jueves, 19 de junio de 2014

¡¡El Agente 0’05 llama a su mujer desde Estambul!!


INT. HABITACIÓN DE HOTEL. DÍA.
Una elegante habitación de hotel, preparada para recibir a un nuevo huésped. El inodoro está precintado, aunque nosotros no lo podemos ver; crean en nuestra palabra. Se abre la puerta y entra ¡CEROCOMACEROCINCO, el más discreto de los agentes del Servicio Secreto! El agente arrastra sus maleta con ruedas hasta el centro de la habitación y suelta su chaqueta sobre la cama. Tiene la camisa empapada de sudor y se nota que se acaba de aflojar la corbata en el ascensor. Se dirige hacia el teléfono y marca un número. La línea suena unos segundos hasta que alguien descuelga al otro lado.

ANGIE (off): Residencia del agente secreto Cerocomacerocinco y su esposa Angustias Míguez.
CEROCOMACEROCINCO: Angie, soy tu marido. ¿Te has parado a estudiar con detenimiento alguna vez el nombre de mi profesión? “Agente secreto”. La clave está en la palabra “secreto”.
ANGIE (off): Ay, hijo, perdóname por ir por ahí presumiendo de ti. ¿Qué quieres que le diga a la gente que eres? ¿Agricultor?
CEROCOMACEROCINCO: Funcionario. Ya lo hablamos la última vez.
ANGIE (off): Eso ya se lo dije el mes pasado a la Ramona, la de la frutería. ¿Te lo conté? Creo que te lo conté. Y la Ramona dijo, “¿Qué clase de funcionario? Porque hay muchas clases de funcionarios: Policías, médicos, maestros, esos que repintan los pasos de cebra y le cambian las bombillas a las farolas…”. Me puse nerviosa y le dije que de esos últimos. Ahora todo el barrio cree que te dedicas a repintar pasos de cebra y a cambiar las bombillas de las farolas. Y me da mucha rabia, por eso al teléfono digo tu verdadera profesión. Lo malo es cuando estás de viaje. Hace dos semanas, cuando atrapaste a ese líder terrorista, ¿te acuerdas? Virtudes la del quinto vino a cobrar la comunidad y me preguntó por ti. “Está repintando pasos de cebra en Kazajistán”, le tuve que decir. Ahí estuve rápida; le conté que formabas parte de un tratado internacional de intercambio de repintores de pasos de cebra. ¿Se dice “repintores” o “repintadores”? Porque si el que pinta es un pintor, y no un pintador, el que repinta será un repintor, vamos, digo yo.
CEROCOMACEROCINCO (masajeándose con dos dedos el tabique nasal): Angie, mira, acabo de llegar al hotel…
ANGIE (off): ¿Qué tiempo hace en Estambul?
CEROCOMACEROCINCO: Mucho calor. Estoy chorreando de sudor. Oye…
ANGIE (off): Ahora te quitas los zapatos y metes los pies en agua con sal, que si no se te hinchan que da susto verlos. ¿Tienen bidés en Estambul?
CEROCOMACEROCINCO: Cariño, ¿me quieres escuchar?
ANGIE (off): Ay, hijo, qué ciezo te pones. Dime.
CEROCOMACEROCINCO: Mira a ver si me he dejado el cargador del móvil en la mesita de noche.
ANGIE (off): ¿El del móvil tuyo o el del trabajo?
CEROCOMACEROCINCO: El del trabajo. No he mirado en la maleta, pero me da la impresión de que se me ha olvidado meterlo.
ANGIE (off): Espera que lo mire, que tengo el ilalámbrico… ilarámbrico…
CEROCOMACEROCINCO: Inalámbrico.
ANGIE (off): Iralámbrico.
CEROCOMACEROCINCO: I-na-lám…
ANGIE (off): Ah, mira, sí, aquí está. Te lo has dejado aquí, sí.
CEROCOMACEROCINCO: Mierda.
ANGIE (off): ¿Te hace mucha falta?
CEROCOMACEROCINCO: Pues claro que me hace mucha falta.
ANGIE (off): ¿Y no le sirve el cargador de tu móvil?
CEROCOMACEROCINCO: No, no le sirve. El móvil de empresa es un nuevo modelo de prueba desarrollado por nuestro Departamento de I+D+i.
ANGIE (off): ¿Y el italiano ese no te puede mandar otro cargador por correo certificado?
CEROCOMACEROCINCO: ¿Qué italiano?
