Un blog de sangreybesos, el Mayor Experto Mundial en Nada en Particular
martes, 24 de febrero de 2009
El inventor que fue un día a patentar algo y por poco no lo hace
Un PATENTADOR, o bien PATENTISTA o PATENTERO está en el escritorio de su oficina leyendo el Marca y esperando a que alguien entre por la puerta a patentar algo, no sé, lo que sea. En ese momento la puerta se abre de repente y aparece un INVENTOR.
INVENTOR: ¡Oiga!
PATENTADOR: ¡Coño, que susto me ha dado!
INVENTOR: ¿Es aquí lo de la oficina de patentes?
PATENTADOR: No sé. ¿Qué pone en la puerta?
INVENTOR: “Se venden cocodrilos”, en letras grandes y verdes, con el dibujo de un cocodrilo arquetípico al lado.
PATENTADOR: ¿En serio? Con razón en quince años que llevo trabajando aquí no ha venido un alma a patentar nada.
INVENTOR: ¿Y ha vendido usted algún cocodrilo?
PATENTADOR: Uy, no sabe usted lo mal que está el tema de los cocodrilos últimamente. La gente ya no quiere cocodrilos.
INVENTOR: Sí, qué lejos queda el tiempo en que el cocodrilo era considerado un artículo de primera necesidad.
PATENTADOR: Ya le digo. ¿Y usted qué quería?
INVENTOR: Patentar un invento revolucionario.
PATENTADOR: ¿No quiere un cocodrilo?
INVENTOR: Pero, hombre, cómo me pregunta eso así, en frío. No es una decisión que un hombre pueda tomar a la ligera. Tendré que consultarlo con mi señora. Es ella quien lleva la economía doméstica, ¿sabe? Y ahora vamos a apuntar al niño a la academia y la cosa está muy malamente.
PATENTADOR: Se lo vendo por doscientos leuros. Menos de lo que le cuesta un colchón de viscolátex, que no sé ni lo que es pero suena asqueroso, por Dios bendito.
INVENTOR: No, si el bicho no sale caro. Pero habría que alimentarlo, ¿no?
PATENTADOR: Hombre, si le gusta que los cocodrilos caminen y respiren y muevan la cola lentamente y den mucho susto cuando se quedan mirando fijamente a un punto pensando en quién sabe qué y esas cosas que suelen hacer los cocodrilos cuando están razonablemente alimentados, pues sí.
INVENTOR: ¿Y qué come un cocodrilo?
PATENTADOR: Uy, de todo. No sé. La verdad es que no le hacen ascos a nada. No son de los que apartan los guisantes cuando se están comiendo un guisadillo, ni mucho menos.
PATENTADOR: En mi casa es que somos muy poco de guisadillo. Y, la verdad, tener que preparar un guisadillo sólo para el cocodrilo con lo laborioso que es pues como que…
INVENTOR: No se preocupe; ya le digo que comen de todo. Castañas. Focas. Pan con aceite y tomate restregado. Personas. De todo.
INVENTOR: ¿Personas?
PATENTADOR: ¿He dicho personas? Quise decir cereales. Pero, ¿por qué no se sienta? Me ha caído usted bien. Parece usted un buen cereal.
INVENTOR: ¿Cereal?
PATENTADOR: ¿He dicho cereal? Quise decir persona.
INVENTOR: Oiga, no sé si me conviene hacer tratos con un tipo que confunde a la gente con cereales.
PATENTADOR: Oh, por favor, no se haga una idea equivocada de mí, copo de maíz inflado. Digo, caballero.
INVENTOR (se sienta porque ha perdido dos autobuses y viene caminando desde bastante lejos y el ascensor del edificio está descacharrado y ha tenido que subir cuatro pisos a pata): No sé. No estoy convencido. Si pudiera enseñarme primero la mercancía…
PATENTADOR: Es razonable. (Abre un cajón del escritorio) María Angustias, ¿estás ahí?
INVENTOR: ¿Tiene un cocodrilo en el cajón?
PATENTADOR: Digo. Y una grapadora, también.
INVENTOR: Si cabe en un cajón debe ser muy joven.
PATENTADOR: Bueno, todavía no fuma, si es a eso a lo que se refiere.
