martes, 5 de mayo de 2009

El autor y sus MEMEces

Pero, hombre; ¿aquí, delante de todo el mundo?
Estimados bandarras:
Mi amada Silderia me ha lanzado un MEME de esos que los llaman y con ello me ha brindado la oportunidad de escribir un post exento de mis habituales y jocosos chistes sobre boñigas, aunque intentaré colar alguno en cuanto vea la oportunidad para que la cosa no decaiga.
Para los que no estén familiarizados con el término ‘meme’, ahí os dejo la definición que he encontrado en la Wikipedia, para que luego digáis que en Un beso de buenas noches de mil demonios primamos los chistes sobre boñigas en detrimento del propósito pedagógico:

Mem (od gr. mimesis – naśladownictwo). W memetyce to nazwa jednostki ewolucji boñiga kulturowej, analogicznej do genu będącego jednostką ewolucji biologicznej. Termin został wprowadzony przez biologa Richarda Dawkinsa w książce Samolubny gen.

Ahora que ha quedado todo meridianamente claro, podemos pasar a las preguntas:

¿Un lugar para relajarme?
Cualquier sitio donde se vuelquen mesas y se lancen botellas. Mi club de ajedrez, por ejemplo.

¿Te echas la siesta?
Sólo una vez, en 1992. Desperté en un camión de ganado. Debo reconocer que la experiencia no satisfizo mis expectativas.

¿Quién ha sido la última persona a la que has abrazado?
A mi amada Silderia, para evitar que se liara a mamporros con la presidenta de la comunidad de vecinos. Y el pasado sábado a una farola, a la que confundí con un entrañable amigo.

¿La última cosa que has comprado?
Dos botellas de absenta y cinco gramos de farlopa. Y un desfibrilador, por si la fiesta se anima.

¿Qué escuchas ahora mismo?
“¡Yeraiiiiii, súbete a la acera, que te va a pillar un coche!” La vecina de al lado, deduzco. “¡Como baje p’abajo te vi’arrancar la cabeza!”, añade.

¿Tu estación favorita del año?
¿Sabéis esa en que, incluso si te sudan los pies un taco y se te escuecen las ingles, estás contento? ¿Verano, dices? Pues será.

¿Qué tienes en tu armario del baño?
Como bien aclara mi amada Silderia, no tenemos armarios en el baño. De hecho, no tenemos ni baño. No se me caen los anillos por mear desde el balcón. La orina revitaliza las plantas, refresca el asfalto, abrillanta los coches y regenera los folículos capilares.

Di algo de la persona que te pasó este meme.
Esperad, que la tengo aquí al lado.
-Cariño, ¿qué digo de ti?
-¿Dónde?
-En el meme este que me has pasado.
-Lo que me dices siempre: “Las estrellas, a tu lado, son una puta mierda”.
Pues eso, que las estrellas, a su lado, son una puta mierda.

Si pudieras tener una casa totalmente amueblada, gratis, en cualquier parte del mundo, ¿dónde te gustaría que estuviera?
En la luna, que para eso se la regalé a mi amada por su pasado cumpleaños. Yo me abrigo y a tomar por culo.

¿Lugar favorito de vacaciones?
La luna, nuevamente. Ya sé que en Marte hace más calorcito, pero no veas lo que hay que andar allí para comprar un kilo de nísperos.

¿Cómo tomas el café?
Con azúcar de sobre, así me imagino que es cicuta y que soy el objetivo de una pérfida conspiración en la corte de Luis XIV. ¿Cómo que eso no es normal?

¿Qué le pides a la vida?
Que me siga señalando con el dedo.

¿Qué echas de menos?
El Renacimiento. Estaba todo más barato.

¿Qué estás leyendo ahora mismo?
Hoy mismo me he terminado de leer un post-it que empecé la semana pasada, “Comprar leche”. Ahora estoy buscando otra obra del mismo autor, “Comprar cuchillas de afeitar”.

¿Cuál es tu comida favorita?
Las quiero a todas por igual. Bueno, entre vosotros y yo, la niña de mis ojos es el solomillo de buey a la piedra.

¿Vivirías tu vida de otra manera a como la vives ahora?
Si tuviera una segunda oportunidad, pasaría menos tiempo en el suelo y más encima de los muebles. Y todas las tardes me pondría un rato cabeza abajo, que es algo que he hecho muy poco en esta vida. Como todos, supongo.

¿Volverías a crear el blog?
Ya te digo. Sobre todo si lo borrara por accidente.

No podrías vivir sin…
Los órganos vitales. Ésa estaba tirada.

¿Con qué celebridad te identificas?
Con Jesucristo. Tengo entendido que, al igual que yo, él tampoco podía orinar cuando había gente a su alrededor. Entraba un apóstol en el baño preguntando “Eh, Jesús, ¿qué quieres de guarnición?” y se le cortaba la meada. Que sí, que lo contó San Mateo en no sé dónde.

