sábado, 28 de marzo de 2020

Introducción: El Principio de los Tiempos narrado por un testigo presencial

¡Uylaqueliao!

—En menudo embolado me he metido —dijo Dios echando un receloso vistazo a la Nada Absoluta.
            Era el Primer Día de la Creación, y el Hacedor se había levantado de la cama un tanto apático. Casi se arrepentía de haber hecho la luz y encontrarse aquel desolador panorama; en honor a la verdad, no sabía ni por dónde empezar. Después de pensarlo unos minutos, Dios enfiló el camino de vuelta al Cielo con la firme resolución de consultar su siguiente paso con la almohada.
            —Bueno, tienes espacio de sobra. Podrías empezar colocando el piano —le dijo esa noche la almohada (para no ahondar demasiado en el bochornoso asunto de los objetos parlantes, digamos que, por un lado, Dios era omnipotente, y, por otro, se sentía muy solo).
            —Un piano no soluciona el problema.
            —El piano es solo el principio. —La almohada trató de imprimir cierto matiz conspirativo a su voz, empresa meritoria por poco habitual en el gremio de los artículos de descanso.
            —¿Y luego?
            —No sé. ¿Una estantería de estilo rústico? —respondió la almohada, que en realidad se había quedado sin ideas. Algo muy corriente en una almohada, dicho sea de paso.
            Si bien es cierto que más tarde Dios sería conocido como el tipo que creó el Cielo y la Tierra y Todo lo que Existe, en aquel momento la sola idea de tener que sacarse de la manga figuras de cerámica que acumularan polvo encima de una estantería bastaba para cortarle la digestión, así que desechó la propuesta de inmediato. Él aún no lo sabía, pero había tomado la decisión correcta. De lo contrario, la enumeración sistemática de la Creación (Luz — piano — estantería rústica — pato de porcelana) habría arrojado una gradación de interés marcadamente decreciente.
            —Olvídalo —dijo finalmente el Hacedor—. No sé para qué pregunto.
            —Estamos hoy espesitos, ¿eh?
            —Un piano… —dijo el Señor volviendo a la idea que en aquel momento se le antojó menos laboriosa—. ¿Qué hago yo con un piano?
            —Lo he dicho por decir —confesó la almohada—. No hace falta que te obsesiones con el tema.
            —Mmm…
            —Qué.
            —Aunque quedaría bonito ahí, en medio de la Nada.
            —Yo lo único que digo es que, como un piano es una cosa grande y difícil de ubicar, pues… —comentó la almohada con secreto orgullo y una errónea sensación de protagonismo.
            —Podría limpiarle el polvo todos los días.
            —¿El qué?
            —El polvo. Una cosa que se me acaba de ocurrir —dijo el Creador—. Bueno, ya lo meditaré mañana.
            Y eso fue todo lo que pasó el Segundo Día de la Creación.

La mañana siguiente, Dios se dirigió a la Nada Absoluta e hizo aparecer un elegante piano de cola. Lo miró durante un rato. Después, creó el polvo y lo vio asentarse sobre la tapa.
            —Mañana sin falta lo limpio —dijo Dios antes de retirarse.
            Y eso fue todo lo que pasó el Tercer Día de la Creación.

