sábado, 19 de julio de 2014

Un día cualquiera en el Otro Barrio

El pase de prensa

-Valiente pérdida de tiempo –dijo el respetado crítico de cine nada más salir de la sala de proyección-. Es la mayor basura que he visto en años. Qué digo; es la peor película que he visto jamás. Pedante, pretenciosa, vacua, innecesariamente larga, carente de emoción, con unas escenas eróticas de vergüenza ajena, y, para colmo de males, protagonizada por un tipo absolutamente desprovisto de carisma… ¿Qué demonios ha querido decir su autor con este bodrio?
-Probablemente nada –contestó la Muerte, que había acompañado a regañadientes al pobre tipo a ver la película de su vida.

Falsas expectativas

-La vida es una mierda –dijo el suicida a modo de justificación-. Por eso me la quité.
-Eh, bueno –respondió Satanás apartando la vista, un tanto abochornado-. No sé lo que le han contado, pero me temo que esto no es mucho mejor.

Caronte, barquero del río Aqueronte, en: Otra jornada en la oficina



La sesión de espiritismo

Después de una tensa espera, Manolo habló a su mujer a través de la médium.
-Coño, Reme, ¿qué quieres, que eres más pesada que una vaca en brazos?
-Manolo, ¿eres tú? –preguntó Reme, casi sin aliento.
-No, soy Jim Morrison, no te jode. This is the end...
-¿Cómo es el más allá, Manolo?
-¿Qué dices? No te recibo bien aquí. Es que estoy de camping con unos amigos, ¿sabes?
-Vaya. Cuando estabas vivo no me llevabas a ningún lado.
-No te entretengas, Reme, que seguro que la tiparraca esta cobra por horas.
-Mira, necesito que me digas la contraseña del ordenador. Es que están ahí las fotos de la comunión de la niña de mi prima Paqui, y quiere que se las pase.
-El coño de tu hermana.
-Espera que me la apunte. El-coño-de…

miércoles, 9 de julio de 2014

La notificación que vino del más allá


EXT. MANSIÓN QUE DA ASCO VERLA DE LO DECRÉPITA QUE ESTÁ. DÍA.
La fachada de una mansión que recibió su última mano de Titanlux hace por lo menos siglo y medio. Un DIABLO con poca pinta de diablo y mucha de notario bajito, con traje, bombín y maletín en la mano derecha, pega a la puerta con la mano izquierda, con la que además sujeta una serie de papeles, discreta proeza malabar a la que, acertadamente, no parece concederle ninguna importancia. A los pocos segundos sale a abrir un FANTASMA de avanzada edad en camisón y gorro de dormir con borla en la punta.

