Un blog de sangreybesos, el Mayor Experto Mundial en Nada en Particular
domingo, 23 de noviembre de 2014
El Sr. X, el café y las serpientes
Para el señor Fulano Equis, el subconsciente es un pretendiente no
deseado, en exceso baboso y con los dientes ligeramente torcidos, aunque
demasiado tímido como para confesar abiertamente su deseo de apagar cigarrillos
en sus nalgas. De todos los elementos que conformaban la estructura general de
su existencia, por lo demás tan pulcra y bien apuntalada, el subconsciente
ocupa el rincón más húmedo y polvoriento de la estancia y, a ojos de su
propietario, resulta tan inadecuado como un microondas en una mansión
victoriana o un bote de propinas en un local de alterne. Cierta vez, durante
una acalorada discusión acerca del presupuesto del nuevo ascensor, el
psicoanalista que vive en el 5º C le dijo al Sr. X que el subconsciente era un
ingrediente esencial para una vida mental sana, y este le preguntó si no estaba cansado de retirar los muebles para analizar la composición del polvo. La
descripción “mamporrero psíquico” también salió a relucir durante la
conversación, y no solo hubo que convocar una segunda asamblea para discutir el
presupuesto del nuevo ascensor, sino que el Sr. X y su vecino el psicoanalista
jamás volvieron a prestarse tomates para el sofrito ni a devolverse las cartas
cuando el cartero se equivocaba de buzón. Sin embargo, muy de higos a brevas y
siempre cuando el Sr. X se deja acunar a regañadientes en los no siempre firmes
brazos de Morfeo, su subconsciente ensaya discretos intentos de reconciliación,
que son rechazados tajantemente por el objeto de su deseo con frío desdén y dos
tazas de café mañanero. Uno de aquellos desdichados intentos tuvo el siguiente
desarrollo: El Sr. X soñó que dejaba su bien encapsulado puesto de auxiliar
administrativo y decidía abrir un local de restauración llamado Café con Serpientes.
La Sra. X protesta enérgicamente y dice que ella preferiría abrir otro que se
llamara “Showarmaggedón. The Ultimate Showarma Experience”, porque en el sueño
del Sr. X su mujer estaba logrando unos progresos en su cursillo de inglés para
mayores altamente improbables en su vida de vigilia. El Sr. X, impertérrito, se
empecina en su proyecto empresarial, que consiste en una cafetería decorada con
jaulas de serpientes, algunas venenosas, otras no; algunas jaulas bien
cerradas, otras abiertas o rotas. “Imagínense a un cliente que entra a tomar un
café y no sabe a ciencia cierta si va a salir de allí con vida”, expone el Sr.
X en una reunión de potenciales inversores que resulta ser un éxito; un magnate
de la industria del café sugiere abrir una franquicia, el propietario de un
zoológico accede a rebajar el precio de algunas serpientes que le sobran. La
inauguración resulta un clamoroso triunfo, con cientos de clientes haciendo
cola para tomarse un capuchino mientras se juegan el pellejo. Una reportera de
la televisión local entrevista al Sr. X en el exterior de la cafetería. “Deben
gustarle mucho las serpientes”, dice la entrevistadora. “La verdad es que las
serpientes nunca me han interesado demasiado”, contesta el Sr. X, “pero me
gusta el café”. La reportera se da cuenta de que ha quedado como una imbécil y
decide repetir la entrevista. En ese momento, el misericordioso despertador del Sr. X le lanza
una liana a la que agarrarse. Dos minutos después, Café con Serpientes ha
desparecido totalmente cañería abajo, acompañado de una generosa ración de
legañas.
miércoles, 17 de septiembre de 2014
Un post del blog de moda de Regina Wilkinson (escrito por su primo Paco Pepe)
Entrevista
a Arnoldo Pértigas, modisto. Y muy famoso, por lo visto.
Yo no sé ustedes, pero yo veo a esta bajar por la calle y me cambio de acera.
Buenas,
soy Francisco José Pedernales Wilkinson, pero todos en el pueblo me conocen
como Paco Pepe el inglés, porque mi bisabuelo por parte de madre era de Ósfor,
que no sé cómo se dice bien. Yo siempre he dicho Ósfor. Mi bisabuelo también
pasó una temporada en Quémbrich, donde estudió anatomía forense, y después se
vino de vacaciones a España y conoció a mi bisabuela y la dejó preñada y se
quedó aquí sembrando papas y criando gallinas. Y bueno, no he venido aquí para
contaros la historia de mi familia. Mi prima Regina no ha podido escribir el
artículo de hoy porque, como dice ella, se encuentra indispuesta, así que me ha mandado una hoja con preguntas,
un radiocasete pequeñito para grabar y un billete de autobús para la ciudad y
me ha encargado el recado de entrevistar al diseñador de moda Arnoldo Pértigas.
A la paz de Dios.
Buenas
tarde, señor Pértigas. Mi prima Regina me manda decir que la excuse, que le ha
sido imposible venir porque se encuentra indispuesta.
Sí, sí, estoy enterado. Nada grave, espero.
No,
nada. Se está cagando viva.
Oh. ¿Gastroenteritis?
¿Se
dice así ahora? Yo siempre le he dicho “cagalera”. Bueno, cuando voy al médico
no le digo “Doctor, tengo una cagalera que me estoy yendo por la pata abajo”.
Eso se lo digo a usted, en confianza. Al médico le digo que tengo el vientre
suelto, y él ya me entiende. Le deja a uno el cuerpo hecho una porquería, ¿que
no? Bueno, qué le voy a contar yo a usted, con lo canijo que está.
Eh, ejem, ¿pasamos a la entrevista?
Claro,
claro, perdone. Que si no, nos vamos a pasar todo el día hablando de la
cagalera de la Regina, y después la gente lee esto en el interné y le pregunta
“¿Se te ha pasado ya la cagalera, Regina?” y le deja dibujado unos muñequitos
de mojones… ¿Los ha visto usted? Unos muñequitos así que son mojones
chiquititos con ojos. La gente es muy cabrona.
Eh, ¿lleva las preguntas preparadas? Su prima me dijo que
se las había enviado.
Sí,
sí, me las apuntó en un papel, pero, ¿sabe lo que pasa? Que no sé dónde lo he
dejado. Yo para mí que había echado la hoja en el petate, pero por lo visto me
la dejaría encima de la mesita de noche o no sé dónde, así que he escrito yo
unas preguntas en el autobús de camino para acá.
Vaya por Dios.
Le
van a gustar, ya verá. Se me ha ocurrido hacer la entrevista desde el punto de
vista de uno que no entiende mucho de moda.
Veo que tiene su propio y original estilo periodístico.
Sí,
será, pero lo verdad es que no tengo mucha idea de moda, aunque podrá comprobar
que hoy me he puesto mis mejores pantalones de pana para verle a usted.
