lunes, 27 de abril de 2020

Cuidado con el prepucio

"Esto no es un prepucio, es una rodaja de mortadela", célebre obra de Rene S'appuyer à la Tomate

El Apocalipsis según se mire. Capítulo 29.


Marcia Hellstrom me sacó de los pelos de la estimulante conversación entablada con los miembros de la Plataforma Antirresurrecionista y me metió de nuevo en el taxi. Diez minutos después habíamos dejado la larguísima alameda atrás y subíamos una escarpada carretera de montaña configurada básicamente a base de curvas de ciento ochenta grados.
—Me pica todo. —En ese momento me pareció una información de lo más relevante.
—¿Quieres dejar de quejarte? —protestó Marcia—. No se te puede sacar a ningún sitio.
—¿Falta mucho?
—Creo que no. Hace tiempo que no vengo por aquí, la verdad...
—Me aburro. ¿Paramos en alguna gasolinera a comprar una cinta de Juanito Valderrama?
—¿Y no podrías, no sé, quedarte un rato calladito y a solas con tus pensamientos?
—Mejor no. Mis pensamientos son una mala influencia para mí.
—Al contrario que tu instinto, que solo mira por tu estabilidad y tu seguridad personal.
—En serio, cuando me quedo solo con mis pensamientos no hacen más que decirme gilipolleces del tipo “A ver cuando te afeitas”, o “Ya va siendo hora de que te cortes las uñas de los pies”, o “Deberías comer más equilibradamente”. Quiero decir, ¿qué saben ellos de la vida real?
—Solo digo que quizá no te haría mal escucharlos de vez en cuando.
—Joder, qué pesada te pones. Si lo hago, ¿me dejas luego que te introduzca una falange en tu conducto anal? —Pensé que si lo decía con buenas palabras podría meterle un dedo en el culo. No creáis que lo tenía programado ni nada, se me ocurrió así, de repente.
—¡¿Pero cómo puedes hablarle así a una mujer?! ¿Sabes lo que significa “dilatación previa”? ¡¿Sabes que a nosotras nos gustan los preliminares?! ¡Un poquito de tacto, joder!
—¿Pero tú te crees que el urólogo me recita un poema antes de hacerme un examen de próstata, o qué? —dije a modo de explicación contundente.
—Tú a lo tuyo, y luego ya veremos. —Mi desesperada libido creyó escuchar un “sí” en sus palabras.

Dar un garbeo por mi cabeza nunca ha sido precisamente uno de mis pasatiempos favoritos, sobre todo porque arroja un aspecto bastante desangelado. Hay quien tiene la cabeza bien amueblada; la mía tiene un póster de Iron Maiden y un futbolín.
—¡¡Pero, coño!! —dijo un pensamiento solitario que encontré en mi cabeza—. ¡Tú por aquí!
—Hombre, qué pasa, tú, eh…
—No te acuerdas de mí, ¿eh, cabrón?
—Sí, hombre, claro; cómo no me voy a acordar, eh… —Me gustaría haber tenido una corbata para aflojarle el nudo—. Esto, ¿dónde están los demás?
—Pues mira, “Dúchate” se fue a dormir, “Pero, ¿tú no tenías hoy que ir a trabajar?” está dando un largo paseo,  a “¿No crees que ya eres mayorcito para cascártela?” hace años que no lo veo. La verdad es que hace tiempo que ninguno de tus pensamientos se deja caer por aquí.
—Ya. Hum. ¿Tienes algo de beber por ahí? No me vendría mal una cervecita… —observé.
—No deberías beber tanto —dijo el pensamiento.
—¡Ah! ¡Ya sabía yo que te conocía de algo!
—Ese no soy yo. “No deberías beber tanto” se dio de baja por depresión.
—Ah, claro. Entonces, tú eres…
—“Esa chica no te conviene”.
—¿Qué? ¿Pero tú has visto qué pedazo de tetas? —pensé a viva voz.
—¿Qué? —oí decir a Marcia en el exterior.
—Me da igual las tetas que tenga —dijo Esa chica no te conviene.
—Qué turgencia. Qué pezones tan agradecidos al tacto, oiga.
—No, si la muchacha gasta unos melones que para qué, pero…
—Por no hablar de ese culito prieto.
—Ya, ya, si tienes razón, pero… ¡Calla, Yago! ¡Que te estás buscando una ruina, con esa tía!
—¿Por qué? Le gusta la lencería fina y me prepara consomé cuando estoy con resaca. Para mí, es la mujer perfecta.
—¡Ni siquiera conoces sus intenciones! Para empezar, ¿por qué quiere llevarte ante Lucifer? Tú eres el Mesías, él, el Rey del Infierno. Llámame paranoico, si quieres, pero a mí me da que Satanás no es de ese tipo de personas que se hace querer. En el mejor de los casos, te tratará con cortés frialdad. Tú hazme caso; si te ofrece una cerveza caliente y un cuenco de patatas fritas de paquete, es que quiere que te vayas de allí cuanto antes.
—A lo mejor el hombre solo quiere hacerme una contraoferta. Darme el puesto de Anticristo o algo.
—Sí, hombre, si no sabes ni hacer un arroz a la cubana; te vas a poner tú a escaldar animales domésticos vivos y esas cosas que hacen los anticristos.
—Oye, oye, que no he dicho que vaya a aceptar el trabajo. Yo soy un hombre de palabra. Si me comprometo a salvar a la Humanidad, pues la salvo y Santas Pascuas —declaré—. No me voy a poner a condenarla a estas alturas.
—Mira que tú te dejas convencer muy fácilmente. Que no sabes decir que no.
—Que no, hombre, que no —demostré—. Bueno, mejor me voy, que Marcia se empieza a preocupar si estoy mucho rato sin magrearle las piernas.
—¿Tan pronto?
—Sí, bueno…
—No tardes en volver.
—Ya me dejaré caer por aquí un día de estos —mentí sangrantemente.
—Sí, ya. Ten cuidado, no vayas a pisar tus neuronas al salir. —Y se volvió, despechado.