—Eres un huevón —opinó un trapo de cocina al día siguiente.
            —Y tú un trapo de cocina —dijo Dios—. Lo que te falta en autoridad moral te sobra en lamparones.
            —¿Por qué te empeñas en rebajar mi autoestima?
            —Porque estás hecho de poliéster.
            Dios remató su manzanilla y su bol de maná y dio por terminada la conversación. Estaba molesto, naturalmente, como cualquiera que, creyéndose en posesión de la Verdad Absoluta, recibe una segunda opinión no solicitada. Se dirigió dando un paseíto hacia la Nada, a la que ahora prefería llamar el Sitio del Piano Sucio.
            —Bueno, venga, que no tiene que ser tan difícil —dijo Dios para infundirse ánimos—. Soy todopoderoso. Esto del universo lo hago yo con la punta del cipote.
            El Hacedor miró distraídamente a su alrededor y vio a unos metros de distancia a un silencioso espectador que a buen seguro acababa de presenciar su vergonzoso soliloquio: Un señor de pelo cano más bien escaso, camisa gris, pantalones azul marino y tirantes, apostado detrás de una valla metálica de color amarillo. De haber sabido que no estaba solo, Dios habría procurado expresarse con menos vehemencia.
            —¿Desde cuándo está usted aquí? —preguntó Dios.
            —Pues no sabría decirle —dijo el caballero con voz grave—. Desde hace algún tiempo, supongo. Antiguamente aquí no había nada, ¿sabe usted?
            —De hecho, aquí no hubo nada hasta ayer. Bueno, Nada sí que había, lo que no había era Algo —matizó el Hacedor.
            —Entonces debo de estar aquí desde antes de ayer, por lo menos —dijo el señor de pelo cano.
            —Pues no había reparado en su presencia hasta este momento —comentó Dios—. Debo de haberlo creado sin darme cuenta.
            —¿Usted a mí?
            —Naturalmente —respondió Dios—. A ver si se cree que los señores de pelo cano aparecen por generación espontánea.
            —Pues, si acepta un consejo, preste más atención la próxima vez que se disponga a crear algo —dijo el señor de pelo cano—. Sobre todo si no quiere que sus obras presenten imperfecciones.
            —Oh. ¿Acaso se considera usted una obra fallida? —El Hacedor parecía molesto.
            —Para empezar, se me caen los pantalones —indicó el señor de pelo cano—. No sé mucho sobre omnipotencia, pero dudo que una Creación Perfecta se tenga que ver obligada a llevar tirantes.
            —Pues sí que es usted quisquilloso, caramba.
            —Disculpe si parezco de mal humor. Es que el lumbago me está matando.
            —Habitualmente pongo todos mis sentidos cuando hago cualquier cosa. Todo lo que ve aquí lo he hecho yo, ¿sabe? —replicó Dios con orgullo—. La luz y el piano sucio son obra mía.
            El señor de pelo cano no se mostró muy impresionado. Su inalterable semblante haría creer a cualquiera que había conocido dioses con mejores currículums.
            —Y no olvide añadir en su haber los pantalones de la talla equivocada y los achaques lumbares —señaló el señor de pelo cano.
            —Está usted empezando a hincharme las narices —repuso el Hacedor.
            —Yo solo constato una realidad.
            Dios se mantuvo unos instantes en silencio, mirando aceradamente al señor del pelo cano mientras parecía meditar la idoneidad de que su siguiente obra pudiera incluirse en la categoría Objetos Muy Pesados que Caen Sin Previo Aviso Encima de Alguien. Finalmente, decidió que empezar a corregir errores en un momento tan temprano de la Creación denotaría un molesto matiz de inseguridad del todo indigno de un ser que se había proclamado a sí mismo, quizá de manera un tanto prematura, La Verdad Absoluta.
            —¿Sabe? —dijo Dios finalmente—. Creo que su presencia aquí responde a un motivo. ¿Qué le parecería ser testigo de la Creación de Todas las Cosas? Quizá algún día necesite que usted le cuente a alguien los Acontecimientos Tal y Como Sucedieron.
            —¿Tendría que ceñirme a los hechos?
            —Naturalmente —dijo Dios—. Bueno, no es que lo tenga que explicar todo punto por punto. Por ejemplo, eso que he dicho antes de hacer el universo con la punta del cipote lo puede suprimir de su narración. No me importaría, la verdad.
            —Ah, gracias por mencionar ese detalle —dijo el señor de pelo cano—. Lo había olvidado por completo.
            —Quizá no le vendría mal agenciarse algo que le sirva para hacer anotaciones —dijo Dios, preocupado por el hecho de que el tipo que había elegido como Cronista de la Creación mostrara una alarmante escasez de memoria a corto plazo—. ¿Qué me dice? ¿Acepta?
            —No veo inconveniente, si usted no se demora mucho en este asunto de crear cosas —dijo el señor de pelo cano—. No puede imaginarse cómo me duelen las piernas.
—Descuide —dijo Dios—. Yo creo que en cuatro o cinco días tengo esto listo.
            Y así fue que, sobrepasando ampliamente la fecha estimada de fin de obra, el Creador de Todas las Cosas creó Todas las Cosas que Faltaban. Menos, claro está, el pato de porcelana.

