lunes, 18 de mayo de 2020

La Gilipollez Más Grande Jamás Contada

"¿Qué he venido yo a hacer aquí?"

El Apocalipsis según se mire. Capítulo 50.


—Total, que allí estaba yo, bañándome en el Ganges, y me entran unas ganas de mear que no veas —seguí contando—. Me daba mal rollo porque, ya sabes, como es un río sagrado y tal, pero bueno, al final lo hice, y de repente el agua a mi alrededor empieza a ponerse de color rojo. No veas qué susto pasé, canijo; creí que se me había roto un huevo al tirarme en plancha, porque a mí tirarme de cabeza siempre se me ha dado como el culo, pero después un policía hindú que pasaba por allí me dijo que no me preocupara, que era el colorante ese que echan a las piscinas, y que estaba detenido y probablemente me ejecutarían al amanecer. Total, que llamé a la embajada y resulta que el embajador era un tío de mi barrio que no me podía ni ver, y…
—¿Tú calculas que te vas a morir hoy, o…? —me preguntó Judas, que estaba muerto de sueño en su silla.
Plutón, cansado de ver que no me moría y harto de mis chistes sobre ingleses, franceses y españoles que iban juntos, había dispuesto turnos de vigilancia. Aunque mis fuerzas eran más bien escasas y el collar de Cristonita que tenía prendido al cuello había anulado mis poderes mesiánicos, parecía que la Parca se mostraba reticente a hacerme una visita.
—La Muerte no vendrá a por mí porque me debe dinero —comenté durante el turno anterior, después de un prolongado silencio, para asustar al Papa.
Plutón le había endilgado el turno de madrugada a Judas. En principio le tocaba a Ciacco, pero se había largado hacía horas a investigar una nueva especie de mono que había descubierto en una selva virgen que, según él, estaba situada justo detrás de la Santa Sede. Judas me aseguró que Ciacco no tenía problemas con las drogas; de hecho, se llevaba muy bien con ellas. Sobre todo después de que el incendio en el invernadero provocado por Marcia le hubiera reconfigurado la jeta aplicando un estilo que podríamos definir como “cubismo casual”.
—Seguro que si te relajaras te morirías antes —me comentó Judas—. ¿Por qué no tratas de dormir un rato?
—Tengo hambre.
—¡¿Cómo puedes pensar en comer?! ¡Si tienes un pie en el otro barrio!
—Pero hombre, no seas así. Tráeme un yogur o algo.
—¡¿Un yogur?! ¡¿Un yogur?! ¡¿Crees que Jesucristo pidió un yogur cuando estaba colgado en la cruz?! ¡Claro que no! ¡Le estaba pidiendo a Dios que nos perdonara porque no sabíamos lo que hacíamos! ¡Él sí que era un Mesías! ¡No como tú, que lo único que se te ocurre es pedir un yogur! ¡Un yogur! ¡¡Ni siquiera sé lo que es un yogur!! —exclamó el apóstol, que había pasado los últimos dos mil años en el Infierno y que, aun así, no había tenido tiempo de ponerse al día en lo referente a productos lácteos.
—Pero, hombre, no me jodas —dijo Plutón, con los ojos hinchados de dormir—. ¿Todavía está así?
—¿A ti qué te parece? —dijo un exaltado Judas—. ¿Y sabes lo que me ha pedido? ¡Que le traiga un yogur!
—Tampoco es necesario que sea un yogur —intervine—. Si no os quedan, me conformo con un flan…
—Esto se me está haciendo más largo que un día sin pan —dijo Plutón—. Y eso que nos hemos pasado la mayor parte del Vía Crucis por el forro de los cojones…
—¡Lo tengo! —dijo el Profesor von Poltergeist entrando en la mazmorra.
—¿Qué tiene? —preguntó Plutón.
—Pues no lo sé —contestó el Profesor.
—¡¿Entonces por qué cojones entra aquí gritando “Lo tengo”?!
—Porrrque tengo algo, perrro no sé exactamente qué es, mein freund.
—¿Demencia senil? —aventuró Plutón.
—Nein, nein. Nein sé cómo ha pasado, perrro tengo esto. —Y sacó un aparato del bolsillo de su bata.
—¿Otra de sus armas de destrucción masiva con forma de calculadora solar? —observó Plutón, escasamente asombrado.
Ja, parrrece que ja. Tengo mucha destrrreza con la tecnología, perrro muy poca imaginación parrra el diseño —explicó el Profesor.
—Seguro que es otra chufa —opinó Plutón.
—No esta vez —dijo una voz conocida.
—¡Pandulfo, hijo de puta! —gritó Plutón echando mano al gaznate de su excompañero de diabluras—. ¡Vendido! ¡Traidor!
—¡Deja que te expliqueeerrrrrllll!
—¡Veleta! ¡Ingrato! ¡Judas, que eres un Judas!