INVENTOR: No me refiero a eso ni de lejos. Lo que quiero decir es que debe ser bastante pequeño.
PATENTADOR: ¿El tamaño del cocodrilo supone un problema para usted? Observe las ventajas, buen hombre. Lo puede transportar en una fiambrera debajo del sobaco.
INVENTOR: Pero después crecerá, ¿no?
PATENTADOR: Hombre, después me parece un poco pronto. Espérese un rato.
INVENTOR: Con “después” me refiero a dentro de unos meses.
PATENTADOR: Ah, no, eso sí, desde luego. Después alcanzará la longitud de un cocodrilo estándar.
INVENTOR: ¿Y eso cómo de largo es?
PATENTADOR: Pues como la mesa del salón de alguien que tenga una mesa del salón muy larga.
INVENTOR: ¿Cómo de larga?
PATENTADOR: No sé… Como para veinte o veinticinco comensales, más o menos, la mitad de ellos con un ligero sobrepeso. Y una señor muy gorda, tal vez. Pero a ésa la pueden sentar en un extremo y aquí no pasa nada.
INVENTOR: Buf, eso es demasiado largo para mi salón. Podría suponer un problema.
PATENTADOR: Hombre, si está pensando en comprar un piano, yo le rogaría que abandonara la idea. O el cocodrilo o el piano. Lo dos no le caben en el salón. Y el cocodrilo le roería las patas al piano. Y pintar un piano le puede salir caro, porque tendría que echarle cuatro o cinco manos. Y, en el peor de los casos, una capa de barniz.
INVENTOR: Encima eso. ¿Sabe? Creo que voy desestimar la oferta del cocodrilo.
PATENTADOR: ¿Y qué me dice del piano? Porque le puedo vender un piano.
INVENTOR: Bueno, al piano no habría que darle de comer…
PATENTADOR: A éste sí. Está poseído por el espíritu del Vizconde de no sé qué coño.
INVENTOR: ¿Un piano maldito? Sería una adquisición de lo más original. ¿Resulta muy problemático?
PATENTADOR: No, que va. Éste también come de todo. Brócoli. Pistachos. Ñus. Fabes con almejas. Pianistas. De todo.
INVENTOR: ¿Pianistas?
PATENTADOR: ¿Dije pianistas? Quise decir lomo en manteca. No se preocupe; nosotros, los cereales, no tenemos nada que temer. ¿Dije cereales?
INVENTOR: Ya, pero, ¿hace cosas raras? Ya sabe, moverse solo o…
PATENTADOR: ¿Moverse solo? ¡Ja! Ésa sí que es buena. Una vez intentamos moverlo entre mi hermano y yo y no hubo huevos; qué se va a mover solo. Los pianos es lo que tienen; una total ausencia de músculos y huesos y esas asquerosidades que tenemos los demás y que permiten a nuestro organismo rayar un poco de queso cuando nos sale de los cojones.
INVENTOR: ¿Sólo sabe comer? Pues vaya mierda de maldición. ¿No hace el tipo de cosas que hacen los típicos pianos encantados de toda la vida? Ya me entiende, ponerse a tocar solo por las noches o algo así.
PATENTADOR: Eeeeh, sí. Algunas noches se pone a tocar solo. Sobre todo cuando está borracho. Que toca fatal, por cierto. Una noche se agarró una tranca de aguardiente y se puso a tocar la Polonesa Opus 53 de Chopin y no dio pie con bola.
INVENTOR: Pues si lo único que hace es comer, emborracharse y tocar mal, qué quiere que le diga, no me sale a cuenta. Lo mínimo que puedes esperar de un piano encantado es que asuste a las visitas y a los parientes gorrones que vienen de lejos y paran a pernoctar en casa.
PATENTADOR: La verdad es que asustar, lo que se dice asustar, asusta poco. Lo cierto es que es bastante educado.
INVENTOR: Por si fuera poco.
PATENTADOR: Haga la prueba, si no me cree. Móntelo alguna vez en el autobús, ya verá como les cede el asiento a los ancianos. No es mala gente, el piano encantado este.
INVENTOR: Me lo pensaré. Déjeme su número y ya le llamo si eso.
PATENTADOR: Como quiera, ojazos. ¿Qué es lo quería patentar?