Bueno, no es que el beige descolorido por el sol sea el tono estrella
este año, pero...
El
dobladillo de la pernera izquierda está un poco descosido porque un gorrino me
ha mordido el pie justo antes de salir y mi Jacinta no ha podido cosérmelo
porque se iba el autobús.
Natural.
Anda, que lo contenta que debe de estar su madre... Críe usted hijas para esto. ¡Que lo vas enseñando todo, zagala!
Bueno,
pasemos sin más dilación a la entrevista, ¿se dice así, dilación? Porque, si
usted quiere, pasamos con más dilación. ¿No?
Creo que ya nos hemos dilatado bastante.
Sí,
jajaja, qué finos son ustedes, los que llevan coleta. Oiga, qué colonia tan
fuerte lleva usted, ¿no?
¿Le gusta? Es mi nueva fragancia, “Eau de Fleur Pour
Homme”.
Espere
que la apunte, que le se la voy a comprar a mi padre por Navidad. O-de-flé…
Eh, ¿sabe usted francés?
¿Y
a usted qué le importa? ¿Acaso le he preguntado yo por sus estudios?
No, verá… El nombre de la fragancia está en francés.
Hostia.
Y eso, ¿por qué?
Pues porque… Mire, es muy largo de explicar. Cosas de
diseñadores, ¿entiende?
Bueno,
pero si voy a Segismunda la droguera y le digo, “Segis, un tarro de Odeflé
Pulgón”, ella me entiende, ¿no?
No es “Pulgón”, es… Mire, ya le regalo yo un bote, ¿de
acuerdo?
No
es para mí, es para mi padre. Yo no estilo mucho eso de los perfumes. Bueno, de
vez en cuando me refriego un nabo por el cuerpo, y voy echando una tufarada a
puchero que da gloria olerme. Pero no todos los días, se vaya usted a creer;
solo lo hago para alguna ocasión importante, como la boda de un hermano o…
¿Quiere empezar de una vez con la entrevista, por el amor
de Dios?
¡Jajajaja!
¿Qué le pasa ahora?
Que
cuando digo “nabo”, me refiero a un nabo de la huerta, no al que usted está
pensando. ¡Que yo no soy como ustedes, los que llevan coleta!
¡¿Qué está usted insinuando?!
Porque
sabrá lo que es un nabo, ¿verdad?
¡¡Cómo no voy a saber lo que es un nabo!!
Hombre,
lo mismo que yo no sé francés, pues digo, “A lo mejor este no sabe lo que es un
nabo”. Como su mundo y el mío son tan diferentes…
Mire, amigo, le voy a ser sincero. Me pone usted enfermo.
Bueno,
bueno, no se irrite, que ya empiezo con la entrevista. Primera pregunta:
Eeeeeh… Vaya por Dios. Es que, como he escrito la entrevista en el autobús, ¿se
lo he dicho? pues con tantos baches no entiendo mi letra. ¿Puede usted
ayudarme?
Hay que joderse. A ver, traiga acá… Vaya letra fea que
tiene usted, caramba. ¿Qué pone aquí? Ma… ¿Maricón? ¡¿Pone maricón?!
Sí,
bueno, era parte de una pregunta que ya no me hace falta hacerle.
¡¿Pero qué cojones se ha creído?! ¡Eso es lo que me
revienta de ustedes, la gente normal! ¡Se creen que porque diseño moda pierdo
aceite! ¡Están cegados por sus estúpidos prejuicios! ¡Ceporro!
¡Eh,
que usted no es el más indicado para hablar de los prejuicios de los demás!
¡Que, solo por ser de pueblo, ya me ha tomado usted por un ceporro!
¡Es que es usted un ceporro!
¡Y
usted un maricón!
¡Ceporro!
¡Maricón!
¡Ceporro!
Buen,
pues esta es la entrevista que le he hecho a Arnoldo Pértigas; espero que os
haya gustado a vosotros y a mi prima Regina, que si quiere puede cambiar un par
de cosas, como lo de que está con cagalera, y decir que la ha hecho ella. Y
total, que esta mi primera experiencia como periodista ha sido muy
satisfactoria y me ha resultado muy grato conocer al gran diseñador Arnoldo
Pértigas, al que desde aquí mando un saludo si está leyendo esto. ¡Maricón!
lunes, 4 de agosto de 2014
Un post del blog de viajes de Nicasio Mortero
Hausenboldt,
por ahí fuera de España.
09:21,
hora local. Llego al aeropuerto muerto de sueño y con los huevos
congelados. Después de recoger la maleta busco instintivamente el McDonald´s,
pero resulta que no lo abren hasta las diez. Tengo demasiado apetito como para
esperar, así que tomo nota mental de poner una hoja de reclamaciones a la
vuelta y me dirijo a la cafetería del aeropuerto. El camarero me saluda en inglés. Me pregunto por qué todo el mundo
me habla en inglés cuando estoy de viaje en un sitio extranjero. ¿Parezco acaso
un puto guiri? Aunque chapurreo algo de inglés, es algo temprano para
calentarme el tarro, así que le señalo al camarero la máquina de café y le pido
un bocadillo de zurrapa, porque no sé quién me dijo una vez que zurrapa se
pronunciaba igual en todos los idiomas menos en chino. Hago el gesto de comer y
lo acompaño de las palabras “Ñam ñam”, por si no le ha quedado claro al pobre
chaval, que tiene pinta de becario. Se le ha debido acabar la zurrapa, porque
me trae unas asquerosas galletitas saladas con el café. Le pido una hoja de
reclamaciones.
10:19.
Salgo de aeropuerto, me meto en un taxi y le enseño al conductor un papel donde
tengo apuntados el nombre y la dirección del hotel. Me cobra nueve con ochenta
por un trayecto bastante corto. Trato de explicarle que no soy guiri, así que
no debería sentirse obligado a intentar timarme. Incluso le enseño los pies
para que vea que no llevo chanclas y calcetines blancos. El tiparraco no entra
en razones y le pido una hoja de reclamaciones, que relleno sobre el capó.
10:44.
Nada más llegar al hotel solicito la hoja de
reclamaciones, por ir adelantando. El conserje se muestra extrañado cuando le
señalo el cartel que dice lo de “tenemos hojas de reclamaciones a disposición
del consumidor” (cartel que he aprendido a distinguir instintivamente, venga en
el idioma que venga). Cuando cae en la cuenta de que no voy a dirigirme a él en
ingles, intenta saber el motivo de mi queja moviendo los hombros hacia arriba.
Finalmente se da por vencido y me da la hoja de reclamaciones. Me ha puesto a
huevo el motivo de la queja: “El conserje se ha mostrado reticente a entregarme
la hoja de reclamaciones”. Arranco otra hoja del libro para luego y subo a mi
habitación.
11:56.
