¡Uylaqueliao!
Era el Primer Día de la Creación, y
el Hacedor se había levantado de la cama un tanto apático. Casi se arrepentía
de haber hecho la luz y encontrarse aquel desolador panorama; en honor a la
verdad, no sabía ni por dónde empezar. Después de pensarlo unos minutos, Dios enfiló
el camino de vuelta al Cielo con la firme resolución de consultar su siguiente
paso con la almohada.
—Bueno, tienes espacio de sobra.
Podrías empezar colocando el piano —le dijo esa noche la almohada (para no
ahondar demasiado en el bochornoso asunto de los objetos parlantes, digamos que,
por un lado, Dios era omnipotente, y, por otro, se sentía muy solo).
—Un piano no soluciona el problema.
—El piano es solo el principio —la
almohada trató de imprimir cierto matiz conspirativo a su voz, empresa
meritoria por poco habitual en el gremio de los artículos de descanso.
—¿Y luego?
—No sé. ¿Una estantería de estilo
rústico? —respondió la almohada, que en realidad se había quedado sin ideas. Algo
muy corriente en una almohada, dicho sea de paso.
Si bien es cierto que más tarde Dios
sería conocido como el tipo que creó el Cielo y la Tierra y Todo lo que Existe,
en aquel momento la sola idea de tener que sacarse de la manga figuras de
cerámica que acumularan polvo encima de una estantería bastaba para cortarle la
digestión, así que desechó la propuesta de inmediato. Él aún no lo sabía, pero
había tomado la decisión correcta. De lo contrario, la enumeración sistemática
de la Creación (Luz — piano — estantería rústica — pato de porcelana) habría
arrojado una gradación de interés marcadamente decreciente.
—Olvídalo —dijo finalmente el
Hacedor—. No sé para qué pregunto.
—Estamos hoy espesitos, ¿eh?
—Un piano… —dijo el Señor volviendo
a la idea que en aquel momento se le antojó menos laboriosa—. ¿Qué hago yo con
un piano?
—Lo he dicho por decir —confesó la almohada—.
No hace falta que te obsesiones con el tema.
—Mmm…
—Qué.
—Aunque quedaría bonito ahí, en
medio de la Nada.
—Yo lo único que digo es que, como
un piano es una cosa grande y difícil de ubicar, pues… —comentó la almohada con
secreto orgullo y una errónea sensación de protagonismo.
—Podría limpiarle el polvo todos los
días.
—¿El qué?
—El polvo. Una cosa que se me acaba
de ocurrir —dijo el Creador—. Bueno, ya lo meditaré mañana.
Y eso fue todo lo que pasó el Primer
Día de la Creación.
La
mañana siguiente, Dios se dirigió a la Nada Absoluta e hizo aparecer un
elegante piano de cola. Lo miró durante un rato. Después, creó el polvo y lo vio
asentarse sobre la tapa.
—Mañana sin falta lo limpio —dijo
Dios antes de retirarse.
Y eso fue todo lo que pasó el
Segundo Día de la Creación.
—Eres
un huevón —opinó un trapo de cocina al día siguiente.
—Y tú un trapo de cocina —dijo Dios—.
Lo que te falta en autoridad moral te sobra en lamparones.
—¿Por qué te empeñas en rebajar mi
autoestima?
—Porque estás hecho de poliéster.
Dios remató su café y su sándwich de
salami y dio por terminada la conversación. Estaba molesto, naturalmente, como
cualquiera que, creyéndose en posesión de la Verdad Absoluta, recibe una
segunda opinión no solicitada. Se dirigió dando un paseíto hacia la Nada, a la
que ahora prefería llamar el Sitio del Piano Sucio.
—Bueno, venga, que no tiene que ser
tan difícil —dijo Dios para infundirse ánimos—. Soy todopoderoso. Esto del universo
lo hago yo con la punta del cipote.
El Hacedor miró distraídamente a su alrededor
y vio a unos metros de distancia a un silencioso espectador que a buen seguro
acababa de presenciar su vergonzoso soliloquio: un señor de pelo cano más bien
escaso, camisa gris, pantalones azul marino y tirantes, apostado detrás de una
valla metálica de color amarillo. De haber sabido que no estaba solo, Dios habría
procurado expresarse con menos vehemencia.
