lunes, 26 de octubre de 2009

Recomendaciones cinéfagas para Halloween por parte de un indocumentado

Los Plátanos (The Bananas, Albert Hugecock, 1963)

Sinopis… Sinotis… Nisoptis… ¡Ejem! Resumen de la película: Janice (interpretada por Pippi Liendren) es una frutera que observa alarmada que los plátanos de su tienda están empezando a comportarse de manera poco ortodoxa, cuando antes no le daban ninguna guerra. Al principio decide no contárselo a nadie e intenta por todos los medios que sus clientes compren melocotones, mejor; pero un buen día, harta de una situación que está a punto de acabar con sus nervios (es famosa la tensa escena donde un plátano se cae al suelo sin motivo aparente), contacta con el profesor Atticus Flanders, catedrático de Agricultura y Ciencias Hortícolas de la Universidad de Wisconsin, y le expone el caso. El profesor Flanders le explica que su especialidad son las chirimoyas (es el autor del extenso ensayo Todo lo que sé sobre las chirimoyas, considerada la obra más completa y mejor documentada sobre el mundo de las chirimoyas, además de ser colaborador habitual de la prestigiosa publicación bianual Cherimoya Life & Times), pero de todas formas accede a echar un vistazo con la esperanza de llevarse a Janice al huerto y de camino comprar dos kilos de pomelos. Para desesperación de Janice, Atticus dictamina que los plátanos de su frutería siguen a rajatabla el patrón de comportamiento estándar de la fruta, que consiste básicamente en no moverse por sí sola. El profesor intenta tranquilizar a la frutera diciéndole que un problema que se puede solucionar con una licuadora no es realmente un problema. A pesar de todo, Janice deja de solicitar plátanos a su proveedor habitual, conocido como El Jacinto (Jack en la versión original). Una vez a salvo de la frutal amenaza, Janice se deja agasajar por Atticus, que consigue llevársela al huerto. Desgraciadamente, una vez en el huerto Janice cree estar siendo espiada por la platanera de Atticus, por lo que sale corriendo, pisoteando los nabos en su huida. A continuación llega la que quizá sea la escena más célebre de la película: Arrepentida de su comportamiento, Janice se acerca a una cabina telefónica y llama a Atticus para disculparse por su huida y por lo de los nabos, pero, inesperadamente, un camión que transporta varias toneladas de plátanos derrapa y esparce su contenido por toda la calle, provocando resbalones masivos con las consiguientes contusiones y fracturas de cadera. Janice se cree a salvo dentro la cabina… y realmente lo está, porque, por mucha velocidad que llegue a alcanzar un plátano, lo más que va a hacer cuando se tope con una mampara de cristal es espachurrarse. Janice, conmocionada, va a ver a Atticus y trata de convencerle de empezar una nueva vida juntos en Alaska, mundialmente famosa por su escasez de plátanos e higos chumbos (El personaje de Janice en ningún momento hasta ahora había demostrado excesiva aversión por los higos chumbos, así que la referencia podría deberse a una aportación personal del propio Albert Hugecock. En el célebre libro de entrevistas que le dedicó Francine Trugnot, al ser preguntado respecto al tema de los higos chumbos, el genial gordo cabrón respondió enigmáticamente: “A los higos chumbos que se las pique un pollo”). Por respeto a los espectadores que aún no la han visto, no vamos a destripar el final; sólo añadiremos que las posibilidades escalofriantes de una compota jamás habían sido tan profundamente exploradas como en esta película…

Comentario (fuera de tono): Tras el estreno de esta película, el mundo no volvió a mirar a los plátanos de la misma manera. Rodada después de una abrumadora sucesión de éxitos de público y crítica, como Vahído (Faint, 1958), El Hombre que no se Enteraba de un Pimiento (The man who didn’t notice a pepper, 1959) y Disuria (Dysuria, 1960), Los Plátanos suscitó división de opiniones entre los críticos. Mientras algunos especialistas quisieron ver en ella una mal disimulada parábola sobre la represión sexual, otros se equivocaron de sala y asistieron a la proyección de un western. De ahí la reseña que hizo el temido Paulie Kent en el Delaware Post: “El señor Hugecock debería haber titulado su película Los Frijoles. No sé a que viene esa tontería de Los Plátanos. He visto muchas películas con pocos plátanos, pero ésta se lleva la palma”. Otros fueron más moderados en su valoración: “La película tiene una primera mitad excelente”, dijo un crítico del Idaho Globe que solía quedarse dormido en medio de las proyecciones porque se levantaba muy temprano para llevar a sus chiquillos a la natación. Como casi siempre, fueron los críticos franceses quienes colocaron esta obra maestra en el lugar que le corresponde: “Los Plátanos representa la más prístina sublimación de la angustia finisecular”, dijo Jean-Luc Kojak justo antes de cortarse cuatro dedos de la mano izquierda con un hacha.
Por supuesto, en esta película no podía faltar el habitual cameo de Hugecock haciendo un calvo; si se fijan bien, podrán ver al gran director con los pantalones bajados en la puerta de la frutería.
Fotograma de la película

