domingo, 5 de julio de 2015

Algunas notas dispersas acerca de la brochabilidad

Ya a la venta en Carrefour

       En los últimos años, el concepto de brochabilidad ha traído de cabeza a algunos de los más eminentes eruditos del planeta, y a un puñado de los menos eminentes también. De hecho, algunos de los eruditos más subnormales han estudiado el tema con fruición. Tomemos, por ejemplo, el caso del profesor en Metafísica y Otros Asuntos Complicados de Poner en Práctica Nemesio Guisadillo, que afirma que la brochabilidad, o cualidad de Lo Potencialmente Brochable, es la medida de la incertidumbre ante un conjunto de botes de pintura, de los cuales solo se va a utilizar uno. “Esto desde un punto de vista entrópico, naturalmente”, concluye el profesor, y se queda tan pancho. “Para que unos zopencos como vosotros lo entendáis”, continúa el profesor cuando creíamos que ya había concluido y estábamos recogiendo los bártulos, “imaginad al Ser ante la Cosa y su Puta Madre; en este caso, digamos que el Ser en liza es Paco Jesús Camacho, pintor de brocha gorda, la Cosa un muro que se extiende hasta el infinito y que necesita una mano de pintura como el comer, y su Puta Madre un muestrario de botes de pintura que Paco Jesús jamás ha utilizado antes, porque, no sé, porque la marca que está acostumbrado a usar la han retirado del mercado por la alta toxicidad de alguno de sus componentes, yo qué sé. Dejadme en paz”, dice Guisadillo. “Digamos que Paco Jesús se a acercado a su proveedor habitual para hacer acopio de material y encuentra el local cerrado, con un folio escrito a mano y fijado con celofán a la persiana metálica que dice ‘Cerrado por comunión de mi chiquillo’. Paco Jesús se caga en todo lo que se menea porque quiere empezar cuanto antes con la mierda esa del muro que se extiende hasta el infinito, y…”. Interrumpimos al profesor para preguntarle si el muro que se extiende hasta el infinito tiene gotelé. “No sé. Sí, podría ser. Sería una putada si así fuera. Pero es probable, sí”, concede Guisadillo. “Total”, sigue, “que Paco Jesús se encuentra en la disyuntiva existencial de volver al día siguiente por la mañana, lo cual supondría no empezar a pintar por lo menos hasta mediodía, o buscar el material en otro sitio y empezar el trabajo a primera hora del día siguiente. Elige la segunda opción porque, bueno, es un muro que se extiende hasta el infinito y que, en el peor de los casos, tiene gotelé y, a causa de ello, requiera extremo cuidado para no acabar parcheado”. Y quizá necesite dos manos, añadimos. “Bueno, yo eso lo veo como una ventaja”, asegura el profesor. “Porque, al ser un muro tan largo, al llegar al final, podemos estar seguros de que el principio del muro estará seco del todo”. Señalamos que, si el muro es infinito, Paco Jesús jamás llegará al final por mucho que corra. “Bueno, es teóricamente imposible, en efecto”, dice Guisadillo. “Pero Paco Jesús es un pintor español, de Vélez Málaga, concretamente, y, cuando se la planta algo en los cojones… A él, que se trate de un muro infinito le suda la polla. Tiene que terminar el trabajo y punto. Anda que no es nadie el Paco Jesús”, afirma el profesor. Insistimos en que sería una tarea absolutamente inabarcable, incluso desde el punto de vista de la física teórica. “¿Quién está contando la historia, vosotros o yo?” Usted. “Entonces, dejad de tocarme los huevos. ¿Por dónde iba?”, nos pregunta. Le decimos que Paco Jesús está esperando su turno en la cola del puesto de castañas asadas. “Ah, sí, pues eso; Paco Jesús está allí, todo ufano con su cucurucho de castañas asadas… Un momento, yo no he dicho nada acerca de un puesto de castañas asadas. ¿Me están prestando ustedes atención?”. Sí, sí.  “Eeeeh… Ah, ya; encuentra la tienda cerrada, sí. Entonces decide acercarse a una gran superficie en busca de la pintura, aunque no le agrada en exceso la forzada cordialidad que desprenden los vendedores de semejantes comercios, pero bueno, no le queda otra. Cuando llega al centro comercial encuentra el pasillo de la pintura contiguo a ese donde están expuestos los neumáticos, porque, desde un punto de vista cosmológico, la disposición armónica de los centros comerciales es solo aparente. Superficialmente, puede parecer que la cercanía entre la sección de cosmética y la parafarmacia guarda cierta relación lógica, pero esta relación es solo una entelequia de tres pares de cojones”. Disentimos educadamente. El Ser puede comprar un maquillaje con efecto bronceado para resultarle atractivo a su Ser-Pareja y luego dirigirse al pasillo paralelo para elegir unos condones que se adapten a la particular idiosincrasia de su pene. En ese caso, la relación lógica resulta aplastante. “Puede ser, pero su ejemplo abarca solo el minúsculo porcentaje de orden que invariablemente persiste en un sistema abocado al caos”, explica Guisadillo. Asentimos como si lo hubiéramos entendido, y continúa: “Si cambiamos los parámetros de la Cosa o Cosas, su relación lógica dejaría de funcionar; por ejemplo, tomemos una barra de labios y un bote de agua oxigenada. Resulta complicado encontrar la correspondencia lógica de manera inmediata. Bueno, a no ser que te vaya el rollo sado-maso, claro”. Le rogamos a Guisadillo que continúe, pues a nosotros el rollo sado-maso nos va cantidad. “Imaginemos que el Ser, esto es, el usuario de la barra de la labios, pretende utilizar esa barra de labios, esto es, la Cosa, para resultar libidinoso y pegarle un mordisco como un demonio al Pene Idiosincrático, esto es, su Puta Madre, y… Otra vez nos hemos desviado del tema.” No, qué va; vamos bien. “No, no, ¿de qué estábamos hablando? El pasillo de la pintura, sí. Bueno, pues imagínense un pasillo infinito cuyos expositores están repletos de bidones de pintura, ninguno de los cuales resulta familiar a Paco Jesús”. Preguntamos si el pasillo de los neumáticos es también infinito. “Hombre, yo no lo he visto, pero me calculo yo que sí”. Coño. “Sí. Hasta ruedas de tractor, debe de haber allí. En fin, que Paco Jesús se encuentra ante una inacabable variedad de marcas de pintura desconocidas para él. Está ante lo que algunos con pelos de loco como yo conocemos como Incerteza Absoluta. ¿Cómo reacciona Paco Jesús ante semejante dilema?”. A nosotros que nos registren. “Preguntándole al vendedor”. Ah, claro. “Lo que pasa es que el vendedor lleva allí dos días trabajando, y encima ese preciso día está sustituyendo al encargado de la sección de pinturas”. ¿Para qué sección fue contratado originalmente? “Enseres de jardín, a mí qué coño me cuentas. Como os iba diciendo, Paco Jesús no encuentra ningún indicativo que le confirme cuál, de entre toda esa infinidad de pinturas, posee las mejores prestaciones en materia de brochabilidad, aunque en alguno bidones se pueda leer claramente ‘Excelente brochabilidad’, ya que Paco Jesús no sabe si, en efecto, la pintura contenida en esos bidones es óptimamente brochable o solo se trata de un reclamo comercial. Porque Paco Jesús, aunque se encuentra en una situación desconocida, sí que posee cierta experiencia en su terreno. Por ejemplo, sabe que los productos en cuyo recipiente se puede leer ‘Calidad Extra’ son en realidad una porquería”. Asentimos, tratando de que nuestra mirada no delate que guardamos en el lavadero un bote de aguarrás calidad extra. “Dicho esto, a Paco Jesús solo le queda, o bien fiarse de la sabiduría precognitiva conocida como instinto o bien asumir una elección arbitraria, lo cual a escala cósmica significa la misma mierda. Añadamos a la ecuación el hecho de que la variedad es infinita, sí, pero el centro comercial cierra a las diez y ya son las nueve menos cuarto. Así que Paco Jesús se ve obligado a elegir una pintura al azar, nombre científico dado a la Divina Providencia, y pasa por caja, no sin antes añadir a la cesta dos tarros de rodajas de piña en almíbar que le ha encargado su parienta”, dice el profesor. “Debo aclarar que cuando hablo de un solo bidón de pintura estoy haciendo una reducción al absurdo, naturalmente. Para transportar el número de bidones de pintura necesario para pintar un muro que se extiende al infinito, Paco Jesús precisaría, como mínimo, de un Contenedor Transversal de Antimateria, pero solo dispone de una mierda de furgoneta desguarnecida de la que le quedan aún dos letras por pagar”. Guisadillo hace una pausa, pensativo. “Miento; tres letras, porque la última le vino devuelta al banco”. ¿Qué es un Contenedor Transversal de Antimateria?, preguntamos. “Un chisme revolucionario cuyo funcionamiento nadie entiende”. ¿Tan sofisticado es? “No solo es sofisticado”, afirma Guisadillo, “sino que su inventor, el egregio profesor Joseph Von Bastich, guardó el folleto de instrucciones en un cajón y ahora no lo encuentra. Ya saben ustedes que, a día de hoy, los folletos de instrucciones siguen siendo uno de los misterios más puñeteros de la ciencia. Te llevas meses, o años, viendo el puto folleto de la lavadora cada vez que abres el cajón, y, cuando de verdad te hace falta…”. No lo encuentras, finalizamos la frase del profesor. “En efecto. El mismo Von Bastich lleva años estudiando este molesto fenómeno, y ha formulado una hipótesis según la cual los folletos de instrucciones han logrado por medios desconocidos provocar la formación de microagujeros negros a través de los cuales acceden a una dimensión paralela repleta de folletos de instrucciones”. Y de calcetines desparejados, probablemente, añadimos nosotros. “Sí, bueno, eso habría que verlo”, dice Guisadillo mientras nos lanza esa familiar mirada desafiante que nos han dedicado tantos y tantos hombres de ciencia a lo largo de nuestra extensa trayectoria divulgativa cada vez que proponemos una teoría insensata. “¿Qué iba diciendo antes de que se me fuera otra vez la perola?”, pregunta Guisadillo. Ni puta idea, confesamos cuando hemos comprobado que llevamos tres años sin cambiarle las pilas a la grabadora. “Ah, sí. Paco Jesús se dirige al sitio del muro que se extiende hasta el infinito asaltado por las dudas. La posibilidad de que la pintura que ha elegido sea idealmente brochable es de una entre un millón, aunque él calcula que es de una entre dos millones porque, bueno, es pintor, no un experto en estadística, y además ese día se ha levantado un poco depre y lo ve todo muy negro. Entonces llega al sitio y, ¿qué se encuentra?”. ¿Qué?, preguntamos, ahítos de expectación. “Que el muro ha sido derribado”. Coño, qué bajón. “No, que va”, dice el profesor. “A nivel particular este hecho arroja un resultado no concluyente acerca del asunto de la brochabilidad, pero, a la larga, y desde un punto de vista global, es lo más conveniente. Tengan en cuenta que las partes que el muro separaba se han reunificado. El sistema funciona”. Todo eso está muy bien, pero Paco Jesús se ha quedado sin cobrar, no te jode. 