—¿Está lista la cena? —dije al volver de mi cabeza.
—¿Qué estabas hablando sobre mis tetas? —preguntó mi diablesa.
—Solo cosas buenas. Oye, ¿cuáles son tus intenciones conmigo?
—¿A qué viene eso ahora? —La expresión de mi diablesa denotaba una mezcla de alarma y perplejidad. Si fuéramos puntillosos, podríamos decir que se encontraba alarpleja.
—La verdad es que encuentro muy normal tu alarplejidad.
—Sí, es muy típico de ti encontrar normal algo que no existe. 
—Contéstame. ¿Qué quiere Satanás de mí?
—Oye, ¿a mí qué me cuentas? Solo soy una mandada. El Bajísimo me dijo, “Ve a recoger a este tipo a las Puertas del Infierno”. Y eso hice. Sé tanto como tú.
—¿Ah, sí? —dije con una mezcla de desconfianza y escepticismo en la voz, que a fin de cuentas son lo mismo, pero nos sirve para crear la palabra “desconcepticismo”—. Disculpa si soy desconcéptico.
—Mira, a mí nunca me cuenta nada. Yo solo soy la que le pasa las llamadas y le organiza la agenda.
—¿Sabes? Siempre me he preguntado una cosa sobre Lucifer.
—Ay, Dios.
—No entiendo por qué no se relaciona más cuando se pasa por ahí arriba a  poseer a alguien. ¿Sabes lo que te digo? Sube al mundo de los vivos de higos a brevas, y en vez de salir a tomar el aire se queda todo el día encerrado en un dormitorio, vomitando y lleno de ronchas. ¿Qué le pasa? ¿Se le corta la digestión durante el viaje, o qué?
—No puedo creer que esté escuchando esto —admitió Marcia.
—¿Me dejas conducir un rato?
—No.
—Anda.
—No.
—Un ratito.
—He dicho que no.
—Venga…
—¿Me prometes que no vas a atropellar a nadie?
—Lo intentaré.
—Bueno, así descanso unos minutos…

Cinco minutos y un taxi despeñado por un precipicio más tarde…

—¡¡¿Pero a ti qué cojones te pasa?!! —inquirió mi diablesa una vez fuera del taxi—. ¡¡¿Qué demonios significa para ti “Cuidado con el precipicio”?!!
—¡Creía que el cartel ponía “Cuidado con el prepucio”! ¿Por qué iba yo a tener cuidado con un puto prepucio? ¡No les tengo ningún miedo! —razoné después de escupir el contenido del cenicero.
—¡Joder, y ni siquiera sé dónde nos encontramos!
Donde el diablo perdió el poncho, de eso no cabía duda. Recogí el poncho del matorral donde estaba enredado y se lo ofrecí a Marcia.
—No tengo frío. ¡Joder! ¿A dónde nos dirigimos, ahora?
—No te preocupes; tengo un sentido de la orientación bastante notable.
—Estamos en un yermo desolado, sin un maldito punto de referencia —señaló insidiosamente Marcia.
—Sin problema. Tengo antepasados navajos. —Me agaché y pegué la oreja al suelo—. Mm-m.
—¿Has encontrado algún río subterráneo?
 —No, pero te alegrará saber que no estamos en la trayectoria de una estampida de búfalos —anuncié—. Aunque parece que algo se acerca.
—¿Estás hablando en serio?
—Un bípedo pesado y lento —anuncié—. O quizá dos tipos la mitad de pesados y saltando a la pata coja muy despacito.
Marcia, un poco alarpleja, pero decididamente desconcéptica, intentó vislumbrar algo a través de la nube de polvo levantada por el desprendimiento de nuestro vehículo.
—Oye, yo no veo un pimiento —aseguró.
—Voy a ver qué hay detrás de esos matorrales —dije incorporándome de un salto.
—¿Y por qué no seguimos este camino de tierra?
—¿Un camino? ¡Ja! —dije con desdén mientras me encaminaba hacia los matorrales—. ¡Caminante, no hay camino!
No suelo ser tan literal cuando cito a los poetas, pero aquella vez me caí por un barranco.
—¡¡¡Jodeeeeeer!!!
—¡Ay, joder! —gritó mi diablesa lanzándose al rescate. Suspiró de alivio al comprobar que el desnivel solo medía unos siete metros—. ¿Te has hecho daño?
—Tranquila, estoy bien. He aterrizado sobre unas zarzas.
Marcia se deslizó por el barranco con la característica gracia de aquel que tiene una actitud despreocupada ante la gravedad.
—¿Pero tú para qué tienes las alas? —preguntó al aterrizar a mi lado.
—Son mi sustituto del pene. —Y no lo dije por tirarme el moco freudiano.
Nada más levantarme, aún con la visión borrosa de la conmoción, atisbé una amenazante figura que avanzaba lentamente hacia nosotros. De haber tenido pelotas, estoy seguro de que habrían abandonado momentáneamente su localización anatómica habitual para situarse bajo mi nuez.
—Marcia, no mires atrás —dije—. Creo que se acerca un mendigo a sablearnos un cigarro.
Marcia se volvió.
—¿Asterión? —dijo Marcia.
—Agárrame un cojón —dije yo.
El tal Asterión no se inmutó. Al acercarse, vi que tenía los ojos en blanco.
—¿Este drogadicto es amigo tuyo?
—Asterión —dijo Marcia.
No obtuvo respuesta. El llamado Asterión, en trance, pasó a nuestro lado sin vernos. Marcia lo agarró del brazo.
—¡Asterión!
—¿Eh? —El tipo pareció volver en sí—. ¿Qué pasa? ¿Dónde estoy? ¿Marcia? ¿Marcia Hellstrom? ¿Acaso estoy soñando?
—¿Cómo has salido del laberinto?
—¿He salido del laberinto? ¿Cómo? ¿Cuándo? —Asterión estaba visiblemente conmocionado—. Lo último que recuerdo es que estaba amodorrado en el sillón.
—Parecía que andabas sonámbulo —dijo Marcia.
—¡Marcia, soy libre! ¡Después de tantos siglos de tedioso confinamiento he conseguido escapar de ese infausto laberinto! ¡He alcanzado el exterior! ¡La libertad! Caramba, qué frío hace aquí fuera.
—Es que has salido muy desabrigado —intervine.
—¿Y tú eres…? —dijo Asterión cuando reparó en mí.
—El Nuevo Mesías —dijo mi diablesa antes de volverse hacia mi impresionada persona—. Te presento a Asterión, el Minotauro.
—Eh… ah… —articulé, no sin esfuerzo.
—Discúlpalo —dijo Marcia—. En circunstancias normales no hay quien lo calle.
—No lo culpo. ¡Apuesto a que en su intensa y a buen seguro atribulada vida no ha conocido jamás a un Minotauro! ¿Verdad, muchacho?
            —¿A uno con gafas? No.