domingo, 11 de octubre de 2009

Cualquier excusa es buena para emborracharse



Estimados true believers:
¡¡¡Me han concedido un premio!!!
-¿A usted? ¡Pero si es un ceporro! –dijo un seguidor mío al que tengo en alta estima por ser el que en menos ocasiones ha pretendido atentar contra mi vida.
-Bueno, bueno; no nos chupemos las pollas todavía, que tenemos restos de sobrasada entre los dientes –dije citando al rey Lear.
-¡Tarugo! –dijo otro que rara vez sabía lo que decía, aunque en esta ocasión dio en el clavo.
-¡Jean-Claude! ¡Jean-Claude! –mi leal sirviente apareció como si hubiera estado siempre allí-. Jean-Claude, ¿de dónde has sacado al público de hoy?
-Debo reconocer que no recuerdo el nombre de la taberna, milord –dijo Jean-Claude-. Sólo sé que todos los caballeros aquí presentes se encontraban en un estado de ánimo altamente sugestionable.
-Ah, bien. Qué raro es encontrar gentes de buena fe en estos días de laxitud moral.
-Perdone, señor –alzó la mano uno que no me importaría no haber conocido nunca-. ¿Me permite una pregunta para el boletín de la Asociación de Amigos del Aguardiente? –publicación comarcal de periodicidad salvajemente irregular.
-Será un placer para mí atender a un distinguido miembro de la prensa –contesté al periodista, que a todas luces necesitaba un lavado de estómago como el comer.
-¿Se puede saber por qué motivo, razón o circunstancia le han concedido un premio? Creo que hablo en nombre de todos cuando digo que lo único que indudablemente usted merece es un par de hostias bien dadas.
-Bueno, ésa es sólo su opinión –siempre he sabido aceptar de buen grado una crítica, aunque en ese momento lamenté no tener a mano un cenicero de mármol.
-No, no lo es –dijo otro que debería plantearse los inconvenientes de una alimentación exclusivamente intravenosa-. Yo también le pondría en su sitio de un buen galletón.
-Jean-Claude –le dije confidencialmente a mi mayordomo-. Vamos a tener que cambiar la estrategia de embaucar borrachos para que asistan a mis conferencias; la próxima vez a ver si me puedes conseguir diez o quince heroinómanos.
-¿Va a dar un discurso de agradecimiento, o qué? –dijo un incauto.
-Por fin alguien que muestra algo de respeto –dije aliviado.
-No, si a mí me da igual. Usted hable, hable; de todas formas, estoy a punto de caer inconsciente…

-Pues me gustaría agradecer a El Señor de las Moscas, propietario del excelente blogarito El porqué de una mosca encerrada en un bote, el tener a bien concederme el bonito galardón que puede ustedes ver justo debajo del título de este post. Es un orgullo para mí que el premio venga dado por un bloguero que despliega un admirable uso de esa cosa llamada léxico, un extraordinario sentido del humor, y un asombroso ritmo de publicación. Nos deja estupefactos que el Sr. De las Moscas se haya acordado precisamente de nosotros, que hacemos gala de un parco manejo del vocabulario (de ahí la alarmante reiteración de vocablos como “Cojones” o “Cipote”), un sentido del humor discutible (ver paréntesis anterior) y una periodicidad que suele coincidir con el fin del ciclo lunar y el florecimiento del acónito en la estepa. Por no hablar de nuestra molesta costumbre de hablar en plural en un desesperado y probablemente vano intento de repartir los escupitajos entre el autor y sus amigos imaginarios.
-No nos venga ahora con falsa modestia –dijo uno que, según todos los indicios, se encontraba en la fase inicial de la resaca-. Le vamos a arrancar la cabeza de todos modos.
-Y antes de que la estancia se llene de humo y casquillos me complace anunciar las reglas de premio, que consisten básicamente en decir algo de la persona que te lo ha entregado, y entregar a su vez el premio a tres blogueros que se lo merezcan. Jean-Claude, el sobre.

Ejem. Y mis tres premiados, a los que debo gratitud, respeto y una cantidad no indecente de dinero, son:

Mi amada Silderia, porque, decididamente, todo esto del blog es culpa suya. Si no fuera por ella, yo seguiría escribiendo en servilletas atroces versiones obscenas de canciones del momento. Por no hablar de lo bien que van a quedar nuestros premios gemelos al lado de mi Doctorado Honoris Causa en Nada en Particular y su Máster en Estrategias de Guerra de Guerrillas.
Josito Montez, un cronopio de escribe sobre el chouvinsnes como nadie en la blogosfera, y uno de los primeros en pasar por aquí sin necesidad de sobornos.
RFP, cuya pareja de blogs (Pasiones y otros desmanes y En medio de ninguna parte) me han dado más alegrías que el vino tinto.

-Jean-Claude, ¿cuánto tiempo me sobra?
-Treinta segundos, milord.
-Ejem, ejem. ¡Obí! ¡Obá! ¡Cada día te quiero má! ¡Obí, obí, obá, obá…!

lunes, 28 de septiembre de 2009

Confesiones de un poltergeist güeno güeno de verdad auténtico del Líbano

Como nuestro archivo no dispone de imágenes de un poltergeist auténtico, les dejamos con una instantánea de Pin.
Detrás podemos observar a Pon.

