Llevaban dos años saliendo juntos, y Daniel, harto de que Marta le acusara cada dos por tres a veces de escasez, a veces de ausencia total de romanticismo, estaba convencido de haber preparado una velada de aniversario acorde al significado y alcance que conferían algunas mujeres al término “inolvidable”. Había dispuesto su apartamento de tal manera que cualquier rincón susceptible de recibir el impacto de una mirada a bocajarro dijera alto y claro “Te quiero un montón” con palabras infinitamente mejor escogidas: Pétalos de rosa, globos rojos y blancos, velas, incienso, champán, flores en la mesa, servilletas que combinaban sorprendentemente bien con el mantel, Luis Miguel, Celine Dion. Cuando Marta llegó justo a la hora pactada, una casi virginal expresión de asombro asomó a su rostro nada más cruzar la puerta, y dos perfectas lágrimas de emoción, excepcionalmente bien formadas a causa de dos años de concienzuda preparación e interminable espera, brotaron de sus ojos con la humilde pero profunda satisfacción del ganador de un premio honorífico y bajaron por sus mejillas exhibiéndose, como si desfilaran por una pasarela de cálida piel. Marta se volvió hacia Daniel y, tras cinco segundos de extática, casi diríase catatónica mirada admirativa, recibió el beso más prolongado y preñado de promesas que había recibido en su vida. Daniel se desprendió de sus labios perezosamente, como el que se levanta rezongando de un sofá especialmente cómodo para contestar el portero electrónico, y se dispuso a hablar, convencido de que nada en el mundo podría deshacer el hechizo del momento.
-Oye, ¿te importaría quedarte luego para ayudarme a limpiar todo esto?
Un blog de sangreybesos, el Mayor Experto Mundial en Nada en Particular
miércoles, 19 de enero de 2011
lunes, 17 de enero de 2011
Todavía te amaré un rato (Radionovela). Capítulo 647.
Cortinilla musical chunguilla, de esas de violín, tipo “Piruriruriiiiiii…”. Se oye un portazo de esos de ¡POM!
ADALBERTO: ¡Angelines!
ANGELINES (sobresaltada): ¡Jesús!
ADALBERTO: Disculpa, Angelines. No pretendía asustarte.
ANGELINES: No me has asustado, Adalberto. Creí que eras Jesús.
ADALBERTO: ¿Quién es Jesús?
ANGELINES: ¿Cómo que quién es? Jesús, el de las escrituras.
ADALBERTO: ¿El Hijo de Dios?
ANGELINES: El notario. Caramba, qué espesito has vuelto del África.
ADALBERTO: Hija, Angelines, como siempre has sido tan enigmática…
ANGELINES: Ya ves.
ADALBERTO: Angelines…
ANGELINES: ¿Sí, Adalberto?
ADALBERTO: Como puedes comprobar, no estoy muerto.
ANGELINES: Ya, ya. Yo tampoco.
ADALBERTO: Sí, bueno, pero lo mío es diferente.
ANGELINES: ¿Sí, Adalberto? ¿En qué se diferencia tu no muerte de la mía?
ADALBERTO: Mujer, que yo soy un explorador del África Negra. Tengo todas las papeletas para caer en un agujero con pinchos al fondo antes que tú.
ANGELINES: ¡Ay, Adalberto! ¿Cómo puedes decir eso? ¿Acaso no recuerdas lo desgraciada que soy?
ADALBERTO: Sí, bueno, un poco gafe sí que eres, pero vaya, no vayas a comparar. Que yo me paso el día rodeado de leones, cocodrilos, tribus caníbales y extrañas enfermedades infecciosas. ¿Tú has estado a punto de morir de una manera interesante últimamente?
ANGELINES: No, no. Bueno, ahora que me acuerdo, hace un mes me picó un bicho y entré en coma. ¿Y tú?
ADALBERTO: ¿Eh? No, bueno. Hace dos días me levanté con tortícolis. Ya sabes lo dura que es la vida de un explorador del África Negra. Dormimos en el suelo y tal. Y, bueno, también está el asunto de la caspa, que antes no tenía y ahora tengo un montón. Estoy empezando a preocuparme.
ANGELINES: Pues yo te veo muy buen color.
ADALBERTO: Pues no creas que me encuentro yo muy católico desde que llegué. Yo creo que he contraído alguna enfermedad exótica. Otitis, a lo mejor. ¿No ves cómo me rasco la oreja?
ANGELINES: Sí, Adalberto, no hace falta que lo subrayes.
ADALBERTO: Me pica una barbaridad.
ANGELINES: Mi pobre Adalberto…
ADALBERTO: Sí, no puede decirse que la vida haya sido muy amable conmigo últimamente.
ANGELINES: Lo mismo pensé yo cuando me enterraron viva por segunda vez.
ADALBERTO: ¿Cuándo fue eso? Sólo te habían enterrado viva una vez antes de partir hacia África.
ANGELINES: Me dieron por muerta cuando el asunto del coma, pero, por lo demás, bien.
ADALBERTO: Vaya por Dios.
ANGELINES: Cuéntame cosas del África, Adalberto.
ADALBERTO: Bueno, ya sabes. El Continente Negro es terrible. He tenido que afrontar un montón de peligros. Hace un año, sin ir más lejos, un salvaje estuvo a punto de partirme la cabeza en dos de un machetazo.
ANGELINES: ¡Oh, Adalberto! ¿Te hirió? Porque si lo hizo, cicatrizas muy bien.
ADALBERTO: No. Afortunadamente, salí ileso.
ANGELINES: ¿Esquivaste su fiero ataque?
ADALBERTO: Sí, no, bueno, no exactamente. No es que llegara a atacarme. Pero tenía esa intención, ¿sabes? Lo vi en sus ojos. ¡No sabes cómo son los ojos de esos salvajes, Angelines! ¡Tienen la cornea muy blanca y el iris muy negro!
ANGELINES: ¡Ah! Casi se me olvida. ¿Sabes que me secuestraron hará un par de semanas?
ADALBERTO: ¿Cómo? Dios santo, Angelines, no me lo digas. Te enamoraste de tu captor.
ANGELINES: No digas tonterías, Adalberto. Si estaba cojo.
ADALBERTO: Seguro que no tenía un mentón cómo el mío.
ANGELINES: No entiendo la tontería que os ha dado a los hombres con el tamaño de vuestro mentón.
ADALBERTO: Un hombre debe tener el mentón grande, Angelines. Es muy varonil. Y los pies también. Seguro que tu secuestrador no calzaba un cuarenta y cinco.
ANGELINES: ¿Estás celoso, Adalberto?
ADALBERTO: ¡Sí, Angelines, estoy celoso! ¿Acaso tenía tu captor la frente más ancha que yo?
ANGELINES: No lo sé, Adalberto. Estaba encerrada en una celda de dos metros cuadrados. No se me ocurrió medirle la frente cuando venía a traerme el pan y el agua.
