perdido.
-Que no, coño, que estoy bien –afirmación rápidamente desmentida por el mocarro que colgaba de mi nariz-. ¡Snif! ¿Ya has corregido las faltas de ortografía de mi sermón?
-¿Las faltas de ortografía? ¡El Narrador y yo lo hemos tenido que rehacer entero! ¡Anda que no nos ha costado trabajito ni nada!
-¿Qué le pasaba? Yo lo encuentro muy inspirado.
-Huy, sí, inspirado que te cagas. ¿No te diste cuenta que en el primer párrafo habías escrito tres veces la palabra “cojones”?
-Ya veo –vi-. Quieres decir que me repito demasiado. Mmm… quizá debería incluir un “cipote” entre “cojones” y “cojones”.
-¡¿Qué cipote ni cipote?! ¡Es un sermón religioso, descerebrado! ¡¿Cómo se te ocurre poner las palabras “Dios” y “cojones” en la misma frase?!
-Es para dar énfasis a mi discurso –afirmé-. Sencillamente, he sustituido la palabra “Amén” por “Cojones”. “Alabemos al señor, Cojones”. Dicho así, te sientes como obligado a alabar al Señor, no sé si captas el matiz.
-Sí, bueno, pues tus recursos estilísticos no me convencen una mierda. Y también tengo ciertos reparos con tu enfoque de la sodomía.
-Bueno, me dijiste que metiera cosas de la Biblia –me defendí-. Y no sé a ti, pero lo que es a mí toda la parte de Job me parece un puto coñazo. ¿Y los Hechos de los Apóstoles, dónde te los dejas? Menuda fantasmada. Por no hablar de los Salmos, que los dejé en el número diecisiete.
-¡Pero, coño, es que le dedicas cincuenta líneas al sexo anal! ¡Cincuenta líneas! ¡¡En un discurso sobre la Salvación de las Almas!! –y añadió-: ¡¡Capullo!!
-Sí, bueno; es que, cuando un tema me entusiasma, me cuesta echar el freno. Digamos que mi pluma se desbocó –miré hacia atrás, no fuera a ser que anduviera Ramone rondando por allí.
-Pues lo hemos suprimido –dijo el Espíritu Santo-. Ah, y no puedes empezar con un “Me ha pasado una cosa muy graciosa mientras venía hacia aquí”.
-Es para quitarle un poco de hierro a todo este rollo del Fin del Mundo –me justifiqué-. Llámame soñador, si quieres, pero, si el noventa y nueve por ciento de la Humanidad tiene que morir de una forma horrible, al menos que lo haga con una sonrisa en los labios.
-“Me ha pasado una cosa muy graciosa mientras venía hacia aquí” –leyó el Espíritu-. “He pisado un boñigo”. Para descojonarse.
-Bueno, es que pienso pisar un boñigo cuando vaya hacia allí y enseñárselo a la gente –aclaré-. Eso es lo que en mi pueblo se conoce como “performance”.
-¡¡No vas a mostrar una ñorda a nadie!! ¡¡Vas a hablar de las ventajas de creer en Dios y a venderles el Cielo!! ¡¡Y punto!!
En ese momento entró Ramone sin pegar a la puerta, como era su costumbre.
-¡¡Ayvirgensantísima!! ¡¡¿Qué le pasado a tu anteriormente divino traje?!!
-Pues nada; he vomitado encima, le derramé algo de vino, le hice algunas quemaduras con la llama de un canuto… Lo normal.
-¿Has visto cómo me viene? –dijo el Espíritu Santo-. Ahí, hartito de crack, el mamón.
-Ay Dios, ay Dios, ay Dios… ¡¿Qué te vas a poner ahora para predicar?!
-Lo de siempre: la chupa de cuero, las botas militares, los pantalones vaqueros, la camiseta esa que pone “Un beso de buenas noches de mil demonios”…
-Bueno, a lo mejor te viene al pelo… -murmuró Ramone.
-¿Le has conseguido el sitio para el sermón? –graznó el Espíritu Santo.
-Oh, sisisisisí. Va a estrenarse como predicador en el estadio de fútbol delante de ocho mil asistentes.
-Anda, mira qué bien –convino el Espíritu Santo.
-Mañana a las seis de la tarde –me comunicó Ramone-. Eres el telonero de un grupo punk llamado “Los Cabrones Malparidos”.
-Ah, muy bien –el Espíritu Santo me miró-. Así, de paso, te culturizas.

¡El primer mesías que salva tu alma y luego te escupe! ¿Cómo afrontará nuestro héroe su primer sermón? ¿El público se mostrará receptivo o le tirarán botellas? ¿Se ceñirá a la versión corregida del sermón que le hemos preparado el Espíritu y yo o se la pasará por el forro de los cojones?

-Que no, hombre, que haré la vuestra.

Sí, ya, y un cipote. ¡Todo esto y apártate de la vía del tren, que mira que había buenos sitios donde cagar, en el Capítulo 47 de ¿Conoce usted su ojete?!

jueves 10 de diciembre de 2009

¿Conoce usted su ojete? Capítulo 45: El Evangelio según se mire (Versículo 6)

Y aquel que te juro por San Pedo el de las Tortas era el Nuevo Mesías se introdujo en el Mar Rojo hasta que el agua le cubrió generosamente las rodillas y reflexionó:

-Joder, se me van a quedar los huevos como dos avellanas.
-¿Ya te rajaste, chingón? –pregunto Su Santidad el Papa Pancho I desde la orilla.
-Que no, hombre, que no. Que te he dicho que separo las aguas del Mar Rojo con la punta del cipote y las separo. Anda, que no soy yo nadie cuando se me planta algo en los cojones…
Tengo que confesar que lo de bocazas me viene a mí de chiquitito. No me avergüenza decir que antes de llegar al instituto creía estar ya de vuelta de todo. “Paso”, le decía yo a mis colegas cuando me invitaban a jugar a las chapas en el patio del colegio. Y añadía crípticamente, “Yo ya he vivido mucho”. Ni que decir tiene que esa petulante seguridad en mí mismo me condujo a no pocas decepciones: a los doce años creía haber desentrañado el sentido de la vida, pero me llevé un susto de muerte al descubrir que me estaba empezando a crecer pelusilla en los testículos.
-¡¡¡Madre!!!
-¡¡¡Hijo!!! –exclamó mi madre al reconocerme de inmediato-. ¡Por poco se me cae el potaje de garbanzos al suelo! ¿Qué te pasa? ¿Ya has experimentado otra de tus súbitas epifanías, como las llamas tú?
-Podría decirse, amantísima madre –yo era muy pedante antes de dejarme caer en los dulces brazos de las drogas blandas-. No he podido evitar darme cuenta de que un leve manto de fino vello está empezando a cubrir mi escroto. ¿Deberíamos avisar a un facultativo?
-Hijo mío, tú eres muy tonto.
La sentencia de mi madre rebotaba en las paredes de mi espacioso cráneo –que, según mi padre, todavía disponía de sitio para albergar un segundo cerebro- mientras me bajaba los pantalones, dispuesto a partir en dos todo un mar de un golpe de nabo. Añadiré que, para colmo de males, me encontraba más solo que la una, ya que Su Santidad me había negado la compañía de ningún miembro de mi camarilla, aduciendo que debía realizar mi truco sin ayudantes; como si Jean-Claude o el Poli Cabrón pudieran echarme una mano para levantar dos inmensas columnas de agua y dejar un improvisado caminito de tierra en medio del Mar Rojo.
-Con que al Papa se le iban a caer los pañales al suelo nada más verme llegar –le dije a Ramone en el hotel, justo antes de volar hacia Egipto.
-El Papa en persona va a viajar contigo desde Ibiza hasta el Mar Rojo sólo para verte el badajo –argumentó Ramone-. Se podría decir que la operación ha sido un éxito, cariño.
-No me digas. ¿No se supone que tenía que caer al suelo babeando en éxtasis o algo así?
-Nonononono. Yo no te dije eso. Querido, nuestra verdadera misión aquí, tu objetivo como Mesías, consiste en llamar la atención de todo el mundo, no necesariamente para bien. En el fondo, da igual que te amen o te quieran matar.
-Te dará igual a ti.
-Lo importante es dar que hablar –Ramone hizo oídos sordos-. Realmente no nos interesaba que convencieras de nada al Papa; queríamos que tu sola presencia lo impactara.
-Ahora que lo dices, me miraba como si un meteorito hubiera aterrizado en mitad de la sala de audiencias.
-De eso se trataba, de eso se trataba –dijo Ramone-. Ahora, vete a Egipto a abrir las aguas del Mar Rojo con la verga, piratón.
-¿Sabes? Suena diferente cuando te lo dice un peluquero mariquita. No parece tan complicado, no sé si me explico –me animé.

