miércoles, 28 de abril de 2010

Tú y tus ideas

El autor con su guante de rascarse las pelotas

Estimados amantes de la Patafísica:
La Administración de Un beso de buenas noches de mil demonios se complace en comunicar que su máximo responsable y principal ideólogo se encuentra en medio de un tormentoso proceso creativo cuyos resultados se prevén gozosamente catastróficos. El arriba mencionado asegura que ya informará de todo a su debido tiempo y que espera estar de vuelta con todos ustedes a la mayor brevedad posible. En otro orden de cosas, parece que está mejor del ácido úrico y se mantiene sobrio la mayor parte del tiempo.
Para que la espera no se haga tan larga, éste su blog amigo tiene el orgullo de presentarles el siguiente vídeo del sinpar Chiquetete.

lunes, 12 de abril de 2010

"Hombre cascándose unas pajas con las dos manos", de Rembrandt

Bueno, en realidad, Zittend mannelijk naakt (1646), uséase, Un notas sentado en pelota picá, pero hombre, no me digáis:

Pínchese para agrandar... la imagen

A continuación, el Departamento de Trabajitos y Estudios Finos de Un beso de buenas noches de mil demonios tiene el dudoso gusto de ofrecerles un extracto del libro La Masturbación en la Pintura de la Edad de Oro Holandesa (Ed. Bitch & Sons), del afamado crítico de arte Inutilio Vivo della Storia.

Hombre cascándose unas pajas con las dos manos ha sido objeto de polémicas realmente acaloradas1 en las esferas del Arte. Un vistazo somero a este excelente grabado suscita una pregunta fundamental: ¿Qué momento de la libre expresión onanista del individuo trata de representar? Los primeros estudiosos de la obra de Rembrandt sostienen que sin duda el modelo se encontraba justo en mitad de la faena cuando fue inmortalizado, ofreciendo como prueba irrefutable la posición de las piernas: la derecha delante de la izquierda, en un intento de mantener el equilibrio y evitar caerse del taburete en el epifánico momento del clímax. Por otra parte, los segundos estudiosos de la obra del Maestro opinan que tal afirmación era una soberana gilipollez, ya que se conocían pocos casos de holandeses que hubieran sufrido un vahído después de hacerse una manola, y que Rembrandt tenía la prudencia de ofrecer a sus modelos un bocadillo de atún o una pieza de fruta con la intención de evitar una posible bajada de tensión arterial después del orgasmo. Estos segundos estudiosos consideran que la obra representa el momento previo al solitario abrillantado, sugiriendo que el espacio fuera de campo al que se dirige la mirada del modelo estaba probablemente ocupado por el célebre e irremediablemente perdido grabado de Rembrandt Mujer desnuda con un pepino en… con un pepino ¡Ejem!, según las crónicas de la época, una de las obras más inspiradoras del Maestro. Por otra parte, los defensores de la corriente premanolista añaden que una detenida observación de la obra demuestra una alarmante escasez de presencia genital en la obra. Como no podía ser de otra manera, este razonamiento sorprendió a los críticos que habían confundido el dedo pulgar de la mano derecha con el prepucio. Pero nos consta la existencia de una tercera corriente de opinión, de reciente creación, conocida como postmanolista, o postgallardista, que defiende la teoría de que la obra pretende retratar justo el instante posterior al desperdicio, argumentando la mal disimulada toallita perfumada que cubre el bajo vientre del modelo y su expresión de “Ay, qué a gustito me he quedao”.

1En su libro sobre la naturaleza agresiva de la especie humana Hostias como panes, el sociólogo Teodoro W. Mesita de Noche afirma “Las polémicas siempre resultan acaloradas porque a nadie se le ocurre encender un ventilador en medio de una discusión. ‘Anda, Darwin, que después de que abramos la ventana para que corra el aire, se te va a caer el pelo, buena pieza’. Pues no, oiga. Menuda soplapollez”.

sábado, 20 de marzo de 2010

El autor y su amada contraen matrimonio

...que siempre resulta prefrerible a contraer, yo qué sé, hepatitis.
¡Pues eso, que, después de algo menos de seis años de relación y algo más de un año de convivencia, mi amada Silderia y yo hemos decidido darnos el "Ah, bueno, qué cojones"!