Salgo del baño de la habitación con menos ganas de poner hojas de
reclamaciones. Me meto otra vez en el baño; se me ha olvidado ducharme.
12:40.
Decido ir a ver
con mis propios ojos la mundialmente famosa estatua de la localidad que estoy harto de ver en fotos. Es idéntica.
No sé por qué me molesto siempre en visitar los monumentos locales.
Vete tú a saber a quién coño representa la estatua esta.
13:01. Me
meto en un típico restaurante de la ciudad para probar alguna roña local. Digo
típico porque está decorado con madera barnizada, y si algo he aprendido en mis
viajes es que no hay nada más típico en cualquier parte del mundo que un local
de restauración decorado con madera barnizada. El menú viene sin fotos, así que
no sé qué coño voy a pedir. Se acerca el camarero y, cuando se percata de que
no soy un parroquiano habitual, establecemos el siguiente diálogo:
CAMARERO: Do yo speak english?
YO: Fuck you.
Yo solo quiero darle a entender que sí, que tengo
nociones de la lengua del Bardo, pero el tío se muestra ofendidísimo. Anda y
que se joda. Esto último me gustaría habérselo dicho, pero en ese momento no me
sale el equivalente en inglés.
14:22.
Finalmente almuerzo en un McDonald’s, donde todo el mundo es siempre muy amable
conmigo y parece saber lo que quiero. De todas formas, pongo una hoja de
reclamaciones por el horario de apertura de su establecimiento del aeropuerto, que
esa mañana se me había olvidado.
Típico comistrajo de la localidad.
15:06.
Vuelvo al hotel y me tumbo en la cama para echarme una siestecita, no sin antes
poner el despertador del móvil para levantarme a las cinco; a las cinco y media
tengo una visita guiada por la ciudad.
19:15. El
móvil está estropeado o yo no sé poner bien el despertador. No solo me he
perdido la visita guiada; el móvil, en vez de encima de la mesita de noche,
donde lo dejé, está en el otro extremo de la habitación, partido por la mitad.
Cojo la hoja de reclamaciones que me subí por si acaso y la relleno. Si hubiera
querido que me asignaran una habitación embrujada, lo habría especificado.
19:24. Bajo
a recepción para exigir que me cambien de habitación. Al poco rato un tipo
nervioso que debe de ser el gerente se me acerca y mantenemos la siguiente
conversación:
GERENTE: What’s the matter, sir?
YO: Fuck you.
20:40. En
comisaría me requisan el pasaporte. El agente me pregunta algo en inglés y yo
intento explicarme lo mejor que puedo.
22:06. Me
despierto en el calabozo con un terrible dolor de cabeza. Al principio ando un
tanto desorientado, pero no tardo en recordar lo ocurrido: En algún momento del
interrogatorio alguien sacó un táser. Creo que fui yo, pero todavía no le tengo
cogido al tranquillo al cacharro y seguramente me apliqué a mí mismo una
descarga eléctrica de mil pares de cojones. Al cuarto de hora aparece un
intérprete. Suspiro aliviado; por fin alguien con quien poder comunicarme.
INTÉRPRETE: Señor, mucho me temo que las autoridades
locales se están planteando deportarle.
YO: Anda y que te jodan.
jueves, 31 de julio de 2014
El Presidente del Gobierno en: ¡Pues sí que es voluble el electorado, cojones!
Imaginativa reproducción de la criatura mitológica conocida como "Politicus Honradus".
-Oiga. eso es un dodo.
-No me caliente el tarro, joven.
1. INT. DESPACHO DEL PRESIDENTE DEL GOBIERNO. DÍA.
El PRESIDENTE está en su
mesa leyendo el Marca del día anterior, visiblemente aburrido. Ya ha firmado
todo lo que tenía que firmar, pero le da vergüenza que lo vean marcharse a casa
a las cuatro y media de la tarde. La puerta se abre como una exhalación y
aparece CEFERINO, jefe de su nutrido gabinete de asesores.
CEFERINO: ¡Señor Presidente!
PRESIDENTE: ¡Coño, Ceferino, qué susto me has dado!
CEFERINO: Señor Presidente, después de comer he estado un rato en el sofá viendo el canal National Geographic...
PRESIDENTE: Ah, menos mal. Qué injusto he sido al pensar que estabas tocándote los huevos.
CEFERINO: ...y he visto que el índice de popularidad de Ronald Reagan creció ostensiblemente después de su intento de asesinato en mil novecientos ochenta y uno.
PRESIDENTE: Bueno, no sería solo por eso. Seguro que también se debía a su política visionaria, tan parecida a la mía...
CEFERINO: Eso yo no los sé. El caso es que el día después de que le calzaran una bala la gente lo quería un montón.
PRESIDENTE: ¿A dónde quieres llegar, Ceferino?
CEFERINO: Que digo yo que si no había pensado en dejarse disparar. Haría mucho por su imagen.
PRESIDENTE: Sobre todo si me dan en la jeta, no te jode.
CEFERINO: No, hombre, pero cómo se le ocurre. Le diremos al terrorista que apunte a otro sitio que no salga en los carteles de propaganda. La estética tiene una influencia decisiva en la intención de voto; una reciente encuesta ha demostrado que el ciudadano medio jamás depositaría su confianza en un candidato con una sola oreja, aunque tenga un programa electoral de puta madre.
PRESIDENTE: ¡Coño, Ceferino, qué susto me has dado!
CEFERINO: Señor Presidente, después de comer he estado un rato en el sofá viendo el canal National Geographic...
PRESIDENTE: Ah, menos mal. Qué injusto he sido al pensar que estabas tocándote los huevos.
CEFERINO: ...y he visto que el índice de popularidad de Ronald Reagan creció ostensiblemente después de su intento de asesinato en mil novecientos ochenta y uno.
PRESIDENTE: Bueno, no sería solo por eso. Seguro que también se debía a su política visionaria, tan parecida a la mía...
CEFERINO: Eso yo no los sé. El caso es que el día después de que le calzaran una bala la gente lo quería un montón.
PRESIDENTE: ¿A dónde quieres llegar, Ceferino?
CEFERINO: Que digo yo que si no había pensado en dejarse disparar. Haría mucho por su imagen.
PRESIDENTE: Sobre todo si me dan en la jeta, no te jode.
CEFERINO: No, hombre, pero cómo se le ocurre. Le diremos al terrorista que apunte a otro sitio que no salga en los carteles de propaganda. La estética tiene una influencia decisiva en la intención de voto; una reciente encuesta ha demostrado que el ciudadano medio jamás depositaría su confianza en un candidato con una sola oreja, aunque tenga un programa electoral de puta madre.
PRESIDENTE:
¿Has dicho “terrorista”? ¿En serio estás sugiriendo que contratemos a un
terrorista? Claro, cómo no. Eso es precisamente lo que le hace falta a esta
administración; otro inútil chupando del bote público.