-¿Puedo hacer milagros con la polla? –le pregunté al Espíritu Santo un rato después.
El pájaro suspiró.
-Sabía que algún día llegaría este momento –dijo.
-¿El momento en que yo te preguntaría si podía hacer milagros con la polla?
-Sí, bueno. Te calé nada más verte.
-¿Puedo, o no? Quiero decir, nunca me habéis explicado cual es mi nivel de poder. ¿Estoy más cerca de Superman o de Spiderman?
-¿Quién es más poderoso?
-Hombre, Superman. Superman puede salvar el mundo con la punta del cipote –dije a modo de resumen de las cualidades del mayor superhéroe de la Historia-. A Spiderman no lo respeta nadie y se lleva una manta de palos cada dos por tres. Hostia –caí en la cuenta-. Me acabo de fijar en que Cristo es más como Spiderman, tú. Peter Parker es… Jesucristo.
-Es que, verás, Dios es el que te administra los poderes. Sí Él lo ve conveniente, te abrirá el grifo para que puedas demostrarle al Papa que eres el verdadero Mesías.
-¿Y lo hará?
-Yo qué sé. ¿A mí qué me cuentas?
-Pero vamos a ver. ¿No se supone que Tú, Él y el Hijo sois uno y el mismo?
-Mira, mira, no me vengas ahora con ese rollo de la Santísima Trinidad, que siempre me hago la picha un lío. Si quieres consultarle algo, hazlo directamente, que yo me voy a echar un rato.

-Señor –dije en la soledad del cuarto de baño de mi habitación-. Señor, ¿estás ahí?
Nada. El tristemente famoso Silencio de Dios.
-¿Señor? Ejem, ¿Padre? ¿Altísimo?
-Mojo picón, mojo picón… -empezó a llegarme lo que supuse El Desafinado Canturreo en la Ducha de Dios.
-¿Señor?
-… la rica salsa canaria se llama mojo picón… -cada vez más alto y nítido.
-Ejem, Señor.
-…
-Señor, soy yo. Tu Elegido.
-¡¡Contento me tienes!! –bramó la voz incorpórea de Dios-. ¡¡Lengüetón!! ¡¡Descerebrado!!
-Sí, sí –asentí con protocolaria humildad-. Entiendo que estés hecho un verraco, oh, Señor de Todo lo que Existe, pero permíteme apelar a tu infinita misericordia para solicitar tu ayuda en este mal trance.
-¿Que te ayude a qué? ¿A mancillar la leyenda del valeroso Moisés con tu sucio pepino?
-Venga, hombre; seguro que algo así no supone ninguna dificultad para un ser omnipotente. Eso lo haces tú con…
-¡¡No lo digas!! –aulló Dios-. Hijo mío, he hecho muchas cosas en todos estos millones de años de existencia… He creado el Universo, he moldeado al hombre, os he enviado plagas a punta pala… ¡¡Pero nunca se me ha ocurrido otorgar poderes mágicos al cipote de nadie!! ¡¡¿En qué estabas pensando?!! ¡¡Mastuerzo!!
-¿Me vas a dejar tirado?
-Todavía no lo he pensado, aunque ganas no me faltan.
-¿Serías capaz de dejar a tu Mesías a la altura de una mierda delante del puto Papa de Ibiza?
-Ya veremos. Los caminos de Dios son inescrutables.
-Dices eso siempre que no te sale de los huevos dar explicaciones –observé.
-Te voy a dejar con la intriga, por cabrón –dijo el Alfa y el Omega-. Y ahora a cascarla, que se me está quedando el culo helado.
-Bueno, cuelga tú.
-¡¡Que te follen!!
-Amén, no te jode.

-¿No vas a entrenar un poco? –me preguntó el Narrador Omnisciente al poco rato en el bar.
-¿Con el nuflo, quieres decir?
-¿Qué?
-El nardo.
-Ah, sí. ¿No lo vas a ejercitar?
-Bueno, no sé. ¿Qué quieres que haga? ¿Qué suba las escaleras con la polla?
-No, pero podrías probar a partir cosas con ella.
-¿Cómo qué?
-No sé. Cocos, por ejemplo.
-¿Pretendes que parta cocos con el nabo?
-Hombre, por algo tendrás que empezar –dijo el Narrador-. ¿Tú no has visto a esos ninjas que parten una torre de ladrillos de un golpe?
-Sí. Con el canto de la mano, Narrador, no con la punta del trócolo.
-Lo mismo será, digo yo. Los ninjas entrenan todo su cuerpo. Los hay que fortalecen su falo colgándose pesos del prepucio y todo. Te digo yo que esa gente puede ponerse la polla realmente dura sólo a base de entrenamiento y concentración.
-Sí, claro. Para tener algo con lo que pegar si los atan de pies y manos, ¿no? ¿Dónde has visto tú eso? En “Las Aventuras del Invencible Polla de Hierro”?
-Ésa era una de kung fu, ¿no?
-Sí, la segunda parte de “El Luchador Manco y Cojo”, no te jode.
-Lo único que digo es que deberías ir probando con cosas más manejables, como sandías o ceniceros; cosas más susceptibles de partirse de un pollazo que el Mar Rojo.
-Llevo todo el día sin cascarme una manola. Esperemos que eso sea suficiente.

-¿Todavía la tienes lacia, pendejo? –me preguntó Su Santidad.
-Verá, es que siempre me ha resultado muy difícil empalmarme mientras un Papa me observa fijamente. Llámeme delicado, si quiere.
-Esto me está llevando mucho tiempo –afirmó Pancho I-. En circunstancias normales, ya llevaría dos horas encerrado en mi habitación en austero retiro.
-¿Jugando a la PlayStationTM?
-¡Hablando con Dios, chingón!
-Tú no has hablado con Dios en tu puta vida.
-¡¿Cómo te atreves, lombriz de agua puerca?!
-El Creador se ha emborrachado en el coche de mi padre, ¿sabes?
-¡¡¿Que qué?!!
-Y no sabes la de veces que me ha puteado. Tiene un genio que no veas, el cabrón –dije mirando al Cielo-. Supongo que no soy exactamente el Mesías que quería. Supongo que estaba buscando uno que no bajara al Infierno y se follara a Lucifer.
-¡¿De qué estás hablando, hereje?!
-Aunque creo que en el fondo me aprecia igual que yo a Él, y sabe que, de alguna manera, estoy haciendo lo correcto. ¡Mírame, Señor! –exclamé al cielo-. ¡Estoy predicando tu Palabra con los calzoncillos bajados! ¿No es suficiente demostración de fe para ti? ¡Empíname el cipote de una puta vez! ¡Amén!
-¡¡No te dirijas al Creador en esos términos!!
-Ya estoy listo.
-Bien –dijo el Papa, echando por la boca una espuma tan espesa que me habría hecho jurar que le acababa de hacer una mamada a un arzobispo-. Tienes tres intentos. Más de tres se considera paja.
-Apártese, Santidad, que salpico.