DIABLO: Buenos días. ¿El Vizconde de Penegord?
FANTASMA: Así me conocían en vida. ¿Y usted es…?
DIABLO: Mi nombre es Eugenio Astaroth, de las huestes infernales.
FANTASMA: ¿Es usted un demonio? Quién lo hubiera dicho, con la pinta de… de…
DIABLO: Sí, me lo dicen muchas veces.
FANTASMA: …de soplapollas que tiene.
DIABLO: ¡Pero, oiga! ¡Cómo se le ocurre tamaña descalificación!
FANTASMA: Me va usted a disculpar, pero no se ajusta usted a la idea que tenía yo de un siervo de Satanás.
DIABLO: Mire, que sea un demonio no significa necesariamente que tenga que ir por ahí despeinado, sacudiendo un tridente de manera burlona y arrastrando el pene por el suelo.
FANTASMA (mirando al diablo de arriba abajo): ¿Usted, arrastrando el pene por el suelo? Ya le gustaría.
DIABLO: ¿No me cree? Pues tendrá que confiar en mi palabra, porque no pienso sacarme la chorra aquí en medio. Sepa usted que ser expulsado del Cielo también tuvo sus ventajas. Antes éramos asexuales, ¿lo sabía usted? Pero fue caer al Infierno y bam, allí que nos creció un miembro viril de proporciones gargantuescas.
FANTASMA: No sé qué puede tener de bueno ir todo el día barriendo el suelo con la minga.
DIABLO: Hombre, al principio tenía más inconvenientes que ventajas, para qué le voy a mentir. Solíamos tropezar un día sí y otro también, con las nuestras propias y con las de los demás. Cuando íbamos en autobús estábamos todo el rato, “Me está usted pisando la picha”, “No sabe cuánto lo siento” y tal. Y, bueno, la verdad es que tampoco era muy higiénico. Acumulábamos mucha porquería bajo el prepucio. Arena, gravilla, chicles, estiércol del Cancerbero, chapas de coca-cola… Esas a veces estaban bien. No es que resultara placentero que una chapa con la parte dentada para arriba te partiera el frenillo, pero a veces traía premio. Yo tuve suerte; me tuvieron que echar puntos en el glande, pero me canjearon la chapa por un llavero. Las pasamos canutas hasta que Lucifer inventó los pantalones. Desde entonces, la metemos en una tinaja con hielo con mucha menos frecuencia.
FANTASMA: Y, oiga, ¿ha subido del Infierno solo para presumir de cipote ante un alma en pena?
DIABLO: No, naturalmente que no. (Alcanzándole al fantasma los papeles que lleva en la mano). Vengo a entregarle esta notificación donde se le comunica el cese de su actividad sobrenatural.
FANTASMA (ojeando los papeles, sin comprender): ¿Que qué?
DIABLO: Mire, este caserón lleva cien años deshabitado, y según la Ordenanza General de Inmuebles Encantados, artículo vigésimo cuarto, cualquier propiedad encantada, embrujada o poseída desprovista durante un siglo de seres humanos vivos a los que asustar, enloquecer o hacer salir por patas, será automáticamente desalojada por el fantasma residente encargado de ejercer la actividad sobrenatural en cuestión.
FANTASMA: ¿Qué quiere decir eso? ¿Que me desahucian?
DIABLO (alarmado): ¡Chst! Baje la voz. No, eh, esto no es un desahucio. Es un cese definitivo de sus actuales funciones. Una jubilación, si lo prefiere. (Mirando a su alrededor, inquieto) Nosotros no desahuciamos a nadie. Eso es trabajo para un exorcista.
FANTASMA (pasando las hojas rápidamente, perplejo): Un momento, amigo; yo no recuerdo haber firmado nada de esto.
DIABLO: Créame que lo hizo. Estaba usted bajo los efectos de una gran conmoción. Se acababa de colgar de la barandilla de la escalera, ¿recuerda? Andaba usted un tanto desorientado al principio, pero firmó el contrato en seguida. “Cualquier cosa por librarme del Castigo Divino”, dijo mientras consignaba su rúbrica.
FANTASMA: Sí, vale, vale, es posible; hace mucho tiempo de eso. Pero, mire, creo que ha habido un error. La casa no está deshabitada, ¿sabe?
DIABLO (confuso): Nosotros no tenemos constancia de que haya nadie viviendo aquí.
FANTASMA: Bueno, vivir, vivir, lo que se dice “hacer vida”,  pues no hace. Es un pordiosero que por las noches viene a dormir.
DIABLO (molesto): Querrá decir un sin techo.
FANTASMA: Vaya, disculpe si mi denominación le ha resultado ofensiva. Fallecí en el siglo diecinueve, ¿sabe?
DIABLO: Cuando, como todo el mundo sabe, las palabras “minga” y “cipote” estaban a la orden del día.
FANTASMA: Se está desviando del tema.
DIABLO: Sí, bueno; el caso es que no sé si esa situación está contemplada por la ley. Quiero decir, ese… sin techo… no se puede considerar un inquilino fijo, ¿no?
FANTASMA: Hombre, fijo… No es que esté todo el santo día aquí metido. Digo yo que el hombre tendrá que salir a mendigar, como todo hijo de vecino.
DIABLO: Ya. ¿Y vuelve todas las noches?
FANTASMA: Casi todas. Aparece apestando a tintorro barato cosa fina y duerme de un tirón hasta mediodía.
DIABLO: ¿Y ha cumplido usted sus funciones con diligencia? Quiero decir, ¿ha intentado asustarlo?
FANTASMA: ¿Ha intentado usted alguna vez asustar a un borracho?
DIABLO: ¿Complicado?
FANTASMA: Imposible. He arrastrado muebles, he proferido aullidos desgarradores, le he tirado de la pernera del pantalón… Todo sin resultado. Es más; una vez me asustó él a mí. Estaba tan tranquilo y de repente se puso a delirar. No se imagina las necedades que soltaba por esa boca. Empezó a gritar “¡Hijoputa, te voy a arrancar la cabeza!”, mirando hacia mi dirección. Como si me estuviera viendo, ¿entiende? Me quedé blanco.
DIABLO: Se dará cuenta de que eso no dice gran cosa de su labor profesional.
FANTASMA: ¿Qué quiere que le cuente? Yo nunca dije que se me diera bien esto de hacer el mal. Cuando estaba vivo poseía una plantación de chirimoyas. ¿Qué podía saber yo de actividades sobrenaturales? Deberían ustedes haberme dado un cursillo o algo.
DIABLO: Sí, sí, ya, y… ¿se encuentra el mentado caballero ahora mismo en casa?
FANTASMA: Sí, todavía no ha salido a trabajar. Está abajo, en el sótano. Que no sé cómo puede dormir tranquilo ahí; a mí ese sitio me da escalofríos.
DIABLO: ¿Puedo entrar a echarle un vistazo?
FANTASMA: Claro, está usted en su casa. Examine lo que quiera.
(Se produce un terrible estruendo en el interior de la mansión).
DIABLO (sobresaltado): ¡¿Qué ha sido eso?!