            Cierto día, Dios se acercó a un pequeño planeta que había puesto a enfriar tiempo atrás y que, a simple vista, parecía menos feo que los demás; de hecho, casi podía confundirse con una reproducción a pequeña escala del Cielo.
                        —¿Qué opinas? —preguntó Dios.
                        —Pse —contestó el señor de pelo cano, que ahora se hacía llamar Narrador Omnisciente.
                        —¡¿Cómo que ‘Pse’?! —exclamó Dios, irritado—. ¡¿Qué tiene de malo este sitio?! ¡No te parece bien nada de lo que hago, puñetas!
                        —Es que a mí, particularmente, esta humedad me viene fatal para los huesos —repuso el Narrador apoyado en su inseparable valla amarilla—. Pero, vamos, si a ti te gusta…
—Me encanta —dijo el Creador—. Por fin tengo un sitio donde colocar a mis criaturas.
—Ah, sí —murmuró el Narrador—. Tú y tus ideas.
—¡¿Perdona?!
—No, que digo que esas criaturas tuyas, ¿cómo van a ser?
—Pues no te voy a mentir; al principio van a ser una mierda —explicó el Hacedor—. Muy pequeñas, muy simples, todo el rato debajo del agua tocándose el rabo. Pero después irán cambiando muy, muy lentamente... Esta vez no pienso acelerar nada, ¿sabes?
—Sí, mejor —coincidió el Narrador—. Todavía me acuerdo de la última vez que te dio por acelerar algo. Menudo petardazo pegó aquello. 
El Señor hizo como que no escuchaba la mención del Narrador al aparatoso accidente que más tarde alguien denominaría Big Bang. Contempló con satisfacción los lagos y las montañas y los bosques y las cascadas de aquel planeta que algún día se llamaría Tierra y anunció:
—Decidido. Aquí es donde voy a colocar a mis criaturas.
            Y fue entonces cuando a Dios la Creación se le fue de las manos.