CONCEJAL: ¡¿Qué dice usted?!
SANGREYBESOS: Eeeeeeeh, que sí, que quiero. ¿Se puede fumar aquí?
CONCEJAL: ¡Claro que no, ceporro!
SANGREYBESOS: ¿Y tirar arroz en la puerta?
CONCEJAL: Que no, que no; a ver si el alcalde resbala y se nos escoña.
SANGREYBESOS: Pues si lo sé me caso en un bar, oiga, que por lo menos puedo hacer un calvo a gusto.
CONCEJAL: ¡Un respeto, caballero, que estamos en el Excelentísimo Ayuntamiento!
SANGREYBESOS: ¿Y se puede decir "cipote" aquí dentro?


Hala, la que hemos liao
¡¡¡Nos vemos a la vuelta de esa ciudad donde Van Gogh perdió la oreja!!! ¡¡¡Agárrate los machos, Amsterdam, que allá vamos!!!

martes, 19 de enero de 2010

No es el típico post inútil de las 10.000 visitas

Fe de erratas: Donde pone "en un mes" debería poner "en algo más de dos años". En realidad, cogimos prestada la imagen de la página web "Economía real", a la que aprovechamos para hacer publicidad gratuita, y así hacerles la pelota en un intento de evitar que nos demanden por plagio. De todas formas, si nos dicen que quitemos la imagen, pues la quitamos, que en este blog somos todos unos cagones patéticos. Y no olviden visitar Economía real, la mejor web sobre economía.

Bueno, sí que es el típico post, etc, etc.
¡¡La Administración de Un beso de buenas noches de mil demonios se complace en anunciar que esta santa casa ha alcanzado la friolera de 10.000 (DIEZ MIL) VISITAS EN SOLO ALGO MÁS DE 2 (DOS) AÑOS!! Cuando supimos la noticia, nos peinamos hacia atrás y nos tiramos a la calle para recoger algunas reacciones del lector de a pie. Desgraciadamente, el lector de a pie decidió justo ese día coger el autobús, porque las farolas no las van a quitar solo porque a él le guste leer y caminar al mismo tiempo, no te jode, así que nos conformamos con cualquier mindundi que pasara por la calle. De todas formas, estábamos convencidos de que un acontecimiento de tamaño calibre no podía dejar indiferente a nadie.

“Por mí, como si se la pica un pollo”.

-Uno al que sí le era indiferente, maldita sea su estampa

"No tengo ni idea de quién es usted. ¿Qué coño es un blog? Como no me suelte llamo a la policía”.

-Uno al que confundí con otro

"Te lo mereces, hijo. Siempre he dicho que eras mi digno sucesor”
-Miguel de Cervantes, que resucitó un momento para decirme esto y luego se murió otra vez, así que no hace falta que os molestéis en comprobarlo. Hacedme el favor de no ser cabrones.

"Le repito que, por mí, como si se la pica un pollo”.

-Uno al que pregunté dos veces por error

"Felicidades por tu merecido éxito. Un beso de buenas noches de mil demonios es como un regalo caído del cielo justo encima de tu cabeza. Pero no un regalo cualquiera, sino uno de esos que se ponen encima de la mesa del comedor. Algo así, redondo, como de mármol. ¿Me das algo suelto para un café y un bocadillo?”.

-Un teórico de mi obra

“Por mí, como si se la pico”.

-Un pollo

“Eso le pasa por preguntar a un pollo”.

-Uno que me vio preguntar al pollo

“¿No le da vergüenza, preguntar a un pollo? ¿Qué sabrá el animalito de Internet?”.

-Uno que hasta hace un momento estaba mirando una obra

“Valiente mierda. Sé de blogs que tienen 10.000 visitas en dos días”.

-Treinta y ocho de los encuestados

Para celebrarlo y agradecer la preocupante confianza que habéis depositado en mi humilde persona, estoy preparando para todos vosotros una cosa sobre piojos. ¿Qué esperabais? ¿Shakespeare?

Nota poco importante: La Administración de Un beso de buenas noches de mil demonios desea aclarar que tan solo una patética tercera parte de las visitas las hizo patéticamente el autor desde una IP diferente.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Doscientos años hablando de nada en particular

Real de plata de 1809 con la efigie de Fernando VII de venta en eBay. 150 euros al tocotoco.