—¿Desde cuándo está usted aquí? —preguntó
Dios.
—Pues no sabría decirle —dijo el
caballero con voz grave—. Desde hace algún tiempo, supongo. Antiguamente aquí
no había nada, ¿sabe usted?
—De hecho, aquí no hubo nada hasta
ayer. Bueno, Nada sí que había, lo que no había era Algo —matizó el Hacedor.
—Entonces debo de estar aquí desde
antes de ayer, por lo menos —dijo el señor de pelo cano.
—Pues no había reparado en su
presencia hasta este momento —comentó Dios—. Debo de haberlo creado sin darme
cuenta.
—¿Usted a mí?
—Naturalmente —respondió Dios—. A
ver si se cree que los señores de pelo cano aparecen por generación espontánea.
—Pues, si acepta un consejo, preste
más atención la próxima vez que se disponga a crear algo —dijo el señor de pelo
cano—. Sobre todo si no quiere que sus obras presenten imperfecciones.
—Oh. ¿Acaso se considera usted una obra
fallida? —el Hacedor parecía molesto.
—Para empezar, se me caen los
pantalones —indicó el señor de pelo cano—. No sé mucho sobre omnipotencia, pero
dudo que una Creación Perfecta se tenga que ver obligada a llevar tirantes.
—Pues sí que es usted quisquilloso,
caramba.
—Disculpe si parezco de mal humor. Es
que el lumbago me está matando.
—Habitualmente pongo todos mis
sentidos cuando hago cualquier cosa. Todo lo que ve aquí lo he hecho yo, ¿sabe?
—replicó Dios con orgullo—. La luz y el piano sucio son obra mía.
El señor de pelo cano no se mostró
muy impresionado. Su inalterable semblante haría creer a cualquiera que había conocido
dioses con mejores currículums.
—Y no olvide añadir en su haber los
pantalones de la talla equivocada y los achaques lumbares —señaló el señor de
pelo cano.
—Está usted empezando a hincharme
las narices —repuso el Hacedor.
—Yo solo constato una realidad.
Dios se mantuvo unos instantes en
silencio, mirando aceradamente al señor del pelo cano mientras parecía meditar
la idoneidad de que su siguiente obra pudiera incluirse en la categoría Objetos
Muy Pesados que Caen Sin Previo Aviso Encima de Alguien. Finalmente, decidió
que empezar a corregir errores en un momento tan temprano de la Creación
denotaría un molesto matiz de inseguridad del todo indigno de un ser que se
había proclamado a sí mismo, quizá de manera un tanto prematura, La Verdad
Absoluta.
—¿Sabe? —dijo Dios finalmente—. Creo
que su presencia aquí responde a un motivo. ¿Qué le parecería ser testigo de la
Creación de Todas las Cosas? Quizá algún día necesite que usted le cuente a
alguien los Acontecimientos Tal y Como Sucedieron.
—¿Tendría que ceñirme a los hechos?
—Naturalmente —dijo Dios—. Bueno, no
es que lo tenga que explicar todo punto por punto. Por ejemplo, eso que he
dicho antes de hacer el universo con la punta del cipote lo puede suprimir de
su narración. No me importaría, la verdad.
—Ah, gracias por mencionar ese
detalle —dijo el señor de pelo cano—. Lo había olvidado por completo.
—Quizá no le vendría mal agenciarse
algo que le sirva para hacer anotaciones —dijo Dios, preocupado por el hecho de
que el tipo que había elegido como Cronista de la Creación mostrara una
alarmante escasez de memoria a corto plazo—. ¿Qué me dice? ¿Acepta?
—No veo inconveniente, si usted no
se demora mucho en este asunto de crear cosas —dijo el señor de pelo cano—. No
puede imaginarse cómo me duelen las piernas.
—Descuide
—dijo Dios—. Yo creo que en cuatro o cinco días tengo esto listo.