¿Qué prenda (ropa, calzado o complemento) tienes en casa que tenga mucho valor sentimental para ti y explica por qué?
Pues no sé; la verdad es que no me visto muy a menudo. ¿Una mancha de Nocilla en el smoking es un complemento? Mmm, no sé… Cuando voy a alguna fiesta en el club de golf, suelo llevar conmigo un enano de jardín, para parecer el más interesante de los dos.

¿Cuál es tu color favorito?
El que vino del espacio. Combina con todo.

¿Cambiarías algo de ti mismo?
Hay momentos en que tengo problemas por culpa de mi doble personalidad, así que cualquier día de estos me lío a hostias y me quedo solo.

Un sueño…
Vez coherente una alguna escribir frase.

¿Cuál es tu olor o perfume favorito?
El verde.

¿Te consideras una persona positiva?
Una de mis personalidades opina que sí, la otra habla muy poco del tema.

¿Qué le pides a un amig@?
Que me diga si es hombre o mujer. La intolerable dictadura de la arroba me toca los cojones, vuesa merced.

¿Dónde tienes el corazón?
En un frasco.

viernes, 17 de abril de 2009

El hombre apenas visible

Estimados cronopiazos:
La acojonante revista digital Impracabeza Magazine (¡pinchad, malditos!) me ha publicado el relato titulado "El hombre apenas visible" en su número 5, firmado con mi seudónimo de nacimiento (digo esto para acallar los absurdos rumores que corren por ahí y que aseguran que mi verdadero nombre es Klaus von Strindberg). Como el cuento en cuestión es bastante de la cuerda del resto de cosas que suelo colgar en este blogarito, ahí os lo dejo para vuestro uso y disfrute, o para que me dejéis un comentario cagándoos en todo lo que se menea. A mi plim, oigan.

El hombre apenas visible

En contra de la opinión general, el Sr. X aceptó aquel trabajo como conejillo de Indias no por ansias de notoriedad, no por ser el primer hombre invisible de la Historia, ni tampoco por el tazón de chocolate y el merengue gratis, sino por motivos puramente circunstanciales. En honor a la verdad, debemos aclarar que el Sr. X ni siquiera había considerado el hecho de ser él mismo el objeto del experimento; la intención inicial de nuestro protagonista consistía en hacer invisible a su mujer, por cuanto esta experiencia supondría una notable mejora en su vida sexual. Desgraciadamente, los análisis previos demostraron que la sangre de la Sra. X, rica en azúcares y grasas saturadas, no aceptaría de buen grado el suero de la Invisibilidad, así que el Sr. X, un ejemplo de sentido común y sensibilidad práctica, se ofreció voluntario para la prueba, alegando que ya que estaban allí y que hay que ver lo lejos que quedaban del centro estas Bases Científicas Subterráneas Ultrasecretas del Gobierno y la de vueltas que había dado el taxista para llegar. El Sr. X (al que los científicos de la Base se referían como “Sujeto X”) resultó ser una cobaya ideal gracias a la escasez de hierro y vitaminas de todas las letras en su organismo y a su peculiar complexión, que cabría calificar de escuchimizada tirando a birriosa. “No es absolutamente necesario ser canijo, pálido y bajito para que no lo vean a uno”, decían los científicos, “pero ayuda bastante”. Se podría decir que la primera prueba de la fórmula de la Invisibilidad supuso un éxito moderado; los científicos no habían logrado hacer invisible al Sr. X, pero resulta indudable que pasaba bastante desapercibido. La gente preguntaba por él aunque se encontrara en la misma habitación, y el Sr. X tenía que hacer considerables esfuerzos para hacerse ver, como ponerse tres albornoces uno encima de otro. La voz más crítica respecto a los resultados del experimento fue curiosamente la de la Sra. X, que alegó que no era la primera vez que un desconocido confundía la coronilla de su marido con un cenicero, y que ella misma se había sentado en varias ocasiones por equivocación encima del Sr. X con resultados rayanos en el siniestro total. El segundo jarro de agua fría se precipitó justo después del plato de sopa caliente: los participantes en el experimento no habían ni empezado con el segundo plato cuando el Gobierno comunicó la aplicación de un recorte de presupuesto en la partida destinada a Estudios Científicos Ultrasecretos. Decepcionado por la súbita interrupción del experimento y por no haber podido hincar el diente a las bratwurst con salsa tártara, el Sr. X volvió a casa caminando, y la Sra. X, que extrañamente olvidó que había llegado acompañada, en el coche de uno de los empleados de la Base. Los días siguientes transcurrieron con tolerable normalidad para el Sr. X; su escasa relevancia en la vida de todos los demás no parecía haberse acentuado. Pero justo una semana después del experimento el Sr. X comenzó a reparar en ciertos extraños comportamientos que profesaban sus conciudadanos ante su, ya relativa, presencia; sus vecinos le cerraban la puerta del ascensor en las narices, sus compañeros de trabajo le robaban las grapas delante de las anteriormente mencionadas, su perro le retiró el hocico del trasero y con ello el saludo y la Sra. X denunció en una ocasión la desaparición de su marido mientras él hacía un agujero en la pared para colgar un cuadro. La comprensible indignación inicial empezó a transformarse en una especie de sorda zozobra un día que tuvo que esperar casi tres minutos delante de las puertas automáticas del supermercado a que saliera o entrara algún comprador, ya que la célula fotoeléctrica no alcanzó a reconocerle. La gota que colmó el vaso llegó un lunes por la tarde, cuando un niño (con esa capacidad que tienen los niños de poner de manifiesto las cosas verdaderamente importantes de la vida), señalando a los pies del Sr. X, le dijo a su madre: “Mira, mamá, una caca dando saltos”. El comentario provocó que el Sr. X tuviera que restregar con vehemencia la suela del zapato contra un bordillo y que hiciera nota mental de fijarse mejor dónde pisaba; es cierto que últimamente había desarrollado la inconveniente costumbre de meter los pies en los sitios menos indicados: charcos, vómitos, animales domésticos de poca envergadura, pies de otras personas; como si le costara calcular el perímetro exacto donde iban a aterrizar sus mocasines. A la mañana siguiente, frente al espejo del aseo, el Sr. X advirtió en su rostro unas manchas blancuzcas parecidas a la cal verdaderamente persistentes; tardó unos instantes en caer en la cuenta de que estaba confundiendo su reflejo con el de la manguera de la ducha situada a sus espaldas. Minutos después, presa del nerviosismo y con un afeitado que sólo merecería el apelativo de lamentable, el Sr. X salió a comprar tabaco y a día de hoy nadie le ha vuelto a ver. Por su parte, la Sra. X sospecha que el perro ha empezado a fumar, aunque todavía no tiene pruebas suficientes para demostrarlo, aparte de unas colillas repartidas por la casa y un vago olor a cigarrillos mentolados.