martes, 7 de abril de 2015

La Hermandad de Cristo Abrazado a un Alcornoque: El origen

Como no se conocen imágenes de la cofradía a la que hacemos referencia en este artículo, la Administración de este blog les ofrece esta foto de un miembro de la banda de música de otra cofradía diferente. 
Estimados hijos de un chacal sarnoso:
En estos pasados días de fervor religioso y curdas bajo palio, el Departamento Católico Para Lo Que Le Conviene de Un beso de buenas noches de mil demonios salió de puente, perdón, del puente bajo el cual está ubicado su cuartel general y se lanzó cual kamikaze con el culo en llamas a investigar uno de los mayores enigmas de la Semana Santa,  La Hermandad de Cristo Abrazado a un Alcornoque, fundada por una misteriosa orden de monjes cerveceros en el año 1915 y clausurada dos días después, cuando, una vez evaporados los efluvios del alcohol,  cayeron en la cuenta de que la imagen de Cristo que habían tallado se asemejaba poco al clásico retrato del Redentor de la Humanidad ofrecido por la ortodoxia cristiana.
“La figura, básicamente, consistía en un oso panda tocando las maracas”, nos contó un conocido semanasantólogo y Hermano Mayor de una de las más venerables cofradías de la ciudad, aunque no pisa la misa del domingo desde su primera comunión y no da una limosna así lo maten.
Este eminente erudito, al que conocimos en la puerta de un puticlub, prefiere mantener su verdadero nombre en el anonimato para evitar críticas y escupitajos en el cogote por parte de la Agrupación de Cofradías, así que nos referiremos a él con el sobrenombre de Ramón Pichacórtez. Ramón nos juró por su anciana madre (que prefiere mantener su verdadero nombre en un cajón de la cómoda, porque cuando se le habla del anonimato dice invariablemente “¿Anominato? ¿Eso qué es lo que es?”); Ramón, decíamos, nos aseguró que la prematuramente desaparecida Hermandad de Cristo Abrazado a un Alcornoque tiene su origen en un bochornoso capítulo el Evangelio Apócrifo de San Rufo situado justo después del episodio de La Última Cena.
“El de San Rufo es una pieza codiciadísima por los coleccionistas de evangelios apócrifos”, continúa el señor Pichacórtez.” Actualmente, solo se conocen dos copias en buen estado: una la tiene un anticuario de Túnez y la otra se encuentra en el desván de mi prima Manoli, la de Archidona. Bueno, no sé si seguirá en el desván”, matiza Pichacórtez. “La última vez que hablé con ella me dijo que estaba pensando colocarla en el aparador del comedor, al lado de la porcelana buena”. En seguida le preguntamos si sería posible que su prima Manoli, de Archidona, nos prestara su copia para estudiarla a fondo. “No creo que haya ningún problema”, nos asegura Ramón, “mientras le devuelvan el evangelio en buen estado. Hace dos años lo cedió al Obispado para una investigación y se lo devolvieron con manchas de aceite y oliendo a churros”.
A continuación, tenemos el gusto de ofrecerles una transcripción del capítulo del Evangelio de San Rufo que dio origen a la infame Hermandad de Cristo Abrazado a un Alcornoque.

