jueves, 7 de mayo de 2020

De cómo el Nuevo Mesías llegó a su casa y no pudo ni echarse un rato

La de babear el sofá es nuestra modalidad favorita de siesta

El Apocalipsis según se mire. Capítulo 39.

Extraído del borrador de Evangelio según el Narrador Omnisciente:

Y aquel al que llamaban Nuevo Mesías contempló su viejo hogar tiempo atrás abandonado y proclamó:

—Valiente mierda.
—¿Como que “Valiente mierda”? —se quejó el Narrador Omnisciente—. ¿En qué parte de los Evangelios has visto tú que Jesús-El-Cristo dijera algo parecido a “Valiente mierda”?
—Oye, a lo mejor es que Jesús-El-Cristo jamás pisó una boñiga en público —me defendí mientras me limpiaba la suela de la bota con un aviso de recogida de ropa usada—. Y eso que veo harto improbable que en Galilea los parroquianos se preocuparan de recoger los excrementos de sus bueyes de la vía pública. Además —proseguí—, ¿qué te he dicho yo acerca de censurar mi Palabra?
—Bueno, bueno, no me calientes la cabeza. Es que me parecía importante mantener una continuidad estilística con las dos primeras partes —razonó el Narrador—. Por cierto, no habrás pensado en el nombre que le vamos a poner a esto, ¿verdad?
—En principio había pensado titularlo “¿Conoce usted su ojete?” Al menos como nombre de trabajo, aunque no lo descarto como título definitivo. No me irás a decir que no resulta llamativo.
—Sí, hombre; pero imagínate la nueva edición de las Sagradas Escrituras: Antiguo Testamento, Nuevo Testamento, y ¿Conoce usted su ojete?
—¿Y qué tal “La Biblia 2”? Y debajo del título, en chiquitito, “Dios ataca de nuevo”, o algo así.
—Debajo, en chiquitito… Te refieres al subtítulo, ¿no?
—¿Qué? No, no. ¿Para qué necesitamos subtítulos? Yo creo que “Dios ataca de nuevo” se entiende perfectamente. A no ser que le pongamos, no sé, “Dios Forever” —seguí divagando—. Que, oye, no está mal. Aunque lo mismo quedaría mejor para la tercera parte. “La Biblia 3. Dios Forever”. Suena de la hostia. Debajo, así en chiquitito. Y nada de letras doradas sobre tapas negras; una foto del Creador retocada con Fotochops de ese, para que no se le transparenten los pezones a través de la túnica.
—Sí, sí, muy comercial todo —convino el Narrador—. Aunque no sé qué pensará el Altísimo de todo esto. Las propuestas excesivamente creativas le producen taquicardia.
—No te preocupes, esta le encantará. Ya verás lo contento que se pondrá cuando se vea firmando ejemplares del libro en un centro comercial rodeado de fans, como a Él le gusta.
—D-disculpen la interrupción, señores —dijo Uriel—. Pero es que siento una presión aquí, en el bajo vientre… Si pudiéramos entrar en la casa…
—Anota eso, Narrador. “Uriel, primer apóstol del Nuevo Mesías y antiguo arcángel, se estaba meando la pata abajo”.
—¿Te importaría no interferir en mi trabajo? —dijo el Narrador—. Tú dedícate a salvar almas, que es lo tuyo, y déjame a mí el Evangelio.
Mientras nos acercábamos a mi vieja mansión señorial fui testigo de una escena sorprendente: Un tipejo bajito, con gafas y traje de espiga marrón, salió de detrás de un seto y rompió la ventana que da al vestíbulo de una pedrada.
—¡Salid, cabrones! ¡No escaparéis de la ira del Infierno! —exclamó el mamarracho.
Antes de que pudiera decir nada más le metí un cogotazo que por poco me lo cargo.
—¡Coño! —dijo mientras caía al suelo.
Proseguí diligentemente con un surtido de patadas en las costillas.
—¡Oiga! ¡Oiga! —protestaba el tipejo—. ¡Esto es un atropello!
—¡Hijoputa! —Levanté al fantoche por las solapas— ¿Qué pretende rompiendo las ventanas de mi casa?
—¡Quítame las manos de encima, apestoso encubridor!
—Ah, señor. Es usted —dijo Jean-Claude asomándose a la ventana.
—Jean-Claude, ¿has visto antes a este tipo? —dije soltando al nota.
—Me temo que sí, milord. Lleva toda la semana llamando al timbre para después salir corriendo —explicó mi leal mayordomo.
—¡Temblad ante la insoportable insistencia de mi asedio! —berreó el tipo.
—¿Pegar al timbre y salir corriendo es tu idea de un asedio? —pregunté.
—¡Terminaréis suplicando clemencia! —gritó el tipejo, al que propiné una colleja—. ¡Pero, coño, qué manos tan largas tiene usted!
—Anda, tira p’alante, que me tienes contento. —Y empujé al tipo hacia la puerta.
—¡Ja! ¡No sabes lo que haces metiéndome en tu casa! ¡Soy un demonio! ¡Os voy a arrastrar a todos al Infierno!
—Que sí, hombre, que sí, lo que tú digas.
Jean-Claude nos abrió la puerta. El tipejo se introdujo en la casa de un salto.