martes, 14 de abril de 2009

Lo que no está en los escritos

¡La administración de de Un beso de buenas noches de mil demonios se tira a la calle y acaba con restos de asfalto bajo el prepucio!

Estimados murciélagos hindúes que comen feliz cardillo y kiwi:
El periódico de la localidad de Ganillas del Cagar, El Bollo, ha publicado hoy en sus páginas una noticia que nos ha dejado tan, pero tan epatados que la gente que pasaba por allí hasta se ha dado cuenta. “Coño, que epatados que estáis, zagalones”, nos ha dicho un señor que después se ha sonado los mocos con los faldones del traje. Es que nos es para menos, oiga. Según el rotativo, el filólogo y Doctor en Literatura José Zones, Pepe para los amigos, entre los que nos contamos porque una vez le limpiamos un excremento de paloma del cogote con un kleenex, después de una abracadabrante investigación que ha abarcado cuatro lustros, sea lo que sea lo que signifique eso, ha descubierto, al fin, Lo que no está escrito. Después de haber leído todo lo habido y por haber, el Doctor Pepe Zones nos ha jurado por su santa madre que nadie, nunca, en ninguna parte, ha escrito la siguiente línea de diálogo:

-Dame el almanaque, mamón –dijo el Vizconde.

Como era de esperar, la Academia de la Lengua ha desviado su adusta mirada hacia este inaudito descubrimiento cuando estaba a punto de pedirle al camarero cambio para la máquina de tabaco. “Oiga, ¿me da cambio para…?”, y ahí se ha quedado la Academia del Lengua, de la sorpresa. Por su parte, la Academia de los Dientes ha rechazado hacer cualquier tipo de declaración al respecto, añadiendo que al que se le ocurra preguntar le va a soltar cuatro frescas. Para subsanar esta lamentable omisión, la administración de Un beso de buenas noches de mil demonios, a falta de un Departamento de Estudios sobre Arte y Literatura, ha puesto a trabajar en el caso a su recién formado Departamento de Estudios sobre Danza Femenina Dentro de una Jaula, cuya creación se nos antojaba más perentoria.

INVESTIGADOR: Nos encontramos ante el Presidente de la Academia de los Dientes Ignacio Mino, Nacho para los amigos.
MINO: ¿Quién es usted? ¿Cómo ha entrado?
INVESTIGADOR: Dígame, profesor Mino, ¿qué opina del inaudito descubrimiento del doctor Zones?
MINO: Oiga, ¿de qué me habla? Como no se vaya ahora mismo, llamo a mi sobrino, que es Teniente Coronel.
INVESTIGADOR: ¿Tiene la Academia de los Dientes alguna postura oficial al respecto?
MINO: ¿Quiere salir y cerrar la puerta, que se me está quedando el culo helado?
INVESTIGADOR: ¿A qué se debe esta reticencia a hablar del tema? ¿Teme acaso levantar polémica?
MINO: Oiga, ahora mismo no puedo ni levantar el trasero del retrete. Para polémicas estoy yo.
INVESTIGADOR: ¿Quiere decir eso que la Academia de los Dientes no va a hacer declaraciones?
MINO: ¡¿Quiere salir de mi cuarto de baño de una puta vez?!