Extracto del Evangelio Apócrifo según San Rufo.

CAPTÍULO 14, VERSÍCULO 1: Y he aquí que después de la cena Jesús salió de la fonda haciendo eses y parándose un ratito cada varios pasos para no caerse. 2: Y viendo que ya se había caído dos veces y que la última le había costado levantarse, Jesús salió del camino y se internó en el bosque, donde corría menos riesgo de romperse la crisma. 3: Y he aquí que Jesús vio en el bosque un robusto y orgulloso alcornoque y pensó que su presencia era una señal de su Santo Padre, y se acercó al alcornoque y orinó sobre él, y vio que esto era bueno. 4: Y Jesús se sintió muy aliviado pero después sufrió un vahído y se agarró al alcornoque para no escoñarse. 5: “Vaya tajada que llevas, Hijo Mío”, bramó una voz salida del alcornoque. “Padre, ¿eres tú?”, preguntó Jesús. 6: “No, soy tu prima Juana la de Judea, que hace ventriloquía con árboles, no te jode”. 7: Y Jesús se disculpó diciendo: “Perdona que dude, Padre. Creo que no estoy en condiciones de discernir qué es real y qué no lo es”. 8: “¿Cuántas ramas ves aquí?”, preguntó el Padre. 9: “Ocho”, respondió Jesús. 10: “Pues sí que has abusado de tu sangre, caramba”. “Quizá se me ha ido la mano multiplicando el vino, Padre”. “¿Quizá, dices? En mitad de la cena te has levantado a lavarle los pies a todo el mundo. Si eso no es una cogorza como un piano, que baje Yo y lo vea”.  “No a todo el mundo, Padre”, dijo Jesús. “No, claro. Porque el resto de comensales se ha apresurado a pedir la cuenta en cuanto te ha visto enjabonar los pies de Santiago. Hijo Mío, eso no es de estar normal”. 11: “Y también te has pasado multiplicando el pan, ya que estamos”, se quejó el Creador. “Es que había mucha salsita”, dijo Jesús bajando la cabeza. “Y ya sabes cuánto me gusta el mojeteo”. 12: “Anda que la perra que te ha dado con eso de multiplicarlo todo; como si no supieras más milagros. Vergüenza ajena he pasado con la cara que ha puesto el camarero cuando habéis pedido solo dos menús para trece personas”. 13: “Uno de carne y otro de pescado”, dijo Jesús. 14: “Lo dejo pasar porque ayer curaste a tres leprosos y le prestaste dinero a tu primo Juan”, dijo el Padre, misericordioso. “Pero déjate ya de multiplicaciones, por los Clavos que te van a poner de aquí a nada”. “No volverá a ocurrir, Padre”, dijo Jesús, sinceramente arrepentido. 15: Y viendo que su Hijo, que anteriormente había caminado sin dificultad sobre las aguas, estaba haciendo un considerable esfuerzo por mantenerse erguido, dijo: “Alguno de tus amigotes debería haberte acompañado a casa”. A lo que Jesús contestó: “Se lo pedí tres veces a Simón, al que llaman Pedro, y las tres veces me dijo que no, que a lo mejor cuando terminara la conga, si eso”. 16: Continuó Jesús: “Al salir se lo pedí a un tal Pedro, al que llaman Simón, pero resulta que era el mismo Simón, al que llaman Pedro, que había salido a tomar el fresco y al que yo confundí con Pedro, al que llaman Simón, porque estaba oscuro y no enfocaba yo muy bien la vista, y me dijo que dejara de preguntarle de una puñetera vez y que me buscara la vida. Poco después se lo pregunté a otro Simón, el herrero, pero me dijo que no se llamaba Simón, sino Pedro a secas, y que no podía acompañarme porque tenía que terminar unas herraduras para su hermano Simón. Después me puse a gritar en medio de la calle, ¡Simón!, ¡Pedro!, porque estaba convencido de que alguien volvería la cara, y he aquí que apareció Simón, al que con muy buen criterio llaman solamente Simón, pero me dijo que no podía acompañarme porque tenía que levantarse temprano para ir al registro a cambiarse el nombre por el de Pedro, que le gusta más. Así que por eso voy regreso solo a casa”. 17: Y el Padre dijo: “Bueno, pues ve despacito y al llegar te tomas algo calentito”. 18: Y Jesús hizo caso a su Padre y volvió a casa despacio y al llegar se tomó un caldo de gallina y se sintió reconfortado pero de repente se acordó de que uno de sus apóstoles iba a traicionarle y le dio la bajona.

martes, 27 de enero de 2015

El último pichatriste


Casi todos los especialistas menos unos pocos coinciden en que, de entre todos los poetas de ultimísima hornada, Georges Lastimere es quizá el que más grima da. Máximo exponente de la corriente conocida como pichatristismo, su tercer libro, Suicidémonos juntos, pero empieza tú, ha causado una auténtica conmoción en los círculos literarios europeos, la mayoría de los cuales se ha echado a la bebida después de que la Editorial Chienne et Fils anunciara una segunda edición. Esta colección de poemas en prosa de métrica beoda ofrece un nuevo recorrido por las obsesiones de Lastimere: la desesperación cotidiana (“Pues nada, aquí, en el fondo del abismo. ¿Y tú, qué tal?”),  los recuerdos de infancia (“Mami querida, suelta despacio ese soplete”), el desamor (“A solas con tu enfermedad venérea”), el bloqueo creativo (“ ”), entre otras no menos deprimentes. El Departamento de Estudios Poéticos y Mierdas de Esas de Un beso de buenas noches de mil demonios tiene la satisfacción de compartir con ustedes una de las creaciones contenidas en el citado libro, titulada “El Infierno es un restaurante italiano muy chungo”, en sospechosa traducción de nuestro colaborador Ganímedes Pisto, experto en Lenguas Vivas, Lenguas Muertas y Lenguas a las que les Quedan Dos Telediarios. Ah, se joden.