—¡Aja! —dijo señalando al Poli Cabrón, que llevaba una de mis batas—. ¡Aquí está mi presa!
—Hombre, el tonto del timbre —dijo el Poli Cabrón.
—¡Tú no sabes quién soy yo! ¡Te voy a sodomizar! ¡Te voy a poner la piel del revés! ¡Te…!
—¡¡¡Tú!!! —exclamó el Poli Cabrón al verme aparecer.
—¿Y a quién esperabas, viejo amigo? ¿A Walter Devonshire? —Un herrero inglés del siglo XVII al que no conocía ni su puta madre—. Yo también me alegro de verterrrrrrrgggggglllll…
—Oiga, ¿le importaría dejar de estrangular a su compadre mientras lo amenazo con terribles tormentos? —sugirió el tipejo—. Que esto no es serio, hombre.
—¡Ya te enseñaré yo a largarte al Infierno y dejarme aquí tirado! —dijo el Poli Cabrón con las manos en mi gaznate—. ¡Cabronazo!
—Argggggllll… —argumenté.
—¡Sargento, que te pierdes! —dijo el Espíritu Santo posándose en el suelo junto a mi cabeza.
—¿Dónde está el baño? —preguntó Uriel.
—“¿Dónde está el baño? —preguntó Uriel” —anotó el Narrador Omnisciente.
—Si me disculpan, voy a ver cómo va el soufflé —dijo Jean-Claude.
—¡Eh! ¡Que estoy aquí! —dijo el tipejo.
En fin.
—¡Cof! ¡Cof! —tosí cuando se restableció el orden al cabo de unos minutos—. ¡Uaaarg! ¡Cof! ¿Alguien tiene tabaco? Me pongo muy nervioso cuando intentan estrangularme.
—¡Ah! Qué bien se siente uno cuando desfoga —señaló el Poli Cabrón—. Y bien, ¿qué sabes de lo mío, mamón?
—¿A qué te refieres? —pregunté cándidamente.
—¿Cómo que a qué me refiero? ¿No has averiguado qué tengo yo que ver en todo este lío?
—Hostia.
—¡¡¿Hostia qué?!!
—Que, con todo el fregado, se me olvidó preguntar.
—¡¡¡¿Que qué?!!!
—Perdona, colega. Qué cabeza tengooooorrrrrggg…
—Otro intento de estrangulamiento más tarde… —murmuró el Narrador.
—¡Argg! ¡Cof! ¡Uaaaargggg! —onomatopeyé.
—Venga, venga, que no es para tanto —opinó a la ligera el Poli Cabrón una vez se hubo tranquilizado—. Y empújate un poco los ojos hacia dentro, que estás muy feo.
—Ay, qué malito estoy.
—No puedo creer que estemos como al principio —dijo el Poli Cabrón con las manos en las sienes.
—¿Por qué no le preguntamos al tipejo este? —dijo el Espíritu Santo, que reposaba sobre el poyete de la chimenea.
—¿Este? —preguntó el Poli Cabrón—. ¿Te parece que este tiene pinta de saber algo?
El tipejo, que estaba en el sofá mirando al techo, dio un respingo.
—¿Estáis hablando de mí?
—El Espíritu Santo tiene razón —dije una vez hube recuperado más o menos el cincuenta por ciento de mi capacidad pulmonar—. A lo mejor podemos sacarle a hostias algo de información al pringado este.
—¡¡Ja!! —El tipejo se levantó de un salto—. ¡Estáis todos apañados! ¡Mi presencia aquí significa vuestra ruina! ¡Mi segundo nombre es condenación!
—¿Y cuál es el primero? —pregunté—. Quiero decir, en el caso de que pueda ser pronunciado por labios humanos. —Se me ocurrió que el tipejo podía ser primo hermano del demonio Celedonio.
—Sí, claro que puede ser pronunciado —contestó el demonio—. Me llamo Pandulfo. No creo que sea especialmente difícil de pronunciar. A no ser que seas disléxico, claro. Entonces me llamarías Danpulfo o Fanpuldo.
—¿Pandulfo Condenación?
—Pandulfo Condenación Explanada, para sacarle las tripas a usted, y lo que haga falta —dijo Pandulfo inclinando educadamente la cabeza.
—Espero que no te importe que te sometamos a un pequeño interrogatorio.
—¿Podré sacaros los ojos con una cucharilla de café luego?
—¿Desea que traiga cuerda para retener a nuestro invitado, amo? —preguntó Jean-Claude.
—No creo que haga falta, lacayo. ¿Tú has visto la cara que tiene?
—¡Ah! ¡No me subestimes, escoria humana! ¡Te aseguro que no te gustaría ver el alcance de mis poderes!
—No me digas.
—¿Ves ese florero de ahí? —Señaló un florero en el poyete de la chimenea, junto al Espíritu Santo.
—Sí. Es horroroso —sentencié.
—¡Pues mira! —Y Pandulfo se acercó al florero y lo tiró al suelo de un empujoncito—. ¡¡Ja!! ¡¡Tiembla ante mi furia desatada!!
—Lo has empujado con la mano —observé sin mucho mérito.
—¡¿Y qué?! ¿Lo he roto, o no? ¿Qué importancia tienen los medios si el fin es plenamente satisfactorio?
—Sí, bueno, pero…
—¡¿Pero qué?!