La negativa del Presidente de la Academia de los Dientes a habar del asunto nos hizo sospechar que se estaba cocinando algo turbio en los círculos académicos y que después iban a volcar la olla a un lado de la carretera y encargar unas pizzas. Para despejar esta controversia nos pusimos en contacto con un respetado miembro de la Academia del Frenillo. Este eminente erudito prefirió mantener su verdadero nombre en el anonimato por si la gente le reconocía por la calle y le tiraba escupitajos desde los balcones, así que hemos decidido adjudicarle el seudónimo de Augusto Pichaflójez.

PICHAFLÓJEZ: ¡¡Pero, oiga!! ¡¿No se les ha ocurrido un sobrenombre más innecesariamente grosero?!
INVESTIGADOR: Pues puede darse con un canto en los dientes, caballero, que nuestra primera opción era Ataulfo Comemiérdez.
PICHAFLÓJEZ: ¡¡No te jode!!
INVESTIGADOR: Vamos al lío. ¿Qué nos puede contar sobre el apabullante descubrimiento del doctor Zones, profesor Pichaflójez?
PICHAFLÓJEZ: ¡¡Que no me llame así, cojones!!
INVESTIGADOR: Pero qué susceptible es usted, Pichaflójez.
PICHAFLÓJEZ: ¡¡Me voy a cagar en todo!! ¡¡Coño ya!!

Desafortunadamente, no pudimos sacar nada en claro del tema porque el profesor Pichaflójez decidió súbitamente interrumpir la entrevista con la inestimable ayuda de su trabuco, así que llamamos al doctor Zones desde una cabina a la que después pegamos fuego por equivocación.

ZONES: Hombre, muchacho, qué alegría me da verte. No sabes lo que te agradezco que me limpiaras aquella caca de paloma del cogote. Creo que te estaré eternamente agradecido, fíjate.
INVESTIGADOR: A mandar, hombre. Dígame, doctor, ¿cómo se siente después de tamaño descubrimiento?
ZONES: Hombre, imáginate. Después de todos estos años, de todo el sufrimiento… Que se me han caido hasta los pelos de las nalgas, del estrés. Yo antes tenía muchos pelos en el culo, ¿sabe? Tenía más pelos en el culo que todos ustedes. Y mi padre tenía más pelos en el culo que yo. Una cosa bárbara.
INVESTIGADOR: Me hago cargo.
ZONES: Ah, los pelos del culo. Como tantas otras cosas en la vida, no los valoras hasta que los pierdes.
INVESTIGADOR: Ejem, su descubrimiento, doctor.
ZONES: Ah, sí, sí. Pues verá, en un principio, la línea de diálogo “-Dame el almanaque, mamón –dijo el Vizconde” a mí no me interesaba en absoluto. Yo lo que quería descubrir era que nadie jamás había escrito “Estoy suelta como gavete”, pero después lo leí en alguna parte… Dostoievski, creo… “Estoy suelta como gavete, estimado Dmitri Fiodorovich”, algo así. Entonces me lancé a investigar algo que no se hubiera escrito incluyendo las palabras “arcotangente” y “carraspera” en la misma frase; desgraciadamente el insigne poeta John Keats ya lo había hecho a principios del siglo XIX con notable soltura. Total, que después no me acuerdo lo que hice… una tortilla de papas, creo… y por la tarde seguí investigando. Y al final, ¡Bum!, averigüé que “-Dame el almanaque, mamón –dijo el Vizconde” no estaba escrita en ningún lado. Anda que no me quedé a gusto ni nada.

La próxima semana en “Ocupaciones Anormales”: El increíble caso de Ignasi Potón, un tipo que predice cuándo se te va dormir un pié a través de la numerología.

martes, 31 de marzo de 2009

El Éxodo de los Pollos (versión reducida)

El Departamento Gnóstico Pero Más Bien Poco Practicante de Un beso de buenas noches de mil demonios se complace en presentar un extracto de La Biblia Explicada para Pollos, una audaz iniciativa del Reverendo Johnson Tana de próxima publicación a cargo de la editorial Pollo e Hijos.