domingo, 26 de abril de 2020

El club de los suicidas muertos (y uno que se dio de baja)

"¡Antes la muerte que enfoscar la pared!"

El Apocalipsis según se mire. Capítulo 28.

Había intentado infructuosamente convencer a Uriel de que siguiera a mi lado utilizando métodos diplomáticos y otros que tienen que ver con pequeños objetos de ejemplar contundencia; todas mis armas de persuasión, en suma, y había fracasado. La posibilidad de conocer a un ser potencialmente interesante como el Minotauro había inyectado un poco de luz a mi sombrío estado de ánimo, pero entonces recordé algo que me había comentado alguien alguna vez —mi frutera, creo, que parecía conocer la vida de todo el mundo—, referente a la rigurosa alimentación a base de vírgenes que seguía el tipo mitad hombre, mitad toro, y me pregunté si el astado engendro seguiría mostrándose igual de selectivo, o si con el paso de los años se habría convertido en uno de esos que se comían una paella y no apartaban nada al borde del plato. Resolví trasladar mi creciente inquietud a Marcia.
—Lo de devorar vírgenes era cuando estaba en el mundo de los vivos —apuntó Marcia al volante del taxi de Flegias—. Cuando murió, empezó a moderar su dieta.
—Sí, bueno. Más vale tarde que nunca.
Conducíamos por una amplia alameda de cuatro carriles flanqueada por multitud de comercios y bares; a simple vista, una de las arterias principales del Infierno. Yo apenas había abierto mi festiva y despreocupada boca en todo el trayecto, hecho que no pasó inadvertido a mi sensual acompañante.
—Oye… soy una diablesa del Infierno, así que podrás imaginar que mi capacidad para el consuelo es muy limitada —dijo. Yo me limité a gruñir—. Pero, de todas formas, si hay algo que pueda hacer por ti… no sé…
—Ya que te ofreces, había pensado que pellizcarte un pezón no me haría sentir más miserable de lo que me siento.
Estaba a punto de proceder diligentemente cuando atropellamos a alguien.
—De puta madreeeeeeeeee… —comentó ese alguien cuando salió volando.
—A eso lo llamo yo enfrentarse a la aniquilación total con espíritu positivo —dije.
—Es un residente de la zona; un tipo que quiere repetir el éxtasis de la muerte autoinducida.
—¿Mande?
—Un adicto al suicidio.
—¿Y se dejan atropellar? —pregunté, adivino que con un malsano fulgor en los ojos.
—Exacto. Y la respuesta a tu siguiente pregunta es no —puso los puntos sobre las íes mi diablesa.
—¿Cómo sabes lo que te voy a preguntar?
—¿No vas a pedirme que te deje conducir?
—Acabas de decir que harías cualquier cosa por animarme… —Puse mis mejores ojitos de cordero degollado, lo cual debió de resultar bastante desagradable.
—No me vengas con el chantaje emocional.
—Anda, churri…
—Y no me llames churri. Qué apelativo cariñoso tan cutre, joder.
¡CLONK!
—¡Qué subidóoooooon…! —dijo el segundo damnificado de la noche.
—¡Mierda! —opiné—. ¡Ese era mío!
—No vas a atropellar a nadie.
—¿Has oído eso?
—¿Qué?
—Creo que se nos acaba de caer el tubo de escape.
—¿Qué?
—Mierda. Baja a ver.
—Joder, lo que faltaba —se quejó Marcia antes de estacionar y bajar del taxi—. Espero que tengas alguna idea de mecánica, porque si no… Mmm, oye el tubo de escape está en su sitio.
¡BRUUMMM!
—¡Si será cabrón! —escuché decir a mi diablesa antes de salir zumbando en busca de algún complaciente candidato a probar el sabor del parabrisas.
—¡Ahí hay una! —exclamé al ver a una anciana con un carro de la compra cruzando un paso de cebra. Con la distancia que concede el tiempo, he de reconocer que aquella señora en alpargatas no encuadraba del todo en el perfil de un suicida, así que supongo que me dejé llevar por el entusiasmo.
¡CLOMP!
—¡Aaaayayayay! —dijo la señora encima del capó.
—A que mola, ¿eh, abuela? —dije sacando la cabeza por la ventanilla.
—¡Sinvergüenza! ¡Gamberro! ¡Hijoputa! ¡Que vais como locos! —vociferó la venerable anciana con un manojo de berros en la cabeza.
—¡Alegre esa cara señora! ¡Piense en lo que se van a reír sus nietos cuando se lo cuente!
—¡Para ahora mismo, que te voy a arrear un mandoble que no te va a reconocer ni tu puñetera madre!
—A mandar, señora. —Y frené en seco, lanzando a la abuela a una vistosa fuente—. Hala, ya he cometido mi buena acción del día.
Al bajar del coche, el griterío de una muchedumbre provocó que mi habitualmente extraviada atención volviera a mí mascullando “¿Pero qué cojones…?”
En las pancartas que portaban los manifestantes se podía leer cosas del tipo “No a la vida” y “Resurrección KK”.
—¡Creador, cabrón, abole la resurrección! —coreaban los asistentes a ritmo de bombo.
—Oiga, ¿ustedes de qué van? —pregunté al que parecía liderar la marcha cuando pasó a mi lado.
—¡Coño, un ángel! —El tipo frenó en seco y por poco se cae—. ¡Compañeros! —dijo volviéndose a la exaltada comitiva que le seguía—. ¡Un enviado del Señor está dispuesto a escuchar nuestras quejas!
—¿Ein? —dijeron algunos.
—¿Ein? —dije yo, porque no se me ocurría mejor manera de expresarlo.
—¿Comunicará al Creador nuestras exigencias, señor? ¿Nos servirá de intermediario? ¿Lo hará, señor? ¿Lo hará? ¿Eh? ¿Eh? Ande, diga que sí, diga que sí, ¿qué le cuesta? —suplicó el interfecto tirándome de una manga.
—¿Qué es lo que ocurre, compadre?
—Verá, señor ángel, soy Marcelino Paniagua, coordinador general de la Plataforma Antirresurrecionista, formada en su integridad por suicidas que se oponen de manera drástica a la resurrección de la carne proclamada por el redentor y cuya fecha de ejecución se prevé próxima, según tenemos entendido.