INVENTOR: Un invento revolucionario (se saca un invento revolucionario del bolsillo). Tome, tome.
PATENTADOR (coge el invento revolucionario, impresionado): ¡Jesucristo! ¿Es lo que creo que es?
INVENTOR: Por supuesto que no; lo acabo de inventar.
PATENTADOR: Pero parece, parece…
INVENTOR: Pero no lo es.
PATENTADOR: ¿Qué es, pues?
INVENTOR: Es…
lunes, 23 de febrero de 2009
El autor hace un anuncio importantísimo
El Sr. Pollo culturizándose de lo lindo
¿No es genial?
-Acojonante, oiga.
-Noto un ligero matiz sarcástico en sus palabras, caballero.
-Sí, bueno. Es un puto pollo de plástico para perros comprado en un chino.
-¡Sí! Y suena cuando lo aprietas. Hace “mogui-mogui”.
-“Mogui-mogui”. Ya. Puta madre.
-…
-¿Algo más que añadir?
-Eh… Mañana publico otra cosa.
-Bien, bien. Y…
-…el pollo no manda en mí.
lunes, 16 de febrero de 2009
“A mí me gusta dormir con la picha mirando pa’ arriba”. Conversaciones con un pollo asado, entre otros asuntos no menos transgresores.
¡¡¡He vuelto!!
-Eh, pues nada, que ya estoy aquí. Piruriiiiii….
-¡Hala! ¿Y esa trompeta de plástico? –dijo uno de mis discípulos más impresionables.
-¿Te gusta? La he encontrado en el suelo, encima de un boñigo.
-Ya empezamos con la escatología… -comentó uno de mis críticos más recalcitrantes.
-Muchachos, muchachos, que alegría me da veros.
-Creo que hablo en nombre de todos cuando digo que el sentimiento es mutuo –dijo uno que siempre cree que habla en nombre de todos.
-¿A qué hora empieza a hablar del tema, oiga? –dijo un pollo asado que se encontraba entre los asistentes.
-¿Qué tema, eh, caballero?
-¿Usted no estaba esta mañana en la parroquia repartiendo panfletos sobre su conferencia?
-¿Esta mañana? Siento comunicarle que probablemente se ha equivocado de persona.
-Sí, hombre, ¿no se acuerda? Apestaba a alcohol de garrafa. Si hasta le he dado una limosna y todo.
-Le repito que usted se confunde. Hoy no me he despertado hasta la una de la tarde, después de un sueño reparador sobre un charco de mi propio vómito en medio de una carretera comarcal. Y, para demostrarlo, puedo traer como testigo al amable agente de la Menetérica que ha accedido a pasar por alto una amonestación más que merecida merced a la calderilla que misteriosamente había llegado a mis bolsillos.
-¿Entonces no va a hablar sobre “Nuevos tratamientos capilares”? –un atisbo de decepción se asomaba a sus ojos de pollo.
-¿Le puedo hacer una pregunta?
-Si no es demasiado personal…
-No he podido evitar fijarme en que… bueno, en que es usted un pollo asado.
-Un Pollo Asado Inmortal, para ser fieles a la verdad.
-¡Qué extraordinario!
-Tampoco es para tanto.
-¿Sabe? Siempre he querido preguntarle una cosa…
-¡Pero si me acaba de conocer!
-¿Por qué cruzó usted la carretera?
- ¡Y dale molino! ¡Que ése no fui yo! ¿Pero de dónde sacan ustedes la idea de que los pollos cruzamos la carretera?
-¿Se trata de algún tipo de leyenda urbana, acaso?
-Oiga, amigo, he conocido a muchos pollos a lo largo de mi vida, no por nada soy pollo, y además inmortal, y le puedo asegurar que no sé de uno sólo que haya cruzado jamás la carretera. Es un tópico. “Lo catalanes, agarrados, los andaluces, vagos, y los pollos, cruzan la carretera”. Hay que joderse.
-¿Me está diciendo que nunca ha sentido curiosidad por saber qué hay al Otro Lado?
-Yo paso. Seguro que el Otro Lado es una cochambre.
-No, que va, no está tan mal el Otro Lado. Hace buena temperatura y te ponen unas patatas con mojo picón que te cagas.
-¿De esas de gajo?
-Naturalmente.