—Bueno, que no da mucho miedo.
—¡Sí que da! ¡Es un acto aberrante de violencia sin sentido!
—Mira, la última vez que unos demonios intentaron darnos caza, volaron por los aires.
—¿Ah, sí? Bueno, así somos los demonios. Imprevisibles. Un día estamos tan bien, y el otro volamos en pedazos, así, pim, pam —dijo chasqueando los dedos—. ¡Que estamos muy locos, hostias!
—Oye, deja de intentar parecer peligroso y amenazante —dije—. Que cogemos entre todos y te metemos una manta de palos que para ti se queda.
—¿Ah, sí? —Pandulfo se puso farruco—. ¿Vosotros y quién más?
—Pues nosotros solos, joder. Que somos cinco maromos, y tú un mierdecilla.
—Ejem —carraspeó el Espíritu Santo.
—Cinco maromos y un palomo —pareé.
—Me la sopla —dijo Pandulfo sin intimidarse ni nada, con los cojones bien puestos—. Yo me basto y me sobro. ¡Os voy a matar horriblemente uno a uno!
—S-señor —interrumpió a Uriel—. D-de verdad que no aguanto más…
—Ah, sí, sí. ¿Te importaría seguir interrogando a este tipo, Poli Cabrón?
—¡¡Sargento Jerónimo Castaña!! ¡¡Cojones!!
—¿Sabes, Sargento? Hasta que te conocí, no creí posible que una única persona fuera capaz de hacer tanto ruido.
—¡¡Vete a tomar por culo!! —rugió el Poli Cabrón.
 Después de este estimulante intercambio de pareceres, consideré conveniente llevarme a Uriel al fondo a la derecha.
—Gracias por acompañarme, señor —dijo el exarcángel.
—De nada, Uri. Lo que sea por quitarme un rato de en medio.
—¿Va a entrar conmigo?
—Claro que no. —Le pellizqué la mejilla—. Ay, vergonzosillo.
—Pues preferiría que lo hiciera. Es que, verá, es mi primera vez.
—Venga, no me jodas, Uriel.
—Por favor, señor. Apelo a su caridad.
—¿Tengo que enseñarte a mear? —Contemplaba con cierta repugnancia la posibilidad de que mi intento de estrechar vínculos paterno-filiales con mi pupilo pudiera tomar un cariz ligeramente enfermizo.
—Señor, siempre he sido un ángel. No... no tengo experiencia en estos menesteres —dijo agachando la cabeza—. Pero aprendo rápido, señor. Usted solo dígame cómo hacerlo y yo…
—Vale, vale. —Y nos metimos en el aseo—. Lo primero, acércate al inodoro… No, Uriel, no; eso es el bidé. Algunos nos lavamos las nalgas ahí, ¿sabes? A tu izquierda.  Un poco más; no me vayas a dejar la escobilla llena de meados. Ahí. Levanta la tapa. Esa también, que ahí se sienta la gente… Levántate la túnica hasta la cintura… ¡Coño! No, nada; que el Señor te ha provisto de un badajo bien prominente… Ahora, relájate… No hace que falta que empujes… ¿No puedes? Está bien, ya me doy la vuelta… Joder, qué delicado nos ha salido… Apunta bien, ¿eh? Eso es, deja que fluya… Qué gustito, ¿eh? Coño, sí que tenías ganas. Pareces una vaca… Ah, ya va decayendo… ¿Me puedo volver ya? Ahora, sacúdetela un poco… ¿Cómo que cómo? Pues te agarras la punta del prepucio con el índice y el pulgar y… El prepucio, la piel que recubre el glande… El glande es lo que está recubierto por el prepucio… Oye, no sé explicarme mejor. ¿Tengo pinta de… de profesor de pollas o algo así? Eso es, pellizca suavemente… Eh, eh, ya es suficiente, que se te va a poner morcillona… Morcillona, ya sabes, ni lacia lacia, ni enhiesta del todo. Así como a media asta, ¿entiendes?... Oye, ya te he dicho que no sé explicarme mejor. ¿Me has tomado por el puto Petete, o qué?... Un pingüino rosa que salía en la tele y escribía enciclopedias… No, coño, en serio… Un puto crack… Ahora me parece un engendro, pero antes lo admiraba… ¿Quieres que te compre calzoncillos en el rastro, o prefieres ir todo el día con el mondongo suelto y dando bandazos?
—Y si me pudiera conseguir algo de ropa decente, señor… —añadió Uriel.
—Creía que te encantaba tu inmaculada túnica blanca.
—Sí, bueno, supongo que estaba bien para el Uriel pretestosterona —aclaró el exarcángel.
—¿Vas de listillo ahora que eres el orgulloso poseedor de un flamante nabo nuevo?
—Gracias por enseñarme a utilizarlo, señor.
—Ah, eso no ha sido nada, mi sagaz jovenzuelo; el capítulo uno de “Picha para principiantes”. Con la segunda lección te ríes más, pero ya te la impartiré otro día —prometí—. Anda, vamos a ver qué está pasando en el salón.
Pues poca cosa, la verdad.
—Vengo de descubrir que el Buen Señor ha obsequiado a Uriel con al menos veinte centímetros en reposo —dije, sobre todo para molestar al picajoso del Espíritu Santo—. ¿Qué habéis descubierto vosotros?