—A ver si lo he comprendido —que es lo que siempre digo en sustitución del manido “Perdona, es que no estaba escuchando”—. Ustedes, lo que pretenden es… ¿Qué es lo que pretenden ustedes?
—Exigir nuestro derecho a continuar muertos. Uno no se acuesta en la vía del tren porque se levante con el día tonto o aquejado de una indefectible melancolía, ¿sabe? Aquí el que más y el que menos tuvo sus razones para tirarse de un puente con una roca atada al cuello. La vida es una mierda, señor mío.
—Por lo que he podido comprobar, la muerte no es que sea mucho mejor.
—Permítame que discrepe.
—Discrepe, discrepe. —Durante mi aún corta pero intensa trayectoria vital había descubierto que “discrepar” era una forma suave de decir “joder”—. Joda, joda —dije siguiendo el hilo de mis pensamientos.
—¿Disculpe?
—No, que digo que discrepe. ¿No iba a discrepar usted?
—Si, por supuesto. No se impaciente, que ya discrepo.
—Adelante. Ejerza el libre ejercicio de la discrepancia.
—Es usted un demócrata en toda regla. No como su Jefe, si me permite decirlo.
—Sí, mi jefe es un cabrón. Oiga, no sabía que lo conocía.
—¿A su Jefe? Todo el mundo Lo conoce, aunque sea de oídas.
—Coño, no sabía que el Anacleto era tan famoso.
—¿El Señor se llama Anacleto?
—El señor Anacleto, así lo llaman en el pueblo… Un momento, ¿de quién estamos hablando?
—De su Jefe, naturalmente. ¿Puedo pronunciar Su nombre? —preguntó en voz baja.
—Cómo no. Yo lo hago. Anacleto. ¿Lo ve? No pasa nada. “Anacleto, por el culo te la meto”, solíamos decir sus empleados cuando no estaba delante.
—No sé si hablamos de la misma persona.
—¿A qué Anacleto se refiere usted?
—Al Anacleto que creó el universo.
—¿Anacleto, crear el universo? ¡Pero si no sabe ni encender la vitrocerámica! ¿Lo he dicho bien? Vitrocerámica. A veces tengo problemas con esa palabra, y digo “mitrocerámica”. Me pasa lo mismo con metracrilatorl. ¿Lo ve? Me-tra-qi… Mierda. Debe ser un mal de ojo o algo así. —En ese momento mi atención volvió de otro de sus prolongados garbeos—. ¡Un momento! ¡Usted se refiere a Dios!
—Naturalmente. ¿De quién creía que estaba hablando?
—Del Anacleto.
—¡Oiga! —interrumpió uno de los exaltados—, ¿usted sabe cuándo va a ser el fin del mundo?
—Un día de estos, cuando menos se lo esperen, probablemente —anuncié, que para eso soy el Mesías.
—¿Podría especificar un poco? —dijo Marcelino Paniagua—. Es que algunos de los presentes llevamos siglos manifestándonos contra la resurrección, ¿sabe? De cuando en cuando viene alguien y dice “El fin del mundo se acerca”, y ahí que nos tiramos nosotros a la calle. Pero el tiempo pasa y aquí ni Juicio Final, ni resurrección de la carne, ni vida eterna, ni na de na. Estamos empezando a olernos que todo eso del Apocalipsis no es más que una chufa.
—Que no, hombre, que no; que esta vez es de verdad de la buena.
—Eso dicen siempre.
—Créame, esta vez es el fin. Pim, pom; la raza humana a tomar por culo. Palabrita del niño Jesús —juré; no por nada soy niño Jesús en funciones.
—¡Señor Ángel! —Otro manifestante pidió la palabra— ¿Nos van a resucitar a todos?
—¿A todos, con la cara que tienen? Permíteme que lo dude, caballero; de todas formas, tengo entendido que la medida no es aplicable a los condenados al Infierno, así que ya pueden darse con un canto en los dientes.
—¡Seguro que el Creador resucita a todos los suicidas, aunque solo sea por joder! —exclamó un nuevo contertulio—. ¡Es el castigo que nos tiene reservado!
—Señores, señores —moderé—. No hagan caso de lo que dicen por ahí. Estamos estudiando modificar las condiciones de la resurrección para tener contento a todo el mundo. Para empezar, el Altísimo está pensando erradicar todas las enfermedades.
—¿Incluida la halitosis? —preguntó uno, al parecer muy concienciado con el tema.
—Hombre, naturalmente. Imagínese el Edén, todo verde y despejado, con los leones durmiendo con las gacelas y de repente resucita usted con el aliento cantándole cosa fina. No pega ni con cola usted ahí.  
—¿Absolutamente todas las enfermedades? —preguntó Marcelino.
—Todas. Hombre, si meten el pie en un cepo ya no es asunto nuestro. Pero las afecciones comunes en personas de su edad y hábitos, como la cirrosis, desaparecerán del mapa.
—Eh… ¡No estoy convencido! —dijo otro, supongo que porque portaba una pancarta y había que dar ejemplo y tal.
—La cosa no termina aquí. Dios tiene pensado, em, bajar el precio del tabaco.
“Sí, seguro, y un cipote”, se oyó al fondo.
—Y, eeeeeh, alargarles el pene a todos. Sí, eso.
Se produjo un silencio generalizado. Solo se escuchó el “PRRRRTZZ” de uno que estaba bebiendo de un botijo en ese momento.
—¿Cómo de largo? —preguntó el coordinador general.
—¿Treinta y cinco centímetros les parece bien?
—¡Queremos cincuenta! —dijo un inconformista.
—Oigan, oigan; seamos razonables. ¿Qué van a hacer ustedes con medio metro de nabo? Vamos a tener que declarar a las cabras especie protegida.
—¡A mí todo esto me suena a camelo! —exclamó un sindicalista—. Para empezar, ¿dónde habéis visto a un ángel con una patilla más larga que la otra?
—¡Oiga, un respeto, que soy el nuevo Mesías!
—¡Mesías, mis cojones!
—¿Que no? ¡A que te resucito aquí mismo!
—¡Eso no te lo crees tú ni harto vino!
—¡Me voy a cagar…! ¡Levántate y anda, cabrón! —Y le impuse la mano.