Y así fue que, sobrepasando
ampliamente la fecha estimada de fin de obra, el Creador de Todas las Cosas
creó Todas las Cosas que Faltaban. Menos, claro está, el pato de porcelana.
Cierto
día, Dios se acercó a un pequeño planeta que había puesto a enfriar tiempo
atrás y que, a simple vista, parecía menos feo que los demás; de hecho, casi
podía confundirse con una reproducción a pequeña escala del Cielo.
—¿Qué opinas? —preguntó
Dios.
—Pse —contestó el señor
de pelo cano, que ahora se hacía llamar Narrador Omnisciente.
—¡¿Cómo que ‘Pse’?! —exclamó
Dios, irritado—. ¡¿Qué tiene de malo este sitio?! ¡No te parece bien nada de lo
que hago, puñetas!
—Es que a mí,
particularmente, esta humedad me viene fatal para los huesos —repuso el
Narrador apoyado en su inseparable valla amarilla—. Pero, vamos, si a ti te
gusta…
—Me
encanta —dijo el Creador—. Por fin tengo un sitio donde colocar a mis nuevas criaturas.
—Y
esas criaturas tuyas, ¿cómo van a ser? —preguntó el Narrador—. ¿Se parecerán a
los ángeles? Porque esos te han salido bastante bien. No entiendo la perra que
te dio con lo de las alas, pero, aparte de eso…
—Sí,
me han salido muy bien —zanjó Dios—. De hecho, me han salido perfectos. Lo cual
no tiene nada de malo, pero, ¿sabes?, no me gusta repetirme. Estaba pensando en
unos seres provistos de la capacidad de escoger si quieren recorrer el camino
hacia la perfección o, en cambio, prefieren revolcarse en sus propios
excrementos.
—Los
excrementos, como si lo estuviera viendo… —murmuró el Narrador.
—¿Por
qué supones que van a elegir la opción que menos les conviene? —preguntó el
Señor con el ceño fruncido.
—Recorrer
el camino hacia la perfección… —dijo el Narrador—. ¿Eso no implica levantarse?
—Pero
mira que eres cenizo —espetó Dios, que se empezaba a preguntar si,
efectivamente, no habría sido mejor idea haber dejado al Narrador durmiendo—. No
es que los vaya a tener dejados de Mi mano. Ya me encargaré Yo de mostrarles el
Camino hacia Mí mediante la fe.
—¿Eso
qué es?
—Una
cosa que me acabo de inventar —dijo el Alfa y el Omega mirando hacia otro lado—.
Aunque, en última instancia, la decisión recaerá en ellos.
El
Narrador sopesó con prudencia la información proporcionada durante unos
segundos.
—¿Cabe
en un bolsillo? —preguntó.
—¿El
qué?
—La
fe esa.
—¡Claro
que no, tarugo! La fe es un concepto abstracto —el Señor carraspeó—. Ni se ve,
ni se oye, ni se toca, ni se huele, ni se saborea.
—Un
invento cojonudo —observó el Narrador.
—¡No
me gusta ese tonito!
—Entiéndeme.
Me estás diciendo que vas a entregar a tus criaturas algo que, bueno, que en
realidad no existe y que, según tú, les servirá para encontrar el Camino hacia Ti.
Supongo que no te resultará raro si finalmente no entienden las indicaciones.
—No
me agobies —dijo Dios—. A ver si no va a poder levantarse uno con el día
creativo, caramba.
—¿Y
qué será de ellos si se pierden? Porque tendrás que hacer algo al respecto.
—Yo
qué sé —dijo Aquel que Todo lo Sabe—. Ya pensaré en eso más tarde.
—Más
tarde, seguro —dijo el Narrador—. Que te conozco, Señor. Después lo vas
dejando, dejando…
—Anda,
¿por qué no te vas dar una vuelta y me dejas en paz un rato?
Una
vez a solas, el Hacedor observó con satisfacción los lagos y las montañas y los
bosques y las cascadas de aquel planeta que algún día se llamaría Tierra y
anunció:
—Decidido.
Aquí es donde voy a colocar a mis criaturas.
Y fue entonces cuando a Dios la
Creación se le fue de las manos.
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