lunes, 30 de marzo de 2020

Una velada con el Creador

"¡El tuyo, que está más zambullo! -espetó Lord Dunsbury"

El Apocalipsis según se mire. Capítulo 2.

Desperté empapado, como si durante la azarosa estancia de mi consciencia en el mundo onírico hubiera dejado mi envoltura carnal a merced de los lametones de una vaca fantasma.
—¡Jean-Claude! ¡Jean-Claude!
            Mi fiel mayordomo abrió la puerta de mi habitación casi de inmediato. Su aspecto en camisón y con un gorrito de dormir con borla en la punta sosegó un poco mi agitado espíritu.
            —¿Berreaba el señor? —preguntó Jean-Claude.
            —Ha sido horrible, Jean-Claude —dije casi sin resuello.
            —No lo pongo en duda, señor, a juzgar por su sudoración.
            —Ah, ¿esto? —dije comprobando el nivel de humedad de mi cuerpo—. No es sudor; son babas ectoplásmicas. —Estaba convencido de que mi viejo caserón, herencia familiar, se levantaba sobre un antiguo cementerio de vacas, cuyos fantasmas vagaban por los pasillos al caer la noche en busca de un cogote despistado que lamer.
            —Ruego disculpe mi ignorancia en materia de fluidos de otra dimensión, milord. ¿Debo deducir que ha sufrido otra pesadilla?
            —Una muy angustiosa —aclaré, por si la anormal apertura de mis fosas nasales y mis ojos como albondigones no fueran lo suficientemente diáfanos al respecto—. ¿Recuerdas que te conté ese sueño en el que yo me encontraba en el bingo y, cuando estaba a punto de cantar línea, salió del bombo una bola con el número 666? Pues peor.
            —¿Desea algo caliente para superar el mal trance por el que acaba de pasar?
            —Me temo que aún no estoy muy despabilado, Jean-Claude, y no sé exactamente si me estás ofreciendo un vaso de leche o un fugaz escarceo homoerótico.
            —No era mi intención parecer libidinoso, milord.
            —Ya, ya. Bueno, tráeme un vaso de leche, pero procura que no se entere ninguno de mis conocidos.
            Volví a quedarme a solas en mi habitación, mirando al techo y sin poder zafarme del todo de la intranquilizadora sensación que me había provocado la pesadilla. Intenté alejar de mi mente la idea de que pudiera tratarse de uno de esos molestos sueños premonitorios que venían aquejándome desde hacía unas semanas; el domingo anterior, sin ir más lejos, había soñado que me faltaba un número para ganar el gordo de la lotería, y al día siguiente supe que un tío mío de Sudamérica, millonario y sin descendencia, había resbalado con una boñiga fresca y estuvo a punto de matarse.
            —¡Ejem! —carraspeó lo que me pareció un ente incorpóreo a los pies de mi cama.
            —Deberías cuidarte esa carraspera, ente incorpóreo.
            La neblina informe empezó a concretarse, tomando un aspecto que concordaba con bastante exactitud con el del Creador del Universo.
            —¡Dios! —exclamé dando un brinco.
            —¿Esperabas a algún otro ente incorpóreo esta noche? —dijo Dios.
            —Disculpa, Señor. Por un momento te había confundido con el fantasma de una vaca.
            —¿Qué? —dijo Dios mirándose las lorzas.
Debo aclarar que Dios es la clase de tipo que atrae todas las miradas cuando entra en una habitación. Sobre todo porque flota a medio metro del suelo, rasgo que se considera muy exótico en determinados círculos.
—¡Oh, Altísimo! ¿Me harías el favor de cambiarme esa bombilla fundida?
            —¿Se te presenta el Creador de Todas las Cosas en mitad de la noche y eso es todo lo que tienes que decir?
            —Supongo que esperabas otra reacción por mi parte.
            —¡Naturalmente que esperaba otra reacción por tu parte! —dijo el Señor—. Al fin y al cabo, yo soy Dios, y tú un menda en calzoncillos. No habría estado de más algo de asombro reverente, o de miedo atávico. Igualito que Abraham, que se llevaba unos sustos cada vez que me veía aparecer de repente… Una vez le dije "¡Abraham!", y se le cayó la oveja que portaba a hombros por un barranco, del sobresalto. No veas que risa.
            —Es una historia muy divertida, Señor, pero me preguntaba si no preferirías que me pusiera una batita antes de seguir departiendo.