—Que el Pandulfo este jala como una lima —dijo el Espíritu Santo.
—Tranquilos, que ahora os mato a todos ¡Grompf! ¡Ñam! —dijo el demonio Pandulfo—. Coño, que buenas están estas bratwurst recalentadas. ¿Qué salsa llevan? ¿Alioli?
—Salsa tártara, su excrecencia —informó Jean-Claude.
—¿Con alcaparras? Normalmente no me gustan las alcaparras, pero así, mezcladas con otra cosa…
—Se ha negado a confesar hasta que llene el buche —me dijo el Poli Cabrón—. Porque vas a confesar, ¿verdad, subnormal?
—Sí, sí. ¡Groamf! Primero confieso y después os masacro.
Media hora después estábamos todos disfrutando de unos licores frente a la chimenea.
—¿M-me traes otra cervecita, Jean-Claude? —preguntó tímidamente Uriel.
—Solo si el amo lo aprueba —dijo prudentemente mi leal mayordomo.
—Sírvesela, Jean-Claude —accedí—. A veces la mejor manera de familiarizarse con los efectos perniciosos del alcohol es acabar echando las túrdigas por la boca.
—Siempre he opinado que el mundo ha perdido un gran pedagogo con usted, milord.
—Como iba diciendo… —dijo Pandulfo después de exhalar el humo de uno de mis habanos— ¿Qué iba diciendo? Ah, sí; que os voy a aniquilar ahora dentro de un rato.
—No, no —dijo el Poli Cabrón—. Estabas diciendo que el demonio Plutón te envió a la Tierra para darme caza.
—Ah, sí. Plutón quería tu cabeza, no sé por qué. ¡Burp! —eructó Pandulfo—. Perdón. No soy de los que preguntan cuando le mandan exterminar a alguien. Si al jefe le parece importante que la espiches, él sabrá. Yo solo hago el trabajo sucio, y me gusta.
—Pero, oye, ¿no te habrán mandado matar a este? —dijo el Poli Cabrón moviendo la cabeza en mi dirección—. A ver si te has confundido de víctima.
—Qué más da —dijo Pandulfo—. Os mato a los dos y a tomar por culo.
—Y… ¿has matado a mucha gente ya? —pregunté con un escepticismo que me pareció razonable.
—Uy, a un montón. ¿Las alcachofas son gente?
—No —aseguré—. Quiero decir, no desde el prisma kantiano de la existencia, ni desde ningún otro.
—¿Y los puerros?
—Tampoco.
—¿Ni siquiera algunos de ellos?
—No, no. Los puerros, no.
—Mmm… ¿Existe alguna verdura que sea gente?
—Oye, tú no has matado nunca a nadie, ¿verdad?
—¿Las albóndigas son verduras?
—Eh… no. La división de opiniones es unánime al respecto —aclaré.
—Llevas poco en esto de la destrucción, ¿eh, chaval? —dijo el Poli Cabrón—. Me da la impresión de que estás un poco verde.
—Sí, bueno, me alisté en el ejército de Plutón hace unas semanas —admitió Pandulfo—. Antes me dedicaba al negocio del esparadrapo. No mataba yo mucho por aquel entonces, no.
—Total, que eres un manta —resumí.
—¡No opinaréis lo mismo cuando os mate! ¡Os voy a… os voy a matar! Ahora cuando me acabe la copa. Y, si no, mañana. Pero mañana fijo, ¿eh?
—Bueno, seguimos sin saber una mierda de nada —dijo el Poli Cabrón—. Y ahora, ¿qué?
—Pues no sé —dije—. ¿Sabéis jugar al póker?
—¿Tú no tenías que ir a ver al Papa? —dijo el Narrador.
—Hostia, es verdad —miré mi reloj—. ¿Alguien sabe a qué hora se acuesta el Papa? Ya estará frito, seguro. A esa gente le gusta levantarse temprano. Como Dios les ayuda y eso… Aunque eso de “A quien madruga, Dios le ayuda” no es algo que se haya demostrado jamás empíricamente. No sé vosotros, pero yo no tengo noticias de que el Señor le haya echado nunca a nadie una mano para meter la cómoda en el camión de la mudanza.
—¿Al Papa? ¿Para qué? —preguntó el Poli Cabrón.
—Para desmantelarle el chiringuito —respondió el Espíritu Santo.
—¿A qué chiringuito te refieres? —inquirió el Poli Cabrón, un tanto alarmado.
—Al Papa’s Pub, no te jode —dijo el Espíritu Santo—. ¡Pues a la Iglesia, hombre, qué va a ser!
—¡¡¿Vamos a acabar con la Iglesia Católica?!! ¡Eso es…! ¡¡Eso es inaudito!!
            —Tranquilo, hombre —dije al ponerme en pie—. Siempre hay una primera vez para todo.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Un garbeo futuro abajo

Lo malo del futuro es que hay mucho que limpiar

El Apocalipsis según se mire. Capítulo 38.

Según Marcia, la forma más rápida de llegar al Cielo desde el Infierno consistía en atravesar el Pasadizo Inimaginable, llamado así porque, una vez traspasado, te cuesta horrores describírselo a alguien.
—Es así… cómo te diría… tiene forma de… —Y así pueden pasar horas sin que nuestro interlocutor se haga una idea siquiera aproximada de su configuración y dimensiones.