FANTASMA (sin inmutarse): Ah, se habrá derrumbado alguna parte de la casa. Está en un estado lamentable, ¿sabe? El Ayuntamiento quería tirarla abajo para construir un polideportivo o alguna tontería por el estilo, pero al concejal de urbanismo y obras públicas se le cayó encima una cornisa cuando estaba inspeccionando el terreno y ahora el proyecto está en estanbai, que no tengo ni puñetera idea de lo quiere decir.
(Aparece en el quicio de la puerta un MENDIGO que da la impresión de haber aprovechado a fondo un bono de diez sesiones de roñaterapia).
MENDIGO (perplejo): ¿Qué pasa aquí? ¿Quiénes son ustedes?
FANTASMA: Yo soy el espíritu del Vizconde de Penegord y este señor es Eugenio Astaroth, demonio del Infierno.
MENDIGO: Serafín Trinquete, encantado. ¿Sería tan amable alguno de ustedes de decirme qué pinto yo aquí?
FANTASMA: Según todos los indicios, y a riesgo de sacar conclusiones precipitadas, mucho me temo que el techo del sótano se le ha venido encima.
MENDIGO: Oiga, amigo, ¿qué quiere decir con eso? ¿Que he muerto y ahora soy un ente incorpóreo?
FANTASMA: Hombre, si no, iba usted a estar hablando con un fantasma y un demonio por los cojones.
DIABLO: Es un alivio, la verdad.
MENDIGO (al demonio): Oiga, su madre bien, ¿no?
DIABLO: No me ha entendido. Lamento mucho su situación personal, pero lo cierto es que este nuevo giro de los acontecimientos simplifica mucho las cosas.
MENDIGO: Hable por usted. A mí morirme hoy me viene como el culo. Esta tarde había quedado con una chavala, ¿sabe? No es que sea un bellezón, pero al menos conserva más dientes que todas las mujeres con las que he salido en los últimos tres años juntas. ¿De qué se sorprenden? Un hombre en mi posición no puede aspirar a mucho más. ¿Acaso creen que sujetarme los pantalones con una cuerda de tender la ropa es una excentricidad mía?
DIABLO: No le estamos juzgando.
MENDIGO: Oiga, amigo, usted parece un tipo influyente. ¿Con quién hay que hablar para retrasar el momento de mi partida? Entiéndame, no soy un iluso; sé que una edad avanzada no es la causa de defunción más común entre los de mi gremio, pero ¿cómo podía saber yo que iba a morir de una manera tan miserable?
FANTASMA: Quizá el cordón policial y el cartel “Cuidado. Peligro de derrumbe” deberían haberle servido de indicativo.
MENDIGO: Mire, quizá no sea mi cualidad personal más admirable, pero soy un alcohólico; tal vez haya oído usted hablar alguna vez de nuestra comunidad. Entre nuestras particularidades más destacadas se encuentra la tendencia a infravalorar las situaciones de riesgo.
FANTASMA: Oiga, amigo, ya está hecho, ¿verdad? ¿Por qué no piensa en positivo? Alégrese de que no haya sido peor; un hombre como usted podría haber muerto en llamas.
MENDIGO: ¿Ha terminado ya de pisotear mi dignidad?
DIABLO: ¡Ejem! Escuche, caballero, el proceso es irreversible.
MENDIGO: La madre que me parió. Quién me mandaría a mí mudarme a esta mierda de caserón. Si ya me lo decía mi hermano: “Vaya, ahora al señorito no le basta con estrenar una caja de cartón nueva todas las noches”. ¡Mierda! Y pensar que ahora el cabrón estará durmiendo tan tranquilo debajo de una barca en la playa… Aah, lo tengo bien merecido. Siempre me han considerado el pijo de la familia, ¿saben?
FANTASMA: ¿Quiere dejar de quejarse de una puñetera vez? No es el único que lo está pasando mal. A mí pretenden echarme de aquí y mandarme… (al DIABLO) ¿A dónde se supone que tengo que ir ahora?
DIABLO: De momento, a seguir cumpliendo su condena en el Infierno. Pero podemos trasladarle al Purgatorio por buena conducta en un par de siglos.
FANTASMA: El Infierno, el Purgatorio… ¿Cuál es la diferencia?
DIABLO: Para empezar, en el Purgatorio no le verterán plomo fundido por el ojete a las tres de la tarde.
FANTASMA: ¡¿A las tres de la tarde?! ¡¿Qué mierda de hora es esa para derramar plomo fundido por el ojete de nadie?!
DIABLO: Mire, los demonios no estamos para hacer más placentera la estancia de sus inquilinos en el Infierno; seguro que lo entiende.
MENDIGO: ¿Y yo qué tengo que hacer? Bien sabe Dios que no he sido una criatura ejemplar, pero si pudiera evitarme un mal trago… Soy muy quisquilloso con todo lo que se refiere a mi conducto anal, ¿sabe?
DIABLO: Eeeh, bueno, en realidad su situación no es asunto mío, pero ha muerto de una manera violenta, y supongo que tendrá que esperarse por aquí un rato hasta que llegue un agente de las huestes celestiales, que acto seguido lo acompañará a Tribunal Superior de Justicia Divina.
MENDIGO: ¡Pero, hombre, deme un respiro! ¡Que acabo de morir de una forma horrorosa y ahora va y me dice que me tienen que llevar a no sé qué juzgado!
DIABLO: Como ya le he dicho, ese no es mi problema, señor mío.
(Baja volando del cielo un ÁNGEL que aterriza junto al DIABLO con singular donaire).
ÁNGEL (consultando unos papeles): Buenos días. ¿Quién de ustedes es Serafín Trinquete Rebolledo?
MENDIGO: Un momento, que voy a avisarlo. (Se da la vuelta hacia el interior de la mansión). ¡Serafiiiiiiiín! ¡Preguntan por ti! (Se vuelve hacia el ÁNGEL) No se impaciente, que en seguida sale. (Se vuelve hacia el interior de la casa) ¡Serafín, coño, que un tipo con alas te anda buscando!
ÁNGEL: ¿Es usted Serafín Trinquete Rebolledo?
MENDIGO: Eeeh, sí, sí. Lo que queda de él.
ÁNGEL: ¿Y acaba de morir de una manera trágica y repentina?
MÉNDIGO: Sí, ha sido muy trágico y repentino todo. Todavía estoy de los nervios. No tendrá usted a mano un ansiolítico, por casualidad.
ÁNGEL: Soy un ángel. Mi sola presencia debería bastar para tranquilizarlo.
MÉNDIGO: Oiga, amigo; no lo he visto a usted en mi vida. ¿Quién me dice que no va a intentar violarme de camino al Cielo o a donde cojones me lleve?
DIABLO: Oh, no se preocupe por eso; es asexual.
ÁNGEL (fulminando al DIABLO con la mirada): ¡¿Y eso a él qué coño le importa?!
MENDIGO: Pues, mire, da la casualidad de que me interesa muchísimo.
ÁNGEL: Mire, no tengo todo el día, ¿sabe?
(Aparece un intertítulo en blanco sobre fondo negro con el lema “Dos horas después”, mientras suena una musiquilla de ascensor tipo bossa nova: Pi-piribi-pipi… o así. Volvemos al exterior de la mansión, donde a los cuatro actantes anteriores se les ha sumado DIOS, un tipo con túnica y larga barba blanca).
DIOS (a nadie en particular): Total, que le dije: “Adán, macho, la has cagado”…