ANGIE (off): El italiano ese del departamento. ¿Cómo has dicho que se llama? ¿Ildemassi?
CEROCOMACEROCINCO: ¡Qué Ildemassi ni qué cojones! ¡Yo he dicho Departamento de I-más-De-más-i!
ANGIE (off): ¿Y eso qué es?
CEROCOMACEROCINCO: Pues… (Suspira) El laboratorio.
ANGIE (off): Los que construyen los cacharritos.
CEROCOMACEROCINCO: Equilicuá.
ANGIE (off): Pues vaya plan. Y, oye, ¿el móvil tuyo no te hace el avío?
CEROCOMACEROCINCO: Pero cómo me va a hacer el avío, mujer. Si el móvil de empresa tiene rayos X, infrarrojos, ultravioleta, láser…
ANGIE (off): Uy, el láser; no me lo recuerdes.
CEROCOMACEROCINCO: ¿Qué pasa?
ANGIE (off): No te lo iba a contar, pero es que me cuesta mucho guardar un secreto.
CEROCOMACEROCINCO: No me jodas.
ANGIE (off): El otro día te cogí el móvil del trabajo para llamar a mi madre.
CEROCOMACEROCINCO: ¿Qué?
ANGIE (off): La batería del mío se estaba cargando, y cogí el tuyo. Salí a hablar al balcón, ¿sabes? Para fumarme un cigarrito, porque como no te gusta que la casa huela a tabaco…
CEROCOMACEROCINCO: Abrevia, Angie.
ANGIE (off): Total, que cuando terminé de hablar con mi madre fui a colgar, y no sé a qué le di, que le pegué fuego al toldo.
CEROCOMACEROCINCO: ¡Me dijiste que había sido un tío con una bengala!
ANGIE (off): No. Fui yo con el láser. Perdona, Cerocoma.
CEROCOMACEROCINCO (se pasa la mano por la cara): Bueno, no pasa nada. Lo hecho, hecho está. Pero no vuelvas a toquetear mí móvil de empresa, ¿de acuerdo? Es un arma ultratecnológica peligrosísima.
ANGIE (off): Te juro que yo no he estado toqueteando el móvil. Solo aquella vez del toldo. Y, bueno, cuando me descargué la aplicación esa que suena como un pedo.
CEROCOMACEROCINCO: ¡¿Fuiste tú?!
ANGIE (off): Uy, qué alto se te escucha ahora.
CEROCOMACEROCINCO: ¡No se me escucha alto! ¡Estoy gritando!
ANGIE (off): ¿No te hizo gracia?
CEROCOMACEROCINCO: ¡Uy, una gracia que te cagas! Estaba intentando pillar a un importante traficante de armas cerrando un trato con un político corrupto y, en vez de una foto acusadora, les tiré un cuesco. No veas qué risa.
ANGIE (off): ¿Estás disgustado?
CEROCOMACEROCINCO (suspira): No, no estoy disgustado… Bueno, sí estoy disgustado, pero no por lo del toldo, ni porque me hayan prohibido la entrada a la Embajada de Ruanda por culpa del puto pedo. Es por mi mala cabeza. Necesito el móvil para infiltrarme en la guarida secreta de Octavius Starkweather.
ANGIE (off): ¿Ese quién es?
CEROCOMACEROCINCO: Octavius Starkweather. Mi archienemigo. Te he hablado de él cientos de veces.
ANGIE (off): ¿Ese que es calvo?
CEROCOMACEROCINCO: El calvo, sí.
ANGIE (off): ¿Y por qué no te compras un mono?
CEROCOMACEROCINCO: Angie, ¿te has vuelto loca, o estás manteniendo una conversación paralela con un organillero?
ANGIE (off): No me has entendido; me refiero a un mono de trabajo. Te compras un mono, te plantas en la guarida secreta, y les dices a los guardas que vienes a cambiarles las bombillas. Cómprate también si eso un bigote postizo, para que no te reconozcan. Se me acaba de ocurrir.
CEROCOMACEROCINCO: Sí, como estratega te vamos a contratar en el Servicio Secreto, no te jode.
ANGIE (off): Ay, hijo, es que nunca estás conforme con nada. Te he metido el pijama de algodón en la maleta, ¿lo has visto? Como, según tú, el de franela te da picores…
CEROCOMACEROCINCO: Sí, bien, mira, Angie, te llamo luego, ¿vale? Voy a deshacer el equipaje, meterme en la ducha, y después voy a llamar a Arbogast, que se va a poner hecho un verraco cuando le cuente lo del cargador.
ANGIE (off): Bueno, cena ligerito, ¿eh? Y nada de martinis con vodka, que al principio muy bien, pero luego te sientan como un tiro.

