domingo, 3 de mayo de 2020

Legión, go home!

"Deja de seguirme, Tomás. Vete con tu querida Muerte y olvida que una vez fui tuya"

El Apocalipsis según se mire. Capítulo 35.

—¡Oye! Sí, tú, el del disfraz de pollo, no te hagas el tonto —dijo Minos.
Finalmente, el Minotauro Asterión tenía razón; resultaba excesivamente ambicioso pretender infundir miedo en los corazones de nuestros enemigos ataviado con un traje de felpa con plumas amarillas.
—No sé de dónde has sacado la información, pero es absolutamente errónea —me dijo Asterión—. No existe en la mitología griega ninguna criatura conocida como El Increíble Hombre Pollo.
Supongo que el plan de emergencia, que consistía en fingir que era una lámpara, tampoco les habría engañado. Principalmente a Minos, que conservaba los globos oculares en su localización anatómica clásica.
—¿De verdad crees que no te hemos reconocido? —siguió Minos.
—¿Quién es? —preguntó Plutón, que tenía más mierda de caballo en los pies de lo que resultaba razonable.
—Pues el Mesías. ¿Quién va a ser? —contestó Minos en voz baja.
—Ah, claro. Ruego me disculpes, mi querido amigo. ¿Dónde tendré los ojos? Ah, sí. ¡¡En formol!!
—Vale, vale, no hace falta que te pongas así.
—¡¡Que mis ojos han pasado a formar parte de la familia de las cebollitas encurtidas, Minos!!
—¿Queréis dejar de armar tanto jaleo? —protestó Marcia desde el sillón—. Algunas personas queremos dormir.
—¡Ah! —exclamó Plutón—. ¡Reconocería esa voz en cualquier sitio!
—¿Incluso debajo del agua? —se interesó Minos.
—Bueno, a lo mejor debajo del agua no, a causa de la distorsión del sonido debida a la diferencia de densidad, y… ¡¿Te quieres callar de una puta vez?! ¡¡Así no hay quien resulte peligroso y amenazante!!
—Señores, señores —dijo el Minotauro—. ¿Podríamos abandonar esta pantomima de una vez?
—¡¿Quién ha dicho eso, que me lo como?! —amenazó Plutón.
—Mi hijastro.
—Ah. —La actitud de Plutón se suavizó de repente, como si hubiera descubierto que se acababa de cagar encima—. ¿El que tiene cabeza de toro y devoraba vírgenes?
—No. El que estudió en Oxford y padece cólicos nefríticos con relativa frecuencia. ¿Cuántos hijastros encerrados en un laberinto crees que tengo?
—Minos —dijo educadamente el Minotauro. Había una notable frialdad en su tono.
—Asterión —dijo cortésmente Minos. Había una sensible insensibilidad en su modulación.
—Cuánto tiempo.
—Sí, sí, mucho. Eh… Quería haberte traído un cartón de tabaco o algo, pero, con las prisas… Veo que has hecho reformas en el laberinto.
—Sí, estoy construyendo algunas rampas para personas con movilidad reducida.
—Ya. ¿Y tú qué tal? ¿Sigues colgándote siete jarras de cerveza en la verga?
—No, no; organizo muy pocas fiestas últimamente. ¿Y tú cómo andas? Tienes buen aspecto.
—Gracias. Tú también —dijo Minos—. Quiero decir, aparte de que seas un engendro y tal. Claro que naciste así, tú no tienes la culpa. Tu padre biológico apartaba moscas con el rabo. Que, por otra parte, es la cualidad más sobresaliente que puedo recordar de él.
—Madre tenía una moral laxa —convino el Minotauro.
—Sí, sí, menuda guarra estaba hecha —Minos suspiró—. Ay, cómo la echo de menos… ¿Te he contado que una vez montamos un trío con una morsa?
—Lo anotaré en mi haber de traumas irresolubles —comentó el Minotauro.
—Soy consciente de que no te ofrecí la mejor de las infancias… —se confesó Minos.
—Me hacías dormir en el fondo del pozo cuando madre se iba a pasar unos días al zoo —dijo el Minotauro.
—Lo hacía por tu bien. Había leído en algún sitio que era bueno para la formación de los huesos.
—A pesar de todo, no recuerdo mi niñez con amargura. En comparación con el resto de mi existencia, quiero decir. Cuando llegué a la pubertad, me encerraste de por vida en un laberinto que me siguió en mi bajada al Infierno.
—Bueno, es que eras un trasto. No había quien leyera el periódico tranquilo en aquella casa.
—Entenderás que te siga guardando cierto rencor.