ADALBERTO: Pero, mujer, así a ojo de buen cubero…
ANGELINES: No me presiones, Adalberto. No sabía si iba a salir con vida de allí. Para comparar frentes estaba yo.
ADALBERTO: Perdóname, Angelines. Qué desconsiderado he sido. Has debido de pasar por un auténtico infierno.
ANGELINES: Ni te lo imaginas. Todavía me entran sudores fríos cuando recuerdo aquellas manos callosas agarrándome de los brazos…
ADALBERTO: ¡Qué animal! ¡Qué bestia! ¿Tenía las manos callosas, dices?
ANGELINES: Sí, Adalberto, muy callosas.
ADALBERTO: Pero sé más específica, mujer. Del uno al diez, ¿cual dirías tú que era el nivel de callosidad de sus manos?
ANGELINES: Ay, pues no sé, Adalberto. Un ocho, a lo mejor.
ADALBERTO: ¡¿Tanto?!
ANGELINES: Ay, pues un seis, chico, no sé.
ADALBERTO: Antes has dicho un ocho. ¿En qué quedamos?
ANGELINES: Un ocho, un seis… ¿Pero a ti qué más te da?
ADALBERTO: Mira mis manos. ¿Dirías que tenía las manos mas callosas que yo? Porque no sé tú, pero yo a las mías les daría un ocho y medio, por lo menos. Puedo coger un tazón de sopa hirviendo sin quemarme. ¿Acaso podía tu captor coger un tazón de sopa hirviendo sin quemarse?
ANGELINES: ¡Ay, no sé Adalberto! ¡Nunca le vi coger un tazón de sopa hirviendo! Era un secuestrador. Tendría las manos callosas de apretar sogas para atar a la gente, supongo.
ADALBERTO: Yo he apretado muchas sogas también, allá en el África, para hacer cabañas en los árboles y eso. Si es sólo por apretar sogas, seguro que mis manos son mucho más callosas que las suyas.
ANGELINES: No lo sé, Adalberto. Sólo sé que tenía las manos bastante callosas y unos brazos muy fuertes.
ADALBERTO: Para brazos fuertes, los míos. No sabes la fuerza que hay que tener para remar en esos endemoniados ríos del África. Fluyen con tanta furia que, si te descuidas, te dan la vuelta a la canoa y acabas remando de espaldas. Yo estuve remando de espaldas los primeros cuatro meses de mi estancia allí. Pero no porque no tuviera suficiente fuerza para controlar la canoa; es que al principio pensaba que se hacía así. Después el médico de la expedición me dijo que remaba al revés, y bueno, ya sabes lo orgulloso que soy, así que seguí remando al revés un par de meses más, hasta que sufrí un terrible accidente.
ANGELINES: ¡Oh, Adalberto! ¿Te precipitaste por una catarata?
ADALBERTO: No, no. Me desvié hacia la orilla y golpeé la canoa de un salvaje. No sabes qué miedo pasé. Por un momento creí que iba a comerme vivo. Estaba colérico, y abrió mucho la boca, como para morderme. ¡Y tú no sabes la boca que tienen esos salvajes, Angelines! ¡Tienen la campanilla muy roja y los dientes muy blancos! Me pregunto con qué se limpiarán los dientes, si no salen de la selva en todo el día, y aquello está más sucio… Bueno, total, que al final todo se quedó en una amonestación.
ANGELINES: Qué peripecia tan atribulada, Adalberto.
ADALBERTO: Dantesca, sin duda. Por cierto, ¿cómo está tu padre?
ANGELINES: ¡Ay, Adalberto! ¡Mi padre! ¡Mi pobre padre!
ADALBERTO: ¿Le ha ocurrido algún percance al Mayor?
ANGELINES: Oh, Adalberto. ¡Mi padre ahora va en silla de ruedas!
ADALBERTO: Sí, bueno. Tú padre ha sido siempre un tanto excéntrico.
ANGELINES: ¡Qué tonto estás hoy, Adalberto! ¡Se cayó de su montura favorita y se ha quedado inválido! ¡Ay, qué desgracia!
ADALBERTO: ¿Te he contado que yo una vez pise un rastrillo y casi me parto la nariz con el mango?
ANGELINES: ¿En el África, Adalberto? ¿Pisaste un rastrillo en el África?
ADALBERTO: No, no. En la hacienda de mi tía Eduvigis. Qué miedo pasé. No me causó ninguna fractura, pero durante unos días se me movía el tabique nasal. Me lo tocaba así, ¿ves? Y se movía.
ANGELINES: Ay, Adalberto, para. Qué angustia me está dando.
CRIADA: ¡Señorita! ¡Señorita!
ANGELINES: ¡Marcela! ¡Marcela!
CRIADA: ¡Señorita! ¡La habitación de su padre está en llamas con su padre dentro!
ADALBERTO: Qué cosas tiene este hombre.
ANGELINES: ¡Adalberto, tienes que sacar a mi padre de allí! ¡Con tus callosas manos no notarás el calor si se ha quemado un poco!
ADALBERTO: Si, bueno, mujer, pero no puedo hacerlo así, de sopetón, hala; de tener las manos a temperatura ambiente a meterlas de repente en el fuego. Tendré que aclimatarlas primero. ¡Marcela, hazme un tazón de sopa bien caliente!
(Sube la música)
LOCUTOR: Han escuchado ustedes el capítulo seiscientos cuarenta y siete del serial radiofónico ‘Todavía te amaré un rato’, original de Renata Campoamor. ‘Todavía te amaré un rato’ les ha sido ofrecido por Jabones La Tota, jabones para lavarse las manos. Ahora también Jabón La Tota Especial Cuello. La Tota, jabones para manos y cuello y poco más.
lunes, 1 de noviembre de 2010
En la consulta del Licantropólogo
A continuación les ofrecemos una secuencia de La Halitosis del Hombre Lobo de Melitón Topollas, guión cinematográfico que aún no ha encontrado financiación, no sabemos por qué, aunque nos lo figuramos.
INT. CONSULTA DE LICANTROPOLOGÍA. DÍA.
Una consulta médica de licantropología de la Sanidad Pública que no se diferencia en nada de otra consulta de cualquier otra especialidad; por poner, de ésa donde te examinan la picha. El MÉDICO trastea en el ordenador portátil; estará escribiendo un informe o algo. La puerta se abre y entra PACO PEPE, que por el nombre debe tener la camisa metía por dentro y las orejas llena pelos.
PACO PEPE: ¡Doctor!
MÉDICO: ¡Buenos días, paciente! Haga el favor de bajarse los pantalones.
PACO PEPE: Pero si todavía no le he dicho lo que me pasa.
MÉDICO: Ya, bueno, pero es que se los abrocha muy altos. ¿Acaba de bajar de un cerro o qué le pasa?
PACO PEPE: Ah, qué alivio. Por un momento pensé que quería examinarme la picha.
MÉDICO: Sí, hombre; anda que tengo yo el día como para examinar muchas pichas.
PACO PEPE (se sienta): Usted verá, doctor. Mi nombre es Paco Pepe Pérez.