Igualmente, dar indicaciones acerca de su paradero resulta una tarea altamente infructuosa.
—…sigues recto y giras a la derecha en el primer plano astral que te encuentres… —Y seguro que no es por ahí.
Atajar por el Pasadizo Inimaginable supone un considerable ahorro de tiempo, pero conlleva cierto grado de desgaste emocional. Para superarlo con éxito, el caminante debe enfrentar con aplomo el mayor de sus miedos, que en mi caso supone verme obligado a preguntar “Disculpe, ¿cómo se llega a la carretera?” a un paleto que toca el banjo en un sitio llamado Culo de Perro, Georgia, y obtener como única respuesta una mirada vacía y una sonrisa desquiciada producto de una dieta que tiene a la zarigüeya en la base de la pirámide alimenticia.
—¿Entiende lo que le digo, caballero? —pregunté a una distancia prudencial del paleto, que se mecía en una butaca bajo el porche de su destartalada chabola—. Mire, le puedo dar un dólar americano.
Saqué la cartera con mis sudorosas manos y agité un billete. El paleto siguió meciéndose y tocando el banjo, con cara de esperar pacientemente a que su hermano Joe Bob volviera de cortar leña.
—Coño, qué agobio —dije con voz temblorosa.
Respiré profundamente y trate de salir de la repentina parálisis que atenazaba mis extremidades sin hacer movimientos bruscos. Me di la vuelta lentamente, temiendo recibir el impacto de un dardo ponzoñoso en la nuca. Cerré los ojos y tragué saliva.
—Señor —escuché decir a Uriel—. Lo hemos conseguido.
            Cuando abrí los ojos, comprobé que el frondoso bosque había sido sustituido por la entrada de una cueva detrás de una cascada.
            —He-hemos llegado al Borde del Cielo —dijo Uriel.
            —Hacía tiempo que no te oía tartamudear —observé, sacudiéndome la angustia con un escalofrío, como si tuviera el alma llena de migas de pan—. Te deja para el arrastre eso de enfrentarme a tu mayor miedo, ¿eh?
            —Y-yo aún no lo he enfrentado, señor —admitió Uriel.
            Alzamos el vuelo atravesando espectacularmente la cascada. Me abstuve de mirar atrás, pero estaba seguro de que nuestra entrada había causado cierto estupor a los ángeles que vigilaban la Tierra desde el Borde.
            —¡Mirad cómo me habéis puesto, soplapollas! —dijo uno al que, al parecer, habíamos salpicado. Me hice el sordo.
            La imponente Gloria del Cielo se mostraba de nuevo ante nosotros, con su salvaje manto verde; un escenario ideal para entrar en comunión con la naturaleza y demás gilipolleces que acostumbran a hacer los que siempre están huyendo de algo.
Apenas cinco minutos después estábamos entrando en el coqueto saloncito de Dios, que dejó el croissant con mermelada a medio deglutir en la bandeja del desayuno.
—¡Señor, tu Elegido predilecto ha vuelto de su periplo infernal dispuesto a informar! —anuncié—. ¡A mis brazos!
—¡Para el pelo te voy a dar! —dijo el Señor, soltando la servilleta en la mesita de desayuno de mala manera—. ¿Qué te dije yo de Marcia Hellstrom?
—Eh, eh, para el carro, que hice lo que me dijiste. Jamás la convidé a pistachos.
—No recuerdo haberte dicho nada sobre invitarla a pistachos. Ni siquiera recuerdo haber mencionado la palabra “pistachos” durante nuestra última conversación. De hecho, creo que hace siglos que no digo “pistachos”. No se puede decir que haya pensado mucho en ellos, últimamente.
—¿Quién me comentó a mí que era alérgica a los pistachos? —Intenté hacer memoria—. ¿O era al polen? Después de todo el tiempo que hemos pasado juntos, ahora caigo en la cuenta de que apenas la conozco.
—Conoces lo necesario —afirmó el Señor—. Te ha enterado ya de que en realidad es Satanás, ¿no? —Su tono me dio a entender que Dios atribuía alguna connotación negativa a este hecho.
—Ya podrías haber avisado —dije—. Porque me parece una información mucho más sustancial que esa tontería de los pistachos, ¿sabes?
—Si no supiera que eres así de tonto, creería que te ha sentado mal el viaje transdimensional.
—¿Querías que lo descubriera por mí mismo, o qué?
—Te has llevado un buen, palo, ¿eh? ¿Ahora qué, listo? Lo tienes bien merecido, por zascandil. —Dios se levantó y se dirigió a mí con las manos en la espalda—. Como siempre, has hecho lo que te ha salido de tus santos cojones. Y no puedo decir que me haya sorprendido. De ti me lo esperaba, pero en lo tocante a este caballerete… —Miró a Uriel—. ¿Algo que decir en tu defensa? Querías pegarte la vida padre en el Infierno, ¿eh?
—Señor, yo solo… —empezó a decir el arcángel.
—Sí, ya —interrumpió Dios—. Querías elegir tu propio destino. Qué bonito. Qué… novelesco ¿Sabes cuál es el castigo por Desacato a la Autoridad Divina, señorito?
—¿E-el Infierno?