—¿Qué haces ahí subido? —preguntó el Narrador algún tiempo después.
Dios se encontraba sentado en la gruesa rama de un árbol majestuoso.
—¿Se ha largado ya ese puto bicho? —dijo el Alfa y el Omega.
–¿El de los cuernos enormes? Sí.
—Hay que ver la manía que me tiene el cabronazo —rezongó Dios antes de bajar de la rama dando un saltoo que nadie con un poco de gusto estético habría considerado grácil. 
—Quizá deberías infundir un poco de respeto a tus criaturas —sugirió el Narrador, que no movió un dedo para ayudar al Creador a incorporarse.
—Esto no funciona así —zanjó Dios—. Anda, vamos a ver a mis elegidos.
El Narrador agarro su valla y acompaño al Señor hasta un valle cercano. Dos simios yacían lánguidamente en la hierba.
—Ahí están —dijo Dios con satisfacción—. Cada vez más hermosos.
—Sí Tú lo dices...
—No empieces otra vez con el asunto del pelo —dijo el Hacedor—. Ya llegará el día en que mis criaturas predilectas se parezcan un poco más a mí.
—Tus criaturas predilectas se están matando a palos.
La pareja de simios había iniciado una escalada de violencia, al parecer, por la posesión de un plátano. El entusiasmo inicial del Señor había empezado a disiparse. El mundo se había poblado con una exultante variedad de criaturas agresivas, algunas venenosas, otras con astas enormes, muchas de ellas con garras afiladas. Muy diferentes entre sí y, sin embargo, con un denominador común: Todas, absolutamente todas, tenían muy poca paciencia.
—¿Vas a mediar? —preguntó el Narrador.
—Eh, no. Dejaré que la naturaleza siga su curso —contestó Dios sin saber exactamente qué quería decir con aquella frase, aunque intuía que no auguraba nada bueno.
Mientras, uno de los simios intentaba morder el pie que le estaba pisando la cabeza.
—Total, que los vas a tener dejados de Tu mano.
—¿Sabes? Debería haberte dejado hoy durmiendo —dijo el Señor—. Mira, ahora no comprenden una mierda, pero ya me encargaré Yo cualquier día de estos de mostrarles el Camino hacia Mí mediante la fe.
—¿Eso qué es?
—Una cosa que me acabo de inventar —dijo el Alfa y el Omega mirando hacia otro lado—. Aunque, en última instancia, la decisión recaerá en ellos.
El Narrador sopesó con prudencia la información proporcionada durante unos segundos.
—¿Cabe en un bolsillo? —preguntó.
—¿El qué?
—La fe esa.
—¡Claro que no, tarugo! La fe es un concepto abstracto. —El Señor carraspeó—. Ni se ve, ni se oye, ni se toca, ni se huele, ni se saborea.
—Un invento cojonudo —observó el Narrador.
—¡No me gusta ese tonito!
—Entiéndeme. Me estás diciendo que vas a entregar a tus criaturas algo que, bueno, que en realidad no existe y que, según tú, les servirá para encontrar el Camino hacia Ti. Supongo que no te resultará raro si finalmente no entienden las indicaciones.
—No me agobies —dijo Dios—. A ver si no va a poder levantarse uno con el día creativo, caramba.
—¿Y qué será de ellos si se pierden? Porque tendrás que hacer algo al respecto.
—Yo qué sé —dijo Aquel que Todo lo Sabe—. Ya pensaré en eso más tarde.

jueves, 26 de marzo de 2020

De cuando esperas aplausos y recibes un botellazo

Agarren la suya antes de entrar: les va a hacer falta

Estimados cogerri... colegi... corrige...:


-¿Quizá quiere decir "correligionarios", oh, Sabio?

-Vaya, sí, gracias. Para quedarle a usted tan pocos dientes, pronuncia con asombrosa fluidez las palabras con muchas sílabas.
-El truco está en vocalizar despacio, Maestro. Si lo intenta rápido, le sale atropellado.

Estimados correligionarios:


-¿Ves cómo tenía yo razón, mamá?