lunes, 30 de junio de 2014

Prólogo a ¿Dónde vas con la tostadora?

"Esto no es una tostadora, es un salchichón. A mí no me la cuela usted", célebre obra de Rene S'appuyer à la Tomate. 


Por Quintín Caralho

Cuando la Editorial Vasectomizado e Hijos me llamó para ofrecerme prologar este libro, mi primera reacción fue cortarme con la maquinilla de afeitar. No esperaba ninguna llamada a esas horas, y lo primero que pensé fue que mi madre se había caído por las escaleras. Afortunadamente, se trataba de mi viejo amigo Mario Pucherillo, editor visionario, conciudadano tolerable y novelista perezoso (Las farolas y las piezas dentales [1995], Súbete a la acera, que te va a pillar un coche [2003]). No creo que sea preciso recalcar la tremenda satisfacción que supone para mí escribir el prólogo de esta nueva edición de ¿Dónde vas con la tostadora?, una de las obras mas inclasificables de Clotildo Tamboril. Como es de conocimiento público, la publicación de su primer libro de relatos (El perro que me miró como si me conociera de algo y otros cuentos) pasó bastante desapercibida al principio, sobre todo porque salió a la venta el mismo día que estalló la Guerra Civil Española. Tamboril culpó al Bando Nacional de la escasa repercusión de su libro; llegó incluso a escribir una carta dirigida al mismísimo Franco en la que se mostraba indignadísimo (“Ya podía haberse esperado un mesecito para sublevarse, que me ha hecho usted la puñeta”, llega a espetar en la cuarta página de la misiva). Esta recriminación sentó como un tiro al Generalísimo, que en seguida emitió una orden de fusilamiento. Como la carta venía sin remitente, la Guardia Civil tardó dos meses en localizar el domicilio de Tamboril, pero, para entonces, el escritor ya había huido a Francia. Los detalles de su fuga han pasado a la Historia y son dignos de una genuina novela de espías: El autor consiguió que un piloto anarquista amigo suyo accediera a llevarlo como pasajero en su avioneta a condición de que, una vez cruzada la frontera, Tamboril lo invitara a desayunar alguna especialidad de la tierra (este episodio inspiró un de los relatos contenidos en el presente libro, “…y una baguette de foie barato para mi amigo”). Creyéndose a salvo de la persecución fascista, el destino jugó a Tamboril una mala pasada: una vez instalado en la cabina y rumbo a Francia, Tamboril se acomodó descuidadamente en su asiento, con tan mala fortuna que pulsó sin querer el botón de eyección. Los que fueron testigos de su aterrizaje en Tarragona recordarían el episodio durante años. Era la primera vez que algunos veían a un paracaidista; otros, en cambio, habían visto a un paracaidista con anterioridad, pero jamás a uno tan abochornado. Finalmente, Tamboril realizó lo que le restaba de trayecto escondido en las alforjas de una mula. Una vez en Francia, el autor no tardó mucho en causar estupor entre la élite de las vanguardias artísticas europeas, tanto por su talento literario como por sus costumbres exóticas, entre las que sobresalía la de orinar en un portal a plena luz del día sin mostrar signos de vergüenza o arrepentimiento. Los surrealistas acogieron con entusiasmo en su seno a Tamboril y le dejaron elegir litera, para disgusto de Louis Aragon, que llevaba meses durmiendo en la de arriba y ya le había tomado el gustillo. De estos primeros años en el exilio destacan el poemario Esta noche, las estrellas brillan (por su ausencia), dotada de un descorazonador patetismo; las obras de teatro Al General no le sienta bien el sombrero, La vida sería bella si estuviera mejor alicatada y Aquella croqueta en concreto (conocidas en su conjunto como la Trilogía con Poco en Común); su única novela, Tócame los hematomas (la desgarradora historia de un masoquista tímido), y, por supuesto, esta ¿Dónde vas con la tostadora? que tiene usted entre sus manos. Cénit literario de Clotildo Tamboril, ¿Dónde vas con la tostadora? reúne una aparentemente caótica selección de poemas, relatos, ensayos, obras teatrales de un acto, disertaciones filosóficas, cartas y hasta una hoja de reclamación (la despiadadamente mordaz “¿Pilas incluidas? ¿Incluidas, dónde?”). Entre las joyas de esta colección no precisamente escasa de ellas, podemos encontrar el que quizá sea el relato más conocido de su autor, “Mademoiselle Francine se encuentra en casa”, donde el innominado protagonista visita cada tarde a la Francine del título, creando en ella (y en el lector) la falsa impresión de que su amigo alberga algún tipo de interés romántico, cuando en realidad lo único que le interesa es el excelente queso de bola que Francine guarda en su alacena y que saca en contadas ocasiones. Este brillante cuento ha suscitado diversidad de opiniones entre los estudiosos de la obra de Tamboril: Para el crítico Leocadio Colgandero, “Mademoiselle Francine se encuentra en casa” es una parábola sobre la Guerra Civil, opinión que encaja a la perfección con su afamada teoría según la cual toda la literatura escrita por españoles en el exilio durante los años de la Guerra Civil, trata sobre la Guerra Civil.  Sin embargo, el catedrático Elíseo Cataplínez desecha la teoría de Colgandero y expone que el relato deja traslucir la nunca demostrada inclinación homosexual de su autor, opinión que se ajusta a su teoría según la cual todos los escritores son homosexuales. Por otra parte, una gran mayoría de analistas coincide en que, seguramente, el día que Tamboril escribió el cuento no tenía un triste trozo de pan duro que llevarse a la boca y, a lo mejor, hasta le dio un poquito de fiebre. Lamentablemente, poco más dio de sí la obra de un hombre llamado a convertirse en un grande de las letras hispánicas; las musas todavía lloran al recordar aquel aciago día, en plena Plaza Pigalle, en que un rinoceronte confundió a Clotildo Tamboril con un sofá de dos plazas.