MÉDICO: ¿Y qué quiere que yo le haga? Yo soy médico, aunque hoy parezca un loco con estos pelos. Si quiere cambiarse el nombre, vaya al Registro Civil, que allí hay un funcionario especialista en cambiar nombres. A su madre la llama Maricarmen, fíjese.
PACO PEPE: ¿Y cómo se llama su madre?
MÉDICO: Maricarmen. Pero a ella le gusta que le digan Venancia la Pelona, vaya usted a saber por qué.
PACO PEPE: ¿Por qué supone que quiero cambiarme el nombre?
MÉDICO: Vamos, no me diga, Paco Pepe Pérez. Valiente porquería de nombre para un hombre lobo. Anda, que si yo hubiera tenido un hombre lobo en vez del niño cabezón que tengo, se me hubiera ocurrido ponerle Paco Pepe Pérez. Sí, hombre. Corriendo.
PACO PEPE: Ya, ya, pero qué iban a saber mis padres. Yo no nací hombre lobo, ¿sabe? A mí me mordieron.
MÉDICO: No me diga.
PACO PEPE: Lo que oye. Yo iba para agricultor, como mi padre, y el padre de mi padre, y el padre del padre de mi padre, y el padre del padre del padre de mi padre, que era teniente coronel, pero se retiró porque le gustaban mucho las acelgas y puso un huerto. Yo no lo llegué a conocer, pero me dijeron que se murió.
MÉDICO: Bien, déjeme que retome la conversación porque a usted no lo veo muy capacitado. Dice que una noche le mordió un licántropo.
PACO PEPE: Estamos. Fue culpa mía, en realidad, porque él animalito no era agresivo ni nada. Él estaba tan tranquilo bebiendo de la acequia y yo le tiré una piedra.
MÉDICO: Fantástico.
PACO PEPE: Total, que me mordió en la pantorrilla porque yo era menor de edad e iba en pantalones cortos de pana, y llegué a mi casa sangrando y lleno de mugre porque me caí tres veces por el camino y sin las papas que había ido a recoger y mi padre me cascó un garrotazo no me acuerdo por qué, pero de todas formas sigo pensando que la vida en el campo es muy saludable, no se vaya a creer.
MÉDICO: Prosiga, prosiga, que me está quemando la sangre.
PACO PEPE: Y entonces empecé a convertirme en hombre lobo, muy poco al principio, una poco de pelusa en la cara y en las nalgas. Mi madre se puso muy contenta porque pensó que me estaba haciendo un hombrecito, pero entonces empecé a gruñir y mi madre se asustó porque creyó que había pillado la tos ferina y me dijo “anda que te voy a llevar al praticante a que te ponga una inderción”, y yo le dije “Que no mama, que un bicho ma pegao un bocao”. “No tabrás tragao un chicle”, dijo mi madre, que siempre me asustaba diciéndome que si me tragaba un chicle tendrían que abrirme la barriga para sacármelo.
MÉDICO: Hay que ver.
PACO PEPE: Y poco después me hice hombrecito y ya me picaba cuando se me ponía el pirulo tiesecillo y empecé a salir las noches de luna llena y al día siguiente no me acordaba de dónde había estado. Hasta que una mañana mi madre entró el cuarto y vio una cabra destripada debajo de mi cama y se llevó un susto de muerte y tuvo que fregar con lejía. Y entonces mi padre sospechó lo que pasaba y me acostumbró a no transformarme en hombre lobo a fuerza de palos.
MÉDICO: Ya decía yo que me sonaba su historia. La leyenda dice que su padre le dejó sin paga un mes.
PACO PEPE: No, no; ya sabe usted cómo engordan las historias la gente de pueblo. Una vecina iba diciendo que en las noches de luna llena yo me metía en su huerto para coger chumbos, fíjese, y también decían que le había robado una escopeta al alcalde y no sé qué más.
MÉDICO: Sí, es que lo más fácil del mundo es echarle la culpa al hombre lobo de todas las desgracias que ocurren en el pueblo.
PACO PEPE: Es usted muy comprensivo.
MÉDICO: Claro, hombre. Anda que no llevo tiempo quitándoles bolas de pelo de la garganta y lana debajo de las uñas y mugre y de todo, porque mira que son descuidados ustedes, que todo les trae por culo. Siga contando.
PACO PEPE: Total, que cuando me vine a la ciudad con un pan cateto y un salchichón en un hatillo y un cartón para taparme ya estaba bastante mejor y no iba por ahí devorando ganado excepto una vez que me comí media vaca porque mi novia me dejó por otro tío que se echaba desodorante.
MÉDICO: Caramba, qué mujer tan voluble.
PACO PEPE: Sí, pero después me recuperé y ya no iba por ahí cometiendo barbaridades, aunque la policía me puso una multa por hacer botellón donde no debía y hoy he venido aquí y usted me ha dicho lo de cambiarme el nombre y creo que le voy a hacer caso, mire usted.
MÉDICO: ¿Y qué nombre le apetece ponerse?
PACO PEPE: Todavía no lo he decidido. Algo que vaya más con mi personalidad, supongo, como Waldemar Lewandowski o algo así.
MÉDICO: Pero hombre, piense en su pobre madre, cuando lo llame por su santo.
PACO PEPE: ¿Sabe lo que pasa, doctor? Que cuando hay luna llena me convierto en polaco.
MÉDICO: Eso no es nada. La semana pasada traté a una señora que las noches de luna llena sale a la calle en alpargatas.
PACO PEPE: Hombre, yo no soy médico ni nada, pero diría que lo mío es peor.
MÉDICO: Hombre, pues sí. Yo era por decir algo. ¿Y en qué nota que es polaco?
PACO PEPE: Yo no lo noto, porque, como usted sabrá, cuando a los licántropos nos da la pájara y nos sale pelo, al día siguiente no nos acordamos de nada y nos levantamos sobresaltados porque no sabemos si la noche anterior hemos cerrado el butano. Yo es porque la gente me dice que no se me entiende nada.
MÉDICO: ¿Qué gente?
PACO PEPE: La gente esa. ¿Cómo les dicen? Los chinos.
MÉDICO: ¿Los chinos le dicen que no se le entiende?
PACO PEPE: Sí, sí; yo es que bajo mucho a los chinos de noche cuando se me acaban los mantecados.
MÉDICO: ¿Baja al chino a por mantecados?
PACO PEPE: Sí. A veces también compro una garrafa de aceite.
MÉDICO: ¡No diga más!
PACO PEPE: ¿Ya tiene un diagnóstico?
MÉDICO: No, es que ya me está mareando usted. Recapitulemos. A usted se le acabaron los mantecados.
PACO PEPE: Sí, y baje al chino a por una caja. No hay mucho más que contar.
MÉDICO (desorientado): Eeeeeeh… ya. Es que no era de eso de lo quería hablar. ¿Ve? Ya me ha confundido usted. Dígame, ¿cuándo empezó a darse cuenta de que era polaco?