Capítulo 1, Versículo 1: Y fíjate tú que un día la gallina Jessica María de los Pollos Pían puso un huevo y le llamó Kevin Moisés, causando gran escándalo en la familia. “¿Por qué le has puesto semejante nombre?”, preguntóle el abuelo de la criatura. “Moisés para poder llamarle Moi y gritarle desde el balcón ‘Moi, súbete a la acera, que te va a pillar un coche’, y Kevin en honor al padre de mi padre, o sea, a mi abuelo, o sea, a tu padre, vamos”. “Mi padre se llamaba Rogelio”, contestóle el abuelo con iracundia. “Es que Rogelio es nombre de agricultor”, díjole Jessica María. “Escúchame bien, Jessica María de los Pollos Pían; con un nombre como Kevin Moisés, tu vástago jamás llegará a profeta. Ayudante de mecánico, a lo sumo”. Y Jessica María de los Pollos Pían lloró amargamente por las palabras de su padre y a la hora de almorzar le sirvió una hogaza del día anterior y puré de lentejas frío.
1, 2: Y las palabras de su abuelo fueron proféticas porque su abuelo se dejó las barbas y Kevin Moisés abandonó sus estudios de bachillerato y entró a trabajar en un taller de chapa y pintura, llegando a casa ebrio y oliendo a porros cada noche. Y un sábado gripó la moto y volvió a casa andando y en mitad del camino el Pollo Primigenio se le apareció y le dijo: “Contento me tienes”. Y Kevin Moisés que era alocado pero temeroso se arrodilló y el Pollo Primigenio creyó que iba a besarle los pies cuando en realidad lo que hizo fue vomitarle en las sandalias. Y el Pollo Primigenio entendió que a Kevin Moisés le había sentado mal el kebab y fue clemente con él y se limpió los pies con una piedra. Retumbóle la voz al Pollo Primigenio: “Kevin Moisés”. “Deme aquí”, dijo Kevin Moisés, y el Pollo Primigenio le dio allí y bramó: “Lo tienes merecido, por imbécil. ¡Querrás decir ‘Heme aquí’!” “Ah”, dijo Kevin Moisés pasando la mano por allí donde el Pollo Primigenio le había dado. “Eres un pollo pecador, Kevin Moisés”, arengóle el Pollo Primigenio. “Tienes menos futuro que un bistec”. Y Kevin Moisés entendió sólo a medias las palabras del Pollo Primigenio porque no hablaba hebreo pero quiso redimirse y se quitó de fumar y dejó de apurar las cervezas que los otros pollos habían dejado a medio beber y dejó de yacer con malas gallinas y nada de esto le pareció suficiente al Pollo Primigenio. “Te diré lo que vamos a hacer”, dijo el Pollo Primigenio. “Agarra los bártulos y conduce a mi pueblo al otro lado de la carretera, que aquí voy a poner un resort y un centro comercial. Y un puesto de papas bravas, si me da la picada”.
1, 3: Y Kevin Moisés convocó una asamblea y puso nachos con queso para que viniera todo el mundo y todo el mundo vino menos tres que padecían intolerancia a la lactosa pero después se les envió un fax con el orden del día. Y Kevin Moisés dijo a la multitud: “Sabed que el Pollo Primigenio se me ha aparecido y me ha pedido que os guíe al otro lado de la carretera”. Y a los tres millones de pollos allí reunidos parecióles bien y doscientos mil no estuvieron de acuerdo con el presupuesto del nuevo ascensor.
1, 4: Y a la mañana siguiente los pollos partieron y se llevaron para el camino seis millones de bocadillos de mortadela de aceitunas y nueve millones de filetes empanados y varios botes de encurtidos. Y pasó que Kevin Moisés dijo “No miréis atrás” y seiscientos mil pollos no pudieron resistirse y miraron atrás y se convirtieron en gomaespuma y adornaron salpicaderos hasta que los dueños de los coches se hartaron y los cambiaron por un Shin-Chan o un Pokemon de plástico.
1, 5: Y ocurrió que Kevin Moisés y los pollos llegaron al borde de la carretera e intentaron cruzarla y trescientos pollos resultaron arrollados por un camión cisterna. Y entonces Kevin Moisés pidió ayuda al Pollo Primigenio y el Pollo Primigenio había salido un momento a estirar las piernas y para cuando volvió una plaga de zorros había diezmado a ciento cincuenta mil pollos. Y el Pollo Primigenio díjole a Kevin Moisés, “Te dejo sólo cinco minutos y mira la que has liado”. Y Kevin Moisés preguntóle, “¿Cómo haremos para cruzar?” y el Pollo Primigenio puso un paso de peatones y mil dos cientos pollos fueron atropellados al pasar y vio el Pollo Primigenio que un paso de peatones no era suficiente. Y en consecuencia el Pollo Primigenio puso un poste con un triángulo en su cénit y dibujóle un pollo en medio y el Pollo Primigenio lo llamó ‘Cuidado. Paso de Pollos’ y vio que esto era bueno.
1, 6: Y sucedió que los pollos cruzaron y después de cruzar el Pollo Primigenio llamó al Ayuntamiento y vinieron los del Ayuntamiento a quitar el poste con el triángulo y el pollo en medio y se cagaron en la madre que parió a Peneque.
1, 7: Y al día siguiente Kevin Moisés subió al Monte Pollo y el Pollo Primigenio le entregó las Tablas de la Sagrada Ley de los Pollos y el sexto mandamiento decía “No cruzarás la carretera para ir al otro lado”.
1, 8: Y los pollos no volvieron a cruzar la carretera ni para dar un recado.
El audaz Kevin Moisés guiando a su pueblo
-Pero, oiga, que eso es un periquito.
-No me caliente el tarro, joven

lunes, 9 de marzo de 2009

And the winner is… my menda!