Una, dos, y…

Bumba. Le añadí un cuarto uso al miembro viril (el tercero, poco conocido y menos utilizado, consiste en restregarlo por la cristalera de un restaurante a la hora de la cena).

-Hala, Santidad. ¿Se ha traído la tabla de surf?

-La… chingada… que… lo…¡¡¡PARIÓ!!!

Y, cuando ya ni se acordaba del primero, el Mar Rojo experimentó su segundo orgasmo.

-¿Qué le parece, Santidad? ¡Me acabo de follar al puto Mar Rojo!
Resulta complicado describir cómo me sentí en ese momento. Digamos que me veía capaz de cincelar sobre mármol los Nuevos Diez Mandamientos con la punta del cipote.
-Tú… tú… ¡¡Enviado de Satanás!! –dijo el Sumo Pontífice.
-Sí, hombre; ahora me vienes con ésas.
-Guardias, ¡¡apresadle!!
La guardia papal sacó las armas escondidas en la sotana.
-¡Echadme un galgo! –y me lancé a correr a través del flamante caminito de tierra.
Los guardias salieron detrás de mí, disparando al aire.
-¡¡Alto en nombre de Su Santidad!!
-¿Dónde se mete la puta fuerza de la gravedad cuando más la necesitas? –me pregunté.
Afortunadamente, las aguas del Mar Rojo empezaron a cerrarse paulatinamente a mi espalda, sumergiendo a las fuerzas armadas papales.
-¡Os jodéis! –grité mirando hacia atrás sin parar de correr.
-¡No me importa morir por la Gloria de Dios! –dijo uno reapareciendo en la superficie del agua.
-Calla, imbécil, que hacemos pie –dijo otro.
-Ah, coño, es verdad. Qué corte.
Pero para aquel entonces yo ya estaba fuera de su alcance, corriendo que me las pelaba literalmente por el mismo sitio donde Moisés perdió la sandalia, con el Mar Rojo cerrándose a escasos metros de mí.

¿Llegará nuestro héroe ahí a… esto… al otro lado del Mar Rojo… antes de que las aguas se lo traguen? ¿Le ha dado tiempo a subirse la bragueta antes de salir por patas? ¿O va por ahí balanceando la pirola? ¿Por qué el Mesías cruzó el Mar Rojo?

-¡Para llegar al otro lado! ¡Imbécil!

¡Todo esto y no te vayas a arrimar a la baranda, Manolito, que está recién pintada, en el Capítulo 46 de ¿Conoce usted su ojete?!

martes 1 de diciembre de 2009

¡¡Honorato Céspedes y su cuñado conquistan el mundo!! (O eso quisieran)

Eeeeh... Escandinavia. Sí, eso.

LABORATORIO (POR LLAMARLO DE ALGÚN MODO). INT. DÍA.
Una habitación semivacía con una mesa de escritorio en medio. Sentado a la mesa se encuentra ¡Honorato Céspedes, Gran Villano Internacional y Maestro del Crimen, o eso dice él! Su Laboratorio del Mal, que cabe entero encima de la mesa, consiste básicamente en un Cheminova Cero, un tarro con lápices y un taco de folios. En estos momentos, Honorato se encuentra enfrascado en la elaboración de un maquiavélico plan que le permita de una vez por todas conquistar el mundo o bien destruirlo. Son la una de la tarde y todavía no lo tiene muy claro.

HONORATO (borrando con una goma Milán una sección de su plan escrito en un folio): Valiente mierda de plan para conquistar el mundo que me está saliendo.
Entra en la habitación ¡Tomás, el cuñado de Honorato!
TOMÁS: Ya estoy aquí.
HONORATO: Coño, Tomás; te había dicho que estuvieras aquí alrededor de las nueve, y es la una.
TOMÁS (tomando asiento frete a su cuñado): No, no; tú dijiste “más o menos a las nueve”. Me diste a elegir; “más” o “menos”. Y yo elegí “más”.
HONORATO: Hombre, es que ahora vamos a tener que esperar hasta después de comer para empezar a conquistar el mundo. Qué digo después de comer, si tú no perdonas una siesta. ¿Has traído lo que te encargué?
TOMÁS: ¿El qué?
HONORATO: ¿Cómo que el qué? El colisionador de positrones.
TOMÁS: Ah, sí (se mete la mano en un bolsillo de la gabardina). Aquí tienes.
HONORATO (mira lo que le entrega Tomás): Esto es una broca del quince.
TOMÁS: ¿Y tú qué querías?
HONORATO: Un colisionador de positrones.
TOMÁS: ¿Y eso qué es?
HONORATO: Un generador nuclear que se lleva a la espalda y que dispara rayos a través de una manguera.
TOMÁS: ¿Y yo qué te he dado?
HONORATO: Una broca del quince.
TOMÁS: Ya se ha vuelto a quedar conmigo el mamón del ferretero.
HONORATO: ¿Fuiste a la ferretería a comprar un colisionador de positrones?
TOMÁS: Es que tu sobrino lo miró por Internet y me dijo que los estaban quitando del mercado y eran muy difíciles de encontrar porque si se cruzan los rayos te podías desintegrar y no sé qué más, así que me dije “Voy a preguntarle al Paco Pepe a ver si le queda alguno”, y el cabrón me dijo que sí.
HONORATO: Pues el Paco Pepe te ha tangado.
TOMÁS: No, si ya.
HONORATO: Ahora dime tú a qué mierda de gobierno vamos a amenazar con una puta broca del quince.
TOMÁS: Tú no te preocupes, que tu sobrino me ha dicho que se puede hacer uno de esos en plan casero.
HONORATO: ¿Un colisionador de positrones casero?
TOMÁS: Sí, sí. Con un bote de cristal vacío y doscientos cincuenta gramos de manteca y no sé qué más. Ah, no, espera; que eso era para hacer otra cosa… ¿Qué era?
HONORATO: No sé. ¿Manteca en bote?
TOMÁS: No, no; una bomba de rayos gamma. De esas que explotan por la puta cara y si te pilla la radiación te pones verde.
HONORATO: ¿Con doscientos cincuenta gramos de manteca y un bote de cristal vacío?
TOMÁS: Si, bueno, por lo visto no es tan fácil. Hay que saber mezclarlo o no sé qué coño.
HONORATO: Pues no tenemos tiempo de aprender. Nuestro avión sale esta noche, así que mejor nos plantamos en Escandinavia con el bote vacío y la manteca y ya veremos cómo derrocamos al gobierno.
TOMÁS: ¿Queda muy lejos eso?
HONORATO: ¿Escandinavia? Uy, en el quinto coño. Por allí al norte.
TOMÁS: Pero… ¿pero eso es un país, o qué?
HONORATO: Eeeeh… Pues claro que es un país. Escandinavia, hombre. Anda que no es grande ni nada.
TOMÁS: ¿Y no podríamos empezar a conquistar más cerquita? No sé, podríamos empezar conquistando Canillas de Aceituno, y luego ir subiendo.
HONORATO: Hombre, de lo se trata es que la gente se entere de que estamos conquistando el mundo. Imagínate a un periodista de la BBC diciendo en los informativos “Honorato Céspedes y su cuñado han conquistado Canillas de Aceituno”. El problema es que, por ejemplo, uno de Rotterdam no la conoce. “¿Canillas de Aceituno? ¿Pero qué coño…?” va a decir el de Rotterdam cuando se entere. No impresionaría a nadie. Bueno, a lo mejor, a uno de Canillas de Albaida, que está al lado, pues sí. O a uno de Cómpeta. Pero a uno de Osaka se la va a soplar. Lo que tiene Escandinavia es que la conoce todo el mundo. Bueno, todo el mundo, no. Una vez le hablé de Escandinavia a un conocido mío que le cambiaba las bombillas a los semáforos y me metió un sopapo. No sé lo que se le pasó por la cabeza, la verdad.
TOMÁS: ¿Y qué vamos a conquistar después?
HONORATO: Hombre, pues los alrededores. Los Países Bajos o algo así.
TOMÁS: ¿Eso es otro país?
HONORATO: Hombre, claro; los Países Bajos es otro país. Si no, se iba a llamar “los Países Bajos” por los cojones.
TOMÁS: Claro, claro. Mmm… Pero, oye, que está en plural. A ver si van a ser al menos dos, los Países Bajos.
HONORATO: Eeeeeh… ya. No había pensado en ello. Mmm… Puede causarnos un problema logístico, eso. Ah, bueno, no importa. ¿Sabes lo primero que voy a hacer cuando conquiste los Países Bajos? Juntarlos todos y hacer el País Alto.
TOMÁS: Hostia, como mola.
HONORATO: Sí, que les den por culo. Y después vamos a conquistar Corea. Anda que no.
TOMÁS: ¿Corea es ahí donde hay tantos chinos?
HONORATO: Sí, sí. Está lleno de chinos, aquello. Y China, también. En China hay más chinos que en Fuengirola, fíjate lo que te digo.
TOMÁS: Coño.
HONORATO: Como lo oyes.
TOMÁS: Oye, ¿tú sabías que hay un país que se llama Tierra del Fuego?
HONORATO: ¡No me jodas! Qué nombre tan cojonudo. ¿Sabes? Creo que deberíamos empezar a conquistar el mundo por ahí, ¿qué te parece? Deberíamos empezar conquistando los países con los nombres más molones, en gradación descendente, de más a menos guay. Comenzamos en Tierra del Fuego y terminamos, no sé, en Boñigolandia, por ejemplo.
TOMÁS: ¿Y eso dónde está?
HONORATO: Ni idea; pero con un nombre tan chungo, seguro que está innecesariamente cerca. Pero tú no te preocupes. Si quieres, después de conquistarla ya no volvemos a pisar Boñigolandia ni para dar un recado.