Estimadas víctimas de la incredulidad:
Que sí, hombre, que esta vez va en serio. Que el investigador jefe de nuestro Departamento de Investigaciones sobre Esto y Aquello nos dijo el lunes durante el almuerzo “He conseguido una piscofonía de esas de un porterguei auténtico, canijo”, y después añadió “Pásame la salsa Goloñesa”, sin que viniera a cuento. La escalofriante psicofonía registra claramente una voz masculina diciendo “¡Coñocoñocoño!” y, acto seguido, un gran estruendo. Nuestro investigador nos aseguró que la voz provenía de una presencia incorpórea. “Os juro por mi madre que allí no había ni Dios. Inequívocamente, se trata de la voz de un ente de ultratumba”. Desgraciadamente, tras un concienzudo examen posterior, descubrimos que el sonido registrado por la grabadora no provenía del más allá, sino de la habitación contigua. “Me encontraba arrastrando un armario”, explica el jefe de albañiles Marcial Escómbrez, “pero no reparé en la caja de herramientas que reposaba sobre él, y vi que se me venía encima. De ahí el enfático Coñocoñocoño que puede escucharse, y el pifostio posterior”, aclara con sorprendente desenvoltura. Pero, como no hay mal que por bien no venga, el escándalo despabiló al señor Fausto Capelotas, espectro residente de la Mansión de las Sombras. “Hay dos formas de despertar a un muerto”, explica el difunto Capelotas una vez se hubo lavado la cara y quitado los ectoplasmas de los ojos. “Una es robarle algo que le perteneció en vida: Un grimorio, una efigie exótica, unos pantalones bombachos, o alguna otra cosa que ya no se estile. La otra forma es que alguien abra un armario de la cocina y se le caiga al suelo la perola del puchero. Las dos nos ponen de una hostia que para qué”. Le preguntamos si ése era el origen de las infames maldiciones de ultratumba. “Ya le digo. Al contrario que los seres vivos, las maldiciones de los muertos tienen la cosa de que se hacen realidad. Usted no le dice a alguien “¡Ojalá te caiga encima una gramola!” esperando que tal cosa vaya a ocurrir. Con nosotros es muy diferente; basta que uno se levante diciendo “¡Me voy a cagar en todo!” para que se arme la de Dios es Cristo: manos cercenadas que persiguen a la gente, retratos que te siguen con la mirada, espejos en los que te ves la coronilla, antenas parabólicas que sólo reciben la señal de cadenas locales, frascos de pepinillos que no se abren ni a la de tres…”. Al preguntarle por qué nosotros no nos hemos llevado un rapapolvo de ultratumba, el señor Capelotas, que llevaba siete meses durmiendo, responde, “Ya le digo que el tema de las maldiciones depende del improperio que sueltes al despertar. Si te levantas diciendo, por ejemplo, “¡Su puta madre!” es probable que tu cortadora de césped acabe persiguiéndote por todo el living; pero en este caso yo sólo he dicho “¡¿Pero qué cojones…?! y lo único que ha pasado es que un tipo ha venido a explicarme qué estaba ocurriendo para después enseñarme los genitales. Y, de todas formas, siete meses de sueño para un muerto es una siestecita. Estaba viendo un documental cuando me quedé traspuesto”, revela. Y continúa, “El nivel de cabreo al despertar de repente es directamente proporcional al tiempo que el fantasma lleve durmiendo. Yo conocí a una momia que volvió de entre los muertos después de cuatro mil años de descanso, y que ya en vida tenía mal despertar, así que imagínese. Se lió a zapatazos con los profanadores de su tumba, con eso se lo digo todo”. ¿Se considera el señor Capelotas un poltergeist? “Nosotros preferimos que nos llamen ‘Fenómenos Extraños’, porque estamos hartos de tanto germanicismo en el ámbito de lo sobrenatural”. Hostia, que bien habla este fenómeno extraño. “A ver si se creen ustedes que el acopio de conocimientos termina con la muerte”, revela. “Ahora mismo formo parte de una comisión de investigación constituida por eminentes científicos del más allá que está estudiando una forma satisfactoria de resucitar a los muertos sin que se les caiga la picha a cachos”. No nos joda. “Lo que les digo”, afirma. “Nuestro objetivo es crear un zombi que huela un poquito mejor y que coma más variado, que una ensaladita de vez en cuando no está de más. Un poquito de rúcula, unos canónigos… Los cerebros y la carne cruda van fatal para el ácido úrico. Lo ideal es comerlos uno o dos veces en semana, a lo sumo, acompañados de un huevo y unas papas fritas, si se quiere”. Hicimos notar al señor Capelotas que nos estábamos desviando del tema, y quisimos saber si lo retenía en la Mansión de las Sombras alguna tarea inconclusa. “Un sudoku”, contesta cípticamente. “Qué momento tan estúpido para morir, ¿verdad? Aunque peor fue lo de un amigacho mío, cuyas últimas palabras fueron ‘Y tiro porque me toca’”, revela. “En fin, que no me puedo mover de aquí hasta que termine el puto sudoku. Debo reconocer que, a veces, las reglas para acceder al plano astral me resultan incomprensibles. El espíritu de un antepasado mío estuvo veinte años atrapado en el mundo de los vivos porque murió antes de pagar el último plazo del piano. Estuvo casi la mitad de ese tiempo apareciendo todas las noches a los pies de la cama de su viuda, repitiéndole, “El piano, el piano”. Hasta que un día su mujer, harta de su difunto marido, se mudó por sorpresa. Mi antepasado fue a visitarla aquella noche y se quedó con un palmo de narices. Como su señora no dejó señas y puso en venta la casa, mi antepasado estuvo dándoles la murga con el jodido piano a los nuevos inquilinos a diario, que, claro, no tenían ni idea de lo que les estaba hablando. ‘¿Pero qué dice éste? ¿Qué piano?’, le preguntaba el propietario a su esposa, y así todas las noches. Total…”. Ejem. “Lo siento”. A continuación quisimos saber qué diferencia a un poltergeist de otros tipos de fantasmas menos destructivos. “La habilidad psicomotora”. Ah, qué bien. “A ver”, explica, “la gente se cree que los poltergeist somos unos cabrones porque vamos tirando la porcelana al suelo por la puta cara, y no es así. Es que somos torpes. No es nuestra intención asustar a nadie; la mayoría de los ruidos extraños que se oyen en una casa encantada está provocada por nuestra impericia. Los últimos propietarios de esta mansión la abandonaron despavoridos después de oír un gran estruendo que no fue intencionado. Lo que pasa es que tropecé con la alfombra y me caí rodando por las escaleras. La gente cree que hacemos ruidos por la noche para incordiar. ¡Nada más lejos de la realidad! ¿Cómo no vamos a hacer ruido si no vemos un pimiento y dejan las sillas en cualquier sitio? ¿Piensan que los fantasmas disponemos de visión infrarroja, o qué?” Entonces, ¿los fantasmas no son intangibles? “Cuando tenemos el día bueno, sí. Pero cuando estamos de bajón, nos vamos tropezando con las esquinas de las mesas y metiendo el pie en el cubo de la fregona”. Para finalizar, le preguntamos al señor Fausto Capelotas por sus futuros proyectos. “Estoy escribiendo el guión de una película”, afirma. “Es un thriller psicológico donde, a causa de una apuesta, un fantasma se va a pasar la noche a una casa supuestamente habitada. Creo que va a quedar muy bien, porque al principio no se sabe si de verdad hay alguien viviendo allí o el protagonista se está volviendo loco”.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Entrevista con un poltergeist de esos

Carol Aaaaaaanne, cómete el pollo

Estimados amantes de los intríngulis, que, como haber, hay gente pa tó:
El Departamento de Investigaciones sobre Esto y Aquello de Un beso de buenas noches de mil demonios se complace en presentar un documento espeluznante no apto para personas con afecciones cardiacas y/o recién salidas de la peluquería, que no es nuestra intención que la gente vaya diciendo de usted “Mira ése, con taquicardia y encima despeinado”. Y es que nuestros investigadores han llevado a cabo una entrevista en exclusiva con el señor Fausto Capelotas, poltergeist titular de la infame Mansión de la Sombras, que se encuentra orientada al norte, y en veranito muy bien, pero en invierno hace un biruji que no veas. A continuación les ofrecemos la transcripción íntegra de este acongojante documento.