PESADILLO Por Clotildo Tamboril

Se levantó de la cama con dificultad, se dirigió al baño y se miró al espejo. Las ojeras le llegaban hasta la barbilla. Aquella noche, cuando se quedó dormido, soñó con un desconocido que se paró delante de él y le gritó “¡Despierta!”. Acto seguido el tío le arreó un sopapo, momento en el que despertó sobresaltado. Cada vez que lograba conciliar el sueño, aparecía el mismo tipo que le gritaba y le arreaba. No había pegado ojo en toda la noche. Se echó a llorar delante del espejo, corroído por la angustia.

ENCONTRÉ UN PICAPORTE BAJO EL SILLÓN Por Clotildo Tamboril

            -Tú sigue, sigue tirando patatas fritas al suelo –me espetó Marcel.

Me quedé perplejo. Aquella tarde estaba muy susceptible a causa del desplante de Juliette. Todo por su mala cabeza; si se hubiera dado cuenta de lo arrugados que estaban los faldones del chaqué, quizá…

jueves, 19 de junio de 2014

¡¡El Agente 0’05 llama a su mujer desde Estambul!!


INT. HABITACIÓN DE HOTEL. DÍA.
Una elegante habitación de hotel, preparada para recibir a un nuevo huésped. El inodoro está precintado, aunque nosotros no lo podemos ver; crean en nuestra palabra. Se abre la puerta y entra ¡CEROCOMACEROCINCO, el más discreto de los agentes del Servicio Secreto! El agente arrastra sus maleta con ruedas hasta el centro de la habitación y suelta su chaqueta sobre la cama. Tiene la camisa empapada de sudor y se nota que se acaba de aflojar la corbata en el ascensor. Se dirige hacia el teléfono y marca un número. La línea suena unos segundos hasta que alguien descuelga al otro lado.