—Eres igual que tu madre. Una vez lancé por error la coliflor que me había hervido a través de la ventana y me lo estuvo reprochando durante semanas.
—Siempre has sido muy impulsivo.
—¿Serás capaz de perdonarme algún día?
—Tengo que reconocer que ya no me entran tantas ganas de despellejarte vivo cuando pienso en ti —dijo el Minotauro—. Ahora me conformaría con obligarte a comer tus propias orejas.
—Supongo que eso es lo más cercano a un intento de reconciliación que voy a obtener de ti.
—Corrígeme si me equivoco, amigo Minos —interrumpió Plutón—. ¿No habíamos venido aquí a degollar gente?
—En un principio, sí —convino Minos—. Ahora me parece más importante recuperar el amor de mi hijo.
—Nunca me habías llamado… hijo —dijo el Minotauro.
—Sí, bueno, ya sabes. Como antes me dabas asco y eso…
—Ay, joder, qué empalago —intervine al fin.
—Estoy de acuerdo con quien quiera que haya dicho eso —dijo Plutón—. A ti te degollaré el último.
—¿A qué viene tanta insistencia en degollar, caballero? —preguntó Pojinga.
—¿Quién ha dicho eso? —inquirió Plutón
—Un mendigo descalzo —contesté.
—Ah, bueno; a ese me lo cargaré el primero. Si es un pobre, que más le dará que le metan fuego antes o después —razonó Plutón.
—Pues espero que tengas el maletero lleno de gasolina, Plutoncito, porque la habitación está llena de pordioseros sucios, camorristas y maleducados —advertí.
—Oiga, sin faltar —dijo un menda que estaba orinando contra una pared.
—Así que es mejor que salgas corriendo, Plutón —proseguí—. Corre como si llevaras tus pelotas metidas en una bolsa de hielo y el hospital más cercano estuviera a quince kilómetros —dije molando un montón.
—¡No me das ningún miedo! —exclamó Plutón—. Aunque no pueda verte, sé dónde estás. ¡Tengo el resto de mis sentidos hiperdesarrollados! ¡Y soy el mejor karateka del Infierno! ¡Kiai! —Y le calzó una patada a una lámpara. En ese momento me alegré de haber desestimado el plan de emergencia.
—¡¿Has tenido suficiente, mamarracho?! —dijo Plutón.
—No siga, Plutón —dijo Pojinga—. ¿No se da cuenta de que esto es un despropósito?
—¡No te concederé clemencia, bastardo! —le dijo Plutón al reloj de pared.
—Oye, ¿no se te ocurre nada para suavizar esta situación? —me preguntó Pojinga.
—No —confesé—. Pero se me ocurren un montón de cosas para empeorarla.
—Mi buen amigo; eres el Mesías. Si nuestro beligerante adversario aquí presente pudiera ver, no sé, alguna muestra de buena voluntad por tu parte, quizá abriera los ojos y se diera cuenta de que la violencia no es el camino.
—Pojinga, este tipo me atravesó el tórax con un florete —dije—. La única muestra de buena voluntad que se me ocurre tiene que ver con dos metros de alambre de espino y los diferentes orificios corporales donde poder ocultarlos.
—¡¿Qué estáis murmurando?! —gritó Plutón—. ¡¿Rezáis por vuestras almas, acaso?!
—Esto es patético —dije.
—La solución está en tus manos —sentenció Pojinga.
—Pojinga, yo no soy como tú. Tú eres tan positivo, tan optimista… Te admiro y me pones enfermo a partes iguales.
—Sí, bueno, pero eso es porque ves en mí un reflejo de ti mismo y tal. —Pojinga carraspeó y luego me agarró de los hombros—. Ve y cumple con tu destino.
Miré durante unos segundos a ese hombre que se había equivocado de universo al nacer, y acto seguido me volví hacia Plutón, que estaba ocupado buscando sinónimos del verbo “desollar”, y le impuse las manos.
—¡Sigue de pie y ve! —dije siguiendo la fórmula instaurada por mi ilustre predecesor en el cargo. Acto seguido, le arranqué de un tirón la venda de los ojos.
—¡Cuidado con el pelo, cojones! —exclamó Plutón. Y acto seguido—: ¡Coño! —Que lo primero que veas al recuperar la vista sea la mascota de un equipo de baloncesto debe reducir considerablemente tus recursos lingüísticos.
—¡Plutón, puedes ver! —dijo Minos.
—¡Sí! —exclamó Plutón, presa de la excitación.
—¡Tienes ojos! —dijo Minos.
—¡Sí! ¡Sí! —exclamó Plutón.
—¡Uno rojo y otro amarillo! —dijo Minos.
—¿Que qué?