-No me tiente, Yago, más que Yago –creo que, por mucho que viva, jamás llegaré a entender del todo a los Pollos Asados Inmortales-. Cruzar la carretera va en contra de nuestro credo. Lo prohíbe El Sexto Mandamiento de la Sagrada Ley del Excelentísimo Pollo Primigenio, “No Cruzarás la Carretera”.
-Mandamiento que todos ustedes siguen a rajatabla.
-Sí, bueno, todos menos esos herejes de la Iglesia Reformista de los Pollos Fritos Inmortales de Kentucky, que se pasan el Sexto Mandamiento por los testículos. ¡Cabrones! Deberían sexarlos a todos.
-Discúlpeme si me pongo pesado, caballero, pero su caso me inspira una acuciante curiosidad. ¿De verdad es usted inmortal?
-Bueno, no sabría decirle exactamente el grado de inmortalidad que ostentamos los Pollos Asados Inmortales, pero se podría decir que somos Bastante Inmortales. Un Pollo Asado Inmortal sólo puede morir cuando se le corta la cabeza.
-Pues vaya cosa. A los Pollos de Corral Normales les ocurre lo mismo.
-Pues que se jodan, que se ponen muy chulitos con eso de que son el Pueblo Elegido. Anda que no les queda nada por pasar…
-Y, si me apura, arrancar la cabeza es un método bastante eficaz de acabar con la vida de cualquier hijo de vecino.
-Ya le digo –dijo uno que estaba allí pero lo mismo podía no haber estado y no pasa nada.
-Gracias por su inestimable aportación a este debate, caballero –dije desde mi mal disimulada repugnancia.
-Disculpe que me entrometa, oh, Maestro, pero no he podido evitar sentirme identificado con sus palabras. Verá, yo soy Cualquier Hijo de Vecino.
-¿Usted es Cualquier Hijo de Vecino?
-Bueno, mi padre es vecino de mucha gente. Por lo menos de cuarenta o cincuenta personas, con eso se lo digo todo.
-Así que puede hablar con propiedad.
-Sin duda.
-Tengo entendido que ustedes, los Cualquier Hijo de Vecino, tienen una vida muy perra.
-Hombre, imagínese. Todo el mundo conoce eso de “eso le pasa a cualquier hijo de vecino”. Pues sí que nos pasa, sí. Nos pasa de todo. ¿A usted le han puesto alguna vez una multa por aparcar en zona azul? A nosotros también.
-Ajá. Hum.
-Sí, no es que sea una vida particularmente trepidante.
-Menos que un concierto de Kraftwerk, si me permite la observación.
-Jaja, sí.
-Y…
-¿Sí?
-¿Algo más que añadir?
-Eeeh… no. Bueno, sí. Creo que he vuelto a perder el bonobús.
-Qué putada.
-¡Oiga! –pregonó mi Crítico Más Recalcitrante-. Permítame decirle que esta conferencia es, con diferencia, la peor de las que ha dado.
-No me pitufe, que le meto una pitufa que le pongo los pitufos de corbata.
-¡A mí eso no me lo pitufa en la calle! ¡Mierda, ya he vuelto a caer en el viejo truco de hablar en Pitufo!
-Oiga, esto es un despropósito –dijo el P. A. I. (Pollo Asado Inmortal).
-No me diga. Pues bienvenido a la familia de Un beso de buenas noches de mil demonios. A ver, ¿quién quiere que le refreguemos un níspero por la cara?
Nuestro nuevo contertulio. "Si les interesa saber mi opinión..."
miércoles, 21 de enero de 2009
El blog de los posts de aviso o Esto es un sindiós
1) Que el mencionado sujeto está de mudanza,
2) que se está preparando unas inminentes oposiciones,
3) que cuando acabe todo se va a agarrar una borrachera de esas que los abuelos cuentan a sus nietos,
4) y que cuando se le pase la resaca volverá con todos vosotros para haceros la vida más llevadera.
Nos vemos en febrero.
Un abrazo,
El Menda que Solía Pasarse por Aquí de Vez en Cuando a Cantaros unas Coplillas.
miércoles, 3 de diciembre de 2008
¡¡Honorato Céspedes solicita un préstamo!!