ANGIE (off): Residencia del agente secreto Cerocomacerocinco y su esposa Angustias Míguez.
CEROCOMACEROCINCO: Angie, soy tu marido. ¿Te has parado a estudiar con detenimiento alguna vez el nombre de mi profesión? “Agente secreto”. La clave está en la palabra “secreto”.
ANGIE (off): Ay, hijo, perdóname por ir por ahí presumiendo de ti. ¿Qué quieres que le diga a la gente que eres? ¿Agricultor?
CEROCOMACEROCINCO: Funcionario. Ya lo hablamos la última vez.
ANGIE (off): Eso ya se lo dije el mes pasado a la Ramona, la de la frutería. ¿Te lo conté? Creo que te lo conté. Y la Ramona dijo, “¿Qué clase de funcionario? Porque hay muchas clases de funcionarios: Policías, médicos, maestros, esos que repintan los pasos de cebra y le cambian las bombillas a las farolas…”. Me puse nerviosa y le dije que de esos últimos. Ahora todo el barrio cree que te dedicas a repintar pasos de cebra y a cambiar las bombillas de las farolas. Y me da mucha rabia, por eso al teléfono digo tu verdadera profesión. Lo malo es cuando estás de viaje. Hace dos semanas, cuando atrapaste a ese líder terrorista, ¿te acuerdas? Virtudes la del quinto vino a cobrar la comunidad y me preguntó por ti. “Está repintando pasos de cebra en Kazajistán”, le tuve que decir. Ahí estuve rápida; le conté que formabas parte de un tratado internacional de intercambio de repintores de pasos de cebra. ¿Se dice “repintores” o “repintadores”? Porque si el que pinta es un pintor, y no un pintador, el que repinta será un repintor, vamos, digo yo.
CEROCOMACEROCINCO (masajeándose con dos dedos el tabique nasal): Angie, mira, acabo de llegar al hotel…
ANGIE (off): ¿Qué tiempo hace en Estambul?
CEROCOMACEROCINCO: Mucho calor. Estoy chorreando de sudor. Oye…
ANGIE (off): Ahora te quitas los zapatos y metes los pies en agua con sal, que si no se te hinchan que da susto verlos. ¿Tienen bidés en Estambul?
CEROCOMACEROCINCO: Cariño, ¿me quieres escuchar?
ANGIE (off): Ay, hijo, qué ciezo te pones. Dime.
CEROCOMACEROCINCO: Mira a ver si me he dejado el cargador del móvil en la mesita de noche.
ANGIE (off): ¿El del móvil tuyo o el del trabajo?
CEROCOMACEROCINCO: El del trabajo. No he mirado en la maleta, pero me da la impresión de que se me ha olvidado meterlo.
ANGIE (off): Espera que lo mire, que tengo el ilalámbrico… ilarámbrico…
CEROCOMACEROCINCO: Inalámbrico.
ANGIE (off): Iralámbrico.
CEROCOMACEROCINCO: I-na-lám…
ANGIE (off): Ah, mira, sí, aquí está. Te lo has dejado aquí, sí.
CEROCOMACEROCINCO: Mierda.
ANGIE (off): ¿Te hace mucha falta?
CEROCOMACEROCINCO: Pues claro que me hace mucha falta.
ANGIE (off): ¿Y no le sirve el cargador de tu móvil?
CEROCOMACEROCINCO: No, no le sirve. El móvil de empresa es un nuevo modelo de prueba desarrollado por nuestro Departamento de I+D+i.
ANGIE (off): ¿Y el italiano ese no te puede mandar otro cargador por correo certificado?
CEROCOMACEROCINCO: ¿Qué italiano?
ANGIE (off): El italiano ese del departamento. ¿Cómo has dicho que se llama? ¿Ildemassi?
CEROCOMACEROCINCO: ¡Qué Ildemassi ni qué cojones! ¡Yo he dicho Departamento de I-más-De-más-i!
ANGIE (off): ¿Y eso qué es?
CEROCOMACEROCINCO: Pues… (Suspira) El laboratorio.
ANGIE (off): Los que construyen los cacharritos.
CEROCOMACEROCINCO: Equilicuá.
ANGIE (off): Pues vaya plan. Y, oye, ¿el móvil tuyo no te hace el avío?
CEROCOMACEROCINCO: Pero cómo me va a hacer el avío, mujer. Si el móvil de empresa tiene rayos X, infrarrojos, ultravioleta, láser…
ANGIE (off): Uy, el láser; no me lo recuerdes.
CEROCOMACEROCINCO: ¿Qué pasa?
ANGIE (off): No te lo iba a contar, pero es que me cuesta mucho guardar un secreto.
CEROCOMACEROCINCO: No me jodas.
ANGIE (off): El otro día te cogí el móvil del trabajo para llamar a mi madre.
CEROCOMACEROCINCO: ¿Qué?
ANGIE (off): La batería del mío se estaba cargando, y cogí el tuyo. Salí a hablar al balcón, ¿sabes? Para fumarme un cigarrito, porque como no te gusta que la casa huela a tabaco…
CEROCOMACEROCINCO: Abrevia, Angie.
ANGIE (off): Total, que cuando terminé de hablar con mi madre fui a colgar, y no sé a qué le di, que le pegué fuego al toldo.
CEROCOMACEROCINCO: ¡Me dijiste que había sido un tío con una bengala!
ANGIE (off): No. Fui yo con el láser. Perdona, Cerocoma.
CEROCOMACEROCINCO (se pasa la mano por la cara): Bueno, no pasa nada. Lo hecho, hecho está. Pero no vuelvas a toquetear mí móvil de empresa, ¿de acuerdo? Es un arma ultratecnológica peligrosísima.
ANGIE (off): Te juro que yo no he estado toqueteando el móvil. Solo aquella vez del toldo. Y, bueno, cuando me descargué la aplicación esa que suena como un pedo.
CEROCOMACEROCINCO: ¡¿Fuiste tú?!
ANGIE (off): Uy, qué alto se te escucha ahora.
CEROCOMACEROCINCO: ¡No se me escucha alto! ¡Estoy gritando!
ANGIE (off): ¿No te hizo gracia?
CEROCOMACEROCINCO: ¡Uy, una gracia que te cagas! Estaba intentando pillar a un importante traficante de armas cerrando un trato con un político corrupto y, en vez de una foto acusadora, les tiré un cuesco. No veas qué risa.
ANGIE (off): ¿Estás disgustado?
CEROCOMACEROCINCO (suspira): No, no estoy disgustado… Bueno, sí estoy disgustado, pero no por lo del toldo, ni porque me hayan prohibido la entrada a la Embajada de Ruanda por culpa del puto pedo. Es por mi mala cabeza. Necesito el móvil para infiltrarme en la guarida secreta de Octavius Starkweather.
ANGIE (off): ¿Ese quién es?
CEROCOMACEROCINCO: Octavius Starkweather. Mi archienemigo. Te he hablado de él cientos de veces.
ANGIE (off): ¿Ese que es calvo?
CEROCOMACEROCINCO: El calvo, sí.
ANGIE (off): ¿Y por qué no te compras un mono?
CEROCOMACEROCINCO: Angie, ¿te has vuelto loca, o estás manteniendo una conversación paralela con un organillero?
ANGIE (off): No me has entendido; me refiero a un mono de trabajo. Te compras un mono, te plantas en la guarida secreta, y les dices a los guardas que vienes a cambiarles las bombillas. Cómprate también si eso un bigote postizo, para que no te reconozcan. Se me acaba de ocurrir.
CEROCOMACEROCINCO: Sí, como estratega te vamos a contratar en el Servicio Secreto, no te jode.
ANGIE (off): Ay, hijo, es que nunca estás conforme con nada. Te he metido el pijama de algodón en la maleta, ¿lo has visto? Como, según tú, el de franela te da picores…
CEROCOMACEROCINCO: Sí, bien, mira, Angie, te llamo luego, ¿vale? Voy a deshacer el equipaje, meterme en la ducha, y después voy a llamar a Arbogast, que se va a poner hecho un verraco cuando le cuente lo del cargador.
ANGIE (off): Bueno, cena ligerito, ¿eh? Y nada de martinis con vodka, que al principio muy bien, pero luego te sientan como un tiro.