martes, 17 de junio de 2014

El Sr. X y el sitio del piano

Algunos de sus conocidos aseguran que rastrear la pista de algún tipo de aspiración temprana en el periplo vital del Sr. Fulano Equis supondría una tarea abocada al fracaso, y, a todas luces, mortalmente aburrida. Aspiración, Ambición, incluso Inspiración, son conceptos demasiado grandes y blindados para el Sr. X, que además siente cierto recelo por las palabras acabadas en “ón”, terminación que invariablemente trae a su excitable cerebro imágenes de columnas de mármol lloviendo del cielo para clavarse en el asfalto. Sin embargo, existió una época en que podían hallarse unas manidas migajas de inquietud en su interior, migajas que con los años serían fácilmente sacudidas del mantel de sus pretensiones con la ayuda de una mesa de despacho y varios kilos de albaranes. Durante un breve periodo de tiempo (demasiado breve como para permitir la germinación de una semilla de ilusión en esa tierra baldía que el Sr. X llamaba caritativamente “años de juventud”), el Sr. X mostró cierto interés por los pianos; no en tocarlos, ya que sentía una visceral aversión por las notas musicales desde que una vez a los tres años de edad pisó sin querer una bocina afinada en clave de fa, sino en moverlos. El Sr. X tenía la impresión de que estuviera donde estuviera colocado un piano, siempre quedaría mejor en otro sitio. Quizá unos centímetros a la izquierda, quizá más cerca de la pared, quizá más alejado del sofá; por norma general, estaba convencido de que la ubicación de un piano siempre era susceptible de mejorar. El Sr. X vio su primer piano a los diez años de edad, en casa de su tía Carlota. Nunca del todo consciente de la existencia de otros seres vivos a su alrededor, sin embargo el Niño X tenía a bien tratar con condescendencia a su tía Carlota, porque se decía a sí mismo que un niño como él merecía tener una tía llamada Carlota (un nombre intolerable para una madre), y porque su tía y él tenían una manera de pensar con algunos puntos en común: los dos coincidían en que el chocolate no aportaba nada digno de mención al correcto desarrollo de un infante y en que las corbatas no eran incompatibles con los pantalones cortos. Pero había un asunto sobre el que el Niño X  y su tía discrepaban, asunto que sería conocido en años venideros como La Polémica de la Sala del Piano. Para empezar, al Niño X le irritaba profundamente la denominación “Sala del Piano”. Solo se llamaba “La Sala del Piano” porque había un piano dentro, y el Niño X sabía de buena tinta que, antes de la llegada del piano, en la misma estancia reposaba un clavicordio, y que la sala era llamada en ese pasado remoto “La Sala del Clavicordio”. Según la particular organización mental del mundo del Sr. X, el nombre de las habitaciones de un hogar debe determinar para siempre su uso. Cuando compras una casa vacía, opina el Sr. X, y dices “Este será el cuarto del niño”, ese debería ser para siempre el cuarto del niño, y detesta cuando los hijos de sus conocidos se independizan y “El Cuarto del Niño” pasa a ser “La Salita”, “El Despacho” o “La Habitación de Planchar”. Para el Señor X, son tales incongruencias las que conducen sin remedio a la Humanidad hacía la entropía y, finalmente, al derrumbe de la civilización tal como la conocemos. Por otro lado, el piano que ocupaba la mal llamada “Sala del Piano” estaba demasiado cerca de la ventana, según el criterio del Niño X, y así se lo trasladó a su tía Carlota. Su tía Carlota le dijo que fuera a jugar con los hijos de los vecinos, respuesta que el Niño X tomó por un intento de desviarse del tema y, por lo tanto, como una silenciosa pero inequívoca asunción por parte de su tía de su incapacidad para colocar con acierto un piano dentro de una habitación. El Niño X volvió a la sala y contempló el piano con algo parecido a la repugnancia. El instrumento hacía gala de la típica arrogancia del piano medio, esa insoportable altivez del piano que sabe que no va a ser trasladado, ese “Hacen falta por lo menos tres adultos para arrastrarme siquiera unos centímetros”. La memoria del Sr. X es un terreno admirablemente acondicionado para todo tipo de resquemores que deseen echar raíces, así que La Polémica del Sitio del Piano se acomodó en la zona sin mayor dificultad. El día después de finalizar sus estudios de enseñanza secundaria, el Sr. X se acercó a la oficina de empleo y pretendió postularse como demandante de un puesto de trabajo llamado Asesor de Ubicación de Pianos. La funcionaria que atendió al Sr. X le dijo que tal oficio no existía, pero que les acababa de llegar una oferta que solicitaba a un Técnico Especialista en Soplar Detrás de las Orejas. Como tantas otras veces en su vida, el Sr. X fue incapaz de dilucidar si su interlocutora estaba hablando en serio, y se marchó de la oficina desolado. Mucho tiempo después, ya instalado en su cómodo puesto de anexo a un archivador, y casi completamente olvidada su virulenta disposición a mover pianos de sitio, el Sr. X estuvo a punto de sufrir un vergonzoso arranque de nostalgia cuando contempló a un equipo de mudanzas subir un piano al ático de un edificio con ayuda de una polea. No era el único transeúnte que había detenido en seco su errático deambular para observar tan inusual espectáculo, pero seguro que era el único que se preguntaba si sus propietarios sabrían encontrarle al instrumento la ubicación adecuada. ¿Estaría lo suficientemente centrado dentro de la habitación? ¿En el ángulo correcto respecto de la puerta? ¿Fuera del alcance de los miserables rayos ultravioleta cuando el sol se encontrara en su cénit? “No, por supuesto que no”, dijo para sí el Sr. X, aunque en su fuero interno sabía que nunca podría saberlo con certeza, pensamiento fugaz que rescató en exclusiva para su alma el eco de un escozor lejano, como el dolor que a veces sienten los amputados en el miembro que les falta. Por su parte, la multitud que se arremolinaba en la calle esperaba que de un momento a otro el piano se desprendiera de la polea y cayera a la acera como si fuera un gigantesco e inmisericorde “ón”. El Sr. X, algo cabizbajo, dirigió sus pasos hacia la panadería, porque siempre había pensado que lo mejor que se puede hacer con una multitud es alejarse de ella.

miércoles, 11 de junio de 2014

El Plan B del demonio inexperto


           Para impresionar a su jefe, el miembro más joven de las huestes infernales (a quién llamaremos “Andrés” para proteger su verdadera identidad) se propuso poseer un cuerpo mortal antes del mediodía. No tenía ninguna experiencia en el tema y, descartando los objetivos habituales de tales menesteres, niñas de doce años y sacerdotes en plena crisis de fe, se decidió por un mendigo notoriamente conocido en el barrio por su obcecado desapego a eso que la mayoría de sus conciudadanos había convenido en llamar “realidad”. Podríamos decir que durante los primeros días la empresa se saldó con un fracaso absoluto; el mendigo en cuestión ya se convulsionaba y vomitaba bilis con bastante eficacia sin ayuda de ningún demonio poseedor. Por otro lado, las costras y escarificaciones que empezaron a adornar su ya demacrado rostro fueron tomadas por sus respetables vecinos como señales inequívocas de lepra o de peste negra. Andrés cayó en la cuenta de que sus diabluras estaban pasando bastante desapercibidas tanto en este mundo como en el de abajo, así que el sexto día resolvió cambiar de táctica: Condujo el cuerpo poseído del mendigo hacia una cabina de teléfonos, aclaró dentro lo humanamente posible el timbre aguardentoso de su voz, marcó el número de un importante periódico que apoyaba al partido político en la oposición y, con una dignidad inusitada en un hombre que cinco minutos antes estaba buscando comida en la basura, se expresó con estas palabras:
            -Señores, tengo en mi poder una información confidencial referida al presidente de la nación que puede resultarles de sumo interés.
            A partir de ese momento, el ascenso del joven demonio fue fulgurante.

lunes, 9 de junio de 2014

Postales desde la tasca de enfrente (No, la de al lado de la farmacia, no. La que hace esquina. Esa.)