            La Muerte
            disfrazada de repartidor de pizzas
            pegó al portero electrónico
Su pedido, susurró con voz ominosa
A mí tú no me engañas
Tú eres la Muerte. ¡La Muerte!
Que no, hombre, que no, mintió ella.
Que le traigo una pizza
con un huevo frito en medio,
como a usted le gusta
¿Tiene aceitunas negras?
Porque si tiene aceitunas negras
la devuelvo
Espere, que lo compruebo…
Aaaah, mierda
No la quiero
Pero, hombre, dijo la Muerte,
Quítele las aceitunas
y a tomar por culo
Ni hablar
Que aunque se las quite
dejan el regustillo
Joder, que tío tan delicado
¡Ya voy, Juliette! ¡Ya voy!
¿Está hablando conmigo?
Con mi mujer…
¡Coño, Juliette!
¡Que no es uno de mis amigotes!
¡Es la Muerte, que me quiere llevar con ella!
¡La Muerte!
Oiga, no tengo toda la noche…
¿Cómo que no vuelva tarde?
¿Adónde crees que vamos?
¿A jugar al chinchón?
¡Es la Muerte, Juliette!
Quiere que la acompañe
a ese lugar
del que nadie vuelve jamás
¡No, no me estoy refiriendo a Perpignan!
¡Golfa!
¿Quiere las alitas de pollo, al menos?
¡No! ¡Aléjate!
Vuelve con tu guadaña y tus alitas de pollo
bañadas en sabrosa salsa barbacoa
a la ciénaga a la que perteneces,
bestia inmunda
Sus muertos, oiga
¿Mis muertos?
¿Acaso tienen un mensaje para mí?
¡Habla, Muerte, habla!
¿Qué desean decirme mis ancestros desde el Otro Lado?
Que le folle un pez
¡Oh, aciago, enigmático mensaje,
que trae a mi mente fatídicos augurios
y la molesta imagen de dos atunes
entregados al carnal refocile!
Quizá necesite dos vidas
para descifrarlo
¿Qué más, Muerte?
¡Yo necesito saber!
¿Muerte?
¿Muerte?
¿Qué es lo que oigo, Muerte?
¿Son las tenebrosas voces de mis antepasados,
que reclaman mi presencia desde el Otro Lado?
¿O eres tú arrancando un ciclomotor?
            Eh… ¿Muerte?

lunes, 15 de diciembre de 2014

La luz al final del túnel y toda la marimorena


1. CALLE CIUDAD. EXT. NOCHE.
Está lloviendo. Un CURA anciano deambula por la calle notablemente inquieto, casi jadeante. Mira hacia todos lados, como buscando algo. Sus ojos se posan en un bar abierto. Se dirige hacia allí.

2. BAR. INT. NOCHE.
El local, de tonos ocres, está tenuemente iluminado. Hay unos pocos clientes en la barra y otros en las escasas mesas que hay junto a la pared. El cura se santigua y se queda en la puerta mirando a su alrededor, empapado. El BARMAN lo observa con curiosidad.