Lejos de allí, en el plano físico:

—¡¡Coño, Manolo!! —dijo la señora Remedios, dejando caer la sopera al ver a su marido tumbado en el sofá viendo las noticias deportivas con una cerveza de marca blanca en la mano.
—¿Qué? ¿Qué pasa? ¡¡¡Coño!!! —dijo Manolo al ver de nuevo a su mujer después de dos años de abandono familiar. Abandono efectuado por el balcón, todo hay que decirlo—. ¡¡Pues no va el cabrón y me resucita!!
—¡Ay, Dios bendito, Manolo, que has vuelto de entre los muertos! —La señá Reme se santiguó—. ¿Me has traído algo?
—Hay que joderse… —masculló Manolo el Resucitado a modo de resumen de su nueva situación.
—¡Ven a mis brazos, Manolo mío! —la señá Reme se abalanzó hacia su marido ex muerto.
—¡Coño, Reme, no me agobies!
—¡Manolo, que no te veo desde tu funeral! ¿Dónde has estado?
—¿Dónde crees que te envía Dios cuando te tiras de un quinto piso? ¿A Punta Cana?
—¡Ay, Manolo, no me digas que has estado en el Infierno! —dijo la señá Reme atropelladamente, haciendo parecer que se trataba de una sola palabra muy larga—. ¡La Virgen, qué vergüenza! ¿Qué van a decir los vecinos?
—¿A mí qué coño me importa lo que digan los vecinos? ¡Que un zombi ya tiene sus propios problemas!
—¿Un qué?
—Un zombi, Reme, un muerto viviente. Ayayay, que seguro que se me van a empezar a caer las orejas o algo.
—Sí, hombre; ahora que acabo de pasar la escoba.
—Que sí, Reme, que los zombis tenemos muy poca consistencia. ¡Ay, Dios, que estoy empezando a descomponerme! —dijo Manolo oliéndose el sobaco.
—¿Quieres que te haga sitio en el frigorífico? —propuso la señá Reme.
—¡Pero, Reme, cómo vas a meter a tu marido al lado de los flamenquines!
—¡Manolo, tranquilízate, que estás hipocondríaco perdido! Igual que la otra vez que estuviste vivo; que si me duele esto, que si me duele aquello…
—Tú calla, que sé de qué hablo, que lo vi en un documental. Un tío volvió de la muerte y una mañana se encontró la picha dentro del calcetín. ¡Que los zombis no valemos un duro, Reme!
—¡Pero tú qué vas a ser un zombi, con el buen color que tienes!
—¿De verdad tengo buen aspecto?
—Hombre, no tanto como cuando ganaste el concurso de Míster Neurosis Fóbica, pero bueno, no estás mal.
—Uf, que alivio. Entonces a lo mejor soy un resucitado normal como los de las Sagradas Escrituras.
—Un milagro, eso va a ser. Que mira que resucitarte a ti, con la pechá de milagros que hacen falta en el mundo. Ya lo decía mi madre, que eso de los milagros es una tómbola…
            —Anda, Reme, calla ya la boca y llama a la Santa Sede. Ya verás el cipote que se va a armar…

sábado, 25 de abril de 2020

Cabronazo (Una historia de amistad)

Holi

El Apocalipsis según se mire. Capítulo 27.