POLTERGEIST: Dame veneno, que quiero morir, dame veneeeenoooo…
INVESTIGADOR: Oiga.
POLTERGEIST: …que antes prefiero la muerte que vivir contigo, dame veneeenooo…
INVESTIGADOR: Ejem, señor.
POLTERGEIST: …ay, para morir. ¡Coño!
INVESTIGADOR: Disculpe…
POLTERGEIST: Que susto me ha dado, caballero.
INVESTIGADOR: No era mi intención.
POLTERGEIST: ¿Qué? Espere, que me quito lo auriculares.
INVESTIGADOR: Sí, eh, buenas noches.
POLTERGEIST: Buenas. ¿Qué se le ofrece?
INVESTIGADOR: Verá, soy un investigador paracientífico.
POLTERGEIST: Ah, pues mira qué bien. ¿Y a qué se dedica?
INVESTIGADOR: Investigo fenómenos paranormales y esas tonterías.
POLTERGEIST: Ya. Qué contentos deben de estar sus suegros con usted.
INVESTIGADOR: ¿Le importaría contestarme unas preguntas?
POLTERGEIST: ¿Quién, yo? Uy, si yo no sé nada de fenómenos paranormales. Nunca me ha sucedido nada raro. Bueno, miento. Una vez se me apareció el fantasma de Alejandro Magno y me quitó una pestaña que se me había metido en el ojo. Al principio me dio un susto de muerte, pero después no vea usted qué alivio.
INVESTIGADOR: ¿No es usted un portergüei de esos?
POLTERGEIST: ¿Un qué?
INVESTIGADOR: Un portergüei. Como el de la película.
POLTERGEIST: Me va a disculpar…
INVESTIGADOR: No, discúlpeme usted a mí. Es que soy del sur y, como sabe, en el sur nos comemos las ezes.
POLTERGEIST: ¿Que en el sur se comen ustedes las heces? Pues no, no lo sabía. Pero no se las comerán así al natural, ¿verdad? Les echarán orégano o algo.
INVESTIGADOR: No, jaja, creo que me ha entendido. Las eses. Nos comemos las eses. Coño, qué difícil de pronunciar.
POLTERGEIST: Oh, qué bochorno. Había entendido que a ustedes les gustaba comer mierda. Jaja, qué susto me he llevado. Como la dieta mediterránea está en expansión, ¿sabe? Cualquier día se pone de moda y estamos todos comiendo boñigos, yo qué sé, a la boloñesa. Boloñiguesa, podrían llamarlo. O hamburguesas de boñigos, boñiguesas. O bollos de boñigo, bollogos. O, rizando el rizo, bollos de higo con boñigos, bolligos. Que digo yo que a lo mejor no va mal para el tránsito intestinal. ¿No dicen que lo que se come, se cría? Ahí lo tiene. Pero, en fin, cosas más raras se han visto. Si hay gente que come hormigas fritas y saltamontes cubiertos de colacao y no le da un cólico en el frítico ni nada. Que no critico sus gustos culinarios, quiero decir. Por mí como si revientan todos ustedes.
INVESTIGADOR: ¿Un cólico dónde?
POLTERGEIST: En el frítico. Un órgano que tenemos por aquí, que te duele cuando te da un cólico. No sé si sirve para algo más, no soy anatomista. ¿Por qué no me deja en paz?
INVESTIGADOR: Un cólico nefrítico, querrá decir.
POLTERGEIST: Sí, eso, un cólico en el frítico. Lo que pasa es que ustedes se comen las eles. Entonces, usted lo que quiere saber es si yo soy…
INVESTIGADOR: Un poltergeist. ¿Lo he dicho bien? Es que la palabra tiene tema.
POLTERGEIST: Desde luego. Es que es un término alemán y, como la mayoría de los términos alemanes, tiene muy mala pipa.
INVESTIGADOR: O mala follá, también se dice. Desaborido, para entendernos.
POLTERGEIST: Claro, claro. Fíjese en otras palabras alemanas, fíjese. Achtung, por ejemplo.
INVESTIGADOR: Uf, Achtung, qué palabra tan antipática. Es la primera vez que la escucho y ya me cae mal. Y eso que no me ha hecho nada, pero es que yo soy muy de primeras impresiones. ¿Sabe usted que significa Achtung?
POLTERGEIST: Sí, es algo así como “Cuidado, no vayas a tropezar con esa cacerola”.
INVESTIGADOR: ¿Todo eso?
POLTERGEIST: Los alemanes es que son muy sintéticos, como el poliéster. Es una palabra que se suele utilizar mayormente en la cocina. Note que la terminación “tung” tiene una connotación muy cacerolesca. Nadie suele utilizar “Achtung” lejos de los fogones.
INVESTIGADOR: Ahora que lo dice, no creo haber escuchado jamás a un alemán exclamar “Achtung” mientras se rasca la espalda, o lo que sea que le pique a un alemán.
POLTERGEIST: ¿Insinúa que a los alemanes no les pican las mismas partes del cuerpo que al resto de la gente?
INVESTIGADOR: Sí, bueno; entre usted y yo, siempre evito sacar ese tema en público.
POLTERGEIST: Me hago cargo. Un asunto polémico, el de los picores.
INVESTIGADOR: No lo sabe usted bien. Estoy haciendo un estudio sobre el tema.
POLTERGEIST: ¡Qué me dice! Cuénteme usted algo, hombre, no me deje con la intriga.
INVESTIGADOR: Cómo no. ¿Sabía usted, por ejemplo, que durante la Dinastía Edo los japoneses evitaban rascarse la entrepierna delante de las tumbas de sus parientes? Les parecía una falta de respeto para con sus difuntos más cercanos.