Estimados aficionados al abuso de la absenta y a la consiguiente inflamación del alma:
El Departamento de Bellas Artes, Artes que No Están Mal, Artes por Llamarlas de Alguna Manera y Artes que Estarían Mejor con una Bolsa en la Cabeza de Un beso de buenas noches de mil demonios tiene el privilegio de ofrecerles una selección de fotomontajes pertenecientes a la exposición Postales desde la tasca de enfrente (No, la de al lado de la farmacia, no. La que hace esquina. Esa.), del artista italiano Giancarlo Pelucci. Pelucci, de setenta y dos años, ha sido nombrado recientemente "Artista Emergente Más Viejo del Año" por la prestigiosa revista Harticultura, dedicada a las disciplinas creativas realizadas con productos de la huerta. "En mi primera época utilizaba un manojo de cebollinos a modo de pincel", revela Pelucci en una entrevista incluida en la citada publicación. "Tenía doce años, y eran unos cuadros un tanto naif, me temo. Realicé toda una serie dedicada a la masturbación; se podría decir que era mi tema recurrente en aquella época. De estilo abstracto, naturalmente. No quería que mi madre se diera cuenta". Y continua: "Mi madre hacía los mejores linguini del mundo, pero, gracias a Dios, no se le daba bien captar el subtexto de una obra artística. Un día, ante uno de mis cuadros, me preguntó si le había puesto título. Le respondí que se llamaba El primer día de primavera, lo cual no era del todo cierto. El título completo era Este soy yo, acariciándome la pirola el primer día de primavera". En otra parte de la entrevista, un poco más abajo y a la izquierda, el artista relata que, "Un crítico de arte amigo de la familia accedió a echar un vistazo a mis cuadros a petición de mi padre. Fue entonces cuando recibí mi primera alabanza; el tipo dijo que mi obra dejaba vislumbrar una sensibilidad poco frecuente en un niño de tan corta edad.  Una hora después cambió súbitamente de opinión, cuando descubrió que le había introducido una rata muerta en un bolsillo del gabán". Pelucci pasó su infancia y adolescencia en Florencia, y la mayor parte de su vida adulta en la cárcel. "He de reconocer que nunca he sido un gran entendido en arte. Solía frecuentar la Galería Ufizzi en mi juventud, sobre todo para comprobar qué cuadros estaban torcidos. Cierto día me encontraba delante de El Nacimiento de Venus, de Botticelli, y después de contemplarlo durante media hora larga, llegué a la conclusión de que algún imbécil lo había colgado mal. Como no encontré cerca a ningún empleado del museo, decidí corregir el ángulo yo mismo, con tan mala fortuna que el cuadro se me vino encima y el lienzo se rasgó. Allí estaba yo, con la cabeza asomando a través de una de las grandes obras maestras de la pintura del siglo XV", recuerda Pelucci, abochornado. "Los carabinieri fueron muy desagradables conmigo. Me dijeron cosas del tipo '¿Qué, querías verle de cerca la concha a la Venus?'. Muy deprimente todo". Durante su larga estancia en prisión, Pelucci se mantuvo alejado del arte. "Yo quería olvidar todo ese mundo, pero no me fue fácil, sobre todo al principio", afirma. "Dentro de la cárcel encontré demasiadas tentaciones, y algunos de mis compañeros eran muy crueles. Había uno que solía acercarse a mí en le patio y decirme, 'Eh, Pelucci, ¿por qué no echas un vistazo a estos grabados de Goya? Son unos facsímiles muy buenos. Venga, hombre, si lo estás deseando. ¿Qué puede pasar?'. Afortunadamente, con el paso de los años dejé atrás mi pasado. Como todo el mundo, por otra parte", dice suspirando. "La llama del arte se volvió a reavivar en mi interior mucho tiempo después, cuando asistí a un curso de Windows que me impuso mi agente de la condicional", afirma el artista con un brillo de satisfacción detrás de las legañas. "Los fotomontajes me han ofrecido una nueva forma de expresar mis inquietudes artísticas. Mis viejas manos están demasiado entumecidas para agarrar con firmeza un manojo de cebollinos". Los textos de las obras que hemos seleccionado para ustedes han sido adaptados al castellano muy libremente por nuestro colaborador Ganímedes Pisto, que, aunque está especializado en ruso, posee algunas nociones de italiano, debido a que una vez fue increpado por el chef de una trattoria por atreverse a criticar la textura de su salsa boloñesa.








lunes, 2 de junio de 2014

Una queja de la Asociación de Gente Pequeña que se Traslada a Hombros de Otra Gente

Reconstrucción dramatizada del momento de la fundación de la Asociación que nos ocupa

Estimadas señorías, coliflor con nata de esta sociedad, etc.:
Hacía tiempo que no recibía un correo escrito por mí mismo con un nombre falso, así que imaginaos mi sorpresa cuando esta mañana encuentro esto en mi bandeja de entrada:

Vamos a ver, caballero:
Antes de presentarme, me gustaría decirle que es usted un mentecato y un gañán. Una vez dicho esto, procedo sin más introitos a la presentación. Mi nombre es Augusto Bigudí, de la firma Borceguí, Bigudí y Berbiquí Abogados. Puede que le suene nuestra compañía; una vez nos contrató para defenderlo a usted. ¿No lo recuerda? El sacerdote de su parroquia lo denunció por aprovechar la intimidad del confesionario para rasurarse los testículos.