CEFERINO:
No haría falta destinar una gran partida presupuestaria. Yo creo que con un
millón va que arde.
PRESIDENTE: ¡Coño, pues sí que se
ha puesto caro el terrorismo! ¿Dónde han quedado los tiempos en que delataban a
uno de los suyos a cambio de pagarle un chapero?
CEFERINO: No me refiero a un
terrorista de los nuestros. Estaba pensado en un mercenario internacional.
PRESIDENTE: ¿Y darle trabajo a un
extranjero? ¿Me estás diciendo que este país no produce criminales de calidad,
Ceferino?
CEFERINO: No como el que tengo en
mente. Ha sido nombrado Mejor Francotirador del Año dos veces consecutivas por
El Magazine del Rifle.
PRESIDENTE: ¿Te lo estás
inventando?
CEFERINO: Créame, señor Presidente;
es muy bueno en lo suyo, y tiene una larga experiencia. Ha participado en tres
guerras que hemos apoyado en secreto y en otras tres que hemos condenado
públicamente.
PRESIDENTE: No recuerdo haber
opinado sobre seis guerras durante mi mandato.
CEFERINO: Eeeeeh, bueno, no. Son
las mismas. Solo pretendía engordar un poco el currículum de nuestro hombre.
PRESIDENTE: Ceferino, a mí no
intentes venderme la moto, que no soy uno de mis electores.
CEFERINO: En realidad sí lo es.
¿O acaso vota usted a la oposición?
PRESIDENTE: Las guasitas te las
metes por el culo. ¿Crees que no sé que algunos van diciendo por los pasillos
que me equivoqué de papeleta en las últimas elecciones?
CEFERINO: Nadie del partido cree
que sea cierto, señor.
PRESIDENTE: Sí, ya, los cojones.
CEFERINO: ¿Qué me dice,
presidente? ¿Se lo va a pensar?
PRESIDENTE: No me presiones. (Se
pasa la mano por la cara). Tú y tus ideas… ¿De verdad crees que servirá
para algo?
CEFERINO: Créame, señor;
funcionará. Al votante medio le gusta más un mártir que a un tonto un picaporte.
PRESIDENTE: Joder, para lo que he quedado… Votos por pena… Apúntatelo por ahí, Ceferino; ese va a ser el eslogan de nuestra próxima campaña.
PRESIDENTE: Joder, para lo que he quedado… Votos por pena… Apúntatelo por ahí, Ceferino; ese va a ser el eslogan de nuestra próxima campaña.
CEFERINO: Señor, según las
últimas encuestas, su popularidad está cayendo en picado…
PRESIDENTE: ¡Encuestas,
encuestas! ¿Quién es el cabrón que encarga esas encuestas? ¿Y a quién coño le
preguntan?
CEFERINO: ¿Accede o no accede?
PRESIDENTE (derrotado): Accedo, accedo… ¿Y qué parte de mi anatomía has pensado
que podría ser un buen blanco? Que no sea una pierna, por favor, que la rampa
del Congreso todavía está en obras.
CEFERINO: ¿Le parece bien un
hombro?
PRESIDENTE:
Si puedo elegir, que sea el izquierdo. A ver si ahora voy a estar dos meses sin
poder pelarme un mango.
ASESOR: ¿Lo llaman así ahora? ¿"Pelarse el mango"?
PRESIDENTE: Ceferino, Ceferino...
ASESOR: Entonces, todo arreglado.
PRESIDENTE: Ceferino, ¿crees que podemos aplazar lo del atentado hasta después de las vacaciones?
ASESOR: ¿Lo llaman así ahora? ¿"Pelarse el mango"?
PRESIDENTE: Ceferino, Ceferino...
ASESOR: Entonces, todo arreglado.
PRESIDENTE: Ceferino, ¿crees que podemos aplazar lo del atentado hasta después de las vacaciones?
ASESOR:
Eso está hecho, señor.
2. INT. DESPACHO DEL PRESIDENTE DEL GOBIERNO. DÍA
El
Presidente tiene un montón de periódicos desordenados encima de la mesa. Se
encuentra ojeando uno, con el rostro desencajado.
PRESIDENTE: ¡Me cago en mi puta calavera!
(Entra Ceferino, en
estado de shock)
CEFERINO: ¿P-presidente?
PRESIDENTE: Ah, Ceferino, qué agradable, sorpresa. Por
favor, toma asiento… ¡¡Soplapollas!!
CEFERINO: Parece que las cosas no han salido como
esperábamos, señor…
PRESIDENTE: ¿Por qué lo dices? ¡¿Quizá porque, en vez de
a mí, el subnormal de ese mercenario tuyo con tan buena puntería le ha pegado
un tiro al líder de la oposición?! ¡¿Lo dices por eso?!
CEFERINO: Señor…
PRESIDENTE: Todos los medios de comunicación están
poniendo por las nubes a ese hijoputa. ¡Incluso los que nos chupan la polla a
diario lo están tratando de “lúcido hombre de estado” y de “político
visionario”! ¡Mira qué adjetivos, Ceferino! ¡Los mismos que yo quería que grabaran
en mi lápida! Y no te pierdas esto: el gacetillero que hoy se atreve a destacar
su “gran labor al frente de la oposición” es el mismo que ayer le llamaba
“corto de miras” y “patizambo”. Y mira, mira la foto que han puesto aquí a doble
página… Ahí, tumbado en el suelo, tapándose el agujero con la mano… El ángulo
hasta le hace parecer un puto héroe de guerra. Y yo al lado, mirándolo con una cara
que… que… ¡que tengo pinta de capullo, cojones! ¡La madre que me parió!
CEFERINO: Admito que no es el mejor de los escenarios
posibles…
PRESIDENTE: Es una cagada sin paliativos, Ceferino (Se pasa las manos por la cara). Bueno,
ya seguiré vomitando bilis sobre ti y toda tu estirpe más tarde, que ahora
tengo que ir al hospital a hacerle una visita. ¿Has avisado a los periodistas
para que estén allí cuando yo llegue?
3. INT. HABITACIÓN DE HOSPITAL PÚBLICO. DÍA.
El
LÍDER de la oposición está solo, tumbado en cama con el brazo izquierdo en
cabestrillo. Sonríe de oreja a oreja mientras repasa uno de los periódicos que
tiene amontonados encima de la cama. El Presidente entra a la habitación.
LÍDER: ¡Hombre! ¿Pero a qué viene esa cara de vinagre, si
el damnificado soy yo?
PRESIDENTE: No me hables, que me has jodido pero bien.
¿Cómo te encuentras?
LÍDER: Aaah, bueno, no me quejo. ¿Has visto las noticias?
PRESIDENTE: Vete a la mierda.
LÍDER: ¿De verdad creías que te iba a salir bien?
PRESIDENTE: ¿Qué?
LÍDER: Lo de dejarte disparar.