Aquella tarde decidí hacer una visita a Uriel en su puesto de trabajo para comprobar si el chico sabia defenderse fuera de su campo habitual, es decir, entonar horrendas canciones de corte sacro y quedarse de pie hecho un pasmarote fingiendo analizar la situación con sumo detenimiento, sus habilidades angelicales más reseñables.
            —Siguiente —dijo Uriel desde su escritorio.
—Oye, Uriel… —dije yo sentándome en frente.
—¡Señor! ¿Qué hace aquí? —El arcángel parecía tan alarmado que revisé instintivamente mi indumentaria, por si antes de salir hubiera cometido el lamentable error de confundir mi cinturón de cuero con uno de explosivos.
            —¿Pero a ti qué te pasa? —pregunté.
            —Señor, este no es lugar para resolver disputas privadas —me dijo en voz baja, huyendo de la mirada inquisitiva de la típica Señora Gorda Haciendo Fotocopias  que parece infestar las oficinas de los organismos oficiales de todo el universo.
            —No te preocupes por eso; he sacado número, ¿ves? —le dije soltando en su mesa mi tique.
            —Señor, no puede obstruir la función pública por motivos personales.
            —Vengo por asuntos laborales. A ver, ¿has presentado ya tu dimisión?
—Señor, señor… —suspiró Uriel mientras apretaba insistentemente una pelota anti estrés.
—¿Qué? ¿Qué?
—Mire, señor, es mi hora de la merienda. Ande, le invito a un chocolate.
Al rato estábamos haciendo buena cuenta de un cafelito y un sándwich mixto.
—…y van y le adjudican una Subdirección. Uno no quiere ser malpensado, pero no puede evitar preguntarse, ¿a quién se la habrá chupado? —reflexionó Uriel.
—Uriel, tú antes no hablabas así. ¿De dónde has sacado ese lenguaje?
—¿De… de usted, señor? —El rostro de Uriel adquirió el color de la punta de un cipote en carne viva. Anda que no se me dan bien a mí los símiles ni nada.
—¿De mí? No me hagas reír. Dime cuándo me has escuchado tú a mí decir, “¿A quién se la habrá chupado?” Chupado… “¿A quién se la habrá mamado?” Eso es más propio de mí.
—Señor, ¿se le ofrece algo más, o simplemente ha venido a humillarme?
—He venido a discutir la gilipollez esa de quedarte aquí para siempre.
—La decisión está tomada, señor.
—Uriel, solo quiero que hablemos del tema como hombres adultos y razonables.
—¿Adultos y razonables? ¿Y para qué ha traído esa palanca?
—Es el plan B. Por si te obcecas demasiado —advertí sin amenazar directamente, o eso me pareció.
—No estoy obcecado, señor. He pensado seriamente en el tema y he decidido que quiero labrarme un futuro aquí.
Acaricié la palanca.
—M-mm. Vale. —Medité lo que iba a decir a continuación—. Mira, mierdecilla. —Quizá “meditar” no sea la palabra adecuada—. El caso es que no puedes quedarte, ¿okey? Como tutor legal tuyo que soy, tengo que llevarte de vuelta al Cielo.
—¡El Cielo es un muermo!
—¿Y el Infierno te parece mucho mejor? Venga ya, Uri; este lugar es un asco. Las calles huelen a sobaco, el transporte público es indignante. Y no te digo nada de sus habitantes. Cuando un demonio te da los buenos días, se nota que no lo hace de corazón. Llámame paranoico, si quieres. ¡Por no hablar de lo malos que son dando señas! “Siga recto, y, cuando llegue al kiosco, gire a la derecha… perdón, a la izquierda…”. Quiero decir, ¿qué tiene de bueno este sitio? Vale, se puede mear en la calle sin que nadie te diga nada, pero, aparte de eso…
—No es por el sitio, señor. Estamos de acuerdo en que el Infierno no tiene nada de especial. Es solo que… bueno, nunca he decidido nada por mí mismo, ¿entiende? Soy un arcángel, y fui creado para un propósito específico. No tengo mucho margen de movimiento. ¿Comprende mi razonamiento, señor?
—De momento me la trae floja. Sigue.
—No estoy diciendo que vaya a quedarme en el Infierno por toda la eternidad, ¿sabe? Quizá algún día me harte y pase una temporada en la Tierra o yo qué sé. Sólo quiero recabar nuevas experiencias —dijo Uriel—. Y, bueno, nunca he tenido posibilidad de elegir, de decidir qué quiero hacer con mi vida. Los ángeles y los demonios, al contrario que ustedes, no disponemos de libre albedrío.