BARMAN: ¿Puedo hacer algo por usted, padre?
El cura duda antes de responder.
CURA: Estoy buscando a…
El cura hace una pausa. Los presentes lo miran en silencio.
CURA: ¿A… alguno de ustedes ha visto… a Dios?
Los parroquianos ríen quedamente. El cura está desconcertado.
BARMAN: Bueno, padre, lamento decirle que el Buen Señor no es precisamente uno de mis clientes habituales.
CURA (después de unos segundos): Pero… ¿no sabe dónde está? Alguien tiene que saberlo. Yo… (traga saliva) …llevo toda la vida esperando este momento y… y…(agacha la cabeza, con los ojos humedecidos).
BARMAN (amablemente): Ande, acérquese, que le sirvo algo.
Desde una mesa, dos hombres observan al cura. MANOLO, de poco más de 50 años, de cabello más bien escaso y con bigote, bebiéndose un gin-tonic, y RAMÓN, rondando los 40, rubio y bien peinado, con un botellín de cerveza en la mano.
RAMÓN (mirando al cura): Pobre mamón.
MANOLO (molesto): Eh, eh. Un respeto, que es un sacerdote, y además el pobre se acaba de llevar un palo muy gordo.
RAMÓN: Ya te digo. Toda la vida rezando a un Dios que se hace el tonto, y cuando por fin se muere…
MANOLO: Oye, Ramón, me da igual que seas ateo, pero me toca mucho los cojones que hables así de Nuestro Señor.
RAMÓN: Agnóstico. Soy agnóstico.
MANOLO: Sí, bueno, lo que sea.
RAMÓN: No. Lo que sea, no. Que yo no digo que no haya Dios, ojo. Lo único que digo es que, si existe, cuánto le cuesta ser sociable, cojones.
MANOLO: Ya empezamos. Mira, Ramón, tú no tienes ni idea de cómo es Dios.
RAMÓN: ¿Y tú? Oye, Manolo, ¿cuánto tiempo llevas muerto?
MANOLO: Yo qué sé. Lo mismo cuatro años, o cinco. El tiempo es relativo, ¿no dicen eso? Sobre todo aquí. Aquí el tiempo es relativo que te cagas (da un trago a su gin-tonic).
RAMÓN: ¿Y tú has visto al Creador alguna vez en todos estos años? ¿O conoces a alguien que lo haya visto?
MANOLO: Ya sabes que no. Pero eso no quiere decir que no se encuentre en alguna parte.
RAMÓN: ¿Dónde? ¿En su residencia de la costa?
MANOLO: Mira, Ramón. Estamos muertos, ¿verdad? A mí me pegaron un tiro. Y tú… tú saltaste por el balcón de un décimo piso. Lo recuerdas, ¿verdad?
RAMÓN: Cómo olvidarlo. Mi psicoanalista lo menciona cada día. “A ver, Ramón, ¿usted por qué se quitó la vida? Si la vida era bella”. Hay que joderse.
MANOLO: ¿Estás yendo al psicoanalista?
RAMÓN: Sí, sí. Empecé a ir hace dos semanas o tres, no sé. A uno especializado en suicidas.
MANOLO (no sale de su asombro): ¿Y… y de qué te sirve ahora?
RAMÓN: Bueno, en algo tendré que entretenerme. La muerte es muy larga.
MANOLO: Volviendo al tema… ¿Qué te estaba contando?
RAMÓN: A ti te habían pegado un tiro, yo había saltado por el balcón…
MANOLO: Ah, ya. Total, que nos hemos muerto y aquí estamos. ¿Entiendes lo que te quiero decir?
RAMÓN: ¿Que esto es el Cielo? ¿A eso te refieres?
MANOLO: ¿Qué si no?
RAMÓN: ¿Cómo que qué si no? Oye, ¿sabes dónde desperté después de matarme y de la luz al final del túnel y toda la marimorena? En una cuneta. Y allí no apareció para recibirme ni San Pedro Bendito ni la madre que lo parió.
MANOLO: ¿Y qué esperabas? Te quitaste la vida. Rechazaste el regalo más preciado del Señor. A Él le sientan mal esas cosas, hombre.
RAMÓN: Precisamente. Me suicidé, así qué, ¿no debería estar en el Infierno? ¿O es que el Creador ha modificado su código penal y no nos hemos enterado?
MANOLO: ¿A ti esto te parece el Infierno?
RAMÓN: ¿Y a ti el Cielo?
MANOLO: Bueno, no puedo decir que me lo imaginara así, pero...
Un borracho acodado en la barra se desliza y cae al suelo.
RAMÓN (mirando hacia el borracho): Hala, a dormir junto a los leones y las gacelas.
MANOLO: Entonces, según tú, ¿dónde estamos? ¿En el Purgatorio?
RAMÓN: Podría ser. ¿O es que no has entrado al lavabo de este antro? 
MANOLO: Mira, no me calientes el tarro. Lo único que sé es que aquí nadie sabe nada. Dejémoslo estar.
RAMÓN: Oye, ¿tú no eras detective?
MANOLO (enfatizando): Inspector de policía. Detective… No hay detectives en la policía. ¿Tú en qué mundo vives?
RAMÓN: Eso mismo es lo que me gustaría saber. ¿Nunca has intentado…?
MANOLO: ¿Seguirle la pista al Señor? Sí, claro que estuve investigando cuando llegué aquí, pero… (niega con la cabeza)
RAMÓN: Ya. Tus pesquisas te llevaron a un callejón sin salida. ¿No es eso lo que decís vosotros?
MANOLO: Yo no he dicho eso en mi puta vida. Oye, tú estás muy mal, ¿eh?
RAMÓN: Así que ni rastro de Dios.
MANOLO: Ni de Dios, ni del Espíritu Santo, ni de San Pedro Bendito.
RAMÓN: Y, a pesar de su reticencia a dejarse mostrar, sigues creyendo en Él porque…
MANOLO: Porque tengo fe. ¿Nunca te han explicado qué es la fe? La fe es… creer en algo, pero de verdad, ¿me entiendes? Sin medias tintas. Creer en algo a saco.
RAMÓN: Ajá. ¿Eso es lo que le vas a decir si te encuentras con Él alguna vez? (Golpeándose el pecho con el puño cerrado) “Señor, creo en ti a saco”.
MANOLO: Si alguna vez lo veo… no sé, le daría las gracias por darme la vida, supongo. Ya sé que tú no lo harías, porque crees que la que te dio a ti era una mierda, pero…
RAMÓN: Y la vida después de la muerte también es una mierda. ¿Sabes qué me gustaría? Me gustaría que alguien me invocara en una sesión de espiritismo, y que me preguntara por el Más Allá. Me encantaría eso. “Ramón, ¿puedes decirnos cómo es el Más Allá?”. ¿Sabes qué le contestaría? “¿El Más Allá? El Más Allá es una puta mierda, hombre”. Qué asco, joder. Si pudiera matarme otra vez, lo haría.
MANOLO: ¿Te estás escuchando? No puedes morir otra vez. El alma es inmortal.
RAMÓN: Inmortal, sí. Inmortal e intangible, dicen. Pues a mí me ha salido un forúnculo. Un forúnculo en el alma, hay que joderse. Y al segundo o tercer día de llegar pisé una piedra y me torcí el tobillo. Estuve una semana cojeando. Así que intangible, los cojones. Seguro que al final ni es inmortal ni nada.
MANOLO: Oye, aquí no te sirve de nada pensar de una manera lógica y racional. Los caminos de Dios es lo que tienen. Que son inescrutables.
RAMÓN: ¿Conoces a alguien que haya muerto estando aquí?
MANOLO: No. No de viejo, ni de enfermedad, ni por accidente, ni nada de eso. ¿Adónde quieres ir a parar?
RAMÓN: Escucha, ¿y si tu Dios se encontrara en el siguiente nivel?
MANOLO: ¿Pero tú qué te has creído que es la otra vida? ¿Un puto videojuego?
RAMÓN: Oye, no voy a quedarme aquí el resto de la eternidad sin hacer nada. Estoy muerto, y exijo una explicación (decidido). Voy a matarme otra vez, hombre.
MANOLO: Mira que dices gilipolleces cuando estás borracho.
RAMÓN: No estoy borracho. ¿Guardas tu vieja pistola?
MANOLO: Claro, siempre la llevo encima. Pero, oye, ¿por qué no te olvidas de la pistola y pruebas a ahorcarte? Si después de unos minutos vemos que no pasa nada, te descuelgo y apenas te quedarán marcas.
RAMÓN: ¿Sabes cómo he deseado morir siempre, que no lo puede hacer la primera vez? Aplastado por un piano. Aunque soy consciente de la dificultad de todo el embolado. Tendríamos que enterarnos de alguien que se mudara y que tuviera un piano, y que lo metiera por la ventana de su piso con una polea.
MANOLO: ¿Qué me has dicho, que no estás borracho, o que sí?
RAMÓN: Oye, ¿por qué no lo intentamos? Anda, pégame un tiro.
MANOLO: ¿Ahora?
RAMÓN: Sí, ¿qué pasa? ¿No estás de humor?
MANOLO: Oye, oye, a mí no me metas. Si quieres matarte, ya eres mayorcito, pero apáñatelas tú solo.
RAMÓN: (alarga la mano hacia Manolo): Anda, dame la pistola.
MANOLO: Ramón, esto es absurdo.
RAMÓN: Que sí, hombre, que sí. Dame la pistola.
Manolo suspira. Saca la pistola y se la pasa a Ramón, que quita el seguro y se la pone en la sien.
BARMAN (a Ramón): ¡Oiga! ¿Qué coño está haciendo?
RAMÓN: Tranquilo, Bartolo. Es solo un experimento; será un momentito.
BARMAN: ¿Y después quién lo va a limpiar? ¿Tu amigo?
Ramón mira a Manolo.
MANOLO: A mí no me mires, que mañana quiero levantarme temprano para ir a misa.