PRESIDENTE: ¡¿De qué cojones estás hablando?! Ah,
olvídalo. No estoy de humor para hacerme el sueco. ¿Cómo te has enterado?
LÍDER: Nos lo contó nuestro topo.
PRESIDENTE: ¿Cuando dices “nuestro”, a cuál te refieres?
¿Al que tenemos infiltrado en vuestra sede, o al que tenéis infiltrado en la
nuestra?
LÍDER: Al que tenemos en la vuestra.
PRESIDENTE: Será mamón. Y yo que creía que lo habíamos
comprado… ¿Y por qué nuestro topo no nos contó que lo sabíais?
LÍDER: Le dimos vacaciones.
PRESIDENTE: Pues ya lleva dos meses, el cabrón, que el
mes pasado se las dimos nosotros.
LÍDER: Mira, cuando me ponga bien, a lo mejor tendríamos
que reunirnos para regularizar todo este asunto de los topos.
PRESIDENTE: Sí, sí… Oye, ¿le hicisteis una contraoferta a
nuestro francotirador, o qué?
LÍDER: Se la doblamos.
PRESIDENTE: ¡¿Le pagasteis dos millones?! ¡¿De dónde habéis
sacado vosotros tanta pasta?! ¡Si sois de izquierdas!
LÍDER: Ah, no fue nada. Desviamos una partida destinada a
cursos de formación y…
PRESIDENTE: Cabrones.
LÍDER: Habló el gran estratega.
PRESIDENTE: Esta vez te has salido con la tuya, pero la
próxima…
LÍDER: ¿La próxima, qué? ¿Cómo vas a mejorar esto?
PRESIDENTE: Pues mira, estoy pensando en dejarme
secuestrar.
LÍDER: ¿Perdona?
PRESIDENTE: No ahora; cuando toda esta mierda de tu
intento de asesinato se haya olvidado un poco, naturalmente. Te lo cuento porque, bueno, no creo que seas tan imbécil
como para robarme el plan. ¿Primero te disparan y luego te secuestran? Eso no
se lo va a creer nadie.
LÍDER: Bastardo.
PRESIDENTE: Ah, se siente. Ahora a lo mejor ganáis las elecciones, pero ya nos tocará otra vez luego. Pero, bueno, a ti qué te voy a contar, si ya sabes cómo va esto.
PRESIDENTE: Ah, se siente. Ahora a lo mejor ganáis las elecciones, pero ya nos tocará otra vez luego. Pero, bueno, a ti qué te voy a contar, si ya sabes cómo va esto.
sábado, 19 de julio de 2014
Un día cualquiera en el Otro Barrio
El pase de prensa
-Valiente pérdida de tiempo –dijo el respetado
crítico de cine nada más salir de la sala de proyección-. Es la mayor basura
que he visto en años. Qué digo; es la peor película que he visto jamás.
Pedante, pretenciosa, vacua, innecesariamente larga, carente de emoción, con
unas escenas eróticas de vergüenza ajena, y, para colmo de males, protagonizada
por un tipo absolutamente desprovisto de carisma… ¿Qué demonios ha querido
decir su autor con este bodrio?
-Probablemente nada –contestó la Muerte, que había
acompañado a regañadientes al pobre tipo a ver la película de su vida.
Falsas expectativas
-La vida es una mierda –dijo el suicida a modo
de justificación-. Por eso me la quité.
-Eh, bueno –respondió Satanás apartando la
vista, un tanto abochornado-. No sé lo que le han contado, pero me temo que
esto no es mucho mejor.
Caronte, barquero del
río Aqueronte, en: Otra jornada en la oficina
La sesión de espiritismo
Después
de una tensa espera, Manolo habló a su mujer a través de la médium.
-Coño,
Reme, ¿qué quieres, que eres más pesada que una vaca en brazos?
-Manolo,
¿eres tú? –preguntó Reme, casi sin aliento.
-No,
soy Jim Morrison, no te jode. This is the end...
-¿Cómo
es el más allá, Manolo?
-¿Qué
dices? No te recibo bien aquí. Es que estoy de camping con unos amigos, ¿sabes?
-Vaya.
Cuando estabas vivo no me llevabas a ningún lado.
-No
te entretengas, Reme, que seguro que la tiparraca esta cobra por horas.
-Mira,
necesito que me digas la contraseña del ordenador. Es que están ahí las fotos
de la comunión de la niña de mi prima Paqui, y quiere que se las pase.
-El
coño de tu hermana.
-Espera
que me la apunte. El-coño-de…
miércoles, 9 de julio de 2014
La notificación que vino del más allá
EXT. MANSIÓN QUE DA ASCO VERLA DE LO DECRÉPITA QUE ESTÁ. DÍA.
La
fachada de una mansión que recibió su última mano de Titanlux hace por lo menos
siglo y medio. Un DIABLO con poca pinta de diablo y mucha de notario bajito,
con traje, bombín y maletín en la mano derecha, pega a la puerta con la mano
izquierda, con la que además sujeta una serie de papeles, discreta proeza
malabar a la que, acertadamente, no parece concederle ninguna importancia. A los
pocos segundos sale a abrir un FANTASMA de avanzada edad en camisón y gorro de
dormir con borla en la punta.
DIABLO:
Buenos días. ¿El Vizconde de Penegord?
FANTASMA: Así me conocían en vida. ¿Y usted es…?
DIABLO: Mi nombre es Eugenio Astaroth, de las huestes
infernales.
FANTASMA: ¿Es usted un demonio? Quién lo hubiera dicho,
con la pinta de… de…
DIABLO: Sí, me lo dicen muchas veces.
FANTASMA: …de soplapollas que tiene.
DIABLO:
¡Pero, oiga! ¡Cómo se le ocurre tamaña descalificación!
FANTASMA: Me va usted a disculpar, pero no se ajusta usted a la idea que tenía yo de un
siervo de Satanás.
DIABLO: Mire, que sea un demonio no significa
necesariamente que tenga que ir por ahí despeinado, sacudiendo un tridente de manera
burlona y arrastrando el pene por el suelo.
FANTASMA (mirando al
diablo de arriba abajo): ¿Usted, arrastrando el pene por el
suelo? Ya le gustaría.
DIABLO: ¿No me cree? Pues tendrá que confiar en mi
palabra, porque no pienso sacarme la chorra aquí en medio. Sepa usted que ser
expulsado del Cielo también tuvo sus ventajas. Antes éramos asexuales, ¿lo
sabía usted? Pero fue caer al Infierno y bam, allí que nos creció un miembro
viril de proporciones gargantuescas.
FANTASMA: No sé qué puede tener de bueno ir todo el día barriendo el
suelo con la minga.