—Te diré una cosa; el libre albedrío está sobrevalorado. No conozco a ningún ser humano que sepa utilizarlo correctamente. Igual que, no sé… Igual que los condones, por ejemplo. Cuan a menudo nos ha pasado eso de ‘¡Coño, no baja!’ porque nos lo estamos poniendo del revés. Y, al final, por mucho cuidado que tengas, la punta siempre se llena de aire. No sabes de lo que te libras al ser asexual… Por cierto, ahora que estás Aquí Abajo, ¿no has pensado en hacerte una operación de puesta de sexo? Te ponen unos penes monísimos ahora. El otro día estaba ojeando un catálogo y…
—Está divagando, señor —señaló el avispado arcángel.
—Perdona, Uriel. El libre albedrío, sí. De todas formas, ¿para qué? A fin de cuentas, la mayoría de los hombres prefiere que otros decidan por ellos. Nos pone borriquillos que alguien nos dé órdenes. Sobre todo si se trata de una fräulein enfundada en cuero y con tacones de aguja.
—¿Señor?
—El caso es que preferimos oír los dictados de la sociedad a elegir nuestro propio camino. “Debes trabajar, casarte, tener hijos y ser un miembro respetable de la comunidad”, nos dicen. “El sexo sin procreación es inmoral y pecaminoso”. “Y, hombre de Dios, no pongas a tu mujer a cuatro patas, que está muy feo”.
—Disculpe, señor, pero, ¿está intentando convencerme de que haga lo que se espera de mí precisamente usted, que ha desobedecido órdenes directas del mismísimo Creador del Universo? —observó acertadamente Uriel.
—Sí, bueno, eso es porque yo molo cantidad. Pero hay otros ahí fuera, millones, decenas de miles, cientos, que no molan nada, Uriel.
—¿A eso se refería con lo de discutir el tema de forma adulta?
—¿Te importaría llamar al camarero?
—Cómo no. —Uriel volvió la cabeza—. ¡Eh, jefe!
¡CLANG! —Palancazo.
—¡¡Señor!! —objetó Uriel con las manos en el occipucio.
—Lo siento, Uriel. La conversación había llegado a un punto muerto.
—¿Llamaban los señores? —dijo el camarero.
—Puedes retirarte, Bartolo. Solo quería que aquí mi compadre se volviera para endiñarle un trancazo en la mocha —expliqué con mi proverbial labia.
—¿La próxima ocasión debo acudir a su llamada o…?
—Si ves que te guiño el ojo cuando te llame, no vengas.
—Eh, señor, ¿cree que voy a volver a caer en una trampa tan cutre?
—No, naturalmente que no… ¡Coño! ¿Ese que acaba de entrar por la puerta no es el Caudillo?
—¿Dónde?
¡CLANG!
—¡¡¡Señor!!!
—¿Ves qué fácil?
—Señor, me gustaría dar por finalizada esta conversación, en el caso de que no tenga nada más que añadir.
¡CLANG! —añadí.
—¡¡Señor, señor!! ¡Como siga así, me veré obligado a utilizar la violencia!
—¿La violencia, tú? ¿Adónde vas, con los pelos que tienes? ¡Que pareces salido de un vídeo de Modern Talking!
—¡Eso usted no me lo dice en la calle!
—¡Eso te lo digo donde me salga de los huevoooooooorrrrrrrg…! —Y Uriel me agarró del pescuezo, tirándome al suelo—. Akkkk… Uriel… arg… Detente… og… ¡Tú no actúas… jarlrl… así! ¡Siempre has sido una buena persona!
—Pues ya lo ve. ¡No me gusta encasillarme!
—Solo tú podrías encabronar al más noble de los ángeles del Cielo —dijo Marcia Hellstrom entrando en el establecimiento.
 —¡Señorita Hellstrom!
Uriel se levantó de un salto. Yo no estuve tan ágil ni por asomo.
—¡Cof! Qué bueno está el caldito, mamá —murmuré.
—Lo que faltaba —dijo Marcia—. Ahora está delirando.
—¡Señor! ¡Oh, señor! —Uriel se arrodilló y me levantó la cabeza—. ¡Yo no deseaba esto! A veces resulta tan irritante…
—¿A veces? Anda, no seas tan condescendiente y ayúdame a levantarlo. —Y me sentaron en una silla.
—¿S-e encuentra bien, señor? No tiene buen aspecto…
—No te preocupes por mí, pequeño bastardo.  Es la cara que se me queda después de pasar por un intento de estrangulamiento.
—No era mi intención…
—Hijo mío, ya no te conozco.
—No intentes hacerle sentir culpable —dijo Marcia.
—Y tú no te pongas de su parte, que siempre estás igual. “Déjale elegir su vida, que ya tiene edad…” Pamplinas. Ya tendrá tiempo de emanciparse cuando llegue el fin del mundo. Ahora mismo, este mocoso no sabe lo que le conviene.
—Quizá no, señor —convino Uriel—. Pero a lo mejor va siendo hora de que cometa mis propios errores.