POLTERGEITS: ¡Oh! ¡Qué anécdota!
INVESTIGADOR: Eso no es nada. Los noruegos, por ejemplo, sólo se rascan los sobacos en presencia de un notario.
POLTERGEIST: ¡Caramba! ¿Y a qué se debe tal comportamiento?
INVESTIGADOR: Vaya usted a saber. Anda, que menudos son los noruegos. Cualquiera les pregunta nada. Los noruegos es lo que tienen.
POLTERGEIST: ¿Que son muy reservados?
INVESTIGADOR: Que se pasan el día hablando en noruego. Y yo no entiendo ni papa de noruego. El noruego se parece mucho al alemán, ¿sabe? Ninguno de los dos se entiende si no se conoce.
POLTERGEIST: ¿Y el sueco? ¿Conoce usted el sueco?
INVESTIGADOR: No lo sé. ¿Eso qué es?
POLTERGEIST: Otro idioma que tampoco se entiende si no se conoce.
INVESTIGADOR: ¿Otro? Vaya por Dios. Hay más idiomas que no conozco de los que yo imaginaba. A ver si a alguien le da por inventar idiomas que conozcamos. Uno con palabras como “encimera”, “falacia” o “retornable”.
POLTERGEIST: Interesante. ¿Y cómo llamaría usted a ese nuevo idioma?
INVESTIGADOR: No sé. Lo llamaría… “Mindungo”, a lo mejor. ¿Hay algún idioma que se llame Mindungo?
POLTERGEIST: No sé. Me parece harto improbable, de todas formas.
INVESTIGADOR: Mindungo, entonces. ¡Ja! Ya verá cuando se me acerque un noruego y le empiece a hablar en Mindungo. Se va a cagar. Él me va a preguntar cualquier cosa en noruego, y yo le voy a decir “La encimera retornable es una falacia”. Se va a quedar de una pieza.
POLTERGEIST: ¿Qué quiere decir?
INVESTIGADOR: De una pieza, así, no de dos ni de tres piezas, ni de doscientas treinta y siete, pongamos por caso. De una sola, vamos.
POLTERGEIST: No, no. “La encimera retornable es una falacia”. ¿Qué quiere decir?
INVESTIGADOR: Ah, disculpe. Creí que usted entendía el Mindungo.
POLTERGEIST: ¿Yo? No, no. ¿Le he dado esa impresión?
INVESTIGADOR: Sí, bueno; como parece usted un hombre de mundo…
POLTERGEIST: Oh, no crea; los poltergeists salimos muy poco. Coño, sí que es difícil pronunciarlo en plural. Poltergeists.
INVESTIGADOR: Hum, sí. Le diré lo que vamos a hacer. Vamos a crear una palabra que signifique portergüei de esos en Mindungo.
POLTERGEIST: ¿Haría usted eso por mí?
INVESTIGADOR: Faltaría más, hombre. Quiero decir, poltergeist.
POLTERGEIST: ¿Y qué palabra podía ser?
INVESTIGADOR: ¿Qué le parece, no sé, “Estengcrackensk”?
POLTERGEIST: Uy; muy complicada me parece ésa. Imagínese que doblan la película “Poltergeist” al Mindungo. “Dos entradas para Estengcrackensk para la sesión de las diez menos cuarto”. La gente no iría a verla por miedo a quedar en ridículo delante de la taquillera. Preferirían ver una película con un título más fácil de pronunciar, como, no sé, “El apio”, por ejemplo.
INVESTIGADOR: No sé usted, pero yo no iría a ver una película titulada “El apio”. Digamos que como título tiene una fuerza dramática más bien limitada. ¿De qué podría tratar una película titulada “El apio”? De poltergeists seguro que no. O estengcrackensk, como se les conoce ahora.
POLTERGEIST: Yo veo el argumento muy claro. Un hombre va a comprar apio, ¿vale? Digamos que ese día hace frío y a nuestro protagonista se le apetece una sopa de verduras bien calentita. Eso es lo que se conoce en el lenguaje cinematográfico como “motivación del personaje”.
INVESTIGADOR: No, si tiene su lógica, pero de todas formas, ¿por qué querría nadie hacer una película sobre un tipo que va a comprar verduras?
POLTERGEIST: ¿Por qué no? ¿Acaso no hicieron una trilogía sobre un pintor de brocha gorda? ¿Cómo se llamaba?
INVESTIGADOR: Ah, sí. “Pintor de Brocha Gorda”, “El Regreso del Pintor de Brocha Gorda” y “El Pintor de Brocha Gorda Ya No Vive Aquí”.
POLTERGEIST: No, no. Me refiero a Poltergeist 1, 2 y 3.
INVESTIGADOR: Permítame sacarlo de su error, caballero. La saga Poltergeist no trataba sobre pintores de brocha gorda en absoluto. Lo remarcan en los créditos finales. “Cualquier parecido con cualquier pintor de brocha gorda…”, etc. “Ningún pintor de brocha gorda ha resultado herido…”, etc.
POLTERGEIST: Considéreme sacado. ¿Debo deducir que el término “poltergeist” no significa “pintor de brocha gorda” en alemán?
INVESTIGADOR: Eeeeeh, no, creo que no. No sé lo que significa. Ah, sí. “Fenómenos extraños”, me parece. Oiga, me he dado cuenta de que estoy empezando a entender el alemán.
POLTERGEIST: Entonces supongo que ni soy un poltergeist ni nada.
INVESTIGADOR: Ahora que lo dice, ya me parecía a mí raro encontrar a un portergüei encalando una pared.