—En circunstancias normales, sí. Pero a ti… a ti eso te encantaría. —Dios se llevó las manos a la cabeza y después me miró—. ¡Joder! ¡Has convertido a uno de mis mejores arcángeles en un… en un hippie contestatario de esos!
—Qué va, qué disparate. Si se pasaba el día rellenando formularios —me defendí.
—Pero eso no es nada comparado con lo que has hecho tú —dijo señalándome con el dedo.
—Apelo a tu capacidad para el perdón, oh, Misericordioso —dije bajando la cabeza.
—Abandonas tu misión de proteger al Poli Cabrón. Emborrachas al Espíritu Santo. Te llevas a Uriel contigo al Infierno, al que, por cierto, también emborrachas. Después, dejas que se quede por ahí ejerciendo el libre albedrío. Te dejas matar por ese bastardo de Plutón, al que posteriormente desafías a desatar un Apocalipsis mejor que el nuestro —enumeró el Altísimo—. ¿Qué más? Ah, sí. ¡¡Te acuestas con Lucifer!! —Me pareció ver un ligero atisbo de decepción en su rostro brutalmente desencajado y enrojecido, pero lo mismo me equivoco. Nunca he sido buen traductor del lenguaje gestual.
—¿Puedo decir algo en mi descargo?
—Adelante.
—Fui plenamente consciente de absolutamente todo lo que hacía.
—¡¿Eso te parece un descargo?!
—Perdona, oh, Creador de Todo lo que Existe; en mi ignorancia, creí que la sinceridad era una virtud digna de aprecio —dije altanero.
—Hijo mío, como bien dices, lo Creé Todo, así que Existo antes que Todo lo Demás; antes que los planetas y las estrellas, antes que cualquier forma de vida; fíjate si llevo tiempo rondando por estos andurriales, y hasta el día de hoy nunca, jamás, se me había apetecido una taza de tila.
—¿Una tila? Con todo el respeto, Señor; para ser Todopoderoso, frecuentas unos hábitos en exceso timoratos. Anda, que si yo tuviera el poder de hacer aparecer morfina de la nada, como tú…
—A pesar de todo, eres lo único que tengo a mano, así que… —se lamentó el Hacedor.
—¿Tú también con eso? —dije—. Estoy empezando a tener complejo de último recurso.
—¿De qué estás hablando ahora?
—Digamos que a Marcia la idea del Apocalipsis no le entusiasma tanto como al resto de nosotros. Ya sabes cómo son las mujeres. A lo mejor un día a ti te apetece horrores destruir el mundo, pero ella se levanta un tanto apática y al final os quedáis en casa.
—Ya ves lo que me importa su opinión —dijo desdeñoso—. ¡No te habrá comido el tarro!
—¿Por qué quieres poner punto y final a tu Creación, oh, Poeta del Universo?
—Por qué, por qué, por qué… —murmuró Dios—. ¿Por qué tienes que cuestionar el fin del mundo precisamente tú, que siempre tomas la vida tal como viene?
—Bueno, el Apocalipsis no es como recibir el contenido de un orinal encima de mi sombrero nuevo, exactamente. Tiene como más enjundia.
—¿De verdad quieres que te lo explique? Bien. Uriel, quédate aquí sufriendo por la terrible incertidumbre del a buen seguro nefando castigo que vas a recibir. —El Señor me agarró de un hombro—. Tú ven conmigo.
—¿Adónde vamos?
—Al futuro.
—Ah, qué bien. ¿Echo algo de abrigo, o…?
No sé cuánto tiempo estuvimos andando, ni en qué momento exacto nos introdujimos en lo que Dios denominó “corriente temporal”, una especie de pasillo tubular que no parecía estar hecho de estuco ni de ningún otro material fácilmente identificable.
—No hagas ninguna memez de las tuyas dentro de la corriente temporal —me advirtió Dios—. Un movimiento brusco puede tener consecuencias incalculablemente catastróficas en el devenir del tiempo. Por ejemplo, si te tiras un pedo aquí dentro es probable que alguien lo huela en la Antigua Grecia. No sabemos qué reacción puede ocasionar un incidente de tales características.
El Señor también me explicó que, en el hipotético y más que improbable caso de que la Humanidad siguiera su curso, en un futuro no tan lejano las agencias de viajes dispondrían de una amplia oferta en cuestión de Turismo Temporal, y que ese era el motivo de que hubiera por allí tanta gente en chanclas.
—¿Por qué nadie repara en nuestra presencia? —pregunté.
—Digamos que estamos utilizando el equivalente a la primera clase a nivel transtemporal. ¿Te apetece un zumito?
—No, gracias. ¿Se permite fumar aquí?
—Ni se te ocurra —advirtió el Creador—. La ceniza de tu cigarrillo podría poner perdido el suelo de alguien en alguna época.
La verdad es que estaba deseando ver el futuro, aunque siempre había tenido la horrible certeza de que algún día se volverían a poner de moda los pantalones de campana para hombre.
—¿Falta mucho?
—Que no, joder. No se te puede llevar a ningún lado.
Y, sin previo aviso, llegamos al futuro. Que por lo demás era bastante corrientito, todo hay que decirlo.
—Ven, Hijo Mío; te enseñaré por qué la Humanidad debe inexorablemente llegar a su fin.