Quince minutos después, Dios y yo dábamos buena cuenta de unas tagarninas y una botella de bourbon frente a la chimenea de mi regio salón, sentados en sendos sillones orejeros.
—...y se le cayó la oveja por el barranco. ¡Deberías haberle visto la cara!
—Eh, Señor, no quiero parecer grosero, pero eso ya me lo has contado  —me atreví a decir. Estaba un poco perplejo, en realidad; uno se esperaba que un tío que se autoproclamaba Principio de Todas las Cosas hubiera protagonizado una mayor variedad de anécdotas jugosas a lo largo de su dilatada trayectoria.
            —Claro, hijo, claro; disculpa si me pongo nostálgico —suspiró—. Esos sí que eran buenos tiempos, ¿sabes? Los del Antiguo Testamento, como los conocéis vosotros. Plagas divinas, éxodos, ciudades en llamas. Reconozco que después me volví un poco inactivo. Bueno, la edad no perdona. —Me miró. Yo asentí comprensivamente—. Existir desde antes de Todas las Cosas es lo que tiene; conforme pasan los años, vas perdiendo iniciativa.
—¿Puedo preguntarte algo?
—¿Mm?
—Verás, tengo una duda que me atormenta desde que era niño. Una mujer enviuda, ¿vale? Y, al cabo de los años, contrae segundas nupcias. El nuevo marido se muere, y ella, pasado un tiempo, también. Va al Cielo, y como el alma es inmortal y todo eso, se encuentra allí con sus dos maridos. Mi pregunta es, ¿está casada con los dos, o qué? ¿Está permitida la bigamia en el más allá? Quiero decir...
            —Vale, vale, lo cojo. ¿Te encuentras frente a frente con el Creador del Cielo y de la Tierra y solo se te ocurre preguntarle esa memez? ¿No te gustaría saber, no sé, qué vas a encontrar cuando llegues al más allá?
            —¿Qué voy a encontrar cuando llegue al más allá? —pregunté  por cortesía.
—Mucho sitio para aparcar. ¿Alguna otra pregunta idiota?
—Tengo otra mejor. ¿Por qué has hecho a tanta gente que no cree en ti?
Dios se quedó estupefacto.
—Eh... ¡Esa es la pregunta de un niño de doce años!
—Bueno, es que no lo veo lógico. Joder, si yo fuera tú y quisiera crear una raza inteligente, lo último que se me ocurriría sería poner sobre el mundo a un montón de desgraciados que pasaran de mí, ¿me explico? Por poner un ejemplo de la vida real, es como si el Dr. Kabuto hubiera construido a Mazinger Z para que no obedeciera sus órdenes.
—¿Quién cojones es el Dr. Kabuto? —preguntó el Señor.
—Un científico; tú no lo conoces —expliqué—. Yo lo que digo es que sería una gilipollez. A ver, te gastas no sé cuántos millones de yenes en construir un robot gigante, hasta ahí todo normal, y ahora vas y lo programas para que te vacile. El Dr. Kabuto, "Oye, Mazinger", y Mazinger, "Que te pires". ¿Qué sentido tiene? Es como tirar piedras contra tu propio tejado, ¿me sigues?
—Pero, vamos a ver; ¿tú nunca no has oído eso de “Los caminos del Señor son inescrutables”?
—Sin ánimo de ofender, Señor, eso suena a típica evasiva de mierda.
—Quizá habría sido más sensato por tu parte no haber empezado la frase diciendo “Sin ánimo de ofender” —dijo el Creador, visiblemente molesto.
—Quizá —reconocí—. En mi descargo, he de decir que contrastar opiniones con el Creador del Universo no es precisamente lo más sensato que he hecho últimamente.
—El asunto que me trae aquí es de una importancia extraordinaria, como podrás suponer.
—Sí, bueno; presumo que no has bajado de los Cielos solo para trasegarte mi excelente bourbon —presumí—. Perdón; ¿he dicho trasegar? Quería decir libar, que es como más propio de dioses. ¿Sabes lo que pasa? Que por momentos olvido que estoy ante Dios. Será por la ceniza de puro que tienes en las barbas. Y porque libas como un vikingo, supongo. ¿He dicho un vikingo? Quería decir un romano.
—¿Le relleno la copa, Señor? —le preguntó Jean-Claude a Dios con intachable flema.
—Solo un culín —dijo Dios.
—Anda, sí, que vas a agarrar una merluza… —comenté.
—¿Sabes que puedo leer el pensamiento?
—No era un pensamiento —corregí—. Lo he dicho en voz alta.
—¿Ah, sí? Coño, pues sí que eres impertinente. —El Alfa y el Omega se bebió su copa de un trago—. He reparado en que por aquí no sois mucho de asustarse por la repentina aparición de entidades provenientes de otro plano astral.
—Oh, bueno; el viejo y fiel Jean-Claude ya está habituado a estas cosas —afirmé—. Ya sabes, por lo del cementerio de vacas.
—Ah, claro. —El Creador hizo una pausa—. ¿Qué?
—¿Qué decías de un asunto de suma importancia o no sé qué?
—Ah, sí, sí. —El Señor carraspeó—. Verás, hijo mío; el Fin de los Tiempos se acerca.
—No irás a pedirme un favor, ¿verdad? Porque no te conozco de nada —puntualicé.
—No es un favor —dijo el Señor—. Más bien se trata de una misión.
—Qué emocionante.
—Eres el Nuevo Mesías.
—¿Quién, yo? No, que va.
—Que sí, que te lo digo yo.
—Anda ya.
—Que sí, cojones.
—¿Por qué debo fiarme de tu palabra?
—Pues no sé. ¿Porque soy la Verdad Absoluta?
—Un momento. ¿Tú no habías enchufado a un hijo tuyo en el puesto?
Mucho se ha hablado sobre El Silencio de Dios, pero muy poco sobre El Silbido Elusivo de Dios.
—Eh, Creador de Todas las Cosas, ¿te estás haciendo el longui?
—¿Decías?
—Tu hijo. Cristo. El Antiguo Mesías.
—Ya hablaremos de eso en otro momento.
—¡Chan-chan!
—¡¿Cómo que “chan-chan”?!
—Es un efecto sonoro que sirve para acentuar lo que parece un elemento importante de la trama.
—¿Te han dicho alguna vez que eres muy tonto?
—Sí, sí. Así que soy el Redentor, ¿no?
—Sí.
—¿Por qué yo?
—Pues porque, eh… porque los caminos del Señor son inescrutables.
—Ah, ya veo. Tienes respuesta para todo, ¿eh?
—Nos hemos levantado sarcásticos hoy, ¿no?
—¿Y qué es lo tengo que hacer, exactamente?
—¿A ti qué te parece? Llevar mi Palabra a los cuatro confines de la Tierra y redimir los pecados de la Humanidad.
—Ah, bueno. Eso lo hago yo con la punta del cipote.
—Oye, si no te lo vas a tomar en serio…
—Disculpa mi grosera declaración autoafirmativa —dije—. Pensé que diciéndolo en voz alta me parecería una tarea más llevadera.
—No te voy a mentir, hijo mío; la labor que te encomiendo es un marrón —aclaró el Señor—. Pero tú tienes las aptitudes necesarias para llevarla a buen puerto.
—¿A qué aptitudes te refieres?
—Pues a tu… eh… a tus… A lo que yo diga, y se acabó. Los caminos del Señor son inexcusables.
—Inescrutables —corregí—. Eh, Señor, menuda cogorza estás agarrando.
—Mira que eres insolente —dijo Dios levantándose del sillón con cierto esfuerzo—. Anda, tira p’alante que nos vamos al Cielo a empezar tu educación mesiánica. ¿Tienes coche?
—Sí, bueno, pero conduzco yo, ¿eh?
—De eso nada, que seguro que te pierdes.
—Bueno, tú indícame y…
—Que no, que no, que me des las llaves.
—Con todo el respeto, Señor; no creo que estés en condiciones de conducir.
—Dame las llaves. Dios te lo ordena.
—Ay, joder —suspiré—. Y… ¿queda muy lejos el sitio ese?
            —Huy, que va. Está a un tiro de piedra, el Cielo.