—¡Eh! ¡Eh! —dijo el auténtico Judas, que al parecer se dio por aludido.
—Pero, hombre, deja que el muchacho se explique —dije.
—¡Arg! —se explicó Pandulfo cuando el aire volvió a circular por su tráquea.
—¿Y bien? —dijo Plutón—. No habrás venido a rogar misericordia. ¡Que yo de misericordia ando justito!
—Ag... —Pandulfo carraspeó.
—¡Habla, traidor! ¿A qué has venido?
—A traicionar a este. —El demonio Pandulfo me señaló.
—Hombre, ya era hora de contar con mi propio traidor —dije poniéndome en mi papel de Mesías.
—¿Recuerdas cuando te dije que iba a comprar tabaco? —me preguntó Pandulfo.
—Sí, sí. ¿Me has traído mis dos cajetillas?
—El estanco estaba cerrado.
—¿Y no tenían en el bar de Paco?
—Solo light y negro —dijo Pandulfo.
—Vaya por Dios —me lamenté—. ¿Te he contado que una vez tuve un bar?
—¿En serio?
—Sí. Se llamaba Bar La Mierda. No fue un gran éxito.
—Quizá debiste hacer alguna especie de estudio de marketing antes de ponerle el nombre.
—Lo que pasa es que yo quería que la gente dijera, “¿Dónde vamos ahora? A La Mierda”, “¿Dónde estáis? En La Mierda”; ese tipo de rollo.
—Natural.
—¡¿Pero de qué cojones estamos hablando?! —intervino Plutón.
—Lo que te estaba contando —me dijo Pandulfo—. ¿Tú sabías que en la Tierra hay siete puertas que conducen al Infierno? —me preguntó.
—Algo he oído.
—Pues son ocho.
—Ah. Nunca te morirás sin saber una cosa más.
—En realidad, la octava no es exactamente una puerta —explicó el demonio—. Es más bien una salida de emergencia; pero bueno, ya sabes que por una salida de emergencia también se puede entrar. No se debería, pero la gente siempre hace lo que sale de la punta del cipote.
—Sí, la gente es muy poco civilizada —dije—. Oye, sin mirar a nadie, que yo también me cuento, ¿eh?
—No, no; y yo.
—¡¿Qué pasa con la salida de emergencia del Infierno?! —gritó Plutón.
—Bueno, pues que me acordé que estaba situada justo en el bar de Paco —dijo Pandulfo—. Así que bajé al Infierno y me colé en el despacho de Marcia Hellstrom para robarle una fórmula que ella a su vez robó al Creador en el Principio de los Tiempos.
—¿Viste a Marcia? —pregunté esperanzado.
—¿Crees que si la hubiera visto estaría ahora aquí?
—Supongo que no. Bueno, quizá estuvieras aquí, pero seguro que te faltaría algún órgano de relativa importancia.
—¿Una fórmula? ¿Qué fórmula? —preguntó Plutón.
—Por lo visto, Dios tenía previsto un plan de emergencia por si su Creación no terminaba de satisfacerle del todo. Una fórmula que desharía el tinglado completo de un plumazo, tabla rasa, zas. Marcia se hizo con ella antes de su caída a los Infiernos, pero a la vista está que nunca se ha atrevido a utilizarla.
—¿Esto que sostengo en mis manos es…? —dijo el Profesor.
—Sí —afirmó Pandulfo—. Yo lo llamo… ¡El Descreacionador!
—Tú eres muy tonto —dije.
—No rrrecuerrrdo haberrrlo constrrruido.
El Narrador, que tenía la extraña habilidad de pasar brutalmente inadvertido la mayor parte del tiempo, levantó la vista del periódico que estaba leyendo sentado en el garrote vil situado a la derecha de mi cruz y dijo:
—¿Recuerda el pequeño lapsus temporal que sufrimos hace poco?
—Ja, ja —contestó el Profesor.
—Pues ahí.
—Vaya —se lamentó el Profesor—. Constrrruyo la máquina de destrrrucción definitiva y no estoy ahí para disfrrrutarrr del prrroceso.
—Todo esto me suena de lo más raro —dijo Plutón—, pero, bueno, tampoco voy a desaprovechar la oportunidad de eliminar toda la Creación de una sola vez.
—Lo único que tienes que hacer es dividir cualquier número entre infinito y hala, a tomar por culo el universo —indicó Pandulfo.
—¡¿De qué están hablando, chingones?! —dijo Su Santidad, saliendo del aseo del Museo de la Inquisición a toda prisa—. ¡¿Qué es eso de destruir el universo?! ¡¿Pretenden incumplir nuestro pacto?!
—Ah, Santidad —dijo Plutón—. Esto, qué le iba yo a decir… Ah, sí. Que se joda.
—Ah, jaja —reí—. Pringado.
—¡¡Tú te callas!! —bramaron al unísono Plutón y el Papa.