PACO PEPE: Hará un mes o así. Verá, una noche me estaba comiendo un mantecado… ¿Qué está escribiendo?
MÉDICO: Lo del mantecado. Lo ha dicho usted tantas veces que me pareció importante.
PACO PEPE: Bueno, a lo mejor no tiene nada que ver. Es sólo una anécdota.
MÉDICO: ¿Quién es el médico, usted o yo? ¡Conteste mirándome las orejas! ¡No me diga que no se ha dado cuenta de que tengo una más grande que la otra!
PACO PEPE: Vale, vale, no se ponga así.
MÉDICO: ¿Por dónde íbamos? (mira la pantalla del portátil) Mantecados.
PACO PEPE: Sí, total, que antes de la transformación me di cuenta de que se me habían acabado…
MÉDICO: ¿Los mantecados?
PACO PEPE: Ajá. Entonces… ¿Qué está escribiendo ahora?
MÉDICO: “Mantecados” otra vez. Yo es que las cosas importantes las escribo siempre dos veces. Así, cuando repase su informe mañana, veré “Mantecados Mantecados”, y sabré que era un dato realmente remarcable. Claro, que cuando pase un tiempo y coja su informe para dar una conferencia o alguna otra tontería, no recordaré a qué venía esa gilipollez de los mantecados; pero para qué me voy a preocupar por eso ahora, si todavía falta un año o más. ¿Qué hizo luego de que se le acabaran los mantecados? ¿Bajar al chino?
PACO PEPE: Sí, bueno, bajé al chino, esto me lo han contado, y pedí otra caja…
MÉDICO: Un momento, un momento. ¿Había terminado de tragarse el último mantecado antes de transformarse en hombre lobo?
PACO PEPE: Pues ahora que lo dice usted, no. Lo tenía a medio masticar cuando salió la luna llena.
MÉDICO: Ahí lo tiene. Alégrese, hombre, que usted no se transforma en polaco ni nada. Lo que pasa es que está usted tonto y punto y pelota.
PACO PEPE: Hombre, pues me deja más tranquilo.
INT. CONSULTA DE LICANTROPOLOGÍA. DÍA.
Una consulta médica de licantropología de la Sanidad Pública que no se diferencia en nada de otra consulta de cualquier otra especialidad; por poner, de ésa donde te examinan la picha. El MÉDICO trastea en el ordenador portátil; estará escribiendo un informe o algo. La puerta se abre y entra PACO PEPE, que por el nombre debe tener la camisa metía por dentro y las orejas llena pelos.
PACO PEPE: ¡Doctor!
MÉDICO: ¡Buenos días, paciente! Haga el favor de bajarse los pantalones.
PACO PEPE: Pero si todavía no le he dicho lo que me pasa.
MÉDICO: Ya, bueno, pero es que se los abrocha muy altos. ¿Acaba de bajar de un cerro o qué le pasa?
PACO PEPE: Ah, qué alivio. Por un momento pensé que quería examinarme la picha.
MÉDICO: Sí, hombre; anda que tengo yo el día como para examinar muchas pichas.
PACO PEPE (se sienta): Usted verá, doctor. Mi nombre es Paco Pepe Pérez.
MÉDICO: ¿Y qué quiere que yo le haga? Yo soy médico, aunque hoy parezca un loco con estos pelos. Si quiere cambiarse el nombre, vaya al Registro Civil, que allí hay un funcionario especialista en cambiar nombres. A su madre la llama Maricarmen, fíjese.
PACO PEPE: ¿Y cómo se llama su madre?
MÉDICO: Maricarmen. Pero a ella le gusta que le digan Venancia la Pelona, vaya usted a saber por qué.
PACO PEPE: ¿Por qué supone que quiero cambiarme el nombre?
MÉDICO: Vamos, no me diga, Paco Pepe Pérez. Valiente porquería de nombre para un hombre lobo. Anda, que si yo hubiera tenido un hombre lobo en vez del niño cabezón que tengo, se me hubiera ocurrido ponerle Paco Pepe Pérez. Sí, hombre. Corriendo.
PACO PEPE: Ya, ya, pero qué iban a saber mis padres. Yo no nací hombre lobo, ¿sabe? A mí me mordieron.
MÉDICO: No me diga.
PACO PEPE: Lo que oye. Yo iba para agricultor, como mi padre, y el padre de mi padre, y el padre del padre de mi padre, y el padre del padre del padre de mi padre, que era teniente coronel, pero se retiró porque le gustaban mucho las acelgas y puso un huerto. Yo no lo llegué a conocer, pero me dijeron que se murió.
MÉDICO: Bien, déjeme que retome la conversación porque a usted no lo veo muy capacitado. Dice que una noche le mordió un licántropo.
PACO PEPE: Estamos. Fue culpa mía, en realidad, porque él animalito no era agresivo ni nada. Él estaba tan tranquilo bebiendo de la acequia y yo le tiré una piedra.
MÉDICO: Fantástico.
PACO PEPE: Total, que me mordió en la pantorrilla porque yo era menor de edad e iba en pantalones cortos de pana, y llegué a mi casa sangrando y lleno de mugre porque me caí tres veces por el camino y sin las papas que había ido a recoger y mi padre me cascó un garrotazo no me acuerdo por qué, pero de todas formas sigo pensando que la vida en el campo es muy saludable, no se vaya a creer.
MÉDICO: Prosiga, prosiga, que me está quemando la sangre.
PACO PEPE: Y entonces empecé a convertirme en hombre lobo, muy poco al principio, una poco de pelusa en la cara y en las nalgas. Mi madre se puso muy contenta porque pensó que me estaba haciendo un hombrecito, pero entonces empecé a gruñir y mi madre se asustó porque creyó que había pillado la tos ferina y me dijo “anda que te voy a llevar al praticante a que te ponga una inderción”, y yo le dije “Que no mama, que un bicho ma pegao un bocao”. “No tabrás tragao un chicle”, dijo mi madre, que siempre me asustaba diciéndome que si me tragaba un chicle tendrían que abrirme la barriga para sacármelo.
MÉDICO: Hay que ver.
PACO PEPE: Y poco después me hice hombrecito y ya me picaba cuando se me ponía el pirulo tiesecillo y empecé a salir las noches de luna llena y al día siguiente no me acordaba de dónde había estado. Hasta que una mañana mi madre entró el cuarto y vio una cabra destripada debajo de mi cama y se llevó un susto de muerte y tuvo que fregar con lejía. Y entonces mi padre sospechó lo que pasaba y me acostumbró a no transformarme en hombre lobo a fuerza de palos.
MÉDICO: Ya decía yo que me sonaba su historia. La leyenda dice que su padre le dejó sin paga un mes.
PACO PEPE: No, no; ya sabe usted cómo engordan las historias la gente de pueblo. Una vecina iba diciendo que en las noches de luna llena yo me metía en su huerto para coger chumbos, fíjese, y también decían que le había robado una escopeta al alcalde y no sé qué más.