-¡Pero, hombre de Dios! ¡¿Cómo se le ocurre traer a su madre hasta aquí?! ¡¿Es que no sabe que estos días tenemos que velar por la seguridad de nuestros mayores?! ¡¿Que tenemos que salvaguardarlos del peligro que acecha ahí fuera?! ¡Usted y su madre, a la puta calle!
-Disculpe mi osadía, oh, Santo Varón, pero, como había oído rumores de que aquí daban de comer...
-¡Ah! Pobre iluso... Eso era antes, joven, cuando las latas de sardinas en escabeche caducadas nos salían por las orejas. Ahora ya no ofrecemos nada para picar. La cosa está muy mala.
-Lamento oírlo.
-Gracias. En estos tiempos aciagos se agradece de todo corazón la compasión de la gente que... ¡Pero, oiga! ¡No se vaya, que me encuentro muy solo!
-No, si no me voy. Es que ha empezado a picarme la raja del culo, ¿sabe usted? Y así de pie me rasco mejor. Aaaah, que gustito...
-¡Jean-Claude! ¡Jean-Claude!
Mi adusto mayordomo apareció como por ensalmo.
-¿Me llamaba, Milord?
-¡Coño, que susto me has dado, Jean-Claude! ¿Cómo se te ocurre aparecer así como por ensalmo?
-Le recuerdo que fue suya la idea de colocar una trampilla elevadora junto al atril, Señor.
-Ya, ya. Lo que pasa es que dejó de parecerme buena idea cuando empecé a caerme por el boquete de manera regular, mi zalamero lacayo. ¿No te diste cuenta de que la cuarta vez ya me reía con menos ganas? Y tú sabes que me gusta una costilla rota más que a un tonto una piruleta, pero...
-Se está yendo por las ramas, Señor.
-Sí, ya. Me estoy yendo por las ramas y estoy siendo muy zafio. Algunas cosas no cambian por mucho tiempo que pase, viejo amigo.
-No he podido evitar observar que la urgencia de su llamada era a todas luces desproporcionada. Como de costumbre, si me permite añadir.
-Pero qué insidioso eres, esbirro. A ver, cuando te dije que seleccionaras para mi triunfal conferencia de regreso a caballeros ilustrados, preferentemente de la nobleza o la alta burguesía, que fumen puros, con bigote y poco pelo en la cabeza, aficionados moderados al whisky de malta, que digan cosas como "¡Intolerable!" cuando están leyendo el periódico, y mujeres finas y cultas, de ese tipo de bibliotecarias maduritas con gafas que me ponen borriquillo... Cuando te dije todo eso, ¿qué entendiste, exactamente?
-Ruego sepa disculpar que mi operación de reclutamiento haya resultado un fiasco, milord. No hay mucho donde elegir estos días. Usted no lo habrá notado porque pasa más tiempo en la bodega de lo que cualquier ser humano en su sano juicio consideraría razonable, pero las calles están últimamente muy poco transitadas.
-Lo entiendo, Jean-Claude, pero seguro que había por ahí otros candidatos mejores que este... este...
-Aaah, qué gustito...
-¡Pero, coño! ¡¿Quiere dejar de rascarse de una puñetera vez?! ¡¿Pero cuánto le puede llegar a picar el culo a una criatura viviente, por Dios bendito?!
-Si ya no me pica, Maestro. Esto ya es vicio. Aaaah...
-¡Jean-Claude! ¡Exijo una explicación! ¡¿Dónde encontraste a este sujeto?!
-Sería mas ajustado a la realidad decir que fue él quien me encontró a mí, Amo. Tropezó con mi figura mientras huía de la policía con un pollo crudo en la mano.
-¡Ah! Le gusta el pollo. Eso lo cambia todo. Disculpe si le he juzgado mal, caballero, y póngame a los pies de su santa madre cuando se despierte.
-¿Ronca muy alto? Le puedo dar con el codo así...
-No, no turbe su plácido sueño. Soy un gran amante de la vida salvaje, y su madre me recuerda ahora mismo a un jabalí en celo. Ahí, cachondo perdido, el cabrón. Y, dígame, caballero, ¿es viuda su madre, por un casual?
-De verdad que lamento no ser su público ideal, Maestro.
-Oh, no diga eso, por favor; aunque no lo crea, yo antes disfrutaba de la adulación de muchos que eran como usted.
-¿Humildes?
-Drogodependientes. Ah, sí. El desconchado techo de esta sala ha albergado a cantidades ingentes de yonkis que se sentaban embelesados a oír mis palabras. Estas paredes con restos de orina, la mayoría resecos pero algunos de ayer mismo, creo que míos pero no me acuerdo bien; estas paredes, digo, han sido testigos de muchas discusiones acaloradas, de toneladas de perlas de sabiduría, de cantidad de intercambios de pareceres estimulantes, de los suficientes apuñalamientos como para que las autoridades me cerraran el chiringuito durante una larga temporada o dos -dije, evocador-. Disculpe que me ponga nostálgico, joven, y digo joven porque los estragos causados por la heroína no pueden ocultar la chispeante vivacidad de su mirada, pero echo de menos aquellos tiempos. Eh, ¿por qué aplaude?
-Me dio la impresión de que había terminado.
-¿Terminado? ¡Ja! Todavía no he dicho nada.
-Coño, pues, para no decir nada, le está quedando un poco largo.
-Como he dicho antes, mi querido joven, hay cosas que nunca cambian. ¡Ejem!