—¡Sabía que no debería haber confiado en ustedes! —dijo Pancho I—. ¡Pinches bastardos! ¡Hijoputas! ¿Saben cómo voy a titular mi última homilía? ¡Todos los demonios del Infierno son unos putos cabrones!
—¿Una homilía? —dijo Plutón—. ¡Si no le va a dar tiempo ni de lavarse las pelotas con agua bendita! —Plutón se volvió a Judas—. Esa es buena, ¿eh? ¡Choca esos cinco!
—¡Por el culo te la hinco! —dijo el Poli Cabrón haciendo una espectacular aparición… por la puerta.
—¡Valiente mierda de frase de entrada! —dijo el Espíritu Santo sobre el hombro del Sargento—. ¿Para esto hemos estado esperando un rato detrás de la puerta a que alguien te diera un buen pie?
—Hombre —respondió el Poli Cabrón—, yo creía que el mamarracho este iba a decir algo del tipo “Esta noche los mares se teñirán de rojo sangre”, y entonces yo entraría diciendo algo así cómo “¡Pues aquí tienes el decolorante!”
—¿Qué?
—Decolorante, ya sabes. Para que el mar recupere su color natural. Oye, no me mires así, ¿quieres? El de las frases ingeniosas es el mamón crucificado ese. —El Poli Cabrón me señaló.
—Anda y que te follen —dije.
—¿Lo ves? —dijo el Poli Cabrón.
—¿Sabes? Creo que ya sé por qué la Humanidad no entendió Tu Palabra… —murmuró el Espíritu Santo.
—Corríjanme si me equivoco, caballeros —intervino Plutón—. ¿Esto es una especie de intento de rescate o algo así?
—¿A ti qué te parece, cabronazo comemierda? —contestó el Poli Cabrón, que resultaba más auténtico cuanto menos sutil pretendía ser.
—¿Y entran por la puerta? —preguntó Plutón—. Quiero decir, ¿no resultaría más espectacular, no sé, echar un muro abajo con una apisonadora, o…?
—Sí, hombre; no te chinga —dijo el Papa—. Cómo se nota que el chiringuito no es suyo.
—Bueno, se han dejado todas las putas puertas abiertas —afirmó el Poli Cabrón bajando por la escalera.
—Cuando vuelva Ciacco lo voy a matar —dijo Plutón.
—Y nadie ha salido a detenernos, así que, bueno, en realidad ha resultado bastante fácil dar con ustedes —siguió explicando el Sargento.
—Ajá —dijo Plutón—. O sea, que han llegado hasta aquí tan ricamente. Mmm… ¿Vienen ustedes solos?
—No, no —dijo el Poli Cabrón—. ¿Conoces al arcángel Uriel?
—Sí, claro.
—Pues ahora viene.
—Ah. Hum.
—Esto está resultando de lo más anticlimático, ¿verdad? —dijo el Espíritu para romper el incómodo silencio que se había producido.
—¿Por qué no vamos empezando nosotros a rompernos la cara y luego ya si eso…? —propuso Plutón.
El Poli Cabrón miró al Espíritu Santo, interrogante. El Espíritu se encogió de alas.
—Por nosotros no hay problema —afirmó el Espíritu.
—Bien, bien —convino Plutón—. ¿Cómo nos lo montamos?
—Bueno… —dijo el Poli Cabrón—. Lo lógico sería que yo me enfrentara a Judas. Como me traicionó y tal…
—¿Tú qué dices, Judas? —preguntó Plutón—. ¿Estás de acuerdo?
—¿Puedo hacer una sugerencia? —dijo un tembloroso Judas—. Ejem. La verdad es que yo soy más partidario de hablar las cosas y, bueno, en realidad, ejem, me gustaría aprovechar el momento para pedir perdón por todo lo que hice a mi Señor Jesucristo, y…
—¡¡¡Llámame Poli Cabrón, basura!!! 
¡BIMBA!
—¡¿Quién me ha tirado una muela a la frente?! —protesté—. ¡Tened más cuidado, coño, que ya estaba muriéndome antes!
—Menudo hostión, hijo —dijo el Espíritu mirando el cuerpo tendido de Judas.
—Es que lo he cogido con muchas ganas —confesó el Poli Cabrón.
—Sargento —llamé—. ¿Judas te ha llamado “mi Señor Jesucristo”?
—Eh, eh. A mí no me mires, que yo no me acordé hasta esta mañana —se defendió el Poli Cabrón
El Espíritu Santo empezó a gorjear mirando hacia otro lado.
—Eh, Espíritu, no te hagas el longui —dije.
—Sí, ejem, ahora estoy contigo, que voy a… a… ¡a darle lo suyo al Papa, eso!
—¿A mí? —dijo el Papa—. ¡Pero si me acabo de arrepentir! Estaba a punto de descolgar a este. ¿Quién me presta una escalera para subirme al madero y quitarle los clavos a este pendejo?
—Rectificar es de sabios, hijo mío —dijo el Espíritu.