martes, 17 de junio de 2014

El Sr. X y el sitio del piano

Algunos de sus conocidos aseguran que rastrear la pista de algún tipo de aspiración temprana en el periplo vital del Sr. Fulano Equis supondría una tarea abocada al fracaso, y, a todas luces, mortalmente aburrida. Aspiración, Ambición, incluso Inspiración, son conceptos demasiado grandes y blindados para el Sr. X, que además siente cierto recelo por las palabras acabadas en “ón”, terminación que invariablemente trae a su excitable cerebro imágenes de columnas de mármol lloviendo del cielo para clavarse en el asfalto. Sin embargo, existió una época en que podían hallarse unas manidas migajas de inquietud en su interior, migajas que con los años serían fácilmente sacudidas del mantel de sus pretensiones con la ayuda de una mesa de despacho y varios kilos de albaranes. Durante un breve periodo de tiempo (demasiado breve como para permitir la germinación de una semilla de ilusión en esa tierra baldía que el Sr. X llamaba caritativamente “años de juventud”), el Sr. X mostró cierto interés por los pianos; no en tocarlos, ya que sentía una visceral aversión por las notas musicales desde que una vez a los tres años de edad pisó sin querer una bocina afinada en clave de fa, sino en moverlos. El Sr. X tenía la impresión de que estuviera donde estuviera colocado un piano, siempre quedaría mejor en otro sitio. Quizá unos centímetros a la izquierda, quizá más cerca de la pared, quizá más alejado del sofá; por norma general, estaba convencido de que la ubicación de un piano siempre era susceptible de mejorar. El Sr. X vio su primer piano a los diez años de edad, en casa de su tía Carlota. Nunca del todo consciente de la existencia de otros seres vivos a su alrededor, sin embargo el Niño X tenía a bien tratar con condescendencia a su tía Carlota, porque se decía a sí mismo que un niño como él merecía tener una tía llamada Carlota (un nombre intolerable para una madre), y porque su tía y él tenían una manera de pensar con algunos puntos en común: los dos coincidían en que el chocolate no aportaba nada digno de mención al correcto desarrollo de un infante y en que las corbatas no eran incompatibles con los pantalones cortos. Pero había un asunto sobre el que el Niño X  y su tía discrepaban, asunto que sería conocido en años venideros como La Polémica de la Sala del Piano. Para empezar, al Niño X le irritaba profundamente la denominación “Sala del Piano”. Solo se llamaba “La Sala del Piano” porque había un piano dentro, y el Niño X sabía de buena tinta que, antes de la llegada del piano, en la misma estancia reposaba un clavicordio, y que la sala era llamada en ese pasado remoto “La Sala del Clavicordio”. Según la particular organización mental del mundo del Sr. X, el nombre de las habitaciones de un hogar debe determinar para siempre su uso. Cuando compras una casa vacía, opina el Sr. X, y dices “Este será el cuarto del niño”, ese debería ser para siempre el cuarto del niño, y detesta cuando los hijos de sus conocidos se independizan y “El Cuarto del Niño” pasa a ser “La Salita”, “El Despacho” o “La Habitación de Planchar”. Para el Señor X, son tales incongruencias las que conducen sin remedio a la Humanidad hacía la entropía y, finalmente, al derrumbe de la civilización tal como la conocemos. Por otro lado, el piano que ocupaba la mal llamada “Sala del Piano” estaba demasiado cerca de la ventana, según el criterio del Niño X, y así se lo trasladó a su tía Carlota. Su tía Carlota le dijo que fuera a jugar con los hijos de los vecinos, respuesta que el Niño X tomó por un intento de desviarse del tema y, por lo tanto, como una silenciosa pero inequívoca asunción por parte de su tía de su incapacidad para colocar con acierto un piano dentro de una habitación. El Niño X volvió a la sala y contempló el piano con algo parecido a la repugnancia. El instrumento hacía gala de la típica arrogancia del piano medio, esa insoportable altivez del piano que sabe que no va a ser trasladado, ese “Hacen falta por lo menos tres adultos para arrastrarme siquiera unos centímetros”. La memoria del Sr. X es un terreno admirablemente acondicionado para todo tipo de resquemores que deseen echar raíces, así que La Polémica del Sitio del Piano se acomodó en la zona sin mayor dificultad. El día después de finalizar sus estudios de enseñanza secundaria, el Sr. X se acercó a la oficina de empleo y pretendió postularse como demandante de un puesto de trabajo llamado Asesor de Ubicación de Pianos. La funcionaria que atendió al Sr. X le dijo que tal oficio no existía, pero que les acababa de llegar una oferta que solicitaba a un Técnico Especialista en Soplar Detrás de las Orejas. Como tantas otras veces en su vida, el Sr. X fue incapaz de dilucidar si su interlocutora estaba hablando en serio, y se marchó de la oficina desolado. Mucho tiempo después, ya instalado en su cómodo puesto de anexo a un archivador, y casi completamente olvidada su virulenta disposición a mover pianos de sitio, el Sr. X estuvo a punto de sufrir un vergonzoso arranque de nostalgia cuando contempló a un equipo de mudanzas subir un piano al ático de un edificio con ayuda de una polea. No era el único transeúnte que había detenido en seco su errático deambular para observar tan inusual espectáculo, pero seguro que era el único que se preguntaba si sus propietarios sabrían encontrarle al instrumento la ubicación adecuada. ¿Estaría lo suficientemente centrado dentro de la habitación? ¿En el ángulo correcto respecto de la puerta? ¿Fuera del alcance de los miserables rayos ultravioleta cuando el sol se encontrara en su cénit? “No, por supuesto que no”, dijo para sí el Sr. X, aunque en su fuero interno sabía que nunca podría saberlo con certeza, pensamiento fugaz que rescató en exclusiva para su alma el eco de un escozor lejano, como el dolor que a veces sienten los amputados en el miembro que les falta. Por su parte, la multitud que se arremolinaba en la calle esperaba que de un momento a otro el piano se desprendiera de la polea y cayera a la acera como si fuera un gigantesco e inmisericorde “ón”. El Sr. X, algo cabizbajo, dirigió sus pasos hacia la panadería, porque siempre había pensado que lo mejor que se puede hacer con una multitud es alejarse de ella.