-Ah, jaja, sí.

¡Pero, oiga! ¿Cómo se atreve a interrumpir mi correo, imbécil?

-Hombre, como lo estoy escribiendo yo haciéndome pasar por usted, creí…

Creyó, creyó… ¡Creyó que podía jugar a ser Dios, ¿verdad?!

-Yo lo único que quería decir es que, bueno, pensé que el cura no iba a ir por ahí contando el incidente. Por todo ese rollo del secreto de confesión, ¿sabe?

Permítame aclararle que su punto de vista resulta erróneo. Todo lo que se haga en un confesionario no debe considerarse forzosamente un acto de confesión, como, por ejemplo, dejar el compartimento lleno de vello corto y acaracolado y restos de espuma de afeitar. Si es que ni siquiera se dignó a tirar la maquinilla desechable a una papelera, so guarro.

-Eh, pare el carro, colega, que recuerdo perfectamente haberla dejado en un recipiente de esparto o de paja o de algo así.

Era el cestillo de los donativos, imbécil.

-¿Y cómo coño pretende que yo lo supiera? ¡Si era igual que los que ponen en los chiringuitos para tirar las servilletas de papel usadas!

Sí, ya. Utilizamos esa justificación a modo de defensa cuando el monaguillo testificó en su contra. Y pensar que el pobre páter creyó que había conseguido reconducir a otra oveja descarriada cuando lo vio entrar a usted por la puerta de la iglesia… ¡Imagínese el sofocón que se llevó cuando minutos más tarde le sorprendió perfilándose las ingles! ¡Merluzo! De todas formas, a lo mejor la cosa no habría pasado a mayores si usted no se hubiera empeñado en enjuagarse los restos de espuma y la sangre del corte que se hizo en el escroto en la pila del agua bendita, delante de de dos beatas de noventa años.

-Usted habría hecho lo mismo en mi lugar. Era agua bendita; lo lógico es pensar que la herida cicatrizaría antes. Después descubrí que me equivocaba. Esa agua bendita era una estafa, y así se lo comuniqué al Obispado. No sé en qué quedó la cosa, si le trasladaron la queja a su proveedor o qué.

¡Ingenuos de nosotros, que pensamos que teníamos un caso ganador cuando cruzó la puerta de nuestro despacho! Estaba malherido, ¿recuerda? En nuestra profesión tenemos un lema: “Cliente sangrante, abogado triunfante”. Pero después resultó que había sufrido un accidente de ciclomotor cuando se dirigía a nuestro bufete. Según usted, por no atropellar a una gacela de Thomson.

-Tal como yo lo veo, fue un acto de heroísmo. Podíamos haber quedado maltrechos la gacela y yo, pero decidí dar un peligroso viraje y al final fui yo el único que acabo dentro de aquella escombrera llena de azulejos rotos.

Bueno, pues la versión de múltiples testigos oculares fue ligeramente distinta. Usted iba tan tranquilo conduciendo y de repente le dio un avenate y se lanzó de cabeza a la escombrera cual kamikaze. Nadie más vio a la gacela en las inmediaciones del accidente. De hecho, después de una ardua investigación, se descubrió que la gacela de Thomson más próxima se encontraba a seis mil kilómetros del lugar del siniestro, que, por otra parte, es donde las gacelas de Thomson suelen estar. Se las ve rondar por la zona de Tanzania, ¿sabe? En esencia, no son una especie nómada.

-Sí, bueno, ¿sabe lo que pasa? Que aquella mañana yo tenía el estómago prácticamente vacío. Solo había desayunado un café y un tripi, así que imagínese. Quizá debería haberme tomado además una tostada con mantequilla o una magdalena, pero ese día me levanté con poco apetito, y me dije, “Bah, con el café y el ácido lisérgico voy que ardo hasta la hora del almuerzo”. Una bajada de tensión, eso va a ser.

Afortunadamente, como somos un bufete muy bueno, y además al juez le dio usted lástima porque habían tenido que coserle la oreja izquierda, solo le sentenciaron a prestar servicios comunitarios.

-Pues fíjese que fue una de las épocas más felices de mi vida. Me lo pasé fenomenal sustituyendo por vacaciones al mendigo que pide limosna en la puerta de la iglesia.

Bueno,  bueno; abreviando, que no le hemos enviado este correo para hablar sobre antiguos pleitos. Le escribimos como representantes de la Asociación de Gente Pequeña que se Traslada a Hombros de Otra Gente para comunicarle las molestias que ha causado a la antedicha Asociación su publicación titulada Quédate tú con La Cabeza de Alfredo García.

-Un momento, un momento; que en la citada publicación nosotros no hacemos mención a la Asociación de Gente Pequeña que se Traslada a Hombros de Otra Gente, sino a la Asociación de Gente Pequeña que Vive encima de la Cabeza de Otra Gente.

Ya, bueno, pero los miembros de la Asociación que representamos se han dado por aludidos. Entre usted y yo, no se imagina cómo son estas minorías; están deseando darse por aludidas por cualquier cosa para montar un circo.

-Oiga, ¿no se ha planteado que utilizar vocablos como “minorías” y “circo” en este contexto puede resultar ofensivo para la Asociación que ustedes defienden?