En el próximo episodio: ¡Honorato Céspedes ayuda a su mujer a cambiar la bombona, que se les ha terminado! ¡CHAN-CHAN!

jueves 26 de noviembre de 2009

¿Conoce usted su ojete? Capitulo 44: El Evangelio según se mire (Versículo 5)

Y aquél que por designio divino cambió sus alas por un aparato genitourinario normofuncionante y era conocido como Uriel, anunció ante su Santidad el Papa Pancho I:

-El Nuevo Mesías, faro de almas perdidas, esperanza de cautos y temerosos, manantial para los sedientos de fe, maná para los hambrientos de justicia, alfa, omega y todo lo de en medio, empujoncito amistoso para los indecisos, complejo vitamínico para los exhaustos, piedra pómez para los caminantes, grito pelado para los duros de oído, toallita perfumada para los sudorosos, antihistamínico para los alérgicos, uña larga para los sarnosos, crema hidratante para los leprosos…
-Suficiente, suficiente… -murmuré a Uriel.
-…desodorante y friegas para los pestosos…
-Que te calles.
Su Santidad el Papa Pancho I dedicó unos segundos a observarme atentamente y en silencio, pero cierto matiz en su mirada me hizo intuir que, en vez de eso, habría preferido aplicarme la llama de un soplete en la planta de los pies mientras profería berridos de placer. Ni que decir tiene que no era el tipo de impresión que pretendía causar con la rutilante indumentaria que me había encasquetado Ramone; a ver, no es que quisiera provocarle una erección al Papa, pero sí avivar al menos ese ambiguo interés que lleva al típico cura de pueblo de la campiña italiana a preguntarle a un mozalbete “Hijo mío, tú... ¿te tocas?” Por mi parte, yo también aproveché el momento para una tentativa de análisis: de tez morena y poblado mostacho, lo primero que me llamó la atención de este Sumo Pontífice en concreto fue que utilizaba así a ojo ocho tallas menos de sotana que el resto de sus predecesores, una delgadez que la prensa había achacado neblinosamente a una “dolencia gástrica” que, según me informó el Espíritu Santo, estaba ocasionada principalmente por un dieta baja en sal pero generosa en arsénico. El Espíritu también recalcó que Pancho I no había sido objeto de un intento de envenenamiento desde hacía dos semanas, lo cual podía considerarse como un aumento en el índice de popularidad.
-¿Y bueno? –dijo por fin el Papa.
Carraspeé.
-Pues nada, que aquí estoy. Soy el Nuevo Mesías –y, para romper el hielo, añadí -: Cabrón.
-¡¡¿Cómo dice?!!
-Que soy el Nuevo Mesías.
-¡¡¿Cómo me ha llamado?!!
-Ah, disculpe; como es usted mejicano… ¿No se llaman “cabrones” entre ustedes, así, de buen rollo?
-¿Entre los papas se llaman “cabrones” de buen rollo? –me preguntó Pandulfo.
-Entre los mejicanos –aclaré.
-¿Entre todos los mejicanos, o sólo entre los mejicanos papas?
-¡¡Vayan a chingar a su madre, chichicuilotes desplumados!! –intervino Su Santidad.
-Amén –que es la única palabra que conozco en latín.
-¡¿Me están vacilando?!
-Que no, oiga, que soy el Mesías –afirmé-. Díselo tú.
-Es el Mesías –dijo Pandulfo-. Se lo digo yo.
-Oiga, ¿sabe cuántos mensos como usted llegan hasta aquí para contarme la misma milonga? –dijo el Papa-. ¿Acaso creen que estamos haciendo un casting, o qué? Hace una hora no más se presentó uno que se hacía llamar El Redentor de Toda la Humanidad Excepto de Aquellos a los que les Falta un Dedo.
-¿A los que les falta un dedo por una malformación genética o a los que se lo arrancaron de manera accidental?
-Al parecer no hace distinciones. La cierto es que no abundé mucho en el asunto, güey. No suelo pararme a platicar con los que se me antojan merecedores de asistencia psiquiátrica urgente.
-Bueno, pues ése no era el verdadero Mesías. El auténtico soy yo –seguí con mi estudiada exposición.
-Sí, ya –dijo el Papa-. Y yo soy Rita Marley.
-Sí, bueno, pero eso era antes, ¿no? ¿No es lo primero que hacen ustedes cuando se, eh, coronan, cambiarse el nombre?
-¿Los mejicanos se cambian el nombre cuando se coronan? –me preguntó Pandulfo.
-Naturalmente –afirmé-. Los mejicanos que se coronan como papas, quiero decir.
-Sus cinco minutos están finalizando –anunció Pancho I-. Si no tienen nada más que ofrecer… -se podría decir que la fase 1 de nuestra operación estaba arrojando unos resultados paupérrimos.
-¡No! –salté-. Espere. Traigo un mensaje de Dios.
-Me lleve el chanfle. ¿Y cuál es?
-¿Cómo era? Eeeeh… Me lo dijo hace tiempo ya –traté de recordar-. Bueno, en resumen decía que fuera usted a acostarse, que ya me encargaba yo de todo, si eso.
-Aaaah. ¿Le dijo eso, Él? ¿El Dios que inspiró los poemas de Santa Teresa de Jesús? ¿Ese Dios le dijo que me acostara y que ya usted se encargaba de todo, si eso? ¿Estamos hablando del mismo Dios?