El Nacimiento de Un beso de buenas noches de mil demonios

Estimados inflapapas:
Parece mentira…
-Es que es mentira –dijo uno que estaba pidiendo a gritos ser agredido con una tostadora.
-Jean Claude, ¿de dónde ha salido ese imbécil? –pregunté a mi sagaz mayordomo, que había salido esa mañana a captar público para mi conferencia.
-Cuando lo encontré, estaba recogiendo ropa en la parroquia, milord.
-Jean Claude, ¿qué entendiste exactamente cuando te dije “Tráeme gente con altas miras intelectuales”?
-Oiga, ¿es aquí donde dan la metadona? –preguntó uno con aspecto de haber pasado la noche en una charca.
Como iba diciendo, parece mentira que Un beso de buenas noches de mil demonios haya cumplido ya la friolera de doscientos años. Fue allá en las Navidades de 1809 cuando mi antepasado Ramiro de la Sangre y Besos inició una tradición que ha pasado de tíos abuelos a sobrinos nietos, y así será hasta que el cuerpo del último Sangre y Besos sea encontrado en un maizal a cierta distancia de su aparato digestivo, tal y como predijo a principios del siglo XX Ignacio de la Sangre y Besos, apodado “el Majara”, que desde que metió un pie en el orinal dedicó el resto de su vida a intentar desarrollar la facultad de ver en la oscuridad.
El primer número de Un beso de buenas noches de mil demonios tuvo una repercusión muy limitada, más que nada porque Ramiro lo redactó a mano con lo que creyó era tinta invisible, pero que en realidad se trataba de aire. “Y yo mojando la pluma en un tintero vacío, como un imbécil”, relata Ramiro en sus Memorias, que él creía haber escrito cuando en realidad había olvidado hacerlo. “¿Has recibido mis Memorias?”, le dijo su editor en su lecho de muerte. “Te las envíe por correo”. “Lo que me has enviado es un calcetín”, contestó su editor. “Ah, ya decía yo que tenía un par cojo”. “Pues lo he tirado a la basura”. “Valiente faena”. Y así hasta que murió.
Según Ramiro, Un beso de buenas noches de mil demonios nació en respuesta a la invasión de las hordas napoleónicas, que se pasaban todos los días por su casa a las nueve de la mañana para despertarlo.
-Oiga, que somos las hordas napoleónicas, así que a ver si hace el favor de levantarse.
-Ay, no, un ratito más.
-Que estamos en plena invasión, oiga. A ver si ahora lo vamos a invadir todo menos su casa. Estaríamos buenos, hombre.
La intransigente actitud de las hordas inflamó la cólera de Ramiro, que escribió el número dos de Un beso de buenas noches de mil demonios en uno de los lados de una caja de cartón. El ejemplar en cuestión (que acabó en la chimenea esa misma noche, ya que el padre de Ramiro estaba harto de la afición de su hijo a amontonar porquerías que encontraba en la basura) constaba básicamente de una feroz arenga contra los ejércitos napoleónicos, a los que se atrevía a llamar “moñas” y “gaznápiros” a sabiendas de que la primera palabra carecía de correspondencia directa en francés y la segunda podía interpretarse fácilmente como el nombre de un ave. Temiendo represalias, Ramiro redactó a continuación un poema de su invención, titulado Volverán los oscuros gaznápiros, para alimentar la confusión (los Sangre y Besos nunca hemos sido conocidos por nuestro arrojo. En 1945, Jacinto de la Sangre y Besos trató de atentar contra la vida de Franco lanzándole un manojo de rosas, lo cual no fue tomado por el Régimen como un atentado en absoluto. De hecho, ningún Sangre y Besos ha estado jamás en la cárcel, a pesar de la loable actitud antisistema que ha motivado a nuestra familia. Tampoco hace falta decir que ningún Sangre y Besos ha pasado jamás a la posteridad, a pesar de la elogiosa mención que se hace de nuestro linaje en el número 1.563 de la voluminosa publicación semanal Idiotas de España). Ramiro completó esta segunda entrega de Un beso… con la desafortunadamente inconclusa pieza titulada “Vendo palangana en buen estado”, que, según el historiador