domingo, 29 de marzo de 2020

El corte de pelo del fin del mundo

Podría haber sido peor

El Apocalipsis según se mire. Capítulo 1.

Mi peluquero solo me había rapado media cabeza cuando estalló el Apocalipsis.
            De repente me vi en el suelo a causa de la fuerza de la onda expansiva, rodeado de tijeras, peines y botes con pegotes de gomina secos alrededor de la boquilla.
            —Coño, qué susto. ¿Eh, Agustín? —le dije a mi peluquero—. Y a ver si cerramos mejor los botes de gomina. ¿Qué me estabas diciendo del partido de anoche?
            Pero Agustín, igualmente en el suelo, parecía menos preocupado por la derrota de su equipo que por el trozo de cristalera que parecía haber decidido que su gaznate era un buen sitio donde medrar.
            —Ag —dijo llanamente Agustín, haciendo gala del parco vocabulario de aquel que a todas luces se está atragantando con su propia sangre.
            —¡No te me mueras, Agustín! —exclamé. En aquel momento me pareció buena idea aligerar el peso de mi recién recobrada conciencia con un poco de melodrama barato.
            —Ag —repitió Agustín antes de exhalar su último aliento.
            Ah, qué poca dignidad hay en la muerte de un hombre con peluquín.

Las calles lucían una exuberante abundancia en materia de humo, escombros y cadáveres, y del cielo rojo llovían furiosos meteoritos en llamas que parecían determinados a acabar un trabajo postergado durante milenios. Me pareció extraño que el fin del mundo hubiera sucedido un martes, que, por regla general, siempre había sido un día bastante normal.
            —¡Eh! —dijo un niño de unos doce años, señalándome—. ¿Tú has visto la pinta que llevas?
            Entonces recordé que mi peluquero había dejado su trabajo inconcluso de manera inconvenientemente repentina.
            —Sí, estoy a medio pelar. ¿Qué pasa? —contesté desafiante. El niño estaba gordo, pero no tenía ni media hostia.
            —¡Que estás muy feo!
            —Pues anda que tú, que sangras por los ojos…
            —Ya, pero lo mío es normal. Ha llegado el Apocalipsis —dijo el niño con serenidad.
            —¿Pero cómo se le ocurre salir así a la calle, Jesús Bendito? —me preguntó una señora de mediana edad que se habría llevado un buen susto si, en vez de hacer comentarios impertinentes, hubiera dedicado unos segundos a contarse los brazos.
            —Oiga, ¿me va a decir que no tiene otra cosa de la que preocuparse? —me interesé.
            Paulatinamente, los supervivientes de la catástrofe empezaron a agolparse a mi alrededor, riendo y apuntándome con el dedo de señalar. Yo, en defensa propia, levanté mi dedo de discrepar.
            —¡Jódanse! ¡Jódanse todos!
            El fin del mundo había llegado. Y yo con esos pelos.

sábado, 28 de marzo de 2020

Introducción: El Principio de los Tiempos narrado por un testigo presencial

¡Uylaqueliao!