Que no lo digo yo sólo, oiga

Estimados vividores de variado pelaje:
El gran Josito Montez (aplausos y vítores por doquier. Uno de los presentes hace una cabriola y lo tienen que trasladar a Urgencias por una lesión cervical)… Como decía, mi buen amigo el Sr. Montez ha tenido a bien concederme el magnífico, inesperado y totalmente inmerecido premio que pueden ver arriba (hago una pausa para los aplausos, pero solo recibo un eructo de procedencia y composición química indeterminadas).
-¡Qué inmerecido!- dice por fin uno de mis adeptos, que por norma general está más guapo callado-. Quiero decir, ¡qué magnífico e inesperado!
-¿Y por qué se lo ha concedido, oh, Maestro? –pregunta otro al que siempre hay que explicárselo todo-. ¿Se puede saber? ¿Cojones?
-Porque soy la rehostia, ¿qué pasa? El nene mola mogollón. ¿Que no? –me marco unos pasos de hip-hop con los que dejo boquiabiertos a los asistentes, circunstancia que aprovechan algunos para dejar escapar cinco o seis eructos más. A lo mejor no debería haber servido esos entremeses de fabada-. Po-po-techea, popiró… –la música máquina me vuelve loco-. Ebribari sei oh-oh…
-¿Ha terminado ya de hacer el indio? –preguntó uno de mis pupilos, interrumpiendo mi fastuoso número musical.

Ejem, sí. Las reglas son las siguientes (Corto y pego, que tengo la mano cansada de masturbarme [Fe de erratas: Donde dice ‘masturbarme’, el autor quiere decir ‘depilarme la entrepierna’] [Fe de erratas: No, tampoco. Donde dice ‘la entrepierna’, quiere decir ‘el entrecejo’. Los huevos se los afeita].
-¡Jean-Claude! ¡Jean-Claude! –mi adusto mayordomo apareció ipso-facto, que quiere decir “del tirón”, cernícalos. Así: “¡Uh!”-. ¿Quién ha contratado a este nuevo corrector y por qué sabe tanto sobre mi higiene íntima?
-Con todo el respeto, milord, su público empieza a impacientarse. Le recomiendo dejar las trifulcas domésticas para luego.
-Qué sabio a la par que insolente eres, marrullero lacayo mío. Vuelve a la cocina y ponme a hervir unas acelgas, anda.

Las reglas son:
-Exhibir la imagen del sello.
-Elegir 5 personajes famosos de la vida real con los que te gustaría cenar y decir por qué.
-Poner el enlace de la persona que te lo ha regalado.
-Elegir 10 personas para pasárselo.
-Escribirles un mensaje en su blog para que se enteren de su premio.

Por lo pronto, voy a elegir a cinco premiados, porque, bueno, la verdad es que no sigo tantas bitácoras. Me gusta repartir mi tiempo de lectura entre los blogs y las etiquetas de los productos de limpieza (esa que dice “No ingerir” me la tengo que repasar muchas veces, que ya se sabe que la prohibición provoca el deseo):

-Luciérnagas diurnas.
-Inconstanteces.
-Post-nuclear Bloody Diary.
-Sótano 71.
-Sin nada en común.

No incluyo a Josito Montez, Zinquirilla y Pasiones y otros desmanes porque ellos ya tienen su premio, qué leches, pero les concedo a los tres una mención especial y un lote de productos ibéricos, que ya recibirán un día, si me doy un golpe en la cabeza y cambio de repente de personalidad.

Los cinco personajes famosos no muertos que elijo para cenar son:

-Alan Moore, para ver si le llega la barba a la sopa, que creo que sí, pero no estaría de más una demostración empírica.
-Michael Jackson, sólo para ver qué come, o si come, o si sólo se inyecta suero fisiológico.
-George W. Bush, para cancelar la cita. Ya le llamo otro día, si eso.
-El Maharajá de Kapurthala, si paga él, que la cosita está muy mala (y de paso le pregunto por su compadre Don Pinpón, que hace un montón que no se le ve el pelo).
-Ruben Rausing, el inventor del tetrabrick, por el que siento una profunda y solemne admiración.

-¡Que diga el discurso! –solicitó uno de mis más brillantes alumnos.
-¡Mejor no! –solicitó uno que estaba de paso y que de repente me cayó muy mal.

Ah, claro, el discurso. Ejem. La verdad es que no sé qué decir. Ni siquiera pensaba en ganar, sólo en ponerme unos zapatos cómodos para la ceremonia. Quién me iba a decir a mí cuando hice aquel curso de Windows en la cárcel que día un recibiría un premio por mi labor bloguerística. Debo confesar que yo no sabía mucho de esto hace unos años, cuando creía que Internet era el nombre de un nuevo vagón de Renfe o algo peor (Suspiro). Me gustaría que el abuelo de mi tatarabuelo estuviera aquí para verlo. Y Doña Eduvigis, la del 5º A. Y Luis XIV. Y el chaval de la pescadería que luego se sacó unas oposiciones en Hacienda o en no sé dónde. Desgraciadamente, no se encuentran con nosotros. Y es una lástima. Porque sería interesante ver cómo interactúan unas personalidades tan antitéticas. Pero en fin. Así es la vida. Eh, Jean-Claude, ¿cuánto tiempo me queda?
-Le sobran treinta segundos, milord.
-Bien, bien. Ejem, ejem. Mañana, mañana, te quiero, mañana, pues eres un día más…