familiar Alfonso de la Sangre y Besos (mi predecesor), de haberse finalizado podría haber supuesto un punto y aparte en la Historia de las Letras Hispánicas, teoría que le valió una bochornosa expulsión de la cafetería de la Real Academia de la Lengua, institución en la que nunca llegó a ingresar a pesar de haber publicado dos obras: “Mi mamá me mima” y la mucho más ambiciosa “Ese señor tiene un sombrero amarillo”, donde había incluido muchos adjetivos calificativos. Según un interesante estudio realizado por Alfonso con la colaboración de una maceta de geranios, “Vendo palangana en buen estado” y su también inconclusa continuación (publicada en el número 5 de Un beso…) “Vendo palangana con ligeros desconchones”, formaban parte de una proyectada trilogía completada por “Vendo palangana seriamente abollada”, proyecto del que el propio autor original no tenía ni idea.
El tercer número de Un beso de buenas noches de mil demonios fue escrito por Ramiro en varios crucigramas (pasatiempo que no fue inventado hasta 1913, varios lustros después del deceso de Ramiro; si algo tenemos en común todos los componentes de la dinastía Sangre y Besos es nuestro absoluto desprecio por la línea temporal y nuestra alarmante facilidad para dar con la suela del zapato en una boñiga fresca, aunque eso, como casi todo lo demás, no venga al caso. Se dice que, a finales del siglo XIX, Esteban de la Sangre y Besos juraba haber inventado la máquina del tiempo, y a tal efecto publicó, en su último número de Un beso… la siguiente esquela: “Esteban de la Sangre y Besos. 1853-1714”, maniobra con que confundió a sus detractores hasta que estos se lo encontraron al día siguiente comprando el pan y dos bollos de hamburguesas). El primero de los Sangre y Besos aprovechó de los crucigramas incluso las casillas negras, razón por la cual su artículo principal lleva por título “T dos l s fr nce es s n u os mamones”, palabra esta última escrita en la segunda línea horizontal, que mostraba alegremente una inmisericorde abundancia en materia de casillas blancas. El misterio que envolvía el artículo de relleno de este número, “V ndo p langana co lgu as anchas d óxi o”, resultaba indescifrable incluso para Alfonso y su maceta de geranios, cuya única aportación al equipo de trabajo, en honor a la verdad, consistió en un poco de polen.
El número 4 de Un beso de buenas noches de mil demonios disfrutó de dos ediciones: una en papel de envolver churros y otra escrita con el dedo en el vaho de una ventana. Ni que decir tiene que la edición del papel de churros tuvo una repercusión ligeramente mayor, y además causó gran impacto en mi predecesor Alfonso. “Esta edición hace gala de un diseño postmoderno un siglo adelantado a su tiempo, por lo menos”, dijo refiriéndose al particular grafismo de la edición, posteriormente identificado como manchurrones de aceite. Un incendio en la churrería acabó con la mayor parte de la tirada (que constaba de ocho ejemplares manuscritos, uno de ellos con la mano izquierda debido a una imprevista tendinitis en la muñeca), así que sólo uno ha sobrevivido hasta nuestros días, muy deteriorado por culpa de un veterinario amigo de Alfonso, que utilizó el ejemplar para manipular los excrementos de un caballo enfermo.
Al fin, Ramiro sopesó la conveniencia de publicar su panfleto en papel del normal y llevarlo a una imprenta, pero para entonces los franceses ya se habían largado de España y no le quedaba nada por lo que protestar, y así, inaugurando un sistema de trabajo que fue imitado por todos sus sucesores, se enfrentó a la página en blanco y exclamó: “Ah, a tomar por culo”. Y con el artículo titulado “Por qué los hombres decimos que si fuéramos mujeres nos haríamos lesbianas”, nació el verdadero espíritu de Un beso de buenas noches de mil demonios, que a punto estuvo de llamarse a partir de entonces “Todo lo que sé sobre nada en particular”.