—En menudo embolado me he metido —dijo Dios echando un receloso vistazo a la Nada Absoluta.
            Era el Primer Día de la Creación, y el Hacedor se había levantado de la cama un tanto apático. Casi se arrepentía de haber hecho la luz y encontrarse aquel desolador panorama; en honor a la verdad, no sabía ni por dónde empezar. Después de pensarlo unos minutos, Dios enfiló el camino de vuelta al Cielo con la firme resolución de consultar su siguiente paso con la almohada.
            —Bueno, tienes espacio de sobra. Podrías empezar colocando el piano —le dijo esa noche la almohada (para no ahondar demasiado en el bochornoso asunto de los objetos parlantes, digamos que, por un lado, Dios era omnipotente, y, por otro, se sentía muy solo).
            —Un piano no soluciona el problema.
            —El piano es solo el principio. —La almohada trató de imprimir cierto matiz conspirativo a su voz, empresa meritoria por poco habitual en el gremio de los artículos de descanso.
            —¿Y luego?
            —No sé. ¿Una estantería de estilo rústico? —respondió la almohada, que en realidad se había quedado sin ideas. Algo muy corriente en una almohada, dicho sea de paso.
            Si bien es cierto que más tarde Dios sería conocido como el tipo que creó el Cielo y la Tierra y Todo lo que Existe, en aquel momento la sola idea de tener que sacarse de la manga figuras de cerámica que acumularan polvo encima de una estantería bastaba para cortarle la digestión, así que desechó la propuesta de inmediato. Él aún no lo sabía, pero había tomado la decisión correcta. De lo contrario, la enumeración sistemática de la Creación (Luz — piano — estantería rústica — pato de porcelana) habría arrojado una gradación de interés marcadamente decreciente.
            —Olvídalo —dijo finalmente el Hacedor—. No sé para qué pregunto.
            —Estamos hoy espesitos, ¿eh?
            —Un piano… —dijo el Señor volviendo a la idea que en aquel momento se le antojó menos laboriosa—. ¿Qué hago yo con un piano?
            —Lo he dicho por decir —confesó la almohada—. No hace falta que te obsesiones con el tema.
            —Mmm…
            —Qué.
            —Aunque quedaría bonito ahí, en medio de la Nada.
            —Yo lo único que digo es que, como un piano es una cosa grande y difícil de ubicar, pues… —comentó la almohada con secreto orgullo y una errónea sensación de protagonismo.
            —Podría limpiarle el polvo todos los días.
            —¿El qué?
            —El polvo. Una cosa que se me acaba de ocurrir —dijo el Creador—. Bueno, ya lo meditaré mañana.
            Y eso fue todo lo que pasó el Segundo Día de la Creación.

La mañana siguiente, Dios se dirigió a la Nada Absoluta e hizo aparecer un elegante piano de cola. Lo miró durante un rato. Después, creó el polvo y lo vio asentarse sobre la tapa.
            —Mañana sin falta lo limpio —dijo Dios antes de retirarse.
            Y eso fue todo lo que pasó el Tercer Día de la Creación.

—Eres un huevón —opinó un trapo de cocina al día siguiente.
            —Y tú un trapo de cocina —dijo Dios—. Lo que te falta en autoridad moral te sobra en lamparones.
            —¿Por qué te empeñas en rebajar mi autoestima?
            —Porque estás hecho de poliéster.
            Dios remató su manzanilla y su bol de maná y dio por terminada la conversación. Estaba molesto, naturalmente, como cualquiera que, creyéndose en posesión de la Verdad Absoluta, recibe una segunda opinión no solicitada. Se dirigió dando un paseíto hacia la Nada, a la que ahora prefería llamar el Sitio del Piano Sucio.
            —Bueno, venga, que no tiene que ser tan difícil —dijo Dios para infundirse ánimos—. Soy todopoderoso. Esto del universo lo hago yo con la punta del cipote.
            El Hacedor miró distraídamente a su alrededor y vio a unos metros de distancia a un silencioso espectador que a buen seguro acababa de presenciar su vergonzoso soliloquio: Un señor de pelo cano más bien escaso, camisa gris, pantalones azul marino y tirantes, apostado detrás de una valla metálica de color amarillo. De haber sabido que no estaba solo, Dios habría procurado expresarse con menos vehemencia.
            —¿Desde cuándo está usted aquí? —preguntó Dios.
            —Pues no sabría decirle —dijo el caballero con voz grave—. Desde hace algún tiempo, supongo. Antiguamente aquí no había nada, ¿sabe usted?
            —De hecho, aquí no hubo nada hasta ayer. Bueno, Nada sí que había, lo que no había era Algo —matizó el Hacedor.
            —Entonces debo de estar aquí desde antes de ayer, por lo menos —dijo el señor de pelo cano.
            —Pues no había reparado en su presencia hasta este momento —comentó Dios—. Debo de haberlo creado sin darme cuenta.
            —¿Usted a mí?
            —Naturalmente —respondió Dios—. A ver si se cree que los señores de pelo cano aparecen por generación espontánea.
            —Pues, si acepta un consejo, preste más atención la próxima vez que se disponga a crear algo —dijo el señor de pelo cano—. Sobre todo si no quiere que sus obras presenten imperfecciones.
            —Oh. ¿Acaso se considera usted una obra fallida? —El Hacedor parecía molesto.
            —Para empezar, se me caen los pantalones —indicó el señor de pelo cano—. No sé mucho sobre omnipotencia, pero dudo que una Creación Perfecta se tenga que ver obligada a llevar tirantes.
            —Pues sí que es usted quisquilloso, caramba.
            —Disculpe si parezco de mal humor. Es que el lumbago me está matando.
            —Habitualmente pongo todos mis sentidos cuando hago cualquier cosa. Todo lo que ve aquí lo he hecho yo, ¿sabe? —replicó Dios con orgullo—. La luz y el piano sucio son obra mía.
            El señor de pelo cano no se mostró muy impresionado. Su inalterable semblante haría creer a cualquiera que había conocido dioses con mejores currículums.
            —Y no olvide añadir en su haber los pantalones de la talla equivocada y los achaques lumbares —señaló el señor de pelo cano.
            —Está usted empezando a hincharme las narices —repuso el Hacedor.
            —Yo solo constato una realidad.
            Dios se mantuvo unos instantes en silencio, mirando aceradamente al señor del pelo cano mientras parecía meditar la idoneidad de que su siguiente obra pudiera incluirse en la categoría Objetos Muy Pesados que Caen Sin Previo Aviso Encima de Alguien. Finalmente, decidió que empezar a corregir errores en un momento tan temprano de la Creación denotaría un molesto matiz de inseguridad del todo indigno de un ser que se había proclamado a sí mismo, quizá de manera un tanto prematura, La Verdad Absoluta.
            —¿Sabe? —dijo Dios finalmente—. Creo que su presencia aquí responde a un motivo. ¿Qué le parecería ser testigo de la Creación de Todas las Cosas? Quizá algún día necesite que usted le cuente a alguien los Acontecimientos Tal y Como Sucedieron.
            —¿Tendría que ceñirme a los hechos?
            —Naturalmente —dijo Dios—. Bueno, no es que lo tenga que explicar todo punto por punto. Por ejemplo, eso que he dicho antes de hacer el universo con la punta del cipote lo puede suprimir de su narración. No me importaría, la verdad.
            —Ah, gracias por mencionar ese detalle —dijo el señor de pelo cano—. Lo había olvidado por completo.
            —Quizá no le vendría mal agenciarse algo que le sirva para hacer anotaciones —dijo Dios, preocupado por el hecho de que el tipo que había elegido como Cronista de la Creación mostrara una alarmante escasez de memoria a corto plazo—. ¿Qué me dice? ¿Acepta?
            —No veo inconveniente, si usted no se demora mucho en este asunto de crear cosas —dijo el señor de pelo cano—. No puede imaginarse cómo me duelen las piernas.
—Descuide —dijo Dios—. Yo creo que en cuatro o cinco días tengo esto listo.
            Y así fue que, sobrepasando ampliamente la fecha estimada de fin de obra, el Creador de Todas las Cosas creó Todas las Cosas que Faltaban. Menos, claro está, el pato de porcelana.