martes, 24 de febrero de 2009

El inventor que fue un día a patentar algo y por poco no lo hace

OFICINA DE PATENTES. INT. DÍA.
Un PATENTADOR, o bien PATENTISTA o PATENTERO está en el escritorio de su oficina leyendo el Marca y esperando a que alguien entre por la puerta a patentar algo, no sé, lo que sea. En ese momento la puerta se abre de repente y aparece un INVENTOR.

INVENTOR: ¡Oiga!
PATENTADOR: ¡Coño, que susto me ha dado!
INVENTOR: ¿Es aquí lo de la oficina de patentes?
PATENTADOR: No sé. ¿Qué pone en la puerta?
INVENTOR: “Se venden cocodrilos”, en letras grandes y verdes, con el dibujo de un cocodrilo arquetípico al lado.
PATENTADOR: ¿En serio? Con razón en quince años que llevo trabajando aquí no ha venido un alma a patentar nada.
INVENTOR: ¿Y ha vendido usted algún cocodrilo?
PATENTADOR: Uy, no sabe usted lo mal que está el tema de los cocodrilos últimamente. La gente ya no quiere cocodrilos.
INVENTOR: Sí, qué lejos queda el tiempo en que el cocodrilo era considerado un artículo de primera necesidad.
PATENTADOR: Ya le digo. ¿Y usted qué quería?
INVENTOR: Patentar un invento revolucionario.
PATENTADOR: ¿No quiere un cocodrilo?
INVENTOR: Pero, hombre, cómo me pregunta eso así, en frío. No es una decisión que un hombre pueda tomar a la ligera. Tendré que consultarlo con mi señora. Es ella quien lleva la economía doméstica, ¿sabe? Y ahora vamos a apuntar al niño a la academia y la cosa está muy malamente.
PATENTADOR: Se lo vendo por doscientos leuros. Menos de lo que le cuesta un colchón de viscolátex, que no sé ni lo que es pero suena asqueroso, por Dios bendito.
INVENTOR: No, si el bicho no sale caro. Pero habría que alimentarlo, ¿no?
PATENTADOR: Hombre, si le gusta que los cocodrilos caminen y respiren y muevan la cola lentamente y den mucho susto cuando se quedan mirando fijamente a un punto pensando en quién sabe qué y esas cosas que suelen hacer los cocodrilos cuando están razonablemente alimentados, pues sí.
INVENTOR: ¿Y qué come un cocodrilo?
PATENTADOR: Uy, de todo. No sé. La verdad es que no le hacen ascos a nada. No son de los que apartan los guisantes cuando se están comiendo un guisadillo, ni mucho menos.
PATENTADOR: En mi casa es que somos muy poco de guisadillo. Y, la verdad, tener que preparar un guisadillo sólo para el cocodrilo con lo laborioso que es pues como que…
INVENTOR: No se preocupe; ya le digo que comen de todo. Castañas. Focas. Pan con aceite y tomate restregado. Personas. De todo.
INVENTOR: ¿Personas?
PATENTADOR: ¿He dicho personas? Quise decir cereales. Pero, ¿por qué no se sienta? Me ha caído usted bien. Parece usted un buen cereal.
INVENTOR: ¿Cereal?
PATENTADOR: ¿He dicho cereal? Quise decir persona.
INVENTOR: Oiga, no sé si me conviene hacer tratos con un tipo que confunde a la gente con cereales.
PATENTADOR: Oh, por favor, no se haga una idea equivocada de mí, copo de maíz inflado. Digo, caballero.
INVENTOR (se sienta porque ha perdido dos autobuses y viene caminando desde bastante lejos y el ascensor del edificio está descacharrado y ha tenido que subir cuatro pisos a pata): No sé. No estoy convencido. Si pudiera enseñarme primero la mercancía…
PATENTADOR: Es razonable. (Abre un cajón del escritorio) María Angustias, ¿estás ahí?
INVENTOR: ¿Tiene un cocodrilo en el cajón?
PATENTADOR: Digo. Y una grapadora, también.
INVENTOR: Si cabe en un cajón debe ser muy joven.
PATENTADOR: Bueno, todavía no fuma, si es a eso a lo que se refiere.
INVENTOR: No me refiero a eso ni de lejos. Lo que quiero decir es que debe ser bastante pequeño.
PATENTADOR: ¿El tamaño del cocodrilo supone un problema para usted? Observe las ventajas, buen hombre. Lo puede transportar en una fiambrera debajo del sobaco.
INVENTOR: Pero después crecerá, ¿no?
PATENTADOR: Hombre, después me parece un poco pronto. Espérese un rato.
INVENTOR: Con “después” me refiero a dentro de unos meses.
PATENTADOR: Ah, no, eso sí, desde luego. Después alcanzará la longitud de un cocodrilo estándar.