martes, 1 de diciembre de 2009

¡¡Honorato Céspedes y su cuñado conquistan el mundo!! (O eso quisieran)

Eeeeh... Escandinavia. Sí, eso.

LABORATORIO (POR LLAMARLO DE ALGÚN MODO). INT. DÍA.
Una habitación semivacía con una mesa de escritorio en medio. Sentado a la mesa se encuentra ¡Honorato Céspedes, Gran Villano Internacional y Maestro del Crimen, o eso dice él! Su Laboratorio del Mal, que cabe entero encima de la mesa, consiste básicamente en un Cheminova Cero, un tarro con lápices y un taco de folios. En estos momentos, Honorato se encuentra enfrascado en la elaboración de un maquiavélico plan que le permita de una vez por todas conquistar el mundo o bien destruirlo. Son la una de la tarde y todavía no lo tiene muy claro.

HONORATO (borrando con una goma Milán una sección de su plan escrito en un folio): Valiente mierda de plan para conquistar el mundo que me está saliendo.
Entra en la habitación ¡Tomás, el cuñado de Honorato!
TOMÁS: Ya estoy aquí.
HONORATO: Coño, Tomás; te había dicho que estuvieras aquí alrededor de las nueve, y es la una.
TOMÁS (tomando asiento frete a su cuñado): No, no; tú dijiste “más o menos a las nueve”. Me diste a elegir; “más” o “menos”. Y yo elegí “más”.
HONORATO: Hombre, es que ahora vamos a tener que esperar hasta después de comer para empezar a conquistar el mundo. Qué digo después de comer, si tú no perdonas una siesta. ¿Has traído lo que te encargué?
TOMÁS: ¿El qué?
HONORATO: ¿Cómo que el qué? El colisionador de positrones.
TOMÁS: Ah, sí (se mete la mano en un bolsillo de la gabardina). Aquí tienes.
HONORATO (mira lo que le entrega Tomás): Esto es una broca del quince.
TOMÁS: ¿Y tú qué querías?
HONORATO: Un colisionador de positrones.
TOMÁS: ¿Y eso qué es?
HONORATO: Un generador nuclear que se lleva a la espalda y que dispara rayos a través de una manguera.
TOMÁS: ¿Y yo qué te he dado?
HONORATO: Una broca del quince.
TOMÁS: Ya se ha vuelto a quedar conmigo el mamón del ferretero.
HONORATO: ¿Fuiste a la ferretería a comprar un colisionador de positrones?
TOMÁS: Es que tu sobrino lo miró por Internet y me dijo que los estaban quitando del mercado y eran muy difíciles de encontrar porque si se cruzan los rayos te podías desintegrar y no sé qué más, así que me dije “Voy a preguntarle al Paco Pepe a ver si le queda alguno”, y el cabrón me dijo que sí.
HONORATO: Pues el Paco Pepe te ha tangado.
TOMÁS: No, si ya.
HONORATO: Ahora dime tú a qué mierda de gobierno vamos a amenazar con una puta broca del quince.
TOMÁS: Tú no te preocupes, que tu sobrino me ha dicho que se puede hacer uno de esos en plan casero.
HONORATO: ¿Un colisionador de positrones casero?
TOMÁS: Sí, sí. Con un bote de cristal vacío y doscientos cincuenta gramos de manteca y no sé qué más. Ah, no, espera; que eso era para hacer otra cosa… ¿Qué era?
HONORATO: No sé. ¿Manteca en bote?
TOMÁS: No, no; una bomba de rayos gamma. De esas que explotan por la puta cara y si te pilla la radiación te pones verde.
HONORATO: ¿Con doscientos cincuenta gramos de manteca y un bote de cristal vacío?