—Disculpa, tronco —dije—. No le tengo todavía cogido el tranquillo a esto.
—¿Tú me has devuelto la vista? —me preguntó.
—Sí.
—¿A pesar de que una vez te asesiné?
—Ajá.
—¿A pesar de que te estaba buscando para matarte otra vez?
—Ya te digo.
—¿A pesar de que es probable que vuelva a intentarlo?
—No me lo pongas más difícil.
—Vaya, gracias. Debes de ser una especie de capullo o algo así.
—No permitas que este acto increíblemente estúpido y el disfraz de pollo influyan de manera negativa en tu opinión sobre mí.
Plutón se echó las manos a la espalda, dirigió su vista al techo y empezó a deambular por la estancia sin rumbo fijo. Todos los presentes temimos que nos fuera a endilgar un soliloquio.
—Menudo dilema —dijo Plutón—. ¿Dejarte proseguir tu camino en señal de agradecimiento, o hacerte mi esclavo y torturarte durante toda la eternidad?
—Si te interesa saber mi opinión… —empecé a decir.
—¡Oh, padre! —prosiguió Plutón en tono lastimero—. Ojalá estuvieras aquí para aconsejarme. Pero no estás. Hasta mañana no vuelves de Budapest. Espero que no te traigas otra vez las toallas del hotel, que después te las reclaman y paso mucha vergüenz.a —En realidad, Plutón era un demonio de primera generación y carecía de progenitores al uso, así que se marcó el parlamento por motivos exclusivamente ornamentales.
—¿Quieres un consejo? —dije—. Yo te lo daré. Jamás te compres un coche italiano. Oye, Plutón, ¿tú por qué haces esto? Lo de tratar de joderme y tal.
—¿No es evidente? ¡Para traer el Apocalipsis!
—¿De qué estás hablando? ¡De eso nos encargamos nosotros!
—Sí, ya. Las huestes celestiales organizando un Apocalipsis. Menuda chapuza os va a salir.
—¿Estás llamando chapucera a mi gente?
—Reconócelo; la Aniquilación Total os viene grande. Cuando se trata de castigar a alguien, dejáis que las hordas infernales nos encarguemos del trabajo sucio. Sois unas nenazas.
Subí el mentón y saqué pecho, intentando aparentar que todavía me quedaba un resto de testosterona en alguna parte.
—Oye, el Creador lleva gestando este plan desde hace milenios. Él creó el mundo, por tanto, es el más indicado para desmantelar el chiringuito —razoné.
—¡Ja! El Creador no tiene ni puta idea de cómo quitar a la Humanidad de en medio. ¿Por qué crees que tarda tanto en decidirse? A Él se le da bien eso de hacer montañas y tomates y cosas que dejan babas cuando se arrastran, pero cuando se plantea mandarlo todo a tomar viento empieza a tartamudear y a tropezar con los muebles. Además, el Buen Señor no tiene ninguna experiencia en eso de hacer el mal, mientras nosotros tenemos la mano rota de hacerlo. ¿Qué tenéis vosotros?
—A Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. ¿Te parece poco?
—Ja otra vez —dijo Plutón—. Los Cuatro Jinetes de la Poca Mierda, diría yo. Según tengo entendido, Guerra se ha convertido al budismo, Peste se cambia de calzoncillos con razonable frecuencia, Hambre se ha puesto gordo y Muerte está bastante mejor desde que visita al psicólogo. De hecho, creo que ahora se hace llamar Micaela.
—Quizá no dispongamos de vuestra potencia de fuego, pero al menos no somos tan desastrosos en el aspecto organizativo como vosotros. Seguro que no sabríais ni por dónde empezar.
—¿Disculpa?
—Venga, imagínate que sois los encargados del Apocalipsis. ¿A quién condenaríais primero?
—Eh… A los mancos, yo qué sé. Déjame en paz.
—¿Lo ves? Seguro que os hacéis la picha un lío.
—¿Quién, nosotros? No estás tú chalado ni nada.
—Anda, listo; a ver si tenéis huevos de preparar un Apocalipsis mejor que el nuestro.
—¿Me estás desafiando?
—¿Quién, yo?
—Acepto. Huestes Celestiales versus Hordas Infernales. Os vais a cagar, con el Apocalipsis que vamos a montar. Van a caer todos, justos y pecadores. Acuérdate de lo que te digo —Plutón empezó a retirarse lentamente—. ¡Nos vemos en el fin del mundo, Mesías!
Plutón se largó de la habitación para regresar un segundo después.
            —Eh, disculpad, ¿por dónde se sale de aquí?