Eh, eh; no pretenda darle la vuelta a la tortilla, que nosotros somos abogados y sabemos un huevo de jerga técnica, alegaciones, recursos y mierdas de esas.

-Bueno, bueno; no se pique.

Es que me pone usted de los nervios. Como le iba diciendo, nuestros representados se están planteando interponerle una demanda por, cito textualmente, “frivolizar con un tema tan serio y tan poco conocido como la gente pequeña que se sirve de gente de estatura media para trasladarse de un punto A a un punto B”. Por si fuera poco, el presidente de la Asociación de Gente Pequeña que se Traslada a Hombros de Otra Gente da la casualidad que tiene debajo al presidente de la Asociación de Gente de Estatura Media que Traslada a Hombros a Gente Pequeña, y están estudiando interponerle una demanda conjunta. Ítem más, la mucho más minoritaria Asociación de Gente Muy Alta que Traslada a Hombros a Gente de Estatura Media que Traslada a Hombros a Gente Pequeña se está planteando sumarse a la demanda. Y puede darse con un canto en los dientes si el asunto no llega a oídos de la Asociación de Gente Muy Alta que se Traslada a Lomos de un Rinoceronte Trasladando a Hombros a Varias Personas de Estatura Gradualmente Decreciente, que en realidad es una entidad muy pequeña pero con muy mala leche.

-Pero, bueno, ¿se puede saber qué hemos hecho nosotros para ofender a tanta gente a caballito?

Amigo, le aconsejamos que ni se le pase por la cabeza referirse a ellos como “gente a caballito” en caso de juicio; podrían acusarle de trato vejatorio. Por otra parte, podría meterse en problemas con la Asociación de Gente a Caballito, que va a lomos de caballos pequeños.

-De caballos pequeños… ¿se refiere a ponis?

¡Pero, hombre, por Dios, qué insensatez! Se le va a caer el pelo como se le ocurra llamar “poni” a un caballo pequeño.

-Eh… ¿por si se molesta la Asociación de Gente que va a Lomos de un Poni?

Esa Asociación no existe; y si existe le da vergüenza reconocerlo públicamente. Nada de eso; se le puede usted ganar porque la Asociación de Caballos Pequeños que va a Lomos de Caballos de Estatura Media…

-Oiga, ¿sería usted tan amable de decirme de una puta vez qué cojones pretende de nosotros la Asociación de Gente Pequeña que se Traslada a Hombros de Otra Gente?

Por lo pronto, una rectificación inmediata. Nuestros defendidos no “viven” encima de otra gente, solo se trasladan en el marco de una transacción comercial cuyo ámbito legal está perfectamente establecido. La gente pequeña paga un una determinada cantidad de dinero a la gente de estatura media en concepto de gastos de transporte. Realizado el trayecto, el señor pequeño se baja, y el señor de estatura media o bien se dedica a sus quehaceres diarios, o bien espera en la puerta al señor pequeño si este va a hacer un recado de corta duración, o bien queda con él a una hora estipulada para recogerlo. A veces, el trasladado le puede comprar al trasladante un paquete de tabaco o una palmera de chocolate en concepto de dietas o regalías, todo ello de manera escrupulosamente legal y sujeto a las retenciones vigentes. Por otra parte, en su difamatorio texto da a entender que nuestros representados van de pie encima de la cabeza de otra gente, e incluso se atreve a afirmar que se agachan cuando su socio pasa bajo el quicio de una puerta. Tal afirmación es completamente descabellada. ¿Sabe lo que tiene que juntar los pies un señor pequeño para mantenerse de pie encima de la cabeza de otro señor, aunque, como usted dice en su abominable libelo, “calce un 25”? Por no hablar de lo complicado que resulta mantener el equilibrio en tales circunstancias. Tiene suerte de que la Asociación de Gente Pequeña que hace Equilibrismo encima de la Cabeza de Otra Gente esté de gira en estos momentos, si no se iba a enterar usted. Por último, pero no menos importante, la insinuación de que la gente pequeña se entretiene en observar los piojos del señor que tiene debajo puede acarrearle por sí sola una demanda por injurias y calumnias. Sepa usted que nuestros representados suelen llevar traje y corbata, y algunos hasta monóculo y bombín, y leen el Financial Times mientras son trasladados del punto A al punto B por sus socios, que no habitúan a ir tan bien vestidos pero tienen un porte más que digno y están completamente desparasitados por muy temprano que se levanten, y esto es así desde los tiempos de la ya extinta Asociación de Gente que Tira de una Cuadriga Ocupada por una Torre Humana.

Así que, o se retractan de sus palabras, o les metemos un puro que se van a cagar usted y todos sus compañeros, usted primero.

Con nuestros mejores deseos de que se la pique un pollo,
Augusto Bigudí

Borceguí, Bigudí y Berbiquí Abogados

martes, 27 de mayo de 2014

A ti, que eres tan prosaica




            El primer libro del joven poeta había cosechado un éxito de ventas considerable dentro de su reducido nicho de mercado y al menos una reseña laudatoria en un suplemento cultural de cierto prestigio. El día que recibió su primer cheque, y antes siquiera de descorchar la botella de vino blanco que el padrino de su bautizo le había regalado hacía ya algunos años y que tenía guardada para la ocasión, alguien pegó al timbre de su pequeño y escasamente amueblado apartamento de alquiler. Detrás de la puerta se encontraba la mujer más bella que el joven había tenido la suerte de cruzarse en su vida. Morena, con el largo cabello recogido en una trenza y con una túnica blanca como único atuendo.
            -Mira –dijo la hermosa joven sin más preámbulos-, en otras circunstancias no te pediría esto, pero ya sabes lo mala que está la cosa para todo el mundo. Vengo a reclamar mi parte de los derechos de autor.
            El poeta comprendió en seguida. Nunca antes había visto a esa mujer, pero habría reconocido su voz en cualquier parte.
            Era su musa.