Y el Señor me enseñó dolor y sufrimiento, me mostró violencia y accidentes y fallos humanos irreparables y descuidos imperdonables; me mostró lavados de cerebro disfrazados de información objetiva, consumismo embrutecedor y desmedido culto al cuerpo, corrupción e hipocresía en la clase dirigente, envidias entre hermanos, intolerable pobreza, hambre devastadora, naturaleza marchita, demenciales carreras armamentísticas, odio y destrucción a punta pala. Hasta que, cuando a punto estaba de derrumbarme por el desolador panorama que se mostraba ante mis ojos, en una desierta calle de una ciudad desconocida, en una valla publicitaria…
—¡Coño! ¿Mel Gibson sigue vivo? ¿A qué futuro me has traído?
—A uno no muy lejano —contestó Dios—. De hecho, solo hace un par de horas que salimos del Cielo.
—¿Estamos en el presente? ¡Menuda estafa de viaje al futuro! Ni coches voladores, ni rayos láser, ni cabinas de teletransporte, ni alargadores de pene que funcionen de verdad…
—¿Y qué futuro quieres que te muestre? Lo que viene no es mucho peor que esto, de todos modos —anunció el Señor—. Si dejo a la Humanidad a su puta bola y decido no levantar el tinglado del Apocalipsis, dentro de cien años no poblará la Tierra más que un solo ser humano conocido como el Tato. Después de eso, no quedará ni el Tato.
—¿Ya está? ¿Aquí se termina todo? ¿Cerrado por liquidación en un mes?
—Es lo único que os merecéis. Habéis pervertido todos los dones que os he entregado —dijo el Altísimo—. Puse hierba bajos vuestros pies y vosotros la tapasteis con cemento. Os di tomates y vosotros hicisteis kétchup. —Supuse que se trataba de un ejemplo al azar. Dios nunca me dio señales convincentes de que odiara el kétchup—. Os di el verbo y vosotros inventasteis palabras innobles como “zurullo” o “cabronazo”.
—¿De qué estás hablando? ¡Tú nos diste a elegir!
—Hijo, soy el Creador; Yo no me equivoco nunca. Pero en los últimos tiempos me ha dado por pensar que a lo mejor me dejé llevar por el entusiasmo cuando empecé a diseñaros. Quizá el libre albedrío haya sido un accesorio de serie demasiado generoso.
—Me vas a perdonar, Señor, pero soy incapaz de comprender tus designios —confesé.
—¿Y cómo ibas a hacerlo? ¿Acaso entiende una lavadora a su inventor?
—Yo qué sé. ¿Tengo cara de dar muchas explicaciones a los electrodomésticos? Anda y que se jodan.
—Pues a obedecer y a callar se ha dicho. Que soy Dios, caramba, y sé lo que le conviene a la Humanidad cien mil veces mejor que nadie.
—Bueno, porque lo dices tú, que eres el Creador del Universo y la Verdad Absoluta y tal, pero, si te interesa saber mi opinión...
—Te la guardas —dijo tajante el Altísimo—. Tú verdadera misión empieza aquí y ahora. ¡Fuera alas, dentro pelotas! —Y el Señor me despojó de mis atributos angélicos y me devolvió cierto paquete muy querido por mí que había tomado prestado hacía lo que me parecía una eternidad.
—¡Mis genitales! —dije agarrándome la entrepierna—. ¡Mis queridos, añorados y apolíneos genitales! —Me agaché y le bese las sandalias, muá, muá.
—¡Levanta, coño, que no soporto la sensación de humedad entre los dedos de los pies!
—¡¡Menos mal que los encuentro!! —gritó Uriel mientras corría hacia nosotros.
—¿Qué haces aquí, Uri? —pregunté. Y añadí con un codazo—: Eh, ¿te interesaría ver un par de testículos?
—Señor, ¿por qué… por qué me ha quitado las alas? —preguntó Uriel a Dios.
—Es tu castigo —sentenció Dios—. A partir de hoy vivirás como hombre. Serás el primer apóstol del Nuevo Mesías.
—¡Cojonudo! —exclamé sinceramente—. Ya verás lo divertido que es esto, Uriel. Hoy mismo me voy a encargar de que te desvirgue alguna pilingui. ¿Te he hablado en alguna ocasión de los beneficios de la cocaína?
—Ah, no, ni hablar —dijo el Señor—. El fin está cerca. No hay tiempo ni para putas, ni para drogas.
—Pero, señor, nuestra misión es ardua y compleja. ¿Cómo vamos a soportar la presión sin un poco de esparcimiento degradante? —inquirí.
—Con dos cojones, naturalmente. —El Hacedor sabía cómo tocar mi orgullo varonil.
—¿Y solo voy a disponer de un apóstol? La gente va a decir por ahí que soy un Mesías de lo más cutre.
—Te concedo otro, pero ni uno más —ofreció el Señor—. ¿Ves a ese caballero apostado en aquella valla?
            Miré hacia donde señalaba Dios. A unos veinte metros había un señor con tirantes, pajarita y pelo blanco, que miraba las obras del metro mientras murmuraba entre dientes.