sábado, 2 de mayo de 2020

Los anteriormente conocidos como Legión

Follow the fucking leader

El Apocalipsis según se mire. Capítulo 34.

—¿De la bombona blanca o de la naranja? —pregunté al otro lado de la puerta.
—¡¡Que no somos los del butano, nene!! —bramó Plutón—. ¡¡Que llevo media hora intentando explicarte que somos Legión!!
—¡Agárreme un cojón!
—¿Qué ha dicho? —dijo Minos.
—Yo que sé. Al parecer, pretende que le practique una torsión testicular —respondió Plutón—. Me da la impresión de que nuestro interlocutor está intentando cambiar sibilinamente de tema.
—Te pierden las buenas maneras, jefe —opinó Flegias—. Sugiero que pasemos al plan B.
—Ah, claro, el plan B —dijo Plutón rebuscando en sus bolsillos—. ¿Dónde lo habré metido?
—No te lo habrás dejado en casa…
—Creo que no… Voy a mirar en la cartera… No, menuda contrariedad… Para mí que lo había metido…  El móvil… Las llaves… El pañuelo… Un agujero en el bolsillo… ¡Mierda!
—¿Alguien tiene un plan B que le sobre? —preguntó Ciacco a los soldados.
—Chisssst —chistó Plutón—. ¡Calla, gafe! ¿Quieres que el enemigo se entere de que no tenemos un plan B?
—¿No tienen un plan B? —pregunté.
—¿Qué? Claro que sí, no seas ridículo.
—¿Has buscado dentro del calcetín? —preguntó Minos.
—¿Tienen el plan B en un calcetín? —pregunté de nuevo.
—No, que va, qué disparate. —Plutón bajo la voz—. Muchachos, ¿Podríamos discutir el plan B lejos de la puerta?
—Yo digo que echemos la puerta abajo con el ariete —dijo Flegias.
—Valiente mierda de plan B —opiné.
—¿Y a ti quién te ha preguntado, niño? —dijo Plutón—. Pero tiene razón; ese plan B es una cagada. Seguro que nuestras grandes mentes criminales pueden idear una solución que no prescinda necesariamente de la retorcida poética del Mal.
—Yo tengo Goma-2, que rima con tos —dijo Ciacco.
—¿Podría alguien cerrarle la boca a este gilipollas? —sugirió Plutón. 
—“Goma—2, fuego, humo y tos” —declamó Ciacco.

—¿Han entrado ya Plutón y su cohorte? —preguntó el Minotauro al vernos regresar al Salón Verde.
—Qué va. Lo harán cuando descubran que solo tienen que girar el pomo —dije—. No te preocupes, tengo un plan infalible para cuando entren. ¿Alguien quiere orujo?
—Para mí solo un culito —dijo Marcia desde un sillón, todavía surcando el espacio aéreo de Narcotilandia.
—Marcia, cariño, ¿por qué no haces algo productivo, como echar la papa o…?
—Tú tranquilo, que yo controlo. —Y se quedó grogui.
—No quiero que parezca que te estoy sermoneando, pero antes era una buena chica —me susurró el Minotauro. Había en su mirada un matiz de moderado reproche, como si me hubiera sorprendido depilando a una cría de gato—. Quiero decir, es una diablesa del Infierno, y no es que haya limpiado mucho petróleo de las playas o lo que sea que hagan las buenas personas, pero tú ya me entiendes.
—Sí, como no. Pero yo nunca he depilado a una cría de gato.
—No lo pongo en duda. ¿Me estás prestando atención?
—Sí, sí, naturalmente. Yo también soy de la opinión de que deberíamos comer menos trigo —dije mientras miraba a Marcia dormir la mona.
—¿En qué estás pensando, amigo mío?
—En que cuando despierte tendré que acompañarla al baño y apartarle los pelos de la cara mientras está arrodillada frente al inodoro.
—Qué tonterías hacen los hombres por amor —sentenció Asterión.
—Bueno, tampoco te pases. Ella el otro día me quitó una legaña y no lo interpreté como una proposición de matrimonio.
—¿Crees que no sé que se te ha entregado? Que soy el Minotauro, bribón, y huelo a una virgen a diez kilómetros de distancia. —Y me dio un codazo.