            Cierto día, Dios se acercó a un pequeño planeta que había puesto a enfriar tiempo atrás y que, a simple vista, parecía menos feo que los demás; de hecho, casi podía confundirse con una reproducción a pequeña escala del Cielo.
                        —¿Qué opinas? —preguntó Dios.
                        —Pse —contestó el señor de pelo cano, que ahora se hacía llamar Narrador Omnisciente.
                        —¡¿Cómo que ‘Pse’?! —exclamó Dios, irritado—. ¡¿Qué tiene de malo este sitio?! ¡No te parece bien nada de lo que hago, puñetas!
                        —Es que a mí, particularmente, esta humedad me viene fatal para los huesos —repuso el Narrador apoyado en su inseparable valla amarilla—. Pero, vamos, si a ti te gusta…
—Me encanta —dijo el Creador—. Por fin tengo un sitio donde colocar a mis criaturas.
—Ah, sí —murmuró el Narrador—. Tú y tus ideas.
—¡¿Perdona?!
—No, que digo que esas criaturas tuyas, ¿cómo van a ser?
—Pues no te voy a mentir; al principio van a ser una mierda —explicó el Hacedor—. Muy pequeñas, muy simples, todo el rato debajo del agua tocándose el rabo. Pero después irán cambiando muy, muy lentamente... Esta vez no pienso acelerar nada, ¿sabes?
—Sí, mejor —coincidió el Narrador—. Todavía me acuerdo de la última vez que te dio por acelerar algo. Menudo petardazo pegó aquello. 
El Señor hizo como que no escuchaba la mención del Narrador al aparatoso accidente que más tarde alguien denominaría Big Bang. Contempló con satisfacción los lagos y las montañas y los bosques y las cascadas de aquel planeta que algún día se llamaría Tierra y anunció:
—Decidido. Aquí es donde voy a colocar a mis criaturas.
            Y fue entonces cuando a Dios la Creación se le fue de las manos.

—¿Qué haces ahí subido? —preguntó el Narrador algún tiempo después.
Dios se encontraba sentado en la gruesa rama de un árbol majestuoso.
—¿Se ha largado ya ese puto bicho? —dijo el Alfa y el Omega.
–¿El de los cuernos enormes? Sí.
—Hay que ver la manía que me tiene el cabronazo —rezongó Dios antes de bajar de la rama dando un saltoo que nadie con un poco de gusto estético habría considerado grácil. 
—Quizá deberías infundir un poco de respeto a tus criaturas —sugirió el Narrador, que no movió un dedo para ayudar al Creador a incorporarse.
—Esto no funciona así —zanjó Dios—. Anda, vamos a ver a mis elegidos.
El Narrador agarro su valla y acompaño al Señor hasta un valle cercano. Dos simios yacían lánguidamente en la hierba.
—Ahí están —dijo Dios con satisfacción—. Cada vez más hermosos.
—Sí Tú lo dices...
—No empieces otra vez con el asunto del pelo —dijo el Hacedor—. Ya llegará el día en que mis criaturas predilectas se parezcan un poco más a mí.
—Tus criaturas predilectas se están matando a palos.
La pareja de simios había iniciado una escalada de violencia, al parecer, por la posesión de un plátano. El entusiasmo inicial del Señor había empezado a disiparse. El mundo se había poblado con una exultante variedad de criaturas agresivas, algunas venenosas, otras con astas enormes, muchas de ellas con garras afiladas. Muy diferentes entre sí y, sin embargo, con un denominador común: Todas, absolutamente todas, tenían muy poca paciencia.
—¿Vas a mediar? —preguntó el Narrador.
—Eh, no. Dejaré que la naturaleza siga su curso —contestó Dios sin saber exactamente qué quería decir con aquella frase, aunque intuía que no auguraba nada bueno.
Mientras, uno de los simios intentaba morder el pie que le estaba pisando la cabeza.
—Total, que los vas a tener dejados de Tu mano.
—¿Sabes? Debería haberte dejado hoy durmiendo —dijo el Señor—. Mira, ahora no comprenden una mierda, pero ya me encargaré Yo cualquier día de estos de mostrarles el Camino hacia Mí mediante la fe.
—¿Eso qué es?
—Una cosa que me acabo de inventar —dijo el Alfa y el Omega mirando hacia otro lado—. Aunque, en última instancia, la decisión recaerá en ellos.
El Narrador sopesó con prudencia la información proporcionada durante unos segundos.
—¿Cabe en un bolsillo? —preguntó.
—¿El qué?
—La fe esa.
—¡Claro que no, tarugo! La fe es un concepto abstracto. —El Señor carraspeó—. Ni se ve, ni se oye, ni se toca, ni se huele, ni se saborea.
—Un invento cojonudo —observó el Narrador.
—¡No me gusta ese tonito!
—Entiéndeme. Me estás diciendo que vas a entregar a tus criaturas algo que, bueno, que en realidad no existe y que, según tú, les servirá para encontrar el Camino hacia Ti. Supongo que no te resultará raro si finalmente no entienden las indicaciones.
—No me agobies —dijo Dios—. A ver si no va a poder levantarse uno con el día creativo, caramba.
—¿Y qué será de ellos si se pierden? Porque tendrás que hacer algo al respecto.
—Yo qué sé —dijo Aquel que Todo lo Sabe—. Ya pensaré en eso más tarde.