Próximamente: Una entrevista con un poltergeist güeno güeno de verdad auténtico del Líbano en el post titulado “Entrevista con un poltergeist güeno güeno de verdad auténtico del Líbano”. Coming soon: An interview with a truly gud gud poltergeist authentic from Libano in the post entitled “Interview with a truly gud gud poltergeist authentic from Libano”.
Además: La verdadera historia detrás de la realización de “El Apio”, una de las joyas recientes más desconocidas de la cinematografía nacional, y con razón.

viernes, 10 de julio de 2009

El Distinguido Arte de Rascarse las Pelotas (The Gentle Art of Scratching Balls)

Después de hacer saltar la chapa de su botellín de cerveza con notable delectación y con un abridor “Homer Simpson”, podemos observar cómo nuestro espécimen acerca la mano que le queda libre a sus genitales, pausada pero inexorablemente.

-¡Oiga!
-Mierda, Manolo, se ha dado cuenta.
-¿Se puede saber, si no es mucho preguntar, qué cojones hacen ustedes en mi casa?
-Verá, caballero, somos unos documentalistas de esos del canal Diosea, especializado en documentales para pijos.
-¿Y a mí qué me cuenta?
-Pues nada, que, atendiendo a las demandas de nuestros espectadores, nos encontramos lo que se dice ahora mismito realizando un reportaje sobre la exótica especie conocida como machus ibericus vulgaris, a la que usted pertenece, no nos cabe la menor duda.
-Eh, eh –dije-. Eh –enfaticé-. Que entiendo perfectamente lo que dice. No se deje engañar por el aspecto más bien desguarnecido de mis calzoncillos; tengo algunas nociones de latín. Lo suspendí cuatro veces.
-Magnífico, magnífico. Oiga, ¿le importaría cambiar esa botella de cerveza de importación por un cartón de vino peleón? Es para infundir un poco de verosimilitud a la escena, sabe usted.
-Pero, hombre, qué dice. Que es una birra de las buenas buenas. En el Hipercor la he comprado, fíjese.
-Lo que usted diga. ¿Podría seguir haciendo eso que estaba haciendo antes de que usted reparara en nuestra presencia?
-¿El qué?
-Estaba aproximando su roñosa zarpa a sus testículos.
-¿Van a grabar cómo me rasco las pelotas para emitirlo en su canal?
-Si no es mucha molestia.
-Pero, hombre, póngase en mi lugar.
-Quite, quite.
-Que me van a ver un montón de pijos, ahí, tocándome los huevos.
-Eso debería ser un motivo de orgullo para usted, infeliz.
-No me diga.
-Le digo, le digo. Pijos. El más alto escalafón en la evolución humana. El Pueblo Elegido por Dios. Los pijos heredarán la Tierra. Ah, pijos. ¿Puedo decirlo una vez más? Pijos.
-¿Sabe usted cómo llamamos a los pijos los que no somos pijos? Pijos de mierda.
-Oiga, déjese de bromas, que se me acaba de cortar el gazpachuelo.
-En serio. Pijos de mierda.
-Como lo vuelva a repetir le meto un sopapo.
-Pijos de mierda.
-Cambiemos de tema, que se me está empezando a abrir la fístula. ¿Por qué se disponía a rascarse las pelotas, como dicen graciosamente ustedes los normales?
-¿Por qué cree? Hoy dan comienzo mis vacaciones.
-Oh, qué proletario tan afortunado ¿Y dónde piensa disfrutar estos días de ocio y solaz esparcimiento? En Saint-Tropez seguro que no.
-No, no. Tiene que haber un montón de pijos de mierda allí.
-Oiga, ¿ha pensado en pasar una temporada en Guarromán? Allí le recibirían con los brazos abiertos.
-Mire, ésa es la ventaja de vivir en Málaga; no tenemos por qué hacer turismo.
-O sea, que ya se ha gastado la paga extra en vino, ¿verdad? Anda que no les gusta empinar el codo a ustedes ni nada.
-Sí, bueno; estadísticamente hablando, en esta ciudad hay un bar por cada dos habitantes.
-Y dos bibliotecas para todos los habitantes.
-¿A los pijos les interesan mucho las bibliotecas?
-¿Las drogas de diseño, dice? Uy, un montón.
-No, no; las bibliotecas.
-Ah, eso no. Le había entendido mal.
-¿Se van ya, o tengo que sacar el trabuco?
-No, no, ya nos vamos, que me he dejado a un parroquiano en el horno. ¿Se va a dedicar a algo en estas vacaciones, o qué?
-Bueno, colgaré algún capítulo de ¿Conoce usted su ojete?, eso seguro.
-Mierda.
-¿Qué pasa?
-No estoy muy seguro de que se pueda decir “ojete” en este canal. Bueno, después lo arreglamos en la mesa de edición, si eso. ¿Algo más que añadir?
-¡Pues nada, que la administración de Un beso de buenas noches de mil demonios les desea a sus cuatro o cinco lectores un feliz verano!
-¿Nada más?
-Nada más. Bueno, sí, un consejo veraniego: Que mira que en esta época se escuecen mucho las ingles por culpa del calor y el efecto de las uñas en el escroto, y que os echéis Nivea. ¿Qué pasa? A mí me funciona.
Saint-Tropez, los cojones

lunes, 29 de junio de 2009

¡¡El Agente 0’05 contra el Doctor Nosé, a lo mejor!!

Sí, bueno, es Perry el ornitorrinco. Ya aprenderé a dibujar mis propios agentes secretos un día de estos, caramba.

DORMITORIO. INT. NOCHE.
Al principio no se ve un pimiento. Un teléfono suena. La lámpara de una mesita de noche se enciende y vemos a ¡CEROCOMACEROCINCO, el más discreto de los agentes secretos del Servicio Ídem! A su lado se encuentra su santa esposa ANGUSTIAS MÍGUEZ, antigua reina de las fiestas patronales de Valdebadajo de Abajo, que ahora se dedica a sus labores y a dejar engordar su culo. A CEROCOMACEROCINCO le hace ilusión llamarla ANGIE, vaya usted a saber por qué.