DIABLO: Hombre, al principio tenía más inconvenientes que
ventajas, para qué le voy a mentir. Solíamos tropezar un día sí y otro también,
con las nuestras propias y con las de los demás. Cuando íbamos en autobús
estábamos todo el rato, “Me está usted pisando la picha”, “No sabe cuánto lo
siento” y tal. Y, bueno, la verdad es que tampoco era muy higiénico.
Acumulábamos mucha porquería bajo el prepucio. Arena, gravilla, chicles,
estiércol del Cancerbero, chapas de coca-cola… Esas a veces estaban bien. No es
que resultara placentero que una chapa con la parte dentada para arriba te
partiera el frenillo, pero a veces traía premio. Yo tuve suerte; me tuvieron
que echar puntos en el glande, pero me canjearon la chapa por un llavero. Las pasamos
canutas hasta que Lucifer inventó los pantalones. Desde entonces, la metemos en
una tinaja con hielo con mucha menos frecuencia.
FANTASMA: Y, oiga, ¿ha subido del Infierno solo para
presumir de cipote ante un alma en pena?
DIABLO: No, naturalmente que no. (Alcanzándole al fantasma los papeles que lleva en la mano). Vengo a
entregarle esta notificación donde se le comunica el cese de su actividad
sobrenatural.
FANTASMA (ojeando
los papeles, sin comprender): ¿Que qué?
DIABLO: Mire, este caserón lleva cien años deshabitado, y
según la Ordenanza General de Inmuebles Encantados, artículo vigésimo cuarto,
cualquier propiedad encantada, embrujada o poseída desprovista durante un siglo
de seres humanos vivos a los que asustar, enloquecer o hacer salir por patas,
será automáticamente desalojada por el fantasma residente encargado de ejercer
la actividad sobrenatural en cuestión.
FANTASMA: ¿Qué quiere decir eso? ¿Que me desahucian?
DIABLO (alarmado):
¡Chst! Baje la voz. No, eh, esto no es un desahucio. Es un cese definitivo de
sus actuales funciones. Una jubilación, si lo prefiere. (Mirando a su alrededor, inquieto) Nosotros no desahuciamos a nadie.
Eso es trabajo para un exorcista.
FANTASMA (pasando
las hojas rápidamente, perplejo): Un momento, amigo; yo no recuerdo haber
firmado nada de esto.
DIABLO: Créame que lo hizo. Estaba usted bajo los efectos
de una gran conmoción. Se acababa de colgar de la barandilla de la escalera,
¿recuerda? Andaba usted un tanto desorientado al principio, pero firmó el
contrato en seguida. “Cualquier cosa por librarme del Castigo Divino”, dijo
mientras consignaba su rúbrica.
FANTASMA: Sí, vale, vale, es posible; hace mucho tiempo
de eso. Pero, mire, creo que ha habido un error. La casa no está deshabitada,
¿sabe?
DIABLO (confuso):
Nosotros no tenemos constancia de que haya nadie viviendo aquí.
FANTASMA: Bueno, vivir, vivir, lo que se dice “hacer
vida”, pues no hace. Es un pordiosero
que por las noches viene a dormir.
DIABLO (molesto):
Querrá decir un sin techo.
FANTASMA: Vaya, disculpe si mi denominación le ha
resultado ofensiva. Fallecí en el siglo diecinueve, ¿sabe?
DIABLO: Cuando, como todo el mundo sabe, las palabras
“minga” y “cipote” estaban a la orden del día.
FANTASMA: Se está desviando del tema.
DIABLO: Sí, bueno; el caso es que no sé si esa situación
está contemplada por la ley. Quiero decir, ese… sin techo… no se puede
considerar un inquilino fijo, ¿no?
FANTASMA: Hombre, fijo… No es que esté todo el santo día
aquí metido. Digo yo que el hombre tendrá que salir a mendigar, como todo hijo
de vecino.
DIABLO: Ya. ¿Y vuelve todas las noches?
FANTASMA: Casi todas. Aparece apestando a tintorro barato
cosa fina y duerme de un tirón hasta mediodía.
DIABLO: ¿Y ha cumplido usted sus funciones con
diligencia? Quiero decir, ¿ha intentado asustarlo?
FANTASMA: ¿Ha intentado usted alguna vez asustar a un
borracho?
DIABLO: ¿Complicado?
FANTASMA: Imposible. He arrastrado muebles, he proferido
aullidos desgarradores, le he tirado de la pernera del pantalón… Todo sin
resultado. Es más; una vez me asustó él a mí. Estaba tan tranquilo y de repente
se puso a delirar. No se imagina las necedades que soltaba por esa boca. Empezó
a gritar “¡Hijoputa, te voy a arrancar la cabeza!”, mirando hacia mi dirección.
Como si me estuviera viendo, ¿entiende? Me quedé blanco.
DIABLO: Se dará cuenta de que eso no dice gran cosa de su
labor profesional.
FANTASMA: ¿Qué quiere que le cuente? Yo nunca dije que se
me diera bien esto de hacer el mal. Cuando estaba vivo poseía una plantación de
chirimoyas. ¿Qué podía saber yo de actividades sobrenaturales? Deberían ustedes
haberme dado un cursillo o algo.
DIABLO: Sí, sí, ya, y… ¿se encuentra el mentado caballero
ahora mismo en casa?
FANTASMA: Sí, todavía no ha salido a trabajar. Está
abajo, en el sótano. Que no sé cómo puede dormir tranquilo ahí; a mí ese sitio
me da escalofríos.
DIABLO: ¿Puedo entrar a echarle un vistazo?
FANTASMA: Claro, está usted en su casa. Examine lo que
quiera.
(Se produce un
terrible estruendo en el interior de la mansión).
DIABLO (sobresaltado):
¡¿Qué ha sido eso?!
FANTASMA (sin
inmutarse): Ah, se habrá derrumbado alguna parte de la casa. Está en un
estado lamentable, ¿sabe? El Ayuntamiento quería tirarla abajo para construir un
polideportivo o alguna tontería por el estilo, pero al concejal de urbanismo y obras públicas se le cayó
encima una cornisa cuando estaba inspeccionando el terreno y ahora el proyecto
está en estanbai, que no tengo ni puñetera
idea de lo quiere decir.
(Aparece
en el quicio de la puerta un MENDIGO que da la impresión de haber aprovechado a
fondo un bono de diez sesiones de roñaterapia).
MENDIGO (perplejo):
¿Qué pasa aquí? ¿Quiénes son ustedes?
FANTASMA: Yo soy el espíritu del Vizconde de Penegord y
este señor es Eugenio Astaroth, demonio del Infierno.
MENDIGO: Serafín Trinquete, encantado. ¿Sería tan amable
alguno de ustedes de decirme qué pinto yo aquí?
FANTASMA: Según todos los indicios, y a riesgo de sacar
conclusiones precipitadas, mucho me temo que el techo del sótano se le ha
venido encima.
MENDIGO: Oiga, amigo, ¿qué quiere decir con eso? ¿Que he
muerto y ahora soy un ente incorpóreo?