TOMÁS: Si, bueno, por lo visto no es tan fácil. Hay que saber mezclarlo o no sé qué coño.
HONORATO: Pues no tenemos tiempo de aprender. Nuestro avión sale esta noche, así que mejor nos plantamos en Escandinavia con el bote vacío y la manteca y ya veremos cómo derrocamos al gobierno.
TOMÁS: ¿Queda muy lejos eso?
HONORATO: ¿Escandinavia? Uy, en el quinto coño. Por allí al norte.
TOMÁS: Pero… ¿pero eso es un país, o qué?
HONORATO: Eeeeh… Pues claro que es un país. Escandinavia, hombre. Anda que no es grande ni nada.
TOMÁS: ¿Y no podríamos empezar a conquistar más cerquita? No sé, podríamos empezar conquistando Canillas de Aceituno, y luego ir subiendo.
HONORATO: Hombre, de lo se trata es que la gente se entere de que estamos conquistando el mundo. Imagínate a un periodista de la BBC diciendo en los informativos “Honorato Céspedes y su cuñado han conquistado Canillas de Aceituno”. El problema es que, por ejemplo, uno de Rotterdam no la conoce. “¿Canillas de Aceituno? ¿Pero qué coño…?” va a decir el de Rotterdam cuando se entere. No impresionaría a nadie. Bueno, a lo mejor, a uno de Canillas de Albaida, que está al lado, pues sí. O a uno de Cómpeta. Pero a uno de Osaka se la va a soplar. Lo que tiene Escandinavia es que la conoce todo el mundo. Bueno, todo el mundo, no. Una vez le hablé de Escandinavia a un conocido mío que le cambiaba las bombillas a los semáforos y me metió un sopapo. No sé lo que se le pasó por la cabeza, la verdad.
TOMÁS: ¿Y qué vamos a conquistar después?
HONORATO: Hombre, pues los alrededores. Los Países Bajos o algo así.
TOMÁS: ¿Eso es otro país?
HONORATO: Hombre, claro; los Países Bajos es otro país. Si no, se iba a llamar “los Países Bajos” por los cojones.
TOMÁS: Claro, claro. Mmm… Pero, oye, que está en plural. A ver si van a ser al menos dos, los Países Bajos.
HONORATO: Eeeeeh… ya. No había pensado en ello. Mmm… Puede causarnos un problema logístico, eso. Ah, bueno, no importa. ¿Sabes lo primero que voy a hacer cuando conquiste los Países Bajos? Juntarlos todos y hacer el País Alto.
TOMÁS: Hostia, como mola.
HONORATO: Sí, que les den por culo. Y después vamos a conquistar Corea. Anda que no.
TOMÁS: ¿Corea es ahí donde hay tantos chinos?
HONORATO: Sí, sí. Está lleno de chinos, aquello. Y China, también. En China hay más chinos que en Fuengirola, fíjate lo que te digo.
TOMÁS: Coño.
HONORATO: Como lo oyes.
TOMÁS: Oye, ¿tú sabías que hay un país que se llama Tierra del Fuego?
HONORATO: ¡No me jodas! Qué nombre tan cojonudo. ¿Sabes? Creo que deberíamos empezar a conquistar el mundo por ahí, ¿qué te parece? Deberíamos empezar conquistando los países con los nombres más molones, en gradación descendente, de más a menos guay. Comenzamos en Tierra del Fuego y terminamos, no sé, en Boñigolandia, por ejemplo.
TOMÁS: ¿Y eso dónde está?
HONORATO: Ni idea; pero con un nombre tan chungo, seguro que está innecesariamente cerca. Pero tú no te preocupes. Si quieres, después de conquistarla ya no volvemos a pisar Boñigolandia ni para dar un recado.