—¡Ajá! ¡Aquí estáis, cobardes ignominiosos! —gritó Plutón al entrar en la estancia—. Porque están aquí, ¿no, Minos?
—No, Plutón —dijo Minos—. A no ser que tengas por costumbre llamar “cobardes ignominiosos” a los botes de fruta en almíbar.
—¡Mierda! Es la séptima vez que nos equivocamos de habitación. ¿Dónde se esconden nuestros adversarios, camarada?
—¿Se han perdido, señores? —dijo Jean-Baptiste.
—¿Quién ha dicho eso?
—Parece el típico centauro vestido de criado —aclaró Minos.
—Oh. ¿Tu hijastro tiene un mayordomo mitad hombre y mitad caballo?
—Sí, sí —afirmó Minos—. Antiguamente había muchos de estos deambulando por aquí. Un ama de llaves con cabeza de mujer y cuerpo de león, un cocinero con cabeza y cuerpo de marsopa y patas de oso, un barman con cuerpo de babuino y culo de un mono normal… Tenía un montón de extrañas abominaciones mutantes en nómina, el cabrón.
—Debo reconocer que me produce cierta envidia. Siempre he querido tener un criado al que se le pudiera adosar un carro. —Plutón suspiró—. Dime, lacayo, ¿serías tan amable de conducirnos al señor de la casa?
—¿A quién tengo el dudoso honor de anunciar, señor?
—Di que somos Legión, insolente.
—Un nombre muy altisonante para una comitiva tan exigua, si me permite la observación.
—¿Exiguos nosotros, lacayo? —Plutón soltó una carcajada—. ¿Habéis oído, soldados? ¿No es divertido, Flegias? ¿Ciacco? Eh… ¿Conserje? Esto, Minos, ¿cuántos somos?
—A ver… estamos tú… yo… el mayordomo…
—El mayordomo no es miembro de nuestra venerable hermandad.
—Ah. Entonces empiezo de nuevo. Tú… yo… ¿El castor con pinzas de cangrejo venía con nosotros?
—No me suena.
—Me temo que es el encargado de mantenimiento, señor —aclaró Jean-Baptiste.
—¿Dónde está la fuga de agua, Jean—Baptiste? —preguntó el encargado de mantenimiento.
—En la galería ciento treinta y cuatro, Nelson —contestó Jean-Baptiste—. Aguas fecales, me temo.
—Empiezo otra vez —dijo Minos—. Sin contar al mayordomo ni al encargado de mantenimiento, estamos tú, yo… Espera, ¿me he contado a mí?
—Te dije que te tomaras un zumo de tomate antes de salir, joder.
—Tú y yo, entonces. ¡No! Espera… Tú. Y yo. Sí, está bien.
—¡¿Y dónde están los demás?!
—Inspeccionando el terreno, creo.
—¡¿Inspeccionando un laberinto?!
—No te alteres —tranquilizó Minos—. Hemos quedado en la fuente del patio interior dentro de media hora, por si alguien se pierde.
—Ah, bueno; me dejas más tranquilo si me dices que hemos quedado en la fuente, como si estuviéramos en la puta Feria de Abril. ¡¡Pues claro que se van a perder, soplapollas!! ¡¡Es el jodido laberinto del Minotauro!!
—¿De qué te preocupas? Somos Plutón y Minos, los tíos más duros del Infierno. Podemos cepillarnos a cualquiera entre los dos.
—¡Yo soy ciego y tú estás borracho, joder! ¡Y en alguna parte de este apestoso lugar nos espera el hijo de tu mujer, que, por si lo has olvidado, pesa doscientos cincuenta kilos y tiene dos pitones de medio metro en la cabeza!
—Sí, hombre; cómo lo voy a olvidar. —Se dirigió a Jean—Baptiste—. No se puede imaginar qué parto más largo. El cordón umbilical se le quedó enrollado en un cuerno; no vea usted qué mal rato.
—Me hago cargo, señor.
—Debo reconocer que al principio sentí un poco de rechazo —siguió contando Minos—. Pero después, cuando la matrona lo trajo limpito y con los pitoncitos limados…
—Eh, eh, Minos —interrumpió Plutón—. Si no te importa, estaba gritando.
—Te repito que mi hijastro no supone ningún problema.
—¿Cómo que me lo repites? ¿Cuándo me lo has dicho?
—¿No lo he dicho? Mmm… Entonces debo de haberlo pensado…
—¿Y la *#$%& Marcia Hellstrom, la &!$% que me arrancó los ojos? —dijo Plutón—. ¡¿Ella tampoco supone ningún problema?!
—¿Cómo la has llamado?
—Me autocensuro cuando insulto a una mujer —explicó Plutón—. Un caballero es siempre un caballero, aunque esté encabronado.
—No me gustaría parecer grosero, señores, pero se me están enfriando las infusiones —dijo Jean-Baptiste, dando la vuelta con uno de sus gráciles “piticlops”.
—¿Has oído eso? —dijo Plutón siguiendo a Jean-Baptiste—. Daría cualquier cosa por tener un mayordomo altanero e impertinente como este, con su actitud condescendiente y su fino humor británico… ¡¡Joder!! ¡¡Maldito lacayo!! ¡¡Te has cagado a propósito para que yo pise el boñigo!!
—Ruego disculpe mi fino humor británico, señor —se disculpó Jean-Baptiste.
—Joder, joder… Minos, dime que la mierda no me ha llegado al calcetín…
—¿Y cómo se te ocurre llevar calcetines blancos a la batalla, con lo que te sudan a ti los pies?
—Ay, joder, siento una especie de humedad pringosa dentro del zapato…
—Aquí es, caballeros —dijo Jean-Baptiste—. Hagan el favor de esperar mientras les anunció.
—¿Ya? —dijo Plutón—. Coño, qué nervios. ¿Tengo bien el nudo de la corbata, Minos? ¿Estoy despeinado?
—No, pero acabas de meter el pie en un montón de estiércol de caballo.
—¡No me lo recuerdes!
—No me has entendido. Acabas de meter el OTRO pie en OTRO montón de estiércol de caballo.
—¡¡¡Joder!!!
—Pueden pasar, caballeros —anunció Jean-Baptiste.
—¿De verdad que no pillamos al señor de la casa en mal momento? —preguntó Plutón—. Que nosotros ya nos pasamos otro día, si eso.
—Vamos, Plutón; es nuestra oportunidad de ajustarle las cuentas a ese mindundi de Nuevo Mesías —razonó Minos—. ¿Vas a echarte atrás ahora?
—¡Minos, estoy de mierda hasta las pantorrillas! Ay, joder, que se me están empezando a entumecer los dedos de los pies. ¡Que tengo pie de atleta, Minos, y el excremento de caballo escuece una barbaridad!