FANTASMA: Hombre, si no, iba usted a estar hablando con
un fantasma y un demonio por los cojones.
DIABLO: Es un alivio, la verdad.
MENDIGO (al demonio):
Oiga, su madre bien, ¿no?
DIABLO: No me ha entendido. Lamento mucho su situación
personal, pero lo cierto es que este nuevo giro de los acontecimientos
simplifica mucho las cosas.
MENDIGO: Hable por usted. A mí morirme hoy me viene como
el culo. Esta tarde había quedado con una chavala, ¿sabe? No es que sea un
bellezón, pero al menos conserva más dientes que todas las mujeres con las que
he salido en los últimos tres años juntas. ¿De qué se sorprenden? Un hombre en
mi posición no puede aspirar a mucho más. ¿Acaso creen que sujetarme los
pantalones con una cuerda de tender la ropa es una excentricidad mía?
DIABLO: No le estamos juzgando.
MENDIGO: Oiga, amigo, usted parece un tipo influyente.
¿Con quién hay que hablar para retrasar el momento de mi partida? Entiéndame,
no soy un iluso; sé que una edad avanzada no es la causa de defunción más común
entre los de mi gremio, pero ¿cómo podía saber yo que iba a morir de una manera
tan miserable?
FANTASMA: Quizá el cordón policial y el cartel “Cuidado.
Peligro de derrumbe” deberían haberle servido de indicativo.
MENDIGO: Mire, quizá no sea mi cualidad personal más admirable,
pero soy un alcohólico; tal vez haya oído usted hablar alguna vez de nuestra
comunidad. Entre nuestras particularidades más destacadas se encuentra la
tendencia a infravalorar las situaciones de riesgo.
FANTASMA: Oiga, amigo, ya está hecho, ¿verdad? ¿Por qué
no piensa en positivo? Alégrese de que no haya sido peor; un hombre como usted podría
haber muerto en llamas.
MENDIGO: ¿Ha terminado ya de pisotear mi dignidad?
DIABLO: ¡Ejem! Escuche, caballero, el proceso es
irreversible.
MENDIGO: La madre que me parió. Quién me mandaría a mí
mudarme a esta mierda de caserón. Si ya me lo decía mi hermano: “Vaya, ahora al
señorito no le basta con estrenar una caja de cartón nueva todas las noches”.
¡Mierda! Y pensar que ahora el cabrón estará durmiendo tan tranquilo debajo de
una barca en la playa… Aah, lo tengo bien merecido. Siempre me han considerado
el pijo de la familia, ¿saben?
FANTASMA: ¿Quiere dejar de quejarse de una puñetera vez?
No es el único que lo está pasando mal. A mí pretenden echarme de aquí y
mandarme… (al DIABLO) ¿A dónde se
supone que tengo que ir ahora?
DIABLO: De momento, a seguir cumpliendo su condena en el
Infierno. Pero podemos trasladarle al Purgatorio por buena conducta en un par
de siglos.
FANTASMA: El Infierno, el Purgatorio… ¿Cuál es la
diferencia?
DIABLO: Para empezar, en el Purgatorio no le verterán
plomo fundido por el ojete a las tres de la tarde.
FANTASMA: ¡¿A las tres de la tarde?! ¡¿Qué mierda de hora
es esa para derramar plomo fundido por el ojete de nadie?!
DIABLO: Mire, los demonios no estamos para hacer más
placentera la estancia de sus inquilinos en el Infierno; seguro que lo
entiende.
MENDIGO: ¿Y yo qué tengo que hacer? Bien sabe Dios que no
he sido una criatura ejemplar, pero si pudiera evitarme un mal trago… Soy muy
quisquilloso con todo lo que se refiere a mi conducto anal, ¿sabe?
DIABLO: Eeeh, bueno, en realidad su situación no es
asunto mío, pero ha muerto de una manera violenta, y supongo que tendrá que
esperarse por aquí un rato hasta que llegue un agente de las huestes
celestiales, que acto seguido lo acompañará a Tribunal Superior de Justicia
Divina.
MENDIGO: ¡Pero, hombre, deme un respiro! ¡Que acabo de
morir de una forma horrorosa y ahora va y me dice que me tienen que llevar a no sé qué juzgado!
DIABLO: Como ya le he dicho, ese no es mi problema, señor
mío.
(Baja volando del
cielo un ÁNGEL que aterriza junto al DIABLO con singular donaire).
ÁNGEL (consultando
unos papeles): Buenos días. ¿Quién de ustedes es Serafín Trinquete
Rebolledo?
MENDIGO: Un momento, que voy a avisarlo. (Se da la vuelta hacia el interior de la
mansión). ¡Serafiiiiiiiín! ¡Preguntan por ti! (Se vuelve hacia el ÁNGEL) No se impaciente, que en seguida sale. (Se vuelve hacia el interior de la casa)
¡Serafín, coño, que un tipo con alas te anda buscando!
ÁNGEL: ¿Es usted Serafín Trinquete Rebolledo?
MENDIGO: Eeeh, sí, sí. Lo que queda de él.
ÁNGEL: ¿Y acaba de morir de una manera trágica y
repentina?
MÉNDIGO: Sí, ha sido muy trágico y repentino todo.
Todavía estoy de los nervios. No tendrá usted a mano un ansiolítico, por casualidad.
ÁNGEL: Soy un ángel. Mi sola presencia debería bastar
para tranquilizarlo.
MÉNDIGO: Oiga, amigo; no lo he visto a usted en mi vida. ¿Quién
me dice que no va a intentar violarme de camino al Cielo o a donde cojones me lleve?
DIABLO:
Oh, no se preocupe por eso; es asexual.
ÁNGEL (fulminando
al DIABLO con la mirada): ¡¿Y eso a él qué coño le importa?!
MENDIGO: Pues, mire, da la casualidad de que me interesa
muchísimo.
ÁNGEL: Mire, no tengo todo el día, ¿sabe?
ÁNGEL: Mire, no tengo todo el día, ¿sabe?
(Aparece un
intertítulo en blanco sobre fondo negro con el lema “Dos horas después”,
mientras suena una musiquilla de ascensor tipo bossa nova: Pi-piribi-pipi… o así. Volvemos al exterior de la mansión, donde a los cuatro actantes
anteriores se les ha sumado DIOS, un tipo con túnica y larga barba blanca).
DIOS (a nadie en particular): Total,
que le dije: “Adán, macho, la has cagado”…
lunes, 30 de junio de 2014
Prólogo a ¿Dónde vas con la tostadora?
"Esto no es una tostadora, es un salchichón. A mí no me la cuela usted", célebre obra de Rene S'appuyer à la Tomate.