MÉDICO: Sí, es que lo más fácil del mundo es echarle la culpa al hombre lobo de todas las desgracias que ocurren en el pueblo.
PACO PEPE: Es usted muy comprensivo.
MÉDICO: Claro, hombre. Anda que no llevo tiempo quitándoles bolas de pelo de la garganta y lana debajo de las uñas y mugre y de todo, porque mira que son descuidados ustedes, que todo les trae por culo. Siga contando.
PACO PEPE: Total, que cuando me vine a la ciudad con un pan cateto y un salchichón en un hatillo y un cartón para taparme ya estaba bastante mejor y no iba por ahí devorando ganado excepto una vez que me comí media vaca porque mi novia me dejó por otro tío que se echaba desodorante.
MÉDICO: Caramba, qué mujer tan voluble.
PACO PEPE: Sí, pero después me recuperé y ya no iba por ahí cometiendo barbaridades, aunque la policía me puso una multa por hacer botellón donde no debía y hoy he venido aquí y usted me ha dicho lo de cambiarme el nombre y creo que le voy a hacer caso, mire usted.
MÉDICO: ¿Y qué nombre le apetece ponerse?
PACO PEPE: Todavía no lo he decidido. Algo que vaya más con mi personalidad, supongo, como Waldemar Lewandowski o algo así.
MÉDICO: Pero hombre, piense en su pobre madre, cuando lo llame por su santo.
PACO PEPE: ¿Sabe lo que pasa, doctor? Que cuando hay luna llena me convierto en polaco.
MÉDICO: Eso no es nada. La semana pasada traté a una señora que las noches de luna llena sale a la calle en alpargatas.
PACO PEPE: Hombre, yo no soy médico ni nada, pero diría que lo mío es peor.
MÉDICO: Hombre, pues sí. Yo era por decir algo. ¿Y en qué nota que es polaco?
PACO PEPE: Yo no lo noto, porque, como usted sabrá, cuando a los licántropos nos da la pájara y nos sale pelo, al día siguiente no nos acordamos de nada y nos levantamos sobresaltados porque no sabemos si la noche anterior hemos cerrado el butano. Yo es porque la gente me dice que no se me entiende nada.
MÉDICO: ¿Qué gente?
PACO PEPE: La gente esa. ¿Cómo les dicen? Los chinos.
MÉDICO: ¿Los chinos le dicen que no se le entiende?
PACO PEPE: Sí, sí; yo es que bajo mucho a los chinos de noche cuando se me acaban los mantecados.
MÉDICO: ¿Baja al chino a por mantecados?
PACO PEPE: Sí. A veces también compro una garrafa de aceite.
MÉDICO: ¡No diga más!
PACO PEPE: ¿Ya tiene un diagnóstico?
MÉDICO: No, es que ya me está mareando usted. Recapitulemos. A usted se le acabaron los mantecados.
PACO PEPE: Sí, y baje al chino a por una caja. No hay mucho más que contar.
MÉDICO (desorientado): Eeeeeeh… ya. Es que no era de eso de lo quería hablar. ¿Ve? Ya me ha confundido usted. Dígame, ¿cuándo empezó a darse cuenta de que era polaco?
PACO PEPE: Hará un mes o así. Verá, una noche me estaba comiendo un mantecado… ¿Qué está escribiendo?
MÉDICO: Lo del mantecado. Lo ha dicho usted tantas veces que me pareció importante.
PACO PEPE: Bueno, a lo mejor no tiene nada que ver. Es sólo una anécdota.
MÉDICO: ¿Quién es el médico, usted o yo? ¡Conteste mirándome las orejas! ¡No me diga que no se ha dado cuenta de que tengo una más grande que la otra!
PACO PEPE: Vale, vale, no se ponga así.
MÉDICO: ¿Por dónde íbamos? (mira la pantalla del portátil) Mantecados.
PACO PEPE: Sí, total, que antes de la transformación me di cuenta de que se me habían acabado…
MÉDICO: ¿Los mantecados?
PACO PEPE: Ajá. Entonces… ¿Qué está escribiendo ahora?
MÉDICO: “Mantecados” otra vez. Yo es que las cosas importantes las escribo siempre dos veces. Así, cuando repase su informe mañana, veré “Mantecados Mantecados”, y sabré que era un dato realmente remarcable. Claro, que cuando pase un tiempo y coja su informe para dar una conferencia o alguna otra tontería, no recordaré a qué venía esa gilipollez de los mantecados; pero para qué me voy a preocupar por eso ahora, si todavía falta un año o más. ¿Qué hizo luego de que se le acabaran los mantecados? ¿Bajar al chino?
PACO PEPE: Sí, bueno, bajé al chino, esto me lo han contado, y pedí otra caja…
MÉDICO: Un momento, un momento. ¿Había terminado de tragarse el último mantecado antes de transformarse en hombre lobo?
PACO PEPE: Pues ahora que lo dice usted, no. Lo tenía a medio masticar cuando salió la luna llena.
MÉDICO: Ahí lo tiene. Alégrese, hombre, que usted no se transforma en polaco ni nada. Lo que pasa es que está usted tonto y punto y pelota.
PACO PEPE: Hombre, pues me deja más tranquilo.