Diez minutos mal contados de discusión escatológica más tarde.

—...y la bosta de vaca le iba muy bien para el cutis —contó Minos—. Siempre elogiaba las virtudes sus propiedades exfoliantes.
—¿Tu mujer se saneaba los poros faciales con boñiga de vaca?
—Cada noche antes de acostarse, desafortunadamente. ¡Ja! Y encima se quejaba de mis ronquidos, la muy cínica. Pues anda que ella, con el pestazo a mierda que le echaba la cara…
—Ejem, señores… —interrumpió Jean-Baptiste.
—Ah, sí, sí —dijo Plutón—. Ya se me ha secado la mierda de los pies, y ahora huele menos… Joder, jamás había llegado a imaginar que semejante frase brotaría algún día de mis labios…
—Valor, amigo Plutón, valor.
—¡¡¡Ajá!! —exclamó Plutón al entrar en la habitación—. ¡¿Creíais haberos librado de Legión, ratas inmundas?! ¡No hay sitio en el Infierno donde podáis esconderos de nosotros!
—¡Nadie amenaza a ese perchero en mi presencia! —exclamé.
—Minos, ¿estoy amenazando a un perchero?
—Digamos que desde que te quedaste ciego tu sentido de la orientación se encuentra notablemente desmejorado —repuso Minos.
—¿Quién es el insensato que ha osado replicarme?
—A simple vista parece un ser mitad… eeeh… y mitad… esto… En realidad, parece un tipo embutido en un disfraz de pollo.
            —Espero por tu bien que hayas preparado un plan B —me susurró el Minotauro.

viernes, 1 de mayo de 2020

Le seguían llamando Legión

"Lo que hay que hacer por un plato de comida caliente, la madre que me parió"

El Apocalipsis según se mire. Capítulo 33.