INVENTOR: ¿Y eso cómo de largo es?
PATENTADOR: Pues como la mesa del salón de alguien que tenga una mesa del salón muy larga.
INVENTOR: ¿Cómo de larga?
PATENTADOR: No sé… Como para veinte o veinticinco comensales, más o menos, la mitad de ellos con un ligero sobrepeso. Y una señor muy gorda, tal vez. Pero a ésa la pueden sentar en un extremo y aquí no pasa nada.
INVENTOR: Buf, eso es demasiado largo para mi salón. Podría suponer un problema.
PATENTADOR: Hombre, si está pensando en comprar un piano, yo le rogaría que abandonara la idea. O el cocodrilo o el piano. Lo dos no le caben en el salón. Y el cocodrilo le roería las patas al piano. Y pintar un piano le puede salir caro, porque tendría que echarle cuatro o cinco manos. Y, en el peor de los casos, una capa de barniz.
INVENTOR: Encima eso. ¿Sabe? Creo que voy desestimar la oferta del cocodrilo.
PATENTADOR: ¿Y qué me dice del piano? Porque le puedo vender un piano.
INVENTOR: Bueno, al piano no habría que darle de comer…
PATENTADOR: A éste sí. Está poseído por el espíritu del Vizconde de no sé qué coño.
INVENTOR: ¿Un piano maldito? Sería una adquisición de lo más original. ¿Resulta muy problemático?
PATENTADOR: No, que va. Éste también come de todo. Brócoli. Pistachos. Ñus. Fabes con almejas. Pianistas. De todo.
INVENTOR: ¿Pianistas?
PATENTADOR: ¿Dije pianistas? Quise decir lomo en manteca. No se preocupe; nosotros, los cereales, no tenemos nada que temer. ¿Dije cereales?
INVENTOR: Ya, pero, ¿hace cosas raras? Ya sabe, moverse solo o…
PATENTADOR: ¿Moverse solo? ¡Ja! Ésa sí que es buena. Una vez intentamos moverlo entre mi hermano y yo y no hubo huevos; qué se va a mover solo. Los pianos es lo que tienen; una total ausencia de músculos y huesos y esas asquerosidades que tenemos los demás y que permiten a nuestro organismo rayar un poco de queso cuando nos sale de los cojones.
INVENTOR: ¿Sólo sabe comer? Pues vaya mierda de maldición. ¿No hace el tipo de cosas que hacen los típicos pianos encantados de toda la vida? Ya me entiende, ponerse a tocar solo por las noches o algo así.
PATENTADOR: Eeeeh, sí. Algunas noches se pone a tocar solo. Sobre todo cuando está borracho. Que toca fatal, por cierto. Una noche se agarró una tranca de aguardiente y se puso a tocar la Polonesa Opus 53 de Chopin y no dio pie con bola.
INVENTOR: Pues si lo único que hace es comer, emborracharse y tocar mal, qué quiere que le diga, no me sale a cuenta. Lo mínimo que puedes esperar de un piano encantado es que asuste a las visitas y a los parientes gorrones que vienen de lejos y paran a pernoctar en casa.
PATENTADOR: La verdad es que asustar, lo que se dice asustar, asusta poco. Lo cierto es que es bastante educado.
INVENTOR: Por si fuera poco.
PATENTADOR: Haga la prueba, si no me cree. Móntelo alguna vez en el autobús, ya verá como les cede el asiento a los ancianos. No es mala gente, el piano encantado este.
INVENTOR: Me lo pensaré. Déjeme su número y ya le llamo si eso.
PATENTADOR: Como quiera, ojazos. ¿Qué es lo quería patentar?
INVENTOR: Un invento revolucionario (se saca un invento revolucionario del bolsillo). Tome, tome.
PATENTADOR (coge el invento revolucionario, impresionado): ¡Jesucristo! ¿Es lo que creo que es?
INVENTOR: Por supuesto que no; lo acabo de inventar.
PATENTADOR: Pero parece, parece…
INVENTOR: Pero no lo es.
PATENTADOR: ¿Qué es, pues?
INVENTOR: Es…


Tarí-tarirorarí-tará...

lunes, 23 de febrero de 2009

El autor hace un anuncio importantísimo

Estimados zarandajas:
Me he comprado un pollo de plástico.

El Sr. Pollo culturizándose de lo lindo

¿No es genial?
-Acojonante, oiga.
-Noto un ligero matiz sarcástico en sus palabras, caballero.
-Sí, bueno. Es un puto pollo de plástico para perros comprado en un chino.
-¡Sí! Y suena cuando lo aprietas. Hace “mogui-mogui”.
-“Mogui-mogui”. Ya. Puta madre.
-…
-¿Algo más que añadir?
-Eh… Mañana publico otra cosa.
-Bien, bien. Y…
-…el pollo no manda en mí.