martes, 26 de octubre de 2010
El niño que jugaba como si no
El Sr. X no eligió conscientemente ser empleado administrativo, porque, a diferencia de aquél que se decanta por la urología, la repostería o la mímica, todas opciones profesionales susceptibles de ser elegidas y sopesadas, el administrativo nace, como nacen los hongos o la propensión a tropezar con bordillos o padecer herpes labial de forma regular. Como sus padres intuyeron tempranamente que su vástago estaba condenado a esperar a la muerte entre albaranes (porque una cosa es vivir y otra ligeramente diferente esperar a la muerte), desde que era niño intentaron inculcarle cierto interés por la vida y al menos un mínimo apego hacia los temas relacionados con la imaginación, estando ellos mismos lejanamente emparentados con los oficios del arte (Mamá X gestionaba con pericia malabar una sala de exposiciones y Papá X dirigía la colección científica y divulgativa de la Editorial Estéril e Hijos). Así fue que un día, siendo mudos y progresivamente horrorizados testigos de que su hijo se sentía más inclinado a inventariar uno por uno guisantes congelados que a pegar patadas a una lata, Papá y Mamá X le regalaron la caja de una lavadora que acababan de adquirir, anhelando que ese contenedor, tan vacío y biodegradable y Este lado hacia arriba, activara en su retoño esa habilidad demiúrgica que permite a los niños convertir un reducido cubículo de cartón en una nave espacial, un coche de carreras, una angosta cueva o en cualquier otra cosa fácilmente imaginable o no; habilidad proclive a escabullirse por ese inadvertido primer escape en la Tubería de Gas de la Vida que es la adolescencia. El Niño X miró la caja con el recelo que produce la máscara de un chamán africano colgada de la pared del comedor de un contable, y accedió a introducirse en su interior debido a la insistencia de sus padres, que a cambio le prometieron permitirle hacer acopio de los pelos que el perro había esparcido por la casa con desasosegante arbitrariedad y guardarlos en tarros de cristal por razones nebulosas pero decididamente relacionadas con la proximidad de un invierno que se anunciaba particularmente frío, dado que el Niño X hacía gala de una capacidad de previsión peligrosamente preclara y poco recomendable en una edad en la que lo más normal es salir de casa con la bragueta abierta. Una vez dentro, el Niño X pasó la tarde jugando a ser una lavadora a la espera de que el propietario la desembalara, aunque secretamente sabía que seguía siendo una persona, información que decidió no compartir con sus padres, que parecían levemente esperanzados con su recién estrenada ubicación. Tras un somero análisis general de su nueva situación, el Niño X se dispuso a enumerar sus programas de lavado, que, tras un breve parlamento y puesta en común con su Hombre Interior, decidió localizar en su oreja derecha. Luego repasó metódicamente el cable de alimentación que emanaba de su pie izquierdo y el cajetín del detergente ubicado en su frente, pero se abstuvo de comprobar la eficacia de su sistema de desagüe, más por puro recato que por confianza ciega en el fabricante. Cuando comprendió que la hora de cenar, esa asesina de la diversión para el infante medio, se acercaba con su paso inexorable y pretendidamente ominoso, el Niño X le dijo a su madre, “Mamá, ¿te importaría desempaquetarme y echarme encima algo de ropa sucia cuando yo te lo indique? Blanca, si no es mucha molestia”. Ya fuera de la caja, hizo que su padre lo examinara minuciosamente en busca de algún desperfecto o disfunción, bien de fábrica o producido por el almacenaje y/o transporte, aclarando de paso que tenía dos años de garantía. Después, su madre seleccionó unos calzoncillos casi sin mancillar del cesto y los colocó en la cabeza de su hijo, que era consciente de que pasado un rato no se los podría volver a poner y listo, porque el poder de la imaginación, aunque teóricamente infinito, resulta notablemente incompetente a la hora de asear y desodorar prendas íntimas por si sola. Antes de acostarse, el Niño X les dijo a sus padres que a partir de entonces preferiría que se dirigieran a él como "Futuro Sr. X". Al día siguiente, Papá y Mamá X prefirieron no referir el tema y vieron alejarse la caja en el carro del recogedor de cartones con esa especie de impotente melancolía que ostentan las cajas de cartón cuando están plegadas.
domingo, 5 de septiembre de 2010
Abraham, Patriarca del Pueblo de Israel en: Un sacrificio realmente duro.
INT. CHOZA DE ABRAHAM. NOCHE.
Una austera choza israelí del siglo y pico antes de Cristo, por lo menos, con la usual escasez de comodidades de la típica choza israelí del siglo y pico antes de Cristo: una lavadora marca Phillips con pocos programas de lavado… yo qué sé. ABRAHAM duerme a pierna suelta en su mullida cama. Ha olvidado apagar la vela de la mesita de noche antes de quedarse roque. De repente, un cegador fogonazo de luz alumbra la estancia, acompañado de una estentórea voz que reverbera en las paredes de la habitación. Se trata de Yahvé, Creador de Todas las Cosas Incluidas las de Dudosa Utilidad; un anciano con túnica, barba y melenas blancas y sandalias de esparto.
YAHVÉ: ¡¡ABRAHAM!!
ABRAHAM (incorporándose con el corazón en un puño): ¡¡Pero, coño!!
YAHVÉ: Abraham, soy Dios.
ABRAHAM (se sienta al borde de la cama): Sí, ya; no tengo muchos conocidos que se materialicen en mi casa en medio de una luz cegadora. Porque eres tú, que si llega a ser el que vende tomates, lo cojo y lo mato.
YAHVÉ: Haz el favor de mostrarte más respetuoso en presencia de tu Creador.
ABRAHAM: Es que me pegas unos sustos de muerte, joder (se pone la mano en el pecho). Creo que hasta me ha dado un poco de taquicardia, tú.
YAHVÉ: Ya deberías estar acostumbrado.
ABRAHAM: Eso precisamente te quería comentar. Mira, aprecio mucho tus visitas, pero digo yo que podrías aparecerte en otro momento, que mira que el día es largo (coge de la mesita de noche su reloj Casio. Ya os he dicho que de esto hace un taco de años). Las cuatro de la mañana. Tengo que levantarme dentro de media hora. Ya sabes lo madrugadores que somos los israelíes. Como si no tuviéramos nada mejor que hacer a las cuatro y media de la mañana, la madre que nos parió.
YAHVÉ: Yo ayudo a los que madrugan.
ABRAHAM: Sí, ya. Qué casualidad que no te me apareciste el lunes, cuando me puse a pintar el establo.
YAHVÉ (carraspea): ¿El lunes? Huy, no sabes lo liado que estaba yo el lunes.
ABRAHAM: Pues anda que no me habría venido bien que alguien me sujetara la escalera. Me caí dos veces cuando fui a darle una mano al techo. Estoy deslomado.
YAHVÉ: Abraham, ¿tú me amas?
ABRAHAM: Coño, que tío más pesado. ¿Sabes? Para haber creado el Universo y Toda la Marimorena, eres de lo más inseguro.
YAHVÉ: ¿Me amas o no?
ABRAHAM: ¿Cómo puedes dudarlo? ¿Te acuerdas de que la semana pasada me pediste que sacrificara a mi hijo Isaac en tu honor?
YAHVÉ: Ah, sí. Qué risa cuando sustituí a tu hijo por un carnero cuando estabas a punto de degollarlo, ¿eh?
ABRAHAM (malhumorado): Sí, un descojone.
YAHVÉ: No te sentó muy bien.
ABRAHAM: Hombre, imagínate. Reconozco que a veces me dan ganas de estrangular con mis propias manos al niñato ese, que no da un palo el agua, el muy cabrón, pero… bueno, es el producto de mis gónadas, cojones, aunque sea un inútil y un vago de mierda. Claro, como tú no tienes hijos…
YAHVÉ: Yo tengo millones de hijos.
ABRAHAM: ¿Ah, sí? No lo sabía. En ese caso, ¿podría recomendarme un buen profesor particular? Porque digo yo que, si tienes tantos hijos, a alguno le habrán quedado las matemáticas para septiembre.
YAHVÉ: Soy el Padre de toda la Humanidad, zopenco.
ABRAHAM: Pues más a mi favor. ¿Y te comen bien las verduras? Porque lo que es mi Isaac sólo quiere macarrones.
YAHVÉ (suspira): Hablando de tu hijo… ¿Cómo se encuentra?
ABRAHAM: ¿Después de que estuve a punto de asesinarlo la semana pasada, dices? Pues imagínate. Más suave que un guante. Le entran sudores fríos cada vez que me ve trinchar la carne.
YAHVÉ: Ya veo. ¿Tú dirías que la experiencia le ha traumatizado?
