Echadme un galgo
El Apocalipsis según se mire. Capítulo 21.
—Tú
mira por la ventana —me dijo Dios.
—No,
si hace un día espléndido —afirmé—. Hay que ver el cielo tan despejado que
tenéis aquí en el Cielo. Señor, no es por meterte prisa, pero sin duda
comprenderás la gravedad de que un demonio haya sustraído malévolamente mi
cuerpo allá en el Averno, ¿verdad?
—A
eso vamos. Tú estate quietecito. Y recuerda lo que hemos hablado, ruina.
—Recuperar
mi cuerpo, traerme a Uriel sano y salvo y —suspiré— olvidarme de Marcia
Hellstrom. Por cierto, ¿cómo están el Poli Cabrón y el Espíritu Santo?
—Cagándose
en tus muertos —dijo el Altísimo—. Por lo demás, bien. Jean-Claude los tiene
bien atendidos.
—Ese
viejo truhán. Espero que no estén liquidando las existencias de mi bien surtida
bodega.
—¿Preparado?
—Anda,
telepórtame ya.
—Será
un placer —fue lo último que escuché decir a Dios antes de que me propinara una
patada en el culo que me llevó directamente al Infierno en una fracción de
segundo.
Allí
estaba yo, cara al suelo y a buen seguro con la suela de la Sandalia de Dios
marcada en el trasero. Levanté la vista. Habría reconocido esas piernas
torneadas en cualquier parte.
—¿Esta
es tu idea de una entrada triunfal? —preguntó Marcia.
Me
levanté de un salto.
—¡He
vuelto, cariño, y te traigo una sorpresita! —anuncié.
—¿Una
sorpre...? ¡¿Qué haces bajándote la bragueta?!
—¡Mira,
mira! ¿A que gasto un buen badajo? Puedes tocar, si quieres.
—¿Pero
qué...? ¡¿Después de todo lo que ha pasado solo puedes pensar en tu... tu...?!
¡Has muerto, tu cuerpo ha sido poseído y yo...! —Y ella se echó a llorar.
—Oye,
oye, ¿qué cojones te pasa? —dije con dulzura.
—Yo...
ni siquiera sabía si te iba a volver a ver.
—¿Qué
has dicho?
—Que
eres un imbécil —dijo secándose las lágrimas.
—Ah,
ya me parecía.
—¿Te
encuentras bien? —preguntó, más calmada.
—Sí,
sí. Todo lo bien que puede encontrarse alguien que ha pasado al otro barrio,
supongo.
—¿Has
estado... arriba?
—Sí,
eh... contrastando opiniones con el Creador.
—¿Y
qué te ha dicho el viejo?
—Oh,
nada. Lo normal en estos casos —afirmé.
—¿Lo
normal en el caso de que tu nuevo Mesías haya bajado al Infierno si su
consentimiento, lo hayan asesinado y su cuerpo haya sido poseído por un
demonio?
—Sí.
Y ya que has sacado el tema, ¿qué ha pasado con mi cuerpo? Hazme el favor de
ahorrarte los detalles escabrosos.
—Todo
pasó muy rápido. Cuando quisimos darnos cuenta, tu cuerpo estaba volando en
dirección norte.
—¿Viste
al demonio que se lo llevó? ¿Tenía alguna característica especial? Cicatrices,
cuernos, cola en punta de flecha, algo.
—Bueno...
tenía las patillas muy largas... greñas... ropa de segunda o tercera mano...
parecía...
—¿Un
chusmón? —pregunté incrédulo.
—A
decir verdad, tenía todas las características de un macarra medio.
—¿Un
chusmón del Infierno me ha tangado el cuerpo?
—Se
fue tarareando una rumba.
—Ay,
ay, Dios... tengo que encontrarlo antes de que empiece a inyectarse heroína en
mi ya perjudicado organismo. —Intenté pensar, sin mucho éxito—. Vale, vale, esto
es lo que vamos a hacer... Avisa a Uriel, que nos vamos tras ese...
—Me
temo que se nos ha adelantado.
—¿Qué?
—Salió
disparado detrás del tipo.