            —¿Un jubilado? —dije mientras nos dirigíamos a su encuentro—. Mira, Señor, sé que debe ser difícil encontrar un buen apóstol profesional hoy en día, pero…
            —¿Quieres cerrar la boca de una puñetera vez? —espetó el Hacedor—. Ese jubilado es el Narrador Omnisciente, testigo y cronista de la Creación. Ya te hablé de él en el Cielo. Es el verdadero autor de La Biblia, aunque la verdad es que estuve a punto de despedirlo después de ver todas las morcillas que había colado en el Génesis, pero, bueno, fue su primer trabajo.
            Cuando llegamos a su lado, el jubilado no dio muestras de reparar en nuestra presencia; parecía más interesado en el lento pero inexorable éxodo de cucarachas provocado por el enorme socavón que en prestarle atención al Creador de Todas las Cosas.
            —Narrador —dijo el Señor.
            No hubo respuesta. Dios carraspeó.
            —Narrador —repitió el Señor.
            —Hay que ver cómo huyen las jodías —murmuró el Narrador sin levantar la vista.
            —¿Seguro que este tipo es omnisciente, Señor? —susurré—. No es que ponga en duda tu Palabra, pero me da la impresión de que padece un déficit de atención como la puerta de una catedral.
            —¡Narrador!
            —¿Qué? ¿Qué? —El jubilado parecía molesto por esta interrupción en su labor testimonial.
            —¡¿Te estás haciendo el tonto en presencia de tu Dios?! —bramó el Señor.
            —No me estoy haciendo el tonto, Señor —se defendió el Narrador—. Estaba tomando notas mentales del apasionante devenir de estas inocentes criaturas expulsadas de su ecosistema a causa de los caprichosos designios de la especie dominante.
            —¡Notas mentales! —dijo el Señor, volviéndose a mí—. ¡Así lo hace todo, de memoria! ¡Me pregunto en qué empleará los paquetes de quinientos folios que roba de mi despacho! ¡Y encima cree que no me doy cuenta de que me falta material de oficina!
            —Me gusta hacer notas mentales —dijo el Narrador—. Son vagas e imprecisas, fácilmente permeables a los vaivenes de la inspiración artística.
            —Inspiración artística; eso es lo único que le importa —dijo el Señor—. No se conforma con la crónica objetiva. Siempre hace lo que le da la gana, pero claro, es un Autor, incapaz de sustraerse a sus arranques de creatividad. Dijo que convertí a la esposa de Lot en una estatua de sal, y todo porque una vez me invitó a comer un potaje de bacalao y se me ocurrió comentarle que le había salido un poco soso. “¿No querías sal? ¡Pues toma sal!”
            —¿Y qué quieres? Un artista toma como referencia lo que tiene a mano —dijo el Narrador—. De todas formas, eso no te pasaría si corrigieras las galeradas.
            —No lo hago porque eres un coñazo escribiendo —argumentó el Creador—. Siempre estás metiendo latiguillos del tipo “Y Dios vio que esto era bueno”, que son muy farragosos de leer. “Y Dios vio que la luz era buena”.
            —Y eso que la luz, en honor a la verdad, no era tan, tan buena, pero no iba a poner “Y Dios vio que la luz estaba bien para trabajar” —me confesó el Narrador.
            —¿Y qué me dices de “Dios llamó Tierra al suelo y Mar a las aguas, y vio que esto era bueno”? —dijo el Señor—. Parece que estoy todo el rato dándome autobombo. Y lo cierto es que Tierra y Mar no me parecían nombres especialmente buenos al principio; de hecho, hubo un tiempo en que se llamaban al revés. Mar, el suelo, y Tierra, las aguas, pero les cambié el nombre a última hora, no recuerdo por qué.
            —¿Has venido hasta aquí solo para abrir viejas heridas? —dijo el Narrador, con un deje de hastío en su bien modulada voz.
            —No —dijo el Señor—. Vengo a comunicarte tu reincorporación al servicio activo como evangelista del Nuevo Mesías, aquí presente.
            Saludé tímidamente con la mano. El Narrador saludó lacónicamente con un movimiento de cabeza y me miró de arriba abajo con la inequívoca expresión del señor que de un momento a otro va a empezar su siguiente frase con la fórmula “Pues, en mis tiempos…”
            —Me da la impresión de que voy a tener que tomarme muchas licencias poéticas contigo —dijo una vez acabado el somero repaso.
            —¿Ya estás poniendo pegas? —dijo el Creador.
            —No, no, qué va —dijo el Narrador—. No te preocupes. Eso del Evangelio lo hago yo con la punta del cipote.
—¡Ejem! —carraspeó Dios.
—Y con la idiosincrática versatilidad de mi léxico, naturalmente —añadió el Narrador.
—¡Muy bien! —dijo el Señor con tono asargentado—. El equipo no está completo aún —el Señor me miró—. Ve a casa y recoge al Sargento Castaña.
—¿Qué pinta el Poli Cabrón en todo este sarao?
—Vas a necesitar un guardaespaldas.
—Creía que era yo quien tenía que defenderlo a él.
—¿Qué te he dicho yo sobre las suposiciones?
—No sé. ¿Que siempre se colocan antes del sustantivo?
—Que no las hagas. Ni suposiciones, ni preguntas.
—¿Y después?
—Te vas a ver al Papa —anunció el Señor—. Le vas a dar un recado de mi parte.
            —¿Y tengo que ir expresamente a verlo? ¿No se lo puedo decir si me lo encuentro por la calle, o…?