jueves, 26 de marzo de 2020

De cuando esperas aplausos y recibes un botellazo

Agarren la suya antes de entrar: les va a hacer falta

Estimados cogerri... colegi... corrige...:


-¿Quizá quiere decir "correligionarios", oh, Sabio?

-Vaya, sí, gracias. Para quedarle a usted tan pocos dientes, pronuncia con asombrosa fluidez las palabras con muchas sílabas.
-El truco está en vocalizar despacio, Maestro. Si lo intenta rápido, le sale atropellado.

Estimados correligionarios:


-¿Ves cómo tenía yo razón, mamá?

-¡Pero, hombre de Dios! ¡¿Cómo se le ocurre traer a su madre hasta aquí?! ¡¿Es que no sabe que estos días tenemos que velar por la seguridad de nuestros mayores?! ¡¿Que tenemos que salvaguardarlos del peligro que acecha ahí fuera?! ¡Usted y su madre, a la puta calle!
-Disculpe mi osadía, oh, Santo Varón, pero, como había oído rumores de que aquí daban de comer...
-¡Ah! Pobre iluso... Eso era antes, joven, cuando las latas de sardinas en escabeche caducadas nos salían por las orejas. Ahora ya no ofrecemos nada para picar. La cosa está muy mala.
-Lamento oírlo.
-Gracias. En estos tiempos aciagos se agradece de todo corazón la compasión de la gente que... ¡Pero, oiga! ¡No se vaya, que me encuentro muy solo!
-No, si no me voy. Es que ha empezado a picarme la raja del culo, ¿sabe usted? Y así de pie me rasco mejor. Aaaah, que gustito...
-¡Jean-Claude! ¡Jean-Claude!
Mi adusto mayordomo apareció como por ensalmo.
-¿Me llamaba, Milord?
-¡Coño, que susto me has dado, Jean-Claude! ¿Cómo se te ocurre aparecer así como por ensalmo?
-Le recuerdo que fue suya la idea de colocar una trampilla elevadora junto al atril, Señor.
-Ya, ya. Lo que pasa es que dejó de parecerme buena idea cuando empecé a caerme por el boquete de manera regular, mi zalamero lacayo. ¿No te diste cuenta de que la cuarta vez ya me reía con menos ganas? Y tú sabes que me gusta una costilla rota más que a un tonto una piruleta, pero...
-Se está yendo por las ramas, Señor.
-Sí, ya. Me estoy yendo por las ramas y estoy siendo muy zafio. Algunas cosas no cambian por mucho tiempo que pase, viejo amigo.
-No he podido evitar observar que la urgencia de su llamada era a todas luces desproporcionada. Como de costumbre, si me permite añadir.
-Pero qué insidioso eres, esbirro. A ver, cuando te dije que seleccionaras para mi triunfal conferencia de regreso a caballeros ilustrados, preferentemente de la nobleza o la alta burguesía, que fumen puros, con bigote y poco pelo en la cabeza, aficionados moderados al whisky de malta, que digan cosas como "¡Intolerable!" cuando están leyendo el periódico, y mujeres finas y cultas, de ese tipo de bibliotecarias maduritas con gafas que me ponen borriquillo... Cuando te dije todo eso, ¿qué entendiste, exactamente?
-Ruego sepa disculpar que mi operación de reclutamiento haya resultado un fiasco, milord. No hay mucho donde elegir estos días. Usted no lo habrá notado porque pasa más tiempo en la bodega de lo que cualquier ser humano en su sano juicio consideraría razonable, pero las calles están últimamente muy poco transitadas.
-Lo entiendo, Jean-Claude, pero seguro que había por ahí otros candidatos mejores que este... este...
-Aaah, qué gustito...
-¡Pero, coño! ¡¿Quiere dejar de rascarse de una puñetera vez?! ¡¿Pero cuánto le puede llegar a picar el culo a una criatura viviente, por Dios bendito?!
-Si ya no me pica, Maestro. Esto ya es vicio. Aaaah...
-¡Jean-Claude! ¡Exijo una explicación! ¡¿Dónde encontraste a este sujeto?!
-Sería mas ajustado a la realidad decir que fue él quien me encontró a mí, Amo. Tropezó con mi figura mientras huía de la policía con un pollo crudo en la mano.
-¡Ah! Le gusta el pollo. Eso lo cambia todo. Disculpe si le he juzgado mal, caballero, y póngame a los pies de su santa madre cuando se despierte.
-¿Ronca muy alto? Le puedo dar con el codo así...
-No, no turbe su plácido sueño. Soy un gran amante de la vida salvaje, y su madre me recuerda ahora mismo a un jabalí en celo. Ahí, cachondo perdido, el cabrón. Y, dígame, caballero, ¿es viuda su madre, por un casual?
-De verdad que lamento no ser su público ideal, Maestro.
-Oh, no diga eso, por favor; aunque no lo crea, yo antes disfrutaba de la adulación de muchos que eran como usted.
-¿Humildes?
-Drogodependientes. Ah, sí. El desconchado techo de esta sala ha albergado a cantidades ingentes de yonkis que se sentaban embelesados a oír mis palabras. Estas paredes con restos de orina, la mayoría resecos pero algunos de ayer mismo, creo que míos pero no me acuerdo bien; estas paredes, digo, han sido testigos de muchas discusiones acaloradas, de toneladas de perlas de sabiduría, de cantidad de intercambios de pareceres estimulantes, de los suficientes apuñalamientos como para que las autoridades me cerraran el chiringuito durante una larga temporada o dos -dije, evocador-. Disculpe que me ponga nostálgico, joven, y digo joven porque los estragos causados por la heroína no pueden ocultar la chispeante vivacidad de su mirada, pero echo de menos aquellos tiempos. Eh, ¿por qué aplaude?
-Me dio la impresión de que había terminado.
-¿Terminado? ¡Ja! Todavía no he dicho nada.
-Coño, pues, para no decir nada, le está quedando un poco largo.
-Como he dicho antes, mi querido joven, hay cosas que nunca cambian. ¡Ejem!