—Y usted que lo diga, jefe —dijo el Papa.
—Dios te perdona.
—Ah, qué bien. No sabe usted qué alivio, compadrito.
—Un momentito —dijo el Espíritu alzando su cabecita—. Dios tiene un mensaje para usted.
—Ah. Oh. ¿Y de qué trata?
—Que dice que no, que era broma, que no le perdona.
—¿Disculpe?
—Que se joda, vamos.
Y entonces el Señor, en su Infinita Sabiduría, se limpió el culo con su política de no intervención e hizo aparecer un piano de la nada que aplastó al Papa.
—Hala, hala —me quejé—. ¿Podéis dejar de hacer tanto ruido, con tanto Deus ex machina y tanta polla en vinagre? ¡Que me duele la cabeza, cojones!
—Vaya —dijo Plutón—. Qué… inesperado. En fin. Y a mí… ¿con quién me toca?
—¿Vas tú? —le preguntó el Espíritu al Poli Cabrón.
—Hombre, lo normal es que cada héroe se enfrente a un rival, pero bueno, si no viene Uriel…
—Si me permiten, caballeros —dijo Jean-Claude bajando las escaleras con dos floretes bajo el brazo.
—¡Jean-Claude, viejo amigo! —exclamé—. Eh, Jean-Claude, ¿has dejado que Ramone te untara crema hidratante en la calva? La tienes muy brillante.
—Soy el archivillano de este embolado… ¡¿y vais a permitir que me enfrente al mayordomo?! —bramó Plutón.
—Ya ves —dijo el Espíritu Santo.
—Tengo entendido que es usted un esgrimista excepcional, señor —dijo Jean-Claude pasándole un florete a Plutón.
—Sí, bueno —dijo Plutón con falsa modestia—. ¿Ves al crucificado ese? Lo maté una vez.
—Estoy al corriente, señor —dijo Jean-Claude.
—¿Y a ti qué se te ha perdido aquí, lacayo? —inquirió Plutón.
—¿No se lo imagina, caballero? —contestó Jean-Claude—. Venganza. ¡En garde!
Choque de espadas, clas, clas, y toda la marimorena.
—Esto ya está mejor —dijo el Espíritu Santo.
—Sí —acordó el Poli Cabrón—. Resulta como más emocionante, ¿no?
¡CLAS, CLAS!
—¡¿Qué pasa aquí, me cago en la puta?! —dijo Uriel haciendo al fin acto de presencia.
—Eso sí que es una mierda de frase de entrada —dijo el Poli Cabrón.
—Disculpen el retraso —se disculpó el exarcángel—. Es que Jean-Claude me ha mandado a por medio kilo de alcachofas al mercadillo y he estado un rato esperando al tendero, pero como no venía le he dejado el dinero y…
—Debe tratarse de algún plan secreto de Jean-Claude —dijo el Poli Cabrón.
—Es para un estofado, señor —dijo Jean-Claude, que siempre estaba en el plato y en tajada.
¡CLAS, CLAS!
—¿Qué hago yo? —preguntó Uriel.
—Pues no sé —dijo el Poli Cabrón—. Pandulfo, ¿tú has hecho algo?
—Nos ha traicionado —dije.
—Ah. Pues ale, métele una hostia —le dijo el Sargento a Uriel.
—¡Un momento! —dijo Pandulfo, alarmado—. Os aseguro que todo tiene una explicación.
—¿Qué pasa, troncos? —dijo Ciacco—. No os vais a creer lo que he descubierto. Un momento. Tu cara no me suena —le dijo al Espíritu Santo.
—¡Eh, Uriel! —dijo Pandulfo señalando a Ciacco—. ¡Ese tío intentó comerte en el Infierno! ¡Pégale a él!
Uriel se encogió de hombros y le metió una galleta a Ciacco.
—Hostia, qué mal rollito, ¿no? —dijo Ciacco en el suelo.
¡CLAS, CLAS! ¡ZUIS!
—¡¡¡Joder!!! —gritó Plutón con una mano en la cara—. ¡Malnacido! ¡Me has arrancado el ojo amarillo! ¡¡Mi favorito!!
—¡¡Plutón!! —dijo el Profesor, que durante la confusión había salido un momentito a vete tú a saber qué y ahora había aparecido tras un muro falso—. ¡¡Porrr aquí!! —y lanzó una granada de humo.
—¡¡Joder, Profesor!! —gritó Plutón—. ¡¡Ya podría haber lanzado la granadita de los cojones una vez hubiéramos escapado!! ¡Cof, cof! ¡Levanta, Judas! ¡Ciacco, no vamos! ¡Pandulfo, tú te jodes! ¡Coño, no se ve una mierda aquí! ¡¿Quién me ha tirado una alcachofa a la cabeza?!
—¡Uriel, ayuda a Jean-Claude a bajarlo de la cruz! ¡Espíritu, mantén la puerta abierta para que esto se airee un poco! —ordenó el Poli Cabrón.