-Bueno, me he expresado con mis palabras –empecé a temer por el éxito de la fase 2-. No se impaciente, traigo el mensaje escrito en una servilleta. Ejem, Pandulfo.
-Aquí está –dijo Pandulfo-. Dice así: “Soy Dios. Le ordeno que deponga sus actividades cualesquiera que éstas sean y deje su rebaño en manos de mi Elegido. Café Bar Mamerto. Especialidad en embutidos ibéricos”.
-Psst, Pandulfo. Eso es la serigrafía de la servilleta –observó el Poli Cabrón.
-Ah, ya me parecía a mí extraño que todo lo anterior no estuviera escrito también a máquina.
-¡Ejem! –carraspeé-. Ya lo ve.
-Sí, sí –dijo el Papa-. Todito muy convincente.
-No se lo cree, ¿no?
-Hombre, póngase en mi lugar.
-Eso es lo que pretendo.
-Oiga, ¿no sabe hacer nada más? –dijo el Papa-. No tengo todo el día, ¿comprende? Seguro que ahí fuera hay más aspirantes a Mesías esperando audiencia.
-No, espere. Le puedo demostrar que soy el único y verdadero. Puedo hacer milagros.
-Hace tres días me visitó un pendejo que aseguraba practicar milagros. ¿Sabe lo que hizo? Mover las orejas. Durante dos minutos seguidos. Decía que si lo hacía más tiempo, al día siguiente le daban agujetas. Debe comprender que hay ciertas cosas que la Santa Iglesia no considera milagros, como poner los pies detrás de la nuca, o tragarse un flan de un sorbo. Y no creo que usted, lombriz de agua puerca, pueda impresionarme.
-¿Eso cree? –me piqué-. Pues sepa que yo puedo hacer milagros de competición. ¿Ve al bigotes de aquí? –señalé al Poli Cabrón-. Bueno, pues una vez se murió. ¿Y quién lo resucitó? Mi menda. Díselo.
-Es cierto –dijo el Poli Cabrón-. Sí que me resucitó, sí.
-Ea –subrayé-. Y no es el único. Cuando estuve en el Infierno, le devolví la vida a otro tipo que ahora se estará cagando en mis muertos, porque se había suicidado y…
-¿Qué? –el Papa se revolvió incómodo en su, eh, trono, como si un puñado de granos de maíz tostado se hubiera deslizado por su espalda hasta quedar apresado entre sus nalgas-. ¿Ese tipo no se llamaría por casualidad Manolo?
-¿Manolo, qué más? Deme usted más datos, hombre.
-Ay, pues no sé. Creo que me dijo que era Aries, y que trabajaba como cristalero.
-No recuerdo haber resucitado nunca a un cristalero. ¿Estaba un poco calvo?
-No me acuerdo. La verdad es que no le presté mucha atención, porque vino a verme muy temprano y pensé que acababa de salir de un after –dijo Pancho I-. De todas formas, ¿cómo sé que no estás conchabado con él?
-Es usted muy escéptico, para ser Papa –repuse.
-Hombre, compréndeme; es que estoy hasta el carajo de tanta intrincada conspiración vaticana. Hace dos días, al salir de la ducha, estuve a punto de pisar un cepo; no le digo más –pero siguió hablando-. Además, últimamente se toman ustedes a pitorreo a la Santa Madre Iglesia; en la misa del domingo pasado una feligresa me lanzó al balcón las bragas.
-¡Le digo que puedo obrar milagros!
-¿Sí, tú, con la cara de borrego a medio morir que tienes? –dijo el Papa arqueando una ceja.
-¡Sí!
-Ándale.
-¿Que no?
-¿Puedes caminar sobre las aguas?
-Hombre, he ido varias veces andando hasta Melilla; con eso se lo digo todo –me envalentoné.
-¿Puedes multiplicar panes y peces?
-¿Multiplicar, dice? ¡Eso no es nada! ¡Puedo hacer cualquier operación matemática con panes y peces! ¡Puedo sacar la raíz cuadrada de un mollete de Antequera! ¡Una vez metí a marinar en el horno dos lubinas y al cabo de media hora saqué el número Pi!
-¿Ah, sí? –el Papa fue subiendo la voz- ¿Puedes hacer llorar sangre a una estatua de la Virgen?
-¡Y puedo hacer que la limpie, sí tengo el día tonto!
-¿Puedes sanar a los enfermos?
-¡¿Qué te apuestas?!
-¡¿Puedes hacer llover maná del cielo?!
-¡¡Sí!! ¡¡Sí!! ¡¡Puedo hacerlo así!! ¡¡Pim, pam!! –chasqueé los dedos.
-¡¿Puedes dividir las aguas del Mar Rojo?!
-¡¡¡ESO LO HAGO YO CON LA PUNTA DEL CIPOTE!!!
-Trato hecho.
-¿Qué?
-Has dicho que puedes separar las aguas del Mar Rojo con la punta del carajo.
-Eh, sí, bueno…
-Eso es lo que quiero ver. Si vas a hacer un milagro, que sea uno bueno, ¿no? Ahí, zas, con la minga.
-Es una forma de hablar, yo…
-¿Eres o no eres el Mesías?
-Sí, pero…
-Pues no se hable más. Recojan los bártulos, que nos vamos a Egipto.
-Pero, pero…
-Ya nos has metido en otro lío –me dijo el Poli Cabrón.

¿Podrá nuestro héroe dividir las aguas del Mar Rojo de un pollazo? ¿Qué más se puede preguntar después de esto? Ah, sí ¿Le saldrá un hematoma en el prepucio? ¿Se la picará un pez pollo? ¿Se le partirá el frenillo?

-Calla, coño, que me estoy poniendo malo.