3. CALLEJÓN. EXT. NOCHE.
Ha dejado de llover. Ramón tiene la pistola en la sien y los ojos fuertemente cerrados. Traga saliva. Manolo se encuentra a cinco metros frente a él.
MANOLO (un tanto nervioso): Apunta al pecho, mejor.
RAMÓN (abriendo un ojo): ¿Eh?
MANOLO: Imagínate que falla. ¿Qué te hace pensar que quiero cuidar de un puto tío inmortal con media cabeza el resto de la eternidad?
RAMÓN: Ah (coge la pistola con las dos manos y se apunta al centro del pecho).
MANOLO (impaciente): Un poco más a la izquierda, joder.
RAMÓN: Oye, ¿qué quieres? Es solo la segunda vez que me suicido. Y la primera no precisaba tanta técnica.
MANOLO: ¿Quieres acertar en el corazón, o no?
RAMÓN: Manolo, hazlo tú.
MANOLO: ¿Qué? Ni hablar.
RAMÓN: Venga, Manolo, tú sabes cómo va esto.
MANOLO: ¿El qué? ¿Lo de pegarle un tiro en el pecho a un amigo? Pues no.
RAMÓN: Siempre hay una primera vez para todo.
MANOLO: No me hagas esto, Ramón.
RAMÓN: Lo que pasa es que no tienes huevos.
MANOLO (levantando el dedo): No me calientes, Ramón, no me calientes.
RAMÓN: Cagón.
MANOLO: ¡Oye, que no tengo dieciséis años!
RAMÓN (ofreciendo la pistola a Manolo): Venga, Manolo. Hazme ese favor. Será lo último que te pida.
MANOLO: Ni siquiera eso me puedes asegurar.
Ramón mira a Manolo con ojos suplicantes y con la pistola tendida. Manolo suspira y coge la pistola a disgusto. Apunta a Ramón, que cierra los ojos y alza la cabeza.
MANOLO: Ramón… (Ramón  vuelve a abrir un ojo). Que… que para ser un hereje que sólo merece la hoguera, no eres mal tipo.
RAMÓN (conmovido): Gracias, Manolo. Tú tampoco (vuelve a cerrar los ojos con fuerza, temblando).
Manolo aprieta los labios y dispara. Ramón se desploma. Manolo baja lentamente la pistola, horrorizado. Ramón está agonizando.
MANOLO (corriendo hacia Ramón): ¡Ramón! ¡Ramón! (se arrodilla junto a Ramón). Ramón, dime algo. ¿Cómo estás?
RAMÓN (sin resuello): Ahí andamos (tose).
MANOLO: ¿Qué sientes? ¿Ves algo?
RAMÓN: Hay… hay una luz al final de un túnel.
MANOLO: Coño, ¿otra vez?
RAMÓN: Me huele a mí que esto va a ser otra mierda (gime).
MANOLO: ¡Ramón! ¡ Ramón! (Ramón muere). Ramón…

4. CAMPO ABIERTO. EXT. DÍA.
Ramón despierta como de un sueño, apoyado contra el tronco de un árbol. El día es radiante; el silencio, absoluto. Cierra los ojos e inspira profundamente, con una leve sonrisa en los labios. Parece en paz consigo mismo. Entonces, recibe una pedrada en la frente.
RAMÓN (llevándose las manos a la frente): Pero… ¡¡Coño!!
Abre los ojos y ve a escasos metros de distancia a un NIÑO de unos 10 años con pantalón corto parado frente a él.
RAMÓN: ¡Niño! ¡En tu puta madre me cago!
NIÑO (a todas luces escasamente arrepentido): Perdone. No sabía si estaba…
RAMÓN (levantándose): Ya, ya. Joder. Oye, niño, ¿tú sabes dónde estamos?
NIÑO: En… ¿el campo?
RAMÓN: Cojonudo.
Manolo aparece detrás de Ramón, un tanto soliviantado.
MANOLO: ¡Ramón!
RAMÓN (se lleva un susto de muerte): ¡Hostia! (ve a Manolo). ¡Manolo! ¿Qué coño haces tú aquí?
MANOLO: No sé, me entró pánico y, bueno, me… me volé la cabeza.
RAMÓN (molesto): Ah, conque la cabeza. Tu sí, ¿no? Yo no puedo volarme la cabeza, pero tú sí. Yo tengo que recibir un disparo en el pecho. ¿Tú sabes el mal rato que he pasado, lo que duele eso, cojones?
MANOLO: Hombre, ya que he visto que funcionaba, he ido a lo seguro.
RAMÓN: A lo seguro, a lo seguro… ¡Contento me tienes!
MANOLO: Bueno, ¿dónde estamos?
RAMÓN: Y yo qué sé (al niño): Chaval, ¿Dios está por aquí?
NIÑO: ¿Quién?
RAMÓN: Dios. Uno así con barbas.
El niño encoge los hombros.
MANOLO: Pero, hombre, dale más datos.
RAMÓN (no muy convencido): Así, con una túnica blanca… que siempre va en sandalias… vamos, digo yo…
NIÑO: No me suena. Vivo en un pueblo pequeño, y allí se conoce todo el mundo.
RAMÓN (para sí): Anda que estamos aviados.
MANOLO: ¿Y ahora qué hacemos?
RAMÓN: ¿Tienes la pistola?
MANOLO: Pero, hombre, ¿otra vez?
RAMÓN (suspira): Niño, ¿queda muy lejos tu pueblo?
NIÑO: Que va. Aquí al lado.
RAMÓN (a Manolo): Vamos a tomar algo y luego ya veremos. (Al niño) ¿Nos llevas allí?
El niño asiente y echa andar. Manolo y  Ramón lo siguen.
RAMÓN (mientras se alejan): Así que un tiro en la cabeza. ¿Sentiste algo?
MANOLO: No, que va. Fue algo instantáneo.
RAMÓN: Serás cabrón.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Un post del blog gastronómico de Clodomiro Morcillo


Transcripción del discurso de aceptación del Premio Miguelín al Mejor Chef de 2014