—¿Has pensado en lo que te hará el Altísimo si te pone las manos encima?
—No sé. ¿Mandarme al Infierno?
—…
—Uriel, le has… le has dejado sin palabras —señaló Marcia, tan sorprendida como yo.
Cargué la artillería emocional.
—Escucha, Uriel; te necesito. No puedes dejarme tirado. Hacemos el equipo perfecto: tú eres el corazón, Marcia, los músculos, y yo, el cerebro.
—¿Tú, el cerebro? —dijo mi diablsesa.
Tengo que reconocer que me estaban entrando ganas de derramarle el contenido de la vinagrera en la falda. Me volví hacia ella.
—Está bien. Uriel, el corazón, tú, el cerebro y los músculos, y yo, el secundario chistoso —corregí—. Pero juntos somos imparables, ¿no es cierto? Hemos pasado por un montón de cosas y seguimos al pié del cañón, ahí, con dos cojones.
—Señor…
—¿Sí, mi noble arcángel?
—Usted no necesita a nadie.
—…
—Y van dos —dijo Marcia.
—Es verdad, señor. Usted es el tipo más egoísta, engreído e inconsecuente que he conocido nunca. Y se lo digo desde el cariño, señor.
—Has olvidado mentar mi entusiasmo y mi don de gentes —dije—. Pero, básicamente, sé a lo que te refieres, y créeme si te digo que mis acciones están totalmente justificadas. Si te he emborrachado y te he metido en peleas ha sido por tu bien. No me irás a negar que estabas atontolinado y necesitabas salir del cascarón… Pero, bueno, si es tu deseo que de ahora en adelante deje de presentarte a prostitutas…
—No, no. No se trata de eso, señor. Ambos sabemos que usted no cambiará. Y, bueno, por raro que suene, está bien así. Lo ha dicho antes; usted es el secundario chistoso, y nadie espera que el secundario chistoso evolucione; están ahí para aliviar con una broma la situación, por grave que esta sea. Por eso la gente los adora, ¿entiende? Porque salen airosos de cualquier problema sin que su espíritu se turbe, sin que su forma de ver y enfrentar la vida sufra ninguna transformación. ¿Cuántas veces le han pateado el trasero desde que empezó está aventura, señor? ¿Cuántas ha puesto su vida en peligro alegremente? Diablos, señor, si hasta lo han asesinado. Y ni siquiera la muerte lo ha vuelto más reflexivo.
¡CLANG!
—¡¿Por qué has hecho eso?! —vociferó Marcia.
—Ah, perdona, Uriel. ¿Aún no habías terminado de hablar? —pregunté cortésmente.
—Sí, sí, señor; está bien —contestó frotándose la frente—.  De alguna manera, me alegra que haya ilustrado mi discurso con una demostración práctica. A esto me refería exactamente.
—¿A qué?
—A esto.
—Lo siento. ¿A qué te referías?
—A esto mismo.
—No entiendo ni papa —confesé.
—A esto también.
—Ajá. Entonces… ¿hemos hecho las paces o algo?
—L-lo voy a echar de menos, señor.
—Anda y que te follen.
—Que te follen a ti, cabronazo —respondió Uriel con una sonrisa.
—Uriel, si alguna vez decides volver a mi lado, que lo harás…
—¿Sí, señor?
—…te voy a estar pegando patadas en la cabeza hasta el fin de los días —dije, mostrando mi absoluto desprecio por las fórmulas de despedida tradicionales.
Y, sin decir media palabra más, me levanté y me di el piro.
—Uriel… —empezó a decir Marcia.
—Estoy convencido de lo que hago, señorita Hellstrom. Es la primera vez en toda mi larga existencia que estoy libre de supervisión. No sabe lo liberador que resulta.
—Estás loco, Uriel.
—Bueno, tengo un maestro excepcional. —De haber estado presente, habría vomitado.
Marcia se encaminó hacia la puerta con los ojos empañados.
—Y, señorita Hellstrom…
Marcia se volvió.
—¿Sí, Uriel?
—Es un capullo, pero está loco por usted.
—Lo sé.
—Así que no sea demasiado brusca cuando lleguen al final del camino.
—¿A qué te refieres?
—No se preocupe; está bien. Solo cuide de él, ¿de acuerdo?
Esperé a Marcia en el asiento del acompañante del taxi de Flegias.
—¿Te encuentras bien? —me preguntó mi diablesa.
—M-mm. Volverá. Ahora se siente como el niñato que se muda a otra ciudad a estudiar la carrera. Pero ya empezará a echar de menos mis croquetas caseras, ya.
—¿De qué estás hablando?
—No importa. ¿Adónde vamos ahora?
—A hacerle una visita al Minotauro —dijo Marcia arrancando el taxi.
            —¿El tipo con cabeza de toro?
—El mismo.
            —Nena, tú sí que sabes organizar una fiesta.