—¿Que
qué? ¡Ay, joder! Seguro que lo capturan y lo torturan y, y... ¡Joder, es muy
joven para que lo sodomicen!
—¿Quieres
tranquilizarte? ¡Nadie ha dicho que lo vayan a sodomizar!
—Pero,
Marcia, es un alma tan cándida... y entiendo que su inmaculado culito les
pueda resultar muy apetitoso a determinados demonios...
—¿Y
por qué no dejas de andar en círculos y nos ponemos en marcha?
—Sí,
sí, tienes razón. ¡Banquero! ¡Constructor!
Los
dos tipos se estaban dando una manta de palos unos metros a mi izquierda.
—¡Que
sí! —dijo Banquero.
—¡Que
no! —dijo Constructor.
—¡Que
sí, cojones! —dijo Banquero.
—¡Que
te digo yo que no! —dijo Constructor.
—¡Muchachos,
muchachos! ¡Que al final os vais a hacer daño! —dije yo.
—¡Señor!
—Constructor se levantó de encima de Banquero— ¡Qué agradable sorpresa! No
esperábamos tenerle de vuelta tan pronto. Como se había muerto y eso...
—Sí,
ya. Un incidente muy desagradable, en efecto —señalé—. ¿Qué ha
ocurrido con Plutón?
—Se
marchó maldiciendo y prometiendo venganza, señor, y diciendo no se qué sobre la
dignidad y el honor —comentó Banquero—. Pero, bueno, como la señorita
Hellstrom le había arrancado los ojos previamente, no sabía donde pisaba y se
cayó en una zanja. Llena de cacas, señor.
—Y
no lo hemos vuelto a ver desde entonces —apostillo Constructor.
—Sí,
bueno, estará demasiado avergonzado para salir. Chicos, la señorita Hellstrom y
yo tenemos que ir a buscar a Uriel y recuperar mi cuerpo. Me preguntaba si
podíais prepararme el petate.
Unos
minutos después, Banquero y Constructor me habían llenado una mochila con mi
ladrillo, mantas y unos bollos recién hechos. Me despedí de ellos haciéndoles
prometer que dejarían de zurrarse la badana mutuamente, pero no me había
alejado ni diez metros cuando oí el primer sartenazo. Llevábamos un rato
caminando en silencio por un desolado camino de tierra cuando un
solitario pensamiento cruzó mi mente.
—Marcia.
—¿Hmm?
—¿De
verdad estabas preocupada por mí?
—En
realidad, no. Sabía que encontrarías la manera de solucionarlo.
—¿Ni
un poquito? —me detuve.
—Ah...
bueno, a lo mejor...
Y
entonces la besé. Era consciente de lo que me había dicho el Hacedor al respecto,
y de verdad que me sentí culpable. Pero se me pasó al instante cuando comprobé
con suma alegría que, a pesar de mi reciente defunción, mi miembro viril estaba
completamente operativo.
—¿Eso
que noto es tu cartera? —dijo Marcia después de tomar aire.
—Mira
que eres ingenua. Me siento como si te estuviera pervirtiendo.
—Eh,
eh, para el carro, que tengo una edad considerable. Soy un ángel caído,
¿recuerdas?
—Caído
de un guindo. —Y la besé otra vez—. Oye, ¿por qué ya no me pegas cuando te
beso?
—Porque,
eh, estoy esperando a que termines. —Y me besó ella.
—Te
podrás imaginar que el Padre no ve con buenos ojos nuestra relación. —Y la
besé.
—¿Esto
es una relación? —Y me besó.
—Pasará
a serlo en cuanto te tumbes en el suelo. Aunque, bien mirado, tampoco es que
haga falta.
—¿Qué?
—Eh...
sabes cómo va el tema, ¿verdad?
—¿El
tema? Claro, claro... Yo me tumbo y tú... el tema, claro —dijo con
evidente nerviosismo.
—Marcia...
—¿Sí?
—¿Eres...
eres virgen?
En
ese momento el claxon de un taxi nos sacó de nuestro celo.
—¡Eh,
tortolitos! ¿Os acerco a alguna parte? —preguntó el conductor.
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