—¿Desde cuándo no te cortas el pelo, muchacho? —me preguntó Tisífone, una de las Tres Temibles Erinias, Diosas de la Venganza y de lo que Usted Mande.
—Déjeme en paz, señora.
—Es que ya no tienes edad para ir por ahí con esas patillas —remarcó Tisífone—. Seguro que la mayoría de tus amiguitos heavies ya se han casado y tienen críos.
—Hay que joderse… —rezongué.
—Claro, como ya estás muerto, para qué te vas a duchar, ¿no? —dijo otra de ellas, conocida como Alecto—. Porque vaya alas comidas de mierda que tienes, hijo mío.
—¡Que no estoy muerto, señora!
—Ay, no le atosiguéis —dijo la tercera de ellas, conocida en la frutería de su barrio como Megera—. Seguro que de niño fuiste muy aplicado. ¿A que sí?
—¿Le importaría dejar de acariciarme la cabeza, señora?
—Oh, por favor, no seas tan formal —dijo Megera—. Tú puedes llamarme mami.
—¡Pero, oiga!
—Eh, eh, eh. —Mi narcotizada diablesa salió en mi defensa—. Quítale las manos de encima a mi hombre, golfa.
Y, sin previo aviso, me metió la lengua hasta donde ninguna mujer había llegado antes.
—Jean-Baptiste, trae un cafelito para la señorita Hellstrom, a ver si podemos lograr que reine la cordura en esta estancia —dijo el tipo con la cabeza de toro al mayordomo que era un caballo de cintura para abajo.