Por Quintín Caralho
Cuando la Editorial
Vasectomizado e Hijos me llamó para ofrecerme prologar este libro, mi primera
reacción fue cortarme con la maquinilla de afeitar. No esperaba ninguna llamada
a esas horas, y lo primero que pensé fue que mi madre se había caído por las
escaleras. Afortunadamente, se trataba de mi viejo amigo Mario Pucherillo,
editor visionario, conciudadano tolerable y novelista perezoso (Las farolas
y las piezas dentales [1995], Súbete
a la acera, que te va a pillar un coche [2003]). No creo que sea
preciso recalcar la tremenda satisfacción que supone para mí escribir el
prólogo de esta nueva edición de ¿Dónde
vas con la tostadora?, una de las obras mas inclasificables de Clotildo
Tamboril. Como es de conocimiento público, la publicación de su primer libro de
relatos (El perro que me miró como si me conociera de algo y otros cuentos)
pasó bastante desapercibida al principio, sobre todo porque salió a la venta el
mismo día que estalló la Guerra Civil Española. Tamboril culpó al Bando Nacional
de la escasa repercusión de su libro; llegó incluso a escribir una carta
dirigida al mismísimo Franco en la que se mostraba indignadísimo (“Ya podía
haberse esperado un mesecito para sublevarse, que me ha hecho usted la puñeta”,
llega a espetar en la cuarta página de la misiva). Esta recriminación sentó
como un tiro al Generalísimo, que en seguida emitió una orden de fusilamiento.
Como la carta venía sin remitente, la Guardia Civil tardó dos meses en
localizar el domicilio de Tamboril, pero, para entonces, el escritor ya había
huido a Francia. Los detalles de su fuga han pasado a la Historia y son dignos
de una genuina novela de espías: El autor consiguió que un piloto anarquista
amigo suyo accediera a llevarlo como pasajero en su avioneta a condición de
que, una vez cruzada la frontera, Tamboril lo invitara a desayunar alguna
especialidad de la tierra (este episodio inspiró un de los relatos contenidos
en el presente libro, “…y una baguette de foie barato para mi amigo”).
Creyéndose a salvo de la persecución fascista, el destino jugó a Tamboril una
mala pasada: una vez instalado en la cabina y rumbo a Francia, Tamboril se
acomodó descuidadamente en su asiento, con tan mala fortuna que pulsó sin
querer el botón de eyección. Los que fueron testigos de su aterrizaje en
Tarragona recordarían el episodio durante años. Era la primera vez que algunos
veían a un paracaidista; otros, en cambio, habían visto a un paracaidista con
anterioridad, pero jamás a uno tan abochornado. Finalmente, Tamboril realizó lo
que le restaba de trayecto escondido en las alforjas de una mula. Una vez en
Francia, el autor no tardó mucho en causar estupor entre la élite de las
vanguardias artísticas europeas, tanto por su talento literario como por sus
costumbres exóticas, entre las que sobresalía la de orinar en un portal a plena
luz del día sin mostrar signos de vergüenza o arrepentimiento. Los surrealistas
acogieron con entusiasmo en su seno a Tamboril y le dejaron elegir litera, para
disgusto de Louis Aragon, que llevaba meses durmiendo en la de arriba y ya le
había tomado el gustillo. De estos primeros años en el exilio destacan el
poemario Esta noche, las
estrellas brillan (por su ausencia), dotada de un descorazonador patetismo;
las obras de teatro Al General
no le sienta bien el sombrero, La
vida sería bella si estuviera mejor alicatada y Aquella
croqueta en concreto (conocidas
en su conjunto como la Trilogía
con Poco en Común); su única novela, Tócame
los hematomas (la
desgarradora historia de un masoquista tímido), y, por supuesto, esta ¿Dónde vas con la tostadora? que tiene usted entre sus manos. Cénit literario de
Clotildo Tamboril, ¿Dónde vas
con la tostadora? reúne una
aparentemente caótica selección de poemas, relatos, ensayos, obras teatrales de
un acto, disertaciones filosóficas, cartas y hasta una hoja de reclamación (la
despiadadamente mordaz “¿Pilas incluidas? ¿Incluidas, dónde?”). Entre las joyas
de esta colección no precisamente escasa de ellas, podemos encontrar el que
quizá sea el relato más conocido de su autor, “Mademoiselle Francine se
encuentra en casa”, donde el innominado protagonista visita cada tarde a la
Francine del título, creando en ella (y en el lector) la falsa impresión de que
su amigo alberga algún tipo de interés romántico, cuando en realidad lo único
que le interesa es el excelente queso de bola que Francine guarda en su alacena
y que saca en contadas ocasiones. Este brillante cuento ha suscitado diversidad
de opiniones entre los estudiosos de la obra de Tamboril: Para el crítico
Leocadio Colgandero, “Mademoiselle Francine se encuentra en casa” es una
parábola sobre la Guerra Civil, opinión que encaja a la perfección con su
afamada teoría según la cual toda la literatura escrita por españoles en el
exilio durante los años de la Guerra Civil, trata sobre la Guerra Civil.
Sin embargo, el catedrático Elíseo Cataplínez desecha la teoría de
Colgandero y expone que el relato deja traslucir la nunca demostrada
inclinación homosexual de su autor, opinión que se ajusta a su teoría según la
cual todos los escritores son homosexuales. Por otra parte, una gran mayoría de
analistas coincide en que, seguramente, el día que Tamboril escribió el cuento
no tenía un triste trozo de pan duro que llevarse a la boca y, a lo mejor,
hasta le dio un poquito de fiebre. Lamentablemente, poco más dio de sí la obra
de un hombre llamado a convertirse en un grande de las letras hispánicas; las
musas todavía lloran al recordar aquel aciago día, en plena Plaza Pigalle, en
que un rinoceronte confundió a Clotildo Tamboril con un sofá de dos plazas.
PESADILLO Por Clotildo Tamboril
Se levantó de la
cama con dificultad, se dirigió al baño y se miró al espejo. Las ojeras le
llegaban hasta la barbilla. Aquella noche, cuando se quedó dormido, soñó con un
desconocido que se paró delante de él y le gritó “¡Despierta!”. Acto seguido el
tío le arreó un sopapo, momento en el que despertó sobresaltado. Cada vez que
lograba conciliar el sueño, aparecía el mismo tipo que le gritaba y le arreaba.
No había pegado ojo en toda la noche. Se echó a llorar delante del espejo,
corroído por la angustia.
ENCONTRÉ UN PICAPORTE BAJO EL
SILLÓN Por Clotildo Tamboril
-Tú sigue, sigue tirando patatas fritas al suelo –me espetó Marcel.
-Tú sigue, sigue tirando patatas fritas al suelo –me espetó Marcel.
Me quedé perplejo. Aquella
tarde estaba muy susceptible a causa del desplante de Juliette. Todo por su
mala cabeza; si se hubiera dado cuenta de lo arrugados que estaban los faldones
del chaqué, quizá…
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