ABRAHAM: Hombre, traumatizado no sé si se ha quedado. Se ha vuelto tartamudo de repente, si eso sirve de indicativo.
YAHVÉ: Se le pasará.
ABRAHAM: ¿Y lo de despertar en medio de la noche entre alaridos terror y empapado en orina, también se le pasará? Es que no veas las noches que me está dando. Lo he tenido que mandar a dormir al pajar.
YAHVÉ: Bueno, bueno; ya iré yo a hablar luego con él. Soy muy buen psicólogo.
ABRAHAM: ¿Eso qué es?
YAHVÉ: Una profesión que me acabo de inventar. Tú no lo entenderías; está en latín.
ABRAHAM: Ya… Y digo yo, ¿qué se te ofrece? Es que, verás, se está haciendo tarde y me queda mucho por esquilar, ¿sabes?
YAHVÉ: Ah, sí. El motivo que me ha traído hasta aquí. Ejem. Abraham, tienes que ofrecerme otro sacrificio.
ABRAHAM: ¿Ahora mismo? ¿Pero tú te crees que las ovejas se ordeñan solas, o qué?
YAHVÉ: ¿Me amas, Abraham?
ABRAHAM (suspira, hastiado): Que sí, que sí, cojones. ¿A quién tengo que matar ahora?
YAHVÉ: ¿Pero tú cuántas veces te crees que te voy a pedir que mates a alguien?
ABRAHAM: Yo qué sé. Como tus caminos son inescrutables y eso…
YAHVÉ: No, no. Esta vez no se trata de nada tan dramático.
ABRAHAM: Ah, menos mal. Y bien, ¿de qué se trata? Pide lo que desees a tu humilde siervo.
YAHVÉ: Chúpame la polla.
ABRAHAM (perplejo): ¿Señor?
YAHVÉ: Ya me has oído.
ABRAHAM: Sí, sí, te he oído; pero, bueno, es que me has dejado atónito, joder. Es que no lo entiendo. ¿Has estado haciendo turismo sexual por Sodoma y Gomorra, o qué te pasa?
YAHVÉ: Hijo mío, esto no tiene nada que ver con la satisfacción homoerótica. Sólo necesito una prueba de tu amor incondicional por tu Creador.
ABRAHAM: Es la excusa más cutre que he oído para obtener sexo.
YAHVÉ: ¿Vas a poner pegas a todo lo que te ordene?
ABRAHAM: No, que va. Lo único que digo es que, bueno, si tú eres mi Padre… ¿no será incesto eso que quieres? Ya sé que en estos tiempos está muy de moda, pero…
YAHVÉ: ¿Estás intentando utilizar la lógica con Alguien que puede crear un universo con la punta del cipote?
ABRAHAM: Que nooo. Ay. Me avisarás, por lo menos.
YAHVÉ: ¿De qué tengo que avisarte?
ABRAHAM: Pues ya sabes, hombre. Me avisarás cuando, eh, cuando… Cuando alcances la… la epifanía. ¿No?
YAHVÉ: Ah, ni hablar. Te la tragas.
ABRAHAM: ¿La epifanía? Pero, oye, ¿no me sentará mal? Quiero decir, ¿no me provocará ningún efecto secundario la… la Sagrada Lefa1?
YAHVÉ: Hombre, pues no me había parado a pensar en ello. Cagarás Gloria, supongo (suelta una carcajada). Discúlpame. Humor divino.
ABRAHAM: Valiente faena. Hacerle una mamada al Creador precisamente yo, que tenía que hacer el amor con mi mujer a través de un agujero en la colcha.
YAHVÉ: Bueno, piensa que siempre hay una primera vez para todo.
ABRAHAM: ¿Eso es todo lo que puedes decir para consolarme?
YAHVÉ: ¿Tú quieres ir al Cielo cuando te mueras, o no?
ABRAHAM: Manda cojones. Yo que me las prometía tan felices hoy paseando por el campo con mis ovejas, y nada más despertar me encuentro con un tío omnipotente haciéndome chantaje sexual. Tus caminos son inescrutables que te cagas, ¿eh?
YAHVÉ: ¿Quieres dejar de quejarte y demostrarme tu amor de una vez?
ABRAHAM (arrodillándose): Hay que joderse. Te habrás lavado antes de venir, ¿no?
En ese momento entra en la habitación ISAAC.
ISAAC: ¿P-papá? (ve a su padre en tan delicada tesitura). ¡¡¡PAPÁ!!!
ABRAHAM (a Yahvé): Hala, yo toda la vida intentando darle una buena educación para que sea un hombre de provecho, y vienes tú, y en menos de dos semanas...
Una austera choza israelí del siglo y pico antes de Cristo, por lo menos, con la usual escasez de comodidades de la típica choza israelí del siglo y pico antes de Cristo: una lavadora marca Phillips con pocos programas de lavado… yo qué sé. ABRAHAM duerme a pierna suelta en su mullida cama. Ha olvidado apagar la vela de la mesita de noche antes de quedarse roque. De repente, un cegador fogonazo de luz alumbra la estancia, acompañado de una estentórea voz que reverbera en las paredes de la habitación. Se trata de Yahvé, Creador de Todas las Cosas Incluidas las de Dudosa Utilidad; un anciano con túnica, barba y melenas blancas y sandalias de esparto.
YAHVÉ: ¡¡ABRAHAM!!
ABRAHAM (incorporándose con el corazón en un puño): ¡¡Pero, coño!!
YAHVÉ: Abraham, soy Dios.
ABRAHAM (se sienta al borde de la cama): Sí, ya; no tengo muchos conocidos que se materialicen en mi casa en medio de una luz cegadora. Porque eres tú, que si llega a ser el que vende tomates, lo cojo y lo mato.
YAHVÉ: Haz el favor de mostrarte más respetuoso en presencia de tu Creador.
ABRAHAM: Es que me pegas unos sustos de muerte, joder (se pone la mano en el pecho). Creo que hasta me ha dado un poco de taquicardia, tú.
YAHVÉ: Ya deberías estar acostumbrado.
ABRAHAM: Eso precisamente te quería comentar. Mira, aprecio mucho tus visitas, pero digo yo que podrías aparecerte en otro momento, que mira que el día es largo (coge de la mesita de noche su reloj Casio. Ya os he dicho que de esto hace un taco de años). Las cuatro de la mañana. Tengo que levantarme dentro de media hora. Ya sabes lo madrugadores que somos los israelíes. Como si no tuviéramos nada mejor que hacer a las cuatro y media de la mañana, la madre que nos parió.
YAHVÉ: Yo ayudo a los que madrugan.
ABRAHAM: Sí, ya. Qué casualidad que no te me apareciste el lunes, cuando me puse a pintar el establo.
YAHVÉ (carraspea): ¿El lunes? Huy, no sabes lo liado que estaba yo el lunes.
ABRAHAM: Pues anda que no me habría venido bien que alguien me sujetara la escalera. Me caí dos veces cuando fui a darle una mano al techo. Estoy deslomado.