Mientras tanto, fuera del laberinto…

—A ver —dijo Plutón, con las cuencas vacías de sus ojos cubiertas por una venda—. ¿Podría alguien describirme el panorama que se nos presenta?
—Estamos frente al portón del laberinto —contestó Minos, que tenía aspecto de necesitar con urgencia una sopa de verduras—. Debemos proceder con suma cautela.
—¿Por qué? ¿Acaso hay un foso de cocodrilos o trampas que se activen al entrar, como flechas que salgan de las paredes o cables que decapiten a la gente?
—No, pero podemos tirar el paragüero sin querer y armar un escándalo de mil demonios.
—Mm-m —murmuró Plutón dando un paso al frente—. Amigos míos, me veo en la obligación de rogaros prudencia. El laberinto del Minotauro es un lugar lleno de peligros. Por lo pronto, el terreno no parece muy estable. Dime, Minos, ¿el sitio está rodeado por arenas movedizas?
—Eeeeh, no. Acabas de meter el pie en un charco de vómito —dijo Minos por lo bajini.
—Ya. ¿Me ha visto alguien?
—Eh… no, creo que no —respondió Minos mirando a sus espaldas.
—No me complacería perder el tan merecido respeto que he recabado entre mis hombres por una tontería de tales características. Ese que dice ser el Nuevo Mesías ya ha mancillado mi honor lo suficiente.
—A escasos diez centímetros a tu derecha hay una pequeña roca. ¿Por qué no restriegas disimuladamente la suela del zapato contra ella?
—Gracias, Minos; no sé lo que haría sin tu colaboración.
—¡Eh, jefe! —dijo Flegias—. ¿Nos vas a dar instrucciones, o te vas a pasar el día pisoteando esa mierda seca?
—¡Joder, Minos! —se quejó Plutón.
—Perdona, Plutón; la resaca disminuye considerablemente mi capacidad de enfoque.
—Yo propongo que nos separemos —propuso Ciacco, que había perdido la esperanza de que sus cejas volvieran a crecer después del incendio del invernadero.
—Eso, eso, separémonos —secundó Flegias, que acto seguido se dirigió a los soldados—. ¡Venga, todo el mundo a tomar por culo a su puta casa!
—¡¿Para qué cojones nos vamos a separar, si solo hay una puerta de acceso?! —bramó Plutón
—Pues ahora mismo no sé por qué me ha parecido tan buena idea de repente —dijo Ciacco—. ¿Quién quiere una calada?
—¡¿Te estás fumando un porro?!
—Claro, Plutón; imagina el efecto que vamos a causar cuando nos vean entrar colocados. ¡Se van a acojonar!
—¡Somos demonios del Infierno, joder! ¡Ya acojonamos bastante sin necesidad de entrar tropezando con el cable de la lámpara!
—Vale, un demonio acojona; pero un demonio yonqui hace que te cagues la pata abajo. Van a pensar, “¡Joder, estos tíos son capaces de cualquier cosa! ¡Dales la cartera!”
—Menuda vulgaridad —dijo Plutón—. Valiente mierda de genio del mal estás tú hecho. ¿Pero es que a ti te enviaron al Infierno por trucar un ciclomotor, o qué?
—Vale, vale —dijo Ciacco—. Te libras porque no tengo absolutamente ningún argumento de peso para justificar mi plan, que si no…
—Bueno, ya está bien —dijo Plutón—. Esto es lo que vamos a hacer. Pegamos a la puerta y esperamos pacientemente a que alguien del servicio nos abra; entramos ordenadamente, presentamos nuestros respetos, y después reducimos a pequeñas porciones sanguinolentas a todos los presentes, ¿de acuerdo?
—¿Y si no nos quieren abrir? —preguntó el Conserje.
—¿Quién ha dicho eso?
—Mi marido —aclaró Flegias—. Conserje, Plutón; Plutón, Conserje.
—¿Tu qué?
—Es una historia muy bonita —dijo el Conserje—. Él se encontraba atado y amordazado en el maletero de su taxi, yo entré a hurtadillas y, bueno…
—Me arrebató mi flor —dijo Flegias haciendo ojitos a su amado.
—Bueno, ya tenemos en el equipo a un borracho y a un drogadicto; supongo que no está fuera de lugar contar además con un bárbaro sodomita.
—Hombre; bárbaro, lo que se dice bárbaro… La verdad es que no sé si sodomizo tan bien —dijo el Conserje.
—Oh, no seas modesto, cielo —replicó Flegias—. Eres un fenómeno.
—¿Lo dices en serio, cari?
—Esto, caballero; se supone que Flegias es un temible engendro del Infierno —intervino Plutón—. No creo que el apelativo “cari” haga ningún bien a su imagen. Por otro lado, permítame decirle que su decisión de acompañarlo al campo de batalla quizá no haya sido la más conveniente. Dudo que Gengis Khan se llevara a su señora a arrasar el Turkestán.
—Uy, qué disparate —dijo la parienta de Gengis Khan, que casualmente era la encargada del catering de la Legión de Demonios—. Anda que no tenía yo cosas que hacer ese día ni nada. No sabe usted cómo tenía el suelo de migas.
—Eh, Plutón —dijo Flegias—. ¿Nos vas a asignar nombres clave?
—¿Nombres clave? —dijo Plutón.
—Hombre, si esto es una operación especial, deberíamos tener un alias o algo.
—¿Te refieres a cosas como “Alfa Charlie”?
—¿El qué? No, hombre, no; yo me refiero a nombres que resulten reconocibles, como el Cabezón, el Caracaballo, el Tartaja… Alfa Charlie es un sobrenombre que no inspira nada. Cosas como el Soplillos o el Algarrobo dicen mucho más de las personas.
—¿Te estás escuchando? ¡Si ni siquiera tenemos intercomunicadores! ¿Cómo pretendes que nos llamemos? ¿A gritos? “¡Eh, Cabezón, acabo de localizar al enemigo!”
—Vale, vale, lo que tú digas, Gitano.
—¡¿Por qué me llamas Gitano?!
—Es tu nombre clave —aclaró Flegias—. Se me acaba de ocurrir.
—¡¡Nadie va a llevar un puto sobrenombre, joder!! ¡¡Soy Plutón, y acojono un montón!! ¡¡Joder!! ¡¡Ahora parezco un puto rapero!!

—¿Por qué tardan tanto en decidirse? —dije yo tras la puerta de entrada. Había llegado allí buscando la bodega.
—A lo mejor reconsideran sus abyectas intenciones —dijo Pojinga tras la mirilla. Beber solo es muy triste—. Sinceramente, no parece que todos ellos se sientan demasiado inclinados al Mal esta mañana.
—Déjame ver —dije, reemplazando a Pojinga—. Ah, ya se acerca Plutón.
¡Pon, pon! —golpeó la puerta Plutón.
—¿Quién es? —pregunté aflautando la voz.
—Somos Legión —contestó Plutón—. ¿Está tu padre o, en su defecto, algún adulto responsable contigo?
—No, ha bajado un momento al bar. ¿Es usted ese al que llaman el Gitano?
—¡¡Joder, que rápido se corre la voz en este puto sitio!!