miércoles, 11 de junio de 2014

El Plan B del demonio inexperto


           Para impresionar a su jefe, el miembro más joven de las huestes infernales (a quién llamaremos “Andrés” para proteger su verdadera identidad) se propuso poseer un cuerpo mortal antes del mediodía. No tenía ninguna experiencia en el tema y, descartando los objetivos habituales de tales menesteres, niñas de doce años y sacerdotes en plena crisis de fe, se decidió por un mendigo notoriamente conocido en el barrio por su obcecado desapego a eso que la mayoría de sus conciudadanos había convenido en llamar “realidad”. Podríamos decir que durante los primeros días la empresa se saldó con un fracaso absoluto; el mendigo en cuestión ya se convulsionaba y vomitaba bilis con bastante eficacia sin ayuda de ningún demonio poseedor. Por otro lado, las costras y escarificaciones que empezaron a adornar su ya demacrado rostro fueron tomadas por sus respetables vecinos como señales inequívocas de lepra o de peste negra. Andrés cayó en la cuenta de que sus diabluras estaban pasando bastante desapercibidas tanto en este mundo como en el de abajo, así que el sexto día resolvió cambiar de táctica: Condujo el cuerpo poseído del mendigo hacia una cabina de teléfonos, aclaró dentro lo humanamente posible el timbre aguardentoso de su voz, marcó el número de un importante periódico que apoyaba al partido político en la oposición y, con una dignidad inusitada en un hombre que cinco minutos antes estaba buscando comida en la basura, se expresó con estas palabras:
            -Señores, tengo en mi poder una información confidencial referida al presidente de la nación que puede resultarles de sumo interés.
            A partir de ese momento, el ascenso del joven demonio fue fulgurante.

lunes, 9 de junio de 2014

Postales desde la tasca de enfrente (No, la de al lado de la farmacia, no. La que hace esquina. Esa.)

Estimados aficionados al abuso de la absenta y a la consiguiente inflamación del alma:
El Departamento de Bellas Artes, Artes que No Están Mal, Artes por Llamarlas de Alguna Manera y Artes que Estarían Mejor con una Bolsa en la Cabeza de Un beso de buenas noches de mil demonios tiene el privilegio de ofrecerles una selección de fotomontajes pertenecientes a la exposición Postales desde la tasca de enfrente (No, la de al lado de la farmacia, no. La que hace esquina. Esa.), del artista italiano Giancarlo Pelucci. Pelucci, de setenta y dos años, ha sido nombrado recientemente "Artista Emergente Más Viejo del Año" por la prestigiosa revista Harticultura, dedicada a las disciplinas creativas realizadas con productos de la huerta. "En mi primera época utilizaba un manojo de cebollinos a modo de pincel", revela Pelucci en una entrevista incluida en la citada publicación. "Tenía doce años, y eran unos cuadros un tanto naif, me temo. Realicé toda una serie dedicada a la masturbación; se podría decir que era mi tema recurrente en aquella época. De estilo abstracto, naturalmente. No quería que mi madre se diera cuenta". Y continua: "Mi madre hacía los mejores linguini del mundo, pero, gracias a Dios, no se le daba bien captar el subtexto de una obra artística. Un día, ante uno de mis cuadros, me preguntó si le había puesto título. Le respondí que se llamaba El primer día de primavera, lo cual no era del todo cierto. El título completo era Este soy yo, acariciándome la pirola el primer día de primavera". En otra parte de la entrevista, un poco más abajo y a la izquierda, el artista relata que, "Un crítico de arte amigo de la familia accedió a echar un vistazo a mis cuadros a petición de mi padre. Fue entonces cuando recibí mi primera alabanza; el tipo dijo que mi obra dejaba vislumbrar una sensibilidad poco frecuente en un niño de tan corta edad.  Una hora después cambió súbitamente de opinión, cuando descubrió que le había introducido una rata muerta en un bolsillo del gabán". Pelucci pasó su infancia y adolescencia en Florencia, y la mayor parte de su vida adulta en la cárcel. "He de reconocer que nunca he sido un gran entendido en arte. Solía frecuentar la Galería Ufizzi en mi juventud, sobre todo para comprobar qué cuadros estaban torcidos. Cierto día me encontraba delante de El Nacimiento de Venus, de Botticelli, y después de contemplarlo durante media hora larga, llegué a la conclusión de que algún imbécil lo había colgado mal. Como no encontré cerca a ningún empleado del museo, decidí corregir el ángulo yo mismo, con tan mala fortuna que el cuadro se me vino encima y el lienzo se rasgó. Allí estaba yo, con la cabeza asomando a través de una de las grandes obras maestras de la pintura del siglo XV", recuerda Pelucci, abochornado. "Los carabinieri fueron muy desagradables conmigo. Me dijeron cosas del tipo '¿Qué, querías verle de cerca la concha a la Venus?'. Muy deprimente todo". Durante su larga estancia en prisión, Pelucci se mantuvo alejado del arte. "Yo quería olvidar todo ese mundo, pero no me fue fácil, sobre todo al principio", afirma. "Dentro de la cárcel encontré demasiadas tentaciones, y algunos de mis compañeros eran muy crueles. Había uno que solía acercarse a mí en le patio y decirme, 'Eh, Pelucci, ¿por qué no echas un vistazo a estos grabados de Goya? Son unos facsímiles muy buenos. Venga, hombre, si lo estás deseando. ¿Qué puede pasar?'. Afortunadamente, con el paso de los años dejé atrás mi pasado. Como todo el mundo, por otra parte", dice suspirando. "La llama del arte se volvió a reavivar en mi interior mucho tiempo después, cuando asistí a un curso de Windows que me impuso mi agente de la condicional", afirma el artista con un brillo de satisfacción detrás de las legañas. "Los fotomontajes me han ofrecido una nueva forma de expresar mis inquietudes artísticas. Mis viejas manos están demasiado entumecidas para agarrar con firmeza un manojo de cebollinos". Los textos de las obras que hemos seleccionado para ustedes han sido adaptados al castellano muy libremente por nuestro colaborador Ganímedes Pisto, que, aunque está especializado en ruso, posee algunas nociones de italiano, debido a que una vez fue increpado por el chef de una trattoria por atreverse a criticar la textura de su salsa boloñesa.