En el próximo episodio: ¡Honorato Céspedes ayuda a su mujer a cambiar la bombona, que se les ha terminado! ¡CHAN-CHAN!

viernes, 13 de noviembre de 2009

El hombre que paseaba a una patata

El Sr. X se encontraba hojeando un suplemento dominical que aguardaba resignadamente su turno desde hacía dos meses sobre el reposa revistas de la mesita del salón cuando la patata entró a través del cristal de la ventana. Claro que en aquel momento el Sr. X desconocía que se trataba de una patata, y en menos tiempo del que se tarda en tomar conciencia de un repentino picor nocturno en la espalda hizo un repaso mental de todas las cosas susceptibles de explotar que albergaba su hogar, desde el microondas hasta el teléfono móvil, cuya batería había puesto a cargar hacía tres días y probablemente había alcanzado ya su masa crítica (el Sr. X nunca había descartado una fisión nuclear de andar por casa en su lista de accidentes domésticos potenciales), pasando por el perro, que el Sr. X esperaba que pereciera de un momento a otro a causa de una combustión espontánea sólo para darse el gusto de decirle a la Sra. X, “¿Ves? Te dije que deberíamos haberle vacunado”.
El Sr. X se incorporó con toda la presteza que le permitían unos músculos que daban la impresión de haber pasado los dos últimos años dentro de un baúl, y buscó el foco del estallido sólo con la parca ayuda prestada por una orientación auditiva que cierta vez le sumió en el desconcierto cuando una pared del pasillo le informó de que sus camisas ya estaban planchadas. Después de inspeccionar el cuartillo de las escobas y comprobar que el papel de aluminio y el bote de agua fuerte no habían protagonizado un monstruoso y fatal apareamiento químico, el Sr. X se dirigió a la cocina temiendo que la hornilla hubiera encontrado por sí sola una nueva ubicación empujada por el hastío y por la buena disposición de la bombona de butano, que, como todo el mundo sabe, tiene sus propias ideas respecto a la decoración de interiores, primando el arrebato creativo sobre la funcionalidad. Para su perplejidad (que había adquirido con el paso de los años una sorprendentemente espontánea autonomía propia), el Sr. X no encontró en el techo de la cocina ningún elemento que desentonara con la configuración clásica del típico techo de de cocina, que consiste básicamente en no tener incrustaciones de piezas metálicas que en sus días de gloria habían formado parte de una tostadora. Después de certificar que los muy antiguos y venerables salpicones de grasa de las paredes no habían sufrido desperfectos y que la cocina en general no tenía aspecto de haber alcanzado los mil grados centígrados de temperatura al menos durante los dos últimos minutos, el Sr. X reparó en la ventana rota y la patata que reposaba sobre la encimera. Después de un somero análisis, el Sr. X comprendió que o bien se trataba de una patata solitaria que renegaba de la compañía de otras patatas, o bien de una patata solitaria que ansiaba la compañía de otras patatas; en resumidas cuentas, al final el Sr. X no comprendió nada. El Sr. X también consideró la probabilidad de hallarse ante un caso de patata caída del cielo, que descartó rápidamente debido a su lozana apariencia; si hubiera atravesado la atmósfera habría aterrizado en julianas por efecto de la fricción, pensó el Sr. X, que tenía la teoría de que la ionosfera estaba compuesta básicamente por hidrógeno y por varios juegos de cuchillos eléctricos con accesorios pelapapas que funcionaban gracias a los iones cargados. El Sr. X se asomó a la ventana para descartar o corroborar la conjetura de una lluvia de vegetales cósmicos que hubiera pillado a todos los astrónomos del mundo en el cuarto de baño, pero lo único que vio fue el reformatorio frente a su casa. En ese momento, el Sr. X recordó que su vecino de al lado había denunciado en la última reunión los reiterados asaltos de naturaleza vegetal que estaba sufriendo su hogar, y amenazaba con pasar las facturas de detergente a la comunidad, alegando la irritante persistencia de las manchas de kiwi que adornaban su recién adquirido edredón nórdico, si no se tomaban cartas en el asunto. El vecino llegó a admitir no sin cierto rubor que cierta vez descubrió a un pepino de nada despreciable envergadura intentando forzar a su mujer a hacer cosas de pepinos.
Decidido a llegar al fondo del asunto, el Sr. X recogió el tubérculo del delito con guantes de látex, la introdujo en una bolsa esterilizada y se personó en comisaria para solicitar un examen del equipo agroforense. El agente que lo recibió acusó al Sr. X de que lo del equipo agroforense se lo había inventado, pero el damnificado arguyó que la patata estaba llena de pelos, sangre y uñas, e insistió en la necesidad de buscar restos de ADN, y de paso preguntó si “agriesión” (agresión ejecutada con la ayuda de productos agrícolas) existía como término jurídico. Después de una concienzuda investigación que se inició con el noble propósito de enviar al Sr. X a incordiar a su madre lo antes posible y que se prolongó durante casi doce minutos, la policía científica de guardia presentó un informe con la composición de la patata: un 77% de agua, un 18% de hidratos de carbono, y sólo un 5% de roña, aunque a simple vista parecía el elemento químico predominante. El Sr. X no se dio por satisfecho y anunció su disposición a presentar el caso ante el Tribunal Constitucional si hacía falta, porque estaba convencido de que algún artículo de la Constitución hablaba en términos generales de algo relacionado con el derecho fundamental de todo ciudadano a no recibir visitas de patatas a horas intempestivas sin avisar con razonable antelación, pero después cayó en la cuenta de que estaba hablando en un solar abandonado y recordó que alguien le había pisado un pie aquella mañana en el autobús y su angustia vital reapareció repentinamente, como sólo pueden hacerlo las angustias vitales y esos súbitos picores nocturnos en zonas de la espalda que considerabas bien rascadas.