Estimados correligionarios:


No he venido aquí a hablar de lo difícil que es pronunciar "correligionarios" muy rápido, pero, de todas formas, yo lo dejo caer. Pruébenlo, ya verán que a la cuarta se equivocan. Pero no ahora; después. Como digo, no he venido a hablar de eso, pero ya no pueden quitárselo de la cabeza, ¿a que no? No, no he venido aquí a hablar de eso (Silencio expectante). En absoluto (Otro silencio expectante un poco más largo que el anterior). Mmm... Ah, ya me acuerdo. No, verán, es que me he pasado la noche en vela preparando el discurso de hoy, lo que pasa es que cuando abrí mi viejo buró vi que estaba desprovisto de pluma y tinta. Lo que sí encontré allí fue una botella de aguardiente casero (Aplausos. "Qué bárbaro", comenta el único asistente despierto). Pero no se hagan ilusiones. Esta mañana no quedaba una sola gota de aguardiente en la botella. Culpa mía, me temo; de haber sabido que el aguardiente se evapora con tanta rapidez, jamás me habría introducido el corcho por el ano. Esta mañana, al despertar y darme cuenta de lo sucedido, me he llevado un disgusto tan grande que no he podido evitar maldecir la química elemental ni contener el vómito. Ya sé lo que están pensando: otro buró de principios del siglo XX tallado de manera exquisita a tomar por culo. Todavía se puede abrir, pero mejor no; ayer cené papa asada, de esas con muchos tropezones. Total, que lo que les venía yo a decir es que no recuerdo palabra por palabra el elaborado discurso que dejé cándidamente al cuidado exclusivo de mi memoria a corto plazo, pero voy a intentar resumir los puntos más importantes en términos generales:


1. El Departamento de Granitos de Arena que No Hacen Ni Puñetera Falta de Un beso de buenas noches de mil demonios, en imprescindible colaboración con el Departamento de Recuperación de Textos que Nadie en su Sano Juicio Habría Solicitado y la inestimable aportación del Departamento de Baile en una Jaula y del Departamento de Poner Nombre a Otros Departamentos Haciendo un Uso Arbitrario de las Mayúsculas y las Minúsculas, se complace en anunciar que a estas alturas del enunciado se acaba de incorporar el Departamento de Concreción y Reconducción de Discursos para presentar el punto número 2.


2.  Para regocijo de propios y extraños o quizá para todo lo contrario, la Administración de Un beso de buenas noches de mil demonios, consciente de la excepcional situación en la que el mundo se halla sumido y con el firme propósito de hacer más llevadero todo este asunto o quizá todo lo contrario, ha decidido devolver el serial "¿Conoce usted su ojete?" al lugar del que nunca debió salir, en opinión de sus múltiples detractores, es decir, de aquí mismo, y lo hará en versión corregida y aumentada pero dudosamente mejorada bajo el nuevo titulo de "El Apocalipsis según se mire".


3. Ahora sí, pueden aplaudir.



viernes, 23 de junio de 2017

Sus problemas con los cocodrilos


“Y tú, ¿qué problema tienes con los cocodrilos? Vamos, si puede saberse”, espetó la señora de Fulano Equis a eso de las una y media de la tarde. Llevaba puesto un delantal que lucía cuales condecoraciones de guerra una multitud de manchas de diferentes refritos de sabores ya olvidados y blandía un cucharón de madera a la manera de una lanza zulú. El señor Equis desvió la vista del crucigrama del periódico y reparó en su esposa. Aunque sabía a ciencia cierta que hasta hace unos segundos se encontraba elaborando un potaje de berzas para el almuerzo,  le dio la impresión de que su señora acababa de salir del escondite donde estaba preparando una emboscada a la tribu vecina. El señor Equis tenía la noción de que era la primera vez que su esposa le dirigía la palabra en todo el día, aunque, bien pensado, ¿no la había oído expresar en algún momento de aquella mañana una opinión negativa del actual precio de venta al público de los productos limpiadores específicos para vitrocerámica? ¿O fue ayer? También cabía la posibilidad de que lo hubiera soñado. Al fin y al cabo, en casa no tenían vitrocerámica, precisamente porque el señor Equis mantenía que resultaría muy caro limpiarla. Una vez superada la leve sorpresa que le produjo la visión de su mujer recién bajada de la rama de un árbol (visión solo empañada por el tinte cobrizo de sus cabellos, cuya índole artificial desentonaría en un ámbito selvático a ojos de un espectador casual), el cerebro del señor Equis, tan comprometido con la estructura secuencial de las tareas, tan vayamos por partes, primero esto y después lo otro,  pasó a analizar la pregunta que le había arrojado la señora Equis con una catapulta toscamente manufacturada. Tras diez segundos de reflexión (no todos imprescindibles para el resultado final), el señor Equis llegó a dos conclusiones:

a)     Que el tema de los cocodrilos era una manera extraña de empezar una discusión, incluso para un matrimonio de largo recorrido, acostumbrado a ver sus temas de conversación desangrarse bajo la luz mortecina de una bombilla a punto de fundirse.
b)     Que su mujer jamás había mostrado afecto alguno por los cocodrilos ni por ninguna otra clase de reptil, incluidas las salamandras y las iguanas, considerados los Reptiles más Tolerables por el Urbanita Idiota Medio, según una encuesta de dudosa fiabilidad.

El señor Equis consideró improcedente aportar su cuota de nieve a la inevitable bola que amenazaba con arrastrarlo precipicio abajo, así que resolvió esquivar la pregunta improvisando un plan de fuga: “Manifestación, aparición, o revelación. Ocho letras” (cuatro vertical). “¡Epifanía!”, bramó la señora Equis, y la solución a cuatro vertical marcó el inicio de las hostilidades y llegó a oídos de Encarna la del Quinto, que llevaba años tratando de descifrar la dinámica cotidiana de los señores de Equis con escaso éxito. La señora Equis dibujó un giro de corte marcial sobre sus talones y volvió a la cocina exprimiendo el mango del cucharón de madera. Por su parte, el señor Equis mancilló el último recuadro en blanco de su crucigrama con la última “a” de “Epifanía”, acto que señalaba de manera oficial el fin del mediodía del domingo en casa de los señores de Equis. Acuciado por su mala conciencia, o quizá por la previsión de un plato de potaje de berzas de dimensiones poco consoladoras, o por una necesidad de quid pro quo (dos horizontal) que le parecía justo satisfacer, o probablemente para no tener que darle muchas vueltas al mensaje subyacente en la actitud de su mujer, porque pensaba que los subtextos nunca traían nada bueno, el señor Equis se levantó de su sillón de leer el periódico (también utilizado para otros menesteres, como mirar la pared en silencio, ya que despreciaba el inútil gasto de energía que suponía mirar la pared de pie); se levantó del sillón, decíamos, y se encaminó hacia la cocina con el tenue aire de consternación del hombre al que en realidad le da igual todo. Encontró a su mujer sacrificando sin delectación trescientos gramos de calabaza en el altar del Dios de la Cocina de Toda la Vida. “Es que se ve a la legua que son unos desagradecidos”, dijo el señor Equis sin más preámbulos. La frase atravesó la cocina como una flecha con la punta en llamas, iluminando la noche de la densa jungla pero, finalmente, errando su objetivo. La señora Equis apartó la vista de la olla y miró a su marido con los ojos entrecerrados, como tratando de recordar unas nociones de suajili que nunca poseyó. La señora Equis miraba a su esposo así muy a menudo, casi siempre coincidiendo con el final de una de sus frases. “¿A qué te refieres?”, preguntó en un desesperado intento por asirse a una liana demasiado lejana. “Bueno, no tienes más que mirar a uno cualquiera. Quiero decir, tú le haces un favor, le quitas una astilla de una pata, por ejemplo, y sabes que te va a devorar igualmente. Es algo que se le ve en la cara, ¿comprendes? Se nota que no te lo va a agradecer. Entonces, ¿qué sentido tiene hacer algo por un cocodrilo?”. La señora Equis procesó los datos aportados por su marido y los almacenó en la zona de su cerebro destinada a las informaciones con fecha de caducidad próxima, y acto seguido asintió en silencio, gesto que el señor Equis interpretó como un deseo de zanjar el tema para siempre; deseo, huelga decirlo, del que él mismo participaba con una pasión templada, desprovista de pirotecnia. Dos semanas después, sin saber cómo, el señor Equis recibió una carta de la Asociación de Amigos de los Cocodrilos recriminándole su censurable actitud. En las redes sociales se desató una tumultuosa polémica acerca de la discriminación de los cocodrilos, que duró hasta que otro se metió con otra cosa, pero el señor Equis no fue consciente de nada de esto, dada su natural aversión a la tecnología y, en general, a todo lo que le sonara a chamanismo.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Esto lo abro yo con la punta del cipote. 1ª parte: El Efecto Palomino