ANGIE (descolgando el auricular): ¿Quién es?
ARBOGAST (off): Ejem. ¿Qué hace usted cuando caga fuera de casa?
ANGIE: ¿Que qué? Oiga, son las cuatro de la mañana.
CEROCOMACEROCINCO (desperezándose): ¿Quién es?
ANGIE: No sé. Debe ser un vualler de esos.
CEROCOMACEROCINCO: ¿Un qué?
ANGIE: Un vualler. Sí, hombre, esos que llaman por teléfono para decir picardías.
CEROCOMACEROCINCO: Eso no es un voyeur. Un voyeur es una persona que disfruta contemplando actitudes íntimas o eróticas de otras personas.
ANGIE: Bueno, lo que sea. Un pervertido. Oye, a lo mejor hasta se está haciendo una manola. (Al auricular) Oiga, no se estará usted meneando el manubrio, ¿verdad?
ARBOGAST (off): ¿Eh? Ejem. ¿Qué hace usted cuando caga fuera de casa?
ANGIE: Y dale. (A CEROCOMACEROCINCO) Que digo yo si no va a ser una encuesta telefónica, y le estoy preguntando al pobrecillo ecuatoriano este si se está meneando el manubrio.
CEROCOMACEROCINCO: ¿Es ecuatoriano?
ANGIE: Pues no sé. (Al auricular): ¿De dónde es usted, señor? ¿En su tierra se dice eso de menearse el manubrio, o cómo le dicen? (A CEROCOMACEROCINCO) Al mejor no se ha molestado porque en su país no entienden lo del manubrio. ¿Cómo le dicen, que lo vi en una telenovela? El prespurcio, me parece. (Al auricular) Oiga, no se estará usted meneando el prespurcio, ¿eh?
ARBOGAST (off): Ah… ¿Qué hace usted cuando caga fuera de casa?
ANGIE: Hay que ver lo pesado que se está poniendo usted con lo de cagar fuera de casa.
CEROCOMACEROCINCO (ligeramente sobresaltado): Es la contraseña. Pásame el teléfono. (Angie obedece) ¿Sí?
ARBOGAST (off): Ejem. ¿Qué hace usted cuando caga fuera de casa?
CEROCOMACEROCINCO: Nunca cago fuera de casa. Prefiero reventar como un siquitraque.
ARBOGAST (off): Buenas noches, Cerocomacerocinco.
CEROCOMACEROCINCO: Buenas noches, jefe.
ANGIE: Dile a tu jefe que me perdone por haberle confundido con un ecuatoriano pervertido.
ARBOGAST (off): Disculpe que le llame a estas horas tan intempestivas, agente, pero tenemos una emergencia.
CEROCOMACEROCINCO (frotándose los ojos): No me diga. ¿Y por qué no llama a Rita?
ARBOGAST (off): ¡¿Cómo dice?!
CEROCOMACEROCINCO: A Rita Sanguedolce, digo. Nuestra nueva agente.
ARBOGAST (off): Ah. No. La agente Sanguedolce se encuentra en Tierra del Fuego en una misión de alto secreto. La verdad es que me muero de ganas de contarle de qué se trata, pero me hizo prometer que no lo haría.
CEROCOMACEROCINCO: Me hago cargo.
ARBOGAST (off): Bueno, se lo contaré. Pero, si la agente Sanguedolce pregunta, yo no le he dicho nada.
CEROCOMACEROCINCO: No, jefe, déjelo.
ARBOGAST (off): Le daré una pista.
CEROCOMACEROCINCO: Que no, jefe, que no hace falta. ¿No decía no se qué de una emergencia?
ARBOGAST (off): Ah, sí. Cerocomacerocinco, espero que tenga a mano su querida Magnum 44.
CEROCOMACEROCINCO: ¿”La Perjudicial”? Sí, claro. ¿Tan grave es el asunto?
ARBOGAST (off): Verá, agente; parece ser que su archienemigo ha vuelto a las andadas.
CEROCOMACEROCINCO: ¿Octavius Starkweather?
ARBOGAST (off): ¿Starkweather es su archienemigo? No, no. Me refiero al Doctor Nosé, el científico loco que pretende dominar el mundo cualquier día de estos, si eso. Creía que él era su archienemigo.
CEROCOMACEROCINCO: ¿Nosé? No, ya no. Nos distanciamos. Tuvimos una charla hace unos meses para aclarar las cosas y, bueno, ahora es sólo un enemigo más. Prefiero no hablar del tema.
ARBOGAST (off): Lamento oírlo. Con lo mal que se llevaban ustedes…
CEROCOMACEROCINCO: Bueno, estas cosas pasan. Un día tu enemigo mortal se te escapa de las manos cuando acabas de frustrar sus planes diabólicos y, en vez de despedirse con un “La próxima vez, la victoria será mía”, lo hace con un “Oye, a ver si me pegas un toque y ya nos vemos y tal”.
ARBOGAST (off): Así que ahora Starkweather es su principal enemigo.
CEROCOMACEROCINCO: Bueno, todavía no estamos en ese nivel. Una relación así no se construye de un día para otro, como usted sabrá. Pero, vamos, yo calculo que en cuanto detenga sus siniestras maquinaciones un par de veces más…
ARBOGAST (off): Pero aún sentirá algo por el Doctor Nosé, ¿no?
CEROCOMACINCO: Hombre, un poquito de rabia sí que me da todavía.
ARBOGAST (off): Magnífico. Verá, al parecer esta tarde se ha levantado de la siesta un poco tontito, y va diciendo por ahí que a lo mejor da un golpe de estado esta semana o la que viene. En un mes a lo sumo, dice.
CEROCOMACEROCINCO: El Doctor Nosé siempre ha sido un villano muy indeciso. La última vez que me atrapó no sabía qué máquina mortal utilizar contra mí. Qué tío, el Doctor Nosé. ¿Conoce ese artefacto en que te tumbas y un rayo láser se acerca lentamente a tus pelotas?
ARBOGAST (off): Sí, sí. Es cojonudo, ése.
CEROCOMACEROCINCO: Sí. Bueno, pues cuando me tenía allí tumbado resulta que a la máquina le faltaba una pieza que había olvidado encargar a Hong Kong.
ARBOGAST (off): Lo recuerdo. Ahora se rumorea que está construyendo una máquina que hará saltar todas las alarmas de todos lo coches del mundo al mismo tiempo. Imagínese el cipote que se va a liar.
CEROCOMACEROCINCO: ¿Quién le ha contado eso?
ARBOGAST (off): Sam el Faroles.
CEROCOMACEROCINCO: ¿El soplón mudo esquizofrénico adicto al crack?
ARBOGAST (off): Ya, ya. Tenemos que renovar nuestras fuentes de información.
CEROCOMACEROCINCO: ¿Cuándo cree que se dispone a atacar, jefe?
ARBOGAST (off): Según sus propias declaraciones, antes del martes seguro que no, que le viene fatal. Tiene que ir a hacer unas gestiones al banco y a empadronarse y no se qué más.
CEROCOMACEROCINCO: Buf, con lo despistado que es, seguro que se le olvida el D. N. I o algo en casa y tiene que volver al día siguiente. No creo que empiece a amenazar al mundo hasta el jueves, como pronto.
ARBOGAST (off): Eso sin contar la lentitud de la burocracia en este país.
CEROCOMACEROCINCO: Encima eso. Le digo yo que éste no pone en marcha ninguna operación maquiavélica hasta el viernes.
ARBOGAST (off): Dudo que empiece un viernes. Ya van dos veces que ha interrumpido la conquista del mundo el fin de semana.
CEROCOMACEROCINCO: Sí, es cierto, que el domingo tiene abono para los Toros.
ARBOGAST (off): Sí, bueno, para qué nos vamos a dar tanta prisa en perseguirle, si lo mismo...
CEROCOMACEROCINCO: Ya empezamos la semana que viene, ¿no?
ARBOGAST (off): O la otra. Total…
CEROCOMACEROCINCO: Mañana hablamos. Buenas noches, jefe.
ARBOGAST (off): Buenas noches, Cerocomacerocinco.
ANGIE (cuelga el auricular que le devuelve su marido): ¿Qué quería tu jefe, Cerocoma?
CEROCOMACEROCINCO (acomodándose): Ya mañana te lo cuento, si me acuerdo. Y no me llames Cerocoma, coño, que sabes que no aguanto los diminutivos.