Pandulfo le endilgó una patada a la granada y la mandó tras el muro falso antes de que los villanos pudieran cerrarlo tras ellos.
—¡¡Pero coño, qué hace esto aquí!! —oí decir a Plutón tras la pared.
—Usted tranquilo, señor, que estará en el suelo en un momentito —me aseguró Uriel cuando se acercó para quitarme los clavos.
—¡Ay! —grité—. ¡Pero ayúdate con unos alicates o algo, hombre! No ahí, con las manos, a lo tío cipote.
—Pero coño, que tío más delicado —dijo el Poli Cabrón.
—¡Claro, como a ti cuando te descolgaron ya estabas muerto! —repuse.
—¡Señores, señores! —interrumpió Pandulfo—. ¡No hay tiempo para discutir! ¡Plutón y los suyos se han largado con el Descreacionador!
—¿El qué? —preguntó el Espíritu.
—El cacharro ese que sirve para acabar con todo —explicó Pandulfo—. Una fórmula que inventó Dios.
—Ah, sí —dijo el Espíritu—. Él y Sus Ideas.
—Pero vamos a ver —dije—, ¿tú no nos estabas traicionando a nosotros?
—Sí, pero ahora les estoy traicionando a ellos —contestó Pandulfo.
—Jean-Claude, quítame la Cristonita del cuello, ¿quieres? —Uriel arrancó el clavo de la muñeca izquierda y caí de lado—. ¡Coño, Uriel! ¡Ya me podías haber quitado primero el clavo de los tobillos!
—¿También está clavado por los tobillos?
—¡Uriel, Jean-Claude! —dijo el Poli Cabrón—. Cuidad de él mientras el Espíritu, Pandulfo y yo vamos tras Plutón. Pandulfo, ¿tienes idea de adónde se dirigen?
—Al bar de Paco, seguro.
—¿Eh?
—Coño, qué pereza explicarlo todo dos veces —se quejó Pandulfo—. Vamos pa’llá y ya os lo cuento por el camino.
—Nonononono —dijo Ramone asomando a la puerta—. ¿Qué pasa aquí, qué pasa aquí, qué pasa aquí? ¡Piratas! ¡Ladrones! ¡Bandoleros!
—Los malos ya se han ido, Ramone —aclaró el Poli Cabrón.
—Pues qué alivio, machote —dijo Ramone—. Me acabo de aplicar el endurecedor de uñas y las tengo como para tirar de los pelos a alguien.

Fachada del bar de Paco.

—¡Pero vamos a ver, Profesor! ¡¿No decía usted que había conducido tanques durante la guerra?! —dijo Plutón en el asiento del acompañante de una furgoneta robada que acababa de atravesar la cristalera del bar.
—Que había visto conducirrr tanques, mein freund —aclaró el Profesor.
—Eh, tíos —dijo Ciacco saliendo del vehículo—. ¿No os parece extraño que esté amaneciendo y no hayamos visto a un triste panadero pasar por la calle?
—¡Déjate de gilipolleces, Ciacco! —dijo Plutón—. ¿Dónde coño estará la salida de emergencia del Infierno?
—No sé —dijo Judas—. ¿Al fondo a la derecha?
—¡Sí! ¡Sí! —afirmó rotundamente Plutón—. ¡Todos al baño!

Museo de la Inquisición.

—¿Cómo se encuentra, señor? —me preguntó Jean-Claude mientras terminaba de vendarme las llagas de las muñecas.
—Débil —respondí—. No tengo fuerzas ni para resucitar a un muerto.
—Sobrevivirá, milord —aseguró mi leal mayordomo—. De otras peores ha salido.
—Sí, sí. Todo saldrá bien. ¿Qué podría pasar? —dije un instante antes de que absolutamente toda la Creación dejara de existir.

domingo, 17 de mayo de 2020

Ahí te mueras

Si quieres, te lo digo en estéreo

El Apocalipsis según se mire. Capítulo 49.


El tiempo corre lento para alguien que está derramando su sangre en el suelo, así que no sé a ciencia cierta cuánto tiempo llevaba clavado a la cruz cuando el Narrador me anunció que estaba aburrido e iba salir a estirar un rato las piernas, alegando que la historia no avanzaba y que preveía que no iba a ocurrir nada digno de mención durante la próxima hora, por lo menos, así que mejor se iba a desayunar y ya volvería luego.
            —¿Te vas para no verme morir? —le pregunté, intentando no sonar lastimero.
            —Créeme; no te vas a morir —dijo serenamente el Narrador.
            Miré los ojos del viejo Narrador, que resultaban casi invisibles debajo de sus pobladas cejas, y, de alguna manera, supe que decía la verdad. Siempre me ha parecido que la opinión de un tipo que lo ha visto Absolutamente Todo y que existe desde el Principio de los Tiempos debe ser tenida en cuenta.