BANCO JONUDO. SUCURSAL Nº 23. HACIENDO ESQUINA CON LA AVENIDA OPEL CORSA Y EL MERCADO DE SANTA FITIPALDA. DESPACHO DEL INTERVENTOR, AL LADO DEL CUARTO DE LAS ESCOBAS. INT. DÍA. FRÍO QUE TE CAGAS.
El INTERVENTOR, que suena parecido a Inventor pero que no tiene nada que ver, y si no que baje Dios y lo vea, desarrolla afanosamente su tarea habitual, que no tengo ni puta idea de en qué consiste. Intervenir cosas relacionadas con los bancos, supongo. Por la puerta entra ¡HONORATO CÉSPEDES, autodenominado Gran Villano Internacional y Maestro del Crimen, aunque realmente se dedique a la venta de plantas y a los arreglos florales. Cierra exclamación! Ya está.
INTERVENTOR (levantando la vista de… em… su tarea habitual. Sí, eso.): ¡Hombre, señor Céspedes! ¡Deshojo los chochos! Eh… ¡De chochos los ojos! No… ¡Los chochos de a ocho!
CÉSPEDES: ¡Pero, oiga! ¿Qué le pasa a usted hoy con los chochos?
INTERVENTOR: ¡Dichosos los ojos!
CÉSPEDES (sentándose en una silla fea pero funcional): Ah, bueno.
INTERVENTOR: Dichosos los ojos que ven ese chocho. ¡Ja!
CÉSPEDES: Mire…
INTERVENTOR: Qué frío hace hoy, ¿eh?
CÉSPEDES: Ya le digo. Han bajado las temperaturas una barbaridad.
INTERVENTOR: Ciertamente, ciertamente. Esta mañana no me encontraba ni la picha, del frío que hacía. Fíjese, fíjese, fíjese.
CÉSPEDES: Me hago cargo. Bueno, ahora que hemos roto el hielo…
INTERVENTOR: ¡No me lo diga! Ha venido a solicitar un préstamo.
CÉSPEDES: ¡Sí! ¡Eh, menudo máquina! ¿Cómo lo ha sabido?
INTERVENTOR: Porque me lo dijo usted ayer. Nos encontramos en la frutería. Usted llevaba un manojo de berros en la mano. ¿Está tonto o qué le pasa?
CÉSPEDES: ¿Me lo da, o qué?
INTERVENTOR: ¡Eje! ¡Pare el carro, campeón! Usted sabe que estas cosas no van así. Debo hacerle unas preguntas antes de entrar en materia. Yo es que soy más bien clasicote, ¿sabe usted?
CÉSPEDES: Ah, ya. Conocernos antes y tal. Vale.
INTERVENTOR: Vamos a ver. ¿Ha visitado Munich alguna vez?
CÉSPEDES: ¿Esa información es relevante para que le concedan a uno un préstamo?
INTERVENTOR: No, pero sentía curiosidad. Segunda pregunta: ¿Para qué quiere usted la pasta? Porque es un montón de pasta, así que más le vale que sea para algo realmente importante, como, no sé, como construir una reproducción a tamaño real de la Giralda con palillos de dientes, o comprar unas alpargatas de platino y diamantes, o pagar la comunión de su chiquillo, por ejemplo.
CÉSPEDES: ¿No le parece demasiado dinero para una comunión, oiga?
INTERVENTOR: Todo es poco para su chiquillo. Su hijo se merece eso y más.
CÉSPEDES: ¿Y eso?
INTERVENTOR: ¿Su hijo no es el príncipe heredero de Escocia?
CÉSPEDES: ¿Eh? No, no. Vamos, creo que no. Mmm… Ahora ya me ha puesto usted en duda. Como ese mocoso nunca me cuenta nada…
INTERVENTOR: ¿Piensa alargarse el pene?
CÉSPEDES: No, no, desde luego que no. ¿Tan caro vale un alargamiento de pene?
INTERVENTOR: Lo dudo, pero me pareció un buen momento para sacar el tema a colación. ¿Para qué quiere la pasta?
CÉSPEDES: Bueno, ejem, es que tengo un proyecto empresarial en mente…
INTERVENTOR: Ya veo lo que quiere decir. Piensa ampliar la floristería. Comprar el local de al lado y echar el tabique abajo. O echar el tabique abajo sin comprar el local de al lado. Total, si es un local de ensayo. ¡Putos melenudos! Anda y que se jodan.