 Los Palominos tienen la piel dorada y la crin y la cola de color blanco o crema suave. Este ejemplar en concreto responde al nombre de Carolina.
Estimados carapapas:

Antes de nada, me gustaría pedir disculpas a todos mis seguidores por haberme mantenido más de un año fuera del radar, pero creo poder ofreceros una coartada válida para excusar una ausencia que, en otro caso, y con toda la razón del mundo, podría tildarse de intolerable: he estado en el futuro. Pero no en cualquier futuro, no en un futurillo de mierda de dentro de veinte años, no; he viajado al año 2115. Un siglo entero del tirón, ahí, con dos cojones. Desafortunadamente, como seguro podéis entender, no puedo contar mucho acerca de lo vivido allí.

-¡Aguafiestas! ¡Calientapollas! ¡Mamón!–espetó uno de mis más fervientes admiradores, que solía ser mucho más respetuoso cuando no estaba inyectándose heroína bajo los párpados.

Comprendo vuestra frustración, pero tenéis que tener en cuenta que cualquier conocimiento contrastado acerca de las épocas venideras en este nuestro presente podría alterar la línea temporal de manera monstruosa, dando lugar a un tiempo futuro alternativo de configuración insospechada.

-Disculpe, maestro, pero un concepto tan intrincado como el expuesto me sume en la más absoluta de las perplejidades –dijo uno que llevaba un cuarto de hora intentando abrir sin éxito una lata de Fanta.

Os pondré un ejemplo: Imaginad que hoy os digo que dentro de diez años, pongamos por caso, el problema de la empecinada perdurabilidad de los palominos en los calzoncillos será cosa del pasado.

-Huy, ojalá –dijo uno con expresión evocadora.

¿Qué ocurriría si os confesara tal cosa? Probablemente, que dejaríais de frotar los calzoncillos con Jabón Lagarto con el ahínco acostumbrado (Murmullos de aprobación). Total, como dentro de diez años estará resuelto el problema… Ahora imaginad que conocéis a la mujer de vuestros sueños en cualquier esquina o en la taberna del muelle, y al ir a la cama de la habitación de ese hostalucho de mala muerte infestado de chinches al que lleváis a vuestras escasas conquistas, ella descubre que tenéis los calzoncillos sucios. Es bastante factible que ella rechace en ese momento vuestros requerimientos amatorios al descubrir la cruda realidad de vuestros lamentables hábitos higiénicos. Resultado: no mojaréis el churro, no os casaréis con ella y en el futuro el índice de natalidad descenderá de manera drástica; y todo eso porque sois unos puercos. Aunque también cabe la posibilidad de que, o bien ella esté muy borracha y no se dé cuenta de sucios que tenéis los calzoncillos (o sencillamente le dé una importancia relativa al hecho), o bien que sea una fetichista de los palominos, también llamados palominófilos. En cualquier caso, las consecuencias de cara al futuro serían asimismo desastrosas: Si bien no descenderá el número de nacimientos, es cierto que el mundo estará lleno de vástagos procedentes de familias desestructuradas. Todo este rollo que os he soltado es lo que un grupo de investigadores del Departamento de Ciencias de la Incertidumbre de la Universidad de Wisconsin ha denominado El Efecto Palomino (The Shit Stain Effect).

(Continuará)