            Un rato después apareció Plutón en lo alto de la escalera. Tenía el aire impaciente del que no ve la hora de tirar un cadáver al vertedero. Soltó un bufido cuando levanté la cabeza y miré en su dirección.
—Pues sí que tienes aguante, cojones —me dijo Plutón.
—A ver si te crees que es la primera vez que me desangro, no te jode —repliqué.
—Ya. —Mi impasibilidad le estaba tocando los huevos—. ¿Te importaría contestar un breve cuestionario mientras te mueres?
—No hace falta que sea breve —dije—. Me parece que esto va para rato.
—Bueno, bueno; tampoco es necesario que me vaciles —Plutón carraspeó—. Verás. Después del, eh, relativo fracaso de la primera fase de nuestro Apocalipsis, hemos decidido crear un nuevo Departamento de Investigación y Desarrollo en un intento de prevenir futuras eventualidades.
—¿Estoy a punto de espicharla y pretendes hacerme formar parte de una especie de estudio de mercado?
—Dijiste que no te importaba.
—Bueno, ya. Lo que pasa es que no me gustaría dedicar mis últimas palabras a los beneficios de un nuevo producto de soja. Imagínate mi epitafio: “Vivió intensamente, pero preferiría haber cagado mejor”. Sal a la calle a preguntar, hombre.
—Ya lo hemos intentado —confesó—. De hecho, en un principio habíamos titulado nuestro sondeo “La Encuesta Callejera del Fin del Mundo”; lo que pasa es que hemos enviado a Ciacco a interceptar encuestados, pero, como tardaba demasiado, Judas ha salido a buscarlo y lo ha encontrado anotando las respuestas que, por lo visto, le ha sonsacado a una farola. Ese imbécil de Judas lo ha disculpado diciendo que no ha visto ni un alma en la calle, así que supongo que tendremos que conformarnos contigo.
—Hay que joderse.
—A ver. —Plutón revisó sus papeles—. ¡Ejem! Eeeeeeh… Perdona el retraso, pero es que me temo que voy a tener que reformular las preguntas, ya que, en un principio, nuestro público objetivo no estaba formado por moribundos.
—Me hago cargo.
—¡Ejem! ¿Si usted no estuviera a punto de morirse de una manera horrible, de qué otra manera horrible no le gustaría morirse? —Plutón me miró—. ¿Ha entendido la pregunta?
—Sí, sí. ¿Queréis averiguar de qué manera no le gusta morir a la gente? ¿Es eso?
—Naturalmente, naturalmente. Nos gustaría organizar un fin del mundo lo más molesto posible. Es lo que tenemos los seres venidos del Infierno. Tendemos a ser desagradables.
—Hmmm… Bueno, cualquiera al que le preguntes te dirá que preferiría morir mientras duerme. De ahí podríamos deducir que prácticamente todo el mundo considera que cualquier otra forma de morir resulta menos recomendable.
—Entonces esperaremos a que sea de día; para qué nos vamos a andar con miramientos. ¿A qué hora se despierta la gente?
—Según. ¿Vais a hacerlo un día laboral?
—En eso consiste la segunda pregunta. ¿Si no estuviera a punto de morirse...? ¿Qué día es hoy?
—Miércoles.
—¿Si no estuviera a punto de morirse hoy miércoles, que otro día de la semana odiaría morirse?
—Esta encuesta es un rábano.
—Las opiniones y las sugerencias las dejamos para el final, si no te importa —dijo Plutón—. Que para eso hay un apartado que dice “¿Recomendaría esta entrevista a un conocido suyo si no estuviera a punto de morirse?”. Y otro, “¿Si no estuviera a punto de morirse y tuviera tendencias homosexuales, consideraría atractivo a su maduro entrevistador?”. Esta última se me acaba de ocurrir.
—¿Qué pasa, troncos? —saludó Judas, que estaba intentando ponerse al día en cuanto a lenguaje de la calle. En aquellos momentos, iba por los años ochenta.
—Estoy intentando averiguar qué día de la semana destruir el mundo —dijo Plutón.
—Cualquiera menos el martes, a ser posible —dijo Judas—. Los martes tengo clase de cantonés.
—Ah. ¿Te has matriculado en la escuela de idiomas?
—Aún no, pero, como parece que esto del Apocalipsis va para largo…
—Ah. Así que esperas hablar cantonés con fluidez para cuando acabemos con el mundo —dijo Plutón con serenidad.
—Bueno, el curso completo consta de cuatro años, y no sé si vamos a poder esperar tanto tiempo —dijo Judas—. Yo, con chapurrearlo un poquito…
—Ya. Chapurrear el cantonés.
—Me conformo con saber decirle a un chino, “Oiga, este colador de pasta que me ha vendido es una estafa”.
—¡¡¡¿Pero tú estás tonto o qué te pasa?!!!