Estimados correligionarios:


No he venido aquí a hablar de lo difícil que es pronunciar "correligionarios" muy rápido, pero, de todas formas, yo lo dejo caer. Pruébenlo, ya verán que a la cuarta se equivocan. Pero no ahora; después. Como digo, no he venido a hablar de eso, pero ya no pueden quitárselo de la cabeza, ¿a que no? No, no he venido aquí a hablar de eso (Silencio expectante). En absoluto (Otro silencio expectante un poco más largo que el anterior). Mmm... Ah, ya me acuerdo. No, verán, es que me he pasado la noche en vela preparando el discurso de hoy, lo que pasa es que cuando abrí mi viejo buró vi que estaba desprovisto de pluma y tinta. Lo que sí encontré allí fue una botella de aguardiente casero (Aplausos. "Qué bárbaro", comenta el único asistente despierto). Pero no se hagan ilusiones. Esta mañana no quedaba una sola gota de aguardiente en la botella. Culpa mía, me temo; de haber sabido que el aguardiente se evapora con tanta rapidez, jamás me habría introducido el corcho por el ano. Esta mañana, al despertar y darme cuenta de lo sucedido, me he llevado un disgusto tan grande que no he podido evitar maldecir la química elemental ni contener el vómito. Ya sé lo que están pensando: otro buró de principios del siglo XX tallado de manera exquisita a tomar por culo. Todavía se puede abrir, pero mejor no; ayer cené papa asada, de esas con muchos tropezones. Total, que lo que les venía yo a decir es que no recuerdo palabra por palabra el elaborado discurso que dejé cándidamente al cuidado exclusivo de mi memoria a corto plazo, pero voy a intentar resumir los puntos más importantes en términos generales:


1. El Departamento de Granitos de Arena que No Hacen Ni Puñetera Falta de Un beso de buenas noches de mil demonios, en imprescindible colaboración con el Departamento de Recuperación de Textos que Nadie en su Sano Juicio Habría Solicitado y la inestimable aportación del Departamento de Baile en una Jaula y del Departamento de Poner Nombre a Otros Departamentos Haciendo un Uso Arbitrario de las Mayúsculas y las Minúsculas, se complace en anunciar que a estas alturas del enunciado se acaba de incorporar el Departamento de Concreción y Reconducción de Discursos para presentar el punto número 2.


2.  Para regocijo de propios y extraños o quizá para todo lo contrario, la Administración de Un beso de buenas noches de mil demonios, consciente de la excepcional situación en la que el mundo se halla sumido y con el firme propósito de hacer más llevadero todo este asunto o quizá todo lo contrario, ha decidido devolver el serial "¿Conoce usted su ojete?" al lugar del que nunca debió salir, en opinión de sus múltiples detractores, es decir, de aquí mismo, y lo hará en versión corregida y aumentada pero dudosamente mejorada bajo el nuevo titulo de "El Apocalipsis según se mire".