¡Todo esto y ven que te voy a dar lo tuyo, Enriqueta, en el Capítulo 45 de ¿Conoce usted su ojete?!

viernes 13 de noviembre de 2009

El hombre que paseaba a una patata

El Sr. X se encontraba hojeando un suplemento dominical que aguardaba resignadamente su turno desde hacía dos meses sobre el reposa revistas de la mesita del salón cuando la patata entró a través del cristal de la ventana. Claro que en aquel momento el Sr. X desconocía que se trataba de una patata, y en menos tiempo del que se tarda en tomar conciencia de un repentino picor nocturno en la espalda hizo un repaso mental de todas las cosas susceptibles de explotar que albergaba su hogar, desde el microondas hasta el teléfono móvil, cuya batería había puesto a cargar hacía tres días y probablemente había alcanzado ya su masa crítica (el Sr. X nunca había descartado una fisión nuclear de andar por casa en su lista de accidentes domésticos potenciales), pasando por el perro, que el Sr. X esperaba que pereciera de un momento a otro a causa de una combustión espontánea sólo para darse el gusto de decirle a la Sra. X, “¿Ves? Te dije que deberíamos haberle vacunado”.
El Sr. X se incorporó con toda la presteza que le permitían unos músculos que daban la impresión de haber pasado los dos últimos años dentro de un baúl, y buscó el foco del estallido sólo con la parca ayuda prestada por una orientación auditiva que cierta vez le sumió en el desconcierto cuando una pared del pasillo le informó de que sus camisas ya estaban planchadas. Después de inspeccionar el cuartillo de las escobas y comprobar que el papel de aluminio y el bote de agua fuerte no habían protagonizado un monstruoso y fatal apareamiento químico, el Sr. X se dirigió a la cocina temiendo que la hornilla hubiera encontrado por sí sola una nueva ubicación empujada por el hastío y por la buena disposición de la bombona de butano, que, como todo el mundo sabe, tiene sus propias ideas respecto a la decoración de interiores, primando el arrebato creativo sobre la funcionalidad. Para su perplejidad (que había adquirido con el paso de los años una sorprendentemente espontánea autonomía propia), el Sr. X no encontró en el techo de la cocina ningún elemento que desentonara con la configuración clásica del típico techo de de cocina, que consiste básicamente en no tener incrustaciones de piezas metálicas que en sus días de gloria habían formado parte de una tostadora. Después de certificar que los muy antiguos y venerables salpicones de grasa de las paredes no habían sufrido desperfectos y que la cocina en general no tenía aspecto de haber alcanzado los mil grados centígrados de temperatura al menos durante los dos últimos minutos, el Sr. X reparó en la ventana rota y la patata que reposaba sobre la encimera. Después de un somero análisis, el Sr. X comprendió que o bien se trataba de una patata solitaria que renegaba de la compañía de otras patatas, o bien de una patata solitaria que ansiaba la compañía de otras patatas; en resumidas cuentas, al final el Sr. X no comprendió nada. El Sr. X también consideró la probabilidad de hallarse ante un caso de patata caída del cielo, que descartó rápidamente debido a su lozana apariencia; si hubiera atravesado la atmósfera habría aterrizado en julianas por efecto de la fricción, pensó el Sr. X, que tenía la teoría de que la ionosfera estaba compuesta básicamente por hidrógeno y por varios juegos de cuchillos eléctricos con accesorios pelapapas que funcionaban gracias a los iones cargados. El Sr. X se asomó a la ventana para descartar o corroborar la conjetura de una lluvia de vegetales cósmicos que hubiera pillado a todos los astrónomos del mundo en el cuarto de baño, pero lo único que vio fue el reformatorio frente a su casa. En ese momento, el Sr. X recordó que su vecino de al lado había denunciado en la última reunión los reiterados asaltos de naturaleza vegetal que estaba sufriendo su hogar, y amenazaba con pasar las facturas de detergente a la comunidad, alegando la irritante persistencia de las manchas de kiwi que adornaban su recién adquirido edredón nórdico, si no se tomaban cartas en el asunto. El vecino llegó a admitir no sin cierto rubor que cierta vez descubrió a un pepino de nada despreciable envergadura intentando forzar a su mujer a hacer cosas de pepinos.
Decidido a llegar al fondo del asunto, el Sr. X recogió el tubérculo del delito con guantes de látex, la introdujo en una bolsa esterilizada y se personó en comisaria para solicitar un examen del equipo agroforense. El agente que lo recibió acusó al Sr. X de que lo del equipo agroforense se lo había inventado, pero el damnificado arguyó que la patata estaba llena de pelos, sangre y uñas, e insistió en la necesidad de buscar restos de ADN, y de paso preguntó si “agriesión” (agresión ejecutada con la ayuda de productos agrícolas) existía como término jurídico. Después de una concienzuda investigación que se inició con el noble propósito de enviar al Sr. X a incordiar a su madre lo antes posible y que se prolongó durante casi doce minutos, la policía científica de guardia presentó un informe con la composición de la patata: un 77% de agua, un 18% de hidratos de carbono, y sólo un 5% de roña, aunque a simple vista parecía el elemento químico predominante. El Sr. X no se dio por satisfecho y anunció su disposición a presentar el caso ante el Tribunal Constitucional si hacía falta, porque estaba convencido de que algún artículo de la Constitución hablaba en términos generales de algo relacionado con el derecho fundamental de todo ciudadano a no recibir visitas de patatas a horas intempestivas sin avisar con razonable antelación, pero después cayó en la cuenta de que estaba hablando en un solar abandonado y recordó que alguien le había pisado un pie aquella mañana en el autobús y su angustia vital reapareció repentinamente, como sólo pueden hacerlo las angustias vitales y esos súbitos picores nocturnos en zonas de la espalda que considerabas bien rascadas.

martes 10 de noviembre de 2009

¿Conoce usted su ojete? Capítulo 43: El Evangelio según se mire (Versículo 4)

Y aquél que cuando alguien le preguntaba su nombre contestaba entre otras cosas, “Mesías. Nuevo Mesías, ¿Cómo está usted? y ¡Recuerdos a su señora!”, le dijo a su asesor de imagen:

-Ya verás tú por dónde te voy a meter el bote de laca.
No hacía ni dos horas que nos habíamos instalado en nuestro hotel cuando Ramone insistió en refrescar mi imagen, alegando que mis castañas greñas estudiadamente despeinadas y mi barba de tres días le estaban provocando una abrasión ocular.
-Ten piedad, hombre, que no he tenido tiempo ni de defecar en condiciones –protesté.
-Qué ordinario, qué ordinario, qué ordinario –opinó Ramone, que tenía la molesta costumbre de decirlo todo tres veces-. No querrás salir de compras con estos pelos. Qué pelos, qué pelos, qué pelos. Nonononono –dijo mientras me pegaba pequeños e incomprensibles pellizcos en la cabellera, como si mi cabeza se encontrara llena de sal y su vichyssoise imaginaria estuviera intolerablemente sosa.

El alojamiento no supuso ningún problema. Afortunadamente, el Poli Cabrón había echado mano de sus contactos para conseguirnos unos carnets falsos con los nombres que habíamos elegido: Yo, por ejemplo, me llamaba ahora Chuck Hunter, y era un mayorista de maquinaria agrícola procedente de Detroit.
-Buenos días –dije en la recepción-. Tengo una reserva.
-¿A nombre de quién?
-Soy Chuck Hunter, con dos cojones –dije esperando que, al igual que yo, el recepcionista no estuviera familiarizado con el acento autóctono del estado de Michigan.
A mi parecer, los demás habían tenido un tino desigual en la elección de sus seudónimos: Jean-Claude se llamaba Marcelo Duquesne; el Poli Cabrón, Benito Cascales; Uriel, Julio Alberto Cienfuegos; el Narrador Omnisciente, Gaspar Münchausen; y el demonio Pandulfo, Norimaki “Puño de Acero” Gokudo.
-Nadie va a creer que seas un yakuza –le dije a Pandulfo durante el almuerzo-. Tienes una cara de anticuario albaceteño que tira de espaldas.
-¿Y tú? –se defendió el demonio-. ¿Crees que vas a engañar a alguien, “Chuck Hunter”?
-¿Se han decidido ya los señores? –preguntó el camarero.
-Yes, yes, Bartolo –en realidad dije algo así como Bartoulou, por aquello del acento impostado-. Have you got any armóndigas?
-Sorry, sir?
-You know, armóndigas with tomato.
-Do you mean… meatballs?
-Mí no entender.
Finalmente, al Espíritu Santo, como estaba aún bajo los efectos de la ginebra (y, de todas formas, no dejaba de ser una paloma dentro de una jaula), lo inscribimos bajo el nombre de Rocky.