lunes, 26 de mayo de 2014

Quédate tú con La Cabeza de Alfredo García

Un tipo muy desagradable que se ha dejado caer por aquí

El Departamento de Estudios Lingüísticos, Auditivos y Nasofaríngeos de Un beso de buenas noches de mil demonios tiene el placer de ofrecerles en exclusiva Quédate tú con La Cabeza de Alfredo García, relato inédito del célebre escritor ruso de ciencia-ficción Konstantin Turulenko. El manuscrito, cuyos derechos fueron amablemente cedidos a esta casa por un nieto del autor a cambio de una dosis de heroína, no fue incluido en la edición definitiva de las Obras Completas del escritor, dado que Alexei Tostonov, editor de Turulenko, mostró serias dudas acerca de la autenticidad del documento, que al parecer fue dictado por el autor después de su muerte a un fan a través de un tablero ouija. “Yo no sé ustedes, pero yo no me fío un pelo de esos espíritus de ultratumba”, afirmó Tostonov en el número de diciembre de 1971 del magazine cultural La Dolce Moscovita. “Según mi astrólogo y vidente personal, el Profesor Aleksandr “Xander” Kamelov, el más allá está atestado de impostores que se hacen pasar por personalidades fallecidas, y me ha asegurado que el cuento es un fraude. Acuérdense del ridículo que hizo la editorial británica esa hace unos años publicando una supuesta obra de Shakespeare obtenida gracias a una psicofonía. Ricardo III en patines, creo que se titulaba”. Nosotros, después de un concienzudo análisis, creemos haber logrado verificar la autenticidad del original, que a todas luces ejemplifica admirablemente las constantes temáticas y estilísticas de Turulenko. Dicho sea de paso, nada nos satisface más que llevarle la contraría al Profesor Kamelov, que hace la tira de años vaticinó que un día de estos nos invitaría a una mariscada y todavía estamos esperando, así reviente con todos sus muertos. La traducción del cuento al castellano corre a cargo de nuestro colaborador Ganímedes Pisto, que cursó dos meses de ruso en la Escuela Oficial de Idiomas hasta que fue expulsado cuando la dirección del centro descubrió no solo que Ganímedes no había formalizado su matrícula, sino que se quedaba a dormir todas las noches en los lavabos de profesores junto a su madre y sus cinco hermanos.