CÉSPEDES: No tiene nada que ver con la floristería. Vera, ejem, usted me conoce desde hace años, y ya sabe que llevo un tiempo considerando destruir el mundo…
INTERVENTOR: Ah, no, ni hablar. Ni un duro para destruir el mundo. Ya nos jodió una vez, ¿recuerda? Le dimos un montón de pasta para construir un órgano gigante con el que contactar con alienígenas beligerantes. ¿Y qué pasó? ¿Vinieron? A mí me parece que no. Yo al mundo lo veo como muy enterito, ¿usted no? Además, ¿cómo pretende contactar con extraterrestres tocando “¿Dónde vas, Alfonso XII?”?
CÉSPEDES: Hombre, como esa canción la conoce todo Cristo…
INTERVENTOR: Lo dicho; ni un puto duro.
CÉSPEDES: No se precipite. Esta vez tengo un plan infalible.
INTERVENTOR: No me venga con esas. Si quiere destruir el mundo, rásquese el bolsillo.
CÉSPEDES: ¿Cree que si yo pudiera afrontar el gasto no lo habría hecho ya? Entre la hipoteca, la letra del coche y las clases de karate de los niños se me hace un poco difícil llegar a final de mes, no digamos ahorrar para una bomba atómica.
INTERVENTOR: Poco iba a hacer con una sola bomba atómica, de todos modos.
CÉSPEDES: Por algo se empieza.
INTERVENTOR: ¿Por dónde empezaría usted?
CÉSPEDES: Tenía pensado empezar por Islandia.
INTERVENTOR: ¿Por qué Islandia? ¿Algún tipo de venganza personal?
CÉSPEDES: Porque me da mucha rabia. ¿A usted no le da rabia Islandia?
INTERVENTOR: A mí Islandia me la trae al fresco. Lo que no soporto es el Mar Báltico. Me pone de los nervios. Cada vez que alguien lo mienta me pongo enfermo. Se creerá muy guay, el puto Mar Báltico.
CÉSPEDES: ¿Me da la pasta ya, o…?
INTERVENTOR: Los cojones.
CÉSPEDES: ¿Sabe? Cuando domine el mundo se arrepentirá de esto.
INTERVENTOR (chulito): ¿Ah, sí?
CÉSPEDES: Sí. Le voy a hacer una putada muy gorda. Le voy a… a rayar el coche. Eso es. Cuando domine el mundo, le voy a rayar el coche. Y le voy a meter notas obscenas en el buzón. ¡Se va a cagar, cuando domine el mundo!
INTERVENTOR: ¿No pensaba destruirlo?
CÉSPEDES: Depende del día. Los grandes villanos también somos seres humanos, con nuestros altibajos y todo. Un día quieres destruir el mundo, otro dominarlo. Hace un rato quería destruirlo. Después dominarlo. Ahora, otra vez destruirlo.
INTERVENTOR: Oiga, ¿y ha pensado qué va a hacer después de destruirlo? ¿Dónde va a vivir?
CÉSPEDES: Joder, pues anda que no hay sitios. No sé… ¿En Connecticut?
INTERVENTOR: ¿No piensa destruir Connecticut?
CÉSPEDES: Hostia, es verdad. Eh… bueno, pues lo destruyo todo menos un cacho. Una parcelita así, no muy grande. Yo me conformo con poco.
INTERVENTOR: ¿Y cómo piensa subsistir? Quiero decir, ¿qué va a comer?
CÉSPEDES: Pues yo que sé. Ya me haré una pizza o algo…
En el próximo episodio, Honorato Céspedes decide pasar la tarde haciendo el mal un rato… ¡pero su mujer sale a comprar y tiene que quedarse con los niños! ¡CHAN-CHAN! Además, la verdadera historia de Mussolini Céspedes, príncipe heredero de Escocia.
miércoles, 5 de noviembre de 2008
La Iglesia frente a la problemática del pensamiento autónomo

Ortega y Gasset garabatea algo en una hoja de papel. Levanta la vista y mira a cámara.
ORTEGA Y GASSET: Siempre que enseñes, enseña a la vez a dudar de lo que enseñas.