Cuando el Poli Cabrón entró en el baño más grande de mi mansión ataviado únicamente con una toalla atada a la cintura, se encontró con una mesa en el lugar habitual de la bañera y al Creador de Todas las Cosas donde debería estar la manguera de la ducha. Esta es una forma de decir que lo que hasta hace un minuto era un cuarto de baño, ya no lo era en absoluto. En honor a la verdad, se parecía más al despacho de Dios.
—Qué típico. Me dispongo a darme una ducha y, en vez de eso, atravieso un plano astral en pelotas.
—Adelante, Sargento —dijo el Espíritu Santo apoyado en el hombro del Señor.
—Espíritu Santo; Hacedor —saludó el Poli Cabrón—. Supongo que siempre hay un buen motivo para que se te aparezca Dios en persona.
—Sargento, no me he aparecido ante ti; tú has sido convocado a mi presencia —dijo Dios para dejar constancia de quién mandaba allí—. Por un asunto de suma importancia, debo añadir.
—¿Estoy muerto? —preguntó el Sargento como el que pregunta si se le ha quedado un trozo de acelga entre los dientes.
—No hace falta estar muerto para ver el Cielo, aunque sería lo ideal —contestó Dios.
—Oiga, ¿me está amenazando?
—¿Qué? No.
—Te dije que se había vuelto un poco paranoico —susurró el Espíritu Santo.
—¡Eh! —exclamó el Poli Cabrón—. ¡No estará el pájaro hablando de mí!
—Hijo mío —dijo el Señor al levantarse de su silla—, el Mesías está en poder de Plutón y sus secuaces.
—Ah. Con razón he dormido tan tranquilo esta noche. El muy cabrón me llama al móvil de madrugada desde su cuarto. El otro día sonó el teléfono a las cinco de la mañana. Imagínese el sobresalto. En seguida pensé que le había ocurrido algo a mi madre. Pero después recordé que yo no tenía madre, así que…
—¿No tienes madre?
—No. Mejor dicho; que yo recuerde, no. A decir verdad, no recuerdo nada de mi infancia.
—Sabes que te puedo ayudar con eso, ¿verdad?
—Supongo. Pero, si le soy sincero, no sé si quiero recuperar la memoria.
—Esa decisión no está en tus manos.
—¿Cómo que no? ¿Qué pasa? ¿Libre albedrío para unos pocos, o qué?
—Ya es hora de que afrontes tu destino, Sargento —y Dios sacó de la nada una sartén.
¡CLANG! —Ahí, en toda la mocha.
—¡Pero, oiga! —protestó el Poli Cabrón con las dos manos en el colodrillo—. ¡Valiente mierda de terapia de regresión!
—Dale otra —sugirió el Espíritu Santo.
—¿Qué? ¡No te jode el puto…!
¡CLANG!
—¡¡Joder!! ¿Pero usted no era todopoderoso? ¿No podría, no sé, chasquear los dedos, o mirarme a los ojos, o algo, y devolverme la memoria?
—Los caminos de Señor son inescrutables.
—Menuda porquería de excusa.
¡CLANG!
—¡Coño! ¡Coño! —dijo el Poli Cabrón mientras se retiraba dos metros.
—Acércate, hijo mío.
—Sí, hombre, los cojones. Ay, joder, ay, joder… —se quejó mientras se palpaba la cabeza.
—Coño, que tío más quejica —opinó el Altísimo—. Igualito que Abraham, que le ordené matar a su hijo y no dijo ni esta boca es mía. Y ahora viene este y, por un chichón de nada…
—¡¿Qué chichón ni qué niño muerto?! ¡Que me estoy tocando el cráneo con los dedos, hostia ya!
—Quién lo iba a decir, ¿eh? —dijo el Espíritu—. Con lo estoico que era antes, que aguantaba carros y carretones…
—¿De qué estás hablando? —preguntó el Poli Cabrón.
¡CLANG!
—¡¡¡Hostia, joder!!! ¡¡¡Vale ya, papá!!!
—Hombre, por fin —dijo Dios.
—Ay, coño. Dadme un analgésico o algo.
—Hijo mío —dijo Dios con solemnidad.
—¿Qué? ¿Qué? Hala, ya te has salido con la tuya. Ya has logrado que recuerde todo otra vez.
—Así debe ser —sentenció el Señor—. Eres Jesucristo, el Hijo de Dios, y debes apencar con ello.
—¿Por qué, cojones? ¿Qué quieres que haga? ¿Volver a adoctrinar a esos desgraciados?
—Y sentarte a mi diestra cuando todo acabe.
—Y un mojón. Si quieres te lo digo en arameo, aunque hace tiempo que no lo practico…
—¿Lo estás escuchando? —le dijo el Señor al Espíritu Santo—. Antes tenía un carácter festivo y conciliador, ¿te acuerdas? Siempre estaba gastando bromas.