3. Ahora sí, pueden aplaudir.



viernes, 23 de junio de 2017

Sus problemas con los cocodrilos


“Y tú, ¿qué problema tienes con los cocodrilos? Vamos, si puede saberse”, espetó la señora de Fulano Equis a eso de las una y media de la tarde. Llevaba puesto un delantal que lucía cuales condecoraciones de guerra una multitud de manchas de diferentes refritos de sabores ya olvidados y blandía un cucharón de madera a la manera de una lanza zulú. El señor Equis desvió la vista del crucigrama del periódico y reparó en su esposa. Aunque sabía a ciencia cierta que hasta hace unos segundos se encontraba elaborando un potaje de berzas para el almuerzo,  le dio la impresión de que su señora acababa de salir del escondite donde estaba preparando una emboscada a la tribu vecina. El señor Equis tenía la noción de que era la primera vez que su esposa le dirigía la palabra en todo el día, aunque, bien pensado, ¿no la había oído expresar en algún momento de aquella mañana una opinión negativa del actual precio de venta al público de los productos limpiadores específicos para vitrocerámica? ¿O fue ayer? También cabía la posibilidad de que lo hubiera soñado. Al fin y al cabo, en casa no tenían vitrocerámica, precisamente porque el señor Equis mantenía que resultaría muy caro limpiarla. Una vez superada la leve sorpresa que le produjo la visión de su mujer recién bajada de la rama de un árbol (visión solo empañada por el tinte cobrizo de sus cabellos, cuya índole artificial desentonaría en un ámbito selvático a ojos de un espectador casual), el cerebro del señor Equis, tan comprometido con la estructura secuencial de las tareas, tan vayamos por partes, primero esto y después lo otro,  pasó a analizar la pregunta que le había arrojado la señora Equis con una catapulta toscamente manufacturada. Tras diez segundos de reflexión (no todos imprescindibles para el resultado final), el señor Equis llegó a dos conclusiones:

a)     Que el tema de los cocodrilos era una manera extraña de empezar una discusión, incluso para un matrimonio de largo recorrido, acostumbrado a ver sus temas de conversación desangrarse bajo la luz mortecina de una bombilla a punto de fundirse.
b)     Que su mujer jamás había mostrado afecto alguno por los cocodrilos ni por ninguna otra clase de reptil, incluidas las salamandras y las iguanas, considerados los Reptiles más Tolerables por el Urbanita Idiota Medio, según una encuesta de dudosa fiabilidad.

El señor Equis consideró improcedente aportar su cuota de nieve a la inevitable bola que amenazaba con arrastrarlo precipicio abajo, así que resolvió esquivar la pregunta improvisando un plan de fuga: “Manifestación, aparición, o revelación. Ocho letras” (cuatro vertical). “¡Epifanía!”, bramó la señora Equis, y la solución a cuatro vertical marcó el inicio de las hostilidades y llegó a oídos de Encarna la del Quinto, que llevaba años tratando de descifrar la dinámica cotidiana de los señores de Equis con escaso éxito. La señora Equis dibujó un giro de corte marcial sobre sus talones y volvió a la cocina exprimiendo el mango del cucharón de madera. Por su parte, el señor Equis mancilló el último recuadro en blanco de su crucigrama con la última “a” de “Epifanía”, acto que señalaba de manera oficial el fin del mediodía del domingo en casa de los señores de Equis. Acuciado por su mala conciencia, o quizá por la previsión de un plato de potaje de berzas de dimensiones poco consoladoras, o por una necesidad de quid pro quo (dos horizontal) que le parecía justo satisfacer, o probablemente para no tener que darle muchas vueltas al mensaje subyacente en la actitud de su mujer, porque pensaba que los subtextos nunca traían nada bueno, el señor Equis se levantó de su sillón de leer el periódico (también utilizado para otros menesteres, como mirar la pared en silencio, ya que despreciaba el inútil gasto de energía que suponía mirar la pared de pie); se levantó del sillón, decíamos, y se encaminó hacia la cocina con el tenue aire de consternación del hombre al que en realidad le da igual todo. Encontró a su mujer sacrificando sin delectación trescientos gramos de calabaza en el altar del Dios de la Cocina de Toda la Vida. “Es que se ve a la legua que son unos desagradecidos”, dijo el señor Equis sin más preámbulos. La frase atravesó la cocina como una flecha con la punta en llamas, iluminando la noche de la densa jungla pero, finalmente, errando su objetivo. La señora Equis apartó la vista de la olla y miró a su marido con los ojos entrecerrados, como tratando de recordar unas nociones de suajili que nunca poseyó. La señora Equis miraba a su esposo así muy a menudo, casi siempre coincidiendo con el final de una de sus frases. “¿A qué te refieres?”, preguntó en un desesperado intento por asirse a una liana demasiado lejana. “Bueno, no tienes más que mirar a uno cualquiera. Quiero decir, tú le haces un favor, le quitas una astilla de una pata, por ejemplo, y sabes que te va a devorar igualmente. Es algo que se le ve en la cara, ¿comprendes? Se nota que no te lo va a agradecer. Entonces, ¿qué sentido tiene hacer algo por un cocodrilo?”. La señora Equis procesó los datos aportados por su marido y los almacenó en la zona de su cerebro destinada a las informaciones con fecha de caducidad próxima, y acto seguido asintió en silencio, gesto que el señor Equis interpretó como un deseo de zanjar el tema para siempre; deseo, huelga decirlo, del que él mismo participaba con una pasión templada, desprovista de pirotecnia. Dos semanas después, sin saber cómo, el señor Equis recibió una carta de la Asociación de Amigos de los Cocodrilos recriminándole su censurable actitud. En las redes sociales se desató una tumultuosa polémica acerca de la discriminación de los cocodrilos, que duró hasta que otro se metió con otra cosa, pero el señor Equis no fue consciente de nada de esto, dada su natural aversión a la tecnología y, en general, a todo lo que le sonara a chamanismo.