2. CALLE CÉNTRICA. EXT. DÍA.
Un sacerdote habla a cámara con un micrófono delante.
SACERDOTE: Sí, hombre; y un cipote.
sábado, 1 de noviembre de 2008
¡Que viene el canco!
Estimados amigos de los callejones oscuros:
-Buenas noches y bienvenidos a la Maratón de Halloween de Un beso de buenas noches de mil demonios.
-¡Brrrruummmm!
-Permítanos abrir para ustedes la puerta a lo desconocido.
-Ñiiieeeeec.
-Detrás de ella les espera el misterio.
-¿EH?
-¡Y el terror!
-¡Uuuuuhhhh!
-Sus corazones latirán desbocados.
-¡Pom, pom! ¡Pom, Pom!
-¡Se quedarán sin palabras!
-...
-¡Se mearán encima del susto!
-Eh... ¡Pssssssss!
-¡Se cagarán vivos!
-Hum... ¡Prrrttttzzz!
-¡Pero lo que se dice cagarse vivo, oigan!
-Ah... ¡Prrrt...! Esto, señor...
-¿Sí, Ruiz?
-Observo que, eh, se está saltando el guión que le escribí.
-Sí, bueno, muchacho, ya sabes. He decidido añadir algo de mi propia cosecha, improvisar un poco.
-No, si eso de improvisar está muy bien, pero, ¿le importaría avisarme antes de hacerlo?
1. La Invasión de los Extraterrestres del Espacio Exterior (Dan Chopped, 1957).
La siguiente película de Chopped después de El Ataque de los Ovnis Voladores no Identificados (1956) marca un antes y un después en la Historia del cine de ciencia-ficción, por cuanto antes no se había realizado y después, sí. Unos alienígenas con aspecto humano llegan a la Tierra con el pérfido plan de sustituir al Presidente de los Estados Unidos por una maceta y pretender que su gabinete no se dé cuenta. Al principio su sigilosa infiltración funciona a las mil maravillas y pasan totalmente desapercibidos a ojos humanos, hasta que uno de los invasores tropieza con una pila de cacerolas y se arma la de Dios es Cristo. Un periodista testigo de los hechos alerta a las autoridades, que se llevan un mal rato tremendo y deciden contraatacar. El ejército utiliza todos los medios conocidos para acabar con la vida de seres de otros planetas: agua, electricidad, hielo y ultrasonidos, pero éstos se revelan inútiles contra los invasores. Cuando todo parece perdido y los alienígenas, en su sed de dominación, han alcanzado puestos influyentes en varias comunidades de vecinos, un granjero de Arkansas descubre por casualidad que volarles la cabeza con una escopeta da unos resultados bastante aceptables. En el tenso clímax final, el periodista se enfrenta al megalómano líder de los invasores en una lucha a muerte de la que sale mal parado, con rozaduras en los empeines y pimienta en los ojos. En un envite desesperado, el periodista descubre que el jefe extraterrestre se pone como lacio cuando le soplas en el cogote y entonces resulta relativamente fácil pasarle una apisonadora por encima.
2. Los Pelos del Hombre Lobo (Mario Ropero, 1968).
Una turista sueca conoce en un guateque al noble venido a menos Wenceslao Tchaikovski, que en las noches de luna llena tiene picores por todo el cuerpo y se dedica a devorar parroquianos. En el romántico desenlace, el hombre lobo rehúsa comerse a su amada, pero se pone como el Kiko con su hermana menor. En la doble versión rodada para el extranjero, Wenceslao sólo es capaz de ponerse pinocho cuando se convierte en hombre lobo.
3. Siete rinocerontes bajo un paraguas verde (Luigi Cabronetti, 1971).
Dos años después de su afamado western Dos espuelas para un cojo, Cabronetti se sube al carro del giallo con esta perversa película donde el asesino despliega un impresionante repertorio de asesinatos creativos: Tira una piel de plátano y un notario resbala y se desnuca contra la costa de Madagascar; obliga a una periodista a sentarse sobre una varilla de pinchos morunos; le raja el gaznate a un ganadero con el canto de un folio, etc.