La Cabeza de Alfredo García, más allá de lo evidente (esto es, que se trataba de la cabeza de un tal Alfredo García) era, además, un planeta de considerable tamaño. Un planeta habitado, para ser más exactos. Por piojos. [Nota del editor: Hombre, no va a estar habitado por gente pequeña. No puede vivir mucha gente pequeña encima de la cabeza de alguien sin que ese alguien acabe notándolo, aunque se trate de un solo señor pequeño que calce un 25 y se agache rápidamente cada vez que su huésped se disponga a pasar por una puerta. Pero la gente pequeña que vive encima de la cabeza de otra gente es otra historia y será contada en otra ocasión, a no ser que la Asociación de Gente Pequeña que Vive encima de la Cabeza de Otra Gente amenace con demandarnos por injurias y calumnias con toda la razón, porque aquí somos muy de injuriar y calumniar gratuitamente]. La Cabeza de Alfredo García estaba coronada con una espesísima vegetación denominada Mata de Pelo, y su nivel de enmarañamiento y suciedad era tal que sólo habría podido ser extraída quirúrgicamente, según palabras de un peluquero con cierta propensión al desánimo y a las pastillas para dormir. Como es natural, sus piojos desconocían el hecho de tener un señor debajo. Esto se debe a que los piojos son aún un pueblo primitivo y lleno de miedos atávicos: la mayoría de ellos cree que caerá al vacío si se aventura más allá del Cogote, las Patillas o el Flequillo, así que su conocimiento sobre el Universo colindante era harto limitado. Si los piojos de La Cabeza de Alfredo García hubieran sabido escribir, leer, o acordarse de las cosas, sus libros de Historia narrarían el caso del explorador Cristóbal Piojo, que, convencido de que el mundo tenía forma de vaso puesto boca abajo, desapareció en la línea del Flequillo y fue devorado por un mono. Los piojos de La Cabeza de Alfredo García tenían su propia religión: creían en unos seres superiores que les enviaban desde Más Allá de la Mata de Pelos mensajes indescifrables del tipo “Brown Sugar” y “Won’t get fooled again”.  La frondosa vegetación que cubría La Cabeza de Alfredo García impedía la adecuada recepción de luz y sonido, por lo que sus habitantes se comunicaban cotidianamente a cabezazos. Huelga decir que la población, como el resto de piojos de otros planetas, vivía de la agricultura.
Los piojos de La Cabeza de Alfredo García formaban una comunidad pacífica y bien avenida; se podría decir que era un buen sitio donde vivir, salvo un par de días en semana en que todo el planeta olía a marihuana y de vez en cuando una litrona, objeto celeste conocido en lengua pioja como “meteorito”, impactaba sobre su superficie, impacto que era mayormente amortiguado por la espesa Mata de Pelos. Pero he aquí que un día el Mando Mayor de la Región Parietal del Planeta, formado por el piojo más gordo, recibió una alarmante noticia: los habitantes de la Región Occipital, despectivamente llamados colodrilleros, habían iniciado una lenta pero segura invasión debido a la escasez de espacio en su zona. El Mando Mayor, al que a partir de ahora llamaremos General Piojo MacArthur, recordó entonces las palabras de su hombre de confianza, el gran sociólogo Piojo Wiesengrund Adorno, que le alertaba sobre el problema de superpoblación que iba a sufrir el planeta de ahí a nada, anticipando un conflicto territorial sin precedentes en la historia del planeta. Piojo MacArthur maldijo el momento en que se quedó dormido en medio de la teoría de P. W. Adorno, que era muy complicada y constaba de muchos cabezazos, y, dejando a medio comer su generosa ración de sangre con guarnición de caspa con costra, ordenó a sus ejércitos defender la Coronilla, orden que en lengua pioja consiste en tres cabezazos suaves, uno de magnitud moderada y escupir algo de sangre. Todos los piojos a su cargo fueron llamados a filas; solo unos pocos fueron exonerados de su deber militar alegando que sus liendres estaban a punto de eclosionar. Poco rato después, el planeta entero estaba enfrascado en una batalla que sería recordada como Las Guerra de las Dos Horas, en el caso de que una persona pequeña hubiera cohabitado junto a los piojos encima de La Cabeza de Alfredo García, hubiera observado la revuelta con la ayuda de un microscopio o una lupa gorda y se le hubiera ocurrido llamarla La Guerra de las Dos Horas, no dándose ninguna de estas circunstancias. La campaña militar se saldó con un absoluto fracaso, ya que, como hemos apuntado más arriba, el pueblo piojo es más bien tirando a pacífico; después de propinarse algunos empujones poco entusiastas, más que nada por motivos de protocolo, parietales y occipitales descubrieron que tenían mucho en común y se dedicaron cabezazos corteses e invitaciones a compartir sangre, y, como una cosa lleva a la otra, al poco rato piojos y piojas ya estaban todos copulando como locos. Una bacanal que, en caso de que la misma persona pequeña con lupa, etc, etc, hubiera seguido allí, se habría conocido como La Orgía de los Diez Minutos, porque los piojos no son precisamente conocidos por la larga duración de sus coyundas. Después del refocile comunitario, todos los piojos se sintieron bastante bien, menos el General Piojo MacArthur, que comprobó abatido cómo sus días de gloria como gran estratega militar pertenecían definitivamente al pasado, y, en su desesperación, intentó ahorcarse de un pelo; tentativa de suicidio que también resultó una debacle dado lo escaso de su peso corporal. El General Piojo MacArthur se quedó colgando del pelo veinticuatro horas, al final de las cuales murió de hambre, lo que en los estamentos militares del pueblo piojo se considera una muerte deshonrosa. Las consecuencias de La Orgía de los Diez Minutos no se hicieron esperar; las miles de crías resultantes acabaron por superpoblar La Cabeza de Alfredo García, y sus habitantes se debatieron entre una triste disyuntiva: o malvivir por culpa de la escasez de alimento y espacio, o emigrar a otros planetas. Los piojos comenzaron a rezar a sus deidades esperando una respuesta, y he aquí que su silenciosa letanía pareció surtir efecto. El renombrado astrónomo Galileo Piojei descubrió con alborozo que, o bien una serie de planetas con características similares al suyo se estaba acercando, o bien era La Cabeza de Alfredo García la que se aproximaba a los otros; no lo tenía muy claro. Los piojos no podía saberlo, pero lo cierto es que Alfredo García había asistido a un festival de rock atestado de frondosos planetas, algunos de ellos milagrosamente deshabitados. Los habitantes de La Cabeza de Alfredo García comenzaron así un rápido éxodo, descubriendo de paso que podían saltar bastante lejos cuando la necesidad apremiaba. Algunos de ellos incluso alcanzaron a atisbar durante el salto a uno de sus dioses vociferando sus incomprensibles mensajes. Dios que, curiosamente, tenía el aspecto de Mick Jagger.


¿Sabía usted que…? El celebrado cineasta norteamericano Sean Kepinckepah tuvo acceso al manuscrito original de este relato a principios de los años 70, cuando llegó a Moscú un día a las cuatro de la mañana buscando localizaciones para su siguiente película y una licorería abierta. El director quedó impresionado por las posibilidades cinematográficas de la historia, y se la ofreció a todos los estudios de Hollywood. Solo la Warner Bros se mostró interesada en un principio, pero dio marcha atrás en cuanto Warren Beatty, el actor elegido para dar vida al General Piojo MacArthur, se apeó del proyecto, alegando que el disfraz de piojo le había provocado un sarpullido. Durante un tiempo se rumoreó incluso que Kepinckepah llegó a entablar conversaciones con Disney con el objetivo de convertir el guión en una película de animación, rumor que fue rápidamente desmentido por un tendero de la ciudad de Orlando, que fue testigo de cómo el director, en evidente estado de embriaguez, se pasó una hora explicándole el proyecto a una coliflor envasada al vacío a la que había confundido con el cerebro congelado de Walt Disney. La falta de interés de los grandes estudios supuso un revés para Kepinckepah, que durante un año estuvo intentando sacar adelante la adaptación de Qúedate tú con La Cabeza de Alfredo García, en parte para paliar el mal sabor de boca producido por el varapalo crítico obtenido por su anterior película, Pat Garrett y Karate Kid (1973), cuya polémica sobre si fue o no una decisión acertada asignar a Bob Dylan el papel de maestro de kung fu perdura hasta nuestros días.