Quién me iba a decir a mí hace treinta años, cuando achicharré mi primer huevo frito, que un día iba a estar encima de esta tarima aceptando el Premio Miguelín al Mejor Chef del Año delante de todos ustedes. Se lo comenté a mí mujer esta mañana mientras rascaba los restos de un boñigo seco de las suelas de mis zapatos de bonito: “Quién me lo iba a decir, ¿eh, Maru?” “¿Quién te iba a decir qué? Esta cinta de correr de segunda mano hace tanto ruido que no me entero de un pimiento. A ver si para Reyes me compras una nueva, que no sueltas un duro así te maten, mala puñalá te den”.
La tarea de un chef no es fácil, amigos, y el que diga lo contario, o bien miente, o bien tiene una opinión diferente a la mía. Un amigo mío, artificiero de profesión, me dijo un día: “Hombre, no te quito méritos, pero tendrás que reconocer que tu trabajo se sobrelleva mejor que el mío. Vale que un comensal te puede amargar el día criticando la textura de tu crujiente de almendras, pero tú al menos no te levantas todos los lunes sin saber si vas a volar en pedazos antes de la hora del aperitivo”.  Craso error, y así se lo hice notar a mi amigo. Porque cabe recordar aquí y ahora que yo, Clodomiro Morcillo, he elevado la tarea de cocinero a la categoría de profesión de riesgo. No olviden que aún ostento el Record de Restaurantes Calcinados de la Civilización Occidental –porque a nivel global todavía anda por ahí cierto chef hindú que ha reducido a cenizas más casas de comidas que yo, Shiva se cague en su casta. Este título ha servido a algunos de mis críticos para cebarse con mis revolucionarios métodos culinarios. Al igual que todos los innovadores de este planeta, he sufrido el acoso de “creadores de opinión” con mentes estrechas y conservadoras, y no solo porque algunos de ellos han salido de mis locales envueltos en llamas antes del postre, hecho que, según los expertos, no contribuye a una correcta digestión. ¿Acaso dije alguna vez que cocinar con plutonio líquido estuviera exento de riesgos? Jamás, pero eso no fue óbice, ¿se dice así?, para que algunos me pusieran a parir. Escuchen, escuchen la crítica que cierto cronista de medio pelo me hizo una vez en su periodicucho: “Anoche estuve cenando en el nuevo restaurante del Chef Morcillo, Le Petit Hiroshima, que ha suscitado una gran atención mediática gracias a su novedosa técnica del plutonio líquido. Nada que objetar respecto al menú –una sugestiva combinación de platos de inspiración oriental-, pero esta mañana me he levantado con una oreja menos”. A mí las personas con una sola oreja siempre me han parecido muy cómicas, pero el asunto no se prestaba a bromas. ¿Me estaba acusando de algo aquel botarate? Afortunadamente, el cabreo ante tamaña insinuación se me pasó en seguida y me invadió un sentimiento parecido a la compasión; tengo entendido que aquellos que pierden una oreja se vuelven muy envidiosos de repente. Circunstancia que, curiosamente, también se da en las personas que pierden la nariz. Pero bueno, yo llevo cejas postizas desde el incendio de mi primer restaurante hace más de veinte años y no siento envidia de aquellos que todavía se las pueden recortar, aunque cada uno es como es.
En fin, no me gustaría dejar pasar la oportunidad de dedicar este premio a la memoria de mi maestro, el gran chef Herminio Nomeolvides, un hombre por el que sentía un gran respeto, aunque una vez le partí seis piezas dentales y el labio inferior con un pavo congelado. Y es que Herminio era un gran profesional, pero como mentor a veces podía resultar un tanto cargante. Todavía me duele recordar cómo se vio envuelto en aquel feo asunto de la Mafia del Arroz con Costra, la llamada Costra Nostra. Seguro que lo recuerdan; Herminio presumía de hacer el mejor arroz con costra de Europa, África del Norte y la Cuenca Amazónica. Una vez le pregunté si lo de la Cuenca Amazónica iba en serio, y me contestó, “¿Tú te vas a desplazar hasta allí para comprobarlo? ¿No? Entonces te callas”. Así se la gastaba Herminio. Lo cierto es que su plato era tan bueno que una renombrada revista del corazón le ofreció una suculenta suma de dinero por publicar la receta en su suplemento culinario. La oferta llegó a oídos de la Costra Nostra, que, temerosa de que sus secretos gastronómicos quedaran al descubierto, amenazó a Herminio con secuestrar a su proveedor de costra. Recuerden que en aquellos tiempos –les hablo de hace treinta años- no resultaba tan sencillo como hoy encontrar costra de calidad. Había que patear muchas leguas para dar con una costra siquiera digna, y algunos proveedores sin escrúpulos no vacilaban en vender mercancía adulterada, que daban al arroz una textura totalmente inadecuada y resultaba imposible de maridar con un buen vino blanco. Finalmente, Herminio cedió a las presiones y devolvió el cheque a la revista, para disgusto de su esposa, que tenía previsto reformar el cuarto de baño y comprarse una piscina hinchable.        
           Para terminar, me gustaría dar la gracias al jurado del Premio Miguelín y recordarles a todos ustedes que este galardón coincide con la apertura de mi vigésimo séptimo restaurante, Le Cordon du Police. Visítenos ya. No, en serio. Mañana podría estar hecho una ruina.

domingo, 23 de noviembre de 2014

El Sr. X, el café y las serpientes

Para el señor Fulano Equis, el subconsciente es un pretendiente no deseado, en exceso baboso y con los dientes ligeramente torcidos, aunque demasiado tímido como para confesar abiertamente su deseo de apagar cigarrillos en sus nalgas. De todos los elementos que conformaban la estructura general de su existencia, por lo demás tan pulcra y bien apuntalada, el subconsciente ocupa el rincón más húmedo y polvoriento de la estancia y, a ojos de su propietario, resulta tan inadecuado como un microondas en una mansión victoriana o un bote de propinas en un local de alterne. Cierta vez, durante una acalorada discusión acerca del presupuesto del nuevo ascensor, el psicoanalista que vive en el 5º C le dijo al Sr. X que el subconsciente era un ingrediente esencial para una vida mental sana, y este le preguntó si no estaba cansado de retirar los muebles para analizar la composición del polvo. La descripción “mamporrero psíquico” también salió a relucir durante la conversación, y no solo hubo que convocar una segunda asamblea para discutir el presupuesto del nuevo ascensor, sino que el Sr. X y su vecino el psicoanalista jamás volvieron a prestarse tomates para el sofrito ni a devolverse las cartas cuando el cartero se equivocaba de buzón. Sin embargo, muy de higos a brevas y siempre cuando el Sr. X se deja acunar a regañadientes en los no siempre firmes brazos de Morfeo, su subconsciente ensaya discretos intentos de reconciliación, que son rechazados tajantemente por el objeto de su deseo con frío desdén y dos tazas de café mañanero. Uno de aquellos desdichados intentos tuvo el siguiente desarrollo: El Sr. X soñó que dejaba su bien encapsulado puesto de auxiliar administrativo y decidía abrir un local de restauración llamado Café con Serpientes. La Sra. X protesta enérgicamente y dice que ella preferiría abrir otro que se llamara “Showarmaggedón. The Ultimate Showarma Experience”, porque en el sueño del Sr. X su mujer estaba logrando unos progresos en su cursillo de inglés para mayores altamente improbables en su vida de vigilia. El Sr. X, impertérrito, se empecina en su proyecto empresarial, que consiste en una cafetería decorada con jaulas de serpientes, algunas venenosas, otras no; algunas jaulas bien cerradas, otras abiertas o rotas. “Imagínense a un cliente que entra a tomar un café y no sabe a ciencia cierta si va a salir de allí con vida”, expone el Sr. X en una reunión de potenciales inversores que resulta ser un éxito; un magnate de la industria del café sugiere abrir una franquicia, el propietario de un zoológico accede a rebajar el precio de algunas serpientes que le sobran. La inauguración resulta un clamoroso triunfo, con cientos de clientes haciendo cola para tomarse un capuchino mientras se juegan el pellejo. Una reportera de la televisión local entrevista al Sr. X en el exterior de la cafetería. “Deben gustarle mucho las serpientes”, dice la entrevistadora. “La verdad es que las serpientes nunca me han interesado demasiado”, contesta el Sr. X, “pero me gusta el café”. La reportera se da cuenta de que ha quedado como una imbécil y decide repetir la entrevista. En ese momento, el misericordioso despertador del Sr. X le lanza una liana a la que agarrarse. Dos minutos después, Café con Serpientes ha desparecido totalmente cañería abajo, acompañado de una generosa ración de legañas.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Un post del blog de moda de Regina Wilkinson (escrito por su primo Paco Pepe)

 Entrevista a Arnoldo Pértigas, modisto. Y muy famoso, por lo visto.

Yo no sé ustedes, pero yo veo a esta bajar por la calle y me cambio de acera.