-Nonononono, no me gusta nada –dijo Ramone ante la visión de mi enlacada cabellera-. Lávate el pelo, lávate el pelo, lávate el pelo. Vamos a cortar.
-Sí, hombre, los cojones –hay formas para expresar desacuerdo, pero ninguna me parece más contundente que ésta-. Así estoy bien. Parezco, parezco…
-Un traficante de droga, milord –dijo Jean-Claude, que se encontraba sustituyendo el protocolo por las pantuflas de felpa.
-Me lo has quitado de la lengua –afirmé-. De todas formas, no sé a qué viene tanta bulla con el peinado, si la audiencia con el Papa no es hasta pasado mañana.
-Es una prueba, una prueba, una prueba –contestó Ramone-. Como la de una boda. ¿Te has casado alguna vez?
-Oye, no intentes darme conversación de peluquería. Y, si no lo puedes evitar, pregúntame algo de peluquería de tíos, cómo “¿Viste el partido anoche?”
-Aig –Ramone exhaló el suspiro tipo universalmente aceptado por el gremio de estilistas mariquitas-. ¿Viste el partido anoche?
-¿Qué partido? Ayer no hubo partido. ¿Tú en qué mundo vives? Anoche estuve viendo una mierda de concurso canino.
-Ah, sisisisisí. Yo también lo vi. ¿Te fijaste en el yorkshire que ganó? Qué horror, qué horror, qué horror. Parecía que su dueño le acababa de meter un cable pelado en el cuenco del agua. Qué pelos, qué pelos, qué pelos.

-Qué pelos –dijo el Poli Cabrón al sentarme a su lado en una mesa del bar del hotel-. Pareces un puto camello.
-¿Verdad que sí? –dije atusándome los cabellos con discreta coquetería- . Ese Ramone debe ser muy bueno en lo suyo, por ya son dos los clientes del hotel que me han preguntado si podía pasarles algo de speed. ¿Qué estás bebiendo?
-Un brandy para calmarme los nervios –dijo agitando su copa de balón.
-¿Estás nervioso?
-¿Tú no?
-Bueno, si sirve como indicativo, nada más llegar a mi habitación he cagado lo que me han parecido los restos de un meteorito –confesé-. Lo cual, de manera simbólica, debe significar el preludio del fin del mundo. O a lo mejor es sólo que no puedo evitar que aparezca mi vena catastrofista cuando estoy en el punto álgido de una cagalera atroz.
-Yo no soy mucho de reflexionar en el excusado –afirmó el Poli Cabrón-. Prefiero leer el Interviú.
-Déjame que lo adivine. Tú eres más bien tirando a estreñido, ¿no?
-Nosotros preferimos que nos llamen “personas con tránsito intestinal atribulado” –repuso con dignidad.
-Otra víctima de la corrección política -el camarero apareció en mi punto de mira-. ¡Hey! ¡Bartolo!
-¿Qué va a tomar el señor?
-Eh… vodka lemon for me and another brandy for my compadre.
-¿Qué vas a hacer cuando te encuentres delante del Papa? –preguntó el Poli Cabrón-. ¿Cómo cojones vas a convencerle de que eres el genuino Mesías?
-Bueno, se supone que esa gente tiene fe por un tubo. A lo mejor a sus ojos emano algún tipo de luz.
-¿Y crees que va a abdicar por culpa del primer capullo fosforescente que se presente ante su puerta?
-No crees que vaya a ser fácil, ¿verdad?
-Creo que vas a acabar dentro de un contenedor de escombros con un dardo tranquilizante en la nuca, como poco.
-Bueno, siempre hay una segunda vez para todo –afirmé.
-¿Te has parado a pensar por qué estás tú aquí en vez de Jesucristo?
-Tengo entendido que se acojonó. Es comprensible, teniendo en cuenta lo mal que acabó su primera visita diplomática.
-¿Y si no fue así? ¿Y sí la Segunda Venida se produjo hace años y la Santa Sede quitó de en medio al Salvador original? El Espíritu Santo dijo que todo este follón del Apocalipsis significaba la ruina para el emporio eclesiástico…
-Si quieres un consejo, evita sacar a la luz tus teorías conspirativas en una primera cita. Las mujeres parecen valorar negativamente la esquizofrenia paranoide a la hora de plantearse una relación a largo plazo.
-Lo único que digo es que sería conveniente que tuvieras preparado un plan B.
-Lo tengo todo controlado.
-Nos vas a meter en un pisto, como si lo estuviera viendo.
-Perdonad la tardanza –dijo el Narrador, que apareció junto a un cabizbajo Uriel-. Aquí tu apóstol ha pasado encerrado en el baño un periodo de tiempo sospechosamente prolongado –miró acusadoramente al exarcángel.
-T-tenía que secarme el pelo –se defendió Uriel.
-Vamos, Narrador, sé comprensivo –dije-. Al chico le acaba de salir el pene después de varios millones de años de asexualidad. Es normal que se muestre interesado en explorar las bondades del placer autoinducido.
-Señor, yo no… -empezó a decir Uriel.
-¡Eso, tú anímalo! –dijo el Narrador-. Dile que se le va a llenar la cara de espinillas, díselo…
-¿Alguien ha mencionado las palabras “pene”, “asexualidad” y “placer autoinducido”? –preguntó Pandulfo, haciendo alarde de un asombroso ejercicio de selección auditiva.
-¿Estás aprendiendo mucho de nuestro mundo? –pregunté.
-Sí, sí. La Tierra está llena de cosas asombrosas.
-¿Qué es lo que más te ha gustado?
-Las tragaperras. Y lo fácil que resulta conseguir cualquier cosa con alcohol en cualquier parte.
Sin duda, estábamos ante un caso de adaptación sociocultural fulminante.

Una hora más tarde nos encontrábamos en la boutique más chic de Ibiza todos menos el Espíritu Santo, que se quedó fuera picoteando medio sándwich de salami que alguien había tirado al suelo (ahora que se le habían pasado las ganas de vomitar), Jean Claude, que sospechó que su concepto de elegancia era radicalmente opuesto al de Ramone y decidió no intervenir, y el Poli Cabrón, que no perdonaba una siesta.
-¿Les puedo ayudar en algo, señores? –dijo un dependiente.
-¡Sí! –se adelantó Pandulfo, que lamentablemente no parecía tener otra cosa mejor que hacer en todo el día-. ¡Disponemos de una cantidad indecente de pasta, así que ya pueden empezar a chuparnos las pollas!
-Lo que mi efusivo acompañante quiere decir –dijo Ramone agarrándome del brazo-, es que es que estamos buscando algún conjunto lo suficientemente mono como para hacer pasar a mi amigo por el amo del universo.
El dependiente me miró de arriba abajo con una expresión en su rostro que me dio a entender que estaba buscando entre los pliegues de mi ropa restos del virus del ébola.
-Mmm-mm. Vamos a ver si puedo hacer algo –dijo tras su escueto y a la par penetrante análisis.

Guapetona,
ponme a tus pies
Guapetona,
me vas a enloquecer
Guapetona…
No lo creo,
no eres real
Todo te sienta genial
¡Piedad!