4. El Demoniero (Maxwell Friedchicken, 1974).
La pequeña Roberta, de doce años, disfruta con las mismas cosas que cualquier niña de su edad, como enterrar gatos vivos o empujar a ancianos con bastón en las escaleras del metro. Pero un día, sin motivo aparente, Roberta comienza a desarrollar facultades extrañas, como hablar en lenguas que no conoce (en una escalofriante secuencia, entra en la cocina y le dice a su madre: "Ozú, mi arma, ven acá p'acá"). La madre, alarmada, lleva a la niña a un psicólogo, que le dice que su hija padece un poco de estrés causado por los estudios, y que quizá por eso puede levitar y mover objetos con la mente. La madre, poco convencida con el diagnóstico, decide solicitar ayuda espiritual y llama a un exorcista que le había recomendado su vecina del 3º A. El Padre Manolas, un sacerdote de ascendencia griega que atraviesa una punzante crisis de fe (su aventurada hipótesis según la cual la Santísima Trinidad estaba en realidad formada por El Padre, El Hijo y Una Prima Segunda de Milwaukee causó una gran controversia en el seminario) ve en este desafío una oportunidad para reconciliarse con la Iglesia Católica, e intenta por todos los medios que su nueva cliente no descubra que hasta ese momento sólo había practicado exorcismos sobre animales domésticos. En su primera confrontación con el engendro del averno que posee a la niña (y que se identifica como belcebú26), éste le despliega una abanico de obscenidades que harían sudar tinta al más estoico de los hombres, como comerse treinta y seis huevos duros seguidos. Cuando Manolas está rezando el Padrenuestro, Roberta le vomita en la sotana el guacamole que le había preparado su madre la noche anterior. Aunque al principio se siente asqueado, le parece una menudencia comparada con salir disparado por ventana a una altura de cuatro pisos arrastrado por una fuerza invisible. Como toda persona que muere dejando algún asunto pendiente en el mundo de los vivos, el espíritu del Padre Manolas queda atrapado en el plano físico, así que la madre de Roberta va a buscarlo al bar. Después de una crispada conversación ("Lo que pasa es que no tiene huevos", "Eso usted no me lo dice en la calle", etc.), la abnegada mujer convence al sacerdote de que vuelva a la casa y solucione el embolado. Dado su actual estado ectoplásmico, al Padre Manolas no le cuesta nada colarse en el cuerpo de Roberta haciéndose el despistado. El sacerdote busca al demonio por todos los rincones del alma de Roberta. Afortunadamente, cuando lo encuentra éste está de espaldas limándose las pezuñas, así que el Padre aprovecha para meterle una manta de palos que para él se queda.
5. Campamento Muerte (Sam Cunnilingham, 1980)
Un grupo de jóvenes va de excursión al Campamento Muerte, llamado así porque todo el que pasa por allí, muere. Esta película no tiene mucho más que contar; primero mueren los que gastan bromas pesadas y los que follan, y después todos los demás. Al final, después de una larga noche de sangre y horror, mueren hasta los que sobreviven. El éxito del filme fue tan grande que generó un montón de secuelas; en la quinta parte los propietarios del campamento, en un intento por acabar con el tema de las matanzas, deciden cambiar el nombre por el de Parque Natural Muerte, pero en la décima entrega se dan cuenta de que el problema de los cadáveres no se ha solucionado del todo y venden los terrenos, momento en el que la saga pasa a denominarse Complejo Residencial Muerte, llamado así porque todo el que se muda allí…
Su director realizó posteriormente otras pequeñas joyas del cine de horror ochentero, como Mira que te tengo dicho que no bajes al sótano (1982) y la claustrofóbica Masacre en el Armario de las Escobas (1985).
6. El Susto (Himeneo Tikitaka, 1999)
Una periodista de Tokio recibe en su domicilio una cinta de vídeo cuyo visionado te causa la muerte después de una semana, pero el idiota que la grabó se equivocó al programar el vídeo y la protagonista tiene que tragarse una hora de teletienda antes de llegar al trozo maldito en cuestión. Después sale una menda con los pelos tapándole la cara que no mata a nadie porque se pega contra todas las farolas. Yo es que estas películas japonesas no las entiendo.
Al año siguiente se realizó un remake americano (El Sobresalto), donde el segmento de la teletienda está protagonizado por Chuck Norris.