—Sí, bueno —dijo el Espíritu—. Algunos de nuestros mejores psicólogos opinan que ser torturado y clavado a una cruz puede ocasionar leves cambios de humor.
—Mira —intervino el Hijo—, no es que lo haya pasado del todo bien en estos últimos dos mil años, vagando por la Tierra, cambiando de identidad cada cierto tiempo… hasta que llegué a este país y perdí la memoria de una paliza que me dieron los grises… Pero, al menos, he disfrutado de un poco de libertad, ¿sabes? La predestinación es una puta mierda. Solo aspiro a tener una casita en la playa y dedicarme a pescar.
—Ah, eso es lo que quieres. Dedicarte a pescar después del fin del mundo, ¿no? —dijo el Creador—. Justo después de que lo que hoy conocemos como La Humanidad pase a llamarse Los Cuatro Gatos, ¿verdad? Cuando un puñado de supervivientes buenos y justos las estén pasando canutas para reconstruir y repoblar la Tierra, tú estarás tan tranquilo con tu caña de pescar rascándote los huevos. ¡¿Tú estás tonto o qué te pasa?!
—Me parece que no me he expresado con claridad. Yo no he dicho que no vaya a arrimar el hombro —aclaró el Poli Cab… eh, Jesucristo—. Piénsalo de este modo, ¿quién mejor que yo para fundar una nueva y resplandeciente Humanidad preñada de esperanza y limpia de pecado? ¿No lo haré mejor si me instalo definitivamente entre mi rebaño?
—En eso tiene razón el chico —metió baza el Espíritu Santo.
—Eso; tú ponte de su parte.
—Él, por lo menos, está ofreciendo opciones —dijo el Espíritu.
—Además —dijo el Hijo de Dios anteriormente conocido como Poli Cabrón—, ¿a santo de qué vienes a abrirme los ojos a estas alturas de la película? ¿Tú no tienes ya un Nuevo Mesías?
—El pobre mamón —dijo el Altísimo—. Al principio, solo era una marioneta. Una maniobra de reclamo, si quieres. Pero, después… Se le acaba cogiendo cariño al cabroncete, ¿eh?
—¿Una maniobra de reclamo? ¿De qué coño estás hablando?
—¿Por qué crees que te hice perseguirnos cuando nos dirigíamos a La Puerta del Cielo?
—¿Fuiste tú?
—Pretendía que recuperaras la memoria tú solo al ser testigo de todo el desaguisado —explicó el Creador—. Por eso hice que siguieras a su lado; tenía la esperanza de que algún día reaccionaras y dejaras de creerte el Sargento Jerónimo Castaña.
—Pero es que quiero ser el Sargento Jerónimo Castaña.
—Hijo mío, por lo que a mí respecta, esta conversación ha llegado a su fin.
—Pues por lo que a mí respecta, no —dijo Jesucristo—. Pero ya continuaremos cuando vuelva de rescatar a mi amigo. ¿Alguien más se apunta? ¿Espíritu?
—¿Tú qué crees? —dijo el Espíritu posándose sobre el hombro de Jesús.
—¿Padre?
—Soy el Rey de los Cielos; no puedo intervenir directamente. —Y, antes de su Hijo o el Espíritu Santo pudieran solicitárselo, añadió—: Pero supongo que podré acercaros.
—¿Se encuentra bien, Sargento? —dijo Uriel entrando al plano astral anteriormente conocido como el cuarto de baño grande—. Eh… Ah… Señores.
—Llegas a tiempo, Uriel —dijo el Señor—. Eh… ¿Qué te ha pasado en el pelo?
—Ha—ha sido cosa de Ramone, Señor —contestó el exarcángel—. Opinaba que mis melenas estaban totalmente demodé y…
—Te ha dejado el cogote muy corto para mi gusto —opinó Dios, que siempre había sido muy estricto en lo referente al look de sus coros angélicos.
—Bueno, como ya soy humano y tal…
—Ya, ya. Uriel, ¿quieres recuperar las alas?
—Pues no sé.
—¡¿Cómo que “no sé”?! ¡¿Hoy qué es, el Día Mundial de Estoy en Contra?!
—No, digo que, si usted lo ve bien… pero que… por mí no lo haga, vamos…
—¡Ya sabía yo que te iban a pervertir estos mamones! ¡¿Tú también quieres seguir siendo una persona normal?! ¡¿Es eso?! —Se volvió al Espíritu Santo—. ¡¿Y tú no te apuntas?! ¡¿No te gustaría pasar el resto de tu existencia comiendo migas de pan del suelo con tus amigotes?!
—No, no; si a mí esto de la Divinidad me mola —afirmó el Espíritu Santo—. Hombre, a lo mejor ahora, en vez de la Santísima Trinidad, tendríamos que llamarnos la Santísima Dualidad, pero…
—¡Que te calles, me voy a cagar en todo! —bramó el Creador—. ¡Tengo a uno de mis mejores soldados desangrándose y nosotros aquí rascándonos los huevos!