-Narrador, nada de Roy Orbison –amenacé.
-Tú déjate llevar –me aconsejó el Narrador.
-¿Te gusta el blanco? –dijo Ramone enseñándome un traje que le había pasado el dependiente.
-¿No es de mala educación ir de blanco a una audiencia papal? –inquirí.
-Nonononono; la cortesía no se encuentra reflejada en nuestra lista de prioridades, querido. Nadie espera buenos modales de un eclipse total.

Guapetona,
me vas a perdonar
Guapetona,
no lo puedo evitar
Guapetona
Eres bella como el sol
¿Estás tan sola como yo?

-Uriel, te voy a meter el mástil de la guitarra por tu poco trabajado ano –dije mientras Ramone me hacía el nudo de una corbata color salmón.
-Lo sabía, lo sabía, lo sabía; el salmón no le pega nada a tu tez. Dependiente, ¿tiene algo en color berenjena?
-¿Qué cojones de color es el berenjena? –pregunté.

Guapetona, párate
Guapetona, háblame
Guapetona, sonríeme a mí
Guapetona, sí, sí, sí
Guapetona, mírame
Guapetona, quédate aquííííí-íííííí
Porque te quiero, todo te doy
Vena a mí, nena, sé mía hooo-ooooo-OOOOOOOOY

-Narrador, os voy a arrancar la cabeza a ti y al soplapollas de la guitarrita –aseguré.
-¿Prefieres el berenjena o el color chirimoya?
-He cambiado de opinión respecto al blanco. Me gusta ése.
-¿En champán?
-¿Es champán? Creía que era blanco nabo.

Guapetona,
no te vayas ya
Guapetona,
no me hagas llorar
Guapetona
No te vaaaaayas, hey
Si así lo quieres, muy bien
Si lo deseas, me iré
¿Qué veo aquí?
¿Ella camina hacia mí?

Ella camina hacia mí
OooooOOOOOOh,
¡Guapetona!

-¡¿Es que nadie va a llamar a seguridad?!
-Mira qué guapo estás de rojo, pirata.
-Ejem, ¿me podría probar otra vez el berenjena satinado? –un comentario que en otras circunstancias habría resultado imperdonable.

-No me puedo creer que vaya a ver al Papa vestido de morado brillante… -confesé la mañana siguiente mientras Ramone me recortaba las patillas-. ¿Cómo coño me has convencido?
-Es mi trabajo, maricón.
-¡¡Eh!!
-Perdona, perdona, perdona –se disculpó Ramone-. Te lo digo desde el cariño.
-Prefiero que me llames “pirata”. O “cielo”.
-Como quieras. ¡Bandolero!
-“Bandolero” no está mal. Me gusta. Pero no lo digas delante del sargento Castaña.
-Creo que te voy a dejar flequillito…
-¿Cristo tenía las puntas tan quemadas como yo? –solté una vez acepté abatido que no había posibilidad de imprimir un matiz varonil a la frase.
-¿Crees que si Cristo hubiera pasado por mis manos habría ido por ahí predicando en sandalias? Qué asco, qué asco, qué asco. Anda que no tenía que tener roña bajo las uñas de los pies ni nada… y esa túnica llena de lamparones… Digamos que mi cometido es de reciente creación. Yo antes era diseñador de exteriores, ¿sabes? Los serafines nos hemos dedicado desde el principio de los tiempos a limar las asperezas de la Madre Naturaleza añadiendo detalles cool aquí y allá. ¿Conoces los gladiolos? Fueron un invento mío.
-Ahora que lo dices, el gladiolo es una flor bastante gay.
-Sísísísísí. Una mariconada. Hasta ahora mismito me encontraba diseñando la flora de un nuevo planeta, ¿sabes? Un planeta monísimo que está en una galaxia muy, muy lejana.
-¿“En una galaxia muy, muy lejana”?
-Una galaxia a tomar por culo de ésta, vamos.
-Sí, sí. No sabía que Dios había creado un nuevo mundo.
-Está en ello. Pero que quede entre tú y yo, ¿eh, pichita?
-Tranquilo, no le iré con el chisme al Creador. Que, por otra parte, es capaz de escuchar a un pez abisal rascándose el lomo contra la cubierta del Titanic.
-Por cierto, ¿te has enterado de lo del arcángel Gabriel? Por lo visto se tiñe las plumas. Claro que él lo niega, pero…
-¿Se puede? –dijo el Poli Cabrón asomándose por la puerta del baño.
-Pasa, maricón.
-¡¡¿Qué?!! –dijo el Poli Cabrón, que incomprensiblemente optó por declinar la invitación.

El día de la audiencia papal llegué a la recepción de la Santa Sede más nervioso que una novia en un palomar. Ahí estaba yo, vestido de arriba debajo de satén color berenjena, escueta perilla en forma de uve doble y el tipo de corte de pelo que no llevaba desde la última vez que fui a pedir un crédito. “Divino de la hostia”, en expresión poco entusiasta del Espíritu Santo.
-¿Existe alguna posibilidad, por pequeña que sea, de no cagarla? –fueron las palabras de aliento del Espíritu Santo antes de partir.
-No le hagas caso a este viejo gruñón –me dijo Ramone-. Al Papa se le van a caer los pañales al suelo cuando te vea. ¡Que me tienes loco, ladrón!
Formábamos la comitiva el Narrador Omnisciente, en calidad de cronista, Uriel, como apóstol anunciador, el Poli Cabrón como guardaespaldas, el demonio Pandulfo, que ya se había gastado todo el suelto en las tragaperras y le daba pereza ir a cambiar, y yo, que pretendía redimir los pecados de la Humanidad contra su voluntad.
-Buenas. ¿Está el Papa? –le pregunté a un conserje con sotana.
-¿Quién lo quiere saber?
-¡Menos preguntar y más besar pies, esbirro!–exclamó Pandulfo, que probablemente consideró que las frase “Te prohíbo terminantemente que abras la boca bajo ninguna circunstancia” estaba abierta a interpretación.
-Ejem, soy el Nuevo Mesías.
-¡Eso es, colega! –continuó Pandulfo-. ¡El Mesías! ¡El Único que Parte la Pana!
-Ah, sí. El Santo Padre lo estaba esperando. Pase usted por aquí –y empezó a abrir una puerta-. Sus amigos pueden esperar en la cafetería, que a esta hora ya sirve churros.
-Ah, no. Es condición sine qua non que mi séquito me acompañe.
-¡Sine qua non! –dijo amenazadoramente Pandulfo-. ¿Te enteras, tío? ¡Sine qua non!
-Es tremendamente irregular, pero veremos si podemos hacer una excepción –dijo el conserje, como si recibiera habitualmente visitas compuestas por un antiguo arcángel, un demonio del Infierno, un salvador de la Humanidad y un policía cincuentón con bigote.
-Tú tranquilo, tío. Sine qua non –me dijo Pandulfo intentando infundirme arrojo apretando un puño frente a su jeta.
A los pocos segundos de introducirse el conserje en la Sala de Audiencias, pudimos oír a través de la puerta entreabierta:
-¡Dejen pasar de una chingada vez a esos pendejos!
Puto Papa mejicano…

¡Por fin, Su Santidad Pancho I en persona! ¿Logrará nuestro héroe impresionar al Papa con su carisma y su aspecto de ganador del concurso Puto Amo por un Día? ¿O, por el contrario, encontrarán su cadáver en una cuneta? ¿Hasta qué hora preparan churros en la cafetería?

-Hasta las ocho. También disponemos de un amplio surtido de bollería.

¡Todo esto y cuidado señora que voy fino en el capítulo 44 de ¿Conoce usted su ojete?!