YAHVÉ: Abraham, ¿tú me amas?
ABRAHAM: Coño, que tío más pesado. ¿Sabes? Para haber creado el Universo y Toda la Marimorena, eres de lo más inseguro.
YAHVÉ: ¿Me amas o no?
ABRAHAM: ¿Cómo puedes dudarlo? ¿Te acuerdas de que la semana pasada me pediste que sacrificara a mi hijo Isaac en tu honor?
YAHVÉ: Ah, sí. Qué risa cuando sustituí a tu hijo por un carnero cuando estabas a punto de degollarlo, ¿eh?
ABRAHAM (malhumorado): Sí, un descojone.
YAHVÉ: No te sentó muy bien.
ABRAHAM: Hombre, imagínate. Reconozco que a veces me dan ganas de estrangular con mis propias manos al niñato ese, que no da un palo el agua, el muy cabrón, pero… bueno, es el producto de mis gónadas, cojones, aunque sea un inútil y un vago de mierda. Claro, como tú no tienes hijos…
YAHVÉ: Yo tengo millones de hijos.
ABRAHAM: ¿Ah, sí? No lo sabía. En ese caso, ¿podría recomendarme un buen profesor particular? Porque digo yo que, si tienes tantos hijos, a alguno le habrán quedado las matemáticas para septiembre.
YAHVÉ: Soy el Padre de toda la Humanidad, zopenco.
ABRAHAM: Pues más a mi favor. ¿Y te comen bien las verduras? Porque lo que es mi Isaac sólo quiere macarrones.
YAHVÉ (suspira): Hablando de tu hijo… ¿Cómo se encuentra?
ABRAHAM: ¿Después de que estuve a punto de asesinarlo la semana pasada, dices? Pues imagínate. Más suave que un guante. Le entran sudores fríos cada vez que me ve trinchar la carne.
YAHVÉ: Ya veo. ¿Tú dirías que la experiencia le ha traumatizado?
ABRAHAM: Hombre, traumatizado no sé si se ha quedado. Se ha vuelto tartamudo de repente, si eso sirve de indicativo.
YAHVÉ: Se le pasará.
ABRAHAM: ¿Y lo de despertar en medio de la noche entre alaridos terror y empapado en orina, también se le pasará? Es que no veas las noches que me está dando. Lo he tenido que mandar a dormir al pajar.
YAHVÉ: Bueno, bueno; ya iré yo a hablar luego con él. Soy muy buen psicólogo.
ABRAHAM: ¿Eso qué es?
YAHVÉ: Una profesión que me acabo de inventar. Tú no lo entenderías; está en latín.
ABRAHAM: Ya… Y digo yo, ¿qué se te ofrece? Es que, verás, se está haciendo tarde y me queda mucho por esquilar, ¿sabes?
YAHVÉ: Ah, sí. El motivo que me ha traído hasta aquí. Ejem. Abraham, tienes que ofrecerme otro sacrificio.
ABRAHAM: ¿Ahora mismo? ¿Pero tú te crees que las ovejas se ordeñan solas, o qué?
YAHVÉ: ¿Me amas, Abraham?
ABRAHAM (suspira, hastiado): Que sí, que sí, cojones. ¿A quién tengo que matar ahora?
YAHVÉ: ¿Pero tú cuántas veces te crees que te voy a pedir que mates a alguien?
ABRAHAM: Yo qué sé. Como tus caminos son inescrutables y eso…
YAHVÉ: No, no. Esta vez no se trata de nada tan dramático.
ABRAHAM: Ah, menos mal. Y bien, ¿de qué se trata? Pide lo que desees a tu humilde siervo.
YAHVÉ: Chúpame la polla.
ABRAHAM (perplejo): ¿Señor?
YAHVÉ: Ya me has oído.
ABRAHAM: Sí, sí, te he oído; pero, bueno, es que me has dejado atónito, joder. Es que no lo entiendo. ¿Has estado haciendo turismo sexual por Sodoma y Gomorra, o qué te pasa?
YAHVÉ: Hijo mío, esto no tiene nada que ver con la satisfacción homoerótica. Sólo necesito una prueba de tu amor incondicional por tu Creador.
ABRAHAM: Es la excusa más cutre que he oído para obtener sexo.
YAHVÉ: ¿Vas a poner pegas a todo lo que te ordene?
ABRAHAM: No, que va. Lo único que digo es que, bueno, si tú eres mi Padre… ¿no será incesto eso que quieres? Ya sé que en estos tiempos está muy de moda, pero…
YAHVÉ: ¿Estás intentando utilizar la lógica con Alguien que puede crear un universo con la punta del cipote?
ABRAHAM: Que nooo. Ay. Me avisarás, por lo menos.
YAHVÉ: ¿De qué tengo que avisarte?
ABRAHAM: Pues ya sabes, hombre. Me avisarás cuando, eh, cuando… Cuando alcances la… la epifanía. ¿No?
YAHVÉ: Ah, ni hablar. Te la tragas.
ABRAHAM: ¿La epifanía? Pero, oye, ¿no me sentará mal? Quiero decir, ¿no me provocará ningún efecto secundario la… la Sagrada Lefa1?
YAHVÉ: Hombre, pues no me había parado a pensar en ello. Cagarás Gloria, supongo (suelta una carcajada). Discúlpame. Humor divino.
ABRAHAM: Valiente faena. Hacerle una mamada al Creador precisamente yo, que tenía que hacer el amor con mi mujer a través de un agujero en la colcha.
YAHVÉ: Bueno, piensa que siempre hay una primera vez para todo.
ABRAHAM: ¿Eso es todo lo que puedes decir para consolarme?
YAHVÉ: ¿Tú quieres ir al Cielo cuando te mueras, o no?
ABRAHAM: Manda cojones. Yo que me las prometía tan felices hoy paseando por el campo con mis ovejas, y nada más despertar me encuentro con un tío omnipotente haciéndome chantaje sexual. Tus caminos son inescrutables que te cagas, ¿eh?
YAHVÉ: ¿Quieres dejar de quejarte y demostrarme tu amor de una vez?
ABRAHAM (arrodillándose): Hay que joderse. Te habrás lavado antes de venir, ¿no?
En ese momento entra en la habitación ISAAC.
ISAAC: ¿P-papá? (ve a su padre en tan delicada tesitura). ¡¡¡PAPÁ!!!
ABRAHAM (a Yahvé): Hala, yo toda la vida intentando darle una buena educación para que sea un hombre de provecho, y vienes tú, y en menos de dos semanas...
1 "Semen" en hebreo antiguo.
lunes, 23 de agosto de 2010
Muy pronto....
...un castor rascándose el sobaco.


Un beso de buenas noches de mil demonios: Fracasando miserablemente a la hora de crear expectación desde 2007.
martes, 20 de julio de 2010
A lo mejor lo que voy a decir es una tontería...
...pero, si alguna vez maldices tu suerte por haber sido abducido por extraterrestres, recuerda con resignación que siempre hay una primera vez para todo.
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