Buenas, soy Francisco José Pedernales Wilkinson, pero todos en el pueblo me conocen como Paco Pepe el inglés, porque mi bisabuelo por parte de madre era de Ósfor, que no sé cómo se dice bien. Yo siempre he dicho Ósfor. Mi bisabuelo también pasó una temporada en Quémbrich, donde estudió anatomía forense, y después se vino de vacaciones a España y conoció a mi bisabuela y la dejó preñada y se quedó aquí sembrando papas y criando gallinas. Y bueno, no he venido aquí para contaros la historia de mi familia. Mi prima Regina no ha podido escribir el artículo de hoy porque, como dice ella, se encuentra indispuesta, así que me ha mandado una hoja con preguntas, un radiocasete pequeñito para grabar y un billete de autobús para la ciudad y me ha encargado el recado de entrevistar al diseñador de moda Arnoldo Pértigas. A la paz de Dios.

Buenas tarde, señor Pértigas. Mi prima Regina me manda decir que la excuse, que le ha sido imposible venir porque se encuentra indispuesta.
Sí, sí, estoy enterado. Nada grave, espero.

No, nada. Se está cagando viva.
Oh. ¿Gastroenteritis?

¿Se dice así ahora? Yo siempre le he dicho “cagalera”. Bueno, cuando voy al médico no le digo “Doctor, tengo una cagalera que me estoy yendo por la pata abajo”. Eso se lo digo a usted, en confianza. Al médico le digo que tengo el vientre suelto, y él ya me entiende. Le deja a uno el cuerpo hecho una porquería, ¿que no? Bueno, qué le voy a contar yo a usted, con lo canijo que está.
Eh, ejem, ¿pasamos a la entrevista?

Claro, claro, perdone. Que si no, nos vamos a pasar todo el día hablando de la cagalera de la Regina, y después la gente lee esto en el interné y le pregunta “¿Se te ha pasado ya la cagalera, Regina?” y le deja dibujado unos muñequitos de mojones… ¿Los ha visto usted? Unos muñequitos así que son mojones chiquititos con ojos. La gente es muy cabrona.
Eh, ¿lleva las preguntas preparadas? Su prima me dijo que se las había enviado.

Sí, sí, me las apuntó en un papel, pero, ¿sabe lo que pasa? Que no sé dónde lo he dejado. Yo para mí que había echado la hoja en el petate, pero por lo visto me la dejaría encima de la mesita de noche o no sé dónde, así que he escrito yo unas preguntas en el autobús de camino para acá.
Vaya por Dios.

Le van a gustar, ya verá. Se me ha ocurrido hacer la entrevista desde el punto de vista de uno que no entiende mucho de moda.
Veo que tiene su propio y original estilo periodístico.

Sí, será, pero lo verdad es que no tengo mucha idea de moda, aunque podrá comprobar que hoy me he puesto mis mejores pantalones de pana para verle a usted.
Bueno, no es que el beige descolorido por el sol sea el tono estrella este año, pero...

El dobladillo de la pernera izquierda está un poco descosido porque un gorrino me ha mordido el pie justo antes de salir y mi Jacinta no ha podido cosérmelo porque se iba el autobús.
Natural.

Anda, que lo contenta que debe de estar su madre... Críe usted hijas para esto. ¡Que lo vas enseñando todo, zagala!

Bueno, pasemos sin más dilación a la entrevista, ¿se dice así, dilación? Porque, si usted quiere, pasamos con más dilación. ¿No?
Creo que ya nos hemos dilatado bastante.

Sí, jajaja, qué finos son ustedes, los que llevan coleta. Oiga, qué colonia tan fuerte lleva usted, ¿no?
¿Le gusta? Es mi nueva fragancia, “Eau de Fleur Pour Homme”.

Espere que la apunte, que le se la voy a comprar a mi padre por Navidad. O-de-flé…
Eh, ¿sabe usted francés?

¿Y a usted qué le importa? ¿Acaso le he preguntado yo por sus estudios?
No, verá… El nombre de la fragancia está en francés.

Hostia. Y eso, ¿por qué?
Pues porque… Mire, es muy largo de explicar. Cosas de diseñadores, ¿entiende?

Bueno, pero si voy a Segismunda la droguera y le digo, “Segis, un tarro de Odeflé Pulgón”, ella me entiende, ¿no?
No es “Pulgón”, es… Mire, ya le regalo yo un bote, ¿de acuerdo?

No es para mí, es para mi padre. Yo no estilo mucho eso de los perfumes. Bueno, de vez en cuando me refriego un nabo por el cuerpo, y voy echando una tufarada a puchero que da gloria olerme. Pero no todos los días, se vaya usted a creer; solo lo hago para alguna ocasión importante, como la boda de un hermano o…
¿Quiere empezar de una vez con la entrevista, por el amor de Dios?

¡Jajajaja!
¿Qué le pasa ahora?

Que cuando digo “nabo”, me refiero a un nabo de la huerta, no al que usted está pensando. ¡Que yo no soy como ustedes, los que llevan coleta!
¡¿Qué está usted insinuando?!

Porque sabrá lo que es un nabo, ¿verdad?
¡¡Cómo no voy a saber lo que es un nabo!!

Hombre, lo mismo que yo no sé francés, pues digo, “A lo mejor este no sabe lo que es un nabo”. Como su mundo y el mío son tan diferentes…
Mire, amigo, le voy a ser sincero. Me pone usted enfermo.

Bueno, bueno, no se irrite, que ya empiezo con la entrevista. Primera pregunta: Eeeeeh… Vaya por Dios. Es que, como he escrito la entrevista en el autobús, ¿se lo he dicho? pues con tantos baches no entiendo mi letra. ¿Puede usted ayudarme?
Hay que joderse. A ver, traiga acá… Vaya letra fea que tiene usted, caramba. ¿Qué pone aquí? Ma… ¿Maricón? ¡¿Pone maricón?!

Sí, bueno, era parte de una pregunta que ya no me hace falta hacerle.
¡¿Pero qué cojones se ha creído?! ¡Eso es lo que me revienta de ustedes, la gente normal! ¡Se creen que porque diseño moda pierdo aceite! ¡Están cegados por sus estúpidos prejuicios! ¡Ceporro!

¡Eh, que usted no es el más indicado para hablar de los prejuicios de los demás! ¡Que, solo por ser de pueblo, ya me ha tomado usted por un ceporro!
¡Es que es usted un ceporro!

¡Y usted un maricón!
¡Ceporro!

¡Maricón!
¡Ceporro!


Buen, pues esta es la entrevista que le he hecho a Arnoldo Pértigas; espero que os haya gustado a vosotros y a mi prima Regina, que si quiere puede cambiar un par de cosas, como lo de que está con cagalera, y decir que la ha hecho ella. Y total, que esta mi primera experiencia como periodista ha sido muy satisfactoria y me ha resultado muy grato conocer al gran diseñador Arnoldo Pértigas, al que desde aquí mando un saludo si está leyendo esto. ¡Maricón!