Y en el próximo episodio, o en el otro: ¡El Doctor Nosé decide no aparecer, que está muy liado, cojones!

martes, 16 de junio de 2009

Un nuevo fracaso de nuestro patrocinador

¡Atención, niños! Arale recomienda un poco de diviersión sana al aire libre de vez en cuando
Estimados incontinentes:
-Ya tenemos los resultados de la encuesta puesta en marcha por esta santa casa la semana pasada más o menos a la hora del pan con chocolate, que es lo que toma para merendar la alegre muchachada de hoy día. ¿Me equivoco, Jean-Claude?
Mi adusto mayordomo, mostrando un interés inusitado por el tema, levantó una ceja.
-Según tengo entendido, milord, el pan con chocolate está siendo lenta pero inexorablemente sustituido en el corazón de los jóvenes por un artículo de bollería conocido como "madalena".
-Sin duda, debe tratarse de algún tipo de aberración procedente de Corea o de otro sitio raro como ése -proclamé-. La verdad es que cada vez me resulta más difícil conectar con nuestro público joven, sirviente mío. ¿Siguen coleccionando a escondidas de sus padres postales de mujeres enseñando las enaguas?
-Algunas costumbres nunca pierden su vigencia, señor -dijo Jean-Claude levantando la ceja por segunda vez consecutiva. Tan inaudito despliegue de expresividad facial me llevó a pensar que mi mayordomo había consumido a mis espaldas una cantidad indeterminada de speed.
-Eso mismo pienso yo. Ahora pásame el sobre con los resultados, lacayo.
-Guarde cuidado de no mancharse con el lacre, señor.
-Qué nervios -ras, ras, hizo el sobre-. ¡Ejem! Y el número de participantes en nuestra encuesta "¿Qué haces cuando cagas fuera de casa?" asciende a... ¿ocho?
-¿Esperaba menos, amo?
-De hecho, esperaba algunos más.
-¿Puedo preguntar cuántos más, milord?
-Unos veintitrés mil, chispa arriba, chispa abajo.
-Siento que haya errado en sus estimaciones aproximadas, señor.
-Es una gran diferencia, ¿verdad?
-Al menos lo parece, milord.
-De ocho a veintitrés mil. Sí que parece una gran diferencia, sí. Quiero decir, no estoy licenciado en Matemáticas ni nada de eso. Es sólo una opinión. A lo mejor me equivoco.
-Le otorgaremos el beneficio de la duda, señor.
-Oh, pues muchas gracias. Déjalo encima de la cómoda, que ya lo cojo yo luego, si eso.
Y ahora, redoble de tambor, prrrorompopó, porompom, porompompero, peró, el resultado de vuestras votaciones:
¿Qué haces cuando cagas fuera de casa?
1-. Forro el asiento del inodoro con papel higiénico: 2 votos. Lining the seat of the toilet with hygienic paper: Two Points. Eh... Forrè le sentè, y tal y cuè: Tù puà. La segunda opción más popular, indicada para usuarios sin miedo a los inevitables restos de orina de origen desconocido.
2-. Me coloco en cuclillas apoyando las manos en las paredes: 1 voto. I am placed squatting supporting the hands in the walls: One point. Ah... Moi colocque dans cuclillè y no se quoi: Un puà. La más popular entre aquellos que no temen las habituales salpicaduras de semen que visten los muros de los lavabos públicos.
3-. Nunca cago fuera de casa. Prefiero reventar como un siquitraque: 1 voto. I never shit abroad. I prefer to burst like a sick truck: One point. Jamais déféquer hors de maison. Je préfère éclater comme un siquitraquè: On puá. El método más adecuado para los usuarios con dos cojones.
4.- ¿Y a usted qué coño le importa?: 4 votos. And to you what cunt matters?: Four points. Vous quel cogne importe?: Cuatge puá. La respuesta ganadora y la elegida por los usuarios que prefieren mandarme donde picó el pollo y dejar sus hábitos evacuatorios para la intimidad de la alcoba.